Alejandro Obregon

Barcelona,España

Pintores

Abstracto, Figura Humana, Figura

Alejandro Obregon

Alejandro Obregón

pintor

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Vea: Cronología, por Carmen Maria Jaramillo y Maria Sol Barón

Cronología, por Carmen Ortega Ricaurte

Obregon en Contexto, por Carmen María Jaramillo

Paisaje para un condor, por Carmen Maria Jaramillo

Crítica

El Regreso de Obregon, por Clemencia Arango  

 

CRITICA

de Marta Traba

Después de veinte años de escribir sobre la obra de Alejandro Obregón, ya no sé más qué decir. En la crítica períodica ejercida a lo largo de tanto tiempo, mi admiración por esa obra sufrió obligatorios altibajos y señaló, - como meras correcciones de estilo cuadros pésimos y períodos infortunados. Ahora, (cuando felizmente no escribo ese tipo de crítica sino que me muevo en cuadros más amplios y generales), ya no me importan ni pesan para nada en mi juicio aquellas caídas lógicas y propias de todo gran artista. Subsiste sólo el gran artista, el nombre mayor del arte colombiano contemporáneo.

Su hazaña aparece siempre más relevante: acometer en plena mitad del siglo XX, la fabulosa tarea Pictórica de "narrar" la atmósfera física de un país a través de la oposición mar-cordillera, y de sus faunas y floras características. En esta descripción pudo haber actuado como un mero realista, como un lamentable foiklorista como un provinciano exaltado: nunca cayó en esos fatales errores de visión.

Su pintura descriptiva y cismática es un texto inédito, lleno de imaginación, fuerza y fantasía, armado vitalmente a fuerza de talento personal y confianza en sí mismo. También es, por suerte, una pintura endogámica, desinteresada en absoluto por las alzas y las bajas de¡ mercado externo cada vez más desorbitado y estúpido. La ironía (o el triunfo), es que, hoy día en el mundo, vanguardias casi catalépticas buscan la salvación en la pintura, los pinceles, la tela y el color, y vuelve así a producirse un fenómeno que he señalado repetidas veces como virtud cardinal del arte colombiano: su actitud de retaguardia se convierte en vanguardia, sin proponérselo ni buscarlo.

Por suerte para Obregón, su pintura es progresivamente, en el panorama general de las artes nacionales, un monumento solitario: los "obregoncitos" aparecidos en la época ruidosa del estrellato, lo abandonaron muy pronto para tomar caminos más impactantes. Obregón siguió adelante, sólo, con sus toros y sus alcatraces y los mangles y los huesos de sus bestias y sus bestias enteras a cuestas: con su epicidad romántica invulnerable: con todo su aire desueto y al borde de lo cursi, aire de bandera y escudo: con su pasmosa terquedad por seguir siendo artista en medio del templo convertido en disneylandia.

Alguna vez escribieron en Colombia, con indisimulada ironía, que Obregón era dios y Marta Traba su profeta. Sacando la frase de su dimensión extravagante, no sé si realmente lo fuí o nó, pero sé y lo afirmo a plena conciencia, que me hubiera gustado serlo. Creo darle con esto el directo testimonio de mi admiración.

Marta Traba

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De Juan García Ponce

La pintura de Obregón no tiene jamás el valor de una imagen que pueda justificarse como representación en relación directa con lo representado, sino el valor de una imagen obsoluta que afirma su propia existencia. Obregón es sin lugar a dudas un pintor moderno, pero su modernidad se encuentra dentro de la eternidad de lo que crea, a medida que va realizándose a sí mismo como pintor. Para él, las variaciones de estilo quedan absorbidas dentro de la esencia inmutable de la pintura, la cual no se justifica a través de aquellas, sino a través del hecho de que tales variaciones hacen posible su existencia continuada. Debido a esto, las obras de Obregón, y pese a su evidente riqueza formal, se presentan inmunes frente a la manía de cambio característica de buena parte del arte contemporáneo.

