Simon Hosie

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Simón Hosie

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Fundador del Laboratorio de Arquitectura y la revista + Arquitectura. Su obra se ha desarrollado en su mayoría en zonas de resguardos indígenas, y barrios marginales, con el patrocinio de entidades extranjeras.

Tomado de la Revista Semana No.1142, 22 de marzo de 2004

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Biblioteca Pública La Casa del Pueblo, Guanacas, Inza, Cauca

Máximos honores en la Bienal de Arquitectura 2004

Este proyecto reúne ciertas cualidades que son difíciles de encontrar a menudo. El diseño, que en sus fachadas recuerda las composiciones geométricas del modernismo, es tan sólo un abrebocas que se complementa con la experiencia maravillosa de entrar al edificio. La mística que el arquitecto reinterpretó de los espacios ceremoniales indígenas hace que la primera reacción al ingresar sea inclinarse ante un ser supremo que ronda intangible en el espacio. El trabajo meticuloso de la estructura en guadua conformada por dos anillos perimetrales permite liberar el interior del salón para ser utilizado en doble altura como biblioteca o salón de reuniones de la comunidad.

La Casa del Pueblo no es una versión romántica de las tradiciones constructivas de la zona cafetera, va más allá. El equilibrio entre el uso de la artesanía aportada por los indígenas con el trabajo industrializado aportado por el arquitecto es un ejemplo del deber ser del oficio de la arquitectura.

Tomado de la Revista Semana No.1160, julio 26 de 2004

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eltiempo.com / archivo

La Biblioteca Que Soñó Guanacas

Elías Domingo Arias Polanco, cultivador de café y marcador central del legendario equipo de fútbol de la vereda Guanacas, no pierde la esperanza a sus 63 años de jugar el último partido de su vida en la cancha de su pueblo.

Recorrió desde su juventud a caballo, con pantaloneta y guayos, las montañas de la cordillera central para jugar en decenas de caseríos, de donde salía borracho o huyendo por el monte por haberle ganado al local.

El fútbol, desde los tiempos de Pelé, fue la fiebre de esta vereda de 48 casas dispersas por la montaña del municipio de Inzá (Cauca).

Una cancha era su máximo sueño hasta que Eliécer Morales y Miguel Angel Arias, mientras estudiaban bachillerato en el Instituto de Promoción Social de la vereda, donde les enseñaban a trabajar proyectos comunitarios, soñaron con un pueblo lleno de libros, pues en el salón comunal solo tenían una colección de García Márquez y una enciclopedia de dos tomos.

"El futuro no podía ser solo patear un balón. Queríamos estudiar en la Universidad pero como no teníamos plata pensamos en darle una biblioteca a la vereda para que la gente pudiera aprender sin irse", recuerda Eliécer, que jugaba de delantero.

La primera vez que plantearon su idea fue en una reunión en la Alcaldía, donde definían el presupuesto, pero entre solicitudes de carreteras y acueductos se fue al fondo de las prioridades.

Pasó el tiempo y los dos entraron con una beca a la facultad de derecho de la Universidad de los Andes, en Bogotá, en donde comenzaron la lucha por la biblioteca, pues sus compañeros se habían quedado recogiendo café.

En 1998 empezaron las gestiones y llevaron su proyecto en dos hojas a la embajada de Japón. " Una biblioteca? Por qué no piden una escuela o un puesto de salud?", les preguntó un diplomático.

Tal vez tenían razón. Los cuatro kilómetros de carretera que separan a Guanacas de la cabecera municipal están destapados, el agua no es potable y carecen de puesto de salud, teléfonos, alumbrado público y alcantarillado.

Pero sus argumentos fueron más contundentes. "La gente necesita primero educación y el que tiene el conocimiento tiene el poder", le contestaron.

Les pidieron que volvieran con un proyecto más elaborado y con una maqueta.

Sueño en guadua.

Se fueron a la facultad de arquitectura de la Universidad Javeriana. Contaron su idea y les dieron el proyecto como trabajo de grado a María Cristina Perea y a Simón Hosie Samper, dos destacados estudiantes de último semestre, que armaron maletas y visitaron una semana Guanacas, conociendo a su gente, sus casas de bahareque, sus montañas.

La comunidad pensaba en ampliar el salón comunal y hacer la biblioteca con unos armarios, pero Simón soñó con una en guadua y de dos pisos. "Las grandes obras no tienen que ser siempre para la gente que tenga plata", pensaba.

Al final de la visita, les dijo que el sitio ideal para la biblioteca era una planicie a la entrada del pueblo, donde había una fábrica de ladrillos, justo al lado dónde habían pensado hacer la cancha de fútbol, pues la última la perdieron cuando se separaron de la vereda Santa Lucía.

La idea de estudiar venció y los 300 habitantes del pueblo decidieron aplazar la construcción de la cancha. Don Elías Domingo estuvo de acuerdo en que la prioridad era el estudio. "Yo solo llegué a especializarme en quinto de primaria", comenta.

A su regreso a Bogotá, tras largas noches de desvelo, los estudiantes entregaron la maqueta a la embajada de Japón y se graduaron con honores.

Salió la plata!.

El sueño revivió en la mitad del 2000, cuando Simón, que tenía en sus manos unos tiquetes para irse becado a estudiar a España, recibió una llamada de la universidad.

Había salido la plata para la biblioteca de Guanacas. Llamó a María Cristina. "Eso es una locura, eso es zona guerrillera, yo no me voy", le dijo.

Simón, guiado por un extraño sentimiento de afecto con esas montañas y su gente, decidió partir, pero antes se fue a la embajada de Japón y les confesó que el proyecto había quedado mal hecho y no se podía construir. Se comprometió a cambiarlo y a hacer solo la cimentación y la cubierta. Entonces, le dieron los 81 millones asignados.

En agosto, Simón llegó con una mochila, 25 años y el pelo largo a trabajar en Guanacas.

En el pueblo no había albañiles ni obreros. Lo máximo que habían hecho en los últimos tiempos era una casa de dos pisos, con pista de baile. "Recluté un ejército de curiosos, con las personas que tenían ciertas habilidades para la construcción", recuerda.

Manos a la obra.

La idea era que la obra la construyera la gente, liderada por la Junta de Acción Comunal, para que la sintieran propia y para que les saliera más barata.

Esa era la tradición. Así Guanacas había levantado, hace 50 años, el colegio con enormes piedras de río, la casa comunal de ladrillo y la cancha de fútbol.

Con Simón a la cabeza, empezaron a cavar los cimientos. Las piedras llegaron de mano en mano a través de una cadena que formaron todos desde el río.

Nadie entendía los planos y la maqueta que llevó Simón pero guardaban silencio y seguían con una fe ciega sus indicaciones.

"El día que se fundieron las placas las mujeres cocinaron sancocho, los hombres mezclaban el cemento y los niños cargaron el agua", recuerda Fredy Arias.

Para la estructura, grupos de pobladores, armados a machete, salían de madrugada a buscar a la finca de Saturia Guevara las guaduas más largas, que cargaban en hombros. Cortaron como 200 pero no sirvieron porque estaban torcidas.

Lo último fue el techo, que estaba a ocho metros del piso. Durante días el pueblo se turnó para subirse a echar la placa de cemento y luego lo cubrieron con una paja que trajeron de la vereda San Andrés de Pisimbalá.

Así les dio un año. En septiembre del 2001 se acabó la plata y la biblioteca era un esqueleto de guadua, que inauguraron con cura y fiesta.

Una choza sin libros.

Pero no tenía ni un libro y solo la usaban para misas y algunas reuniones comunales. Los habitantes de las veredas vecinas se burlaban y les decían que habían hecho un quiosco gigante.

El pueblo no se rindió. Una comisión, con Simón a la cabeza, consiguió a través del Ministerio de Cultura recursos del Fondo Nacional de Regalías. Luego de un año de papeleos en Bogotá lograron que la declararan obra artística, para que no saliera a licitación pública, y le dieran a la Junta de Acción Comunal los 240 millones restantes.

En agosto del 2002, Simón volvió a la vereda a finalizar el sueño. Faltaban las paredes, las escaleras, los baños, los pisos, las ventanas, las puertas, los vidrios, las redes eléctricas.

El pueblo no dejaba de poner su grano de arena y construyó las escaleras exteriores con piedras de un páramo cercano. "Nos fuimos con una volqueta para ese frío, trajimos más de 200 piedras gigantes, que cargábamos entre tres", recuerda Enrique Fajardo.

Cuando Simón quería avanzar más les decía a los muchachos del equipo de fútbol que si trabajaban el sábado, día de mercado, él jugaba con ellos al día siguiente.

