Plinio Apuleyo Mendoza

Críticos (Periodista, historiador)

Personaje

 

Plinio Apileyo Mendoza

Plinio Apuleyo Mendoza

Crítico

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Hijo del abogado y político Plinio Mendoza Neira, quien estuvo al lado de Jorge Eliécer Gaitán en el momento de su asesinato, estudió ciencias políticas en la Universidad de París (La Sorbona).

Desempeñó el cargo de primer secretario de la embajada de Colombia en Francia y escribió artículos periodísticos para varias publicaciones internacionales. Más tarde fue embajador de su país en Italia y Portugal.

Ha ejercido el periodismo desde su regreso a Colombia, donde en 1959 fue nombrado director de la agencia de noticias Prensa Latina. Ha colaborado con una veintena de medios impresos y digitales y ha sido galardonado con varios premios de periodismo

Tomado de http://es.wikipedia.org/wiki/Plinio_Apuleyo_Mendoza .2014 

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ARTICULOS SOBRE ARTES PLASTICAS


Nuestros Pintores en París

por Plinio Apuleto Mendoza, especial para el Tiempo

Llegaban todos los viernes a mi apartamento en París, invitados por mí. Como era la hora del crepúsculo, por los grandes ventanales del salón donde nos reuníamos se divisaba en la última luz del día un vasto panorama de la ciudad con la torre Eiffel al fondo y, más cerca, la cúpula de los Inválidos. Nuestros pintores en París, a los que García Márquez llamó la plaga maravillosa, se habían convertido en una especie de familia mía.A los más connotados de ellos los había conocido de tiempo atrás. Son pobres todos –escribí alguna vez–; son jóvenes; son colombianos; tienen humor. Dicen “echar carreta” en vez de hablar paja, como decíamos nosotros a su edad; dicen “camellar” por trabajar y con mucha frecuencia usan, más allá de su significado primario, el adjetivo tenaz. Viven en una ciudad tenaz, tenaz es su trabajo, tenaz es su vida. Sus extractos bancarios pisan con frecuencia saldos en rojo; siempre hay muchas escaleras que subir, problemas que afrontar, colas que hacer en todas partes.

Describí también sus talleres: “Huelen a polvo y a trementina y son siempre reducidos. Hay demasiados lienzos clavados en bastidores o enrollados en el suelo; siempre un caballete cerca de la ventana, una estufa eléctrica para calentar el agua del café, y en alguna parte, mesa o repisa, una botella de aguardiente traída de Colombia”.

¿A quiénes veo en mi memoria llegando los viernes a mi apartamento? A Luis Caballero, a Antonio Barrera, a Darío Morales, a Emma Reyes, a Gregorio Cuartas, a Saturnino Ramírez, a Cogollo, al loco Ossaba, a Roca y a su esposa, Gloria Uribe, desde luego a Sojo, a Gustavo Vejarano, a Constanza Aguirre, a María Teresa Vieco, a Homero Aguilar y a otros más. En ese grupo, por cierto, encontré a la pintora que sería mi esposa, Patricia Tavera. De unos y otros me fui despidiendo cuando decidí mi regreso a Colombia después de muchos años de haber vivido en París. Y fue tan constante o tenaz su recuerdo que acabé escribiendo un libro con el título de Nuestros pintores en París, que contiene un perfil de cada uno de ellos.

Digo en este libro que en aquel París al que llegaron sin saber si podían quedarse ardía aún la fiebre de los años sesenta, con las canciones de los Beatles y de Jacques Brel, los cabellos largos y las faldas muy cortas. Todos estos pintores quemaron sus naves de regreso.

Se quedaron. Pero acaso sin proponérselo, Colombia pondría en sus pinceles, aun a distancia, un fuego solo suyo. Fue el caso de Emma Reyes, que era la decana de aquella tribu y que, a pesar de estar radicada en París desde los años cincuenta, en todo lo que pintaba se sentía el latido de su propia tierra. Recién llegados, Caballero, Cuartas, Cogollo, así como Barrera, giraban en torno suyo. Eran ellos los pollitos y ella la gallina.

Todos los pintores que se dieron a conocer en la Ciudad Luz no forman una escuela. Cada cual llegó a encontrar su propia expresión artística y a darles salida a sus vivencias más profundas. Incluso, la palabra vanguardia resultaría arbitraria en su caso. Tal vez lo único evidente en muchos de ellos es la influencia del expresionismo alemán. Este arte lleno de una exaltada tensión era el que más se aproximaba a su sensibilidad, marcada por la dura realidad colombiana. Todos estaban lejos de un arte amable o decorativo.

Eran fieles, además, a su estilo y en muchos había temas que dominaban su obra. En Luis Caballero y Darío Morales, el desnudo; en Saturnino Ramírez, sus billares; en Sojo, sus autorretratos; en Antonio Barrera, sus paisajes andinos; en Cogollo, sus escultóricas figuras; en Patricia Aguirre, paisajes y figuras; en Beatriz Duque, la abstracción; en Homero Aguilar, los interiores.

De su lado, Patricia Tavera se hizo conocer por una fuerza expresiva, tanto en el color como en el ímpetu del trazo, y una búsqueda muy insistente en la materia. La pintura de Gustavo Vejarano se caracteriza por sus atmósferas y la fuerza telúrica con que las expresa. Y en cuanto a Víctor Laignelet, otro de nuestros pintores en París, su obra reveló una manera de ver y distorsionar sus figuras, y una manera viva de aplicar el color y de dramatizar volúmenes.

Lo que los unía, lo que era común a todos ellos, eran el coraje y la verdad. Así tuvieran éxito o no, todos habían sido quemados por la llama insaciable de la creación. El reto de sobrevivir sin abandonar por un instante la pintura se ha convertido en un acto de fe en sí mismos. Tales exigencias acabaron configurando con el paso del tiempo la obra colectiva de una generación que quedará para siempre en la memoria del arte colombiano.

Todas estas evocaciones buscan rescatar del olvido a la plaga maravillosa, que tuvo un peso excepcional en el arte colombiano. Es el mismo propósito que movió a la Casa Cano a abrir bajo el nombre de ‘Ciudad Luz’ esta exposición, que agrupa a once pintores colombianos para quienes París, con su eterna efervescencia artística y los valores que impone en la vocación de un pintor que allí se forma, deja una valiosa huella.

En su obra, por distinta que sea, se advierte la misma exigencia de apartarse de los caprichos de moda, para buscar una expresión propia, sustentada en su búsqueda y sus vivencias. No es, por lo tanto, extraño que sea una de las exposiciones de mayor fuerza y valor de las que hoy se presentan en la capital de la República.

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