Enrique Grau Araujo

Cartagena, Bolivar

Escultores

Figura Humana, Figura

Enrique Grau

http://www.enriquegrau.com/index2.htm

pintor, escultor

 

CRITICA

GRAU O EL BUEN OFICIO

Enrique Grau, exactamente contemporáneo de Obregón, nació en Cartagena en 1920. Hombre tranquilo, culto y estudioso, expuso anualmente desde 1940 hasta ahora en Colombia, Estados Unidos, Brasil, Venezuela e Italia. En 1954 recibió el primer premio en la Exposición de Artistas Colombianos de Bogotá. Alterna su constante actividad de pintor con la cátedra de dibujo y pintura que ha ejercido en la Universidad Nacional y en los Andes, y con la creación de escenografías y vestuarios para teatro, que es uno de sus mayores placeres. En la exposición actual que la Esso Colombiana patrocina en Colonia, Alemania, los críticos lo consideran como un pintor típicamente nacional cuyas figuras deformadas, con dientes y uñas agresivas se relacionan con la ferocidad representativa de los indígenas precolombinos de la estatuaria agustiniana.

Grau pertenece al grupo de los "grandes" de la pintura colombiana aunque su pintura haya sufrido alternativas demasiado bruscas y haya carecido de la estabilidad necesaria como para fundar un estilo. La Gran Bañista, con su aire grotesco y cómico de tarjeta postal, recuerda la primera época de Grau cuando creó como pintor figurativo, un mundo poblado de imágenes pensativas y ensimismadas en sus pequeños juegos dentro de una gama baja y entonada. Bruscamente, al regreso de su viaje a Italia, Grau se separó de lo figurativo, siguió de cerca los "rompecabezas geométricos" de Obregón y endureció y enfrió su ingenio artístico. Desafortunadas incursiones por los límites de la abstracción, le alejaron más y más de sus primeros temas. Hace dos años decidió retornar a lo figurativo, con frecuentes caídas en estridencias cromáticas con indudable endurecimiento de las formas e insistencia en deformidades inexplicables. En este tiempo Grau parece haber reconsiderado su pintura enderezándola de nuevo hacia sus intereses más auténticos.

La lucha, difícil y desagradable, por retomar el hilo de una idea perdida, da resultados positivos en la "La Gran bañista", cuya calidad y factura, así como el tratamiento de los grises, reconcilia con el pintor de buen oficio, lleno de legitimas delicadezas expresivas.

Tomado del Folleto: Enrique Grau

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En el taller  de Grau

por Marta Bruges 


Marías mulatas y mujeres de mirada intensa, un Titanic sobre un mar de tela, marcos que albergan brazos y manos coloniales, el vicio y la virtud, un kepis sin capitán, corsés, jaulas sin pájaros, un esqueleto inflable... ellos y muchos más cohabitan en el estudio de Enrique Grau.

La mayor parte de la agitada jornada diaria de Enrique Grau transcurre en este inmenso estudio de 160 metros cuadrados, que mandó construir aledaño a su casa en el norte de Bogotá y con indicaciones muy precisas: ventanas que permitan la entrada de la luz pero no del sol porque éste distorsiona la visión, piso en tablones anchos de madera de sampán, techos altos con tragaluces en forma de pirámide, grandes paredes en color gris pálido, un jardín contiguo para disfrutar de la vegetación y un cuarto especial para el grabado.

Así lo quería y así lo disfruta desde 1987, después de que se mudó de su apartamento en la 26 con 5, más conocido como "La colina de la deshonra" porque las fiestas que se celebraban eran tan intensas que "el que allí subía no bajaba igual". Este cartagenero nacido en Panamá, reconocido internacionalmente como uno de los más versátiles y prolíficos artistas colombianos, tiene fama de buen anfitrión, y es bien conocida su afición desde niño por las máscaras y los disfraces, elementos que de una u otra manera siempre han estado presentes en su obra.

