Hernan Diaz

Ibague, Tolima

Fotografos (Retrato, arquitectura, paisaje urbano)

Figura Humana, Figura

Hernán Díaz

fotógrafo

Recuento
 

Vea otras imágenes de Hernán Díaz en ColArte

Retratista por excelencia, Lecturas El Tiempo  , 2015

Hernan Diaz revelado (El Espectador, 2015)

   

Blanco y negro

por Marta Traba. 1962

EI fervor por la fotografía de arte que se comprueba continuamente en Europa y Norteamérica, es muy poco visible en Colombia. La mayor parte del publico considera que la fotografía muestra con nitidez lo que todos somos capaces de ver y que no es mas que la fijación de ciertas imágenes petrificadas en actitudes convencionales. El fotógrafo artista, sin embargo, es mucho mas que un cronista que registra con pasividad elegante las cosas existentes: debe descubrirnos el significado de las cosas simples, subrayar la poesía en la cual no tenemos ni tiempo ni muchas veces capacidad de reparar, exaltar limpiamente la belleza de un mundo cotidiano que zarandeamos sin misericordia, ciegos, apresurados, indiferentes a su canto profundo. El fotógrafo no nos hará el trabajo de gran prestidigitador que esperamos de los pintores, capaces de cambiarnos un mundo por otro: le toca una tarea mas sutil, la de darle un significado nuevo a las imágenes que ya no nos interesan porque estamos demasiado seguros de poseerlas. Los grandes fotógrafos han rehecho todo, desde el cuerpo desnudo hasta una cafetera olvidada en el ángulo de la mesa. Han tenido ambiciones mas generales y vastas, como la de reconstruir la vida del hombre y obligar a ese mismo hombre, su publico, a que tome conciencia de esa vida como de algo impostergable y maravilloso. Han adiestrado con inteligencia y con emoción públicos cultos y por eso mismo siempre dispuestos a redescubrir el mundo de las formas.

La tarea y la suerte de un fotógrafo de arte en Colombia me parece mas heroica, porque no siempre el publico responde a la invitación a ver. Todo en Colombia, por mas viejo que sea en el resto del planeta, es asombrosamente inédito.  El fotógrafo de arte empieza a mostrar; su espectador comienza a descubrir. El fotógrafo ha caminado entre cosas simples: el país en que vive lo condena fatalmente hacia el niño negro con su miserable vientre hinchado, hacia las mujeres de pueblo bloqueadas en las pesadillas de su tarea sin fin, hacia los entierros pobres deslizando su desnudez hiriente y lastimosa por la radiante ladera de la montaña.  Pero una vez que presenta su carta de ciudadanía y que aclara con ella que su cámara no esta apoyada en la Acrópolis para ver el Mediterráneo sino en una región escueta y lacerada que se llama Colombia, el fotógrafo se deja llevar por la vitalidad y el encantamiento de las imágenes y ya nada interfiere su placer de comunicar a los demás sus propias revelaciones. En este momento el fotógrafo de arte toma nombres precisos y distintos: Hernán Díaz y Guillermo Angulo. 

Las fotografías de Hernán Díaz presentadas en la Sociedad Económica de Amigos del País, son composiciones dominadas por un interés plástico. El negro y el blanco se vuelven contrapunto dinámico y el pintor que esta detrás del fotógrafo olvida casi el significado del tema para resolverlo como una serie de formas validas en si mismas. Mas aun que en una pintura, alterada irremediablemente por la sensualidad de los colores, la forma emerge aquí pura, residiendo con fuerza en la línea desvencijada de un coche o en el brazo oscuro de una mujer, o en la convulsión abanderada de una falda en mitad de la danza. Guillermo Angulo esta mas unido a las cosas reales y mas interesado que Hernán Díaz en explicar sus significados. Fotografía reivindicatoria, es la apoteosis de las cosas simples y se complace en inventariar lo que la sociedad ha relegado a su trastienda oscura. Esta declaración de contenidos, sin embargo, esta muy lejos del cartel demagógico y se hace con inteligencia a traves de la belleza con que se coloca la imagen en su imprevisto y emocionante escenario.

Por ambos lados, por el lado plástico de Díaz o por el lado realista de Angulo, la exposición es excelente. Elogio que habría que extender a la manera de presentar las propias fotografías, inteligente “mise en scene” que nos advierte, desde que trasponemos el umbral, que lo que veremos en las fotografías pertenece, sin equivocación, a la categoría de imágenes re-creadas por un artista.   

Revista Semana, Bogota-Colombia. 1960.

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Tras la lente de Hernán Díaz (1990)

Al cumplir 30 años de trabajo profesional, Hernán Díaz saca a luz pública lo mejor de su archivo fotográfico.