Su estrategia funcionó y logró adelantar la obra y convertirse en goleador del torneo local.

"Era un crack", recuerdan los niños.

Los 12 homenajeados.

En medio de la obra, Simón pensó en hacerles un homenaje a los pobladores y les pidió escoger a 12 de sus habitantes para ponerles sus nombres a unos sillones que había hecho en el segundo piso y consignar su vida en unos libros.

Once veredas hicieron elecciones. Guanacas, por ser la sede de la biblioteca, tenía derecho a dos personajes. Dora Guachetá, la modista, que con su máquina a pedal le ha cosido desde las pintas dominicales a la vereda hasta los uniformes del equipo de fútbol barrió en votos.

"Pienso que la gente me quiere porque siempre he cobrado baratico", dice entre risas la mujer de 75 años.

El otro elegido fue José María Arias, de 64 años, cultivador de café y famoso por haber tenido en los ochenta el estadero La Tropicana, donde toda la vereda gozó con la música de Pastor López.

Simón visitó a cada uno de los elegidos, los sentó cuatro horas en una silla y, como regalo, les hizo un óleo, para colgarlo en la biblioteca.

"Si uno se movía, lo regañaba", recuerda Dora, que todavía se pregunta por qué solo le pintó un arete y el cuello tan largo.

A finales del año pasado, cuando ya estaba lista la biblioteca, Simón los llamó a todos y los puso a brillar el piso y la guadua, y a limpiar los vidrios. Los niños sembraron un guayacán por cada familia en los alrededores.

Antes de partir, les dio el último consejo: "Cuídenla mucho porque aquí está mi vida".

El orgullo de Guanacas.

El 26 de diciembre del año pasado, abrió por fin las puertas al público la biblioteca de Guanacas. Desde ese día, María Solandy Guachetá, de 23 años, quedó con las llaves. Fue elegida bibliotecaria por su dedicación en la construcción.

Al principio como no había cuentos, los niños solo leían una enciclopedia de sexualidad con dibujitos, pero a comienzos de año llegaron Peter Pan, Blanca Nieves; enciclopedias; libros de Andrés Caicedo, Oswaldo Soriano, Oscar Wilde.

Todavía faltan seis mil libros para llenar sus estantes, ocho computadores y las líneas para internet.

Desde entonces, todos los días van niños de varias veredas a hacer sus tareas, ver películas o leer cuentos. "Los campesinos también vienen cuando regresan a caballo de sus cultivos. A Angel Arias le gusta leer de ganadería", dice María Solandy.

El orgullo de Guanacas por su biblioteca se desbordó hace tres semanas. Por el único teléfono del pueblo llegó la noticia de que se había ganado el premio al mejor proyecto arquitectónico de la Bienal de Arquitectura. La alegría fue más grande que si se hubieran ganado el torneo de fútbol municipal.

La vereda no para de soñar. Dicen que este es solo un paso para hacer La casa del pueblo , que cuesta 1.200 millones y busca convertir el lugar en todo un complejo cultural, con la cancha de fútbol, un teatro al aire libre y un polideportivo.

El viejo Elías Domingo espera que llegue ese día pronto para volverse a poner los guayos y jugar el partido inaugural en la cancha de su pueblo. "En el terreno que hay se pueden poner unas porterías que ya conseguimos, pero es mejor esperar, porque de pronto le partimos los vidrios a la biblioteca".

Publicación eltiempo.com
Sección Información general
Fecha de publicación, 15 de agosto de 2004
Autor
Luis Alberto Miño Rueda Enviado Especial De El Tiempo

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Revista Cambio-Entrevista
Número 579 (2 al 9 de agosto de 2004)
 

 DE INTERÉS PÚBLICO 

ENTREVISTA CON SIMÓN HOSIE

´HAY UN CAMINO EN LA ARQUITECTURA SILENCIOSA´ 

Durante años, el arquitecto Simón Hosie vivió en una casa de barro en Inzá Cauca, y allí fue madurando la obsesión de hacer realidad su proyecto de grado: la construcción de una casa biblioteca para los pobladores de la zona, campesinos e indígenas de Guanacas. Aquello no sólo se concretó en la llamada Casa del pueblo –como es conocida la biblioteca pública de Inzá-, construida con ayuda de sus habitantes, sino que recibió el premio a ´Mejor proyecto arquitectónico´ en la XIX Bienal Nacional de Arquitectura, que se realizo en Cartagena.

La biblioteca constituye una particular y sofisticada mezcla que combina una estructura en un material tradicional como la guadua, con técnicas y esquemas de la arquitectura contemporánea. La financiación inicial provino de la Embajada de Japón, y luego intervino el ministerio de Cultura. Pero cuando el Gobierno tomó cartas en el asunto, saltó la liebre: era necesario un proceso de adjudicación mediante licitación. “Era absurdo que alguien más entrara a concursar por algo que iba tan adelantado y que tenía un proceso previo con la comunidad”, asegura Hosie, quien cuenta que, finalmente, encontraron la solución jurídica: declarar la biblioteca como “obra artística de carácter arquitectónico”.

Así dándole categoría de arte a la obra, la biblioteca fue asumida como un proyecto de autor en cuya construcción intervendría comunidad. Pero la singularidad del caso fue mas allá. Hosie decidió que los habitantes administraran los recursos, y él se convirtió en un obrero más, contratado por ellos. “Era la mejor manera de asegurarme de que el proyecto fuera apropiado y utilizado debidamente –explica-. Las obras no nacen cuando se entregan a los usuarios, sino cuando se empieza a planearlas.”

Primero la comunidad.

CAMBIO: ¿Por que cree que el jurado de la bienal premió su proyecto?

SIMÓN HOSIE: Esta basado en el sentido del lugar. Creo que el punto esta en la reunión de lo tradicional con las ideas espaciales  modernas y las posibilidades tecnológicas contemporáneas (factibles para la región). Se debe seguramente al respeto que demuestra la intervención con el entorno de tierradentro y por la lectura que se hizo de sus condiciones socio – económicas.

Es interesante ver cómo en un lugar donde la tendencia es el desprecio por lo tradicional (por la publicidad del ´verdadero progreso´) se puede revivir el sentido práctico, funcional y estético de lo que ha perdurado por generaciones. Aportando cambios, nociones modernas y nuevas tecnologías que en vez de competir y borrar lo existente, abran nuevos horizontes, que oxigenen la creatividad e impulsen el sentido de lo común entre sus habitantes, incentivando procesos de desarrollo dentro de las regiones a partir de su lógica (su cultura, sus recursos naturales, su situación geográfica, social, política y económica) o tal vez no se deba a nada de lo anterior y solo al espacio y a la búsqueda de la belleza en lo sencillo, en lo simple.

CAMBIO: ¿Qué sintió al conocer el fallo?

SIMÓN HOSIE: Me sorprendió mucho. Felicidad. Agradecimiento. No lo esperaba porque nunca paso por mi mente ganarme una bienal con una casa grande parecida a las campesinas con cubierta de paja en el año 2004,  pero sí divulgar mi experiencia y el mensaje que me transmitieron los pobladores y los árboles de tierradentro (algo difícil de hacer con palabras o sin viento).

El jurado no conocía la historia, ni las razones, ni los objetivos que superan lo estrictamente funcional y práctico. Pero la arquitectura habla.

Se que no debió ser una decisión fácil en un entorno donde lo moderno y la vanguardia no parece centrarse en la reflexión sobre los acontecimientos históricos, sino en la elección y utilización de unos pocos materiales, relativos a lo contemporáneo.

Además la discusión se ha centrado en el desarrollo urbano, pero poco en lo rural, que es definitivamente el lugar donde se esta desangrando nuestro territorio.

¿Cómo recuperar nuestras montañas, nuestros rios? ¿Cómo evitar que nuestros hijos se camuflen en las selvas o que se vean forzados a desplazarse a la ciudad, o animados a vivir en el barrio marginal donde se pierde el tiempo para la familia y el aire fresco? La respuesta esta en la vereda, en el pueblo.  El jurado le dio importancia a esta realidad, en medio de tantos edificios novedosos.

El premio no se refiere a la búsqueda de un retorno a lo vernáculo, al la reproducción tácita de lo tradicional o a construir casas con cubierta de paja en las ciudades lo que resulta absurdo y antiecológico (es tan estúpido hacer La Casa del Pueblo en Bogotá, como el centro comercial el Retiro en la vereda de Guanacas) sino a estudiar con dedicación el lugar donde se proyecta, es una invitación a proponer soluciones consecuentes con el contexto donde se trabaja, sin abandonar la búsqueda de la belleza, ni renunciar a los anhelos de la modernidad, por el simple hecho de no contar con elementos de catalogo.

