Luis Caballero Holguín

Bogota

Pintores

Figura Humana

Luis Caballero

CRITICA

Luis Caballero hizo del arte una voluntad expresa de conmover. Heredero de una cultura literaria clá­sica y educado en los cánones de la cultura visual renacentista, Caballero se reconocía hijo de un país latino, religioso, violento y fanático. Esas imágenes opresivas de la religión fueron su atmósfera vital y con ellas aprendió el odio y el amor. De ahí nace la ambivalencia de un artista hecho frmalmente dentro del clasicismo pero tocado por la religión de las imágenes y las imágenes de la religión.

Este es el summum de la expresión del artista: pintar lo que vive y vivir lo que pinta.

Este testimonio individual desgarrado entre el arte y por el arte y el arte por la vida, es demostrado en esta joya bibliográfica de su obra, compendio de sus etapas formativo-religiosas y de violencia voluptuosa. Aquí está la prueba de su renuncia al bizantinismo estético y su profesión de fe en la vida y la poética visual: "Los artistas se han vuelto gramáticos, pero en el arte, creo yo, importa no la gramática sino la poesía, ya que la pintura se hace con imágenes y no con ideas.

El dibujo es parte central de su obra. Expresa con lápiz y papel, de modo elocuente–suficiente - su cercanía al modelo natural. ``El dibujo no es la forma sino la manera de ver la for­ma", decía Degas, y por eso Caballero traza la línea que trasmite el sentimiento puro y no la información de ese sentimiento. Poeta visual y de la línea; Caballero quiso plasmar "una imagen que se imponga de golpe y que no necesite lectura".

Murió desgarrado como sus cuerpos, porque pintó con carne y con sangre, y toda intensidad tiene su precio.  

Ciro Roldán Jaramillo
Revista Diners

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XII Bienal de Sao Paulo, 1973

La obra de Luis Caballero señala en la Bienal de Sao Paulo la dirección independiente que ha tomado el arte nuevo de Colombia. Hereje, como la mayoría de los artistas del país, de la doctrina de bienales, Caballero ha construído una obra cuyo valor radica principalmente en sus referencias, asociaciones y planteamientos vitales. Es decir, sin recurrir a la apresurada originalidad técnica de la vanguardia plástica, Caballero ha hecho del dibujo un lenguaje personal y conmovedor; certeramente expresivo de su voluptuosa visión del mundo, y de su lúcida noción del arte. 

La obra de Caballero pretende una proyección realista sobre el observador, rara vez intentada y conseguida en el medio del dibujo. Una línea, a lápiz, lírica, rítmica, fluida, conforma a escala natural cuerpos humanos en posiciones y ademanes eróticos. El color, al óleo, marcadamente luminoso de la piel de sus figuras, contrasta sensualmente con el color más delicado de los paisajes. Pero sus paisajes, por forma y por implicación, también son libidinosos; tan sugerentes casi como las figuras mismas que a veces se nos plantan de frente, en actitud de entrega o en actitud de espera, seduciéndonos abiertamente a ingresar en una orgía - mitad ilusión, mitad realidad comprobable - de emoción, de relaciones, de vida. 

Sus dibujos se extienden fisicamente, a manera de murales, en dimensiones que tampoco son comunes para el medio. Las figuras representadas ignoran o respetan, indiscriminadamente, la ley de la gravedad. Y en ocasiones se amarran con prendas fetichistas de cuero. La inminencia de las tensiones y de la ansiedad es inescapable. AI mismo tiempo, la variedad de la composición es evidente. Y los escorzos dinámicos, las acciones vigorosas, el concepto de belleza física, y el sentido de las proporciones, confieren a esta obra un ambiente, premeditado y diciente, entre barroco y renacentista. 

Como en el caso de muchos artistas colombianos, la obra de Luis Caballero revela su contemporaneidad en la absoluta independencia con que persigue sus objetivos de expresión, haciendo caso omiso de apelativos y clasificaciones. Y como en el caso de algunos artistas colombianos, Caballero ha logrado que sus trabajos comuniquen - sin obviedad temática ni exageración patriótíca - las relaciones axiológicas que conllevan con su sociedad y su cultura.
El erotismo de su obra, además, tiene un sentido especial, revelador, en una sociedad como la nuestra, sexualmente puritana y culpable. Por otra parte, tanto en una como en otra, el hombre es todavía y ante todo, lo importante. Y tanto en una como en otra se espera firmemente que el arte tenga una función, más allá que puramente intelectual, experimental, o decorativa. 

