Olga de Amaral

Bogota

Pintores, Artistas Visuales (Tapices)

Abstracto, Objetos

Olga de Amaral

Artista tejedora de tapices

Recuento

Olga y Jim Amaral

CRITICA

A L G U N A S    P R E G U N T AS

En el proceso de creación artística hay momentos de detención y otros de aceleración. La obra de Olga de Amaral está pasando por el momentum que se encabalga entre esas dos instancias. " Quien observe esta exposición hecha con el ánimo de mostrar estos encabalgamientos de instantes y de procesos deberá saber algunas cosas que se han venido susurrando en un diálogo relativamente secreto. O, por lo menos, acompañarnos en algunas preguntas. " ¿Cómo, con qué voz llegar a los silencios de un artista? ¿Cuál es la verdad de estos nudos y estas bandas, en suma de estos elementos? "Cómo una mujer añora una casa que no conoce, y, para qué la quiere? " ¿Para qué todo el gran trabajo con los azules, muy marcado en cierta época; cómo pasa, después, por un trabajo sobre el oro y con el oro y, por qué, luego se desliza de nuevo hacia los soles negros, ya queridos en las lenguas gnósticas y en el esoterismo de Víctor Hugo y, luego, se desgaja en visiones de mundos aparenciales que terminan en la conciencia del barro elemental?" ¿Dónde va el barro? ¿Al comienzo, junto al verbo, o al final, en los umbrales de Tierradentro, en la conciencia de los hipogeos, a poca distancia del Lavapatas agustiniano, o más allá, con exigencias muy visuales, en la dolorida experiencia de una fotografía de un farallón, en la caída de la sabana de Bogotá, abismada la mirada hacia el trópico caliente, hacia las flores de siempre, que vio y clasificó el sabio Mutis y que su tataranieto, llama, en su libro de poemas de 1954, los Elementos del Desastre? "Hacia donde vaya la mirada de esta artista nos está proponiendo enigmas: " Esta exposición, con algunos elementos de experimentación y de propuesta abierta, debe ayudarnos a acompañar y a acompasar las rítmicas más elementales y a la vez más sofisticadas, de estos procesos de aceleración y detenimientos. " Qué nos deparará, cuando el barro entre de nuevo a brillar como oro tal como lo veían ensimismados los aborígenes". Qué nos deparará esta mujer que nació en un país de aguas limpias, ahora, cuando todas están sucias y contaminadas y ella se obstina en que miremos con los ojos entrecerrados por el brillo de las lágrimas a través de las cuales se muestra una verdad, entre la ceguera del mundo de las apariencias y la verdad del mundo del arte.

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Olga de Amaral, sobre su exposicion en la
Galeria Diners, noviembre de 1996

Olga de Amaral no expone con frecuencia en Colombia. Por eso, cuando lo hace, el hecho se convierte en una oportunidad excepcional para apreciar su trabajo. Desde el pasado 28 de agosto, todas las salas de la Galería Diners cuelgan una muestra de cerca de 50 obras, que permanecerá abierta al público hasta el 2 de noviembre. (1996)

Para esta artista, que tiene tapices suyos en las colecciones permanentes de museos como el Metropolitan y el de Arte Moderno de Nueva York, o el dArt Moderase de la Ville de París, esta exposición tiene un significado muy especial: "Siento que con ella doy un gran paso hacia adelante, que me desprendo cada vez más de la parte real, para llegar a una búsqueda mucho más abstracta, siempre dentro de mi herramienta base que es el tejido". La exposición incluye obras grandes y pequeñas, entre ellas una instalación de trece Monolitos; su trabajo más reciente, un gran lienzo ceremonial dorado; piezas de su serie de los soles cuadrados, y obras de su producción de hace 20 años. Es una exposición que vale la pena ver, antes de su traslado al Museo de Arte Moderno de Pereira y posteriormente a un museo medieval de Francia, pues, corno lo dice la propia Olga de Amaral, "No sé cuándo pueda volver a hacer una ex posición tan completa y en un espacio tan especial". Se trata, efectivamente, de un espacio en el que se siente cómoda, pues fue su hija Andrea quien adecuó para la Galería Diners, con tanto éxito, una bella casona del barrio Quinta Camacho de Bogotá.