El objetivo no es la originalidad por la originalidad, la vanidad no lo es todo, hay un camino en la arquitectura silenciosa.

CAMBIO: ¿Hay algo así como una lección en todo esto?

SIMÓN HOSIE: Espero que si, que genere dudas, discusiones sanas, sobretodo preguntas. Yo estoy dispuesto hablar de lo que creo, pero sobretodo de lo que siento. Soy muy joven para este reconocimiento, para este honor que me han concedido. Seria equivocado dar respuestas, eso lo hace un maestro consagrado, creo que mi responsabilidad esta en hacer preguntas, preguntas inteligentes e intuitivas en busca de soluciones reales a esta maraña de problemas, que tanto nos confunden.

A mi el premio me enfrenta con el ego, un ejercicio peligroso (hay que sobreponerse a la ilusión de la grandeza y a la codicia de nuevos triunfos). Quiero concentrarme en lo fundamental para aprovechar este respaldo por el camino que tome cuando no era foco de entrevistas, ni de envidias. Si algo me preocupa es perder mi sur.

Hay muchas formas de proceder y para mi la determinante es encontrar soluciones prácticas en los lugares que no tienen satisfechas sus necesidades básicas. Para lograr esto deseo y pretendo  conocer a fondo los lugares donde trabaje, desarrollando proyectos comunitarios (reconocerlos de verdad no solo sobre planos, ni enfrente a la pantalla, ni en los textos, sino en la casa, en la música, el chisme, la tienda de la esquina y en la cancha)

Cuando uno desarrolla proyectos para intentar solucionar estas necesidades, es seguro que los recursos llegan con el esfuerzo y la persistencia. La lección sería no esperar al cliente; el Guggenheim de Bilbao, la llamada de la tía rica o el mensaje de Donald Trump al correo personal para diseñarle su último Hotel en las Vegas.

Salir. a la calle y no limitarse a las autopistas

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Entrevista (Italia) para L´UNIVERSO.
Noviembre 14 de 2005
 

SI PUÓ OTTENERE UN PROGRESSO BASATO SULLE TRADIZIONI

Conversazione con Simón Hosie giovane e promettente architetto Colombiano

 

Traducción de Ana María Osorio 
Accademia di Architettura di Mendrisio

 

AM: Hablemos de la “Casa del Pueblo”en Guanacas, proyecto ganador del primer premio en la Bienal Colombiana de Arquitectura  del 2004. Fue un proyecto que nació en la Universidad.

Simón Hosie: La primera propuesta era un esquema básico, un proyecto de grado en conjunto con María Cristina Perea. Posteriormente estuve replanteándolo, ya como profesional. La oportunidad que da la Universidad, más que la concreción técnica, es el espacio para soñar.

AM: De donde nace la idea de hacer el proyecto?

 SH: La comunidad indígena de Guanacas tenía la ilusión de hacer una biblioteca pública.

AM: De dónde viene la tipología de este edificio?

SH: Está inspirado en las viviendas de la región, en la cultura “popular mestiza” que está sumamente desprestigiada. El mundo globalizado le ha dado esa falsa imagen de inculta, por no encajar dentro de la idea de progreso y crecimiento, evaluado a partir de lo económico y lo material.

Quise demostrar que se puede tener un progreso basado en las tradiciones, que todas esas cosas nuevas, foráneas, que tenemos derecho a absorber, a admitir, deben estar cimentadas en lo que ya existe. Que el único espacio no es el urbano y que aún hay campo para soñar.

AM: Construiste el proyecto con tus propias manos.

SH: Yo era un obrero más, la gente le enseña mucho a uno de todo lo que ya cree conocer o entender, en especial en un lugar donde no se creció. La distancia que uno tiene de esta realidad le permite encontrar alternativas para ellos inéditas, que solo son aceptadas cuando uno se gana su respeto trabajando y no hablando. La humildad es un valor que se suda. Todos los lunes hay Minga y la comunidad trabaja para fines comunes. Los otros días, trabajábamos seis personas. El proyecto duro tres años, interrumpidos por un periodo intermedio de un año y medio, cuando tuve que buscar recursos para terminarlo.

AM: Quien financió el proyecto?

SH: La Embajada del Japón, la primera parte. El Ministerio de Cultura, la segunda, declarándolo obra artística, de carácter arquitectónico. Los recursos fueron entregados directamente a la comunidad, rompiendo un paradigma grandísimo en Latinoamérica. Es la única forma en que uno puede empezar a abrirle a la gente del pueblo el espacio para la participación real en una democracia.

AM: El proyecto ha sido semilla de otras iniciativas.

SH: Algunas familias han empezado  a usar de nuevo  los materiales tradicionales: el barro y la guadua. Así pueden invertir en la educación de sus hijos, o en otras cosas, esos recursos con los que antes compraban materiales que no necesitan, sin perder la calidad de vida. La gran mayoría que habita en casas de guadua y barro en la región, ha sentido revalorado su espacio y su experiencia de lo estético. Con la visita de extranjeros y el premio, han llegado a demostrar el orgullo que sienten por sus propias casas (heredadas de los abuelos) que antes les producían vergüenza al lado de las de “material” que no son nunca tan amplias, ni tan altas como las primeras.

AM: Qué es entonces la calidad de vida?

SH: Ellos tienen mucho tiempo, tiempo para sus hijos, para recrearse, para estar en familia. Tienen un ambiente sano, viven en uno de los pulmones del mundo. Son comunidades con valores de convivencia que hay que delatar.

AM: Hay diferentes elementos arquitectónicos de la Casa del Pueblo que llaman la atención. Como los dorsos femeninos sobre la cubierta de paja…

SH: Los lucernarios son un homenaje a las piedras talladas que dejaron los antepasados como vestigio.  Si no fuera por esto, a juzgar por como conservaron el entorno, podríamos creer que nunca existieron. Estos lo pude realizar con Santiago Pradilla un escultor de cuna a quien quiero como un hermano. La iluminación esta basada en las casas tradicionales, grandes, cerradas al exterior. Los campesinos viven en el exterior, en el campo, en el sol, en las montanas, en el cielo. Cuando entran a sus casas lo que buscan es  protección, acogimiento, abrazo.

AM: La escalera de concreto es un elemento claro del mestizaje...

SH: Esta basada en las escaleras de los hipogeos, las tumbas subterráneas ancestrales. Te lleva hacia los cuadros al óleo que hice en homenaje a la gente común, (a ver a los vivos a diferencia de las tumbas que fueron hechas para que nadie molestara a los muertos, como ahora sucede) En el espacio de lectura individual cada silla lleva el nombre de una persona querida y conocida en la región. La silla de Dora, la de don Antonio, la de Silvestre. Los primeros escritos de la biblioteca son acerca de la vida de estas personas del lugar, así pueden relacionarse afectivamente con el proyecto. Solo la aceptación y compenetración de los habitantes con un proyecto de carácter público en una zona apartada del país, garantiza su uso y la sostenibilidad.

AM: Tu experiencia cambia la visión de lo que es el rol del arquitecto.

SH: Yo creo que la humildad es lo que falta. Estoy harto de la arquitectura del “ego”, que se ocupa sólo de la forma, de la imagen (aparte de la funcionalidad y rigurosidad técnica que debe proveer toda buena arquitectura). En Latinoamérica hay miles de comunidades con necesidades básicas insatisfechas, con grandes valores culturales. Están buscando la oportunidad de tener elementos e infraestructura que les ayude a solidificar su presencia en su región y frente al mundo globalizado. Ahí es donde uno como arquitecto es inmensamente valioso, desde aquí me interesa proponer. La creatividad en estos espacios puede cambiar la vida de una familia, la ventilación de una casa, la iluminación del cuarto de un niño, el color de la fachada y la atmósfera de un hábitat y no el de una revista.

AM: Qué proyectos tienes en las manos?

SH: Por un lado tengo proyectos con el gobierno como los tres centros culturales en el departamento del Vaupés (amazonas) con el ministerio de cultura o las estaciones de peaje, edificio corporativo y centros de atención al usuario de las autopistas del café y privados como casas en distintas zonas del país o restaurantes como ´el Techo´ diseñado sobre la cubierta del centro comercial el Retiro en Bogotá o ´la Portada´.

Por otro lado, desarrollo proyectos comunitarios: Actualmente me encuentro en la etapa de socialización y estudio para la “Casa de Valores” un proyecto comunitario en la localidad de Ciudad Bolívar de la capital, donde llega la gente desplazada del campo.