"Este taller no ha sido testigo de muchas fiestas, esas pertenecen a una etapa de mi vida que ya pasó", dice sin nostalgias y con la serenidad propia de quien disfruta con alegría el presente de sus 81 años. "Es más -continúa con su imperdible acento costeño-, ahora ya casi no tomo trago, ni siquiera la copa de vino tinto diario que me recomendaron los médicos; es que nunca he podido pintar con un trago en la cabeza".

De ayer y de hoy

Aquel día, como excepción, bebía una copa de brandy. Estaba eufórico con la gran retrospectiva antológica organizada por el Museo de Arte Moderno de Bogotá que bajo el nombre de "La ilusión de lo real" inauguraría pocos días después. Ésta incluye 150 piezas de sus diferentes etapas artísticas, desde su período de formación hasta las obras creadas este año. Entre ellas se encuentra su más reciente autorretrato, que ya está listo para ser colgado en el MamBo. A primera vista parece un astronauta con barbas grises. "Sí -afirma entre risas-, se llama Autorretrato con Galaxias y evidencia las dolencias que me aquejan: el tubo de oxígeno en la nariz con el que cada noche duermo por el enfisema; las gafas contra la fobia a la luz, y el cuello ortopédico para aliviar los dolores cervicales".

Recostadas sobre unos caballetes están otras dos de sus más nuevas obras, bellamente montadas en marcos coloniales diseñados por él mismo. Son La bella del puerto, una mulata en el muelle, con flores de coralillo (la flor de la cumbia) en la cabeza, y Nocturno, una máscara sobre un fondo espacial. "Me encanta la astronomía, por eso pinté en el fondo las constelaciones de Orión, la Osa Mayor y Sagitario; cualquier entendido en la materia podrá identificarlas fácilmente".

El estudio cobra vida propia con todos esos objetos llenos de recuerdos y con los elementos que usa en su trabajo. Están allí, por ejemplo, la instalación La virtud y el vicio, con la que participó en la Bienal de Medellín en 1973; el kepis con el que posara para un retrato su hermano Rafael Grau, Almirante de la Armada; el gran telón que le compró a un fotógrafo callejero en la plaza de Bojacá y que reproduce una imagen del barco Titanic. Hay varias bibliotecas, repletas de libros de arte e historia, muñecas de trapo, varias manos y brazos, restos de arte religioso colonial y jaulas sin pájaros que en el pasado utilizó como símbolos contra la opresión política.

Es un hombre muy activo. Su jornada por lo usual comienza a las siete y media de la mañana, con un desayuno frugal pero nutritivo. A las diez baja al taller y se embuye en su mundo de imágenes y colores. Cuando quiere tomar un respiro, sale al jardín interior a complacerse con los eucaliptos, las camelias rojas, las astromelias, los cipreses sembrados por él. Muchas veces saca una mesa y almuerza allí mismo. El sueño le llega tarde, después de la media noche. "Aprovecho para ver televisión; especialmente los noticieros, porque el país y el mundo cambian cada día; y los canales Discovery y Art, siempre interesantes".

Los fines de semana los pasa en su finca sabanera. Cada domingo en la mañana, cumple sin falta la cita radial con Diana Uribe. Frente a un plato de frutas y cereales escucha sus analíticos recuentos históricos, "me enfurezco cuando no pasan el programa de Diana sino que dedican el espacio a transmitir las carreras de ese señor que siempre termina rompiendo los tornillos y las llantas de su carro; entonces llamo a la emisora y protesto".

La nueva semana de su dinámico ciclo vital lo sorprende lleno de creatividad y proyectos.

Tomado de la Revista Alo, No.359, 12 de julio de 2002

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Todo Grau en el MAM

por Ana María Lozano

Entraba al taller de Grau impaciente por contarle sobre el hallazgo de una pieza muy interesan te de su época temprana que, por descontado, pensaba incluir en la exposición del Museo de Arte Moderno.  En medio de mi premura, me sorprendió un Grau ceremonioso que, invitándome a tomar asiento, al tiempo me señalaba algo a mi espalda. El caballete sostenía un retrato de un hombre construido a partir de cadáveres y sangre. "Acabo de finalizarlo", me dijo. "Me preocupa tanto Colombia... Tenía necesidad de hacer algo al respecto y... pintar es lo que sé." Ese es Enrique Grau. Un artista que a los 82 años reemprende día a día sus labores en el estudio. Allí trabaja su último autorretrato, mientras imagina cómo debe transformar los marcos de sus obras, o coordina telefónicamente algún aspecto referente a la gran donación que hará a su ciudad, Cartagena.

