Ramon Barba Guichard

Madrid, España

Escultores

Figura Humana

Ramon Barba

Escultor, pintor

 

 


El Tesoro Oculto de Ramón Barba

Casi toda la obra de uno de los grandes
escultores que ha tenido Colombia, se
encuentra hacinada en su casa y permanece
prácticamente desconocida por el país

En una casa del confín sur del barrio Santa Fe hay un tesoro oculto. Está formado por una insólita mezcla de indios, campesinos, mendigos y hombres rebeldes, al lado de mujeres de serena belleza, intelectuales y santos. Son criaturas de madera, o de mármol, o de bronce, o de arcilla, o de carboncillo, cuya materia inerte parece atravesada por un sesgo de existencia real. Representan los 37 años de trabajo en Colombia del artista Ramón Barba, quien las creaba por puro placer estético y luego las amontonaba dentro de una alcoba, sin pensar jamás en tasarlas en dinero.

Ahora se encuentran aglomeradas en un salón que se construyó para albergarlas y protegerlas de la humedad y de otras contingencias, en la primera residencia que ocupó Barba. Allí se mantienen todas juntas, como una familia indisoluble, pero hacinadas, mientras les Ilega la hora de ser rescatadas con honor para formar un museo.

Un espacio para Barba

Después de la muerte de Ramón Barba, ocurrida el 4 de mayo de 1964, su esposa, Josefina AIbarracín, y Julián, su hijo, reunieron en un solo sitio las esculturas, los dibujos y las cerámicas que el maestro había dejado acumuladas en la casa y que constituyen el conjunto más importante de su producción. Sólo faltan en este grupo los trabajos que realizó por encargo y los que les regalaba a sus amigos.

Entonces, ambos se propusieron apartar sus sentimientos afectivos del análisis de la obra, para establecer si va lía la pena conservarla. Finalmente, con toda la objetividad de que fueron capaces, concluyeron que los personajes de Barba encarnan el verdadero arte. Y decidieron preservarlos lo mejor posible. Julián Barba, erigido junto con su madre en voluntario y afectuoso albacea del legado del maestro, manifiesta: "La obra se halla bien conservada, aunque su mantenimiento resulta difícil, pues hay que vivir alertas con la humedad, con las temperaturas, con los hongos. El problema radica en que debería estar expuesta al público. Aquí sólo vienen a verla, de vez en cuando, estudiantes de bachiIlerato. El promedio de visitantes no pasa de una docena por mes. Pero permanece aquí sencillamente porque ninguna institución se ha querido hacer cargo de ella".

Qué exigen los Barba para entregarla? Unicamente dos condiciones elementales: "Nuestra aspiración es que se destinen unos 150 metros cuadrados de un recinto decoroso para exhibir la obra en su totalidad, y que se firme un con trato por medio del cual se nos garantice su conservación y se nos permita nuestra vigilancia sobre la misma. Nada más. El aspecto económico no es lo que nos mueve".

Un artista versátil

Ramón Barba nació en Madrid, España, en 1892, y se formó académicamente en las más famosas escuelas y taIleres de aquella capital. Después de una corta estadía en México y Cuba Ilegó a Bogotá en 1925. Vino sólo por conocer, y nunca más volvió a salir de Colombia. Aquí vivió 39 años, produjo la obra que habrá de reivindicar su memoria como escultor, y murió a los 72, en plena actividad, a causa de un paro cardíaco.

Fue muy curiosa la manera como determinó viajar a nuestro país. Decidió recorrer las representaciones diplomá ticas de América del Sur acreditadas en La Habana, con la idea de que visitaría primero aquella nación cuyo embajador le pareciera más simpático. Y el más simpático resultó el de Colombia. AI arribar aquí se enamoró de esta tierra, y además halló una magnífica acogida entre los intelectuales. "Tenía unas dotes extraordinarias de artista", recuerda Otto de Greiff, quien junto con su hermano León, Jorge Zalamea, Alberto Lleras, Roberto Pizano, Germán Arciniegas, Eduardo Carranza y otros personajes, era amigo y contertulio de Barba.

"Yo pienso que él viajó a Colombia como un artista ya formado", afirma Josefina Albarracín, quien fue su discípula en la Escuela de Bellas Artes en 1931. "Lo demuestra -continúa- con las primeras esculturas que hizo aquí, como El indio Sancho, una cabeza labrada directamente sobre piedra; el mármol de Ana Isabel Restrepo y el del padre Almansa, y la talla en madera de Jacob el mendigo, que figuran entre sus mejores obras".

El indio Sancho, el mendigo Jacob, un guerrillero del Tolima y un promesero chiquinquireño, forman parte de la galería de hombres del pueblo que seducían la sensibilidad artística de Barba y le arrancaban su talento de tallador, al igual que las causas rebeldes, las que plasmó con fuerza expresiva en "Un comunero" y sus monumentales "Manuela Beltrán", "Juramento de un comunero" y "Comunero del Socorro", la última de las cuales le significó el primer premio en la exposición de "La Gran Colombia" (con la participación de Ecuador y Venezuela) organizada por la Universidad Javeriana en 1943.