Quiero conocer a fondo la situación de las personas que conocí en el campo cuando llegan a la ciudad. Sólo diseñare el proyecto cuando crea haberlo entendido, casi encarnado.  Cuando haces proyectos comunitarios, involucras a todos los habitantes del lugar, a diferencia de los de vivienda que son para unos pocos. Así logras que se unan y se hagan participes, que despierten su creatividad y sus pasiones. Creo que aquí esta la clave para generar grandes cambios.

AM: Buscas financiar la construcción de la casa con un proyecto artístico.

SH: Estoy haciendo unos cuadros inspirados en los ´frentes populares´ (muros de las fachadas) de los barrios marginales, que tienen su belleza desde la parte afectiva y espiritual del edificio (algo arriesgado de mencionar)

Empecé a colgarlos en las casas, estoy conociendo a sus dueños y les estoy tomando fotografías que quiero exponer para dar a conocer, promocionar y financiar el proyecto. La exposición que haré estará conformada por mas elementos, escritos y esculturas que ahora mismo desconozco y que solo el tiempo ira develando.

No tengo ni idea como será la Casa de Valores o si realmente llegue a existir.

Por ahora solo me monto en el bus rumbo al Paraíso, con un impulso que no logro comprender, pero que obedezco por instinto. Yo creí que estaba subiendo a reconocer a estas personas, pero parece, por lo que he vivido hasta ahora en estos barrios, que lo que ellos me exigen, es que me conozca primero a mi mismo. ¿Quien soy yo para venir a proponer una solución? En estos barrios parecen confluir todas las preguntas, todos los problemas y las sin-razónes del mundo contemporáneo (como ellos mismos dicen) ¿Que carajos hago aquí? (¿porque no me dedico a hacer concursos, a resolverle la arquitectura al cliente y a ver sony entertainment televisión?) Mira donde vine a conocer a Shakespiere ¿Ser o no ser?

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Entrevista Arquitectura en Colombia por Melissa Fernández 
Revista
Construdata junio-agosto 2006
 

TRES GENERACIONES DE ARQUITECTOS 

SIMÓN HOSIE

Su biblioteca está basada en los valores del lugar y de sus habitantes.

La arquitectura de Simón Hosie es inédita, local y comunitaria. Aunque pudiera generar duda o recelo que una biblioteca con cubierta de paja ganara el Premio Fernando Martinez Sanabria en la Bienal de Arquitectura de la S.C.A 2004, este proyecto logra demostrar en sí mismo que la arquitectura es la respuesta a los anhelos y esfuerzos de una sociedad, y sin importar el lugar donde se genere, puede concebirse con los más altos estándares de calidad y diseño.

¿Cómo fue la concepción del proyecto?

Empezó siendo un  proyecto de tesis que desarrollé con María Cristina Perea, pero por supuesto el alcance del mismo era muy limitado. Teníamos las ideas desarrolladas pero con un concepto muy diferente al resultado final. Cuando terminé la tesis los líderes comunitarios de Guancas radicaron el proyecto en la embajada del Japón y sólo un año y medio después me llamaron para decir que había unos recursos disponibles para financiar parte del proyecto. Estaba claro que tenía que entrar a revaluarlo y ajustarlo para que realmente pudiera ser construido, como por ejemplo el sistema constructivo, que finalmente sería en guadua. Esto me tomó seis meses, con la colaboración del ingeniero Herbert Ramírez quien hizo el cálculo estructural. Empecé a construir la Casa del Pueblo y Biblioteca Pública de Guanacas, en Inzá, Cauca, 2 años después de graduarme y de haber trabajado en la reconstrucción del eje cafetero después del terremoto, donde diseñe y construí varios proyectos entre ellos la casa Panal.

¿y de ahí a ser ganador en la Bienal de Arquitectura?

Nunca desarrolle la Biblioteca pensando en una Bienal, ni siquiera en presentarme, de hecho es un proyecto atípico en términos de diseño contemporáneo y de vanguardia que la gente espera encontrar en un concurso de arquitectura de esta índole.

Este proyecto está basado en los valores del lugar y de sus habitantes, buscando la fusión de los materiales tradicionales y los contemporáneos a través de la tecnología de vanguardia. Pretende un equilibrio factible y sano entre lo propio y lo ajeno, que propicie un modelo de desarrollo cercano pero novedoso dentro de la región. Este proyecto no se puede ubicar en otro lugar, esta hecho para Guanacas.

Creí que la Bienal estaría enfocada hacia una arquitectura contemporánea, basada en el uso del metal, el acero y el vidrio y sustentada en la búsqueda de un lenguaje moderno congruente con los lenguajes foráneos internacionales (enfocado al tema de la ciudad). Me pareció interesante compartir mi experiencia cuando un reconocido arquitecto me invito a que lo expusiera en la Bienal. Fue sorprendente y enriquecedor lo que decidió el jurado, porque generó una polémica interesante y constructiva en torno a la arquitectura, que oxigena el discurso y abre posibilidades inéditas sobre la forma como se pueden abordar los proyectos de infraestructura en un país multiétnico y multicultural como el nuestro.

¿Entonces es un premio más a su filantropía que a la arquitectura?

El proyecto ganó sin que el jurado conociera algo del concepto, de cómo se desarrollo, del trabajo comunitario que había detrás y la forma en que interactué con los habitantes, ni de la gestión que se adelantó entre muchas otras cosas, de las que se supo solo después.

La obra ganó por su arquitectura. Cualquiera que vea las imágenes, analice los planos y el contexto donde se ubica la biblioteca, podrá descubrir los aspectos que evaluó el jurado y que supo leer, detectando que se trataba de una obra que se diseño y construyo siguiendo la lógica de la región, sin limitarse a la rigidez espacial de la tradición.

Pero para mi la verdadera dimensión del proyecto solo se logra sentir cuando se esta frente a él, después de viajar por horas en un jeep rodeado de campesinos, entre las montañas y ríos de tierradentro. Cuando se entra y se descubre en su interior a un grupo de niños, varios ancianos, dos jóvenes y una mamá aprendiendo a leer con la ayuda de su niña de 12 años. Cuando es esto lo que se destaca en medio de la singularidad espacial y técnica del proyecto. Es una arquitectura diseñada y construida para la vida diaria, que necesita y depende del cuidado de la comunidad que la rodea  y sin la cual pierde el sentido. Prefiero pensar que el premio no es a mi filantropía sino para un proyecto que contiene esta característica que me define. El primer principio para reconocerlo, es la alteridad.

¿Este concepto de arquitectura social. Comunitaria y ‘autóctona’ que justifica sus proyectos, de donde viene?

Es por consecuencia. En mi vida,  comencé a pensar desde niño, por la educación que tuve de mis padres y abuelos. Más adelante desde mi profesión, comencé a reflexionar sobre lo que entendemos por calidad de vida, y en general por el papel y la inherencia que los arquitectos tenemos sobre el hábitat y las implicaciones de nuestras intervenciones no solo en términos físicos, y materiales sino humanos y por lo tanto sociales. Para mi ser contemporáneo es tener la capacidad de proponer a partir de la situación actual, y encontrar soluciones que examinen la integralidad y no solo la especificidad. Para mí lo autóctono no es lo opuesto a lo global, sino todo lo contrario, el sentido de lo global, su verdadera fuerza, lo realmente interesante, lo verdaderamente indispensable dentro de un pensamiento sistémico, que entienda los distintos ecosistemas, que se adapte a las geografías, a los hábitos, pero sobretodo a las necesidades de cada lugar, donde lo más importante no es únicamente el hombre, sino todo lo que lo rodea. No encuentro una solución más absurda y aburrida que la uniformidad. Prefiero las comunidades que los ejércitos.

La calidad de vida se mide únicamente por el discurso económico: la cantidad de ingresos, de bienes, del poder adquisitivo. Viviendo con comunidades indígenas y campesinas en el espacio popular, como en Tierradentro, comprendí que su calidad de vida está centrada en factores no cuantificables como el tiempo que comparten con sus familiares y amigos, y que invierten en recreación y descanso, algo que en la ciudad se ha perdido. Además, en estos lugares de nuestro territorio, su condición geográfica es envidiable: están al alcance directo de los recursos naturales, sin la contaminación que tenemos que respirar los citadinos. Disfrutan de una vida más agradable invirtiendo en verdaderos garantes de calidad de vida.

Creo que satisfechas las necesidades básicas, estos aspectos complementarios se deben medir de otra forma, asignándoles un valor alto (no como ahora que son inexistentes por no ser cuantificables). La arquitectura responsable puede potenciar estos valores.

Cuando se le otorgó el premio hubo quien dijo que la selección tenía cierto tinte político y que era lamentable no habérselo dado a algún arquitecto de trayectoria. ¿Que piensa usted al respecto?

