Monica Meira

Londres, Inglaterra

Pintores

Figura Humana, Figura

Mónica Meira

pintora

 
 

 

Lea: La otra realidad de Mónica Meira ( El Tiempo - 2015)

El absurdo a gran Escala (El Espectador - 2015)

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CRITICA

Canto a la vida
por Maria Margarita Garcia
Revista Diners, abril 2002

En la mañana del 11 de septiembre Mónica Meira trabajaba en su estudio, apenas a setenta cuadras de las Torres Gemelas. Escuchaba la música clásica que siempre la ha acompañado en sus jornadas de pintura y creación, donde la soledad del inmigrante y la nostalgia del emigrante son sus protagonistas.

Entre brochazo y brochazo recreaba un mundo de situaciones absurdas expresadas a través de diminutos personajes mimetizados en su entorno. Su concentración fue interrumpida por una noticia tan absurda como lo que ella estaba creando con el acrílico sobre la lona. Un avión se había estrellado contra una de las torres. Parecía un capítulo de una novela de ficción. Llamó a su hijo, que vivía cerca de la zona de la tragedia, para advertirle de la situación, e inmediatamente se comunicó con su esposo, el artista Juan Cárdenas, que estaba en Bogotá inaugurando su última exposición. En ese momento ambos vieron por la televisión cómo caía la segunda torre. Se dieron cuenta del caos en el que está el mundo entero y sintieron la misma solidaridad que se advirtió en Nueva York cuando los transeúntes que pasaban conversaban con paseantes desconocidos; cuando los vecinos, con quienes nunca se habían cruzado palabra, se detenían a comentar la situación; cuando los inmigrantes eran tenidos en cuenta y la solidaridad aumentaba.

Mónica Meira empezó a manchar la tela de tonos rojos y amarillos, el incendio y la impotencia quedaron plasmados en las lonas. Seis meses después de aquel momento que marcó la historia universal, la artista se ha dado cuenta de la influencia que esos 45 minutos dieron a su obra.

Ahora, en su taller de Bogotá, sus pinturas han vuelto a tomar el verde del paisaje colombiano. "Busco expresar lo que el hombre ve y lo que la mente interpreta con sus múltiples posibilidades. Me interesa la aplicación del pigmento abstracto y crear figuras trabajadas detalladamente.

Sus obras a veces engañan al ojo, que en primera instancia aprecia en los brochazos abstractos cierta materia producida por la acumulación de pigmentos, mas al acercarse se encuentra con una pincelada totalmente plana. "También me interesa crear ese contraste con detalles aparentemente planos, pero en los cuales hay texturas".

Con su pincel se sumerge en ese mundo absurdo expresado a través de figuras sin perspectiva con las cuales crea tensión. La violencia está en aquellas obras que surgieron en Nueva York, trabajos que para un espectador colombiano estarían guiados por el mismo concepto, pero en acciones distintas. "Uno es el producto de la época y del tiempo en que vive.

Mónica Meira permite al espectador cuestionarse sobre su propia existencia: "Siempre me ha interesado la condición humana. A veces me cuestiono sobre el por qué estamos aquí, sobre cuál es el significado de la vida. He reflexionado acerca de mi condición de emigrante y de inmigrante. De igual manera, pienso en la condición de los desplazados. En realidad me preocupa esa situación del hombre en un entorno desconocido, enfrentado a culturas distintas".

Esta artista, que se enfrenta directamente a la tela, crea obras limpias, vinculadas a la composición y con un extraordinario sentido de la plástica.

Tomado de la Revista Diners No.385, abril de 2002

 

 

 

Con vuelo internacional


Mónica Meira es una de las artistas  colombianas que ha logrado sobresalir dentro y fuera de Latinoamérica. Su curriculum se remonta a la Universidad de Los Andes. Allí, entre 1967 y 1971 estudió en la Escuela de Bellas Artes y se propuso imponer su propia fuerza. Tiene un postgrado en pintura de New York University, donde también estudió grabado. Su obra con bodegones, inmigrantes, personajes en grupos o solitarios, paisajes, muros, protestas, sentimientos y experiencias vívidas, han sido expuestas en diferentes museos y galerías como Deimos, Diners, Samson Fine Arts, Washington Square Galleries y Ravel Gallery, y se encuentra en colecciones privadas y museos de Colombia y del exterior. Desde el pasado 6 de marzo y hasta el 27 (1999) expone siete obras de gran formato en Monique Golstrom Gallery, de Nueva York. Su próxima exposición? En octubre en la Galería Centro, de Costa Rica.

