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 Teatro Clásico

 

 
A ColArte

 

   

¿Por qué no tenemos más teatro clásico?

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El alto costo de producirlas, una de las razones de la escasa presencia de estas obras en cartelera.

Al revisar las carteleras de teatro en Colombia, podemos constatar que la presencia de los clásicos es mínima y a veces nula. Con contadas excepciones, en las últimas décadas parece que los creadores colombianos huyeran de cualquier posibilidad de enfrentar un clásico.

Esto puede deberse a tres factores: la exigencia de los textos, sobre todo por el verso, que demandan mucho estudio y entrenamiento; el segundo puede ser de orden económico, pues montar una tragedia de Shakespeare puede costar cientos de millones de pesos. El tercer factor puede ser el temor frente a la receptividad del público, poco acostumbrado a ese tipo de teatro.

Al hablar de clásicos, me centro en dos grandes épocas de la dramaturgia occidental: la grecorromana y el siglo XVII, en el que emergieron con fuerza tres vertientes: Shakespeare, el Siglo de Oro español, con Lope de Vega y Calderón de la Barca, y el neoclasicismo francés, con Molière, Racine y Corneille.

Volviendo a los tres factores que explican la ausencia de clásicos en nuestros repertorios, el relacionado con la receptividad del público es un círculo vicioso, pues las oportunidades que tenemos los espectadores colombianos de ver clásicos teatrales hechos con talento nacional son contadas, más allá de los ejercicios de montaje elaborados por estudiantes de último semestre en las escuelas de teatro. De esos ejercicios, son pocos los que logran trascender, como sucedió con un Edipo memorable que hicieron Robinson Díaz, Ana María Sánchez y Juan Carlos Giraldo, en 1990, cuando eran estudiantes de la Escuela Nacional de Arte Dramático, bajo la dirección del polaco Pawel Nowicki.

En ese panorama, es destacable el trabajo del Teatro Libre de Bogotá, que, bajo la batuta de Ricardo Camacho y Germán Moure, en 1979 le dio vida a un Rey Lear interpretado por Jorge Plata que se convirtió en uno de los hitos de la historia del teatro colombiano. A partir de ese momento, el Teatro Libre decidió apostarles a los clásicos y, en general, a autores del repertorio universal.

Otros divulgadores de los clásicos han sido Alejandro González Puche y Ma Zhenghong, maestros formados en Rusia, que desde los años 90 han insistido sobre su importancia en la preparación de actores y directores. De su trabajo en la Universidad del Valle surgió la Corporación Teatro del Valle, con la que han montado obras del Siglo de Oro español, con elementos de la cultura del Pacífico colombiano y de la ópera china, con muy buena aceptación en Colombia y eventos internacionales a donde han sido invitados.

En Medellín, hay que mencionar el trabajo del Pequeño Teatro, que también decidió trabajar con los clásicos y con autores del repertorio universal como una manera de formar públicos.

Aparte de la labor de esas tres instituciones, se pueden contar con los dedos de la mano los montajes de los clásicos hechos por actores profesionales en nuestro país.

En los últimos años podríamos mencionar las versiones de La tempestad, de Shakespeare, que hicieron Ensamblaje Teatro y el Teatro Varasanta, la adaptación en tono de clown que La Clowmpañía realizó de El médico a palos, de Molière; La vida es sueño, de Calderón de la Barca, dirigida por Pedro Salazar, y Hamlet, de Shakespeare, producto del esfuerzo descomunal de un grupo de actores de gran trayectoria encabezados por Robinson Díaz y Humberto Dorado.

Este Hamlet fue una coproducción colombomexicana, hecha en el 2005 bajo la dirección de Martín Acosta, con escenografía de Alejandro Luna, uno de los grandes maestros latinoamericanos en este campo, y con la traducción realizada especialmente para el montaje por el escritor australianoirlandés Joe Broderick.

Con su interpretación de Hamlet en este montaje, Robinson Díaz obtuvo el premio de la crítica de Nueva York al mejor actor protagónico visitante en el 2006.

No obstante las satisfacciones artísticas, la aventura del Hamlet colombomexicano fue una dura prueba desde el punto de vista financiero, pues sus grandes costos de producción y los de un elenco conformado por los actores más reconocidos e importantes del país nunca pudieron ser cubiertos por la taquilla, y los patrocinios brillaron por su escasez.

Esta reflexión surge al ver el ejemplo de países que han logrado consolidar su actividad teatral con grandes avances estéticos, dramaturgias cada vez más elaboradas y públicos exigentes, como Alemania, los países de Europa del este y algunos de Asia, como Japón y Corea del Sur.