Desde el punto de vista de la pintura, la mirada del pintor no es ni crítica ni apreciativa; no juzga, pero se deja sumergir en esa experiencia de visión, del acto de mirar dentro del cual se pierde para hallar, en el olvido de sí mismo, el mundo que lo rodea. En la obra encontraremos al pintor y al mundo que ha capturado. Para el pintor no hay camino sin salida ni hay término del viaje: el camino se halla abierto siempre para un nuevo comenzar, la jornada siempre es un comienzo repetido porque el lenguaje de la pintura no es una manera ni una técnica, no se limita a teoría o a sistema algunos adquiridos desde fuera y meditados previamente antes de que el cuadro acceda a su propio ser. La obra nace de ese acto de mirar, capaz siempre de renovarse a sí mismo. Al permitir que su atisbo yerre a lo largo del mundo, al dejarse perder dentro de él, el pintor lo obliga a revelarse, a aparecer en la obra y a que se lo vuelva a hallar dentro de ésta. Así, los problemas de la pintura no son nunca problemas de estilo, no dependen de un sistema de representación ni de ideas preconcebidas, ,sino que nacen a partir de la pintura misma.

El pintor celebra el milagro de la visión, pero al hacerlo revela el secreto de lo visible. Lo que vemos en el lienzo es más que un reflejo, o que una interpretación de las apariencias; éstas se han concentrado dentro de sí mismas y al mismo tiempo se han vuelto más abiertas. La obra no es ya un objeto estático de contemplación, sino una presencia viva, lo invisible contenido en lo visible, lo trascendental encerrado en lo inmanente, comprimido dentro de una materialidad nueva, una celebración vital en que todas las cosas forman un sólo signo y están unidas y reconciliadas dentro de éste.

Juan Garcia Ponce

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Obregón es un despropósito 

por Ana María Escallón

Ana María Escallón le pregunta a Obregón si cóndores no se pintan todos los días. Cada cuestionamiento y cada respuesta son como un nuevo round de una pelea esperada. El pintor, una de las fobias mayores de Ana María, se defiende en el encordado con el jab de sus convicciones. Podemos asistir a una exaltación de la tolerancia.

Alejandro Obregón es un personaje extraño. Le gusta la contradicción, piensa que es mejor perder que ganar y se lanza al ruedo con la filosofía de que se debe tratar de llegar hasta el error, porque se está siempre en el límite de las cosas. ¿Un despropósito? Sí, la vida es un despropósito y en ese camino decidimos la entrevista. ¿Para qué? Para demostrar que es necesaria la tolerancia y que cada cual tiene su propia razón, porque no existen verdades únicas.

Entre tanto, la impaciencia se le sale por los poros, es impulsivo como una de sus barracudas, se levanta y se sienta con el impulso de lo racional y lo irracional.

Dicen que el poder le tiene miedo a los espejos y Obregón hace tiempo no se les enfrenta. entre otras cosas. porque se sabe la cara de memoria. En sus autorretratos se afeita. sobre ellos se mira a los ojos y habla consigo mismo. Diariamente se conoce y se desconoce, se reitera y se niega porque lo Importante es la libertad.

Libertad para sentirse libre y para tener la medida de sus interminables compromisos: para saber que pinta lo que quiere y lo que no quiere, que la libertad tal vez se compra y se vende y también para reafirmar ese espíritu que hace parte de su propia angustia, esa que tiene que ver con las propuestas de Italo Calvino para el próximo milenio, pero que él las ha vivido en éste con intensidad: levedad, rapidez. exactitud. visibilidad y multiplicidad. Y siente que de pronto se le olvidaron la liquidez y la movilidad.

Todo tiene que suceder simultáneamente, no hay tregua para los instantes. todo sucede dentro de su propio caos existencial.

Piensa moviendo las manos -tiene manos de pintor y fumador- se despeina. sube la grave y pausada voz cuando quiere hacer un violento énfasis o cuando no le escuchan porque está acostumbrado a ser el centro de muchas cosas. También está acostumbrado a que en Cartagena el policía que no deja aparcar le dé la mano y le abra la puerta para que no sólo se baje sino que abandone el carro abierto en la mitad de la calle, a que el vendedor de cigarrillos le diga maestro. o que la gente se le acerque con misterio como un eco en susurro Obregón. gón gón. El precio de saberse y querer Ignorarse.

