Luis Fernando Zapata

Girardota, Antioquia

Escultores

Figura, Objetos

LUIS FERNANDO ZAPATA

pintor, escultor

 

 

CRITICA

Después de incursionar por corto tiempo en la pintura de representación, la obra de Luis Fernando Zapata ha dado un viraje hacia la abstracción y más concretamente hacia consideraciones de color, gestos y textura. Para ello el artista divide con líneas horizontales, planas y precisas el lienzo o el papel, y aplica los acrílicos o los pasteles en forma aditiva -es decir, acumulando uno sobre otro pero dejándose todos a la vista- hasta conseguir tonalidades generales, bien afines o bien contrastantes, en cada una de las áreas delimitadas. 

Su técnica recuerda levemente el puntillismo de Seurat y de Signac, en cuanto a que las tonalidades resultantes son producto de numerosos golpes de colores disímiles. Pero en su obra no cuentan las fórmulas científicas ni la interpretación de la naturaleza, sino una reflexión esencialmente pictórica y estrechamente vinculada con los materiales que utiliza. 

Sus pinceladas, además, son más largas y, como las rayas en pastel, orientadas en una dirección constante, por regla general oblicua o circular, pero distinta en cada una de las panes en que hallan divididos los trabajos. De ahí que algunos de ellos produzcan la impresión de ser encuadres de paisajes. Su obra, sin embargo, tampoco busca asociaciones sino sencillamente, la proyección de su intuición cromática; y es en el gesto, en su orientación, su fuerza y, por supuesto, en la cantidad de pigmento empleado en cada golpe, donde radica en primer término la expresividad de su lenguaje. 

Eduardo Serrano
Tomado de la hoja exposición Galería Garcés Velasquez, 1985

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  Desde hace mucho tiempo la pintura dejó de ser el monopolio de la imagen. También la fotografía. La imagen reina en el exilio, con el destino fraccionado. Ha huido más allá del video y nadie, hoy, puede ya atraparlo. Hace mucho tiempo que los más grandes pintores han renunciado a ello. 

De sujeto, la imagen, se ha convertido en objeto hasta alcanzar un nivel de abstracción total. 

Por el contrario, el entorno del pintor es la materia: el gran soporte de la pintura. Es por esto que Zapata es un pintor matieriste.  Sobrepasando el arte abstracto y sin inscribirse en el movimiento neofigurativo actual, Zapata trabaja sobre la materia. Su dominio es la tela, la pasta, los colores. Un poeta portugués dijo: "La belleza no existe, no es sino el deseo estremecedor que nos posee". El deseo de Zapata se traduce en las numerosas telas que hoy nos ofrece. 

Sus pinturas, depuradas hasta el monocromatismo más provocante, son testigos de un arte que trasciende la simple comunicación. Allí está la verdadera riqueza, pues la imagen, desde ahora, no es sino divertimiento. 

Jacques Barozzi París, junio 1985
Tomado del plegable, exposicion en la Galeria Garces Velasquez, 1985

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Lo visual y lo ritual

de Alvaro Medina

Gracias a Pollock, entendemos la noción del azar controlado y  comprendemos que el accidente en la obra de arte puede abrir, como en las ciencias, nuevos y reveladores senderos.

En los trabajos que ahora exhibe, Luis Fernando Zapata se ha situado en la acera de enfrente y parte de una noción que es exactamente la inversa. En su caso, la organización visual de la superficie pictórica es control librado al azar. De allí la repetición de estructuras y signos que sólo en el detalle revelan su riqueza, variedad y diferencia.

Precisemos que Zapata no estudió pintura sino diseño. Su obra más reciente no está constituida de "cuadros" sino de objetos que parecen cuadros, aunque en una etapa de su trayectoria hubiera producido cuadros extremadamente rigurosos y sofisticados, de un lirismo que partía del uso de formas geométricas extremadamente simples y pocos colores.