Pienso que el jurado evaluó los proyectos y decidió que la Casa del Pueblo reunía y se complementaba con los diferentes factores que la rodean. Que estaba bien armada. Que era consecuente con el lugar (su lógica) sin que la mayoría de los otros no lo fueran. Creo que mi proyecto busca un nuevo horizonte para la arquitectura en los sectores más vulnerable de nuestro territorio, que no soy el único y que la distinción de la Bienal no es un premio para coleccionar, sino un acta de responsabilidad firmada y publicada, que respalda un criterio profesional, como ejemplo a considerar dentro del ejercicio de la profesión, y que en mi caso, es un respaldo a mi manera de ver la vida (que no es distinta a como veo la arquitectura), y una invitación a los demás a asumir desde el inicio de sus trayectorias profesionales una responsabilidad con el país y con su gente, por encima de cualquier  otra pretensión. Es una apuesta del jurado, en alguien que no conocen pero que parece sensato y apasionado por lo que evidencia su obra, que es moderna, pero sobretodo Colombiana.  Estos son los premios que se le deben otorgar a Arquitectos de trayectoria, estoy de acuerdo. Mi caso es una excepción, la identidad es algo que se construye con el tiempo,  que implica aciertos y errores, el premio es un peso enorme para alguien como yo, acostumbrado a andar sin equipaje.  Pero también es una herramienta para abrir puertas,  si decido seguir por el camino que inicie y no esperar ahora simplemente a que me llamen, lo más difícil ha sido golpear tantas, y quedarse esperando afuera.

¿Cuál es ese horizonte?

Mostrar que se puede hacer arquitectura contemporánea respetando las tradiciones, entendiendo las realidades sociales y económicas tanto como las situaciones actuales. Que se pueden generar proyectos de vanguardia innovadores, creativos, con oficio y con tradición colombiana.

Que podemos afectar con nuestras intervenciones particulares, la generalidad.

¿Y siente que toda la arquitectura en Colombia tiene ese mismo horizonte? ¿Hacia donde va?

No, y afortunadamente es así, porque no existe solo un camino dentro de la arquitectura, sino múltiples direcciones que deben ser asumidas de acuerdo a su sentido, no es lo mismo una vía pavimentada que una trocha en piedra, o una guía de tierra entre la maleza. Sin embargo, cada uno, debe ser consecuente y consiente de los demás; por lo tanto lo fundamental  no es la forma, sino los valores y criterios, que proyecten un horizonte que visualicemos todos y no que miren unos pocos, desde su Penthouse.

Vivimos en un mundo global y en este país como en la mayoría hay una tendencia a la homogeneidad de lo que se considera la arquitectura globalizada.

Hace falta mucho carácter y autenticidad, para destacar nuevos procesos que cumplan con ambas funciones con la fuerza de una arquitectura como la de Salmona, que reúne lo local y lo universal. 

Hay varios arquitectos por este camino, los más importantes serán siempre los silenciosos, que defienden estos y otros ideales con ladrillos y otras piedras, sin herir a nadie. Los pacíficos, no los habitantes del chocó (aunque también)  sino los que propugnan la paz con su ejemplo.

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Reflexiones en torno a la arquitectura de Simón Hosie

‘La arquitectura como descubrimiento’                                                                                                    

Por Federico Benninghoff,  Historiador de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá.

Nota introductoria (y necesaria):

Como historiador espero no profanar los terrenos que me están vedados y recibir de vuelta la admonición poco amistosa que un colega mío les lanzó ya hace un tiempo a los “arquitectos metidos a historiadores”: zapatero a tus zapatos. Seguramente aparecerá en poco tiempo alguien mucho más capaz que yo para ponderar arquitectónica y estéticamente las obras que inspiran estas líneas, tarea que a decir verdad escapa en mucho a mis posibilidades.  Ahora bien, tampoco voy a ofrecer lo que en justicia podría esperarse de cualquier historiador, como lo sería el contextualizarlas en amplios procesos sociales, o el precisar su situación en el tiempo desde perspectivas de larga duración. Al amparo de la libertad que Simón se ha permitido en sus obras, y quizá abusando de ella, me propongo simplemente compartir unas reflexiones sueltas en torno a la propuesta arquitectónica que a la vez constituye su proyecto de vida; reflexiones que parten del grato asombro de haber podido ver en pie lo que hasta hace no mucho eran borrosos diseños garrapateados en el pupitre del colegio. 

Cuentan las sagas vikingas que fue el robo de unas vigas lo que desencadenó todo: el primer descubrimiento de América -al menos el primero de nuestra era- se habría empezado a gestar desde el momento mismo en que Thorgest se apropió de aquellas que Eric el Rojo le había encargado cuidar. Tras hacer justicia por su propia mano, Eric es condenado a seguir los pasos de sus antecesores: el destierro le es impuesto como castigo, aunque el sino de su infortunio se transformará a la larga -como siempre sucedió en su familia- en la oportunidad de avistar los parajes que el confín de los mares había ocultado a los ojos de los demás vikingos. 

Junto a los pertrechos, los animales y los hombres necesarios para emprender una nueva colonización, Eric embarcó sus preciadas vigas, menos por hacer sentir a sus codiciosos vecinos que se había salido con la suya y más para honrar una inveterada costumbre de su pueblo. Talladas por sus antepasados, constituían el vínculo material de continuidad con su cultura, y como maderos trashumantes habían entregado desde el momento mismo de su factura la suerte de las generaciones venideras a la consumación de una formidable paradoja: preservar las formas consuetudinarias de vida exigiría a los vikingos alejarse cada vez más de las tierras ancestrales en las que éstas habían sido forjadas por vez primera. Las enormes tallas, a la manera de un cordón umbilical, buscaban asegurar así a los moradores de la nueva vivienda su participación en el legado común. En la airada defensa de su posesión Eric se jugaba el derecho a acceder a la herencia cultural vikinga, a ligar su destino al de sus antepasados y a legar la tradición a sus sucesores. No es para nada descabellado suponer que las piezas no encontrarían reposo definitivo en el fiordo groenlandés en el que fueron plantadas por el Rojo para sostener su hogar, y que después de su muerte su hijo Leif las desenterraría para que guiaran sus propias correrías por el litoral Atlántico norteamericano. 

Los vikingos, por supuesto, no serán los únicos “descubridores” que llevarán consigo su casa a tierras americanas; en las sucesivas y superpuestas oleadas colonizadoras los diferentes protagonistas se encargarán de diseminar a lo largo y ancho del territorio sus propios patrones de vivienda y urbanismo. Ahí están las figuras de damero con las que los españoles buscaron vanamente emular la perfección de la ciudad de Dios para cimentar su “república” terrenal, el plano reticulado que debía dar testimonio de la magnificencia de la Corona y alabar el empeño de Castilla en extender los dominios de la Cristiandad. También pueden observarse las mansardas con las que los franceses ensayaron por todo el Caribe pequeñas réplicas de un París sin invierno, o el espejismo de un Amsterdam bañado por aguas tropicales que los holandeses fabricaron en sus Antillas. Quizás más significativas aún sean las muestras de la arquitectura colonial inglesa que los estadounidenses orgullosamente reprodujeron en Panamá cuando anunciaron junto a la terminación del Canal la tan anhelada llegada del progreso.  

Ahora bien, no obstante las continuas y múltiples empresas de descubrimiento organizadas a lo largo de los siglos, América sigue conservando su condición de tierra ignota en la que los colonizadores de todos los tiempos, en el acto mismo de enarbolar sus propias vigas, han profesado de alguna forma la idea de estar ganando con ellas espacio para la cultura más vigorosa, para la verdadera civilización, para el auténtico progreso o para la fuerza creadora por excelencia. Con ellas han buscado exorcizar los temores frente a lo desconocido y lo diferente, frente a lo que siempre ha asediado desde la bruma y la maraña el orden familiar que afanosamente han pretendido reproducir, con piezas prefabricadas que no siempre encajan y un espejo distorsionado por la topografía, el tiempo, la vegetación y las distancias. Debelar las pequeñas conjuras de un caos que se presiente acechante a la vuelta de la esquina, abrir claros en una fronda de contornos difusos e indescifrables: la arquitectura de quienes han fatigado los caminos en sus innumerables expediciones ha buscado domesticar la realidad americana antes que interpretarla en procura de su cabal comprensión. Edificar en este contexto ha equivalido en buena medida a salpicar una vasta geografía de pequeños espacios acotados que ofician como las bridas de un entorno que debe retraerse ante los usos y los valores de quienes se parapetan en ellos. No cabe duda que estas empresas han expandido el ámbito de nuestro conocimiento, pero más en el sentido de haber superpuesto en nuevos espacios las formas aceptadas por el hábito y menos en el de haber abarcado comprehensivamente aquellas que se antojan extrañas a nuestros ojos. 

