Guillermo Londoño Durana

Bogota

Pintores

Abstracto

Guillermo Londoño

CRITICA

Muros de Vida y Muerte

por María Margarita García

Como todos los días, Guillermo Londoño entró en su estudio, se aisló del patio encerrado de su casa republicana del barrio de la Candelaria y echó llave a los lienzos que hasta ese momento le hacían soñar y disfrutar. Estaba aterrado ante la situación del país. Y mientras los rojos se apoderaban de la tela, pensaba en que no sólo debía ser consciente de lo que sucedía a su alrededor sino expresarlo por medio de su pintura.

Con toda la agresividad que había retenido hasta ese momento, emergieron unos floreros quiebrapatas, sin las texturas y los dorados que habían acompañado su obra. Encontró en cada una de sus pinceladas algo de transparencia, aparecieron trazos figurativos y por primera vez estaba metido en un tema político. Se enfrentaba a otra manera de ver el mundo y de expresarlo. Y aunque la mancha brotaba de nuevo en el cuadro, la figuración también se hacía presente al mismo tiempo de una serie de pescados azules, de puntillas y de trazos libres surgían en la tan común pesca milagrosa. Trabajó incansablemente. Tenía ya casi una docena de obras recostadas en los muros cuando una mañana entró en su taller y miró con detenimiento toda esa angustiosa etapa de su pintura. Tomó distancia y no se reconoció.

Había experimentado, encontrado nuevos elementos plásticos y aprendido. Se dio cuenta de que su compromiso con la guerra no estaba en pintarla. "No tenía por qué contarle a la demás gente, que también vive la violencia, que estamos en guerra. Recordé que ahora, en el esplendor alemán, gran parte de los jóvenes se encuentran involucrados en lo que se llama realismo neurótico, que es precisamente sobre la guerra. Me di cuenta de que lo que yo hago con la pintura es refugiarme de la guerra".

Hizo una introspección, echó una mirada a una década de trabajo y encontró las veladuras de los colores, los dorados y ahondó en el dibujo. Tomó el frasco de salsa de tomate y lo dejó caer con rapidez, volvió a coger el pincel y los trapos para introducirse en el color. Dejó de nuevo su propia huella, la que permite al espectador recordar el color de Matisse.

"Estamos viviendo en un país en conflicto y mientras sigamos en esta situación no podremos acostarnos tranquilos. Pero, así mismo, estoy convencido de que actuar de médico en la guerra también tiene su razón. Me refugio en la pintura tal vez de una manera inconsciente, disfruto con ella y expreso esa armonía que siento cuando estoy en pleno proceso de producción", dice Londoño.

Así han surgido otra serie de obras relacionadas con el paisaje, donde el color, las veladuras, el gesto y la libertad son protagonistas. Esa mirada introspectiva, ese refugio en el que se introduce día tras día. le ha permitido disfrutar de lo que hace, experimentar, echar una mirada retrospectiva a la historia del arte, reflexionar respecto de su entorno y de sí mismo.

En una década de trabajo ha logrado crear su propio lenguaje, el cual principió a buscar desde que llegó a la Universidad de Berkeley donde vio el futuro del arte y entró en la plástica desde la libertad, y que luego empezó a consolidar en México al visitar las iglesias y observar con detenimiento no sólo los murales sino las obras y el color de Rufino Tamayo. Ahora es uno de los artistas colombianos que han comenzado a abrirse paso en el exterior y se convirtió en uno de los mejor vendidos en la pasada subasta de Christies, pues su obra subió seis veces más de lo esperado.

Tomado de la Revista Diners, No.364 de julio  de 2000

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Guillermo Londoño

Tomado de la Revista Diners No. 283, octubre de 1993

por Juan Carlos Ovalle Useche  

Expone en la Galería Diners su colección Palimpsesto, desde el 1 de octubre. Sus cuadros reflejan el muro del barro, la huella del hombre sobre las paredes. Nunca se ha regulado por una escuela.  

A sus treinta años, Guillermo Londoño sigue viendo en lo artístico una forma de vida en que la creación está cargada de esa misma libertad con que un día de su infancia empezó las tallas de made­ra que modelaban figuras míticas en los mangos de espadas y bastones, reflejo de la fantasía y la magia que siempre lo atrajo. Desde sus primeros estudios en la Universidad de Ber­keley se manifestó en su obra un re­chazo a esquemas y compromisos de cualquier índole, una resistencia a la incursión del neo-pop y una cierta apatía frente al arte contemporáneo.

