Ana Maria Escallon

Bogota

Críticos

Figura Humana

 

Ana María Escallón

Critica de arte

 

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Bogotá, 1954.

Estudios

Ciencias de la Comunicación Social, Universidad Jorge Tadeo Lozano, Bogotá.

Master en Historia. Georgetown University.

Especialización en Cine Documental - NewYork University.

Especialización en Arte. Princeton University.

Trayectoria

Direotora del Noticiero Panamerican Films.

Colaboradora del Espectador,

Columnista.Curadora de Exposiciones:

América Una Mirada Interior.

Zurbarán en América.

El Signo de Manuel Hernández.

La Vida y la Sociedad.

Mito, Arte y Magia.

Asistente de Investigación en RTI.

Programa libros y lectores en su vida.

Profesora de Cátedra, Universidad de los Andes: Historia del Arte América Latina.

El Arte y los Nuevos Medios de Comunicación.

Crítica de Arte (Seminario)

Portafolio Seminario. Editora de la Prensa. Jueves Cultural.

Colaboradora de la Revista credencial.

Colaboradora de la Revista Arte en Colombia.

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Entre los amores fatales, hay uno que en los últimos tiempos se ha tornado especialmente conflictivo. Se trata del romance entre el artista y el crítico. En este affaire que ya lleva un buen tiempo, ninguno puede vivir con el otro, pero tampoco puede hacerlo, sin el otro. Sucede que, justa o injustamente, en la actualidad la obra artística sin la labor de difusión no existe. Por el contrario, sin la obra de arte el crítico se quedaría sin disculpa para demostrar su habilidad intelectual, la agudeza de su ingenio y la monumental egocentría de su conocimiento.

Esta mutua dependencia hace que artista y crítico marchen juntos, cual Batman y Robin, por la gloriosa senda de la popu laridad. Representante de la parte crítica de esta furibunda relación, Ana María Escallón, ha desempeñado su papel con fidelidad total al libreto: es decir, ha sido beligerante hasta la agresividad, vehemente hasta el escándalo y apasionata sin misericordia. Gracias a esta actitud, la crítica bogotana ha mostrado para que sirven las maestrías de historia de América Latina en Georgetown y de historia del arte en Princeton.

Además de lo anterior, la carrera de esta fan de las pañoletas, puede ser considerada como una especie de paradigma por todos aquellos periodistas (graduada en la Tadeo, con experiencia en El Espectador, la Prensa y CROMOS) que desean abrir las puertas de la codiciada suite de la burocracia colombiana. Es que para llegar a ser miembro del equipo del preescolar "Cesarín Gaviria", primero, y, directora del Museo de las Américas de Washington, después, no sólo basta soplar y hacer botellas. Antes hay que escribir libros sobre Ariza, Manuel Hernández, Antonio Roda y Fernando de Szyslo, y hacer cura durías sobre eventuales exposiciones de Zurbarán en América o de Santiago Cárdenas en Bogotá. Mejor dicho, hay que hacer algo que lo amerite, porque muchas cosas se pueden decir de Ana María Escallón, menos que no ha trabajado duro.

Tan duro como debe estar haciéndolo ahora (1996), cuando prepara un libro sobre 22 de las artistas latinoamericanas más importan tes de este siglo y cuando tiene metida entre las dos cejas crear una red americana de museos. Conociéndola creemos que logrará sus proyectos, aunque si no es así, estamos seguros de que por lo menos dará la pelea.

Tomado de la Revista Cromos No.4067, 8 de enero de 1996

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Dando la pelea 

por Hernán Díaz

Entre los amores fatales, hay uno que en los últimos tiempos se ha tornado especialmente conflictivo. Se trata del romance entre el artista y el crítico. En este affaire que ya lleva un buen tiempo, ninguno puede vivir con el otro, pero tampoco puede hacerlo, sin el otro. Sucede que, justa o injustamente, en la actualidad la obra artística sin la labor de difusión no existe. Por el contrario, sin la obra de arte el crítico se quedaría sin disculpa para demostrar su habilidad intelectual, la agudeza de su ingenio y la monumental egocentría de su conocimiento. Esta mutua dependencia hace que artista y crítico marchen juntos, cual Batman y Robín, por la gloriosa senda de la popularidad.

