Sara Acuña

Bogota

Pintores

Figura

 

 

 Sara Acuña

pintora, artista visual

Sara Acuña
A ColArte

 

   
 

Bogotá, 1979

Vive y trabaja en Bogotá 

Estudios

2001 – 2007 Maestra en Artes Plásticas – Academia Superior de Artes de Bogotá ASAB – Bogotá, Colombia 

Exposiciones Individuales

2014 Temblor Esencial – SKETCH Galería – Bogotá, Colombia

2013 Nociones Básicas – Sala de Exposiciones Universidad Santo Tomás – Bogotá, Colombia

2007 The Show Up – Centro Cultural de la Universidad de Salamanca – Bogotá, Colombia 

Exposiciones Colectivas

2014 Que Bonito – Sala de Exposiciones ASAB – Bogotá, Colombia

2012 After You Die – Espacio 101 - Bogotá, Colombia

2012 Después de todo – El Parqueadero. Museo de Arte del Banco de la República - Bogotá, Colombia

   
  Texto suministrado por la artista, 2014 

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En el comienzo, eran dos conejos.

No era gran cosa, apenas dos masitas peludas, blanditas, silenciosas.

Pero se hicieron legión.

A fuerza de montarse uno sobre el otro empezaron a reproducirse. Como una plaga, hicieron de la procreación su asunto. Todos con todos, todo el tiempo, por doquier.

Se dice que los animales, y yo pienso en los conejos, no se aparean para obtener placer, que sus no muy acrobáticas demostraciones sexuales están enfocadas en la reproducción de la especie. Solo se trata de pura supervivencia. Una cópula que insiste y que resiste para garantizar la permanencia en la tierra de un animal débil. Así, entonces, pensar en conejos tirando me llena de tristeza. Esa vida sexual, carente de placer, preñada de debilidad, fecunda en consecuencias expresadas en el nacimiento de más y más conejos, es la manifestación de una existencia trágica. Aunque esté forrada en peluche.

Una tragedia que solo es trágica para los humanos, algunos, al menos, con una sensibilidad mayor ante estos comportamientos animales que, por anodinos, parecerían más ridículos que dramáticos. Quizás en eso consiste la "sensibilidad artística", quizás no es más que la capacidad de ver tragedia en una pareja de conejos tirando, engendrando, creciendo. Haciendo de una especie débil una especie exitosa.

Pienso en Sara reproduciendo estas escenas de conejos, como si hubiera pocas, como si hubiera que salvar la memoria de la procreación del conejo. La imagino multiplicando dispendiosamente las representaciones de esta especie que solo existe por su simple vocación de multiplicarse. La monta del conejo, quizás, merecería fotocopias más que dibujos. Secuencias aceleradas en edición para que se vean chistosas, como si el conejo Duracell grabara un video porno. Pero ahí está ella, dibujando despacito, durante meses, el pelo de un conejo y de otro y de otro y de otro, y así.

De repente, entonces, sus dibujos dejan de ser insulsas repeticiones de una práctica insulsa y empiezan a incorporar la tragedia del artista entregado con convicción a la causa perdida, a la multiplicación de esa debilidad, siempre sin esperanza y siempre invicta, del conejo, ¿o del artista? No sé ya de cuál de los dos estoy hablando, si es que no estoy hablando solo de mí.

Recuerdo el boom del "arte joven" bogotano a finales de los 90, lleno de "artistas jóvenes" forrados en peluche, disfrazados de conejitos terminando octubre y a comienzos de noviembre, fingiéndose indefensos con sus chaquetas de peluche, fingiéndose sofisticados con sus "estuches de peluche", fingiéndose talentosos con sus esculturas de peluche. Los recuerdo siempre intentando aparearse en las madrugadas, tras un bar o una fiesta, solo para evitar los pensamientos trágicos en torno a la precariedad de una vida no muy dada a la preservación de los débiles.

Parece que la época del conejo se fue. Que el peluche, hoy, es considerado de mal gusto. Que las orejitas en las fiestas de disfraces son para las prepagos. Es la decadencia del conejo. La caída de un tiempo que fue nuestro pero que olvidamos, quizás porque sabemos que fue trágico y que olvidar es lo único que podemos hacer para seguir adelante, reproduciéndonos con fingida alegría. Pero ahí está, hoy, aquí, este anacronismo de Sara, dibujando conejos, esculpiendo conejos, forzando memorias y alusiones, como un homenaje triste a una especie que ya no es o que ya no somos, por cuenta de la definitiva invasión de gatos que se fueron colando en nuestras vidas y en nuestras pantallas para ya no irse jamás.

Víctor Albarracín Llanos

Texto suministrado por la artista, 2014 

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