Un gran porcentaje de su trabajo reposa en portarretratos de plata en las casas de las familias colombianas más destacadas en los últimos 30 años. Ante su lente han desfilado varias generaciones de colombianos, en su gran mayoría, los protagonistas de la vida nacional en las tres últimas décadas. Desde el doctor Carlos Lleras Restrepo o Gloria Zea hasta Camilo Torres y Carlos Pizarro. También están los matrimonios, los bautizos y las bodas de plata de las más tradicionales familias bogotanas. Sin embargo, más que un fotógrafo "de sociedad", la obsesión de Hernán Díaz es un capturar personalidades. No sólo por la importancia de aquellos que han posado ante su lente, sino por su especial habilidad para captar una imagen fiel del temperamento y del momento del personaje. "La diferencia consiste en que algunos fotógrafos nos acercamos con objetividad a lo subjetivo, mientras otros se acercan con subjetividad al objetivo", señala.

Por eso, Hernán Díaz no es un fotógrafo que hable de técnica o de lentes. El habla de personas a las que conoce íntimamente y con las que le une una gran amistad. Cada una de las miles de fotografías que reposan en su archivo le trae a la memoria anécdotas tan nítidas como la imagen que registran. Para él, una fotografía es una confesión. Para empezar es un fotógrafo sin estudio. El escenario de su trabajo es la sala de su casa o el rincón favorito de los personajes. En medio de la charla enfoca los mejores ángulos del personaje, descubre nuevas facetas o intuye los gestos y actitudes que más lo identifican. Sólo después de este ritual, siente que está listo para oprimir el obturador.

Otro requisito sagrado en su trabajo es la admiración que profesa por sus modelos. "Sólo fotografío a la gente que admiro", señala con la seguridad de quien se da el lujo de escoger. Aunque confiesa que ha incinerado las fotografías de aquellos a quienes considera "personajes provisionales". Este inusitado respeto por su trabajo le ha valido una especie de pasaporte para ingresar al mundo íntimo de las miles de personalidades nacionales e internacionales que ha fotografiado en su carrera. Dueño de un estilo propio, Hernán Díaz es considerado tanto por los fotógrafos veteranos como por las nuevas generaciones de reporteros gráficos, un maestro en su arte. Sus fotografías son automáticamente identificables y tienen un sabor nostálgico de otras épocas. Una mirada a su archivo es un regreso a los años sesenta y setenta.

El oficio lo aprendió de su padre, Ignacio Díaz Fernández, un tolimense dedicado a la docencia. A su lado conoció también a la gente más importante de este país a mediados de siglo. "El era un aficionado a la fotografía, pero se interesaba más por el trabajo de laboratorio. Quiso enseñarme con el propósito de que me interesara por la química". Pero más que las reacciones de las cubetas, se apasionó por buscar el alma de la gente a través de su lente. Para Hernán, un retrato debe ser auténtico y positivo. Por eso detesta las fotos indiscretas y la fotografía como arma para destruir a las personas. Le huye a los artificios de los asesores de imagen y por eso tampoco la va muy bien con los publicistas. "Yo no brillo manzanas" señala enfático. Le tiene alergia a las ediciones de sus fotografías en los periódicos y sus grandes desilusiones profesionales tienen que ver con publicaciones que han utilizado su material sin el respeto que él da a su trabajo.

Su primer trabajo fue como cabinero en una compañía de aviación. A la par con los viajes, le atraía la posibilidad de conocer gente importante. "Una vez me encontré con la cantante Marian Anderson. Era tal el temor que sentía por volar, que la llevé a la parte de atrás del avión y cantó sólo para mi, cuenta emocionado. "Para que volviera a pensar en mis estudios, mi papá habló con Herbert Wild para que me echara. Me envió 700 dólares y me botaron en Lisboa". De esa época, en París, data su amistad con Grau, Negret, Obregón, Belisario Betancur y otras muchas figuras nacionales. Experto en detectar aureolas antes de que brillen en luz pública, él les pidió que posaran ante su lente.

"Yo soy una invención de Virgilio Barco", señala recordando sus comienzos. "El fue quien me empujó a trabajar en fotografía. En una ocasión, en Boston, me presentó al director del Christian Science Monitor. Yo le mostré mi trabajo y días después, mis fotografías llenaban una página del periódico". No recuerda cuánto le pagaron. De la misma forma que no recuerda haber visto tantos comprobantes de pago como fotografías suyas han salido publicadas. Señala que al parecer, la prensa ha considerado su trabajo una especie de patrimonio nacional y si bien sus fotografías han sido difundidas en todos los medios, muy pocas han dado origen a un cheque. A comienzos de los sesenta empezó a trabajar para Life en Español y para Time, que aún hoy publican sus fotografías de esa época. Fue también Virgilio Barco quien lo hizo regresar a Colombia, cuando era ministro de Obras, para tomar las fotografías de la contrucción del Ferrocarril del Atlántico.

