Dario Morales

Cartagena, Bolivar

Escultores (Hiperrealista)

Figura Humana, Desnudo

COLECTIVA

Del 01/05/2019 al 31/07/2019

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Darío Morales

pintor, escultor


CRITICA

De Amalia Iriarte 

"Ser inmortal es baladi, menos el hombre,
todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte"

Borges. EL INMORTAL.

Sólo las imágenes creadas por la palabra poética pueden aproximarnos a la más intensa y misteriosa de las experiencias humanas: la muerte. Por ello, al reflexionar sobre Darío Morales y su vida, consagrada a construir una obra artística de tan vastas proporciones y tan abruptamente truncada, acuden a la memoria la "fugaz vela" de Shakespeare, la "gota en el viento" de Machado, el "pobre y turbio río que negro mar con altas ondas bebe" de Quevedo. Pero también, inevitablemente escuchamos a Borges, recordándonos que es la mortalidad lo que "hace preciosos y patéticos a los hombres"; que "todo entre los mortales tiene el valor de lo irrecuperable, de lo azaroso", porque "cada acto que ejecutan puede ser el último".

Quizás suceda que, a la luz de los meses postreros de Darío Morales, cuando supo que sus horas estaban fatalmente contadas, de esas arduas jornadas finales de trabajo artístico, que se prolongaron hasta que físicamente ya no pudo más. se nos revele el sentido profundo de su obra.

Darío Morales tuvo que haber asumido la existencia con el vigor que con tanta sabiduría, tradujo en sus cuadros y esculturas, dotándolos de una vitalidad que se fue magnificando al tomar conciencia de un límite inminente. Tal relación, intensa y vigorosa, con el mundo circundante, hizo posible que sus personajes y objetos domésticos y cotidianos, cobraran la dimensión trascendente, inquietante que los distingue de tanta pintura, tanto cine, teatro, lírica, narrativa, hoy día atiborrados de pequeñeces, de gente del montón, de situaciones previsibles, de trivialidad. No es, pues, el carácter cercano y familiar de ciertos asuntos que los hace aburridos. Lo que los aplana y embrutece es, más bien, una cierta manera de mostrarlos.

En efecto, al enfrentamos con una mecedora, un colchón, un interior doméstico y en él, una mujer desnuda; con las sábanas, sillas, puertas, ventanas, una mujer bordando, pintados o esculpidos por Darío Morales, percibimos algo extraño que surge de todo ello. Parece como si, desde sus primeros trabajos, el pintor hubiera captado el mundo con la mirada amorosa y penetrante del que contempla su entorno por última vez; del que, a la manera del auténtico poeta - y a diferencia del simple virtuoso del pincel, que se limita a reproducir con maestría lo ya muy conocido, - devuelve a lo inmediato su velo de misterio; instala lo que nos circunda en el ámbito de lo desconocido y eleva así la vida diaria a una categoría poética. Pasa, pues, con las cosas de sus cuadros, lo que con todas aquellas -"el bastón, las monedas, el llavero, la dócil cerradura"-, que en el poema de Borges están ahí, sirviéndonos de "tácitos esclavos", pero que:

"Ciegos y extranamente sigilosos,
duraran mas alla de nuestro olvido,
No sabran nunca que nos hemos ido"

Sobraría decirlo, pero hoy más que nunca vale la pena recordarlo: Darío Morales se hizo grande en su individualidad creadora, en la lealtad a sus propios e íntimos postulados artísticos, en el no creer más que en su soledad frente al lienzo o el bronce, en el no acatar otro mandato que el de su imaginación, y en su confianza en el carácter necesario de su mensaje.

Amalia Iriarte

Tomado del libro Forma y Color Colombia, 1989, Editorial Artico

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Cartagena flamenca pintada en Paris

por Oscar Gomez Palacio

Parece un buen estudiante de alguna universidad imaginaria. A pesar de su estatura y su cuerpo ancho, su cara conserva cierto aire infantil perdido entre la barba. Con su boca pequeña, sus ojos que huyen con frecuencia, el pelo alborotado con bastantes canas que con la luz adquieren cierto brillo, a Darío Morales hay que verlo para creerlo.

EL GRAN MUNDO
DE CUATRO PAREDES

Sí, hay que verlo para creer que es él y no un anciano minucioso, obsesivo, repelente y maniático, caprichoso y solitario el que se dedica horas, días, en cierros y luchas a pintar esos cuadros inmensos, preciosistas, interminables en detalles, casi curiosos, con el extremo de lo mínimo, cuadros que a primera vista parecen más bien viejas láminas, brillantes y pulidas, impresas quién sabe en qué imprenta mágica perdida en alguna de las tantas guerras del antiguo Flandes.

