Después de la Modernidad

Posmodernismo

 
       
 


por Eduardo Serrano

Es eso arte?

Cuál es la característica dominante en el arte actual?

Cuál es la posición de los nuevos artistas con el pasado?

EI público acostumbrado a identificar como arte un objeto de deleite visual se le escapa con frecuencia el verdadero propósito de las obras que se presentan en las exposiciones y eventos contemporáneos (Salones, bienales, festivales) las cuales constituyen la trontera más arriesgada en la definición artística de nuestro tiempo. Pero es apenas natural que así sea, porque el viraje que ha dado la plástica en concepción y ejecución ha sido tan radical, que prácticamente no queda nada en pie de todos aquellos valores que hace apenas diez o quince años determinaban el logro de las obras de arte.

Este viraje está estrechamente relacionado con la conciencia o intuición de los artistas acerca del inevitable fin de la modernidad como brújula de la conducta humana. La cruda realidad de los millones de muertos que han dejado las guerras y las revoluciones ocurridas durante la era moderna, la devastación del planeta, el hambre, la violencia y la posibilidad de aniquilamiento de la humanidad, han llevado a que los artistas coincidan en que el racionalismo ya no es válido como contexto o fundamento de su producción, y a que, por el contrario, la espiritualidad, el inconsciente, el lirismo y otras maneras no racionales de aproximación al mundo y la existencia hayan incrementado su participación en las actividades de la plástica.

En otras palabras los artistas ya no creen que la ciencia y la tecnología han contribuido al mejoramiento de la vida humana como supone la modernidad; y tampoco creen en las ideas de progreso y calidad formal que son su secuela y que constituyeron el sustento filosófico de todos los movimientos modernos desde el impresionismo hasta el minimalismo, así como de los sistemas difusores del arte: crítica, museos y galerías.

En concordancia con esta nueva percepción del mundo y de la vida, en el panorama artístico de los años noventa no existen paradigmas ni movimientos dominantes, y al desaparecer el objetivo del progreso, el estilo perdió importancia y validez en la consideración de los alcances de las obras. Las nociones de vanguardia y de ruptura con todo lo anterior en pos de una originalidad a toda prueba también pasa ron a hacer parte del pasado, y hoy por el contrario, todo es permitido, nada hay vetado como recurso o como inspiración, y mucho menos el pasado, la historia, en cuyo reciclaje encuentra buen número de artistas el fundamento para sus propuestas.

Muchos de los artistas más actuales rechazan además la idea de producir objetos en un mundo atiborrado de objetos; y a casi todos les molesta que su producción sea considerada como una mercancía, como un bien que puede ser comprado y vendido al igual que un electrodoméstico. En inequívoca reacción contra ese imperativo del consumo fomentado por los valores de la modernidad, gran parte del arte que se realiza actualmente es efímero o intransportable, lo que hace prácticamente imposible su consideración como un trofeo de colección. Tanto para los artistas del performance como para aquellos cuya obra implica un proceso y para muchos de los que se expresan con instalaciones, la permanencia de las obras no es lo importante, ni su técnica sino la corrección social y conceptual de sus planteamientos iniciales y de su contenido.

No es extraño por lo tanto que para la mayoría de los artistas de hoy valorar una obra por su color, textura, línea, forma o trazo -como se valoraba tradicionalmente la pintura- equivalga a juzgar a una persona por sus ropas. Lo importante es lo que hay dentro, la idea que se expresa con la obra, la sustancia, y para que no quede duda de esta posición, algunos comisionan a personas ajenas al trabajo artístico la ejecución física de sus obras, otros apelan a imágenes de manipulación mecánica como la fotografía, el video y la cibernética, y otros aprovechan elementos previamente manufacturados con los cuales están a salvo de evaluaciones que no corresponden con sus planteamientos.