La obra de Caballero, en conclusión, se refiere fundamentalmente al aspecto vital de las relaciones humanas; y descubre a indica el aspecto sensual de tales relaciones. El dominio de ese lenguaje que el artista ha ido desarrollando indiferente a las modas y a las imposiciones, es mesurable en la capacidad expresiva de sus trabajos. Estos aunan a la coherencia de su raciocinio una atracción directa, producto de una sensibilidad visual penetrante. Y en ellos es deducible una visión estrictamente original del universo y de la realidad circundante. 

Pero la obra de Caballero también se refiere fundamentalmente a la definición contemporánea del arte. Su franco rechazo a los cánones de la vanguardia, pone de presente un concepto artístico aislado, definitivamente opuesto al que respalda los dictámenes universalistas del arte. Y es que mal podría juzgarse la expresión de un artista latinoamericano con base a los valores de una experiencia o de una idiosincracia diferente a la nuestra. De ahí que Caballero haya dicho enfáticamente "no creer en un arte internacional, en un lenguaje internacional, porque el lenguaje está siempre siempre condicionado por mil factores distintos, que son distintos en las distintas partes del mundo". De ahí que, a pesar de la calidad altamente personal y de la singularidad de su trabajo, me haya permitido afirmar desde el comienzo de estas líneas, que la obra de Luis Caballero representa en la Bienal de Sao Paulo, la orientación, emancipada y agresiva, que ha tomado el arte nuevo de Colombia. 

EDUARDO SERRANO.
Tomado del folleto Colombia - XII Bienal de Sao Paulo, 1973; Instituto Colombiano de Cultura

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Luis Caballero 

Misteriosas figuras silenciosas o gesticulantes, solas o en grupos enigmáticos, sobre paisajes ascéticos o en abierto desafío a la gravedad y a nuestro elemental afán de ubicación, pueblan provocativamente
el mundo pictórico de Luis Caballero. Sobre ellas, Caballero ha impuesto sin contemplaciones bien definidas y difíciles responsabilidades. Estas figuras deben mostrar con su simple existencia y con sus solas circunstancias, la originalidad de un artista plenamente consciente de la imprescindibilidad de una problemática honesta en el ejercicio del arte. Deben también, inequívocamente, conmover con la sensualidad febril de su piel de óleo o carboncillo. Y tienen, además, que comunicar enérgicamente la radicalización de su autor, genuina y cándidamente perturbado por el peso de una realidad demasiado ceñida a fórmulas para no ser sofocante. 

El arte de Caballero es francamente erótico no obstante, o precisamente por ser él, producto de una sociedad puritana, y con respecto al sexo, católicamente culpable... Cuerpos renacentistamente atléticos exploran la imaginación de Caballero, en la cual el sueño y la fantasía se estrellan precipitada y cotidianamente contra las convenciones que desfiguran la realidad. Deambulando horizontal o verticalmente, o apoyados sobre el horizonte de su protegido paraíso sexual, de los poros de estos cuerpos destila el placer de su propia sensualidad y el convencimiento del poder y la bondad de su naturaleza. Por eso pueden esgrimir contra la cara y los prejuicios del observador sus sexos saludables... Y Caballero logra una metamorfosis total de su actitud y convicción en algo puramente visual. En arte, porque concepto y medio se integran en un todo plástico coherente, en un argumento estético impecable, en el que nada tienen que ver el falso reino de lo superficialmente nuevo ni el control tiránico de la tradición.

EDUARDO SERRANO Agosto de 1971
Tomado del folleto 10 años de Arte Colombiano, Museo La Tertulia, Cali, 1971

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Los 42 trabajos más atrevidos de Luis Caballero

por Carlos Restrepo

Los admiradores de la obra del pintor Luis Caballero tendrán acceso a lo que podría considerarse su jardín secreto, gracias a la publicación de un libro de Villegas Editores, que reúne una selección de 42 pequeñas obras, dibujos en su mayoría, que hacían parte de la colección privada del artista bogotano.

Durante 15 años, Beatriz, hermana del artista y albacea de toda su obra, mantuvo guardados estos dibujos, hasta hoy desconocidos para el público.

Algunos meses antes de morir, en 1995, Luis Caballero se propuso organizar toda su obra, con la ayuda de su hermana y de su amigo Juan Camilo Sierra -quien posó en su juventud para algunas de sus telas-, quienes se turnaban, cada tres meses, para cuidarlo en su estudio de París. De allí saldrían, más tarde, dos libros retrospectivos de gran formato.