Aunque al principio no entendía el impacto histórico en la expresión ni los valores de lo conceptual en el arte, como él mismo reconoce, su trabajo no cambió al asimilar esas ideas. La libertad siguió prevalecien­do y hasta se coló en su forma de vida algo medieval, algo provincia­na. El tráfico, la congestión, el repicar telefónico o las interminables colas no hacen parte de sus días. Paralelamente con su pintura está dedicado a la restauración de una hermosa casa en el barrio La Candelaria.

Esa aparente búsqueda de aisla­miento, que es propia de quien se concentra en su creación, contrasta con su figura de traje informal que al saltar a las calles del barrio se torna sociable y familiar. Es entonces el Guillermo de la cuadra, el mismo que saluda amablemente a doña Ofelia, que felicita con cariño a la vecina del cumpleaños, que escucha paciente los chismes del día en la panadería de don Jaime, y que logra identificarse en las noches con las charlas existencialistas de sus amigos.

Hay un punto donde esa libertad de vida tiene un desfogue: su afición por el motociclismo, por los moto­paseos. A eso, que él llama "escape de adrenalina", le encuentra elemen­tos compatibles con su trabajo artís­tico. La precisión que demanda la velocidad, la oportunidad de "volar" en tiempo y espacio y la ocasión de hacer ejercicio son comunes con la exactitud, la creación, la admiración, la crítica y la dinámica de sus cuadros.

Tal vez esto explique el goce que para él representa la pintura por la pintura misma y su contraposición con las tendencias actuales. Aunque respeta, no comparte lo conceptual ni lo pop. No lo sorprende ni lo impacta. "Me fascina el contacto con la materia y la forma, untarme de pintura, el pincel, el olor a trementina. Además, no veo la pintura como manifestación política, ni social, sino de un pigmento. La veo envuelta en emoción", dice. Su goce al pintar está en el placer de la vida, no en la búsqueda de la fama. Por eso no lo hace por encargo, ni bajo presiones

económicas. Su deleite no tiene tiempo, pero sí un espacio con mucha luz donde no se estrelle sino que se recree la vista, y una actitud disciplinada, no de inspiración: la de levantarse con ojos de pintor y apoyar­se en el lienzo para crear.

Nunca se ha guiado Londoño por una escuela, aunque no oculta su admiración por el expresionismo abstracto de Rauschenberg y De Koonig, por la pintura de acción de Jackson Pollock, por el surrealismo de Dalí, la obra abstracta de Rothko y aun por el conceptualismo de Andy Warhol. Considera que la ma­durez de su obra está en la búsqueda de nuevas texturas y en la consecu­ción de efectos visuales como resultado de una contraposición de pla­nos que antes no era consciente. Ha sido un trabajo cíclico que hoy tiene mucho color, que cambió los ara­bescos y los trazos de calados por las letras moldeadas, las de los sellos de caucho.

Siempre ha estado presente la ar­quitectura en sus lienzos. Ha sido una obsesión, que incluso lo llevó a tomar cursos sobre la materia. A esto no escapa la exposición que inició el 7 de octubre en la Galería Diners y que denominó Palimpsesto.  En estos cuadros hay un reflejo de los muros de barrio, de la huella callejera del hombre sobre las paredes solitarias y vacías. Es la primera vez que Guillermo Londoño yuxtapone conscientemente el plano y el color, que ya había estado presente en ella. Esa escritura sobre la escritura, del cartel, del brochazo, del grafitismo, del rayón irreverente, es una muestra de una realidad actual muy nuestra, pero también muy universal.

PALIMPSESTO. En estos cuadros, Guillermo Londoño superpone por primera vez concientemente el plano y el color.

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Juegos de Azar

por Zandra Quintero Ovalle

Enfrentarse a la obra de Guillermo Londoño es dejarse absorber por un mundo de colores y texturas, de insinuaciones y gestos que nacen de la complicidad entre el azar y la voluntad ordenadora del artista. Su obra, poesía en gran formato, prueba que la pintura no agoniza ante otros lenguajes plásticos -la instalación y sus derivados- que se han tomado este fin de milenio. La pintura que se conjura, se crea, se escucha, se domestica y se revela, continúa respirando. Y mientras respira, seduce.