Ese artista riguroso, metódico, apasionado y exigente, siempre dispuesto a reír ante un apunte ingenioso, amante de la lectura, conversador incansable y eterno cinéfilo, hizo su entrada en el arte nacional cuando contaba apenas 20 años. Estimulado por el pintor Ricardo Gómez Campuzano, presentó en el Primer Salón Nacional de Artistas varias de las obras que, de manera autodidacta. venia realizando. Fue así como mostró el óleo Mulata cartagenera (1940), el cual lo haría merecedor de una mención en dicho certamen y una beca de estudios en E.U. otorgada por el entonces presidente, Eduardo Santos.

Esta etapa de la carrera del artista, determinada por su estancia en Nueva York y por sus estudios en el Art Students League, se caracteriza, al decir de los más destacados investigadores de su obra, entre ellos Germán Rubiano, por una tendencia marcadamente expresionista. Esta se podría contextualizar, entre otras razones, por la incidencia que en él tendrá uno de sus profesores, el brillante artista de la Nueva Objetividad berlinesa Georg Grosz, refugiado entonces en E.U, y por otra parte, sin duda, por la cruda presencia de la guerra misma, las terribles noticias provenientes de Europa y la zozobra de Nueva York. Es así como su obra abandona descripciones y pormenores y, en su reemplazo, investiga un color simbólico y audaz, desarrollado a la par con una figuración feísta y dramática, elementos ambos que revelan los estados psicológicos de la ciudad en tensión.  Igualmente, en este momento dará inicio a sus estudios en torno al grabado y sus posibilidades. Así, aparecerán aguafuertes, litograas y, más adelante, serigrafías, que lo convertirán en un pionero de la gráfica en Colombia. Este interés estará presente a lo largo de su carrera.

Ya de regreso y entrada la década del 50, hará presencia en su obra una conformación diversa de la paleta, constituida esta vez por colores opacos y pastosos y generosa materia. Las composiciones presentan interiores, en los que generalmente domina una figura solitaria, ensimismada, ya somnolienta, ya reflexiva (...) En este período de gran riqueza para la carrera del artista cartagenero, es vinculado a la universidades Nacional y de los Andes como profesor, y al Departamento de Escenografía de la Televisora Nacional, como director.  Por otra parte sus intereses respecto al cine lo conducen, junto con otros intelectuales, a realizar la película La langosta azul (1955), basada en una idea de García Márquez.  Participan en la realización Álvaro Cepeda Samudio y Luis Vicens. Nereo López es el camarógrafo (...)

Dos viajes, uno a México y otro a Florencia, tendrán lugar en esta época. El de México traerá consigo composiciones arquitectónicas, entre las que se destacan puertas y ventanas, así como el registro marginal de habitantes del espacio urbano. El viaje a Florencia, por otra parte, producto de una beca, no solo marca cambios temáticos y formales. La reflexión en torno a la representación, vista desde un filtro geométrico y estructural, determina de suyo una forma de pensamiento visual que, de diferentes maneras, ejerce su influencia en etapas posteriores. La fascinación que sentirá Grau por los maestros del prerrenacimiento y el Renacimiento confirman dicha aseveración (...)

En 1964, y continuando con su exploración en torno al cine, realiza, durante una estadía en Nueva York, las películas Pasión y muerte de Margarita Gautier y George Sand o la contradicción ( ..) Posteriormente, en 1965, realiza el filme La María, versión polémica de la novela de Isaacs, que muestra un furibundo Efraín que, por venganza, acaba con toda su familia. Colaboraron en la realización Diego León Giraldo y Camilo Calderón Schrader.