Porque en las pinturas de Darío Morales hay todo ese ánimo del arte flamenco, desde la minucia y la nimiedad hasta la atmósfera. Y no deja de ser curiosa esa rara analogía que se descubre entre los ambientes, el color y el calor, el "aire" y los objetos de muchos lienzos de pintores flamencos y las pinturas de Morales y su atmósfera cartagenera trasladada a París. Hay toda esa algarabía de la vida diaria, la intimidad cotidiana, ese gran mundo de cuatro paredes, piso de madera, puertas y ventanas, muebles y objetos que parecen no servir para nada pero que sin embargo usamos todos los días con obsesión. Son, quizá, los mismos objetos que nos confirman, que nos dan la prueba de nuestra presencia, como si cada pequeña cosa fuera un espejo que nos reconfirma.

Así son las obras de Morales: un encuentro con nosotros mismos en los hechos de la vida diaria, esa vida que también parece inútil pero que se vive, la misma que la historia de ningún personaje y de ningún país registra, que aquellos flamencos rescataron y que hoy rescata un pintor cartagenero de treintitantos años largos.

LA ESCULTURA, DIBUJO INFINITO

Pero, qué pasa con las mujeres desnudas y sin rostro que habitan las obras de Morales, con esos objetos que incansables se repiten, con los temas recurrentes? Cómo entiende la evolución de su obra un artista obsesionado siempre por los mismos temas, colores, formas?

"El tema principal, dice Morales, es la mujer y a través de él creo que evoluciono más porque profundizo en la forma que me interesa. Ese trabajo constante con el desnudo me llevó a la escultura y, curiosamente, a través de la escultura he aprendido mucho más sobre la pintura que pintando. La escultura es un dibujo al infinito, es táctil, sensual, es como crear, es conocer más a fondo esa forma que he tratado en un plano para llegar a otros planteamientos dentro de la pintura misma. Me siento más libre para tratar el color después de la escultura. Creo que siempre irán juntas desde ahora porque ya ninguna se da sin la otra".

-Cuál es la influencia más clara que sobre su obra ha tenido en Europa?

-De una o unas influencias concretas no podría hablar. Creo que después de ver decenas y decenas de pinturas, de vivir el arte en Europa, de poder compararme con otros, de toda la información que permanentemente recibo, soy finalmente el resultado de todas esas influencias, el resultado de siglos de tradición artística. Por ejemplo, el desnudo ha existido siempre en el arte y me interesa su proceso desde el paleolítico hasta hoy. En cada época ha tomado unas particularidades. Mi anhelo es lograr decir con un lenguaje de hoy un tema tan antiguo como el desnudo. Así ha sucedido durante todas las épocas de la historia del arte: los artistas de hoy se nutren de los de ayer y lo gran trabajos válidos para su momento que luego se convertirán en el pasado del cual otros se nutrirán.

-Eso quiere decir que todo buen artista debe ser un buen conocedor de la historia del arte, y esto es algo a lo que, sobre todo los artistas jóvenes, le niegan valor.

-,Sí, es muy importante conocer no sólo la historia del arte sino la historia en general que es la que enseña qué ha sucedido en las sociedades de las distintas épocas y cómo ellas han resuelto sus problemas estéticos entre otros. Yo creo reflejar mi época y hasta podría hacer un gran esfuerzo para evitarlo, pero jamás lo lograría. Por anacrónico que uno sea siempre pertenecerá al presente.

EL COLOR
DE LA NOSTALGIA

"Cuando uno está permanentemente en el Caribe no lo ve pero se va a una ciudad como París y algún día tiene que vivir una temperatura de cero grados o menos y descubre el Caribe. Pero además lo descubre en el otro color de las cosas. Uno empieza a rescatar esos tonos ocres que danzan en el aire, ese amarillo que todo lo inunda, esa atmósfera que a todo se pega, esa luz que cambia las cosas. Aquí no las cambia, las cambia desde allá, desde París. Por eso cuando uno se aleja y vuelve `descubre todo esto que estamos viendo ahora. Y ya las cosas no serán las mismas".

--? Y qué pasa con esa nostalgia del aire, del calor, de la temperatura...?

-Yo creo que en mi obra hay mucha emotividad, hay muchos elementos no analizados que surgen cuando trabajo y que de alguna manera la enriquecen. Sin embargo sería falso hablar del color del Caribe en mis cuadros, o de elementos tan precisos. Pero yo sé que todo eso está ahí, dentro, y como quiera que sea pasa a formar parte de mi obra.

Bueno, todo esto me recuerda el "nacionalismo " del que hablan muchos artistas y aun críticos, esa geografía precisa de la cual surgen los artistas y sus obras.

Será acaso su obra colombiana o es una afirmación falsa?

--No, yo creo que es falsa. La realidad es mucho más compleja de lo que parece. Desde luego que todos estamos marcados profundamente por el medio en el que nacemos y crecemos. Pero resulta que ese medio está "coloreado" por otros medios, es decir por toda la información que hoy recibimos a cada momento. Yo creo que esto ha hecho que los sentimientos, las vivencias, las emociones se hayan vuelto más universales. Cada vez nos parecemos más, cada vez nos diferenciamos menos, tendemos a confundirnos. Por supuesto que quedan unas raíces, pero hay hojas nacidas en otras tierras.