Como abierto desafío a esta arquitectura misionera, revestida de una suerte de proporción áurea que sustentaría su condición de infalible molde universal, se alzan La Casa Panal y La Casa del Pueblo como las primeras materializaciones de una estimulante propuesta arquitectónica, abierta a las inquietudes y vivencias de quienes pueblan su entorno, y dispuesta a burlar las convenciones del orden y la costumbre. Una propuesta que busca convocar activamente a sus destinatarios, interrogarlos y aprender de ellos en el acto mismo de ensanchar y modificar su espacio vital, y no colocarlos ante el diseño como un hecho cumplido. 

Al contemplar esta propuesta arquitectónica es fundamental no llamarse a equívocos: en ningún caso se ufana de ser portavoz de una genuina tradición americana -como si los aportes de todos los visitantes no formaran parte de nuestro patrimonio-, ni pretende conservar intacto en urnas de cristal un mitificado legado ancestral. De lo que no cabe duda es de su compromiso con un diálogo que rescate las múltiples voces avasalladas por las vanguardias de todos aquellos que han buscado imponer su casa en tierras ajenas; un diálogo que persigue la reivindicación del trabajo artesanal como depositario de un conocimiento relegado a la trastienda, o la dignificación de una estética popular a la que se le ha negado el carácter de tal.... La arquitectura debe constituirse en un acto creador, pero no a la manera de una iluminación irradiada desde las alturas o de un acto piadoso que se congracia en demarcar una impermeable y artificiosa reserva para las formas prácticamente extintas: la obra debe echar raíces en el suelo que la sustenta y nutrirse de la savia del medio que la circunda.  

Este no es un llamado a calcar lo ya existente, remozándolo con los mejores estándares de construcción; es una invitación a expandir los horizontes de los saberes locales, a incorporarlos fecundamente en la ampliación de los ejes sobre los que opera nuestra imaginación. Más aún, la arquitectura debe abrir espacios -en el sentido más amplio de la palabra- a las formas de vida que se repliegan ante el embate de las corrientes más caudalosas, permitir que se confronten en pie de igualdad con las prédicas enunciadas  en los centros de formación y decisión más poderosos, y no esperar a que se filtren por los resquicios de las construcciones como la manifestación de expresiones agonizantes. Los muros y las estructuras que se levantan no deben erigirse en barreras infranqueables para un mundo exterior del que solo se tiene noticia  a través de las rendijas; ellos mismos deben constituirse en trazos que testimonien la vitalidad de las sociedades que los albergan. 

América sigue siendo esencialmente desconocida, y para descubrirla es indispensable dejar de llevar la casa al hombro: como lo demuestra esta propuesta arquitectónica, la tierra revelará sus dones a quienes acepten el reto de reinventarla a través de los recorridos, de tallar una y otra vez sus vigas in situ con la sorpresa y la maravilla de quien la visita por vez primera. 

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ART / SIMON HOSIE, WINNER IN THE LAST BIENNIAL OF ARCHITECTURE, CARRIES OUT A SOCIAL PROJECT IN CIUDAD BOLIVAR

An architect at El Paraíso

Simon, who built a library in a small village of Cauca with the help of its people, now with his paintings tries to build the House of Values for children and elders in Bogotá

-        AT THE BUS STOP from where all Bogotá can be seen, Simon has found the place to build his work.

LUIS ALBERTO MIÑO RUEDA, reports Sub-Director, EL TIEMPO, Sunday, May 8, 2005

Simon Hosie Samper, a copper-beard young man wearing blue jeans and a t-shirt and carrying a knack pack on his shoulder, goes by bus to El Paraíso.

Simon, aged 30, holding a degree as architect from the “Javeriana” university and winner of last Biennial of Architecture, could be going towards the construction site of an elegant building in the north of the city, but instead, he is happily going by bus; that bus full of displaced people from the countryside, of workmen, of street-vendor children who sell candy by the traffic lights; that bus that gets lost in the dusty streets in the south of Bogotá and climbs up a hill along a cement road. 

He is looking through the window bus contemplating the wet clothing hanging from the terraces, the shops where yellow hens are sold and the children playing football.  “I love this landscape; here, the streets are alive, people say hello to each other, people know each other”. 

The journey ends among a row of houses made with bricks, blocks, tins, boards; some are lifted up on top of violent falls like goats and seem to collapse just with a blowing. 

That is El Paraíso; the last neighborhood of Ciudad Bolivar where the just-arrived displaced people end up looking for their first roof in the city. 

Simón has visited it about fifty times.  “At the beginning, people used to recommend me to be careful because it is a very violent zone, but talking to people, you can see that it is something different, that good people live here.  Once, talking to a man about it, he said to me that I should not be worried about it because if something happened to me, I was at the right place:  ‘The Paradise’. 

At the bus stop, in a lot where there are only old shoes and garbage bags, from which the city is seen from head to toes, the young architect found the place to build his dream:  The House of Values, a place where elders and children of the neighborhood may have a library, a place where they can get entertainment, watch a movie or go for a theater play. 

“It is going to be something as symbolic as Monserrate; it is going to be seen from several viewpoints.  People are going to be proud of living here”. 

Simón’s life, with German background and artist parents, has always been surrounded by adventures and dreams. 

When he was younger, he liked to go hitch hiking through inhospitable regions of the country or to get lost in the jungle of the Cahuinarí Park in the Amazons, for weeks. 

At the faculty of architecture of Javeriana University, he was not only known as a great football player and a long-hair rebellious guy, but also as the best student and the only one who used to speak about a social architecture. 

His graduation project was a library for the small village of Guanacas, a town lost in the mountains of Cauca, which was worthy a 10 for his graduation thesis and his professional degree. 

Working for people

A month after finishing his studies, in January 1999, the earthquake in the Coffee-Grower Zone occurred.  Simon then left with his knack pack to Armenia to help with the reconstruction.  “I saw the mistakes made in the constructions, the bad materials used for houses of families that get the minimum wages and who save all their lives long to buy a roof and it collapses”. 

He got in love with three hurt families.  Recycling guadua and getting money from friends, he helped them raise their houses in the neighborhood Nueva Libertad[1]. 

“I could realize that the most beautiful aspect of architecture is not to build big buildings but to undertake the simplest fights such as opening a window in a room where there is no illumination for a family or planting a tree by the door”. 

After a working year among debris, Simón thought about going to Spain to study with a scholarship, but the Embassy of Japan gave the resources to make the library of Guanacas and he changed the flight to Madrid for a ticket by ‘chiva’[2], between peasants and plantain bulks.  He went to this small village, marauded by the guerrilla, with no television, electricity or telephone lines. 

He spent three years in a small earthen house.  He lifted stone by stone and guadua stick by guadua stick to make a beautiful library, with the help of the peasants.  He was the goal scorer of the village football tournament, painted oils with 12 of its inhabitants and became one more peasant. 

“I was happy in Guanacas.  I learned that things are more valuable when you make them with your hands than when you have someone make them for you.  The marginal neighborhoods have that characteristic because they have houses made by their owners’ hands”. 

Last year, Simón won the Biennial of Architecture because of the library.  The honorable mention was good for him to be well-known in the architecture environment, but above all things, to confirm that he was not wrong. 

After the prize, he was tempted with several proposals.  “A lady wanted me to make her house in an island and another man, a farm in guadua”.

However, Simón kept on his way and started working for a dream that was making him spend sleepless nights since he was going to the university:  to make a work in Ciudad Bolivar. 

He joined Sandra Sánchez to plan the project for the House of Values.  Sandra is an inhabitant of El Paraíso, who studies law with a scholarship from “El Rosario” University and leads the Foundation “Oasis”. 

“We have a three-story house but there are so many children and elders that there is no room for everybody”, Sandra, aged 19, says.  She started her work being a child after one of her neighbors died of starvation. 

The Foundation will be in charged of managing the resources and getting the labor among the inhabitants of the zone. 

Simón works silently.  She travels by bus.  Although he transports himself by an old Volkswagen, he prefers to go to the neighborhood as its more than 30 thousand inhabitants do it.  “I like to talk to the man in the corner shop, with the woman who sells candy and I even buy shoes made by these local people’s hands.  For me, that is more valuable than any brand”. 