Para él la cotidianidad de las cosas pequeñas es un lastre. No es práctico pero tampoco importa. Todo importa y nada importa. En su casa se respira un especial torbellino, es como un momento silente de un huracán. Donde de la calma silente se puede pasar inmediatamente a la furia intempestiva y nuevamente desciende. Le moles tan los ruidos. que el timbre suene, que el perro ladre, que el teléfono llame, que se camine, que no se camine. Nuevamente todo importa y no importa. La impaciencia se suda. Las manos se mueven. Pasa el gato que le regaló Feliza se sienta. se para, va y trae sus esculturas, las muestra. el Lam. la talla de los indios Cunas y entraron mil historias. y recuerdos. Una carcajada se rompe cuando se acuerda que por querer vivir cada momento del arte lo han sacado de muchos museos. Se los sabe todos. Los recorre en la imaginación y a pesar de que piensa que la memoria se le anda secando, se acuerda minuciosamente de cada cuadro, los describe con especial sentimiento, ese que da la felicidad del arte.

Siempre tiene entre manos unos libros. Esta vez eran Ernesto Sábato, Octavio Paz y un poema de María Mercedes Carranza. porque lo va a ilustrar. Se despeina, camina como un almirante, le chifla al canario para que le conteste. Todo importa y no importa. Eso hace parte de su historia.

Hay una especial premura por hacer las cosas y contradecirse. Piensa rápido, muchas cosas al tiempo y las dice con una especial dislexia. No permite lo unívoco, siempre en el trasfondo se dicen, se piensan, se omiten muchas imágenes y presentimientos. Está y no está porque se encuentra. simultánea mente, en varios lugares.

Obregón es definitivamente un hombre barroco y la exacerbación lo lleva a transgredir todos los límites. Maneja el valor del dinero por el tacto y se enfrenta a su pintura de una forma donde se juntan los argumentos con las contra dicciones. Todo es gestual. Hasta la timidez que dice es respeto y no inseguridad.

Pero lo importante es el despropósito. La aflrmación y la negación del maniqueísmo en la armonía de los contrarios. Se trataba de un enfrentamiento, se buscaba escudriñar en la afortuna da arrogancia de los principios o penetrar en la improbable metáfora de la convicción. Pero cada cual se sentó con sus principios. presintiendo el error en el otro.

Tomado del Magazin Dominical No. 365, 22 de abril de 1990

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De Pierre Restany

Alejandro 0bregón continúa su obra imperturbable, desplegando su fluida gestualidad, su magnífica escala de colores, su registro de hoy más conocido y reconocido, a la manera de un vacío lleno, en un infinito que formaría cuerpo con su bestiario, flora, símbolos y mitos, y que a falta de otra cosa, llamamos "espacio".

Sin embargo, si observamos aquel espacio un poco más cerca, nos daremos cuenta de que cada fragmento que lo conforma contiene en escala, la totalidad de la imagen de este mismo espacio. La fracción corresponde a la imagen del todo: tal es, precisamente, la definición del objeto fractal, a que debemos a la genial intuición de Benoit Mandelbroti, la cual está cambiando radicalmente nuestros modos de representación del universo. Las estructuras fractales se caracterizan por su autosimilitud; la propiedad que tiene cada uno de sus elementos de ser una parte del todo.

Los fractales revolucionaron el campo entero de la síntesis de imágenes procesadas por computadoras. En la medida que su principio de homotetismo interno es interpolable hasta lo inifinitamente pequeño, revela nuevos detalles más o menos semejantes por ser autosimilares, pero siempre imprevisibles en cuanto aleatorios. Entonces la imagen fractal contiene orgánicamente, en sí misma, el conjunto de los parámetros condicionantes que acomodan el ojo del espectador.

De este modo la obra de Obregón corresponde a una representación fractal del mundo, sometida a su ley secreta e ineluctable. El pintor incorpora a su cosmovisión poética del mundo los elementos que estructuran la imagen que los otros -el público- tendrán.

Creo que un ejemplo será suficiente. Lo tomaré del bestiario de Obregón. El pintor de los cóndores y barracudas intenta una primera vez la imagen "fractal" de su bestiario en 1966, con Los Huesos de mis bestias.