-Qué pasa entonces con la distancia?

-Pues que enriquece mucho más la realidad, esa realidad difícil, digamos que la hace más accesible al volverse menos obligante por la distancia. Además uno puede recrearla a su modo. Mis cuadros muestran escenas que transcurren en París pero si te detienes descubres que la atmósfera es del Caribe. Y ya no se trata del Caribe que vivo si no del que recuerdo, ese que añoro.

-Y la fama,  ya se volvió peligrosa? La fama es peligrosa en la medida en que uno empiece a creer que es verdad. Yo creo que el problema es de conciencia, de cómo se ve uno y no de cómo lo ven los demás. Todo artista debe ser honesto con su obra, con él, con los demás. Es cuestión de actitud.

MORALES VUELVE A CASA

Por fin alguien trajo a Darío Mora les al país. Lo hizo el Salón Cultural de Avianca en Barranquilla con una exposición compuesta por óleos, esculturas y dibujos, de este cartagenero que vive desde 1968 en París, sencillo y a veces casi infantil pero riguroso y obsesivo en su obra.

Tomado de la Revista Cromos No. 3437, 29 de noviembre de 1983

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EL ALQUIMISTA EN SU CUBIL 

Con las primeras cerezas de 1972, en la vitrina de la galería Pyramid de Washington, se exhibió un cuadro que causó un escándalo fácil entre las señoras de sombreros floridos que llevaban a cagar a sus perros en el parque cercano. Parecía ser la fotografía demasiado realista de una mujer en cueros, derrumbada en un mecedor vienés y abierta de piernas frente a los transeúntes sin el menor recato, si bien la expresión de su sexo era más desolada que libertina. La policía ordenó retirar el cuadro, pero su ímpetu se quedó sin razones cuando le demostraron que no era una fotografía sino un dibujo. El arte tiene sus privilegios, y el más raro de ellos es que se le toleren ciertos excesos que no están permitidos a la vida. 

El autor de aquel dibujo tan perfecto que hasta la policía de Washington lo confundía con una foto, era un colombiano de 28 años que sobrevivía a duras penas en un cuarto de servicio del barrio de Saint Michel, en París. Su nombre no le decía nada a nadie: Darío Morales. Su esposa, Ana María, estaba peor que él, porque además estaba encinta. Pagaban el alquiler del cuarto limpiando a gatas las escaleras del decrépito edificio de seis pisos. De noche, Ana María dividía el espacio con una manta para poder dormir, con su niña dormida en el vientre, mientras su esposo pintaba hasta el amanecer. Como no tenía bastante luz, Darío Morales oprimía con cinta pegante el interruptor regulado de la escalera, de modo que no se apagaba cada minuto, como estaba previsto, sino que permaneciera encendido toda la noche mientras él pintaba. En Francia hay delitos más graves que ese, por supuesto, pero ningún otro les duele tanto a los franceses. 

Alguien había tratado de convencer a Darío Morales de la inutilidad de aquellas miserias, y le había aconsejado volver a Cartagena de Indias, la fragorosa ciudad del Caribe donde nació y donde le sería más fácil subsistir. Darío Morales rechazó el consejo con un argumento hermético; "Donde quiera que yo vaya seguiré siendo el mismo". En París tenía, al menos, eso que los escritores lánguidos suelen llamar aliento espiritual: la posibilidad perpetua de ver en carne y hueso la mejor pintura del mundo. Además, según había leído por esos días en un periódico de la tarde, sólo en el barrio latino había más de once mil pintores anónimos del mundo entero viviendo en las mismas condiciones que él. Ninguno, hasta donde recordaban las estadísticas, se había muerto de hambre. la noticia lo había hecho sentirse menos solo, que es algo muy alentador cuando se es joven y no se tiene nada que comer en París. 

Sin embargo, una de esas tardes de lluvias oscuras en que a uno se le vuelve de cenizas el corazón, escribió una carta a Colombia pidiendo que le mandaran el boleto de avión de la derrota. Pero la carta no llegó nunca, por una razón que se ha venido repitiendo a través de los siglos desde el principio de la humanidad: Ana María no la puso al correo. Fue una decisión sabia. Antes de un año, la vida del pintor, de la mujer clarividente que no puso la carta y de la bella Estefanía que nació en abril, se había resuelto de pronto, la primera exposición individual de óleos de Darío Morales en la galería Pyramid de Washington en junio de 1973, fue un acontecimiento artístico y comercial. Si hubiera aceptado todos los encargos que le hicieron esa vez, habría tenido que pintar, a su ritmo de orfebre, durante más de 116 años. Pintando lo mismo: esa mujer sin identidad, con el sexo afligido, en una habitación escueta donde no vive nadie y con muy pocos objetos dispersos que ya no sirven para nada. 

¿Quién es esa mujer? 