Simplicidad, parquedad y rigor siguen siendo los componentes del arte de Zapata. Esta actitud, que en otros casos desemboca en resultados fríos y yertos (que el mal uso de una paleta encendida o el cerebralismo de la especulación conceptual tratan de paliar), en Zapata resulta cálido y viviente. ¿Por qué? Porque Zapata toma una idea, la organiza y luego la deja que se desarrolle orgánicamente como una planta, dejándole al azar que juegue su papel.

A la simplicidad, parquedad y rigor se agrega ahora el deseo, perfectamente comprensible en su caso, de volver a fuentes primigenias que le permitan trabajar con la despreocupación de los primitivos. He dicho primitivos y no primitivistas. Zapata no tiene nada que ver con los adocenados fabricantes de paisajes paradisiacos poblados de mariposas. Zapata no persigue lo bonito. Ni siquiera persigue lo bello y armonioso. Zapata no quiere ser sino eficaz. Eficaz como el diseñador que crea un símbolo gráfico o como el admirado artista de Tierradentro que modelaba, pintaba y marcaba una vasija de cerámica con expresivas incisiones.

Al igual que este último, Zapata "fabrica" su objeto. La pasta de papel trizado le sirve para producir el soporte, cuya forma y textura define de antemano, cubriéndolo luego con los elementos que lo singularizarán y darán su carácter. El color viene de último, cuando la materia ha secado, estado que da la tónica de lo que el artista pretende en la medida en que no aplica los pigmentos con pincel ni brocha sino con la mano desnuda.

El valor estético que representa en un pintor tradicional la relación que hay entre la luz y la sombra o entre una diagonal y una horizontal, en Zapata está dado por el relieve y los materiales que lo van marcando (cordones, paja cortada, tiras de cuero, palos de fósforos, pedazos de espejo, etc.), que se esparcen como los signos que precisan y definen el carácter simbólico de un lugar u objeto litúrgico. Piénsese en las piedras de Stonehenge, por ejemplo, y en los signos que cubren los bastones ceremoniales de cualquier religión.

Sólo que Zapata no se interesa ni en lo místico ni en lo sobrenatural. Pretende y busca, eso sí, restituirle a la expresión visual la capacidad de ser organizada desde adentro y no desde afuera, en términos de una función precisa así sea ideal o supuesta. Zapata es un diseñador que no se aviene con lo puramente utilitario del diseño y un pintor que rechaza la actitud superflua del que reduce la creación a la tarea de armonizar planos y colores.

Dicho de otro modo, Zapata trabaja como el artista que concibe objetos para ser usados y no como el pintor que produce cuadros para ser mirados. Por supuesto, a su manera, Zapata también produce cuadros. Pero como se ha situado en la acera de enfrente, no compone sino que pone. Es este el instante en que el azar le gana la partida al orden previamente establecido y surge la obra de arte. Surge, hay que agregar, con la solemnidad y el misterio que hay en los pasos de un ritual. Esta es su poética.

Zapata no es un artista improvisado. Su investigación lleva años. Si no es un nombre super conocido aún, pronto lo será. Juega en su favor lo que ha sido la característica predominante del arte latinoamericano que verdaderamente cuenta, de Figari a Botero, de Mérida a Ramírez Villamizar y de Tamayo a Segui: beber en el quehacer de sus contemporáneos para luego trabajar (decidido casi que programáticamente a no ser el eco local y tardío de lo que sucede en Nueva York o París) por fuera de toda escuela o tendencia.

Nada me parece más sospechoso que un artista joven cuya obra resulta, de entrada, encasillada y lista a recibir una etiqueta, sobre todo si es la etiqueta de una corriente de moda. Digamos entonces, para concluir, que Zapata es distinto porque ha resuelto seguir su propio camino. Su seriedad y eficacia la refuerza el hecho de ser un artista silencioso y, en apariencia, sólo en apariencia, demasiado difícil.