Para quienes gustan de las etiquetas, la obra de Guillermo podría parecer abstracta; pero el observador atento encuentra huellas, evocaciones sutiles a referentes cotidianos. Los encuentra o los crea? Quizá lo que uno ve en sus lienzos resulta del juego entre ambas acciones, que son las que el artista emprende, una y otra vez, para gestar su obra.

"A diferencia de lo que sucede con muchos artistas -cuenta Guillermo- a mí no me atemoriza el lienzo en blanco, al contrario, me produce una gran emoción empezar a mancharlo: se trata sólo de un ruego que parte del inconsciente". El lienzo virgen nace en el suelo, es sólo un tarea; no hay nada preconcebido, ni siquiera el arriba o el abajo. Londoño lo rodea y vierte la pintura que reposa tal cual durante varios días, sedimentándose sobre la tela. AI pararlo, el artista busca entre esas huellas dejadas por el azar -manchas, texturas, insinuaciones de líneas-, los indicios que le dictarán la composición de la obra. Entonces la interviene, volviendo a aplicar pintura sobre la pintura seca, balanceando el peso de los elementos: "Mis cuadros tienen mucho de paisaje, siento que una mancha puede tener algo de nube, de montaña o de un plano. No es esa mi intención ni mi interés, pero existe la inclinación a ordenar, a componer, a buscar la armonía".

El arte encontró a Guillermo Londoño. Desde pequeño pintaba y moldeaba. Sin ser consciente de ser artista, a los diecisiete años partió para California y después ingresó a la Universidad de Berkeley, donde estudió arte en el medio más antiacadémico posible.

Ahí se familiarizó con el expresionismo abstracto, la action painting (pinta con el mismo método que Polloch), y la escuela californiana. Posteriormente, el pintor José Luis Cuevas lo invitó a trabajar en su estudio en ciudad de México, donde se le reveló en todo su esplendor la historia del arte latinoamericano, desde los caprichos del barroco hasta el color desbordado, hecho textura. del maestro Refino Tamayo.

La obra de Guillermo Londoño posee una riqueza infinita que revela aspectos nuevos según la luz que incide sobre su superficie. El color explota, los rosados intensos se funden con los azules. las manchas marcan danzas frenéticas o huellas pausadas, las líneas sugieren rutas sobre las que el espectador anda. "El cuadro toma vida cuando se da una relación entre éste y quien lo observa, Para que !a obra sea arte se necesita uno que la cree y otro que la interprete si ese juego no se da, la obra está muerta".

Al contemplar la obra terminada, Londoño se desdobla: `No soy yo como pintor sino como espectador, veo cuál es mi juego en lo que acabo de hacer, es una relación con mi otro yo, con el que está sentado esperando para ver !a obra terminada". Entonces emprende otro juego para bautizar a la obra recién nacida. El título es una búsqueda lúdica para volver consciente el inconsciente, para hacer palabra sensaciones e impresiones: Cazador de nube roba, Naufragio para un talador, Rayador de luna chatarra...

Londoño habita una casa colonial que restauró él mismo (1999), en el barrio de la Candelaria de Bogotá, rodeado de antigüedades, obras de otros pintores y espacios sorprendentes, su casa es síntesis de su personalidad de artista, donde .se funden tradición y modernidad, historia y presente, búsqueda y libertad, revestidas de su propia estética. Ahí mismo se encuentra su amplio taller, el laboratorio creativo donde Guillermo Londoño goza "manchando" sus lienzos, para luego esperar que las pistas surjan, le sugieran colores y veladuras. que le dicten el juego que debe seguir.

Zandra Quintero Ovalle
Tomado de la Revista Buen Vivir, No.58, 1999

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Límites desconocidos
Guillermo Londoño o la libertad mutante de Berlín

Por María Margarita García

Cuando Guillermo Londoño llegó a Berlín, donde vive desde hace dos años (2002), lo sorprendió una ciudad en constante transformación, con miles de grúas de construcción de tonos amarillos y rojos flotando en el aire como veletas. Observó una metrópoli cambiante, capaz de evitar el caos de los transeúntes. Esa visión de ciudad, de colores distintos y de seres anónimos empezó a calar en su obra que es ahora más libre, tal como él se siente siendo un hombre más, en medio de la sociedad de masas europea.