Tomado de la Revista Diners No.318, septiembre de 1996

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Atando hilos

por Maria Margarita Garcia

  El espacio, el movimiento, la luz, la sombra, el tiempo y la búsqueda del equilibrio guían el trabajo de Olga de Amaral, quien hace un alto en el camino para mirar atrás. En todos los espacios de la Galería Diners se descubre a través de cincuenta obras y un audiovisual realizado por Sergio Trujillo, que acompaña la muestra. (exposicion febrero de 1999)  

Cierra la puerta. Atrás quedan el trajín de la ciudad y los pitos de los carros estacionados por el trancón del medio día en la carrera Séptima. Sólo se percibe el leve chirrido de los pisos de madera de su taller de la calle 69. Allí, Olga de Amaral se sumerge en las profundidades de su interior, se mira a sí misma y a su entorno. Puede abstraer el paisaje que cada fin de semana encuentra en la paz de su finca, recorre el pasado y se va hacia San Agustín, se pasea por la inmensidad del cosmos, camina sigilosamente por una casa oscura hasta introducirse en las luces y las sombras que han acompañado su trabajo por más de tres décadas.

En aquel mundo imaginario, a veces confundible con el real, se deja llevar por el color, por los dorados, por los fucsias, y siente la necesidad de expresar todo lo que piensa, percibe y abstrae de la vida diaria. Le ha dejado de interesar la técnica y ahonda en el concepto. Ahí, en aquellos muros de una casa estilo inglés, han surgido sus Estelas como un punto de encuentro con el universo, con el espacio, con la naturaleza. Trabajos con los cuales manejó otro medio como lo es la instalación y demostró, una vez más, su ya lejano paso de la artesanía al arte.

Olga de Amaral ha logrado descubrir la carga mitológica de las piedras, de los monolitos y de las es telas que reconstruye con su misterio y su rudeza. Ha buscado los elementos que han sido testigos de la historia de la humanidad y se ha introducido levemente en los fenómenos naturales. Todos vistos bajo la influencia del arte geométrico y de la abstracción. Así ha llegado a transformar los antiguos textiles en obras tridimensionales y en pinturas donde la fibra todavía ocupa un primer plano.

El color en imagen

Se ha metido en el lenguaje de las formas, en el de los círculos, en la Luna y el Sol, en la luz y en la penumbra, en los elementos de transformación y en sus propios procesos.

En ese proceso de comprensión y de transformación se mete de lleno en la luz y la sombra, especialmente en su serie Umbral en la cual se ha sumergido desde mediados de esta década y donde expresa a cabalidad el movimiento.

Pero su interés en la historia, en las culturas pasadas, en las ideologías, en lo sagrado, la han llevado a vibrar con el color. "Cuando se me presenta un tono, pienso en la forma adecuada para expresar la imagen que tengo de él". No es raro, entonces, observar algunos de sus trabajos recientes dominados por el magenta, traducido, a través de la fibra, en un lienzo ceremonial.

Y mientras profundiza y trata de entender su existencia y su entorno, Olga de Amaral recorre imaginaria mente los objetos, que para algunos pasarían desapercibidos pero significativos para ella. Le han llamado la atención por su poesía, fuerza y contundencia. Estos se aprecian como huellas a lo largo y ancho de la galería. El cesto japonés, la caja colonial, la muñeca de trapo, el textil japonés, el sombrero boliviano, "todos tienen el alma del ser que los hizo".

Estos objetos silenciosos son indicio de transformación. El textil japonés con el cual se fabrican los kimonos, pasa de la dureza a la liviandad y tal como sucede con sus obras capta el proceso. Así mismo, el sombrero de un indígena boliviano es para ella la fibra y el enyesado. No son estos elementos, sino el manejo del espacio, la búsqueda del equilibrio, el movimiento, la luz, la sombra y el tiempo, los que han guiado el trabajo de esta artista, que en los años cincuenta se fue a la Academia Cranbrook, de Michigan, que en los setenta obtuvo el premio Guggenheim y que no ha dejado de experimentar desde los años sesenta cuando vivía en París y en Londres y compró un lápiz que remendado con hilos dorados le hicieron recordar parte de su infancia cuando visitaba la iglesia de La Tercera y le impactaban las ceremonias y los altares dorados.

Ahora hace un alto en el camino. En los dos pisos de la galería permite descubrir no sólo sus series de Estelas Umbras y Alquimia sino su entorno, a través de un audiovisual realizado por Sergio Trujillo, que rueda durante todo el tiempo de la muestra. D

Revista Diners No.347, Febrero de 1999

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OLGA DE AMARAL Y LA VOLUNTAD DE LO ORGÁNICO 

por Darío Ruiz Gomez, catedratico de la Universidad nacional,
crítico de arte, escritor, jurado de numerosos salones

...El verdadero artista es aquel que responde siempre a las premisas 
que tempranamente lo acudieron, determinaron su vida y su pasión,
y lo llevaron a concretar en el lenguaje de las formas
las imágenes de las cuales se sabe portador.
¿Moderna o posmoderna?  