Desde entonces varias veces ha recorrido con su cámara al hombro las distintas regiones del país. Autor de varios libros. El primero, "Seis artistas colombianos contemporáneos", lo realizó con Marta Traba. Luego vinieron "Cartagena", "Cartagena morena", "Camilo, el cura guerrillero", "Las fronteras azules de Colombia", "La casa de huéspedes ilustres", "La Casa de Nariño", y "Trajes regionales de Colombia". Señala, sin embargo, que su "materia prima es la gente". Por eso ahora prepara un nuevo libro -titulado "Sólo por el placer mío"- con las fotografías de los numerosos personajes que ha conocido en estos 30 años de trabajo profesional, y las crónicas y las anécdotas de esas sesiones que más que un negativo dejaron una huella en su vida. "Porque cada foto es una historia".

Tomado de la Revista Semana No.436, 11 de septiembre de 1990

   
 

Seleccion de los mejores fotografos de America Latina
Hernán Díaz, Colombiano
por Rafael Moure

El más importante retratista de Colombia, Hernán Díaz ha entrado en la vida de todas las personalidades de su país para capturar su alma: los presidentes, los escritores corno García Márquez y Álvaro Mutis, los billonarios como julio Mario Santodomingo, los pintores. Al comienzo de su carrera se hizo famoso por fotografiar mujeres hermosas. Hoy, el solo hecho de posar para su lente puede hacer famosa a una persona.

"A la hora de hacer un retrato me inspira el entusiasmo de mi modelo. La tranquilidad de un espacio que le sea familiar al sujeto y la luz del día que entra por la ventana. Esa luz trae una dulzura y una fidelidad más allá de cualquier otra iluminación. Irving Penn dice que la claridad de la luz natural es tan penetrante que el más humilde objeto así iluminado, produce un brillo interior casi voluptuoso. En los retratos de principios del siglo XX esa belleza es palpable con una intensidad jamás superada por las herramientas más avanzadas".

Eran los años sesenta cuando tomó la foto de Fernando Botero -entonces un pintor desconocido de Medellín- en su estudio. La luz que Botero le puso a su cuadro es la misma que quedó plasmada en la fotografía. El maestro acababa de terminar su serie de "las monalisas" y como suele suceder, Díaz fue el primer invitado a verlas.

Revista Gato Pardo, No. 17, septiembre de 2001

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DEL ÓLEO AL PAPEL

A pesar de que se practicaba en pintura desde finales del siglo XIX, se cree que las primeras fotografías de desnudos fueron realizadas hacia 1920 por el escultor Dionisio Cortés, quien había tratado el tema en obras pictóricas desde 1881. En algunas de las fotos se han encontrado cuadrículas, lo que permite pensar que Cortés las utilizaba como apoyo para trabajar los escorzos de sus esculturas. Los primeros desnudos con fines artísticos serían realizados un poco más adelante por Juan Nepomuceno Gómez y Enrique Uribe White, mientras la primera inclusión de un desnudo en una publicación colombiana se haría en 1962 en el libro La vida pública, de Arturo Camacho Ramírez: la modelo es Fanny Mikey, y el fotógrafo, Hernán Díaz.

 

Tomado de Revista Semana Edición 1367, 14 de julio de 2008, por Eduado Serrano

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Murió Hernán Díaz, un grande de la fotografía

Su lente atrapó a los que hicieron la historia del país a partir de los 60

Hernán Díaz, uno de los más grandes fotógrafos colombianos de la segunda mitad del siglo XX, murió ayer, en la tarde, en su casa de Bogotá.

"Tuvo un año de enfermedad por un enfisema muy fuerte que se lo llevó con un paro respiratorio fulminante, como él quería", dijo el amigo de toda su vida, Rafael Moure.

Nacido en Ibagué, en 1931, Díaz tuvo una carrera brillante pues logró poner bajo su lente a todas las personalidades influyentes que desde los años sesenta se dieron a conocer en la vida pública nacional. Unos de la política y otros del mundo del arte, todos quedaron plasmados en fotos que ahora son retratos clásicos.

"Sus fotografías son impecables", opina la fotógrafa Gilma Suárez, directora del Foto-museo y agrega: "Fue el maestro de todos y retratos los estudian todos los que quieren hacer buena fotografía".

"Fue mi amigo del alma -dice Gloria Zea, directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MamBo)-. Como persona era excepcional. Hace poco lo visité y me enteré de que estaba enfermo. Ese día empezamos a organizar la exposición que vamos a hacer en el MamBo en septiembre del año entrante. Serán cien fotos con un libro. No pensé que él no llegaría a esa fecha".

