Juan Cardenas Arroyo

Popayan, Cauca

Pintores

Figura Humana, Figura, Paisaje

Juan Cárdenas

Pintor

 


CRITICA

La Mirada Interior

por Wilson Arcila

Casi un desconocido para la mayoría de los colombianos, Juan Cárdenas es uno de esos pintores raros, singulares, que muy de cuando en cuando aparecen en la escena plástica de un país. Nacido en Bogotá en 1939, su familia se estableció en los Estados Unidos en 1947, donde él permaneció hasta 1965 cuando regresa a Colombia y trabaja como caricaturista en La República, El Espacio y El Tiempo. Sus caricaturas mordaces contra el establecimiento le acarrean serios conflictos con el gobierno: el 75 de mayo de 1974 es detenido bajo la acusación de profanar el escudo patrio. Liberado al día siguiente, Cárdenas declara: "Si llego a tener conocimiento de otra irregularidad, estaría dispuesto a hacer una caricatura parecida. En 1974 obtuvo el primer premio en el XXV Salón Nacional de Artistas con el dibujo titulado Autorretrato, tema que será recurrente a lo largo de su carrera. Seis años más tarde viaja a Francia donde se vincula a la galería Claucle Bernard de París, vínculo que continúa vigente.

Intelectual refinado, Juan Cardenas es un  perseverante estudioso de la pintura del Renacimiento y del arte moderno, de donde toma lo que necesita para el desarrollo de su obra que ha permanecido fiel a sí misma, lejos de los vaivenes cíe la moda. La evolucion que presenta con el transcurso de los años no ha sido otra cosa que la profundización de su personal lenguaje.

La obra de Cárdenas tiene la sutileza propia de los grandes de la pintura: no basta una mirada para penetrar en los misterios que ella encierra. Sin embargo, el hecho de incitarnos a una lectura más profunda, de la que no todos son capaces, no impide el que la gente con escasa cultura pueda disfrutarla sin reparos. El artista nos ofrece dos realidades: la de la figuración, clásica pese a su modernidad, y la sicológica, sutil, personalísima, que nos transmite sus interrogaciones, que des concierta desde el cuadro al espectador, porque se trata de un viaje al fondo de sí mismo, de otra realidad invisible pero latente.

Por primera vez el publico colombiano tendrá la ocasión de apreciar una muy completa muestra de este excepcional artista. Son 213 obras entre caricaturas, dibujos y óleos que cubren toda su trayectoria, autorretratos, paisajes, interiores que estarán expuestas en la Biblioteca Luis Angel Arango desde finales de septiembre hasta el proximo diciembre (2001).

Wilson Arcila 
Tomado de la Revista Diners No.376, julio de 2001

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  Juan Cárdenas está tan centrado en el deseo ferviente de ser veraz que no se permite ninguna distorsión, ningún toque romántico, ninguna actitud intelectual que puedan abaratar el ejercicio del dibujo o de la pintura y sin embargo en su obra hay distorsión, hay toque romántico, hay actitud intelectual. Es esta contradicción la que le da a sus obras un misterio y una intensidad particulares, porque las dota del doble filo de parecer sencillas y de ser complicadas. 

Para Juan Cárdenas el punto de partida en el proceso creativo es la realidad y su meta es la realidad de sus cuadros. Entre ambas realidades hay un ojo que ve y una mente que ordena, que clasifica, que exalta o que omite. Podríamos decir que es una pintura espejo -y no es por casualidad que la mayoría de sus obras parten de autorretratos-. Espejo que nos traduce la realidad como Juan Cárdenas quiere, para obligarnos a entenderla desde su punto de vista que es casi el natural, pero un natural que él nos muestra como producto de una filosofía, de una estética de fuerza y con el empleo de un enorme conocimiento de las eternas leyes del dibujo y de la pintura al óleo. 

JUAN ANTONIO RODA
Tomado del folleto de la exposicion en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, 1973

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Pintor de conceptos

por Alvaro Medina

¿Por qué las anécdotas de Juan Cárdenas son antianecdóticas? Porque la articulación que hay entre las partes (el entorno, los personajes, los gestos, las poses), no es causal ni permite armar un discurso medianamente razonado. Las de Juan son anécdotas en las que casi nunca pasa nada.