Alvaro Medina 
Tomado del Folleto: Galería Garcés Velásquez - 1988

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LAS ESCULTOPINTURAS DE LUIS FERNANDO ZAPATA 

En un año largo, el último que permaneció entre nosotros, Luis Fernando Zapata se entregó con admirable frenesí a la producción de doce sarcófagos. Abrigaba la idea de verlos expuestos antes de morir, pero no lo consiguió. El l8 de Junio de este año 1994, próximo a cumplir los 43 años de edad, el artista murió en Bogotá tras soportar la enfermedad que ensombreció sus días desde 1989. Desapareció así el más singular de los artistas colombianos de su generación. 

Por situarse en la huidiza frontera donde la imaginación se mueve en vaivén a su antojo, es imposible precisar si Luis Fernando Zapata era un escultor que pintaba piezas tridimensionales o si quizás se trataba de un pintor que sabía modelar las superficies de sus tridimensionales y versátiles soportes. Cualquiera sea el caso, lo único cierto es que la obra postrera revela la actitud lúcida de quien logró tomar el camino que conducía a lo distinto. De allí el término escultopintura que utilizo en el título de esta nota, que he tornado de Piedra abstracta, el libro del pintor, escultor y ensayista argentino César Paternosto. 

En el Egipto antiguo, talladores y pintores realizaron sarcófagos de madera y piedra realmente soberbios. hoy en los grandes museos. La tradición se extinguió tras el auge del arte copto al norte del Nilo, expresión que tuvo sus mejores ejemplos en ataúdes personalizados con los retratos de los difuntos. Desde entonces, lo fundamental de las artes plásticas de carácter mortuorio se redujeron a lo exterior o visible, presentando soluciones que van de lo sobrio y solemne a lo recargado y pomposo. Piénsese si no en el mausoleo de Carlos Magno, el Taj Mahal, en el monumental sepulcro que Miguel Angel esculpió para Lorenzo de Medici en pleno centro de Florencia y en la larga lista de sepulcros barrocos que pueden admirarse de Roma a Lisboa en iglesias y criptas. 

Luis Fernando Zapata también realizó tumbas y las expuso en Bogotá en 1991. Comunicaban la idea de enterramientos primitivos y estaban concebidas para evocar antiguos ritos. Apartándose de los ilustres artistas que lo precedieron, las tumbas del colombiano no estaban destinadas a los cementerios sino a las salas de exposición y los museos, y no mostraban lo de afuera sino lo de adentro, de allí la presencia de restos óseos. De igual manera puede afirmarse que los sarcófagos que hoy exhibe la Garcés Velázquez no fueron realizados para recibir restos mortales ni para ser enterrados sino para ser vistos y admirados. 

Es comprensible la actitud de Luis Fernando Zapata frente al grave asunto que lo estremecía. No en vano se formó durante el auge del arte conceptual y desarrolló su trabajo cuando a esa corriente le había pasado su momento histórico, mas no sin dejar huellas de diversa índole como las que pueden apreciarse en el colombiano Nadín Ospina, en el venezolano Milton Becerra o en el cubano Elso. En los cuatro, lo funda mental no es la imagen en términos de plano, línea, composición y color -si bien la imagen cuenta- sino lo que ella trasciende. La interpretación es obligatoria, contrariando así el obsoleto postulado de Susan Sontag. y la significación o contenido literario se equipara con las consideraciones formales que hasta hace poco acaparaban la atención de los críticos. Sin embargo, lo visual no es secundario. Lo visual estructura y refuerza el sentido, to que diferencia claramente a un Zapata o un Elso de la conceptualista tardía que es la brasileña Jac Leirner. 

Luis Fernando Zapata nació el 8 de Agosto de 1951 en Girardota. Antioquia y residió en París entre 1984 y 1994, período que corresponde exactamente al de sus mayores logros. AI expirar ha dejado un legado que en su conjunto resulta sorprendente en los temas, esplendoroso en la factura y coherente en el lenguaje. En su realización hizo gala de sensibilidad y dominio técnico, o sea que su obra no se circunscribe a enunciar
propuestas. Si hay un puente entre Luis Fernando Zapata y el arte conceptual, ese puente es la manera que tuvo de descartar la función del objeto mortuorio para mejor abrazar su carga semántica, subvirtiendo una práctica que parecía inalterable. 