Su sentido del humor

Todos recuerdan al fotógrafo como dueño de un sentido del humor excepcional. "Una sesión de fotos con él era para morirse de la risa", dice Zea.

Por su parte, Moure comenta: "Hernán era directo, con mucho humor y sarcasmo. Era malo, en el sentido bueno de la expresión, y picaro".

Si unos le reconocen su habilidad para el retrato, otros como su amigo Alvaro Castaño Castillo destacan su trabajo en la fotografía arquitectónica, especialmente la de Cartagena: "Creo que las mejores fotos de Cartagena son de Hernán. Las primeras fotos que la hicieron famosa fueron de él. Si alguien piensa en los cinco fotógrafos más famosos del país, tiene que estar él".

Gloria Valencia de Castaño lo recuerda con un humor ácido y certero. "Era una persona muy valiosa y fue un gran testigo de nuestra sociedad".

Si bien, cuenta Alvaro Castaño, en los últimos dos años su ánimo decayó un poco, tanto él como los demás entrevistados le reconocen que fue uno de los hombres más festivos que conocieron.

Tanto Gloria Valencia como Gloria Zea recuerdan que él y el artista plástico Enrique Grau se disputaban ser los anfitriones de las mejores fiestas de Bogotá, entre los años setenta y ochenta.

"Hernán vivía en la Colina de la Deshonra, que es la calle que sube frente a las Torres del Parque entre la calle Quinta hasta la Circunvalar. Ahí vivían, también, Grau y un montón de artistas y se hacían las fiestas más sensacionales. Por eso el nombre de la calle".

Rafael Moure concluye: "Él fue el historiador desde los 70 hasta el presente".

Tomado del periódico El Tiempo, 1 de diciembre de 2009

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En blanco y negro

por Guido Hoyos

Fue conocido como el fotógrafo del poder. Con sus retratos marcó una época y contó la historia del país. Su muerte cierra un capítulo en la fotografía pero deja su propia marca: la de un hombre que seducía con su inteligencia y con su cámara. CROMOS fue a su casa en busca de la esencia que hizo que los personajes que él retrató hubieran quedado inmortalizados. 

Lo dijo en varias ocasiones: "Mi vida está ahí, en mis fotos". No escribió sus memorias pero las contó con sus imágenes. Se fue Hernán Díaz, el fotógrafo del poder, el retratista por excelencia que vivió intensamente los últimos 50 años del siglo XX y no dejó de sorprenderse en el comienzo del XXI. Caras, gestos, miradas y risas en blanco y negro son el legado de este hombre que contó parte de la historia del país fotografiando a la élite y a los miembros del poder.

El 5 de enero cumpliría 81 años. Bromeaba a veces con su edad y sabía muy bien que vivir no era una simple cuestión de números. Nació en Ibagué pero desde pequeño el mundo se abrió para él, primero en Europa y luego en Nueva York, según él "la capital del planeta, la única donde uno no se siente extranjero y a nadie le importa nada". Cuando trabajó como auxiliar de vuelo hizo sus primeras fotografías, algunas con personajes famosos como Jorge Negrete y Libertad Lamarque, a quienes les robaba un momento, sin decirles nada, mientras bajaban del avión.

Su memoria prodigiosa le permitía contar sus comienzos y sus vivencias con los personajes más reconocidos del país. El cigarrillo, que por años lo acompañó a razón de dos cajetillas diarias, lo había traicionado, pero ni siquiera los males respiratorios que le dejó y que finalmente pararon su corazón el pasado 30 de noviembre, le quitaron su sentido del humor, el sarcasmo, un ego indoblegable, su orgullo y la capacidad de analizar el país sin temor a ser señalado.

Tampoco dejó de ser el hombre gruñón, con sabor a café en las mañanas, que se imponía. "Siempre lo fue, era totalitario. Era fuerte: lo que yo digo es lo que se hace", afirma Rafael Moure, su compañero durante 53 años y también un cómplice de la vida, de las aventuras fotográficas de Hernán y hasta de las parrandas en la famosa "Colina de la deshonra", en el barrio La Macarena de Bogotá, cuando estar con los amigos era el mejor pretexto para comenzar una fiesta.

De los tiempos de la colina todavía andan los recuerdos por la ciudad, aunque algunos de sus protagonistas se fueron primero que él: Enrique Grau, Marta Traba, Eduardo Ramírez Villamizar, Feliza Bursztyn, Fanny Mikey y Eduardo Chuli Martínez. "Le encantaba bailar, aunque no era buen bailarín. La música fue muy importante en su vida", agrega Rafael. Podía pasar de Bach a los Beatles, y lo único que no sonó en su casa fue vallenato.