Se trata en efecto de una verdadera fractura, de una operación de trituración de la imagen anatómica en el vacío galáctico. Repetirá la operación en varias oportunidades, en particular en 1974, para llegar a la fusión total en la auto-similitud en 1985, con Ave Toro Pez Cabra, una obra cuyo título sintético se basta a sí mismo. Estamos lejos del folclor costeño y de la colombianidad de Obregón. El pintor fractal no niega los orígenes y las referencias esenciales de su arte: la imagen sintética los incorpora y los proyecta en una dimensión superior de la visión, la del lenguaje cósmico y planetario que se apoya sobre los fundamentos estructurales de la percepción y que trasciende la diversidad de los mensajes culturales básicos.

Ya hablamos hasta aquí de imagen, es decir, de objeto fractal. Yo estaría ahora tentado a tomar por cuenta mía una bella idea expresada por Jean Baudrillard en su último libro y hablar como él de un sujeto fractal, que se difracta en un mosaico de egos miniaturizados, todos parecidos los unos con los otros, multiplicándose de un modo embrionario y saturando su ámbito espacial por escisiparidad, hasta el inifinito. Como el objeto fractal que es parecido rasgo por rasgo a sus componentes, el sujeto fractal no aspira sino a parecerse en cada una de sus fracciones. Este nuevo narciso se parece como un hermano a Obregón quien, en su identificación obsesiva a Blas de Lezo, no ha buscado una variante de su imagen ideal sino una fórmula de reproducción autosimilar de su yo genético al infinito.

A través de¡ arte y la vida Alejandro Obregón siempre ha buscado la solución que lo libere de la angustia de parecerse a los demás.

El pensamiento fractal le brinda hoy una certidumbre que él presentía: la solución consiste en sólo parecerse a sí mismo.

Después de haber encarnado espectacularmente la esencia visual de la identidad de su país, Obregón quiere consagrar el tiempo que le queda a vivir en las síntesis expresiva de su propio yo.

El propósito es ambicioso, la puerta estrecha. Pero esta ambición es el privilegio de los grandes, aquellos cuyo soplo del infinito espantó la mirada: no se trata en efecto de cambiar de técnica o de vocabulario, sino de asumir integralmente la conciencia de una visión sintética superior del mundo y de intentar, con los únicos medios disponibles a su alcance, el último acercamiento, el de la universalidad de la pintura.

PIERRE RESTANY
Cartagena de Indias
Agosto 10 de 1987

Tomado del libro editado por Galería Carcés Velásquez

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Obregón, Presente

Nunca sobrará recordar
la pintura alucinada de ese navegante
del arte que fue Alejandro Obregón.
Hace dos años murió, y su obra sigue
creciéndose como una ola gigante cargada
de cóndores, barracudas y toros.

Fue desde hace dos años, el 11 de abril, que no volvieron a nacer más cóndores. Estos y las barracudas, los toros, las mojarras y muchos otros seres pertenecientes a un colorido paisaje, se detuvieron en el óleo que no alcanzó a esparcir Alejandro Obregón. Pero la fantasía del pintor se perpetúa en su obra, en cada cuadro que él creía que debía ser "como el espejo de Alicia en el País de las Maravillas". En ellos quedó expresado ese pensamiento que chocaba con la violencia, con los desastres ecológicos y con el poder depredador. Dejó la huella que quería dejar cuando se entregaba a cada lienzo, sin más compañía que un inseparable cigarrillo sin filtro, en medio de un cálido ambiente que lo mantenía en deportivas camisetas de algodón y anchos bermudas, y viendo pasar las horas, a veces de un día a otro, sin inmutarse.

Tan inolvidable como su obra será esa figura exótica que quedó de su juventud de camionero en el Catatumbo y que escondía la personalidad de un hombre bohemio, sencillo, incansable trabajador y agüerista, enamorado más del arte que de cualquier cosa, y pintor "por la magia y la libertad" que podía experimentar y que nos legó a los colombianos con un recuerdo que seguirá presente entre nosotros. Para rendirle homenaje al maestro Obregón, traemos a estas páginas una pequeña

ó muestra de esos óleos que nos han hecho recordarlo durante estos 24 meses de su ausencia definitiva.