 Pocas veces en el panorama del arte colombiano podemos hablar de coherencia en el sentido estético. O sea, de la búsqueda incesante para mantenerse y permanecer en un nivel de hallazgo. Lo cual supone en un medio como el nuestro el renunciar a una biografía caracterizada por las incidencias de aquello que aún llamamos "la vida artística". Coherente es pues el artista que no cesa de certificar la presencia del hallazgo , o sea de aquello que "halla" tanteando en la materia, en las posibilidades formales y de este modo, a este permanente work in progress, partir siempre hacia nuevas certificaciones. Coherencia no es pues falta de imaginación, repetición abusiva, manera. Cezanne, lo sabemos, es un paradigma como lo es hoy Matisse. Aquí la obra no es abierta en el sentido que le confiere Eco, sino que se abre al flujo de lo que se plantea, ordenándose a través de lo que Georgio Grassi llama en la arquitectura su construcción lógica. 

La importancia de esta retrospectiva de Olga de Amaral reside entonces en su porfiada voluntad de coherencia. Su primera etapa es el tanteo humilde en el medio expresivo que ha escogido para dar salida formal a aquello que quiere convertir en hallazgo estético. Y en estos primeros tapices no hay sobresalto tantea en el sentido de, cautamente, desconstruír lo que había sido académicamente establecido bajo el rótulo de "tapiz", agujerea semánticamente lo que se definía como "el tapiz moderno. Texturas, coloridos que de alguna manera ya son retórica establecida y que no le sirven de ninguna manera para expresar lo que lleva dentro, las tradiciones de luces y texturas que la memoria ha ido atesorando, discriminando, sedimentando inexorablemente. 

Mientras algunas artistas como Magdalena Abrakamowa derivan hacia un nuevo expresionismo y recuperan los códigos de otra gestualidad, otros significados del grito y el espanto -un Sarajevo anunciado en esas figuras mutiladas- Olga de Amaral se introduce de lleno en una tarea ambigua, difícil y a la vez altamente emotiva: Cuál es hoy la imagen de la naturaleza? ;Puede seguirse expresando ésta en las formas de Arp, de Moore, de Sutherland, de Max Ernst? Vemos hoy de qué manera contundente Richard Long certifica que hasta la misma noción topográfica está en peligro, y que los símbolos que la recuerdan quizás tengan que ser ya, en un futuro inmediato, imágenes vivas de lo perdido, ausencias irreparables recuperadas como presencias vivas. 

No recordemos pues la parodia de naturaleza, la parodia de mito, que se nos ha dado con motivo de los 500 años del descubrimiento de América. La Amara] sabe que para construír la metáfora, para otorgarle sentido a ésta debe buscar la serenidad de las imágenes donde se erigen éstas en instante y, a la vez, memoria activa que acude a sacudir no solamente nuestra vista, sino igualmente, nuestra percepción táctil, nuestro olfato mediatizado por el oprobio tecnológico. Porque el color y la textura como connotaciones de la naturaleza brotan de una previa aprehensión sensorial, niñez, juventud, días bachelardianos de ocio entre canalones de montaña, lianas, helechos, piedras húmedas, nieblas. La suma inteligencia de Olga radicó en ser fiel a éstas imágenes v por lo tanto en huir de supuestas identidades culturales. Tienen bandera de guerra las montañas, los riachuelos, el silencio de los páramos hablarrnos pues de algo primordial en el sentido de primero, de esencial. 

El work in progress va entonces descorriendo el velo sobre los alcances formales a medida que se va aclarando la claridad del material, que se va conociendo su estructura, sus propiedades expresivas. En esto cuenta fundarrnentalmente el papel del taller donde los íconos lactantes, los términos formales, bocetados van transformándose en nuevas instancias expresivas, en nuevos derroteros silenciosos. De este modo lo que históricamente hemos llamado la cultura manual recupera y cobra su plena vigencia y su pleno alcance estético en un país como el nuestro donde por desgracia, se sufrió el trauma de una modernidad adventicia, tecnología en abstracto, arte moderno en recetas impuestas, olvidando esta manualidad sin la cual es imposible la aprehensión del mundo, el surgimiento de las premisas íntimas de la obra. ¿De dónde rnás podría surgir entonces la noción de coherencia interna, sino de ésta técnica, derivando esplendorosamente hacia una poéticas? ¿De dónde sino de estas fuentes nutridoras?   