"Siempre quería compartir con todos la música, hace años empezamos a hacer unos casetes y luego discos para regalarles a los amigos en Navidad, como collages que contaran una historia, cada canción llevando a la otra. Escogíamos las canciones formando una armonía y muchas veces les metíamos efectos de sonido o ruidos de la ciudad. Además, llevaba una carátula inventada por nosotros. Para este año teníamos lista nuestra selección", cuenta Rafael.

Hernán era un gran conversador, imponente sus criterios en tertulias y en discusiones álgidas, con un aire protagónico que reflejaba su alma de artista pero que pretendía disimular con modestia. Divo o vedette, todos lo sabían y él más que nadie. Decía que la gente le daba pánico y una reunión con más de diez personas le secaba la boca, quizás no quería perderse en la multitud. "No le gustaba porque no resistía que alguien brillara más que él", dice Rafael en un tono jocoso.

También las evitaba para no tener que conocer personas que querían que él supiera que lo conocían. Hernán tenía ese poder de atracción pero sólo se dejaba seducir por algunos. "La primera impresión que me da una persona abre ya una puerta", decía para justificar su estilo que conectaba su mente con la de su modelo, con alguien que trajera algo más que su cara y le permitiera ser su cómplice.

Por eso decían que Hernán sólo fotografiaba a los amigos y en sus sesiones la tensión del primer minuto podía convertirse en una charla intelectual para morirse de la risa. "Me encanta un amigo para no tener que escucharme sino escuchar a los demás, que llene un vacío", decía. El resultado fueron fotos únicas con personajes del poder, el arte y la élite del país que sólo debían cumplir con un requisito para ser fotografiados: carisma.

Así lo hizo por casi 50 años, peleando también por ser libre, por los derechos de autor y por darle profesionalismo a su oficio. Alimentando otras pasiones: la lectura, el cine, su amor por los animales, estar informado, opinar, decir e imponer sus criterios. "Las noticias sobre la crueldad con niños y con animales le daban una ira santa y en los últimos meses estaba obsesionado con Hugo Chávez, le parecía un personaje nefasto", recuerda Moure.

Llegada la noche, empezaba una hora especial, la del cine. Veía una película al día y Rafael era el proyeccionista oficial. Condiciones: sin violencia gratuita, crueldad o enfermos trágicos. "Si no le gustaba, se paraba y se iba". Pero también se quedaba emocionado con el buen cine gringo, el europeo y clásicos que repetía como Casablanca y Lo que el viento se llevó.

En el día no dejaba de trabajar, tomó fotos hasta muy poco antes de su muerte y alternaba su pasión con el dibujo, la pintura, las cajitas que decoraba con collages y la escritura de textos a mano en cuadernos regados por toda la casa. Este era el Hernán cotidiano, un viejo gruñón amante de las revistas, fiel a Vanity Fair, pésimo modelo que sólo posaba para Rafael -pero dando instrucciones- y de quien ahora hay que hablar en pasado como él lo hizo de sí mismo muchas veces, por el simple hecho de haber vivido casi un siglo y empezado el otro. Esa fue su vida y ahí están sus fotos.

Tomado de la Revista Cromos no.4772, 12 de diciembre de 2009

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Un pionero con estilo

por Pilar Castaño

Pero Hernán Díaz no se limitó a ser una lente  penetrante que recoge los testimonios de la sociedad del siglo XX. Fue, además, un verdadero testigo de nuestro tiempo. Ibaguereño de pura cepa, se trasladó en su adolescencia a una ciudad como Bogotá que vio cambiar diametralmente. La carrera tercera y el Camellón del Carmen de su infancia quedaron borrados con las luces de las fuentes luminosas de la Plaza de Bolívar. Terminó su bachillerato en la Academia de West Point. A pesar de ello, sólo se consideró con una formación como la que quería tener cuando complementó sus estudios fotográficos en París. Uno de sus mayores orgullos fue haber sido alumno de Irving Penn. Inspirado en Greta Garbo y en las demás divas del cine que eran su pasión, también se inscribió en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos de París.

A la capital que le tocó a su regreso, en los años sesenta, y que limitaba con la parroquia de Las Nieves, se subía trabajosamente por barrios marginales. Allí estaba La Macarena, un lugar donde se habían construido, empujándose unos con otros, pequeños edificios de tres pisos cuya mejor comunicación eran los tejados de los unos que coincidían con los patios de los otros. Allí se ubicaron pintores, escritores, fotógrafos... En esa época bulliciosa las mejores fiestas de la historia eran las de Enrique Grau y Hernán Díaz, las más creativas. La pasión por los disfraces de Grau provenía de Díaz, quien era el encargado de esa moda de los grandes sombreros que el pintor inmortalizó y el fotógrafo compuso y recreó.