Si algo pasa, los sucesos se yuxtaponen sin llegar a encadenarse de manera lógica. Reconozcamos que lo ilógico nos agobia y, no raras veces, nos repugna por incomprensible, pero podemos asimilarlo y admitirlo cuando logramos desmontar los mecanismos de su falta de lógica.

En 1941, a propósito del rechazo que producen los discursos estructurados por fuera de toda racionalidad, Jorge Luis Borges publicó un cuento admirable, "El jardín de los senderos que se bifurcan", cuyo título ha inspirado el de este texto.

En dicho cuento, el protagonista, el doctor Yu Tsun, confiesa sentir vergüenza de la novela escrita por un antepasado suyo, tan enrevesada que "en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo". Ese antepasado había abandonado todo en la vida "para componer un libro y un laberinto", propósitos solemnes que anunció antes de aislarse a trabajar durante trece años, pero sucedió que a "su muerte, los herederos no encontraron sino manuscritos caóticos" que en algún momento, decepcionados, pensaron en arrojar al fuego. Siglos después un sinólogo inglés pudo resolver el enigma del extraño legado.

La primera alternativa a resolver en la obra del enjundioso y sin par laberintólogo tenía que ver con la naturaleza misma del laberinto, que sus herederos vislumbraron de tres dimensiones y nunca encontraron. "Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto", descubrió el sinólogo inglés.

En efecto, el laberinto de la novela que estuvo a punto de ser incinerada se compone de bifurcaciones "en el tiempo, no en el espacio", presentando "una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos", una "trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran".

La enrevesada trama que el execrado autor chino desarrolló en su texto, concebida a costa de ser un incomprendido, es similar a la que Juan Cárdenas ha llevado con talento a la pintura. En el cuento, refiriéndose a la mecánica de las bifurcaciones, Borges plantea que doblar siempre a la izquierda es "el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos", lo cual significa que para salir de él basta doblar siempre a la derecha.

Debo confesar que he ensayado la sugerencia del sabio escritor argentino en los intrincados laberintos de espejos que suelen tener los parques de diversiones, en los que no es recomendable, debido a la multiplicidad de reflejos, confiar en la mirada.

Para poder entrar y salir sin perderse, toca entrecerrar los ojos y evitar la tentación de creer lo que se ve. Sólo el sentido del tacto puede guiarnos, lo que supone no despegar nunca una mano del tabique izquierdo de los corredores que se bifurcan o entrecruzan una y otra vez.

En el mismo texto, Borges llegó a delinear la idea de "un laberinto de laberintos, (...) un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros". El insólito laberinto de laberintos sería verdaderamente infinito porque se bifurcaría ofreciendo alternativas en el tiempo y en el espacio, simultáneamente. ¿Es factible tan laboriosa fantasía?

Me parece que Juan Cárdenas ha dado la respuesta con su obra pictórica, hecha de conceptos que ofrecen alternativas inesperadas, sin antecedentes en la historia de la pintura. Pero, ¿en qué consisten las bifurcaciones conceptuales de Cárdenas?

La esencia del laberinto es el engaño: simula salidas donde no las hay. Las pinturas que aquí analizamos engañan. Sugieren una armonía de tipo espacial que no existe, obligándonos a permanecer con la mente alerta. En sus cuadros las imágenes aparentan situaciones que, bien analizadas, resultan ser otra cosa.

La reflexión anterior me lleva a concluir que si queremos comprender su más íntimo sentido, un buen cuadro de Juan Cárdenas no es jamás de fiar. Entre más profundo sea, menos debemos creer lo que la vista registre.

Es que dentro de su propia lógica, el mejor laberinto sería el de un recorrido tan enrevesado que nunca podríamos descifrar sus espacios, quedándonos con la resignación de tener que habitarlos para siempre.

Del mismo modo, dentro de la lógica de Cárdenas, su mejor cuadro es aquel que, de tan engañoso, no parece contener engaño alguno.

Por imitar volúmenes que violan la bidimensionalidad del soporte, toda pintura realista o naturalista es mentirosa, pero debemos convenir que se trata de una convención que deslumbra.

Tan es así, que el trompe loeil o trampa al ojo, ilusionista por definición, es un recurso que la historia del arte ha consagrado.

