Enrique Buenaventura

Cali, Valle

Directores

Personaje


Enrique Buenaventura

Director, actor

   
 

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Enroque Buenaventura, Cronología

   
 
Cali, 1925

Actor - filmografía
(1990s) (1980s)
  1. Deuda, La (1997) .... Manuel María Galante El Chato, another old man
    ... aka Dette, La (France)
    ... aka Deuda... o la insólita muerte y no menos asombrosa resurrección y segunda muerte de Alí Ibrahim María de los Altos Pozos y Resuello, llamado El Turco, La (Colombia: complete title)
    ... aka The Debt
  2. Milagro en Roma (1988)
    ... aka Miracle in Rome
     

Director - recuento:

  1. A la diestra de Dios Padre (5 versiones)
  2. Los papeles del infierno
  3. La isla de todos los santos
  4. Requiem por el padre de las Casas
  5. Historia de una balada de plata
  6. Vida y muerte del fantoche lusitano
  7. Ópera bufa
  8. La estación
  9. La orgía
  10. El entierro 
  11. La huella (1999)
  12. Crónica
  13. El canto de las sirenas
  14. El guardagujas
  15. Los papeles del infierno
  16. La maestra
  17. La autopsia
  18. La Tortura
  19. Simbad el marino
  20. La trampa,
  21. El convertible rojo
  22. Las convulsiones

 

 
 
Información parcial cortesía The Internet Movie Database. Con permiso

 
 


Nació en Cali en el año 1925. Dramaturgo, director, ensayista, narrador y poeta. Desde 1955, después de viajar por varios países latinoamericanos, realiza una importante labor en el teatro colombiano. Ganador del premio Casa de las Américas. Doctor Honoris Causa de la Universidad del Valle. Fundador del Plan de Arte Dramático de la misma Universidad. Impulsor de la Creación Colectiva en el teatro colombiano. Primer director de la Escuela de Teatro del Instituto Departamental de Bellas Artes y Fundador y Director del Teatro Esxperimental de Cali, TEC.

Tomado de http://escenicas.univalle.edu.co/buenaventura.htm 


 


LA CONFESION DE ENRIQUE BUENAVENTURA

La primera figura del teatro nacional, Enrique Buenaventura, director del Teatro Experimental de Cali (TEC). publicó en "The drama review" una amplia confesión sobre sus peripecias y experiencias en el oficio. "Textos", la excelente publicación mensual del Festival Latinoamericano de Teatro, que se edita en Manizales, reprodujo las declaraciones de Enrique Buenaventura bajo el título de "Teatro y Cultura". He aquí algunos apartes:

Confieso que si yo hubiera sido escritor o pintor (he estado en peligro varias veces de ser una de esas dos o ambas cosas) quizá me hubiera visto obligado a pertenecer, a regañadientes, a la cultura. A pertenecer del todo, quiero decir, porque -como ya lo confesé- he tenido relaciones más o menos diplomáticas, mas o menos comprometedoras con la cultura.

Cuando anduve (5 años) por América Latina desempeñando casi toda clase de oficios, viviendo en puertos, ciudades y aldeas, mis contactos con la cultura fueron ocasionales. Salvo en Recife, Pernambuco y Buenos Aires, donde anduve metido en el mundillo teatral, en general no tenia el dinero suficiente para ir al teatro o al cine. Una vez, en Recife, pasé por el Teatro Santa Isabel y vi que estaban dando una ópera italiana (con cantantes brasileños); seguí caminando y unas cuadras más abajo, en una encrucijada, me encontré con un "Bumba meo boy", especie de danza-ópera-pantomima popular. Cómo llaman a una y a otra "cultura" ? Lo único que se me ocurrió fue decir a algunos amigos brasileños que, en lugar de la ópera, lo que debían hacer en el Santa Isabel era un "Bumba meo boy". Hoy ante la conversión en "cultura" de los shows folclóricos no volvería a hacer semejante proposición.

En Bahía es donde he visto esa especie de milagro que consiste en que la cultura no es el producto que -una vez creada la necesidad mediante un aparato publicitario- se vende a los más sensibles a esa necesidad.

En Bahía hay una cultura bahiana que une el mercado con el ritual, el mar con el puerto y la ciudad con el campesino que llega a vender-sus productos. No se trata de folclor, es decir, de esos restos de una vida exótica que se muestran a los turistas, sino de algo orgánico. Al menos eso existía en Bahia y también en Haiti cuando yo pase por esos lugares. Es evidente que el aislamiento que este tipo de oasis primitivos padecen, hace que esas formas culturales no se desarrollen. La penetración del sistema hasta los últimos rincones los va corrompiendo y los gamonales políticos las utilizan como medio electoral o les dan un carácter "de color local" y racial que las pervierte, tal el caso trágico de Haití.

No cito estos casos como modelos sino como ejemplos agonizantes de lo que puede ser la cultura cuando no ha sido convertida en un mercado.  lnsisto en que el camino no está en revivir y adornar formas folclóricas, sino en encontrar una comunicacion con nuestro pueblo que logre estructurar las experiencias vivas, las vivencias y agonías coloniales, en espectáculos que lleguen directamente a los obreros, a los campesinos y a los estudiantes.