He has already started making the designs at the workshop he has in the farm where he lives, in the outskirts of Cajicá.  “It will have the colors of the zone and the materials from the neighborhood, (cement blocks, lamina sheets, wood, etc.) because it is important to respect the environment.  My work is not a repetition of materials but of the values that communities have such as honesty, simplicity, humbleness and team work”. 

Painting pictures

Simón’s strategy to get the lot of ground, estimated in 300 million of Colombian pesos, is another mad thing! 

The young man is going to make a collection of abstract paintings called “Murals” made with images of walls from which he has got impressed along his walks in El Paraíso. 

He will hang the paintings on 15 leaders’ houses walls that the community is choosing, will take them a photo that will be enlarged into a special frame with lights effect.  At the end of the year, he will expose them. 

“In the country, there are many people who spend millions on a painting that fits with their sofa.  The idea is that they buy one of my pieces of art and use it not only to decorate their house but to contribute with a good action”. 

Simón says that once the lot of ground is bought, they may get the money for the materials with European organizations.  He will get the money for his sustenance during this time selling smaller photos that he will offer to lower prices to people who want to help him. 

In this adventure, he is not alone.  Her girlfriend, the anthropologist Liliana González, is in charged of collecting life stories about personages in the neighborhood that will be included with each painting.  Silvia Laserna helps him with the photographs and Hérbert Ramírez, a civil engineer, helps him calculating the structure. 

In mid April, Simón went up to El Paraíso with his first work.  A three-month work gray oil painting, still wet.  He painted it with a small notice he found on a wall during his walks:  “There is no ring bell, shout”. 

He arrived with his piece of art to a small brick house with roofing zinc tiles where a 64 year-old small woman, Margarita Quintero, lives with her mentally handicapped daughter and four chickens kept into a cage in the middle of the living room. 

“She is a very special leader who fled displaced from Santander.  She used to sell candy and wash clothing in other people’s houses, but he got unemployed and without money to pay her rent.  Then, with some neighbors, we made her a hut”, Sandra comments.

Simón hanged the picture on the façade, had Margarita sat on a chair next to her dog laid in its tin plate little house, and took them a photo. 

Margarita’s portrait, her anonymous story-life and the picture will become the first brick to build this architect’s dream who tries to leave his piece of art at El Paraíso.¨ 

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I do hereby certify and swear that the foregoing translation is true and accurate to the best of my knowledge, skill and ability and it was done based on a non-authenticated original provided to me, to which faith and credit are due.  For the contents of this document I assume no responsibility.  I have hereunto set my hand and affixed my official seal this 15th day of December 2006. 

Martha M. Herrera S.Official Translator and Interpreter

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Revista AXXIS

Texto: Alberto Saldarriaga 

LOS PREMIADOS XIX BIENAL COLOMBIANA DE ARQUITECTURA 

El premio habitualmente más discutido es el de la categoría Proyecto Arquitectónico, en este caso otorgado a la biblioteca pública de Guanacas, en el departamento del cauca, proyectada y construida por Simón Hosie Samper. En esta obra, de formato pequeño e impecable construcción artesanal, se reúne lo tradicional y lo contemporáneo en una fusión interesante. La escogencia se presta a discusión, especialmente ahora cuando la internacionalización del lenguaje arquitectónico reconoce como contemporáneo solo aquello en concreto, metal y vidrio.

El proceso seguido por el proyecto “Casa del Pueblo” es muy interesante de describir. Simón Hosie estudiante de último año de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Javeriana, junto con María Cristina Perea, lo propusieron en 1998 como tema de tesis y como tal fue aprobado. Posteriormente Simón Hosie trabajó durante un año en la reconstrucción del eje cafetero donde se familiarizó con el uso de la guadua. Con ese conocimiento se radicó en la vereda de Guanacas e inició la primera etapa de la construcción del edificio, con una inversión de sesenta millones de pesos donados por la embajada del Japón. Esta etapa duró un año y medio. De regreso a Bogotá Hosie gestionó los recursos para la terminación de la obra. El Fondo Nacional de Regalías aportó doscientos cuarenta millones con el aval del proyecto “La Casa Grande” del Ministerio de Cultura. Con estos recursos el arquitecto se recluyó nuevamente en Guanacas y participó, junto con los constructores de la región y con la comunidad, en la terminación y dotación de la edificación.

Para lograrlo hubo que imaginar todo tipo de estrategias, desde el traslado a lomo de mula de algunos materiales hasta el diseño de los andamios para la construcción de la cubierta. Hosie mismo realizó las pinturas murales con retratos de los vecinos en algunas superficies interiores de la biblioteca. Todo el proceso culminó a finales del 2003.

El trabajo en una zona de conflicto armado no fue fácil, pero el resultado ha probado ser altamente positivo. La biblioteca es ahora un punto de referencia en el lugar y de noche hace las veces de una gran lámpara que ilumina la vereda y alienta a los habitantes, antes atemorizados por la situación, a visitarla y vivirla.

Los efectos políticos son también interesantes. El líder comunitario que actuó como administrador de los recursos de la obra es ahora alcalde del municipio y continua la labor iniciada hace años por Simón Hosie.

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Arquitectura y Solidaridad

por Sophia Rodríguez Pouget

Opina Simón Hosie Samper, ganador del Premio en la categoría Proyecto Arquitectó nico en la Bienal 2004

De 29 años, este arquitecto bogotano, comprometido con los sectores sociales más vulnerables, convivió 3 años con la comunidad indígena de Guanacas en Tierradentro (Cauca), haciendo realidad su sueño de construir una biblioteca.

"Lo más interesante fue el trabajo arquitecto-comunidad, que se refleja en la parte física de la obra, pues lo construimos con materiales y mano de obra de la región, resaltando la estética de la zona, desarrollando la capacidad que tiene la comunidad de ser autosuficiente y respetando su cultura ancestral. Porque cuando un campesino ve que el desarrollo de la nación va siempre en contra vía de lo que ha vivido, eso le genera un choque. Además el país -a través del INURBE siempre les ha metido el cuento a los indígenas y campesinos de que son pobres, marginados y que viven en la miseria, cuando tienen una calidad de vida que debe medirse por otros aspectos que no son simplemente los materiales o superficiales".

Superando además los riesgos de seguridad en una zona de alto riesgo, Hosie afirma que "esta no es una arquitectura de revista ni hecha para "descrestar" sino comprometida con otros valores". El proyecto contó con el apoyo de la Embajada de Japón y del Ministerio de Cultura y gracias a la SCA y a la Universidad Nacional fue declarado obra artística de carácter arquitectónico. "Lo mejor fue que creyeron en el proyecto y nos apoyaron sin tener "palancas", lo que me motivó mucho, pues pienso que los arquitectos tenemos el gran compromiso de responder a las necesidades básicas de lo sectores más vulnerables de Colombia (desplazados, indígenas, zonas marginales etc.), por eso actualmente estoy trabajando en un proyecto para Ciudad Bolivar".

Tomado del periódico El Tiempo, Edición dominical, 1 de agosto de 2004

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Simón Hosie y la metafísica popular

por Ana María Escallón

El altruismo enfrenta a gigantes con molinos de viento. Desde lo primigenio, pasando por Dante, o como El Quijote con su caballería invencible, se ha querido posibilitar lo imposible. Esa convicción contradictoria pero comprometida, la tiene Simón Hosie.Tal vez por eso mismo, llegue lejos.

Hosie busca el verdadero valor del tiempo, en el tiempo perdido. Empeñó ocho años de su vida profesional y artística en un imposible: re-capturar el sentido de las cosas simples, de los seres del común que obviamente tienen sus propias reglas de juego mientras desafían las contrarias y acartonadas representaciones de lo culto, como conducta. Busca los quiebres de las razones licitas de lo sencillo, de lo que no brilla pero tampoco opaca.

Su principio de vida es simple: Ser y No Tener. Valor que en nuestra época del capitalismo rampante es un imposible, a menos que tenga la fuerza irrenunciable de un legado; como en este caso: el ejemplo y las ideas heredadas de su abuelo Edgar Hosie y las demostraciones prácticas de su abuela Julia, a quienes Simón les dedica esta exposición.

Hosie empezó a conocer Colombia desde muy niño de la mano de sus padres errantes, con los que vivió todos los paisajes y etnias. Desde el Magdalena hasta los Llanos, las costas y sus mares, los ríos y sus vertientes, las diversas cordilleras, el pueblo con la esquina y su respectiva tienda. Dicken Castro lo describe como un "etnógrafo natural" que con el tiempo fue mezclando ese caleidoscopio que es su obra, en la que -entre otros elementos- hay muchos recorridos, el interés por lo etnográfico y la profundidad de la investigación antropológica.