El mundo es materia, la materia es el espíritu de las cosas, en las cosas se aposentan las huellas vivas de los muertos, en las cosas el polvo inmemorial escribe su poética; por lo tanto, ir hacia la materia es ir hacia la definición de aquello que busca salir del magma para convertirse en material y como tal ser recuperado en su dignidad, esparto, celofán, cabuya, estraza, son identidades metafóricas de montaña, de quebrada, de sarro, de encenillo o arrayán. La Amaral supo encerrarse con esta tarea hasta irla desbrozando lentamente, construyendo con el paso de los días una inolvidable metáfora de lo que es la Naturaleza en su sentido más necesario de recuerdo v acción. 

Pero hay en esta retrospectiva otra lección sobre una discusión ya bizantina entre modernidad y postinodernidad. Porque el verdadero artista es aquel que responde siempre a las premisas que tempranamente lo acudieron, determinaron su vida v su pasión, y lo llevaron a concretar en el lenguaje de las formas las imágenes de las cuales se sabe portador. Moderna o posmoderna: Lo orgánico responde aquí, no a un sentimentalismo nacionalista sino a descubrir el ritmo interno de lo orgánico en la naturaleza, aquel orden que Mathila Gycka descubrió tanto en el pecíolo como en la roca, esa voluntad de lógica que es una respuesta perentoria al fácil emocionalisino tercermundista. 

Y esta suave e inquietante presencia del yo recuperado no en el abismo sino en ese presentiiniento de lo fugaz eternizado de que habla el poema de otro lírico, Woodstwort: "las cosas que el sol ama habitan allá afuera / se regocija el cielo al nacer la mañana; / y reluce la hierba con la lluvia; en los páramos...! Crear no es "hacer arte", sino buscar la coherencia, la armonía para que así la estética tenga un sentido nuevo. Mat ria, estructura, llevados de la mano prodigiosa confluyen finalmente en las imágenes amadas.

Tomado de la Publicacion Pintura ... Solo Arte, Número 7, Año5, 1994

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Mágicos mundos hilados

Obras, en su mayoría de los últimos cuatro años y algunas piezas de la serie Stelae, de 1996, conforman la exhibición de la artista colombiana Olga de Amaral, que se exhibe en la residencia del embajador de Colombia en Washington, Luis Alberto Moreno.

"Durante los últimos 25 años he trabajado con siete vidas, 14 manos, siete mujeres que unen cada pequeño elemento, reflejo de la vitalidad colombiana. Es un proceso comunal que impregna el espíritu", dice la reconocida artista textil.

La muestra se titula Mundos hilados. Sus piezas reflejan su particular interés por el mundo natural y el proceso comunal con las operarias de su taller en Bogotá. Dice la artista que tejer crea lazos de unión y una pátina social, única y embellecedora de todo su trabajo.

La curadora del Museo de textiles de Washington, Rebecca Stevens, aseguró durante la visita a la exposición: "De Amaral es, ciertamente, una de las más famosas artistas contemporáneas del arte textil. Su sensibilidad por los materiales, su reacción a su herencia, el paisaje y el lugar donde vive, se refleja en su trabajo y es fabuloso".

Amaral comenzó su carrera en 1950, en Colombia, luego de haber estudiado en Michigan, donde realizó estudios en la famosa Academia Cranbrook.

Una distintiva característica de su obra es la presencia de hilos de oro y plata en sus tejidos. Se le considera casi una alquimista que ha logrado trasformar fibras naturales en objetos ceremoniales y sagrados, que aun hoy en día podrían servir de ofrecimiento a los dioses.

Eleanor Rosefeld, importan te miembro de la junta del Museo Textil de Estados Unidos, dijo: "Yo me enamore de su trabajo inmediatamente; quién no". La exposición de Olga Amaral estará abierta hasta el 4 de octubre.

Tomado del periódico El Tiempo, 27 de julio de 2004

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A la conquista de China

Cuando le dicen que sus tejidos están forrando el mundo, Olga de Amaral agacha la mirada y entrelaza sus manos una contra la otra. Unos segundos después, la timidez se convierte en orgullo y responde afirmativamente con un leve movimiento de cabeza.