Tal vez Darío Morales daría algo de su propia vida por saberlo, aunque no volviera a pintar más cuando lo supiera. Después de todo, eso parece ser lo único que busca con el delirio de su arte, desde que empezó a pintar, a los12 años, en su casa natal del barrio de la Manga. Era una casa grande y vacía, con una terraza de baldosas ajedrezadas y un patio de sombras frescas con palos de mango y matas de guineo, donde cantaban hasta reventar de gozo las chicharras del calor. La vida andaba suelta por las calles ardientes, en la peste de pescados muertos de la bahía, en el almendro solitario de la Esquina del Trébol donde en otro tiempo amanecían los borrachos ahorcados por amor. Pero Darío Morales no parecía ver la vida de dentro ni la vida de fuera, sino sólo el universo ilusorio del baño de servicio a través de un agujero que había taladrado en el muro. Era lo único que pintaba. Tanto, que uno se preguntaba desde entonces si no se daría cuenta de que en el mundo había también mujeres vestidas. Su abuela, que fue su primer crítico, se lo dijo escandalizada en lengua caribe: 

¡No sabes pintar nada más que tetas y pan! 

Ahora, a los 36 años, Darío Morales sigue tratando de rescatar aquellas ilusiones de su paraíso perdido. Sus cuadros son cada vez más grandes y más ansiosa la búsqueda de sus verdades milimétricas, tal vez con la esperanza de que un milagro de su alquimia termine por implantar sus nostalgias en la realidad. 

No es cierto, como se dice con tanta facilidad, que Darío Morales sea un realista. No: sus cuadros no se parecen a la vida sino a los sueños recurrentes. No tienen el color, ni el clima, ni la luz de la vida, sino el color y el clima y la luz de la ilusión. Darío Morales se ha hecho retratar frente a alguno de ellos, y no se sabe muy bien dónde termina él y dónde empieza la pintura. Pero es demasiado evidente que se sentiría mejor si estuviera de veras dentro del cuadro. Hay una foto suya tomada frente a su autoretrato, y el Darío Morales pintado se parece más a él que el Darío Morales de la realidad. Hay también un cuadro insólito en su obra, donde se ve a Ana María -vestida- cosiendo en la máquina de otros cuadros. De la habitación contigua sólo se ve un ángulo iluminado, con otra máquina de coser y otro mecedor vacío, y uno sabe por la naturaleza de la luz que esa otra máquina y ese mecedor ineludible no existen ni siquiera en la realidad de la pintura, sino que Darío Morales los está soñando en algún lugar de la casa. Son los muebles de su obsesión, y por eso se sabe que volveremos a encontrarlos en otros cuadros. Pero su misterio volverá a cambiar por completo en cada ocasión, según su tiempo y su lugar, como sucede con los sueños que se repiten a sí mismos durante toda la vida. Yo entendí esa alquimia secreta de Darío Morales hace muy pocos años, cuando fui por primera vez a su estudio de París. Abrió la puerta él mismo, con su barba de bebé enorme y una chaqueta y una gorra de lobo de mar, más parecido que nunca a un personaje de Melville. Al final de una escalera empinada había una habitación amplia, de techos muy altos, con cristales lluviosos por dónde sólo se veía el cielo de ceniza. Más que un estudio de pintor, aquello era un taller de fabricar recuerdos. Allí estaba la máquina de coser de la hermana que se quedó esperando en la ventana al que nunca volvió, la estufa de carbón de los tiempos del ruido, la lámpara colgada del techo cuyo cordón se estiraba y se encogía a voluntad sobre la mesa de comer. Dispersos por el suelo, en gran desorden, estaban los miembros descuartizados de la mujer del sueño: el torso sin corazón, la pierna helada, la mano muerta para siempre. Parecían los estragos de un acciente pavoroso, pero no tenían ni un rastro de sangre, como sólo puede ocurrir en las catástrofes de las pesadillas. Yo sabía desde entonces que Darío Morales había hecho una pausa de pintor para aventurarse en la escultura. Sin embargo, no pude reprimir un leve escalofrío al descubrir otra vez a la mujer recurrente en el fondo del estudio, tumbada en el mecedor, intacta, pero no pintada en un lienzo sirvo, esculpida en materia tangible: ya casi viva. 

-El mejor desnudo es el de la escultura -me dijo Darío Morales- por una razón muy simple: se puede tocar. 

Me volví a mirarlo con un cierto estupor: estaba radiante. Yo, en cambio, me sentí de pronto extraviado dentro de un destino ajeno, como si hubiera dejado atrás mi propia vida y hubiera empezado a formar parte de las nostalgias de Darío Morales. Tal es su magia. 

GABRIEL GARCIA MARQUEZ, 1980
Tomado del folleto de la exposición
Museo de Arte Moderno de Bogota, 1984

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El espíritu del silencio permanece mudo

Como no podemos explicarnos el mundo de la muerte, tratamos siempre de encontrar en el presente de los recuerdos,
 todo testimonio de vida. Darío Morales nos deja en su obra, algo más que una presencia. 