Representante de la parte crítica de esta furibunda relación, Ana María Escallón, ha desempeñado su papel con fidelidad total al libreto: es decir, ha sido beligerante hasta la agresividad, vehemente hasta el escándalo y apasiónala sin misericordia. Gracias a esta actitud, la crítica bogotana ha mostrado para que sirven las maestrías de historia de América Latina en Georgetown y de historia del arte en Princeton. Además de lo anterior, la carrera de esta fan de las pañoletas, puede ser considerada como una especie de paradigma por todos aquellos periodistas (graduada en la Tadeo, con experiencia en El Espectador, la Prensa y CROMOS) que desean abrir las puertas de la codiciada suite de la burocracia colombiana. Es que para llegar a ser miembro del equipo del preescolar "Cesarín Gavina", primero, y, directora del Museo de las Américas de Washington, después, no sólo basta soplar y hacer botellas. Antes hay que escribir libros sobre Ariza, Manuel Hernández, Antonio Roda y Fernando de Szyslo, y hacer curadurías sobre eventuales exposiciones de Zurbarán en América o de Santiago Cárdenas en Bogotá. Mejor dicho, hay que hacer algo que lo amerite, porque muchas cosas se pueden decir de Ana María Escallón, menos que no ha trabajado duro. Tan duro como debe estar haciéndolo ahora, cuando prepara un libro sobre 22 de las artistas latinoamericanas más importantes de este siglo y cuando tiene metida entre las dos cejas crear una red americana de museos. Conociéndola creemos que logrará sus proyectos, aunque si no es así, estamos seguros de que por lo menos dará la pelea.

Tomado de la Revista Cromos, No. 4067, 8 de enero de 1996

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Retrospectiva íntima

Colecciona arte. Por supuesto. Pero también relojes, teteras, manos, caballos, binóculos para teatro, cajitas de plata, cabezas de Buda y casi cualquier cosa que se le cruce en el camino, en el trabajo, en los viajes o en las herencias. Ana María Escallón tiene el ojo afinado y sobre desarrollado: es capaz de encontrar un objeto precioso y valioso (aunque no cueste nada), de un solo vistazo, en un arrume de zapatos viejos.

Su apartamento es una prueba contundente a irrefutable de ese talento (porque se requiere talento para reconocer la belleza antes de parpadear si quiera). Entonces, resulta apenas lógico que todo lo que tiene, desde una rueda antigua a un separador de hojas, le guste, lo disfrute, sepa la historia y recuerde exactamente de dónde lo sacó. "Aquí hay un poquito de todas mis vidas".

La conocida crítica de arte, una de las personas que más ha estudiado a Fernando Botero y su obra, elevó un muro a media altura, con la complicidad de un amigo arquitecto, con el único objetivo de exponer sus Budas. Ese es el rincón de la Escallón espiritual. También hay rastros de la periodista, de la hija, de la biógrafa, de la viajera, de la columnista, de la curadora, de la amiga, de la coleccionista... de la ex directora del Museo de las Américas de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Está recién desempacada de Washington, donde trabajó casi 10 años junto a César Gaviria. "Una mudanza es peor que el infierno". Para ella, sin duda, lo debe ser. Además de sus cuadros, de sus esculturas y de sus libros de gran formato, tiene que cargar con el peso de sus otras colecciones. Con los "relojes del tiempo ganado", con los muebles antiguos que tiene regados por la casa, con la jaula del pájaro imaginario, con el comedorcito que heredó de su mamá y que siempre había querido, con la puerta que trajo de China...

China. China. China. Escallón descubrió la China durante los años que su papá era embajador. Y se enloqueció con lo que vio. "Son tan finos con los detalles". Pero ahora está en Colombia (y feliz de estarlo). Está dedica da a ponerle orden a su apartamento y a acomodar allí todo su "mugrero". No se explica cómo, pero cada cosa va encontrando poco a poco su lugar. "Todo cabe en mi vida".

Sufre de "deformación profesional". En películas de cine o en programas de televisión, por ejemplo, está siempre viendo los cuadros y la decoración. Parece que estuviera obsesionada y que su vida girara en función de los objetos. Pero es sólo una ilusión: aunque los adore y los venere, tiene la política de no sufrir por cosas materiales. Una lección que aprendió cuando sobrevivió a un accidente aéreo en España.

Sufra por ellas o no, la realidad es que Ana María Escallón vive rodeada de cosas exquisitas y originales. Especiales. Incluso Séneca, su perro, es una pieza única de colección: es un Coton de Tuléar, perro oficial de Madagascar, del que se enamoró en Washington. Una raza de gran belleza, exótica y, por su puesto, difícil de conseguir... Como casi todo en su apartamento.

Tomado de la Revista Cromos No.4644, 12 de marzo de 2007

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Vida en contravía

"Me gusta llevar la contraria y hacer lo que a mí me parece. No me gustan los horarios, no creo en el matrimonio ni en el amor eterno y nunca quise tener hijos. Me criaron para ser ama de casa, pero quería hacer cine porque mi papá tenía una productora, Panamerican Films, que hacía noticieros que pasaban en Cine Colombia mientras cambiaban de rollo en las películas. Me metí a Comunicación social, pero no en la Javeriana porque los curas no me iban a enseñar nada de la vida. Fui a la Tadeo Lozano.