Durante ese proceso, comenta Beatriz, "Luis y Juan Camilo juntaron esta serie de 42 dibujitos, que él fue pintando porque le provocaba, desde 1980 más o menos. Son muy eróticos y constituyen su colección más íntima".

Para Sierra, este grupo de dibujos se sale del marco al que nos acostumbró Caballero con su obra.

"Aquí hay una cosa explícita en relación con el sexo homosexual y eso convierte a este grupo de obras en algo especial; por eso, la selección. Todos, además, son de una factura estupenda. Eso es lo importante: la calidad de las obras", concluye.

Tomado del periódico El Tiempo, 22 de noviembre de 2010

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Los malos pensamientos

por Antonio Caballero

Toda la pintura de Luis Caballero es erótica. Lo fue desde el principio, desde cuando el pintor no era todavía un realista figurativo, renacentista y manierista, sino un formalista tentado por el expresionismo. Sus composiciones de esa época -fines de los sesenta y principios de los setenta- están transidas de tensión erótica, falsamente contenida por la geometría. Una tensión aún veladamente, ambiguamente homosexual, insegura -pues algunos de los cuerpos pintados siguen siendo vaga, ambiguamente femeninos-; pero que inequívocamente son cuerpos, y no simples "figuras". Ya entonces se declaraba pintor erótico, y los asuntos de sus cuadros eran abiertamente sexuales. Y violentos. De una violencia inseparable de la sexualidad: de la rabia del deseo, del desorden animal de la sexualidad.

En el fondo de esos cuadros de entonces se pueden ver vagas nubes fálicas flotando en el espacio. En tanto que hermano del artista puedo traer a cuento un recuerdo común: nos contaba nuestro padre que él, de niño, obligado en el colegio a confesarle pecados al capellán, se había jactado de que solía tener "malos pensamientos". Interrogado por el cura sobre cómo eran, tuvo que improvisar: "son unas como nubes...". Sobre la pintura de Luis Caballero flotaron siempre, como nubes, los malos pensamientos.

Muchas veces lo dijo él mismo en entrevistas de prensa, o en los breves textos que escribió para catálogos de exposiciones o para presentaciones periodísticas. "Tal vez la pulsión creadora es la misma que la pulsión erótica". O bien: "Dibujar es desear". O bien: "Pinto los cuerpos que quisiera poseer". O bien: "La pierna no es una pierna, sino que también hay en ella un interés erótico (pero) el problema es que a pesar de que pinto desnudos en todas las posiciones, la gente sólo mira los penes". Y sí: penes o piernas o cuerpos amarrados, o bocas abiertas en el placer o en el deseo, Caballero siempre pintó para expresar sus ansias sexuales. No para exorcizarlas -como hubiera dicho el cura aquel de las vagas nubes-; sino al contrario, para exhibirlas, para sacarlas a la luz. Y tan explícitamente sexual era su pintura, tan descaradamente provocadora y excitadora de lo que se ha dado en llamar "bajos instintos", que unos la condenaron por obscena y pornográfica creyéndola inmoral, y otros la codiciaron por obscena y pornográfica, creyéndola afrodisíaca. Una vez un rico narcotraficante le hizo llegar el mensaje de que quería comprarle todo lo que pintara, y al precio que pidiera, con tal de que sus modelos "fueran más bien hembritas", y no jóvenes machos. Como si la atracción del sexo fuera de verdad mercancía intercambiable a capricho. El negocio no se hizo. Porque Caballero no era un fabricante de erotismo a gusto del consumidor, en serie, como pudieran serlo Boucher o Fragonard en la Francia rococó o Utamaro en el Japón de las "estampas japonesas", o, más tarde, las revistas Playboy o Hustler en los Estados Unidos (todo ha sido ya mostrado). Sino un erotómano natural y espontáneo, como Miguel Ángel, o como Francis Bacon. Sus maestros.