Luego cuenta, tras otro silencio incómodo, que acaba de llegar de exponer en Nuevo México y Nueva York, que 50 de sus obras serán exhibidas en el Centro Cultural de Belém -en Lisboa (Portugal)-y, como si fuera poco, que tres de sus tejidos adornarán la pared principal del lujoso hotel Four Seasons, en Hong Kong (China). Para rematar, el 8 de noviembre próximo recibirá el premio del Museo de Arte y Diseño de Nueva York a la artista visionaria de 2005.

Son los frutos de una carrera de 45 años hecha a punta de lucidez y sensibilidad. Cada elemento de un tapiz, por pequeño que sea, es importante para el resultado final. Es una alianza de texturas y colores, donde se juntan fibras de lino, algodón y oro para lograr miles de tiras que, en conjunto, se convierten en una obra de arte.

La primera visión de lo que hoy es su realidad creativa la tuvo a comienzos de los años 60, cuando era apenas una joven en búsqueda de una manera propia de acercarse al arte. Por recomendación de un amigo llegó a la Academia de Arte de Cranbrook, en Michigan (Estados Unidos), donde empezó a estudiar tejido, el único curso que pudo tomar a su llegada a la universidad.

El alto nivel creativo de sus profesores y compañeros, sumado a la soledad y el aislamiento por ser extranjera, la empezaron a envolver en una pasión que la obligaba a diseñar y crear en su tiempo libre. Poco a poco fue hundiéndose en un mar de materiales, texturas y colores que creía no haber visto. Ni siquiera imaginado. Pero que le daban una "resonancia interna especial".

Fue en Cranbrook donde desarrolló algo que ella llama "emoción interna y creativa", un gusto ligado al misterio de las formas y los colores. Fue allá también donde conoció a Jim Amaral, un escultor estadounidense que, además de convertirse años después en su marido, le ayudó a "desarrollar unas antenas especiales para absorber sensibilidad".

Y esa atención especial de sus sentidos la dirige hacia Colombia, país que Olga de Amaral empezó a desenredar emocionalmente para cubrirlo a través de la fibra.

Así entendió que esos misteriosos colores que le hacían alucinar venían de su tierra bogotana: los verdes los conocía de memoria de los cerros que encierran el altiplano cundiboyacense, y el fucsia y el anaranjado los veía en las casas capitalinas. Ya estaba poseída por la arquitectura, los paisajes y la gente. Y luego descubrió el dorado.

Fue en 1970, después de admirar durante una tarde entera la cerámica de Lucy Rie, quien le contó que en su obra resaltaba el oro, una técnica aprendida de artesanos japoneses. Cuatro años después, mientras vivía en París, Olga de Amaral empezó a usar fibras de oro en un grupo de piezas que llamó Fragmentos completos. "Ese uso del oro tocó un lugar misterioso en mi mente. Desde entonces, se convirtió en un importante material para mi trabajo".

Así se refleja en Tríptico vertical, el tejido que ahora parte para Hong Kong. Cuatro meses duró su realización. Todos los días trabajaba, junto con ocho personas más, de siete de la mañana a ocho de la noche en su taller en el norte de Bogotá, para hacer las cinco mil tiras que componen cada una de las tres partes de la obra, que tiene nueve metros de alto por 2,4 metros de ancho.

Es consciente de que sus tejidos siguen siendo innovadores. "Mi trabajo siempre fue diferente, fue artesanía que despegó", comenta orgullosa. Sin embargo, ella nunca se sintió revolucionaria.

Hoy, después de exponer en el Museo de Arte Moderno de París, en el Metropolitano de Nueva York y en el Angers de Francia; después de haber ganado la beca Guggenheim de 1975, recibir un Chair de artista visitante en UCLA y de tener dos hijos adultos y un marido artista -al que le debe gran parte del enriquecimiento de su obra-, Olga de Amaral mira atentamente una de las obras que expondrá en Portugal y afirma: "Cada paso me fue marcando el camino. Siempre fui consciente de mi fuerza interior y de que no podía dejar desviar mi ambición".

Tomado de la Revista Cromos No.4558, 4 de julio de 2005

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OLGA DE AMARAL 

Por Álvaro Medina, crítico y escritor

Estudió diseño y técnica textil en Michigan, lo que le permitió dominar un oficio que pudo ejercer a escala industrial con criterios comerciales, pero su sensibilidad la inclinó por la creación artística de producción artesanal. Desde sus inicios ha trabajado con la ambición y el empeño que hasta entonces sólo eran visibles en las obras de los pintores y los escultores más sobresalientes.