Mi mamá siempre se escandalizó con mi rebeldía, ella quería que yo fuera una señora bien y le diera nietos, pero yo me hacía echar de todos los colegios: del Británico, luego del Femenino y del colegio de la Nena Cano. Era hiperactiva, me robaba las notas, los exámenes, me volaba de clase por los muros, me metí de acólita solo para comerme las hostias y tomarme el vino después de la misa. Al final me recibieron en el de Josefina Castro de Escobar y al fin me gradué.

Mientras estudiaba en la universidad, trabajé con mi papá, él me apoyó en todas mis locuras, por eso cuando se separaron yo me fui con él. No le contaba nada de lo que hacía y me decía que todo lo hacía al revés pero en el fondo sabía en qué estaba yo. Al fin me casé en 1976. Ricardo Vargas era un amigo de mi hermano, buen estudiante, de buena familia. Mi mamá estaba convencida de que él era mi redentor. Había amor, yo estaba convencida de que algo malo tenía que estar haciendo y creía en la pendejada esa del matrimonio. Nos casamos por la Iglesia con toda la parafernalia, con fiesta en el Jockey Club y mil invitados de los que apenas conocía siete. Menos mal hubo dos orquestas y nos dedicamos a bailar, cenamos con el presidente Alfonso López, gran amigo de mi papá, y los ministros. Nos regalaron un montón de cosas que guardé y al que llamaba `el botín. Lo abrí 20 años después.

AI poco tiempo a Ricardo lo nombraron en el BID, en Washington, y tuve que irme de ama de casa. Para desaburrirme me metí a clases de inglés, hice un master en Historia de América Latina, en Georgetown. Conocí a Marta Traba y a su esposo Ángel. Ellos me adoptaron, me llevaban a exposiciones y fui cambiando el rumbo de mi vida. Yo pensé que sería periodista de política internacional porque había vivido de cerca el poder, pero ella me hizo conocer el arte y me convenció de que viera todas las materias a mi manera. Si estudiaba la revolución mexicana, lo hacía desde el muralismo, si el tema era el modernismo lo hacía desde la pintura argentina a principios de siglo. Me costaba el doble de trabajo, investigaba más pero era feliz llevando la contraria. Cuando Marta murió, tuve que decir unas palabras en un homenaje que le hicieron en Estados Unidos y allí decidí que yo haría lo que ella me había enseñado y me dedicaría al arte.

Me di cuenta de que el mundo es muy grande y que uno no debe hacer lo que le dicen los demás. A los cinco años de matrimonio me fui independizando hasta que un día me fui. El rompimiento total fue cuando sobreviví a un accidente aéreo, el 13 de septiembre de 1982, y vi de cerca la muerte y entendí que debía vivir mi vida. Me vine para Colombia, me liberé, trabajé en periodismo. Busqué más, aprendí de arte, viví con diferentes personas, con un pintor, con un filósofo, experimenté.

Siempre con mi rebeldía, hacía todo lo contrario de lo que mis jefes me pedían. Cuando estuve dirigiendo el Museo de Arte Contemporáneo de las Américas, en la OEA, en Washington, por fin pude hacer lo que yo quería, hasta entraba a mi perro al museo. Hice un comité para rechazar lo das las exposiciones malas que los 33 embajadores querían imponer. Se me ocurrió montar la exposición de Botero en Constitution Aveneu y puse a Adán y Eva desnudos frente a la Casa Blanca. Tuve que pelear contra la OEA, el FBI, la CIA, departamento del Interior, con el Alcalde, porque todos decían que no se podía. Me llamaron al Congreso a explicarles a los republicanos por qué hay dos tipos desnudos frente a la Casa Blanca. Yo les dije que ellos han estado desnudos toda la historia de la humanidad porque Adán y Eva nunca han estado vestidos. Me dieron permiso por un mes, pero la exposición se quedó tres y no querían que se fuera. La secretaria de Estado Madeline Allbright me llamaba para que la acompañara a verla, se ponía bufanda y gafas para ir de incógnita.

Ahora estoy en Colombia escribiendo libros, haciendo curadurías. No tengo horarios, no me importa si entra plata o no. Sigo nadando contra la corriente".

Tomado de la Revista Cromos No. 4694, 1 de marzo de 2008

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  Ana María Escallón: Crítica de arte. Estudió Ciencias de la Comunicación Social en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Master en Historia de América Latina de la Universidad de Georgetown. Se especializó en Cine Documental en la Universidad de Nueva York y en Arte en la Universidad de Princeton. Fue directora del Museo de Arte Contemporáneo en la OEA en Washington. Ha sido colaboradora del periódico El Espectador y de las revistas Credencial y Arte en Colombia. Columnista en diversos diarios y curadora de numerosas exposiciones en Colombia y en el exterior.

Tomado de la Revista Mundo 38-39, 2011