Practica la profesión de arquitecto, por la que ha recibido varios reconocimientos nacionales e internacionales, que alterna y combina con sus obras pictóricas, sus letreros, sus fotografías, su exposición de ropa, sus bancos de la república, su creación y edición de la revista "Buenas". En la maqueta de su proyecto "Casa de valores" se refleja este universo en el que sobresale un molino de energía eólica que podría abastecer, incluido el proyecto, todo un sector popular. Para Dicken Castro las manifestaciones de Hosie son explosiones creativas en las que pone todo de sí, como lo demostró en la Plaza de Bolívar, armando la casa de una lavandera en pleno centro del poder, cuestionando la Identidad de los palacios, catedrales y demás edificios emblemáticos, con lo que se reafirma su esfuerzo por comunicar la condición de un mundo cultural perdido, en el que la gente sobrevive escribiendo letreros sobre los muros. Esta convicción se puede confundir con ansias de protagonismo y puede resultar exagerada para quienes prefieren el mutismo y la pasividad. Hosie actúa.

Como siempre, el viento está en muchas de sus preocupaciones, que las entiende como Jung "el viento es dios, lo Invisible e Intangible". El viento seca la ropa de sus entrevistados para la revista "Buenas" o el mismo que produce energía en su proyecto del Paraíso en Ciudad Bolívar. Un espacio con biblioteca, comedor comunitario y grandes talleres, donde los niños y los ancianos podrán construir, arreglar, soldar, tejer, cultivar, armar y hacer sus utensilios más básicos: como una banca, los más comunes: como la ropa y los más sofisticados: como un carrito de balineras. Simón Hosie busca en lo elemental las soluciones de lo fundamental. Las estrofas de su himno son símbolos naturales, expresiones que, por neutrales, buscan de una manera útil encontrar significados espirituales en lo sencillo.

La sociología del objeto

A Simón Hosie, le gustan las contradicciones como puntas de lanza que ponen en duda el verdadero significado de las cosas y sus valores. En su sistema nervioso, con síndrome de danza, hay músculos que son convicción y en medio de este ir y venir se vislumbra un interrogante ¿por qué a lo popular lo llamamos inculto?

Simón Hosie aplica la profesión a su convicción social. Es un arquitecto de utopías hasta el punto de haberse ganado a los 28 años, en el año 2004, el Premio Nacional de Arquitectura con su biblioteca pública: La Casa del Pueblo. La construyó basado en las necesidades propias de la región, con los valores y creencias de sus habitantes y los recursos convenientes para el lugar.

Una biblioteca que congregó a toda la región de Inza, Vereda de Guanacas en el Departamento de! Cauca, convirtiéndola en una comunidad unida, hasta el punto que, esta biblioteca, quedó como modelo nacional de integración de habitantes, siguiendo y respetando la herencia de las costumbres, la sabiduría que se encuentra en la práctica de la vida misma y que se nutre de lo nativo, de lo propio.

En Guanacas comenzaron sus obras pictóricas, su ropa colgada y sus retratos de vida que muestran esa veneración por la fuerza humana, la dignidad fiel de la pobreza, la autonomía del espíritu espontáneo y la atracción por los muros, pero esta vez en una zona marginal de Bogotá, el barrio El Paraíso en Ciudad Bolívar.

En este trabajo -uno de los tantos temas de esta exposición- Hosie muestra esa pintura que se basa en los muros de las viviendas populares, a los que fotografía como documento indeleble. Su propuesta estética y conceptual tiene un grado de compromiso admirable con la realidad, hasta el punto que la sostiene una profunda investigación.

Los símbolos reúnen esta propuesta conceptual:

-  Las cartas de vida que reinterpretan a la ejecutiva Hoja de Vida, privilegiando el tiempo recorrido. Idea que nos vuelve a llevar a su principio: Ser y No Tener. -El banco de la república, uno muy simple y común -por eso popular- construido en madera, que la gente utiliza frente a su casa para sentarse y dialogar con el amigo, o el vecino. Su fundamento es el de retomar las estrategias cotidianas del diálogo abierto, con el que se Intercambian las contradicciones, mientras ejercemos la tolerancia como ejercicio del respeto por el otro. Ingrediente, éste, que nos hace más pacíficos y nos une a la esperanza de algún síndrome común. Propuesta, además, que busca transformar en algo nuestra violenta cultura ciudadana. -El árbol nativo con el que denuncia la importancia de la conciencia ecológica en esta tierra de nadie. El tejido social bordado, como si fuera una marca comercial, pero con desprendimiento literal de esos símbolos de estatus, por eso se llama: libre de Marca. Las pinturas en su obra son una reflexión que se acerca a la arquitectura popular. El muro, las capas de pintura libremente expresada en la tela, deja manchas en las diversas superficies. En su trabajo, Hosie busca esa misma combinación de colores que ha observado en muchas de las fachadas de las casas populares que se dividen en dos secciones: el zócalo y el resto.

Hosie le presta al muro arquitectónico su concepto básico para pintar una obra casi toda abstracta; con una geometría irregular, muy densa y en la que escribe frases que han salido de su investigación de avisos populares, de transformaciones filosóficas, de contenido poético... Con sus letreros busca romper un lenguaje erudito en el que lo importante es lo que se manifiesta. Sobre su pintura Dicken Castro opina que se trata del "espíritu total de una colectividad".

Por eso el titulo de la exposición "ablando con la pared". Porque en sus letreros busca romper la gramática, mezclar los tiempos de los verbos y convertir las confusiones gramaticales en aciertos. Sobre todo si los leemos, desde otro punto de vista, donde todo tiene que ser interpretado a la manera de cada quien y a la deriva de cada cual. Es un trayecto que necesita tiempo.

Entre sus certezas, Simón Hosie tiene la seguridad de que los colores corresponden a una constante nacional: un rosado curuba, un azul claro y un verde hospital. Sus cuadros son la recreación de esos muros de baharegue, de lata, de plástico, de las estructuras en guadua, de la mezcla del barro y color a los que les gusta la desinhibición de la estética popular y en que lo importante son la autenticidad y la libertad."Labo ropa con Platón..."describe el encuentro entre un mundo "culto" y tecnológicamente avanzado, con uno desprestigiado en el que las personas aún dependen de oficios comunes y utensilios elementales para sobrevivir. Es la denuncia de una lavandera como todas (inexistente para muchos) escrita sobre un muro tan irreal, como el de miles de cambuches que desafían, desde los cerros, las ciudades modernas y los postulados de La República: creación que viene desde las épocas grandes de Grecia. Así, con sus escritos reescritos y otros Inventados, reta la lógica de la semiótica, de las estructuras lingüísticas cultas.

La Carta Furtiva de Olga que Hosie le envió a Beatriz González y sobre la cual gravitó una exposición importante de esta artista, es también un eje que recoge el trabajo que se puede ver completamente en esta muestra, en la que una obra de arte es suscitada por otro creador. Dentro de otra fase conceptual, los colores son envasijados en frascos, lo que aumenta la contradicción: el agua y el aceite, sumado a sus etiquetas como "Pintura Clásica", en las que la constante sigue siendo el reto a un lenguaje que duplica metáforas.

Hosie trata de imaginarse un mundo donde no exista la estética dominante. Cree en las manifestaciones libres de prejuicios. Deja al aire la identidad de seres que presenta en sociedad en su revista "Buenas". Idea -esta última- que ha tenido una trayectoria difícil, en la que ImontañaS, el periodista, seudónimo de Hosie, hace una parodia de la revista social "Hola" que, como los espejos de los españoles conquistadores, nos muestra una banalizada vida de ricos y nobles; de prejuicios que se devuelven como boomerang ante la autenticidad y sencillez de quienes saludan en la calle, desenmascarando las representaciones de la moda, las conductas estereotipadas y las apariencias cultas; dejando, sin telón de fondo, la escenografía que acompaña los postulados sociales de un estatus promisorio y sin profundidad.

Estas múltiples ideas son una continuación filosófica del uruguayo Joaquín Torres García, quien en su Escuela del Sur creó La Regla Abstracta. Con ésta se refiere a lo inédito de América que profana las reglas, a la variabilidad de las formas dentro de la superficie del cuadro, teniendo todas un mismo valor y con las que abre las posibilidades de nuevas estructuras que despierten una inquietud desde el espíritu.

Como final de un gran recorrido queda la maqueta de "Casa de Valores", propuesta práctica que puede ser una solución real para algunas de las necesidades de ese enorme mundo marginal que es Ciudad Bolívar. Seguramente Hosie logrará su nueva utopía, o sea la de enfrentar a otros gigantes con otros molinos de viento.

Tomado del plegable para la exposición en el Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, 2010