Cuando se produjo la fulgurante aparición de Olga Amaral, el tejido hecho a mano era tenido en Colombia por una actividad de artesanos tradicionales. Con ella adquirió categoría de gran arte. Baste decir que hasta 1966 en el Salón Nacional se dieron premios de pintura, escultura, dibujo, grabado y cerámica, jamás de tejido porque no había una producción de jerarquía que ameritara la existencia de semejante presea.  A partir de 1967 se eliminó la innecesaria separación de disciplinas, de manera que el primer premio que en 1971 le otorgó a ella el jurado del Salón Nacional vino a ser un reconocimiento verdaderamente significativo y uno de los realmente perdurables ante la historia. Al año siguiente recibió el primer premio en la Bienal de Coltejer, de los máximos galardones que en ese entonces se concedían en América Latina, y quedó consagrada plenamente.

Realizó su primera exposición individual en 1958. Diez años después viajó a Perú, visitó Machu Picchu y entró en contacto con la finura y la imaginación de los tejidos indígenas anteriores a la llegada de los españoles, de una calidad reconocida universalmente por los verdaderos entendidos. En adelante, consciente del importante papel que el textil había jugado en la esfera simbólica del mundo precolombino, Olga Amaral los tuvo presentes para producir piezas que, por la rara calidad de los hilos que ella misma fabrica, los diferentes tipos de fibras que emplea y las imaginativas combinaciones de urdimbre y trama, así como por la textura, el color y el amplio uso de metales, tienen la fuerza de cuadros abstractos de notable lirismo.

Reconocida internacionalmente por la alta calidad de sus trabajos, Olga de Amaral ha entendido y asumido el espacio de dos maneras opuestas y complementarias: la de la serie Muro tejido (1969 en adelante), obras de gran tamaño que evocan la arquitectura, y la de la serie Fragmento completo (1975), obras de dimensiones pequeñas resueltas como objetos hechos de fibras. En 1975 empezó a utilizar hoja de plata; en 1980, inspirada en la colección del Museo del Oro, introdujo de modo sistemático el uso de pan de oro, con lo que sus tapices se volvieron vibrantes fuentes de luces signadas por una especie de aura ritual.

Ha sido invitada por varias universidades de Estados Unidos a impartir clases en talleres creativos, en 1966 fundó el Departamento de Textiles de la Universidad de los Andes, del que fue su primera directora, y en 1973 recibió la beca Guggenheim. Olga de Amaral vive en Bogotá y está casada con el escultor norteamericano Jim Amaral.

Tomado de la Revista Semana Edicion 1224, 17 de octubre de 2005

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Teje nuevos lazos con Israel

por María Cristina Pignalosa
redactora de El Tiempo

Su manera de abordar el arte, con hilos, textiles, fibras y láminas de oro y plata entretejidas, hace que Olga de Amaral figure entre los artistas colombianos con más premios en el ámbito internacional.

Justamente ahora protagoniza una exposición en el Museo Eretz de Tel Aviv, abierta hasta el 25 de mayo. Hace parte del Plan de Promoción de Colombia en el Exterior.

La exhibición, titulada Vellocino de oro alude a la mitología griega referente a la piel de un carnero alado, que aparece en la historia de Jasón y los argonautas. Es una historia antigua y se han realizado miles de intentos por interpretarla, no solo como un objeto extravagante o un mito, sino como el reflejo de un objeto o práctica cultural real, que re presenta la idea de la realeza y la legitimidad.

La muestra está compuesta por 59 obras y cubre los 10 últimos años de su trabajo. Estuvo exhibida en el 2007 en el Parque El Retiro, de Madrid, adonde Ilan Cohen, director del museo israelí, fue a verla y le pidió a la artista que la llevara a su país.

El trabajo reúne varias series, Umbras, Estelas, Lunas, Stratas, Montañas, Grifos, Bosques y Tablas. En su mayoría fueron realizadas con fibras-de lino, gesso (un tipo de estuco creado a partir de varias mezclas) y pintura acrílica. Muchas tienen hojas de plata y oro; otras, platino y pergamino.

Vivian Lempert, agregada cultural de la embajada de Colombia en Israel, dijo que la inauguración, a la cual la artista no pudo asistir por razones de salud, fue todo un éxica. Muchas tienen hojas de plata y oro; otras, platino y pergamino.