Su estudio sigue las pautas de los artistas alemanes, que a pesar de sufrir por causa de la recesión económica, cuentan con talleres espaciosos, llenos de luz y siempre con una botella de vino en el Kühlschrank (la nevera). "Hago referencias figurativas y busco que el espectador juegue con las formas, colores y atmósferas de la misma manera que los niños lo hacen con las nubes. Deseo que lo decorativo sea una forma más de seducir al ojo y a los sentidos, de evocar sensualidad y espiritualidad".

Partiendo de una pintura monocromática, Guillermo Londoño juega con las veladuras y crea yuxtaposiciones con las cuales logra aumentar la intensidad del color. "El accidente es determinante para producir un efecto contundente para la libre interpretación de la obra. Aunque hago algunas referencias a la pintura decorativa, busco la libertad y la creatividad, de tal manera que la línea pasa de ser un elemento que define la forma a ser sólo un signo que la insinúa. Parto dibujos y anotaciones salidos del inconsciente y los integro a la mancha abstracta".

Así ha creado varias series en las cuales no sólo ofrece una visión de movimiento a través de las variaciones sobre un mismo cuadro, sino que inserta figuras de animales en sentido vertical que contrastan y crean el contrario de los paisajes horizontales.

Algunas de estas series ya las expuso en la galería Thomas Von Arx, en el antiguo Berlín oriental, aunque él vive en el otrora Berlín occidental donde le ha impactado el auge de espacios artísticos. "Es una ciudad con la mitad de la población de Bogotá y tiene 100 salas profesionales y en cada esquina de barrio hay bar, peluquería, restaurante y marquetería, todos con funciones de galería de arte. De hecho, las mejores exposiciones a las que he asistido, se desarrollan en lugares que no tienen el logo tradicional de galería. He visto muestras vanguardistas en lugares alternativos como casas abandonadas, locales sin dueño y edificios públicos del gobierno comprometidos con la cultura.

Tomado de la Revista Diners, No.386, mayo de 2002

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Las Hechiceras de lo decorativo

por Francisco José González - Berlín - 2003

Guillermo Londoño es conocido en Colombia como pintor. La Galería Diners ha mostrado gran  parte de su obra. En sus pinturas de grandes formatos, ha trabajado con materiales poco convencionales y pigmentos. La mayoría de sus trabajos son abstractos. "Como pintor, sólo pinto y trato de mantener un idioma propio, una identidad con la factura, línea y fuerza en la obra. No me considero totalmente abstracto, ya que no compongo como tal; siempre hay una referencia en el plano a encontrar figuras y formas, tal vez hasta paisajes",anota Londoño en su estudio de Berlín, donde actual mente prepara su próxima exposición en Hamburgo. 

En sus comienzos hizo escultura. Cuando cursaba quinto de bachillerato realizó su primera exposición en la Galería de Karl Buchholz de Bogotá. Luego vinieron muestras, entre las que se destacan la del Salón Nacional de 1990 en Bogotá, la Primera Bienal de Pintura del Caribe y Centroamérica y la Galería Santa Fe, entre otras. 

Para Londoño, el arte es una forma de vida que no se limita a si se es pintor o escultor, estos son tan sólo herramientas o formas de expresión. "Creo que se nace con la inclinación. También creo que se aprende bajo la academia y la observación. Los interesados en arte miramos qué está pasan do permanentemente en cuestiones culturales y tratamos de encontrarnos en nuestro propio tiempo y espacio". 

Con este pensamiento ha vivido Londoño y se ha encontrado a través de los años. Por eso, dedica no pocas horas a hacer de su trabajo algo sabroso, aunque con mucha disciplina y con horarios muy estrictos. "Me encanta pintar, como una terapia más de
ser artista. Encontré también que de esto puedo hacer mi vida. Claro que también como disciplina, es importante; si no, estaría echado en un parque urbano todo el día. Aunque observar, mirar y sorprenderme con la cotidianidad de la vida es lo que más me gusta, siempre desde el punto y la posición artísticos".