Su trabajo tuvo siempre un pertinaz motivo: plasmar en el arte un pedazo de vida, por eso el desnudo femenino le sirvió siempre como motivo que justificara su necesidad creadora y además le permitiera explicarse y comunicarnos esa inconmensurable voluntad de recorrer, con placer, visualmente los objetos.

Darío Morales, pintor - fotografia por Olga Lucía JordánA la obra de Darío Morales se la califica de hiperrealista, pero más que eso creemos en una figuración realista cargada de nostalgia. La Academia, esa escuela llena de rezagos atábicos para el arte moderno, era para Morales un simple instrumento que le servía de soporte, y que le marcaba pautas. Allí estaban libremente incluidos Rembrandt, Degas y Picasso como los intereses pictóricos que armaban el marco conceptual de su lenguaje. 

Cada cuadro o cada escultura de Morales habla de su propia historia, aquella que resultaba como una experiencia del espíritu. La mujer y su cuerpo estaban unidos a otros objetos, las sillas o las mecedoras hacían parte de los recuerdos que lo traían a su Cartagena natal, la luz era una reflexión parisina y la figuración una propuesta sensual de la forma. 

Es impresionante observar cómo el planteamiento artístico de Darío Morales se mantuvo completamente ajeno a las propuestas de moda, existía en él el convencimiento de que el único aliado de su arte era su propia certeza. El cuerpo en un singular movimiento y las sillas toné le permitían establecer una íntima relación en la cual existía ritmo y tensión. Con los colchones trataba de interpretar un momento más sensual donde se planteaba una especie de concordancia entre los volúmenes y un singular contraste en las texturas. Estos intereses mantuvieron a la obra de Morales dentro de una línea expresiva, la que planteó desde 1967, cuando era alumno de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional. Desde entonces, ya pintaba sus desnudos, dificultosamente doblados en sus espacios de madera. 

Tema que siguió su propia evolución, como si entre su planteamiento y el mundo artístico existiera una gran distancia. La pintura
atravesó el hiperrealismo, el minimalismo, la neo-figuración y las transvanguardias, mientras que él permaneció aferrado a su mundo y a su visión, a la que por supuesto, le llegó el momento. 

Vemos cómo, la historia creadora de Darío Morales negó el paso del tiempo, permitió que lo abarcaran preocupaciones nostálgicas bajo la presión de una fuerza que buscaba interpretar "vida", trasmitir una experiencia rica en sentimientos, plasmar en la apariencia, la voluntad de reafirmar el mundo de los sentidos y encontrar allí, otro tipo de verdad. Una verdad intimista, donde no se excluye lo erótico, muy por el contrario, toda experiencia hace parte de un universo sensual, donde lo físico se amarra a lo espiritual. 

La serie de los autorretratos comenzó simultáneamente con los desnudos, o sea estuvo siempre. En ese ejercicio parecía como si existiera una extraña fuerza que lo obligaba a incluirse en sus composiciones. Con el tiempo lo vemos sólo reflexionando sobre su imagen y hoy ante esa figura muda, quedamos todos excluidos. 

Ana María Escallón.
Tomado del Magazin Dominical No. 262, 03 de abril de 1988

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Al desnudo

Cuando empezaba a disfrutar de los bien ganados beneficios de la fama, cuando su obra era reconocida en Colombia y en el exterior, Darío Morales murió en París. Corría el año de 1988 y llevaba casi dos de lucha contra el cáncer. Tenía 44 años.

Morales nació en Cartagena y buena parte de su infancia transcurrió en una de las casonas del barrio de Manga, donde comenzó a familiarizarse con la pintura. Primero con las tiras cómicas y luego —gran salto— con los desnudos. Dibujó a cuanta mujer pasó por su casa. Las dibujó desnudas, como se imaginó que debían verse desnudas porque siempre estaban vestidas. Sólo su abuelo —hermano de Luis Carlos López, "El Tuerto"—, creyó en esa vocación artística. Fue él quien lo matriculó en unos cursos de pintura en Cartagena, que Morales tomaba mientras adelantaba bachillerato.

Después vinieron Bogotá y la Escuela de Bellas Artes. Eran los turbulentos años 60. Descubrió a Picasso, a Lautrec, a Degas, a Rembrandt y a Rubens, la gran pintura europea. El año de las decisiones importantes fue 1968. Por un lado, consiguió una beca que le permitió viajar a París, la tradicional capital de los artistas. Por otro, se casó con Ana María Vila, una mujer que habría de jugar papel de primer orden en su vida.

Los primeros años en París fueron muy duros. Morales pintaba en una pequeña habitación que también hacía las veces de cocina, dormitorio y comedor. Nadie compraba. Eran tiempos de vacas flacas. Nació entonces su primera hija. Ana María trabajaba esporádicamente en un laboratorio de fotografía, arreglaba apartamentos ajenos y Darío limpiaba las escaleras del edificio. Pintaba día y noche. De noche, a la luz del bombillo del corredor del edificio. El giro de Bogotá, insuficiente, siempre llegaba tarde. Por eso un día escribió la carta para solicitar los tiquetes de regreso. Pero Ana María, su ángel de la guarda, nunca la envió. Confiaba en que vendrían días mejores.