Vivian Lempert, agregada cultural de la embajada de Colombia en Israel, dijo que la inauguración, a la cual la artista no pudo asistir por razones de salud, fue todo un éxito. "La gente estaba maravillada con la obra y la crítica fue excelente", dijo.

"Llevo 20 años trabajando con el oro, porque me causa emociones estéticas. No representa la riqueza; es un material que ya es parte de mi trabajo", comentó la artista.

Tomado del periódico El Tiempo, 4 de marzo de 2008 

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Una mujer sencillamente iluminada

Gracias a la innovación y a la creatividad de sus obras, esta artista colombiana ha trascendido fronteras y lenguajes. Ha realizado más de 70 exposiciones individuales en un sinnúmero de países, entre los que se encuentran Francia, Estados Unidos, Inglaterra, Australia, Portugal, Italia, Suiza, Argentina, Perú y España. Le ha aportado al mundo del arte textil todo su conocimiento y experiencia, pues fundó y dirigió, desde 1965, el Departamento de textiles de la Universidad de Los Andes, en Bogotá.

Ha recibido varias menciones y reconocimientos internacionales. Le otorgaron el título de Miembro Honorario de la Academia de Bellas Artes de Buenos Aires y entre sus distinciones también se destacan tanto el premio Visionary Artist 2005 del Museo de Arte y Diseño de Nueva York como el Primer Premio en el XXII Salón de Artistas Nacionales y la beca Guggenheim Fellowship, que ganó en 1973. Ahora, la artista prepara una exposición en la Galería Latin American de Los Ángeles, Estados Unidos.

De padres antioqueños, Olga tuvo la oportunidad de viajar por Colombia y conocer sus campos y montañas. Con ellos -asegura la artista- recorrió diferentes lugares del país, donde sus ojos observaron espacios mágicos que enamoraron su mente, y le generaron fascinación por la arquitectura, la naturaleza y la luz. La iluminación es una constante en sus obras, gracias al color y a la hojilla de oro. Esta última, piensa ella, se debe a la influencia en su vida de las iglesias y el arte colonial.

Olga vivió y trabajó durante años tanto en Nueva York como en París, dos metrópolis donde desarrolló buena parte de su obra y donde se dio a conocer. Pero el amor que ella y su esposo, el también artista Jim Amaral, sentían por Colombia, los llevó a radicarse en el lugar donde -afirma la artista- su espíritu y su vida tomaron camino. Aquí se dedicó a crear y a construir una familia que ha crecido con los años, pues hoy disfruta de ser madre de Diego y Andrea, quienes heredaron algo de su arte, y de sus nietos Valentina, Martín y Lorenzo.

Es una mujer elegante, que vive con la fascinación de los colores, el espacio y las superficies mágicas que logra escriturar, encontrando así un conjunto de elementos indescifrables. "Las texturas de Olga son mitos que guardan pensamientos y huellas para otros ojos. Son nostalgias depuradas de artificio; son cordones que nos conectan con culturas de asombro, en las cuales el misterio y la veneración por las fuerzas ancestrales de la vida eran los que tejían el destino humano", escribió su hijo Diego en el epílogo del libro Olga de Amaral, el manto de la memoria, publicado en 2000.

Para definir la obra de esta tejedora de sueños habría que imaginar un mundo sin límites donde, como ella misma lo dice, se conecta con sus ojos interiores y con las infinitas experiencias por las que ha pasado desde su niñez.

En la obra que Olga de Amaral tejió en 1984 para la Casa de Nariño, se reconocen los sentimientos que la artista tiene por el país. Sus azules, amarillos y rojos la llevaron, con las manos de siete tejedoras, a construir 365 banderas. Fue un trabajo al que se entregaron durante seis meses, en una especie de compromiso con Colombia.

Tomado de la Revista Entorno No. 02, 2011 

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El milagro de todos los días de Olga de Amaral
Con más de 150 exposiciones entre individuales y colectivas durante seis décadas, su fascinación por la creación. Actualmente, presenta su obra en el Museo de Arte Moderno de Bogotá

Diego Guerrero /ARTERIA

Olga de AmaralCasa Amaral, la casona en Chapinero en la que Olga de Amaral tiene su taller, al lado del de Jim Amaral, su esposo, está llena del arte de ambos. Casi todas las paredes, color vino, están recubiertas por las obras de Olga, aunque también hay de Jim. Entre las primeras que se ven, al entrar, están dos figuras de aproximadamente un metro de altura.