Tomado de la Revista Diners No.289, abril de 1994

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2002: Diez años sin Obregón
El Tiempo, 11 de abril de 2002

El "Padre del arte moderno colombiano"  falleció hace diez años.  Una exposición en
la Galería El Museo y una charla sobre su obró son algunas de las actividades que lo recuerdan.

"No quiero hablar de mi obra. Ella está allí. Ellas habla por mi", solía decir Alejandro Obregón acerca de sus pinturas. Asi recuerda el periodista Heriberto Fiorillo al pintor fallecido hoy hace diez años en su libro La Cueca, crónica del grupo de Barranquilla.

Precisamente es su obra, la que diez años después habla por Obregón como el "Padre del arte moderno Colombiano" en galerías y museos. El pintor, nacido en 1920, en Barcelona, llegó a Colombia, donde se nacionalizó, en 1944 y uno de sus primeros aportes culturales consistió en apersonarse de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional, por donde pasaron Enrique Grau, Lucy y Hernando Tejada.

Sin embargo, su relación con las escuelas de arte cambiaría hasta la oposición a lo largo de su vida. Con los años, y ya después de haber sido decano de la Escuela de Bellas Artes de Barranquilla -recuerda el texto de Fiorillo- su intención sería abolirlas. "Quise acabar con esos tinglados -decía Obregón-. El arte de pintar no debe tener profesores, porque entre el profesor y el alumno hay una lucha (...) y de pronto el profesor y el alumno se van a una especie de alcantarilla".

Las primeras obras de trascendencia hechas por Obregón datan de 1941. Sus biografías hablan de un periodo que comienza en 1947 en el que se concentra en la naturaleza muerta. En 1959, se descubre otra etapa, que coincide con su vida en Parias, cuando incursionó en el cubismo futurista.  En 1955, debido a su participación en una exposición titulada Artes Plásticas en la Arquitectura, con un proyecto mural, comenzó con la llamada pintura simbolista. Posteriormente regresó a Colombia para quedarse definitivamente.

Sus peculiares faunas y flores características, sus toros, bestias, alcatraces y barracudas son monumentos con bandera y escudo, al arte colombiano, que él solo transformó con la fuerza de soluciones pictóricas.

Tomado del periódico El Tiempo, 11 de abril de 2002

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TRAS LA HUELLA DE OBREGON

UNO DE SUS HIJOS, DIEGO, Y EL GALERISTA LUIS FERNANDO PRADILLA, PREPARAN EL PRIMER CATÁLOGO RAZONADO CON LA OBRA DE ALEJANDRO OBREGÓN. UN VIAJE DE MEDIO SIGLO DE ARTE QUE SE HARÁ PúBLICO EN NOVIEMBRE DE 2006.

Desde mediados de los 70, cuando terminó sus estudios en Londres, el mayor de los hijos de Alejandro Obregón estuvo al lado de su padre. En la casa familiar de Cartagena, en el montaje de sus exposiciones o en los andamios, mientras pintaba los murales en el Salón de los Delegados de las Naciones Unidas y en el Capitolio Nacional de Colombia. Siempre estuvo ahí, hasta el 11 de abril de 1992, cuando el máximo exponente colombiano de lo que se conoció como "expresionismo figurativo" murió en el Hospital Naval de La Heroica.

Por eso, por tener un conocimiento detallado de las pinceladas de su padre, de "sus trucos", como los llama, los pigmentos que utilizó, los colores y los lienzos, Diego Obregón es quizás el mayor especialista en la obra del reconocido pintor colombiano nacido en Barcelona (España). Uno de los pocos que puede certificar la autenticidad del trabajo de uno de los artistas nacionales más imitados. Una gran responsabilidad que, asegura, no puede eludir y que incluso le ha traído amenazas y hasta un agujero de una bala, que entró por la ventana y se incrustó en el cielo raso de su apartamento, a comienzos de este año, ocasionado por alguien insatisfecho ante la negativa de Diego de aceptar como auténtico lo que a todas luces era una falsificación.