No implica lo anterior que la pintura haya perdido totalmente su vigencia como expresión artística puesto que no todo trabajo sobre lienzo corresponde con argumentos propios de la modernidad, así como no todas las acciones y las instalaciones obedecen a posturas coincidentes con los raciocinios que implican el final de ese período. De la misma manera que hay instalaciones y perfomances que buscan un efecto esteticista o que tienen un carácter vanguardista y que por lo tanto se inscriben dentro de los presupuestos del modernismo, hay pinturas que, por la poderosa carga social o cultural de su contenido, por sus impugnaciones a la originalidad y al estilo, o por su negativa a adquirir un sentido o una lógica, escapan al raciocinio modernista y coinciden con los señalamientos de expresiones de más reciente aparición en los círculos creativos.

Casi todos las obras sobresalientes de los años noventa llevan implícita una causa, una bandera, un propósito que puede ser político, social o cultural y aunque no sea su objetivo principal, casi todas manifiestan consideraciones ecológicas. El artista colombiano de esta década está bien preparado en la sustentación teórica de sus obras y se mantiene perfectamente enterado del acontecer artístico mundial, pero el radio de acción de su trabajo es su país, su ciudad o su persona y ala inmensa mayoría no le importa realizar un arte que tenga sentido y receptividad en el contexto nacional.

Tampoco les interesa -a diferencia de los artistas modernos- ser considerados genios por su habilidad en el manejo de los medios; se conforman con ser miembros vitales de la sociedad y exigen que su obra sea juzgada por su capacidad de concientizar al observador acerca de alguna verdad sobre su existencia, realidad o entorno. Ahora bien, el concepto de posmodernidad ha resultado de muy difícil precisión en las discusiones estéticas porque implica nociones diferentes: se refiere al fin de una era y al nacimiento de un período sobre el que cada cual tiene sus propias visiones y argumentos. Además, las connotaciones negativas que el término ha adquirido en el campo de la arquitectura exigen cierta cautela en su utilización.

Pero quienes piensan que el llamado posmodernismo -entendiéndose por tal las obras que no son compatibles con los valores de la modernidad es simplemente otro «ismo» en la hilera de movimientos en que desembocó el exagerado énfasis en la originalidad de la era moderna, corren el riesgo de llevarse una sorpresa. Una cosa es que el arte de Cezanne hubiera sido una respuesta de conos y cilindros a la evanescencia del impresionismo, o que la espontaneidad de la pintura de Obregón hubiera sido una reacción de libertad contra el rigor de la academia; y otra cosa es la radical respuesta al raciocinio vanguardista por parte de Duchamp -padre del posmodernismo- quien, al proponer como arte un original, hizo obsoleto ese concepto artístico en el cual el deleite estético era un objetivo primordial y cuya validez dependía exclusivamente de la innovación estilística y de las implicaciones de una autoría personal e in transferible.

La exposición Después de la Modernidad reúne trabajos de Franklin Aguirre, Edith Arbeláez, Jaime Avila, Adolfo Cifuentes, Wilson Díaz, Jaime lregui, Victor Laignelet, Germán Martínez, María Angélica Medina, luan Mejía, Delcy Morelos, Ana Claudia Múnera, Mario Opazo, Lucas Ospina, Nadín Ospina, Eduardo Pradilla, Guillermo Quinte ro, Carlos Salas y Fernando Uhía, todos los cuales revelan de una u otra forma actitudes coincidentes con los raciocinios que hacen palmario el fin de la modernidad. No son los únicos en el país, pero su conjunto hace fácilmente discernible las nuevas miras de la plástica, la superación de los objetivos estilísticos, esteticistas, vanguardistas, racionalistas y ordenadores propios de la modernidad, y la apertura hacia una creatividad no sólo más compro metida con la realidad sino menos constreñida por la lógica, la competitividad y el imperativo del progreso.

Eduardo Serrano
Tomado del folleto Después de la modernidad, Museo de Arte de Pereira, 1997