Las tumbas y sarcófagos de Zapata se distinguen por la riqueza del material empleado y la diversidad de las texturas, dos rasgos que enfatizaba con la paleta sobria y los relieves abruptos. El Sarcófago 8, por ejemplo, esta tachonado de conchas de ostras. Vacías y sin vida, las conchas resultan tan despojadas como el objeto al que luctuosamente se adhieren. Lo meritorio es que no hay la menor concesión a lo decorativo u ornamental y que la presencia de cada una de ellas, all1í, es tan sólida como las de las contundentes y necesarias palabras de un buen poema. 

AI Sarcófago 5 to cincunscribe una espiral, lo que confiere un movimiento descendente tan acelerado que se antoja un objeto a punto de hundirse en el piso en que se apoya. El número 9, en cambio, se abre como un capullo de crisálida listo a ceñir nuestros cuerpos. El número 10 se presenta despojado porque es piel y solo piel, sin aditamentos de ninguna especie, piel que ondula para sugerir un volumen que en su agonía se desinfla. El Sarcófago 12 es el inacabado, el que alcanzó a nacer y quedó yerto porque su creador expiró antes de insuflarle el esplendor de los otros once. 

Los doce sarcófagos de Luis Fernando Zapata pueden ser colgados de un clavo, recostados verticalmente a un muro o reposar horizontalmente en el piso. El artista experimentó en su taller las tres posibilidades y no definió nada al respecto, considerando que debían ser las circunstancias propias de la vida -esa vida que inexorablemente se apartaba de él-, las que caso por caso definirían la posición adecuada. 

Zapata no trabajó la metáfora de la muerte sino su desgarradora realidad. Las variantes del lenguaje que manejó en las diversas etapas de su coma trayectoria son todas, a mi juicio, históricamente firmes y estéticamente trascendentes. El día que se organice la retrospectiva de su escasa pero intensa producción artística, podremos comprobar que acabamos de perder a uno de los artistas serios y profundos de nuestro agonizante siglo XX.

ALVARO MEDINA
Bogotá, Octubre de 1994 

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Rituales silenciosos 

los ritos se convirtieron en su obsesión, las tumbas en parte de su trabajo cotidiano, los signos en su lenguaje. Luis Fernando Zapata se metió hasta el fondo con la pintura y la escultura, se convirtió en un artista de tiempo completo y en un hombre que encontró en las artes plásticas su mejor medio de expresión. 

No trabajaba con pinturas compradas en almacén. usaba los dedos, la pasta teñida, la tierra y los elementos naturales. Por supuesto, sus amigos cada vez que visitaban su estudio de París le llevaban tierras que él acumulaba en un espacio especial para trasformarlas poco a porn en esculturas rituales que creaba en medio de la soledad que encontró hace diez años al Ilegar por primers vez a la ciudad luz. 

Cuando se instaló en Europa, todavía se enmarcaba dentro de la pintura tradicional que había aprendido de la mano de Hernando del Villar (Momo), con quien compartió su taller en Bogotá, y tenía todavía ese toque Pop hallado en su primer viaje a Nueva York. Así surgieron carreteras hechas dentro de una pintura rigurosa e influída por la geometría. 

Eran años de búsqueda, preguntas personales. investigación, visitas a museos. Salía a caminar por los Campos Elíseos, observaba con atención las obras que se exponían en las principales galerías, descubría la pintura que había en el continente y se daba cuenta que poco le interesaba lo que se hacía. Estaba convencido de que los europeos se preocupaban por
problemas que él ya había resuelto como la durabilidad, el color, el barniz y el retoque.
En medio de la soledad, de la nostalgia y de sus sueños empezó a consolidar sus trabajos. Utilizó el pincel, el acrílico y los bastidores. Sintió gusto por la materia y sus obras se iluminaron con el use del mármol sobre la tela. Comenzó a crear objetos y pinturas contundentes y rigurosos que se alejaban de todo. 

Mientras que los artistas de su generación se expresaban dentro de los parámetros de la Trans vanguardia italiana y usaban el video como medio de expresión. Luis Fernando Zapata empezaba a introducirse en otros mundos a investigaba nuevos materiales. 