Grau participó en la III Bienal de Arte de Medellín, en 1972, con un en samblaje denominado La virtud y el vicio. El antecedente de este trabajo tridimensional lo marcaron Los Fayúm, de 1971, serie de retratos asociativos y emblemáticos, que realizó dos años antes (...) En esta década, Grau emprenderá un proyecto que se extenderá por espacio de varios años. Se trata de El pequeño viaje del Barón Von Hum boldt (1974-1977) (...)

La Galería Aberbach Fine Arts propone a Grau realizar una serie de esculturas, tomando en consideración las formas altamente escultóricas de las pinturas y dibujos del maestro. Se da inicio así, en 1981, a una producción profesional de bronces, que tendrán como resultado trabajos como Blue Tango (1985) y Rita 5:30p.m. (1984) (...)

En 1991, Grau será objeto de un gran homenaje. Seis galerías de Bogotá abren en simultánea sendas exposiciones temáticas sobre el maestro. Amazonas Editores lanza un libro monográfico en torno a él, mientras es galardonado con la única con decoración otorgada por el Museo de Arte Moderno a un artista. Definen esta década de su producción dos grandes series relacionadas con el mundo vegetal y animal. Galápagos (1992-1994), dibujos de gran formato que emprende después de un viaje a la isla ecuatoriana, expresa la admiración y estremecimiento que el contacto con la característica fauna de esta le han causado. Por otra parte, la mariamulata, típico pájaro del Caribe, ladrón y gregario, será objeto de la otra serie, activa hasta hoy. Grau se hará experto en el tema, estudiando y reuniendo la escasa información existente sobre el córvido: los distintos nombres que recibe dependiendo de regiones y países, las diferencias de coloración en el plumaje del macho y la hembra, sus comportamientos con la cría, entre otros datos. Mujer atacada por mariamulatas (1993) nació a partir de una anécdota en la que una mujer que recogió un huevo caído fue sorprendida por el repentino ataque de una nube de mariamulatas.

A raíz de la importante restauración llevada a cabo en el Teatro Heredia, de Cartagena, la ciudad solicitó a Grau la realización del telón de boca y el plafond del teatro. El artista emprendió dicha labor, definiendo, para el telón, el Homenaje floral a Cartagena de Indias en su historia, y para el plafond, El triunfo de las musas (...)

Tomado del Suplemento Lecturas Dominicales, El Tiempo, 14 de julio de 2002

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Festiva ironía

por Eduardo Serrano 

Grau irrumpió en la escena artística nacional en 1940, cuando, de apenas 20 años, obtuvo una mención en el Salón de Artistas Nacionales con su famosa Mulata Cartagenera, obra que resultaría premonitoria de algunas de las más constantes características de su producción. En ella, por ejemplo, ya era perceptible su regodeo con el color, su habilidad para el dibujo y la indeclinable atracción que su trabajo ejercería para el público y la crítica. 

Gracias a la beca que le significó este reconocimiento, el joven Grau viajó a estudiaren Nueva York donde fue alumno de George Grosz, el distinguido expresionista alemán radicado en esa ciudad y cuya influencia es detectable, no tanto en las formas o trazos de su obra, sino en su confrontación del dibujo y el grabado como medios más expresivos que estéticos. Su producción de esos años permite vislumbrar cierto desasosiego a través de las distorsiones a que somete las figuras con el fin de ennoblecerlas y cargarlas de angulosidades y ansiedad. 

Al iniciarse la década de los cincuenta, sin embargo, su trabajo comienza a sosegarse, las figuras pierden aspereza y, aunque no desaparece la distorsión expresionista como puede comprobarse en sus rostros triangulares y en sus manos y brazos opulentos, sus personajes van adquiriendo un sereno hieratismo al tiempo que parecen meditar ante jaulas vacías de connotaciones simbolistas o ante vistas florentinas, en las cuales es reconocible la arquitectura del Renacimiento. A finales de esa década en la cual cursó estudios en Italia, su continuo coqueteo con la geometría lo condujo a una abstracción poética con reminiscencias del cubismo no sólo por sus formas sino por su trasfondo de naturalezas muertas. 