En todos ellos, es indudable la apropiación que han hecho de los griegos, de Shakespeare y de los clásicos españoles y franceses, para devolver montajes acordes con su propia idiosincrasia, como lo hemos podido constatar en los montajes que ha traído el Festival Iberoamericano de esos países.

Es importante que en Colombia pensemos en la enorme fuente de aprendizaje y desarrollo de creadores y públicos que puede haber ahí, no para hacer arqueología teatral, pero sí para enriquecer nuestra propia dramaturgia. Se trataría de convertir a esos clásicos en nuestros contemporáneos y coterráneos, como en algún momento hiciera el crítico polaco Jan Kott con Shakespeare o el director, también polaco, Jerzy Grotowski, con El príncipe constante, de Calderón de la Barca.

ALBERTO SANABRIA
Crítico de teatro 

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Faltan tradición teatral y recursos

 

por YHONATAN LOAIZA GRISALES
Cultura y Entretenimiento

Otra de las dificultades que se tienen que afrontar a la hora de montar estas obras en Colombia es el hecho de que el público se ha venido acostumbrando a otro tipo de teatro. Tanto la escritora e investigadora Marina Lamus como el director del Teatro Libre, Ricardo Camacho, coinciden en que lo clásico aún no se ha aclimatado por completo, por la reciente tradición escénica del país, a donde la modernidad llegó a las tablas nacionales apenas a mediados del siglo XX, con los maestros Santiago García y Enrique Buenaventura.

“Esto no pasa en países que tuvieron una inmensa inmigración europea –como México, Argentina, Chile, Uruguay y Brasil–, que trajo el concepto del teatro de repertorio”, añade Camacho.

Lamus agrega que el marcado acento político del teatro colombiano desde la década de 1960 también influyó en la escasez de grandes títulos. “Había un concepto político de que teníamos que tener una dramaturgia propia, y ahí se excluye a los clásicos occidentales”, afirma.

Otro punto fundamental en este tipo de apuestas es la recepción del público, que parece haberse habituado a consumir textos más ligeros. “En nuestra cultura no valoramos este legado, lo vemos como antiguo, acartonado y ajeno, el reto es cómo despertarlas en nuestras culturas y hacerlas relevantes para Colombia”, dice Pedro Salazar, director de La vida es sueño.

Salazar y el actor Humberto Dorado enfatizan en que en este aspecto hay responsabilidad del sistema educativo del país. “Lo más preocupante no es que ahora no tengamos clásicos, sino que no vamos a tenerlos, porque nuestra educación no provee las herramientas para poder apreciar este tipo de espectáculos”, dice Dorado, quien hizo parte del Teatro Libre, con el que participó en el montaje de El Rey Lear.

En el apartado de la inversión económica, los artistas llaman la atención sobre el papel del Estado. Dorado cree que el problema impregna a toda la cultura colombiana: “En Colombia nunca hemos tenido una comprensión por parte del Estado acerca de las prioridades y la importancia que debería tener la cultura. En ese marco, hacer teatro clásico generalmente es un esfuerzo de equipos numerosos de gente muy capacitada pero que tiene muy poco apoyo”.

El asesor de teatro y circo de la dirección de artes del Ministerio de Cultura, Manuel José Álvarez, asegura que, aunque el presupuesto del ente público ha aumentado en el rubro teatral, aún no es suficiente para cubrir todas las áreas que componen esta actividad. “Creo que es importante que la gestión de los grupos sea más contundente. Hay dineros de particulares y de cooperación internacional, lo que pasa es que no sabemos llegar a ellos. Pero estamos en esa tarea de enseñarle a la gente a formular buenos proyectos”, dice Álvarez.

Más allá de las dificultades, Camacho apunta que este tipo de obras siguen siendo relevantes para el arte nacional: “Es como si aquí se decide que no se toca a Beethoven, Mozart o Bach. Eso en la música ni se discute, tanto así que en Bogotá hay dos orquestas, la Sinfónica y la Filarmónica, pero en el teatro eso no es así, lamentablemente”.

Ma Zhenghong y Alejandro González Puche, de la Corporación Teatro del Valle, coinciden en la importancia de estas obras para la formación intelectual: “Al igual que el lector recurre a clásicos como Cervantes, Dostoievski o Dumas para retornar a la novela contemporánea, de igual manera el espectador se enriquece al ponerse en contacto con el teatro, los conflictos y la atmósfera de otra época”, rematan.

Tomado del periódico El Tiempo, 02 de agosto de 2013 

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