Una artista perteneciente a una generación de ruptura, que después de encuentros, búsquedas y contradicciones, ha encontrado su propio lugar.

Tomado de la Revista Cromos No. 4233, marzo de 1999

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Los contrastes de Mónica
 

Tensiones y situaciones absurdas
es lo que Mónica Meira quiere compartir con el espectador
a través de sus recientes pinturas.
Las expone, al mismo tiempo, en Bogotá y en Nueva York.

por Luz Stella Tocancipa

Cuando Mónica Meíra hizo su primera exposición, en Colombia pocos creían en los pintores y mucho menos si estos eran mujeres. Era el final de los años 60. Tiempos de cambios radicales que la llevan a tomar la decisión de dedicarse enteramente a la plástica. Entonces tenía 19 años y estudiaba en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de los Andes. Sus compañeros y profesores eran Santiago y Juan Cárdenas, Roda, Luis Caballero, Carlos Rojas y Umberto Giangrandi, quienes -según ella- tuvieron que ver con su formación artística e intelectual. "Expuse con Roberto Pizano en la galería El Callejón, del centro de Bogotá. Mi tema en ese momento eran los lápices. La idea era tomar objetos cotidianos y darles la importancia que tenían en la vida de uno". Como ella reconoce, estaba muy influenciada por el Pop Art.

Después, cuando en el país se desató una polémica sobre "el arte feminista", Mónica se enfocó en las texturas y en los detalles. "Buscaba cosas que reflejaran la banalidad de la mujer". Luego, ya en los años 80, comenzó a buscar la figura. "EI cuerpo humano como forma. Posteriormente, en los 90, centró su obra en el hombre en sí mismo, en su idea existencial. "La soledad, el aislamiento, la búsqueda y otros sentimientos que el espectador los sintiera como propios. Una pintura más reflexiva, más personal y dramática. Siempre buscando el contraste entre lo pasivo y lo dramático". Una preocupación que muestra en sus recientes pinturas que expone simultáneamente en la galería Deimos, de Bogotá y Monique Goldstrom Gallery, de Nueva York. "Me metí en la idea del paisaje. En un paisaje de la mente. En situaciones absurdas que nos pasan en la vida cotidiana y que no tienen explicación.

BUSQUEDA CON SIGNIFICADO

En los diez cuadros que cuelgan en los muros de Deimos se puede comprobar su audaz tratamiento deI color. Y es que con las décadas en la pintura de Mónica no sólo ha evolucionado la búsqueda de temas sino también la búsqueda del color. "Inicialmente pintaba con colores muy primarios y muy contrastantes entre sí. Después empecé a buscar el color, casi fiel a lo que estaba mirando. No me daba ninguna libertad de transformarlo sino que lo copiaba tal y como lo veía. Era como una especie de disciplina para educar el ojo a ver y para entender de valores en el color y de color. Luego, traté de buscar colores que en un momento dado son como interpretados y tienen un significado. Y empecé a involucrar combinaciones más violentas, como un dorado con un rosado fucsia. Colores que tienen nombre propio, como el rosado Soacha. Hoy en día, a través de todas esas búsquedas y después de haber estudiado las teorías del color de Alberts Joseph, trato de buscar un color muy especial, que en parte se ve en estos cuadros. Uno que reaccione por sí mismo, que tenga un significado. Por eso, de pronto hay un paisaje que es como la ilusión de paisaje, con un contraste de azul fuerte, donde están las dos cosas: el contraste del color en sí y el contraste del significado en sí del color. Esto es lo que en este momento me interesa".

NUEVA YORK, TODA UNA REVELACIÓN

Hay dos hechos que fueron decisivos en la carrera de Mónica: el primero, su matrimonio con el pintor Juan Cárdenas, a quien conoció cuando estudiaba en Los Andes. El segundo fue el terremoto de Popayán del 82.  A raíz de ese temblor se cristalizó la idea de ir a vivir a París y posteriormente, en el año 92, fija su residencia en Nueva York. Allí, con su familia, ha vivido una serie de experiencias positivas para encarar su obra. "Me encontré con un mundo desconocido que me ha estimu lado y me ha ayudado a confrontarme". Pero además a afianzar y profundizar más en sus raíces latinas que no dejan de manifestarse en sus lienzos.