Tratar de evitar las falsificaciones y reconocer el trabajo de Obregón fueron las principales razones que llevaron a su primogénito y al galerista Luis Fernando Pradilla a preparar el primer catálogo razonado de su obra.

Diez años después de haber llegado a un acuerdo para comenzar el proyecto el primer tomo está casi listo. En él estará un resumen de la vida y la obra del pintor, su biografía y reseñas y críticas escritas por Juan Gustavo Cobo Borda, Carmen María Jaramillo y el español José María Salvador. Luego, a medida que avance el trabajo, el objetivo es editar un nuevo ejemplar cada año, en el que se desglose, por décadas, todo el legado del pintor.

En total hay identificadas y clasificadas unas dos mil piezas producto de una década de trabajo, que ha permitido descubrir obras que no se sabía que existían o encontrar otras que se habían dado por perdidas.

Como una de las dos pinturas bautizadas como Niña del coleocanto. Obregón hizo dos pinturas casi idénticas: una en tonos azules y otra en amarillos.

"La azul" fue adquirida por el industrial Julio Mario Santo Domingo, pero de "la amarilla" no se conocía el paradero.

"Mi padre quería unir las dos para una exposición en Estados Unidos -recuerda Diego- pero nunca pudimos encontrarla". Hace menos de seis meses, 14 años después de la muerte del pintor, la otra Niña del coleocanto fue encontrada en Bogotá.

Falta mucho camino por recorrer. En algún momento el mismo Obregón aseguró que había pintado unas siete mil obras, aunque su hijo, conocedor del ritmo de trabajo de este hombre que pintaba a mañana y tarde los siete días de la semana, asegura que el número real puede estar entre las cinco y seis mil.

Sea cual sea la cifra, el mayor de los herederos espera que tras la aparición del primer capítulo, en noviembre de este año, aparezcan más y más obras, lo cual permita seguir la huella, en profundidad, de uno de los más trascendentales artistas colombianos.

Tomado de la Revista Cromos No.4601, 8 de mayo de 2006


El vuelo del cóndor

Hace 30 años el maestro Alejandro Obregón pintó un potente mural en el Salón Elíptico del Congreso. El llamado que hizo al país en esa obra sigue vigente.

CUANDO EN 1948 el muralista y pintor Santiago Martínez Delgado le contó a Alejandro Obregón que le habían encargado un mural para el Salón Elíptico del Capitolio Nacional, el maestro no imaginó que casi 20 años después enfrentaría un reto similar. A mediados de 1986, el presidente Belisario Betancur se reunió con el maestro barranquillero para encomendarle una obra que ocuparía la pared detrás de la mesa directiva del salón. “En ese momento estaba limpia”, cuenta. “Había un vacío que llenar y pensé que una obra de Alejandro le daría muchísima potencia a ese lugar".

Obregón, dicen sus allegados, era consciente de la responsabilidad que representaba realizar la segunda obra que ocuparía el recinto del poder legislativo del país. Hasta entonces, las paredes de la que ha sido desde 1874 la sede permanente de las plenarias de la Cámara de Representantes albergaban un solo mural, el de Martínez Delgado, reconocido como el mejor muralista del país de comienzos del siglo XX.

Su tríptico, titulado Bolívar y el Congreso de Cúcuta, retrata un momento clave de la historia de Colombia: la apertura de la asamblea convocada para unir a la Nueva Granada y Venezuela en una sola nación. Allí, Antonio Nariño, Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander salen con aire solemne con otros próceres de la independencia vistiendo sus uniformes perfectos y sus espadas relucientes.

Obregón buscó una estética completamente distinta. Evitó el escenario de héroes y figuras épicas inspiradas en la iconografía decimonónica para hacer un llamado a la unidad nacional a partir del mayor tesoro de Colombia: su diversidad natural. Esta vez los cóndores, las barracudas, el mar y las montañas serían los protagonistas.