En la década de los años ochenta en cada trazo, brochazo o preparación de la tela, todavía dejaba ver sus conocimientos en el campo del diseño. Era riguroso en sus trabajos, buscaba la composición adecuada y el estricto orden. En sus obras se advertían aquellas cualidades natas que lo habían sacado de Girardota, un pueblo cercano a Medellín y lo habían Ilevado a la capital de Antioquia con miras a convertirse en arquitecto. Sin embargo, el destino lo Ilevó por el camino del diseño, labor que desempeñó por mucho tiempo y en la que dejó impresa su habilidad en el oficio de la pintura. El crítico de arte Alvaro Medina, aún recuerda cuando en 1975 Luis Fernando Zapata se convirtió en su alumno de Historia del Arte y descubrió en aquel estudiante silencioso una gran dosis de creatividad, sentido de la estética y, especialmente una admirable independencia. 

Ecos primitivos 

Siempre se encerró en su estudio a crear lo que se le ocurría, miró poco en los movimientos de la plástica europea. Se inventó obras en las que nunca hubo rupturas radicales, ni siquiera cuando se enamoró de París donde resolvió radicarse, cuando se dio cuenta que su trabajo era un punto medio en las múltiples tendencias que saltaban a la vista del galerista o del crítico. 

La ciudad luz le impactó por la polución de los edificios y el negro de la piedra. De ahí surgieron sus primeros cuadros en los que comenzó a usar polvo de mármol que mezclaba con el pigmento.

En esos años de nostalgia y de soledad, recordó su entusiasmo en una tarde en Nueva York cuando se reunió con unos amigos, entre ellos John Stringer, el curador del MOMA y prepararon una pasta de papel en una licuadora. Asimiló entonces ésta técnica y empezó a trabajarla hasta encontrar un lenguaje que lo identificara. Creía que no valía la pena hacer lo que todos hacían. Y, tal vez de manera inconsciente volvieron de nuevo a su memoria sus tiempos infantiles, las experiencias con su padre, trabajador en la teja de barro quien le imponía la tares de Ilevar los caballos al tejar para pisar la tierra. 

Así su trabajo sufrió un vuelco total, no sólo en la técnica, también en el contenido. Desechó el bastidor, volteó el pincel y utilizó el mango. Y aunque nunca había fabricado papel, lo mojó, lo rompió y lo pasó por la licuadora. A partir de allí  trabajó sobre el bastidor hasta crear las estelas funerarias que surgieron de sus viajes a Egipto y a Turquía donde miraba los cementerios, observaba los signos y las escrituras. Hasta inventarse sus inconfundibles objetos rituales basados en los recuerdos infantiles cuando se asomaba a la ventana para observar las procesiones antioqueñas. 0 recrear las tumbas y las excavaciones funerarias. Y finalmente llegar a los sarcófagos que le ayudaron lentamente a morir en paz, los que se convirtieron en el resumen de su trabajo y en los que aún se advierten sus huellas. 

Lentamente Luis Fernando Zapata se encaminó hacia el arte primitivo y religioso. De la mano de la soledad se sumergió en la religión, en los ritos, los signos y las señales que fueron parte de su vida cotidiana. Por supuesto, algunos de los Objetos Rituales no eran más que un estandarte de la Virgen María. Otros funcionaron como una estela donde la serpiente se convirtió en un elemento sagrado. 

En medio de los ritos, de las leyendas, de los elementos cotidianos se planteó seriamente los conceptos que guían al hombre. Por supuesto, a principios de ésta década se preocupó por la vida y por la muerte, por las ideas de descomposición de la carne porque fue en estos años cuando perdió a algunos de sus amigos y también cuando supo que estaba próximo a morir. De esas inquietudes surgieron sus escudos, como una manera de protegerse y evitar su muerte. Sin embargo en ellos se advertían el color y los grandes contrastes que había evitado en el resto de su actividad creativa. 