Y esas épocas llegaron, a pesar de Morales mismo. Tímido, introvertido —en contravía con su origen caribe—, nunca se atrevió a llevar sus cuadros a una galería. Sin embargo, un día, entre obras de otros muchos artistas, un coleccionista le puso el ojo a uno de sus desnudos. La suerte empezaba a sonreírle. Las galerías Aberbach de Londres y Nueva York comenzaron a exponer sus trabajos, así como la Pyramid de Washington y varias en Alemania. En 1978 apareció en la exigente FIAC parisina y causó sensación. Era una especie de desquite y la comprobación de que no estaba equivocado. En sus primeros años, cuando todo el mundo estaba en la onda del arte abstracto, el surrealismo, él siguió firme con su pintura de corte realista, que al final se impuso y le dio frutos.

La fortuna sonrió por fin y vinieron los mejores años. Pudo comprar un estudio, que dividió en dos ambientes aislados, uno para pintura y otro para escultura. Compró también un apartamento para su mujer y sus hijas. "La plata no es lo más importante, pero sí me permite trabajar con mucha tranquilidad", solía decirle entonces a los amigos.

Le ganó la lucha al París hostil, lo aprendió a querer y decidió quedarse. Sus desnudos eran cada vez mejores. Ana María era su mejor modelo porque se acostumbró a ella desde las épocas en que no tenía plata para pagar otra, y porque su timidez le impidió sentirse a gusto con cualquier otra modelo desnuda. Se necesitaba una relación muy cercana, como él mismo lo decía: "La comunicación entre el desnudo y el pintor es imprescindible". Sus esculturas, una habilidad que mantuvo oculta durante varios años por culpa de una alergia al yeso, eran tan buenas como sus óleos. La década de los 80 consagró a Darío Morales como el pionero de una nueva generación de pintores llamada a seguir los pasos de maestros como Botero, Obregón, Grau, Ramírez Villamizar, ya consagrados por la crítica. Pero, paradójicamente y tras un trabajo intenso que ni la enfermedad pudo disminuir, fue relativamente poco lo que pudo disfrutar el tiempo de las vacas gordas. Después de visitar por última vez a Cartagena, como jurado del Festival de Cine de 1986, partió para Nueva York con la idea de radicarse en esa ciudad y trabajar de cerca con Aberbach. Allí le dieron el diagnóstico de la fatal enfermedad. Regresó a París con una sola meta en la cabeza:  trabajar como un negro, concluir en poco más de un año; la obra de toda una vida, dejarles algo seguro a las tres mujeres que lo rodearon hasta el final.

El 21 de marzo de 1989 la vida finalmente se le acabó de escapar entre los dedos. Quedaron sus cuadros, sus óleos y sus esculturas y el recuerdo indeleble de la ternura con que afrontó una vida tan dura como habría de ser su muerte. En sus últimos años, Morales corrió contra el reloj. Demostró, sin discusión, que podía ser considerado como el pintor de los 80. El pintor de la década, el que devolvió al desnudo y al realismo el valor que habían ido perdiendo paulatinamente. Y ha obtenido este reconocimiento frente a rivales de peso pesado como "los monstruos" Botero y Obregón, y dentro de una generación que cuenta con figuras tan importantes como Luis Caballero y Santiago Cárdenas. Obregón, en realidad, fue el mejor de décadas pasadas y Botero parece ser el de todas las décadas.

Tomado de la Revista Semana No. 397, 12 de diciembre de 1989

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Mi única rival era el arte: Ana María Vila, amor, esposa y modelo de Darío Morales

por Ana María Durán Otero

Recostada contra una mecedora Thinet, con el cuello descolgado y la mirada ausente, llevaba varias horas posando desnuda e insinuante para su marido.  La posición perfecta.  Por horas y horas, Darío Morales la necesitaba así. De repente, de la nada, el pintor oyó un leve ronquido que le cortó la inspiración. "Ana María, amor, no puede ser que otra vez te hayas quedado dormida mientras te pinto. ¿Cómo vamos a hacer?". Ella, tras una mirada soñolienta y un bostezo amoroso, sonrió, suspiró y le pidió perdón: "Tú sabes cómo soy yo, es que me relajo tanto".

Era una escena repetida para ellos y, como todos los amantes, las discusiones terminaban con un gesto de amor. Vivían en París desde 1968. Se habían conocido en una fiesta en Cartagena en 1963. Él era estudiante de Bellas Artes en la Universidad Nacional de Bogotá y cuando entró a la fiesta y la vio, supo que ella lo acompañaría durante el resto de su vida. Hoy, 17 años después de la muerte de Darío Morales, ella lo ratifica con el mismo amor: "Viví junto a Darío los mejores años de mi vida, completamente segura de su talento y de su pasión por el arte". Fueron artista y modelo, marido y mujer, creador y musa: Darío Morales y Ana María Vila.