El trabajo tomó dos meses, documentados paso a paso en el cortometraje Detrás de la pared (1987) del ya fallecido cineasta Diego León Giraldo. “Era muy amigo de Alejandro y le pareció interesante registrar en video todo el proceso”, cuenta María Clara Gómez, viuda de Diego Obregón, hijo del maestro. Este, precisamente, se convirtió en el principal ayudante de su padre. Se encargó de pedir los permisos necesarios, consiguió los materiales, tomó medidas, mezcló colores y ayudó a pintar el fondo del mural.

El .cortometraje se inicia con uña frase contundente de Obregón: “No hay nada más bello que una pared blanca porque de ella puede salir lo que el pintor quiera o pueda". Comenzó dibujando las siluetas de más de 20 cóndores en la parte alta del mural; luego dio forma a las barracudas y al sol, y finalmente delineó las cordilleras. Pero cuando parecía haber terminado, cambió de idea y borró en una noche el mural. No porque dudara de sí mismo, sino, según sus palabras en el filme, porque no sabía qué era lo más conveniente para Colombia, un país “embellecido por el arte pero castigado por la desigualdad".

Una gruesa y asustadora capa de aerifico blanco cubrió por una noche la pared hasta que el maestro retomó la tarea. Los cóndores, las barracudas, el sol y las montañas asomaron de nuevo, con otros tonos y leves cambios, y en poco tiempo el pintor dio por terminado lo que llamó Victoria de tres Cordilleras y dos océanos. “La gente se asustaba cuando él borraba porque lo veían como un desperdicio, pero no entendían que para él hacían falta cosas”, recuerda María Clara.

Obregón nunca reveló el significado de este mural que este año cumple 30 años. Pero el poeta Juan Gustavo Cobo, amigo suyo y quizá el mayor conocedor de su obra, tiene una teoría: “Alejandro quería enviarle un mensaje al país, especialmente a quienes hacen las leyes y actúan en representación del pueblo”, cuenta. “Su idea era mostrar cómo a pesar de ser tan diferentes y de tener tantas opiniones distintas, al fin y al cabo todos somos colombianos y debemos aprender a convivir en la diferencia".

El contraste entre dos especies, las barracudas y los cóndores, y dos ecosistemas, los encumbrados Andes y el Caribe, todos opuestos, era según Cobo la manera de materializar tal llamado. Pero el movimiento de ambas especies es tal vez el elemento más diciente. “Que los cóndores y las barracudas vayan en sentidos opuestos no es gratuito, sirve para mostrar que dos corrientes contrapuestas pueden convivir en el mismo espacio. Toda una lección para nuestros legisladores”, dice Cobo.

Tomado de la Revista Semana, 7 de agosto de 2016


2017: Alejandro Obregón, prolífico y aún desconocido

Daniel Alberto Alejandro María de la Santísima Trinidad Obregón Roses, seguramente recibió al nacer en Barcelona (España) más nombres de los que necesitaba. Tal vez por eso Colombia, la patria que lo adoptó como su hijo pródigo y donde se convirtió en el artista que introdujo al país la modernidad, lo conoció simplemente Alejandro Obregón.

Alejandro Obregón: La mesa rojaSu muerte fue el 11 de abril de 1992. Dos años antes Femando Pradilla, el último de sus galeristas, viajó a su taller en Cartagena de Indias a ver lo que estaba haciendo, pero al llegar allí no entendió lo que pasó.

-¿Alejandro, qué es esto?, preguntó Pradilla. -Son Vientos, respondió Obregón.

-Pero si los vientos no tienen nada que ver con cóndores.

-¿Qué dices? Los cóndores llevan los vientos en las axilas.

Y sí... una anécdota extraña que resume la vida de ese virtuoso y parrandero que, 25 años después de su muerte, es y seguirá siendo uno de los artistas más importantes de Colombia.

Cualquiera que hable de Obregón y su obra seguro lo recordara por su carácter fiestero, su pasión por los cigarrillos Pielroja, el tabaco, la buena comida y el ron blanco que lo acompañaron hasta el día de su muerte. Pero también cualquiera que hable de él, traerá a su mente las obras artísticas más importantes en la historia de Colombia, en las que representó la miseria de un país sumido en la violencia y la riqueza natural del territorio que lo acogió como su retoño.