El color juega un papel importante en todos sus trabajos. "Soy muy lúdico con el color, temiendo y cuidando que las hechiceras de lo `decorativo no acaben con la obra. La pintura es como la magia,  toca saber tragarse la espada, saber desaparecer, y toca que el conejo salga del sombrero. Hoy en día no es fácil para los pintores. Echar el cuento y que a uno le crean, es dificilísimo. Primero se compite de algún modo con otras formas de expresión artística que están marcando la pauta del mercado, como la fotografía y la obra digital. Segundo, la economía mundial pasa por una recesión, o al menos eso dicen los que venden el arte, los galeristas". 

Pero, por qué usted habla de una competencia entre pintura y nuevas expresiones, como la fotografía digital o el vídeo? 

"Las paredes en donde antes se colgaba cualquier pintura, son reemplazadas por estas tendencias que, a su vez, es lo que se muestra en las ferias y bienales. Se impone la pauta; no es malo, al contrario, se crea una selección natural, por así decirlo, de la buena pintura. Al mismo tiempo se llenan las galerías de fotografía buena y mala. 

¿Y usted es un pintado en la pared?

"No creo, pero pinto en las paredes. Y próximamente me tocará pintar las paredes de este apartamento". 

Hace tres años que Londoño se estableció en Berlin. Sin embargo, ha podido vivir bien gracias a la venta de sus pinturas en países como Japón, Venezuela y Colombia. Sabe que hacer arte en Colombia no es fácil. Añade que "es especialmente difícil, ya que carecemos de un Estado que le dé importancia, y de un sector industrial privado que lo patrocine. En los EE.UU. o en Europa, los artistas no viven de vender sus obras, viven de vender propuestas y proyectos que financia el Estado o becas ofrecidas por fundaciones, por esto se ven tantas instalaciones, vídeos y obras no convencionales, que no decoran una pared. Esto es maravilloso, pues al contrario de lo que cree Fernando Botero, permite que otro tipo de estética, de arte, le llegue a toda la gente. Uno, que vive metido en esto, se sorprende del éxito que alcanzan estas obras y el goce que producen en la mayoría de la población. Berlín es una ciudad obrera, con una historia de unificación de tan sólo 12 años y un aprendizaje de convivencia y tolerancia en todos los aspectos". 

A propósito, ¿usted como pintor qué opina de las declaraciones que Fernando Botero hizo en contra de la Bienal de Venecia y del arte contemporáneo? 

"Me sorprendió nuevamente, aunque ya había leído declaraciones suyas frente a ese tema. Uno quisiera que una persona de su claridad mental tuviera la virtud de promover a las nuevas generaciones con más audacia", concluye. 

Sus grandes formatos siguen desparramados por el suelo. Hay que irse antes que las hechiceras de lo decorativo visiten sus cuadros. 

Francisco José González
Invitado especial del gobierno alemán.
Tomado del periódico El Espectador, 11 de mayo de 2003

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Para comenzar la temporada del 90, la Galería Diners abrió el pasado viernes 26 una exposición con las obras recientes de los artistas colombianos Gustavo Zalamea y Guillermo Londoño.

Por los lados de Guillermo Londoño, este artista bogotano expone en Bogotá sus trabajos del último año. Tras diez años entre Estados Unidos y Europa, Londoño enfoca su obra hacia la recuperacián de esas viejas vivencias y a la evocación de tiempos mucho más antiguos, los que yacen en las viejas paredes y objetos en los que el paso de los años ha dejado su huella. Para lograr su propósito, el pintor echa mano de las reciñas industriales que, mezcladas con el óleo, le permiten imitar el color y la apariencia del metal oxidado, los ocres de los viejos muros y, en cierta forma, el oscuro fondo de una historia de la que sólo se conoce una pequeña parte. El marcado interés por lograr imitar los colores y las formas de la madera son una herencia del trabajo escultórico que Londoño ha realizado en años recientes. No quiere desligar del todo la escultura de la pintura. Pero en ese intento sacrifica su intención de asir la esencia de otras épocas y sólo logra imitar ciertas texturas que no alcanzan la expresividad que busca el pintor.*

Tomado de la Revista  Semana No.404, 30 de enero de 1990

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