"Nos conocimos a principios de 1963 y en abril ya estaba en Bogotá. Desde ese momento me alejé de la casa y conseguí un modesto trabajo para disimular en la capital lo que en realidad estaba buscando: estar con Darío", comenta Ana María. Y se casaron en Cartagena cinco años más tarde. Ese mismo año, 1968, se fueron a vivir a París en busca del sueño de Morales: estudiar arte en Europa y tomar un curso de técnica en grabado. Ella lo siguió con los ojos cerrados, enamorada, compartiendo sus deseos intelectuales. Pasaban días enteros entre las cuatro paredes de un pequeño estudio, "donde dormíamos, comíamos y él, sin horario fijo, se dedicaba a pintar".

Así, de la manera más espontánea, se convirtió en la protagonista de sus pinturas, grabados y dibujos. "Fueron trabajos de desnudos que se dieron de la manera más natural y normal posible. Me atrevo a decir que se hicieron solos. Cuando me iba a poner una media o me lavaba el cabello junto a la tina, Darío me decía: `Espera un momento, y me tenía durante horas posando", agrega. Y ratifica que nunca sintió vergüenza de ser pintada, siempre se consideró una pionera del amor libre. "Desde que nos conocimos, nuestra relación se caracterizó por ser muy abierta y sincera. Darío y yo vivimos cinco años antes de casarnos, a pesar de que la sociedad cartagenera lo considerara absurdo y escandaloso".

FASCINACIÓN POR SUS PIES

Sus primeros dos años fueron de muchas privaciones. Darío Morales había viajado gracias a una beca, pero el dinero era muy escaso y siempre llegaba tarde. Como si fuera poco, Ana María Vila quedó embarazada de su primera hija, Estefanía. El alivio económico llegó gracias a la intervención de sus amigos colombianos. Entre ellos, el pintor Luis Caballero, quien en 1970 trajo a Colombia una serie de dibujos de Morales para una exposición en la Galería Belarca. Los cuadros se vendieron todos, fue un éxito total y, por primera vez, los críticos de arte se ocuparon de un talento colombiano desconocido hasta ese momento: el cartagenero Darío Morales.

Desde entonces, su suerte cambió radicalmente. Todo lo que pintaba, lo vendía. Empezaron a aparecer compradores, especialmente norteamericanos, que lo convirtieron en una celebridad entre los galeristas de EU. Hasta que en 1978 viajó con sus cuadros a Nueva York y conoció a Aberbach, propietario de una reconocida galería, quien se convirtió en su mecenas y lo hizo conocido en América y Europa. Su situación económica se transformó, pero la cotidianidad de Darío Morales y Ana María Vila se mantuvo intacta. Él la pintaba con deleite y ella, siempre desnuda, posaba hasta el cansancio.

"A Darío le encantaban mis pies, pero no le gustaban mis manos de artesana. Además, como me comía las uñas, él le añadía a mi cuerpo la fisonomía de sus propias manos. Sin embargo, nunca me sentí traicionada. Lo que quedó de Darío es poesía", insiste Ana María. Era su intimidad de libres pensadores tocada por la magia del arte, un amor cómplice que le permitió al pintor cartagenero concebir en su obra un impactante erotismo, trabajado con especial delicadeza gracias a la madurez y confianza de su relación.

En sus ratos de esparcimiento solían reunirse en el taller de Darío con sus amigos, y los que no lo eran tanto, pero con quienes compartían ideas, arte y nostalgias por Colombia. Luis Caballero, Alejandro Obregón, María Paz Jaramillo, Fernando Botero, entre otros artistas. Y rememora Ana María: "Muchas veces nos reunimos a comer o a hablar de arte, pero el grupo era muy independiente, cada quien trabajaba por separado". Cuando pasaba el encuentro, Morales volvía a en cerrarse en su pequeño estudio del barrio Saint Michel, y con él su incondicional compañera.

Un refugio tan exótico que inspiró a Gabriel García Márquez, también amigo de Darío y Ana María, a configurar su cuento El alquimista en su cubil, donde así quedó descrito el pequeño y caótico estudio: "Al final de una escalera empinada había una habitación amplia, de techos muy altos, con cristales lluviosos por donde sólo se veía el cielo de ceniza Más que un estudio de pintor, aquello era un taller de fabricar recuerdos (..) En gran desorden, estaban los miembros descuartizados de la mujer del sueño: el torso sin corazón, la pierna helada, la mano muerta para siempre".

Esa mujer del sueño era Ana María, la musa que dormía todas las noches en una diminuta habitación con la luz encendida para que Darío Morales siguiera pintando; la esposa que 17 años después de la muerte de su compañero decidió recuperar su obra inédita para exhibirla en Colombia; la amante que, triste y melancólica, evocando el último trabajo de Darío titulado, I dont want to leave you, un dibujo de sus dos hijas, Estefanía y Clara Serena, Ana María y él recostado, muy enfermo, comentó tranquila: "La vida no le dio tiempo-para completar todos sus sueños y a nuestra historia de amor le faltaron años de vida".