La moda comenzaba como una burla en los maquillajes de Feliza Bursztyn, Lina Uribe, Marta Traba, Gloria Zea y Amalia Samper. Esa misma diversión se convertía luego en obras de teatro y en excéntricas vestimentas que serían imitadas con frenesí por las alumnas de Los Andes. La moda estuvo siempre presente en los suéteres de cachemir y el collar de perlas de Beatrice Santo Domingo, el sastre Chanel de Cecilia Caballero de López, la ruana de María Victoria Uribe y la desnudez de Leonor Reyes. Los peinados de Graciela Espeche seguían la influencia de Audrey Hepburn en Desayuno en Tiffanys... era la época de Warhol, de Capote, del Cordobés, de Luis Miguel Dominguín, todos pasaron por su Hasselblad, con su infaltable cigarrillo en la otra mano, sus jeans desgarbados y su suéter gris.

Culto, incisivo, visionario, recorrió el territorio colombiano con deleite, produciendo fotografías que, más que eso, fueron muchas veces denuncias como solo las pueden hacer los grandes fotógrafos. Nunca en el país se había retratado a su gente sin importar estrato o condición; impuso el blanco y negro de Cartier Bresson, con la suerte de poder contar con la belleza y la cultura de la mujer colombiana. Hernán tuvo puntos de sosiego y de particular reflexión, dentro de los cuales recuerdo trabajos dedicados a Cartagena, con sus personajes más característicos, como aquella negra de dentadura interminable que aún sonríe bajo una sombrilla de colores. Esa foto suya hace parte del patrimonio histórico de Cartagena y dio a conocer la ciudad más que cualquier discurso, editorial, polémica o reinado de belleza.

Interpreto a Hernán Díaz desde el recuerdo del manejo de su cámara Hasselblad, no como un profesional del color sino con fotografías impecables a blanco y negro, que fueron su pasaporte de entrada a la American Society of Magazin Photographers, así como al Christían Science Monitor. En 1960 una foto suya fue publicada en la revista Life. Conquistó los Estados Unidos y en la década de los 80 ya habían aparecido sus imágenes en todos los países de América.

Libros como Colombia documentos de identidad, Diario de una devastación, Las fronteras azules de Colombia hicieron que en 1982 le fuera otorgada la Cruz de Boyacá por su aporte a la ecología.

Hernán Díaz supo ver a las mujeres bellas, retrató como nadie el glamur de una reina bogotana como Leonor Reyes o María Victoria Uribe; a mujeres cultas como Marta Traba, Gloria Zea, Feliza Bursztyn, Fanny Mikey y Gloria Valencia de Castaño; a políticos como Carlos Lleras y Alfonso López Michelsen; a los pensadores, los escritores, los artistas y a toda esa comparsa que ha hecho nuestra historia. 

Tomado de la Revista Cromos no.4772, 12 de diciembre de 2009

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La mirada de Hernán Díaz

por Gilma Suárez

Llegó para Hernán Díaz, el sobresaliente fotógrafo y fotógrafo por excelencia, el último ¡clic!, aquel que convierte la vida en destino. Un músico puede pasar a la historia con una canción. Un pintor con un cuadro. Un poeta con un poema. Un escritor con una novela. Un fotógrafo con una imagen. Hernán Díaz no ha dejado sólo una fotografía. Instalado en esta disciplina desde la segunda mitad del pasado siglo, moldeó retratos de una parte importante de la sociedad colombiana y su legado son iconos referenciales para los estudiosos de la fotografía; a las generaciones futuras que se empeñen en conocer nuestra historia visual les será fácil adentrarse en ella, merced a esta memoria fotográfica.

Lo recuerdo en los años sesenta, cuando días después del Reinado de Belleza, llegaban a Bogotá las candidatas junto a la reina de turno, a servir en el Banquete del Millón. Pero antes habían participado en otro desfile, una a una, por el estudio del maestro para que les consagrara su propio retrato, donde quedan plasmados tanto la modelo como el artista, pues ese arte -cuando es resuelto con talento-, corrobora los vericuetos ocultos de nuestro ser, al mismo tiempo que nos interroga.

Su escenografía y puesta en escena eran el rostro mismo del personaje sin artificios: miradas, gestos, manos, una sonrisa o un ceño fruncido, era todo lo que necesitaba este mago de la imagen para realizar esas extraordinarias radiografías.

No trató sólo de captar rostros bellos de las capas altas de la sociedad, porque si en sus imágenes encontramos a una hermosa Gloria Valencia de Castaño; o el perfil impecable de Leonor Reyes; o el excelente retrato del pintor Juan Cárdenas en primer plano con sombrero, mirando fijamente a la cámara, mientras que Mónica Meira su esposa, un paso atrás y en desenfoque, mira atenta también al lente; a la inolvidable crítica de arte Marta Traba y a tantos que posaron airosos frente a su lente, también plasmó, de manera crítica y mordaz, a una casta indiferente y ajena a los grandes problemas sociales que campean en Colombia.