Cómo es esta artista en su taller? "Mi taller parece una celda de monje. És un cuarto de 20 metros. Tiene sólo una ventana y está situado en Tribeca, una calle donde hay muchos talleres. Cuando llego a las nueve de la mañana, pongo música y entro en una concentración total. Miro cómo dejé el cuadro el día anterior y empiezo a hacer bocetos y dibujos". Trabaja hasta las siete de la noche, mira por la ventana, camina por las calles para
estar en contacto con la gente, y frecuentemente visita museos. "Es como una inyeccíóri. Así encuentra ingredientes para sus cuadros. Lee periódicos y estudios sobre arte. Pero, sobre todo, lee lo que dicen los gran des maestros sobre sus obras. Colecciona arte colombiano que ha sido parte de su proceso, y casi el único descanso que se permite son sus viajes a Colombia, dos veces al año.

Al preguntarle cómo surgen las ideas?, dice lo siguiente: "Son como flashes que me vienen y que apunto inmediata mente en un libro. Es un libro de bocetos que después desarrollo. Empiezo sin saber para dónde voy pero a medida que voy trabajando se me va aclarando el panorama". Sigue fiel a su admiración por Goya, Velázquez, El Greco y Miguel Ángel, pero tiene una relación muy especial con la soledad de las figuras de Seurat y con el color de Bonnard. Confesó que en estos últimos 30 años le han enseñado que "lo más importante en la obra de un artista es la disciplina, la perseverancia y la propia imagen".

Tomado de la Revista Cromos No.4233, marzo de 1999

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Figuras pequeñas

por Luz Stella Tocancipa

Con ocho nuevas obras, la pintora colombiana Mónica Meira vuelve a la escena artística norteamericana. En la galeria Monique Goldstrom, de Nueva York,

Sus últimas pinturas, Mónica Meira, las empezó a pintar en Bogotá y las terminó en Nueva York. El resultado lo resume así ella misma: "Antes los paisajes eran más indefinidos y ahora son más montañosos. Los colores son más vivos, y las luces y las atmósferas son diferentes a lo que estaba haciendo antes. Pero sigo con la misma idea de atrás de la relación de contraste entre figuras muy pequeñas y un espacio muy grande, y con situaciones absurdas de la vida cotidiana y el diario vivir". Todos estos detalles se pueden rastrear en su actual exposición individual en la galería Monique Goldstrom, de Nueva York, que estará abierta hasta el 16 de enero del año 2001

Desde finales de los años 60 cuando Mónica Meira tenia 16 años y produjo sus primeros trabajos, hasta ahora, ha recorrido un largo camino que la ha situado como una de las creadoras auténticas del arte latinoamericano. Y para lograr el reconocimiento internacional que hoy tiene, su paso por New York University jugó un papel importante. Y también, según ella, el contacto con el arte contemporáneo. "Todas las ideas del arte que están hoy en juego han sido definitivas para crear esta obra que estoy haciendo. Pero confrontarla con lo que está pasando hoy en día. es todo un reto. Lo hace a uno medirse. "No es simplemente pintar un cuadro. Es confrontar la calidad de idea que uno está manejando".

En sus pinturas, que presentan personas desempeñando diferentes tipos de actividades en paisajes grandes y desolados, "Meira combina memorias de su tierra colombiana con dosis concentradas de vida urbana y una investigación continua de teoría del color, así como de la pintura francesa e italiana... Estas pinturas grandes y silenciosas nos miden a cada uno de nosotros. Así como los espejos, ellas reflejan nuestra búsqueda de significado haciéndole la mímica. a las cosas de la mente". Estas palabras de la critica Diane Koeppel, describen bien las reacciones del espectador ante sus obras llenas de color, figuras, momentos y contrastes. Para su exposición en Nueva York, escogió una muestra de ocho cuadros de tamaño grande, miden más o menos 180 por 100 centímetros-, donde experimenta y crea a sus anchas: es en ellas donde realiza el trabajo creativo, donde puede permitirse innovar en la forma de aplicar el pigmento y en la manera de pintar. Y también, de traducir sus vivencias y la crisis por la que atraviesa Colombia. "Es algo muy extraño, pero por estar uno por fuera tiene un sentimiento mucho más profundo y arraigado a sus propias raíces y a su propio país. Uno se vuelve más consciente y siente mucho más fuerte toda la situación política. Y eso se refleja en mi pintura. Pero también hay un panorama de esperanza.