En sus inicios, Cárdenas partió de lo que en el fondo no es sino un truco de representación, que poco a poco enriqueció con ilaciones espaciales de gran complejidad y con agudas alusiones al tiempo histórico. Me refiero al tiempo que los artistas han documentado con sus obras a través de los siglos, creando el sustrato de los historicismos de hoy.

El original enfoque le ha exigido alterar convenciones heredadas, forjar unas nuevas y conservar estratégicamente las que en cada caso pueden convenirle a una determinada expresión. Esto significa que la materia prima de la pintura de Juan Cárdenas son los conceptos, luego los lenguajes y por último las formas.

Tomado del suplemento de El Tiempo, 8 de diciembre de 2007

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Mucho más conocida por fuera que en Colombia, la obra de Juan Cárdenas –por excelencia un pintor de cuadros– es no sólo una lección de buena pintura y un ejemplo de buen oficio, sino un despliegue infinito de intuición –poética, pictórica, la que se nos antoje– capaz de dotar de sentido y de vida el motivo escogido para iniciar la aventura pictórica e intelectual que cada uno de sus cuadros representa. 

Porque los ambientes que a primera vista percibimos en los cuadros de Juan Cárdenas no son siempre tan diáfanos como parecen, ni tan "verdaderos" como aparentan. Por supuesto que el término "verdadero" resulta de muy difícil aplicación al hablar de esta obra. Son ambientes peculiares, misteriosos, enigmáticos que generalmente se transforman, multiplican y desdoblan a medida que, aun sin proponérnoslo, nos adentramos en ellos, impulsados muchas veces por el sentido del humor y la picardía del juego que el artista dosifica a cada paso. 

Pero no son sólo los ambientes de los cuadros de Juan Cárdenas los que escapan a cualquier rotulación. Es el universo entero de su obra, que esconde más de lo que muestra.  Por ello, no obstante parecer tan sumisa a los cánones del arte tradicional, termina siendo también una verdadera y selectiva lección de buen arte contemporáneo.
Sólo que hay que saberla leer.

Tomado del libro Juan Cardenas, Seguros Bolivar, Villegas Editores, 2008

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Óleo de la Plaza de Bolívar

 


El telón para Bogotá 
 

La obra de Juan Cárdenas tomó dos rumbos paralelos hace 40 años, cuando el artista  decidió  subvertir las normas del  arte moderno, que no miraban la historia y los hechos del pasado como temática,  y empezar a dejar un legado de obra histórica.

Hasta ese momento,  sus cuadros viajaban entre lo figurativo y una abstracción que no se percibe a primera vista. Pero tras un período en París,  Cárdenas empezó  a mirar hacia el pasado,  pues, como él mismo lo dice, “aquí había muy poco legado pictórico histórico, salvo por José María Espinosa, que fue un gran artista. Entonces pensé que todavía era posible reconstruir el pasado de manera casi arqueológica, antes de que todo se perdiera”.  Así, el pintor empezó a trabajar una serie con la fisonomía del Libertador. Luego, leyendo sobre personajes y lugares, pues hay poco registro gráfico, ha ido creando, a partir de apuntes que se convierten en dibujos y maquetas, una obra de más de 30 piezas, que no se vende —pues es para sus hijos—  y que él transforma constantemente.

Uno de los cuadros que Cárdenas ha conservado para su familia y para que se constituya en legado histórico del país, el cual no ha mostrado públicamente, fue el  que interesó a Beatrice y JulioMario Santo Domingo cuando llegaron a la casa del artista en busca de una obra que sirviera como telón de boca del teatro que hoy se erige en el noroccidente de la ciudad.