En el libro de Fotografía Latinoamericana de 1860 a nuestros días, se muestran dos imágenes en la misma página, que reflejan precisamente esa insensibilidad, porque el artista siempre quiso que fueran juntas: una mesa exageradamente repleta de comida, candelabros de plata y una cava de vinos, mientras entran a sentarse a manteles una señora con sombrero, y dos señores vestidos de negro que flanquean a un prelado de la Iglesia católica, mientras que en la misma página aparece sentado en un andén un niño en harapos frente a unas sobras de comida colocadas en un papel periódico.

También una imagen memorable es Chiquinquirá, realizada en 1960, donde aparece el Escudo Nacional a la izquierda, al centro la Virgen con toda su majestuosidad, al lado derecho un Ángel llevando en sus manos una corona de laureles en actitud de entrega, y delante, al lado de la Virgen, una campesina boyacense calzada con alpargatas, parada abrazando a su bebé, mientras en el piso reposan su canasto y dos talegos. Es una fotografía perfecta.

Amó a Cartagena y la fotografió como una de sus musas predilectas: sus calles, sus casas, sus plazas, rincones captados desde insólitos ángulos. La ciudad al amanecer y al atardecer, sus murallas, sus ventanales con flores multicolores, los coches tirados por caballos, transporte de sueños y amores, las sombras misteriosas en la noche, pero sobre todo a las bellas mulatas cartageneras, símbolo de una raza tan nuestra y tan asentada en nuestra historia. Esa muchacha negra con su carcajada limpia mostrando cual murallas su dentadura blanquísima, o aquella vendedora de frutas con su platón en la cabeza que el artista logró captar justo al pasar una puerta que más parece sacada del arte óptico que a finales de 1958 surgió en EE.UU.

Cuando se escriba la verdadera historia de la fotografía colombiana de la segunda mitad del siglo XX, comprenderemos mejor cuánto le debemos a Hernán Díaz y el inmenso legado que nos deja. Se concluirá que fue su más destacado mentor; tanto que su imagen y su prestigio estuvieron siempre a la altura de los grandes artistas nacionales que se impusieron por esos tiempos. Con su talento contribuyó a formar en el exterior una imagen desconocida de esta Colombia; trabajó con terquedad para que esta área del arte fuera reconocida no como una imagen en una hoja de papel, sino como el propio talento y creatividad plasmados en papel fotográfico. Sus enseñanzas llegaron, no sólo con sus imágenes sino también con su palabra, a miles de seguidores para ilustrarnos con sabiduría, sobre cómo defender y valorar nuestro trabajo. Su sensibilidad y su humanismo, plasmados en la obra que nos deja, son un patrimonio visual fundamental para comprender una parte importante de este país.

Tomado de la Revista Lecturas, de El Tiempo, enero de 2010

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Hernán Díaz: un retrato

Murió unos de los fotógrafos emblemáticos de Colombia.

La obra de Hernán Díaz marcó un punto de quiebre en la fotografía colombiana. Él cambió la percepción del trabajo de un fotógrafo. Por la época en que se empezaron a ver sus retratos, en 1960, la crítica de arte Martha Traba escribió: "El fervor por la fotografía en Europa y Norteamérica es muy poco visible en Colombia". Entonces, la fotografía no era más que reproducir imágenes -uno que cualquiera con una cámara podía llevar a cabo-. "El fotógrafo artista, sin embargo -continuó Traba-, debe descubrirnos el significado de las cosas simples, subrayar la poesía en la cual no tenemos ni tiempo, ni muchas veces, capacidad para reparar".

Eso, precisamente, fue lo que Díaz hizo durante más de 40 años de trabajo y se refleja en los 24 libros que publicó. No sólo fue el fotógrafo más prolífico en Colombia, un pionero, el que retrató a los personajes más importantes de la segunda mitad del siglo XX en el país, sino que inauguró, según sus colegas y amigos, la era de los fotógrafos cultos en Colombia, quien le devolvió a la fotografía colombiana el estatus de medio artístico que la caracterizó desde su llegada a principios del siglo XX.

Desde niño aprendió a tocar el piano y toda su vida fue un aficionado a la música clásica. Sabía de pintura, de literatura -en especial de la norteamericana- y siempre estuvo en contacto con lo que ocurría en otros lugares del mundo. En pocas palabras, él era un intelectual y un erudito. A mediados de los años 60, hizo parte del grupo de intelectuales que renovó las artes y las letras de Colombia. Fue amigo cercano de Gabriel García Márquez, Alvaro Cepeda Samudio y del crítico Hernando Valencia Goelkel; de los pintores Enrique Grau y Alejandro Obregón, del cura Camilo Torres. Y, como pocos intelectuales, se movía como pez en el agua en la alta sociedad. Por su lente pasaron ex presidentes como Virgilio Barco y César Gaviria, y personajes tan influyentes en la historia reciente del país como Julio Mario Santo Domingo.