Por eso, hay de pronto unos triangulitos que se abren como en el cielo azul". Y de un momento a otro, Mónica Meira interrumpe y dice: "Pero yo no quiero volver esto algo muy literario porque mi pintura no es literaria. Es más una confrontación de ideas y de sentimientos". Pero, ¿siente necesidad de discutir su obra con alguien? "Si, claro -dice Meira. Uno muestra sus obras para ver si realmente el público recibe el mensaje que uno está proponiendo. Sigo creyendo en la pintura y por eso mis cuadros están basados en una formación clásica y tradicional, pero siempre con cosas nuevas e innovadoras. Y sigo creyendo que es un acto totalmente individual". Cuando está trabajando una idea sobre un boceto no le gusta mostrársela a nadie. "Sólo hasta el final cuando ya la veo realizada. Y oigo las criticas y las diferentes opiniones. Es que el trabajo de un artista es totalmente solitario y casi que único". Por eso, tanto ella como su esposo, el pintor Juan Cárdenas, tienen taller aparte. "Hay un respeto mutuo muy grande por lo que cada uno hace. Producimos las obras de manera personal e individual. No nos metemos en la creatividad de cada uno, pero si me interesa muchísimo la opinión de Juan sobre lo que estoy haciendo".

Y mientras sus cuadros irrumpen una vez más en la escena. artística norteamericana, Meira sigue entregada a lo que la apasiona: "La búsqueda del paisaje y del entorno, la combinación y el contraste de ideas figurativas con abstractas. Estar siempre buscando algo mejor. Un cuadro lo va llevando a uno a otro cuadro y ese continuo proceso le va abriendo nuevos caminos y nuevas ventanas en la misma obra. Pero siempre hay una incógnita. En pintura uno no sabe qué va a salir".

Por LUZ STELLA TOCANCIPÁ

Noviembre 27 de 2000
Revista Cromos No. 4321, noviembre 27 de 2000

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La Distancia y el Tiempo
en cuatro colombianas
Con ocasión de la exposición en
la Galería Colgate University en Hastings, USA

(fragmento)

por José Roca

La imagen genérica de paisaje

Por medio de su trabajo, Mónica Meira reflexiona sobre temas como la soledad y el aislamiento. Su interés en el dibujo y en la gráfica ha influenciado su práctica artistica: las series de grabados en los cuales aplicaba tintas de colores diferentes en capas sucesivas para lograr nuevos tonos ha resultado en una técnica para aplicar el pigmento en sus pinturas, en delgadas capas que se sobreponen y traslapan. De la misma manera, los dibujos de personajes anónimos tomados en la calle se convierten en los sujetos que luego integra en sus cuadros.

Meira compone organizaciones pictóricas -amplios espacios de color y textura-los cuales, más que representar un paisaje preciso, proveen la imagen genérica de "paisaje". En estos amplios campos de color, Meira coloca figuras minúsculas, cuya escala acentúa por contraste la vastedad del espacio donde están colocadas. Los sujetos provienen de esquemas y anotaciones de paseantes anónimos que la artista ha tomado de la calle, cuyos precisos movimientos y acciones, sacados de su contexto original y colocados en relación con otras figuras, adquieren un significado completamente diferente y misterioso. En algunas de sus obras aparecen líneas que vinculan un sujeto con otro, estableciendo narrativas y definiendo planos geométricos. En su disposición improbable y manifiesta artificialidad, estas perspectivas distorsionadas parecen señalar la intención de Meira, de crear un ámbito de inestabilidad que interfiera la percepción -similar a la sensación de incomodidad que ella misma experimenta cuando se ve confrontada a las alturas- a la vez que pone en evidencia el sentido de lo teatral que subyace a los roles sociales y las actitudes públicas.