Al  ingresar al teatro, la imagen republicana de una enorme plaza en la que se ven, al fondo, varias edificaciones recibe al público. Quien no lo ha visto antes ni conoce el título no tiene por qué saber que es la Plaza de Bolívar de Bogotá, pues, siendo el costado suroccidental, no se ven ni el edificio del Capitolio (cuya construcción comenzó en 1847, en la presidencia  de Tomás Cipriano de Mosquera) ni el Palacio Liévano (Alcaldía de Bogotá). Ahí, en una tarde santafereña de mediados del siglo XIX, bajo un cielo cobrizo, que protagoniza gran parte de la obra,  y la luz que quien conoce el trabajo de Cárdenas identifica como suya, se encuentran varios personajes que le rinden homenaje a la historia. En un principio, Cárdenas pensó que él mismo replicaría su óleo; sin embargo, rápidamente se dio cuenta de que esta obra de 17 metros de ancho por 11 de alto, le correspondía hacerla a expertos en la materia. Así que se lo encargó a los expertos que hacen los telones del Metropolitan Opera de Nueva York, quienes tardarían dos meses en terminarlo.  

En un gesto poético más que histórico, el maestro Cárdenas decide poner a conversar, a la derecha del cuadro, al maestro José María Espinosa (1796-1883), “quien pintó de primera mano a todos lo próceres, siguió a Nariño en sus campañas y se erigió como el gran pintor de la Independencia”, con Miguel Antonio Caro (1843-1909), periodista conservador y maestro de las letras y la filología. Estos dos junto a un personaje de la ficción.

En el centro de la obra aparecen  dos mujeres y dos niñas, cuyas fotografías encontró en archivos del siglo XIX, mas no sus nombres. “No sé quiénes son, pero existieron, y quería rendirles homenaje a la mujeres”, explica el maestro. También en el centro,  aparece una particular pareja conformada por el historiador y pintor José Manuel Groot, con un cubilete; frente a él hay un señor con un tabaco en la mano: “Ese es el personaje de un cuento que encontré en el Papel Periódico Ilustrado de Alberto Urdaneta”, agrega Cárdenas.  Y a la derecha de ellos, extrema izquierda del espectador, están los hermanos  Mosquera. El general Tomás Cipriano de Mosquera y sus tres hermanos: Manuel María, el diplomático; Manuel José, el arzobispo, y Joaquín, presidente después de Bolívar.

Muy en su estilo de siempre, Juan Cárdenas hace guiños a la Historia con estos personajes que estarán en el Teatro Julio Mario Santo Domingo para dar testimonio de la celebración de dos siglos de independencia. Ahora será necesario que el maestro resista el impulso de seguir agregando personajes y reformando la obra original, costumbre que caracteriza su trabajo: un arte en permanente transformación.

Tomado del periódico El Espectador, 4 de junio de 2010

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Los misterios de Cárdenas

Liliana López Sorzano

"Si algún mérito tiene mi obra es que no me he dejado llevar por corrientes y modas. He tratado de ser fiel a mí mismo", sentencia el artista Juan Cárdenas, quien lleva 40 años trabajando el lienzo de la pintura y el papel de los dibujos.

Sus cuadros son figurativos en gran medida. Por lo tanto, van en contravía a estos tiempos modernos donde el conceptualismo prima y donde se enaltecen la fotografía, las instalaciones, el video y el mundo de las ideas. Según Cárdenas, a principios del siglo XX, los teóricos adujeron que la pintura figurativa no se podía hacer, que estaba mandada a recoger porque la cámara fotográfica había reemplazado la obra manual del pintor. La razón de su obra es debatir la premisa que le echó tierra a la pintura, deshacerse de ese razonamiento ilógico pero persuasivo y preguntarse y preguntarles a los espectadores cuál es el campo de la fotografía y el de la pintura, y qué puede hacer un pintor que no pueda hacer un fotógrafo. Así, esos planos que se contraponen en sus cuadros ponen a pensar por los múltiples focos de profundidad de campo, las distancias y los volúmenes. La fotografía es incapaz de reemplazar el gesto humano pictórico y prueba de ello son muchas de las obras de Cárdenas que se adentran en el realismo con su veracidad, pero que al mismo tiempo los atraviesa la abstracción con trazos inciertos. Una contradicción difícil de concebir que resulta intrigante.

Las 23 obras, entre dibujos y pinturas, que se encuentran expuestas, dan cuenta de sus preocupaciones y de sus múltiples facetas de paisajista, de retratista y abstraccionista.

El paisaje siempre es tratado con un pincel romántico y con tintes de antaño. Lo suyo ha sido una reconstrucción histórica colombiana desde los tiempos de la Independencia, rescatando esos parajes y personajes que ya no existen, fruto de una investigación y de una exhaustiva recopilación fotográfica para poner en óleo, por ejemplo, la carrera séptima con el río San Francisco.