Barba conseguía sus modelos populares en las plazas de mercado y en las calles de Bogotá. Su fino buril podía desentrañar también la mirada angelical o la belleza sensual de una mujer. Su capacidad de creación se extendió a las vírgenes y los santos, que denotan a un hombre místico, aunque no a un cultor de misas y rosarios. Igualmente esculpió a Beethoven, a Pedro A. López (entronizado en Honda), a José Vicente Concha (en un estado lamentable en un parque de Bucaramanga), a José Asunción Silva (se desconoce su paradero), a Miguel de Unamuno, al general Benjamín Burgos (localizado en Ciénaga de Oro) y, entre sus últimos trabajos, a Jorge Eliécer Gaitán.

De más de un centenar de obras suyas que se conservan, unas cuarenta corresponden a dibujos al carboncillo (quizás su obra maestra en esta técnica sea el retrato de un mendigo, de 1934, elaborado con un vigor asombroso, que no admite parangones y que demuestra su profundo conocimiento del modelo). Manejó con solvencia la piedra, el granito y el mármol, y para descansar modela ba la arcilla. En la madera unió el talento artístico y la habilidad del artesano. Empleaba el cañahuate, el caoba, el diomate, el nogal y el arrayán, entre otras. Las tallaba con herramientas de acero que el mismo forjaba y en cada obra podía estampar múltiples formas de textura (el "Descendimiento de Cristo", alto relieve en madera de dimensiones murales, presenta unas quince distintas). N usaba lacas ni pigmento alguno. Simplemente aplicaba algo de cera y un poco de hígado de res. Y nunca repitió la expresión de unos ojos, la forma de unos cabellos o las estrías de un rostro.

Era un trabajador incansable. Sus jornadas empezaban a las siete de la mañana y terminaban con las primeras sombras de la noche, con un intervalo de una hora para almorzar y diez minutos para reposar. Durante 30 años tuvo a su lado un obrero, y en ocasiones contrataba dos o tres más. Leía con la misma intensidad que trabajaba y Ilegó a contraer gruesos callos en los codos por su costumbre de apoyarlos sobre la mesa durante la lectura. Para ejecutar las esculturas de los comuneros devoró todo lo que se había publicado sobre el tema.

A pesar de sostener continuas tertulias con artistas y escritores, no era bohemio. Tampoco pretendió ejercer influencias sobre terceros. Julián Barba, con un estilo verbal que recuerda al de su padre, aclara: "Los historiadores del arte se inventaron una vaina que dizque se Ilamó el Grupo Bachué. Pero ese grupo no existió. Mi papá y unos pocos amigos suyos se reunieron tres o cuatro veces a charlar en un café, y alguien mencionó quizás lo de Bachué, pero de ahí no pasó. Y eso fue todo".

Su situación económica se podía considerar aceptable. Siempre lucía perfectamente pulcro y vestía con esmero, aun en su taller, en el que permanecía con un overol y un saco amplio muy limpios. Le apasionaban los toros, y dejó una faena materializada en cerámica. Le gustaba enseñar su arte, pero prefería no tener que asistir a clases para no interrumpir su labor en el taller. Sólo cuan do terminaba una obra permitía que la vieran su esposa y sus hijos (Teresa, ahora abogada; Carolina, hoy médica y residente en Estados Unidos, y Julián).

Parecía no importarle la fama, y jamás buscó ningún reconocimiento. Sólo participó en dos exposiciones individuales y dos colectivas: la primera en 1938, organizada por Carlos Puyo Del gado; luego en el I Salón de Artistas f`lacionales, que ganó con su "Mujer joven"; más tarde en la de "La Gran Colombia", ya mencionada, y la última, en 1944, en la Biblioteca Nacional, promovida por Enrique Uribe White.

Fue ignorado sistemáticamente por la crítica Marta Traba, pero en 1966 Jorge Zalamea presentó una retrospectiva póstuma en la Biblioteca Luis Angel Arango y lo señaló como una de las gran des figuras de las artes plásticas colombianas. De 1980 a hoy se han programa do tres muestras más, una de ellas muy concurrida, en el Centro Colombo Americano. Recientemente un grupo de artistas y críticos, convocado por la AIcaldía de Bogotá para emitir un juicio, conceptuó que la obra de Ramón Barba tiene un valor estético incalculable.

Barba adquirió la nacionalidad colombiana en 1931. Hay quienes afirman que, por los materiales que empleó, por los temas que trató y por la honestidad con que trabajó, no hay una obra plástica más auténticamente nacional que la suya. Sin embargo, el país continúa desconociendo a Ramón Barba.

Cristobal Ospina 
Tomado de la Revista Diners, No. 193, abril 1986