Porque, claro, esto no es nuevo. A todo lo largo de la historia humana el erotismo ha estado presente en las artes plásticas (y en todas las artes: no se necesita ser Sigmund Freud para haberse dado cuenta); y en muchas épocas ha sido su fuerza dominante. En vano se lo ha querido sofocar en otras bajo el imperio de la autoridad religiosa, o cívica, o de la hipocresía de las buenas costumbres: en el Israel bíblico, en Bizancio, en la España de Trento, en la Inglaterra victoriana, en los Estados Unidos neopuritanos de hoy, para poner sólo unos cuantos ejemplos. Acabo de nombrar a Miguel Ángel, cuyos desnudos eróticamente triunfales padecieron la pudibundez de un papa que los hizo embraguetar para que no hicieran escándalo: y sin embargo ahí siguen. (Y no hace mucho, cuando unos empresarios de la televisión japonesa limpiaron y restauraron los colores de los frescos de la Capilla Sixtina, aparecieron desnudas en el techo nada menos que las nalgas de Dios Padre: como en el refrán, expulsado por la puerta el sexo vuelve de un brinco por la ventana). El erotismo ha estado siempre ahí: en las desnudeces mórbidas talladas en piedra del Egipto faraónico; en la estatuaria griega clásica y en los lúbricos frescos romanos de Pompeya; en la escultura tántrica de los templos de la India; en las aberraciones helenísticas; en el falso pío románico, escondido en los capiteles indecentes de los claustros; en todo el liberado Renacimiento italiano y en el impúdico del Norte, antes de la Reforma castradora; en Rembrandt cuando se suelta el pelo; en el recatado Velázquez de la Contrarreforma igualmente castradora; en el barroco orgásmico de la Roma de Ber-nini; en Goya -que es el primer artista de Occidente que se atreve a pintar un cono con pelos: el de la duquesa de Alba-; en el simbolismo de William Blake y en el naturalismo de Manet; en el egocentrismo del erotómano Rodin; en la satiriasis obsesiva de Picasso; en todo el surrealismo, de cabo a rabo; en las caricaturas itifálicas de Dubuffet; en las falsamente serenas figuras reclinadas de Moore y en las mujeres devoradoras de De Kooning; en las descargas seminales de Bacon; en las fantasías pederásticas de Balthus; en las cursiladas multimiUonarias de Jeff Koons, que fue novio de Cicciolina, profesional del sexo. Gustave Courbet, que por "realista" hizo escándalo en el pacato (en pintura) siglo XTX francés, tiene un cuadro que muestra en primer plano (gros plan, cióse up) una vulva abierta; y la titula "El origen del mundo": lo que es.

Ya desde el Paleolítico, hace quince o veinte mil años, los primeros hombres modelaban en greda o tallaban en marfil sus "venus esteatopigias" hechas de grandes nalgas y tetas y de labios mayores y menores. Y en lo más hondo de la cueva de Lascaux, cuando apenas estaba naciendo el arte, entre varios cientos de representaciones de ciervos y toros y caballos está pintada una única figura humana: derribado ante las pezuñas de un bisonte que agoniza con las tripas afuera de un lanzazo yace un hombre con cabeza de pájaro con un gran falo erguido, erecto y desafiante.

Todo el arte es erótico. Luis Caballero tenía -y se dispersó a su muerte entre amigos y descuidos- una colección artística de falos de piedra y de madera, de metal y de arcilla, provenientes de ocho o diez visiones estéticas y eróticas distintas: grecorromanas, renacentistas, italianas, preincaicas de Perú, de cuero embalsamado de las Nuevas Hébridas, de madera del Amazonas, de plástico de los sex shops de Los Angeles. Todo el arte es erótico, como las manchas de tinta del test de Rorschach que usan los psicólogos y en las que los pacientes ven, una y otra vez, cuerpos desnudos enredados en intrincadas posturas de coito. Y dicen finalmente: "el obseso sexual es usted, doctor".

Las pinturas de este libro -pequeños formatos de técnicas diversas: sanguinas, aguadas de óleo, carboncillos, plumillas, acuarelas- son todas aún más provocadoramente eróticas, y aún pornográficas, que el corpus entero de la obra pictórica de Luis Caballero. También suelen ser más activas, más de "obra en mancha", que sus cuadros de mayor formato y mayor elaboración: esos que por lo general muestran escenas poscoitales de desfallecimiento y de reposo. La petite mort de languidez exhausta que sucede al acto sexual en el hombre y en todos los animales -salvo, según el aforismo latino, en el gallo, que canta-. Estos cuadritos son, en cambio, retratos previos: de erección, de excitación, de exaltación del sexo. Penes que se yerguen, bocas que buscan, manos que encuentran. Algunos son cuidadosos estudios anatómicos, didácticos, académicos, casi de manual para estudiantes de urología quirúrgica. Otros tienen la ambición de bocetos para grandes composiciones posteriores: figuras que se abrazan en la pureza de la línea, como proyectos de un gran cuadro (y a lo mejor lo son). Otros son, o parecen, simples ejercicios de estilo. Algunas se ven como meras manchas rápidas que se dirían trazadas a brochazos con el glande del pene todavía lagrimeante de semen.