En los años sesenta, finalmente, Grau alcanzaría el más preciado sueño de los artistas de su generación: inventar un lenguaje particular, inconfundible, y simultáneamente apto para transmitir sus inquietudes y valores. Regresa entonces a una figuración más cercana a la de sus comienzos por cuanto es más verista, pero a la cual hace aportes estilísticos que colaboran con la estética entre kistch y voluptuosa de su mundo. Y a través de ese mundo y esa estética Grau se las arregla para hacer una crítica burlona a la superficialidad y la indolencia de la sociedad contemporánea.
Su obra vuelve a la figura humana, ahora exagerada en su volumen, sin llegara la rotundez de las formas de Botero, pero precisamente por ello más realista, más de carne y hueso. Son pinturas que permiten identificar profundos conocimientos de la historia del arte a través de sutiles alusiones y de un impecable terminado, sin que ello implique que escondan la manera de su ejecución. Por el contrario, los rastros del pincel y de la espátula siguen siendo manifiestos, sólo que dispuestos de tal forma que no logran devolver al observadora la bidimensionalidad del lienzo ni a su propia realidad.

Es la época de sus Cayetanas, Lolitas, Bañistas y Caballeros Engolados; seres rollizos, carnosos, sensuales, que se visten de seda y terciopelo y se adornan con encajes, pieles, plumas, y abanicos. Su entorno también se hace más barroco, al tiempo que se puebla de gatos, pájaros y mariposas que revolotean alrededor de muebles y de objetos de gran diversidad, en una especie de parodia a la inclinación contemporánea por la posesión y el oropel. En esos ambientes teatrales, sus personajes parecen sorprendidos in fraganti esperando con tranquilidad el desarrollo de imprecisos acontecimientos, no siendo extraño que Marta Traba -quien acompañó teóricamente y promovió con entusiasmo su trabajo— les adjudicara un "aire burlesco de criaturas redondas, somnolientas y pesadas para quienes ninguna situación resulta suficientemente insólita". 

En los años ochenta, entre toda suerte de estrellas de farándula, aparecería Rita, un nuevo personaje cuya robustez encorsetada llevaría poco después a la escultura, logrando así otorgarle tridimensionalidad y concreción a una temática de sueños e ilusiones. Rita acusa deliberadamente rasgos de los tres grandes componentes étnicos del pueblo colombiano -blanco indio y negro—y, por lo tanto, hace evidente que sus bronces, al igual que sus pinturas, son metáforas, y que las gentes del país constituían el punto de partida y el propósito de sus reflexiones y creatividad. 

En las últimas décadas su trabajo pictórico no sufrió cambios notorios; más bien se enriqueció con temas corno las Mariamulatas que rondan por las playas y las Iguanas que lo impresionaron por su aspecto prehistórico. Pero Grau siguió aplicando el óleo con fruición, otorgándole sentido de sombra o de brillo, de textura o de tersura, a cualquier toque que aislado podría parecer inútil o arbitrario. 

Aparte de pinturas de caballete Grau realizó infinidad de dibujos de línea certera y fluida que representan uno de sus más constantes logros. También hizo obras gráficas, construyó objetos a partir de elementos ya elaborados, llevó a cabo murales y escenografías que se recuerdan por su ingenio y recursividad, e incursionó como director y como actor en la cinematografía. La mitología y el Antiguo Testamento se introdujeron en su mundo, al igual que Cartagena, la ciudad de su infancia y juventud a la cual donó sus valiosas colecciones de arte precolombino, colonial y popular, amén de significativos ejemplos de su obra. Y hace pocos meses, volvió a manifestar con energía inusitada su gran preocupación por los problemas del país, en una serie de espléndidos dibujos acerca del conflicto armado, en los cuales sale nuevamente a relucir su gran cultura mediante agudas referencias a Goya, Rembrandt y Archimboldo. 

La muerte del maestro Enrique Grau deja un gran vacío en la escena artística colombiana. acostumbrada como estaba a su penetrante sentido del humor, a su alegría y calidez, a su talento indiscutible y a su fértil imaginación.

Tomado de la Revista Mundo No.14