Hijo de padre barranquillero y madre catalana de clase media, Obregón se radicó en Barranquilla a los 16 años y allí fue donde cambió la tortilla de patatas, el gazpacho y la paella por el pescado con ñame, el sancocho de sábalo y la arepa de huevo.

Alejandro Obregón hizo del arte su vida pero su vida no siempre estuvo trazada por el arte. A sus 18 años estudió aviación en Estados Unidos, pero no pudo culminar. Luego, regresó a ‘La Arenosa’ para trabajar como supervisor de producción en la fabrica textil de su padre, Tejidos Obregón. Un año más tarde decidió que ese no era su rumbo y se convirtió en conductor de camión en las petroleras del Catatumbo, en Norte de Santander. Como transportador tampoco duró mucho y quizá allí, en medio de las vías ‘motilonas’, al parecer comprendió que su camino no estaba tras un volante sino en los pinceles, la paleta, la espátula y gran gama de colores, porque después de eso dedicó su vida para siempre al arte. Esta historia está reseñada en el libro Cien años del arte colombiano, de Eduardo Serrano.

De 1939 a 1940 viajó de nuevo a Estados Unidos, esta vez para estudiar arte, donde logró matricularse en una escuela para niños de la School of the Museum of Fine Arts, porque las demás academias donde intentó ingresar no lo consideraron apto por falta de talento. Luego de 1940 a 1944 fue vicecónsul de Colombia en su Barcelona natal y, una vez allí, alternó su trabajo diplomático con el arte e ingresó a la Escuela de Artes de Llotja, de donde lo expulsaron por defender el arte americano. Tras eso, se convirtió en autodidacta. Y uno excepcional.

Uno de los primeros críticos especializado en artes plásticas que tuvo Colombia, el austríaco Walter Engel, al ver su obra en una exposición en Bogotá en 1956, señaló: “No es, por cierto, de comentar, de analizar, de hacer crítica, sino simplemente de gozar, de absorber, de entregarnos de lleno a la emoción y al júbilo que nos producen estos cuadros de un grande, de un extraordinario artista colombiano", cuenta también el libro mencionado.

Modernista en tiempos de otros vientos en el mundo, algunos de sus ídolos fueron Francisco de Goya, Diego Velásquez, Rembrandt y Picasso; a quien conoció en uno de sus viajes y cuyos trazos marcaron radicalmente su obra para siempre.

El desconocido y falsificado Obregón

Aejandro Obregón es un símbolo del arte en Colombia y su espíritu libre le afectó “para que no fuera conocido lo suficiente durante su vida, como ha debido ser", dice el director de la galería El Museo, Fernando Pradilla, quien durante 17 años ha clasificado la obra de Obregón, a quien llama 'El gran desconocido’.

Pradilla reconoce que, debido a la gran cantidad de cuadros que pintó Obregón y a su constante migración, clasificar la obra es una labor muy difícil. El galerista calcula que conocemos solo una parte de su trabajo. Con tal cantidad de piezas aún el mercado de sus obras es muy activo.

Actualmente una obra suya, “dependiendo de su importancia oscila entre los 20 mil y 300 mil dólares, y podría llegar hasta los 600 mil dólares, que es lo que puede costar Violencia”. Eso claro, es un cálculo porque esa obra pertenece a la colección de arte del Banco de la República; la gran mayoría de las obras se encuentran en mercado secundario.

El tema de las copias es otra constante en la carrera de este artista, y bastante problemática. Debido a su prolífica creación y a la falta de institucionalización del mercado del arte en el país, él es quizá uno de los artistas más falsificados en Colombia.

 
Pradilla cuenta que le llegan a su galería una gran cantidad de cuadros falsos. Además en Colombia, a diferencia de otros países como Francia, que protegen los derechos de autor, no hay un procedimiento establecido cuando se descubre una obra falsa. Por tal. razón, “hay gran cantidad de obras falsas en las casas de la gente, que son obras mediocres, malas o copiadas de alguna manera, tratando de interpretar a un artista como él, pero nunca con esa expresividad, y genialidad que tenía”, concluye Pradilla.

Tomado del periódico Arteria No. 57, 2017