Estas obras nunca habían sido expuestas en una galería ni publicadas en un libro. No por obscenas, sino por discretas. Fueron pintadas, me parece, más para el artista mismo y su propia delectación morosa que para la exhibición pública. Pero no eran tampoco clandestinas ni secretas: muchas están fechadas y firmadas. Son, sin embargo, obra de taller: para el taller del pintor. Presencias inmediatas. Apuntes, notas del natural, casi sin reflexión compositiva, sin ambición artística propiamente dicha. Visiones del placer y del deseo, anotaciones del placer, para el placer. Malos pensamientos.

La "delectación morosa" de que hablo es un pecado, que puede ser mortal. Harto habló Luis Caballero en sus muchas declaraciones y entrevistas, y en sus pocos textos explicativos, de su infancia agobiada por las imágenes sádicamente lúbricas de la religión católica: Cristos desnudos y sangrantes, "Pietás" como fuentes de lágrimas, madres dolorosas atravesadas por sus siete llagas. (Debo decir que yo, que compartí esa infancia, no la recuerdo así). Agobiada por el sentimiento del pecado, en su adolescencia agravado por la conciencia de su homosexualidad, entendida como una culpa. La delectación morosa, según observa Santo Tomás de Aquino (otro obseso) en la Cuestión Octogésima Octava de su Summa Teológica, que trata de la diferencia entre pecados veniales y mortales, no es pecado mortal "a no ser en aquellas cosas que son pecados mortales por su género (y sin embargo) reciben la aprobación de la razón deliberante". La define el también moroso y minucioso tratadista como "la complacencia deliberada en un objeto o pensamiento prohibido, sin el ánimo de poseer el objeto o de poner el pensamiento en obra".

¿Cómo que no? Claro que sí. De lo que se trata en el arte es de poner en obra el pensamiento. De transformar el pensamiento en obra visible, tangible -obra de arte-, para así apropiarse simbólica y físicamente del objeto o del sujeto prohibido o inaccesible, y de poseerlo. Ese es uno de los propósitos, una de las funciones de las artes plásticas. De todas las artes. Llevar a cabo, llevar a efecto, los malos pensamientos.

En este libro hay unos cincuenta.

Tomado del magazin Lecturas de El Tiempo, diciembre de 2010

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Luis Caballero: sin tituloDesde sus comienzos, la pintura de Luis Caballero ha girado en torno a la figura humana como fuente de fuerzas inagotables. de fuerzas expresivas. Sin embargo, el hombre que aparece en sus dibujos y pintura no es el hombre cotidiano. Por el contrario, es aquél que se enfrenta a una experiencia límite e irrepetible; la experiencia erótico-mística, y por qué no decirlo, religiosa. Él mismo afirma: "el sexo es un camino paralelo al místico en el que se renuncia a todo y se destruye todo, empezando por la razón, para llegar a un momento de lucidez o de divinidad".

El empleo de la sanguina, técnica generalizada en el siglo xv, es un buen ejemplo del interés de Luis Caballero por los procedimientos pictóricos del pasado. En esta obra el artista acoge las posibilidades propias que aquélla le proporciona para ejecutar una obra característica. Con su habitual lucidez, Marta Traba se refería en los siguientes términos a la obra de Caballero durante este periodo; "Desde un principio. la pintura de Caballero ha tenido, de manera persistente y monotemática. la obsesión de la relación entre dos personas. Una relación física que nunca es clara, ni siquiera cuando termina en la fusión exasperada y dramática del abrazo. La gente se toca, se busca, se atrae. También se repele. Hay muy poca felicidad en los encuentros y. sobre todo, ninguna pertenencia. La cópula tiene más de agonía que de plenitud. Esta ambivalencia constante, aproximación-alejamiento. entrega-rechazo, gozo y repugnancia da a toda la obra de Caballero ese todo de erotismo-in- satisfecho y más bien desesperanzado, de erotismo-condena, que la vuelve tan perturbadora y profunda".

Todo lo dicho aquí es válido con respecto a este excelente sanguina. Solo bastaría llamar la atención sobre la manera como destreza y oficio de una parte, y mundo expresivo de otra, se relacionan y se requieren mutuamente, casi pudiéramos decir eróticamente.

Jesús Gaviria Catálogo Eí Arte en Suramericana 1994 
Tomado del folleto Arte Colombiano, Cuatro decadas de la Coleccion de Suramericana, 2013