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PRIMITIVISMO

El Arte Primitivo

por Eduardo Serrano

Se califica indistintamente como primitivo tanto el arte preclásico o prelógico -es decir, el producido por los pueblos prehistóricos y comunidades aborígenes- como el arte popular, y también la pintura y escultura realizadas por artistas que no han recibido entrenamiento en estas materias.  El arte de los pueblos prehistóricos demanda una mirada al pasado o a las comunidades que, viven en  estado natural, y el arte popular implica la permanencia de una tradición y la existencia de una actitud comunitaria.  El arte de los pintores y escultores conocidos como "primitivos" o "primitivistas" comparte con los anteriores el hecho de carecer de todo aquello que es objeto de enseñanza en la academia, pero se diferencia en que es un tipo de concepción individual que sólo comenzó a aceptarse como arte a finales del siglo xix, y en cuyo reconocimiento jugó un papel preponderante cierto hastío de la civilización, del tecnicismo y del refinamiento.  

Aunque usualmente se tiende a comparar los dibujos y pinturas infantiles con el primitivismo, es claro que las creaciones de los niños guardan correspondencia con la edad y con los distintos grados de experiencia y aprendizaje, mientras que en el arte primitivista -también conocido con el término francés naif una marcada evolución sería contraria a su misma naturaleza.  El vocablo naif procede del latín nativus, y significa innato, natural.  Se utiliza para hacer referencia a lo ingenuo, lo inocente, lo no artificioso, cualidades que se malograrían con el dominio de los recursos plásticos y con la sofisticación en la concepción y ejecución de la pintura o la escultura.  

No es extraño, por consiguiente, que el arte primitivista haya sido practicado primordialmente por pintores marginales -campesinos, guardias, mineros, mecánicos, obreros- ni que refleje una ingenua visión del mundo por medio de una representación cándida y simple.  El arte naif carece de teoría y, por lo tanto, no puede aprenderse ni enseñarse.  La sinceridad es su valor definitorio y su principal característica, y aunque es evidente que el arte primitivista puede poner de presente una gran originalidad, ésta no obedece a una búsqueda consciente ni constituye la principal preocupación de los artistas.  

El arte primitivista se inició en Francia con la obra de Henri Rousseau (Laval, 1844 - París, 1910), conocido como "el Aduanero" por haberse desempeñado como guardia o inspector de aduanas, y cuya obra -en un principio objeto de burlas- fue incluida en el Salón de Artistas Independientes a partir de 1886.  Su trabajo llegó a dividir a los intelectuales de su país entre quienes lo consideraron simplemente como un resumen de ignorancia pictórica, y quienes descubrieron en él su potencial expresivo.  Entre estos últimos se encontraban grandes nombres de la pintura como Signac, Renoir, Redon, Toulouse Lautrec y Picasso, e intelectuales como Apollinaire, quien se convirtió en uno de sus más dedicados propagandistas.  

La obra de Rousseau ha crecido en estimación a lo largo del siglo XX por su carácter directo y sin rodeos, por su técnica sencilla, sus colores brillantes, sus escenarios exóticos e imaginativos y su visión armónica del universo.  Su trabajo hace gala de un realismo detallado en un período en el que la representación fiel de la naturaleza comenzaba a alejarse de los objetivos del arte, pero su obra no se ajusta a las normas de una visión naturalista, y una extraña espiritualidad -que precisamente ha permitido su comparación con el arte de los pueblos primitivos- emana de la ingenuidad de sus soluciones pictóricas.  A pesar de la inocencia de Rousseau, su obra ha tenido extensa influencia en el trabajo de pintores tan definitivos para el desarrollo de la modernidad como Picasso, Chagall, Kandinsky y Miró.  