Tomado del periódico El Espectador, 2 de octubre de 2005

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ESENCIA Y SUGERENCIA de Darío Morales,

En la galería La Cometa se presenta por estos días una completa muestra de Darío Morales, uno de Los artistas más reconocidos del siglo XX en Colombia. Esta exposición recoge una selección de dibujos con la temática que guió su producción hasta su muerte en 1988:los desnudos. Fue en París donde su trabajo fue girando

hacia las modelos -aunque también aparecen cuerpos de hombres, de hombres y de mujeres juntos-, pues en los 70, cuando aún vivía en Colombia, sus intereses se centraban más en el tratamiento del color. "La luz hiriente, como de flash ; de sus primeros desnudos, daría vía a una luz cálida, acariciante, gracias a la cual lograría ese aire de ensueño, de instante idealizado que habría de caracterizar su producción en adelante",escribe el crítico Eduardo Serrano quien, también, destaca tres puntos clave del legado de Morales: sus logros plásticos de alcances impredecibles, su expresión espiritual conmovedora y su oportuno impulso a los cuestionamientos intelectuales de su tiempo. Una buena oportunidad para ver estos dibujos concebidos principalmente en la década de los 80.

Diego Garzón
Tomado de la Revista Semana No.1225, 24 de octubre de 2005

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El primer Darío Morales

por Eduardo Serrano

Al cumplirse 20 años de la muerte de Darío Morales, un artista que pese a su prematuro fallecimiento logró ubicar su nombre y su trabajo en un puesto de primera línea en la historia del arte, no sólo de Colombia sino, en general, del siglo XX, viene a mi memoria la primera exposición que llevó a cabo en el país después de haberse radicado en París por un par de años. Dirigía yo por ese entonces la galería Belarca en Bogotá, y no sólo me había impresionado hondamente el dibujo con el cual Morales se había hecho acreedor al Primer Premio en la I Bienal Panamericana de Artes Gráficas del Museo La Tertulia en 1970, sino que las noticias que llegaban de Europa sobre sus logros eran cada vez más admirativas y entusiastas. Me propuse entonces invitarlo a presentar su trabajo en una muestra individual, ofrecimiento que él aceptó gustosamente con el ánimo colaborador y descomplicado que distinguió su trayectoria profesional.

Pues bien, la exposición tuvo lugar en julio de 1971 y su impacto no pudo haber sido más resonante. El público de arte, que por esos años no era muy nutrido en la ciudad, se volcó literalmente sobre la galería, que permaneció repleta durante los dos meses que duró la muestra, batiendo todos los récord en materia de visitantes a una exposición artística. Todos querían ver la obra de Morales, puesto que el dominio de su técnica se fue propagando de boca en boca y su temática franca y lúcida había despertado la curiosidad, tanto de hombres como de mujeres, tanto de gente joven como de gente mayor y tanto de entendidos como de personas sin mayores conocimientos de la plástica.

Hubo, por supuesto, quienes acudieron a la muestra movidos por el morbo que podían suscitar sus representaciones de mujeres desnudas en posición explícita, pero la mayoría de las personas disfrutó especialmente de su dominio en la representación del cuerpo humano y de su virtuoso manejo del lápiz y del carboncillo. Se trataba de dibujos de grandes dimensiones y de un realismo apabullante de origen fotográfico, pero ante todo de imágenes de soledad y de silencio, de obras imbuidas por un halo poético que las despojaba de toda malicia o lubricidad y que predecía los nuevos rumbos que habría de recorrer su producción.

A pesar de los importantes aportes que representaron las obras de los otros artistas colombianos radicados en París y presentadas en Colombia en esa década, ninguna tuvo tan honda repercusión en el público y la crítica. Ni los dibujos de Luis Caballero, que empezaban a seguir parámetros renacentistas y cuya intensidad expresiva era evidente, ni las representaciones de Alfredo Guerrero, que por entonces trabajaba en una temática de objetos pop combinados con un afinado sentido del absurdo, ni los peritos billaristas de Saturnino Ramírez concentrados en ese instante de meditación y de suspenso que precede a la jugada, lograron una reacción tan emotiva o incitaron tan unánimemente a la reflexión como los desnudos de Darío Morales.

Su trabajo evolucionaría rápidamente transformando su nitidez en tonalidades suaves y sutiles y orientándose cada vez más francamente hacia una sensualidad idealizada, dirigida a los sentimientos y relacionada con ideales, sueños y evocaciones, abriendo de esta forma camino para la obra de otros artistas que incursionarían más adelante en el desnudo tanto femenino como masculino. Pero quienes fuimos testigos de esa primera presentación de los desnudos de Darío Morales en Colombia, quienes tuvimos la suerte de apreciar en su momento esas imágenes francas y sensuales, sin antecedentes en la historia del arte colombiano, jamás podremos olvidar la honda impresión que nos de pararon tanto por su contenido humanista como por su logro artístico.

Tomado de la Revista Semana No. 1350, 17 de marzo de 2008