Dedicó, entonces su vida a un oficio en el que se destacó especialmente en Colombia donde impactó con sus obras hechas en pasta de papel que surgieron de los rituales de la arqueología y de su visión sobre el concepto de la vida y de la muerte. 

"Sin ser místico, me siento atraído por los ritos". decía. Bajo este concepto, ha dejado una serie de obras que apuntan a las sociedades y a las culturas primitivas, a las expresiones africanas que investigaba en los museos de arte africano que se instalaron en Europa. Por eso, se le veía comunmente en las salas especializadas como la del Congo Belga de Bruselas, la Del Hombre o la de Artes Oceánicas en París, donde observaba con atención las expresiones de las culturas pasadas. 

Cuando viajaba por Egipto y Turquía, lo primero que hacía era recorrer los sectores de los museos que estaban dedicados a las culturas primitivas. Se embebía al observar las esculturas etruscas, precisamente una de ellas le sirvió de inspiración para uno de los sarcófagos que se exhiben por primera vez, después de su muerte, en la Galería Garcés Veláquez. Así de la figura de un rey vestido con un traje Ileno de pliegues, surgieron dobleces que se observan en uno de la serie de doce obras. 

El doce se convirtió en un número cabalístico para Luis Fernando Zapata, doce no sólo son los sarcófagos, también fueron las Estelas, las Barcas Funerarias, y los Objetos Rituales. 

Lugar sagrado 

Hasta hace unos días en su estudio del barrio Bosque Izquierdo de Bogotá, permanecían los sarcófagos. Todos colocados verticalmente y recostados sobre las paredes, daban al visitante una visión de gran tumba y de lugar sagrado. Uno de ellos tenía la expresión angustiosa de estar atado a la muerte, otro Ileno de pliegues, identificado con el número seis permitía ver la estrecha relación, de algunas de las obras de Zapata, con los trazos de oriente y que él informalmente llamó El Japonés. El caracol que siempre le impactó por su forma, bajo sus manos se convirtió también en un sarcófago en el que dejó sus huellas.

Estas obras son el resultado de dos años de trabajo, de horas de encierro en su taller donde terminó completamente diez de ellas. La que Ileva este número está desinflada y aparentemente sin terminar pero así la pensó su autor. A la número once le faltaron los retoques y la duodécima quedó inconclusa. 

Así, en sus últimos trabajos que se transformaron en la conclusión de sus expresiones plásticas, Luis Fernando Zapata, demostró que había aprendido a trabajar el papier maché como si se tratara del barro. Lo supo moldear, le dio consistencia y maleabilidad. Sin embargo, no alcanzó a crear sus obras en barro. un elemento que quería trabajar. 

Todos los sarcófagos están hechos con aquella técnica aprendida desde la década pasada, con la que se expresó con el orden y el rigor que siempre rondaron por su mente. La misma que utilizó en las barcas funerarias donde expresó el ordenamiento y la riqueza. con la que elaboró los objetos rituales en los que la composición saltaba a la vista. 

Pero, el año pasado Luis Fernando Zapata volvió a la pintura, resolvió tomar las telas con las que secaba cada uno de los objetos. Las recuperó, les señaló el borde con pasta de papel donde aún se advierten las formas que delineaban las barcas, las estelas o los objetos rituales, despelucó la tela, pintó sobre ella y la colocó sobre papel entelado. 

Así surgieron obras en las que los morados, los rojos, los verdes y los brillos saltan a la vista del espectador que advierte la paz que probablemente el autor sintió cuando los hizo y que en algunas oportunidades no alcanzó a firmar. 

Sarcófagos y pinturas se advierten en esta exposición de un artista que creó obras casi premonitorias que se debatieron entre la vida y la muerte, que transformó los ritos en elementos mágicos que sostuvieron sus trabajos que en alguna oportunidad pensó fundir para que le saliera defectuosa, dejarla en un jardín para que se deteriorara y después retomarla para dejar en ella la huella del tiempo. De un artista que recuperó el sarcófago como obra de arte digna de estar en un museo.

María Margarita García
Tomado del folleto, esposición Galería Gercés Velásquez, 1994