"El era muchas cosas -dice Guillermo Ángulo, su gran amigo-. Su trabajo no entra en una clasificación. No se puede decir que era un fotógrafo de moda, un retratista, o un fotorreportero. El era muy dúctil en cuanto a su oficio: un verdadero artista". Estudió en la Escuela de Altos Estudios de Cinematografía de París y luego en el Famous Photographers School, donde era profesor Richard Avedon. De él aprendió la técnica de la beauty light y a identificar los mejores ángulos de sus sujetos. Tal fue su influencia, que la silenciosa expresividad de los primeros retratos de Díaz recuerda a los del norteamericano, y tanto el talento de Díaz para personalizar su estilo, que la crítica pronto destacó el carácter plástico de su obra. Iving Penn lo inspiró. De él aprendería las ventajas de la luz natural y de él heredó un gusto por los paisajes. Hoy pocos fotógrafos colombianos se pueden comparar con él.

Díaz, en efecto, fue muchas cosas. El solitario, que no se dedicó al cine -su gran pasión- admitiendo que no podía trabajar con un gran equipo; el artista temperamental, que quemó varios negativos; el pionero que publicó por primera vez en Colombia un libro de desnudos, La vida pública de 1962, para el que posó Fanny Mikey, y, ante todo, un profesional de la fotografía que no se conformaba con menos que la perfección técnica y que lograba captarlos gestos esenciales de los personajes que retrataba, aunque eso implicara usar sarcasmos -era famoso, también, por su punzante humor negro-, o tomarse un par de whiskys con ellos. Con él no sólo muere una época de la fotografía en Colombia, sino una idea de la élite bogotana que él inmortalizó con sus retratos.

LA ULTIMA FOTO DE HERNAN DIAZ
Por Emilio Sanmiguel

El día que Hernán Diaz murió nada parecía ¡ndicar que eso iba a ocurrir, aunque venía seriamente enfermo de tiempo atrás y las visitas a las clínicas tenían ya el sabor de una letanía.

En la mañana tuvo tiempo de hacerse tomar unas fotos que lo retrataban a la perfección: se puso sombreros, hizo muecas y se divirtió cuanto pudo; a pesar de que en medio del juego dijo que cuando muriera, monseñor Juan Miguel Huertas se encargara de la ceremonia religiosa, como efectivamente ocurrió.

Almorzó casi como de costumbre, porque en las últimas semanas había disminuido un poco su legendario apetito, y luego se instaló en su poltrona para oír algo de música clásica. A eso de las 4 de la tarde lo sorprendió la muerte, para enfrentarla se puso de pies, pero perdió la pelea.

Salvo esta última batalla que siempre llevamos perdida, ese era su estilo de vida. Porque le gustaba que la casa estuviera llena de sus amigos, para conversar, disfrutar su música que iba de los Conciertos de Mozart a los boleros cantados por Elvira Ríos, comer y sobre todo reír con las cosas que decía y se le ocurrían que, a veces, resultaban inverosímiles.

Esas reuniones tenían algo de ritual, porque siempre había cabida para añorar algún episodio de los 60 y los 70 cuando su casa era el epicentro de la Colina de la deshonra, en el Bosque Izquierdo de Bogotá, y los invitados entraban, unos por la puerta y otros por el tejado porque vivían en los edificios vecinos.

En medio de las risas sacaba la cámara y tomaba fotos para luego poder añorar esa reunión, que para él era la mejor de todas.

En otro momento se ponía muy serio para elevar su queja sobre el último episodio que venía librando en su lucha de décadas por los derechos de autor de sus fotografías, que encontraba publicadas por todas partes sin contar con su aprobación: "Yo no quiero que me recuerden como fotógrafo, prefiero que lo hagan como alguien que luchó por los derechos de autor de la fotografía en Colombia", repetía insistentemente.

La severidad del momento se rompía en un segundo, cuando abría uno de los cajones de la mesa de comedor, sacaba una servilleta y en cuestión de segundos una servilleta y un gesto eran suficientes para su parodia de la Reina Victoria y luego la de la Duquesa de Alba, que naturalmente desencadenaban la risotada de los comensales. En ese momento alzaba la copa de vino y miraba a sus invitados para brindar con su fórmula favorita: "A tes amours".

Al fin y al cabo, además de ser el mejor fotógrafo de este país, su ocupación favorita era estar con sus amigos.

Tomado de la revista Semana, 7 de diciembre de 2009.