Hay pues una cultura vergonzante en América Latina, un modo de pensar con una gama amplísima de variaciones, un modo de sentir la sociedad, la vida en comunidad, y una secreta concepción del universo dentro de la cual vive la inmensa mayoría, y hay un producto que ahora se ensambla entre nosotros y se vende al que puede comprarlo, al que ha adquirido la necesidad casi superflua de consumirlo.

Desde luego, no se trata de un problema estrictamente cultural, al menos en la concepción común de esta palabra. Se trata de un problema económico y político, que se denomina simplemente colonialismo.

Este colonialismo cultural, al igual que el económico-político-social que padecemos, tiene características especificas que no lo dejan ver tan claramente como se ve, por ejemplo, en ciertos países africanos. Aquí tenemos una capa más o menos incrustada en el mundo oficial y con la cual tiene una relación de oportunismo abierto o disimulado que denuncia su inestabilidad. Esta capa está formada por traductores, vulgarizadores y adaptadores de la cultura occidental que hacen desesperados esfuerzos para que nuestra fisonomía se asemeje lo más posible a Europa y los Estados Unidos. Mestizos culturales a pesar de ellos mismos, se niegan a convertir la difícil problemática viva y cambiante de ése mestizaje en el objeto de sus investigaciones y, de acuerdo con la tradición colonial, se asimilan al colonizador, exactamente como nuestras clases dominantes y nuestros gobiernos a los cuales ellos desprecian y a veces combaten separando su estatus real de sus propias ideas políticas.

De la misma manera proceden aquellos artistas que en el campo artístico son única y exclusivamente artistas y en el político tienen y expresan convicciones radicales.

Es evidente que los artistas no vamos, por nosotros mismos, a descolonizar la cultura. No vamos a lograr, solos, la fusión de esos elementos europeos y norteamericanos que, aunque pongan el grito en el cielo los folclorólogos y los indigenistas, están metidos, incrustados entre nosotros. No vamos a lograr, digo, la fusión de esos elementos con lo que he llamado la cultura vergonzante y secreta. El abismo entre las dos, como el abismo entre la producción y la miseria, solo puede empezar a cerrarlo la violencia revolucionaria y solo podrán convertirlo en un campo laborable las nuevas formas de sociedad que surjan de la revolución.  Como Brecht, solo podríamos decirles a esos artistas del futuro que, piensen en nosotros con indulgencia.

Ocurre sin embargo que, no siendo escritor ni pintor sino hombre de teatro, no pudiendo -a pesar de mis heroicos esfuerzos- realizar mi trabajo solo, me he visto enfrentado quizá de una manera más violenta que otros a este dilema "cultural".

Un director-actor-autor, "un cómico", en una palabra, realiza su trabajo con todo su organismo, con sus vivencias y lo trasmite en forma directa, viva, en una forma que se desvanece luego, que no puede volver a repetirse. No puede, pues, empacar sus vivencias y recuerdos a irse a escribir o a pintarlos en un lugar tranquilo y civilizado, sin militares, sin guerrilleros, sin hambrientos, sin proletarios y sin estudiantes. Confieso que siento mucho no poder hacerlo y que tengo que hacer -todos los días- un esfuerzo casi místico para no salir corriendo.

Tengo que decir que estas no son ideas mías, tengo que decir que mi compromiso no es una actitud ni ha sido, casi, una decisión. Esta posición es la historia del TEC.

Tomado de la Revista Cromos, Edición No. 2793, 26 de julio de 1971


 

   

La función continúa

El Teatro Experimental de Cali cumple 45 años, el mejor premio a la incansable labor de su fundador, Enrique Buenaventura.

Estudio Bellas Artes y filosofía pero su verdadero sueño siempre fue hacer teatro, oficio en el que se desempeña desde muy joven. Después de peregrinar por varios países de América, peregrinación que comenzó con su participación en la Compañía Teatral Argentina de Francisco Petrone, Enrique Buenaventura decidió regresar a Cali en 1955, a sus 30 años de edad, para unirse a la fundación de la Escuela Departamental de Teatro. Pronto se puso al frente de la misma y un año más tarde se dio a conocer el montaje de Las convulsiones, de Luis Vargas Tejada, bajo su batuta.

Rápidamente su grupo, bautizado más tarde como el Teatro Experimental de Cali, empezó a tener gran acogida y las invitaciones a varios festivales internacionales corroboraron el éxito. Sus obras Los papeles del infierno, Simbad el marino, La trampa y El convertible rojo, entre otras, le han dado un reconocimiento que, incluso, ha permitido el funcionamiento de su propia sala desde 1969. Su labor no cesa ni un instante y para los jóvenes dramaturgos su nombre se ha convertido en una referencia obligada. Durante el Festival Iberoamericano de Bogotá se presenta su nueva obra, La isla de todos los santos, que servirá, de paso, no sólo para conmemorar los 45 años de creación de uno de los grupos de vanguardia más importantes del país sino para advertir que ninguna crisis económica acabará con el ímpetu de un hombre que vive por el teatro.

Tomado de la Revista Semana No.937, 17 de abril de 2000