Posteriormente han aparecido pintores primitivistas en diversos países cuyas obras han causado gran impresión por su candor e imaginación, contándose entre los más famosos los pintores franceses llamados del Sacre Coeuri- -Bombois, Bauchant y Seraphine- los naives campesinos de la escuela de Hlebine en Croacia -Iván Generalie, Matija Skurjeni, Emerik Fejes, Janko Brasic- el leñador suizo Adolf Dietrich, el ebanista belga Aloys Sauter, el panadero holandés Comelis Houtman, el zapatero italiano Omeore Metelli, el trotamundos japonés Kiyoshi Yamashita, el pescador inglés Alfred Wallis, el agricultor alemán Max Raffler, el comerciante estadounidense Morris Hirshfield y su compatriota Anna Mary Robertson Moses (conocida como Grandma Moses), y buen número de pintores haitianos entre quienes figuran los practicantes del culto vudú Hector Hyppolite y André Pierre.  Los pintores Naif, sin embargo, son muy numerosos y sería interminable mencionar a todos aquellos que ameritan un reconocimiento por su personalidad o por las implicaciones y singularidad de sus obras.  

El primitivismo en Colombia  

La existencia de pintores y escultores no profesionales se remonta en Colombia al siglo XVI, cuando artistas improvisados, sin formación en el trabajo con los pinceles o la gubia, acometieron la tarea de plasmar imágenes religiosas para expresar su devoción por alguna advocación o su admiración por algún pasaje del Evangelio.  La mayoría de estos artistas del período colonial se apoyaban en grabados europeos que les servían de guía, y buscaban aprender, superarse y llegar a producir obras con las características renacentistas, manieristas o barrocas de los modelos que seguían.  Por esta razón, el término de primitivo o primitivista sólo puede aplicarse con justeza a los ejecutores de exvotos, quienes se vieron obligados a realizar una interpretación completamente personal debido a que los temas no existían en las estampas importadas.  

Los exvotos son pinturas realizadas para conmemorar milagros o favores concedidos por Jesús, la Virgen y los santos, en las cuales se representaron los acontecimientos de la historia sagrada, generalmente con cierto dramatismo, ratificando la fe y la religiosidad que impregnaba la vida cotidiana en esa época.  Estas obras eran realizadas por lo regular por los mismos beneficiarios del milagro y, por lo tanto, no tenían otro fin que el de convertirse en ofrenda para divulgar y agradecer la ayuda celestial recibida.  Ejemplos de este tipo de trabajos --cuya ejecución se complementaba a menudo con la narración manuscrita de los extraordinarios sucesos en la parte inferior de las representaciones- se encuentran diseminados en numerosas iglesias a lo largo y ancho del país.  

Durante el siglo XIX hubo también varios artistas en Colombia que produjeron imágenes -religiosas, históricas o retratos- sin contar con el entrenamiento profesional que era usual en otras latitudes.  Sus obras reflejan un mayor o menor grado de ingenuidad y primitivismo, pero a diferencia del arte de los pintores naif, en la producción de estos artistas es reconocible la intención de superación, de evolución, de aprendizaje, gracias a la cual muchos de ellos alcanzaron un cierto dominio de la técnica pictórica, por ejemplo, en lo relativo a la representación plástica de lo espacial, de lo corpóreo y de lo material, y también en cuanto a un perceptivo empleo de las luces y las sombras.  

Puede afirmarse, en consecuencia, que el primitivismo -como un arte realizado por personas sin una formación adecuada para su realización- tuvo en Colombia diversos precursores, pero que a pesar del trabajo de los numerosos artistas sin preparación que han enriquecido el desarrollo del arte nacional, la historia del arte primitivista o naif, tal como se define en la actualidad, sólo se inicia en el país a mediados del siglo XX con la obra de Noé León.  Y si bien es cierto que el éxito, tanto crítico como comercial de su pintura, trajo como consecuencia una oleada de popularidad del primitivismo -hasta el punto de crearse una galería dedicada sólo a la venta de trabajos de este tipo y de que incluso señoras de la alta burguesía intentaron hacer de la ingenuidad y el candor pictórico un estilo- también es cierto que en Colombia su auge fue más bien efímero, confirmándose la tesis de que el primitivismo tiene que ser sincero para alcanzar elocuencia y para lograr conmover al público con el mundo ingenuo y puro que expresan sus formas y colores.  

Tomado del libro:  Noe Leon, Textos de Eduardo Serrano
El Sello Editorial, Seguros Bolivar, 1999