“Esas fueron las primeras esculturas que Jim hizo: yo se las compré de vuelta hace mucho a la persona que las tenía”, narra su esposa. Este año cumplen seis décadas de matrimonio.

En 1954 se conocieron en la Cranbrook Academy of Art en Michigan fEE. UU.), pero Olga se devolvió para Bogotá, mientras que Jim se fue a cumplir el servicio militar. Al terminar, en el 57, decidió venir a Bogotá a visitarla. “Estando aquí, un día, cuando ya casi
se iba, me dijo “¿nos casamos?” y yo le dije “pues sí”, entonces nos quedamos acá”, dice la señora de Amaral, cómo si hubiese sido ayer...

Aunque han viajado muchísimo y vivido por temporadas en varias ciudades de Estados Unidos y en París, nunca han considerado abandonar Bogotá como su hogar.

El año pasado, Olga de Amaral expuso una antología junto a su esposo en la Fundación Casa Cano, de Bogotá, llamada ‘Estados presentes’. También mostró hasta enero ‘Cortex de Notre Terre’, en la Galerie Agnés Monplaisir, en París, y, actualmente, expone en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

A pesar de haber realizado más de 150 exposiciones durante su carrera entre individuales y grupales, considera que su trayectoria nunca ha estado enmarcada dentro
de un grupo. “Nunca he estado, realmente, dentro del movimiento del arte en Colombia -explica-. Yo hacía una cosa muy diferente, que no sé si es que la gente no lo consideraba arte, sino más bien como una artesanía distinta... más contemporánea. Pero no me catalogaron ni yo me catalogué ni pretendí estar involucrada en el mundo de los artistas”.

Asegura que eso le permitió seguir “haciendo su búsqueda” y ser consecuente con sus ideas. “Es muy difícil hablar de la mente de un artista, de una persona creativa, porque no hay una línea. Es un proceso”.

No siente que exista algo como la inspiración ni que haya tenido grandes influencias de otros artistas, sin embargo, recuerda cuando conoció a la ceramista Lucy Rie, quien solía remendar sus piezas rotas con oro, emulando la técnica japonesa del kintsugi. “Eso ha sido lo único que sentí que me despertó una idea, pero yo realmente no siento la inspiración: de pronto puede ser que me haya influenciado el oro colonial, pero no tuve conciencia de eso nunca”, afirma.

Al empezar una obra no piensa. Solo se deja llevar en su taller repleto de hilos, pigmentos, hojas, pinceles... “Me han respondido a todo lo que necesito: al movimiento del material, al color, al movimiento de la obra.”

De pequeña frecuentaba con su familia la Iglesia de Las Nieves: “Me acuerdo de un sitio muy oscuro con las velas prendidas y el altar de oro colonial. Es una imagen muy recurrente de cuando iba a misa con mi mamá a los 6 o 7 años. Eso lo tuve en mi corazón, en mi mente, como algo espiritual, que siento que tuvo influencia pero subconsciente. Es una sensación de magia”, comenta.

Jim y Olga están casi a diario en Casa Amaral. “Ahora nos lo tomamos un poquito más deportivamente. Yo no sé cómo estoy haciendo esto a esta alturas -bromea-. La energía creativa es muy exigente”. Pero, a pesar de haber disminuido las horas en su taller, el proceso creativo nunca termina ni descansa. Es algo que vive todo el día, que no parece del todo racional sino que se relaciona directamente con lo que está haciendo en el momento, “es un proceso que te toca el alma en alguna parte”, dice.

Sin duda, ha trabajado fuertemente. Lo atestiguan sus obras vistas en Francia, Brasil, Estados Unidos, Inglaterra, Italia, Venezuela, Israel, España, Portugal, Perú, Japón, Alemania, Ecuador y Suiza entre otros países. También sus premios. No son muchos los artistas que han sido reconocidos en la Honoree of The Multicultural Benetít Gala del Metropolitan Museum of Art de Nueva York. O que sean miembros de la Academia Nacional de Bellas Artes (Buenos Aires, 2010).

Reconoce que el arte colombiano ha evolucionado mucho y lo ve más amplio, diverso e internacional. Piensa, por ejemplo, que “en Colombia hay un movimiento grande en el arte conceptual”. Aunque no lo dice, es claro que el arte de este país ha sido marcado por su obra. Una que planea seguir creando hasta el final de sus dias. “Siempre estoy trabajando: no puedo parar, es como... como repetir el milagro todos los días”, concluye.

Tomado de la Revista Arteria No. 57, 2017