Alejandro Obregon

Barcelona,España

Pintores

Abstracto, Figura Humana, Figura

Alejandro Obregón

pintor

A ColArte
 
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A ColArte
 

Variaciones sobre una tragedia

por Hollman Morales

Es una de esas calles angostas, limpias, llenas de sombra de las cinco de la tarde, con balcones vetustos que se asoman imponentes enseñando una vejez gloriosa.

Sería una calle más de la Cartagena colonial si no fuera por la circunstancia de que ahí, en la de La Factoría, en la esquina, frente a la muralla, el maestro Alejandro Obregón habita una casa de cuatrocientos años de edad, que se conserva en pie gracias a los cuidados y mimos que ha recibido de sus propietarios.

Obregón abre personalmente la puerta, saluda con cortés reserva, se entusiasma viendo a sus conocidos Serrano y Durier, nos invita sin demora a seguir y lo primero que vemos es un auto blanco que aparece insignificante ante la cantidad de cuadros que penden de las paredes del garaje.

Una vez adentro, en la sala de estar, las obras van variando. Hay (como es apenas natural, nadie esperaba otra cosa) muchas de sus esculturas, varios óleos suyos y una cantidad incalculable de cuadros de artistas no todos conocidos del gran público y no todos regalados. Al maestro le gusta asistir a exposiciones y cuando ve algo que le llama la atención se lleva la mano al bolso y compra.

PERO SOLO CUATRO

Tostado por el sol, no muy alto que digamos, porte atlético, cara de marino que sólo podrá morir de pie, cabello y barba blancos, cierto acento de español (nació, como se sabe, en Barcelona) y aire de tímido que ha aprendido a defenderse, Obregón se opone con un mierda a media voz a que saquemos al andén unos cuadros suyos para fotografiarlos, pero sin explicar nada nos pide que le ayudemos a subir cuatro al segundo piso. Sólo cuatro fotos. El porqué de no acceder a más, se lo guardó en su mirada azul.

Más tarde, cómodamente sentado en un sillón, sin quitarnos los ojos de encima ni un segundo y casi sin parpadear, con esa voz firme pero suave y haciendo gala de laconismo, dice que era un pésimo estudiante, que hizo el bachillerato en Barcelona donde su padre, Pedro Obregón, se desempeñaba como diplomático, que después estudió en Inglaterra y que terminó cursando un año de pintura en Boston...

Entonces, como pintor difícil, se detiene y deja caer como un pistoletazo en medio de un concierto esa frase que varía pero comunica lo mismo, ya escuchada por nosotros en varias ocasiones anteriores:  Es jarto hablar de uno mismo...

Observación que no le impide recordar que era camionero en el Catatumbo y vio precipicios de dos kilómetros, la jungla, gente distinta, que lo impresionaron. De ahí salió el gusano de la pintura que lo picó. Cuando regresó a Barranquilla comenzó a experimentar con lo que sería después el auténtico estilo Obregón que hoy conoce todo el mundo. Tenía entonces veintiún años, es decir, hace cuarenta y cinco.

PARA EVITAR LA AMNESIA COLECTIVA

Desde el pasado jueves 23 de octubre está exponiendo en el Museo de Arte Moderno de Bogotá treinta y cinco acrílicos sobre madera, de pequeño formato, donde registra el desastre ecológico de la Ciénaga de la Virgen, en el cual perecieron unos cuatro millones de peces ("no sé quién los habrá contado", dice sonriente el maestro).

Es una crítica directa a la insensatez humana, a las cosas mal planificadas que arrojan consecuencias negativas para el mismo homo sapiens, directa e indirectamente. "La pintura sirve para todo, dice Obregón,inclusive para protestar contra esas cosas".

Al otro día cuando apareció la noticia de las nubes de peces muertos que lamían las playas,comenzó Obregón su trabajo, hace cosa de mes y pico. "Pinté más o menos un cuadro diario. Iban saliendo con facilidad porque tenía el tema bien digerido", anota.

Sin embargo jamás estuvo en la zona del desastre: "Preferí verla con la imaginación", agrega. El caso es que con es tos treinta y cinco cuadros cierra el ciclo que él tituló "Variaciones alrededor de un mismo tema", en una deliberada insistencia sobre ese hecho que de segu ro ya medio país habrá olvidado. Pero queda la voz colorida de Obregón en el tiempo, que  evitará la amnesia colectiva.

YO QUERIA VOLAR

Este tipo de posturas son clásicas en el maestro Obregón, un artista que jamás se ha comprometido con partido político alguno, pero que ha defendido y asumido una actitud propia de gente libre. "Yo quería, de muchacho, volar en los aviones, ser piloto recuerda. Ahora pinto pájaros. Me interesa la humanidad, la política no. Siempre he dicho que un pintor es como una antena, va recibiendo temas sobre todo lo que lo rodea a uno. Yo me inspiro en parte en las noticias de los periódicos y pinto lo positivo y lo negativo de lo que veo", afirma.

Y añade que la pintura es un cuento de no acabar nunca. "Lo agarra a uno totalmente y a veces me despierto a las cuatro o a las cinco de la mañana y voy al taller a pintar un rato, cuando se me ocurre una idea".

Estímulo que varía. Hay épocas cuando el trabajo puede ser de veinte horas diarias y hay otras "de sequía, que siempre son convenientes porque se está gestando algo en el subconsciente", dice.

No hace nada termino su ciclo "Variaciones alrededor de un mismo tema" y ya está pensando en una serie de naturalezas muertas.

De pronto la comunicación va en baja. Obregón necesita embalar sus cuadros para llevarlos a Bogotá a la madrugada siguiente y la premura es enorme. Se queja de que los fotógrafos "desperdician" mucho material y confiesa que cuando lo invitan a posar no sabe qué hacer y generalmente termina uno poniendo cara de huevón...

Tomado de la Revista Cromos No.3589, 28 de octubre de 1986