Sus cuadros de interiores complejos le hacen guiños constantes a la historia del arte. Son muy pocos los artistas que no han influenciado su pintura. Son muchos los que se han colado en forma de comentarios humorísticos y sátiras: Mondrian, Magritte, Courbet, Millet por nombrar solo algunos. Uno de sus cuadros más recientes, Matrimonio por conveniencia, pone de un lado unos personajes salidos de las imágenes captadas por el fotógrafo peruano de principios de siglo, Martín Chambi, y de otro lado la referencia recurrente de Velázquez y de su cuadro Las Meninas. Yendo un poco más lejos, aparece ese rectángulo amarillo de la Vista de Delft de Vermeer.

Fascinante este exigente mundo de la pintura de Cárdenas que siempre toma al espectador por sorpresa y lo obliga a investigar. Fascinante porque se ocupa del arte y no de las teorías.

Su quehacer juicioso, exhaustivo lo ha catapultado como un artista que realmente ha contribuido a la historia del arte colombiano por una relevancia que va mucho más allá de una moda pasajera.»

Tomado del periódico El Espectador, 27 de agosto de 2010

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Así es el mundo de Juan Cárdenas

por Diego Guerrero

Juan Cárdenas rompe la lógica de la realidad con sus dibujos y pinturas de una manera tan sutil, que quien los mira apenas si intuye que algo no está del todo bien, aunque no pueda decir, a primera vista, qué trastoca la imagen. ¿Será que las paredes del estudio que dibuja se recortan de una manera anormal en el horizonte del cuadro?, ¿serán las sombras o las proporciones?

Esto es parte de lo que se ve en La tradición, fuente contemporánea, que este veterano artista muestra en la sala de Exposiciones del Club El Nogal, en Bogotá. No importa cómo engaña al ojo (si usa distintos horizontes o puntos de fuga), las pinturas de Cárdenas absorben a casi todo el que las ve, por los mundos que propone. La gente se mete en los cuadros para tratar de descifrar qué pasa en ellos.

Inevitablemente, se pregunta si esos talleres de artista que pinta con muchas puertas, como un laberinto, podrían ser factibles en la realidad o sólo son parte del mundo Cárdenas*. O de sus mundos, pues en varias obras aparecen unos dentro de otros. En Interior distorsionado (foto de la izquierda), por ejemplo, se ve su imagen reflejada en un espejo convexo, mientras pinta su propia imagen que toma de ese espejo convexo. ¿Enredado? Nadie dijo que era fácil.

Eso para quienes ven la pintura sin mucha teoría, pues para los iniciados, cuadros como Interior (arriba) recuerdan a Las meninas, de Velázquez.

"Cuando Velázquez pintó Las meninas -dice Cárdenas-hizo un comentario sobre la historia del arte. Muchos han hecho comentarios sobre el arte y lo mío también, sólo que es más tarde". Como se sabe, el famoso cuadro fascina, entre otras cosas, por el uso de varias perspectivas.

Así como Velázquez se pintó en Las meninas, Cárdenas se puso en su Interior, pero tomando fotos, lo que tiene un significado especial: "Lo importante, en este caso, es que en un momento dado los teóricos dijeron que no se podía pintar más porque la foto había reemplazado a la pintura. Todos creyeron y la pintura se fue acabando", explica. Por eso -en un giro tal vez irónico- introduce un fotógrafo en su pintura.

"Lo que hago es trabajar con una cantidad de ideas que se han venido proponiendo en la historia del arte, como el surrealismo, las ideas metafísicas y la abstracción. Creo que muchas de ellas fueron olvidadas antes de haber sido suficientemente investigadas", dice el artista, que justifica así el tiempo invertido en su taller neoyorquino en estas pinturas, que muestran un mundo imposible de fotografiar -"pues sólo se puede fotografiar lo que existe"-, según recuerda-, pero que es perfectamente posible con su pincel.

Tomado del periódico El Tiempo, 31 de agosto de 2010


EL ESPECTADOR Y EL ARTE

Juan Cárdenas, el artista que ilustró la edición de los 130 años de El Espectador

Cultura