Tomado de El Espectador, octubre 28 de 2001

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Los paisajes de Mónica Meira

Mónica Meira construye paisajes, caóticos en ocasiones, desolados en otras, inmensos en su gran mayoría, dentro de los cuales unos hombres minúsculos e imperceptibles se muestran tímidos. "La situación del país sale consciente e inconscientemente en esta obra", dice la artista, enamorada de estas tierras en las que ha construido su vida al lado del también pintor y dibujante Juan Cárdenas. Pero al acercarse a las Secuencias sobre acetatos, al contemplar los paisajes, sobresale algo: todos tienen la forma de una pantalla de televisión de 18 pulgadas que reflejan al espectador. Claro, están pintados sobre acetato y ese brillo es natural, pero tiene una razón de ser: "Las imágenes son una referencia a la manera como hemos aprendido a ver, o mejor, los medios de comunicación nos están enseñando a ver. Es una realidad mediada por la televisión y se trata demostrar cómo reducimos y concentramos todo en una pantalla de computador o televisión", explica Mónica. 

Mientras aborda el tema de la comunicación mediática vuelve a la tradicional técnica del grabado, porque pinta y raya encima, prácticamente como haciendo grabado sobre acetato. Es el paisaje de la imaginación de cada quien, con situaciones absurdas que provocan rísa como la escalera gigante en medio de la autopista y un perro acompañándola en el cruce, o dramáticas, como encontrarse en la frontera con una bandera en la mano luchando por conservar la identidad o marchando en plena protesta, además de paredes que representan el límite que uno mismo se pone en su propia vida, o simplemente un hombre acorralado por el paisaje. Son éstas algunas de las ideas que Mónica Meira presenta en este trabajo, cuyo origen se da hace más de diez años y radica en un profundo cuestionamíento sobre la posición del hombre en el mundo.

Tomado de la Revista Cromos No.4492, 22 de marzo de 2004

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Mónica Meira cuestiona el paisaje con textura y color

por María Cristna Pignalosa,  Redactora de EL TIEMPO

Raspando dibujos sobre papel con un buril, para sacar luces de manchas oscuras de carboncillo, la artista Mónica Meira prepara lo que serán sus pinturas de gran formato, que exhibirá desde el próximo sábado en la galería El Museo, de Bogotá.

Su nueva obra se compone de paisajes de rocas y de montañas erosionadas, donde predominan las tonalidades ocre y café, y que tienen pequeñas figuras que realizan cosas imposibles.

"Me inspiro en el paisaje real de los cerros orientales de Bogotá, que veo continuamente cuando salgo de mi casa. Los veo cada día más explotados y erosionados, cambiando de color permanentemente. Antes eran verdes y tenían vegetación, pero ahora son amar llo, ocre y café.

La sabana también ha cambiado, con esos enormes plásticos que cubren cultivos de flores, que son elementos adicionales al paisaje natural y que todos nos estamos acostumbrando a ver", dice la artista.

Síntomas reales

La artista pretende con su obra, aludir metafóricamente al deterioro de geografías visuales.

"No solo en el campo hay cambios. También en la ciudad hay plásticos que cercan manzanas completas, o tiras de plástico verde que envuelven las construcciones y que ya se han convertido en parte del paisaje urbano cotidiano".

Así pretende motivar una toma de conciencia de lo que a diario pasa y relaciona esta obra con su propuesta anterior, que aludía al desplaza miento, a la soledad, al aislamiento y a los actos de la vida humana en ambientes solitarios, para cuestionar lo que a diario sucede.

"Mis cuadros son un montón de formas abstractas que la mente lee como piedras y paisajes. El espectador tiene que acercarse a ellos para hacer su propia interpretación", dice la artista.

Los diminutos personajes que plasma no son definidos completamente: se pueden identificar como personas, pero no se sabe a ciencia cierta cuántos años tienen o qué acciones realizan.

"Son masas de gente moviéndose dice Meira-. Quiero que los especta dores tengan la sensación que produce estar metido entre piedras y que se conviertan en par te del paisaje, en ese entorno montañoso que cambia constantemente", explica.

El crítico de arte José Roca dice sobre su trabajo: "Meira compone organizaciones pictóricas -amplios espacios de color y textura- que más que representar un paisaje preciso, proveen la imagen genérica de `paisaje. En estos amplios campos de color, Meira coloca figuras minúsculas cuya escala acentúa, por contraste, la vastedad del espacio en que están colocadas".

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LOS OTROS MUNDOS DE MONICA MEIRA

 Mónica Meira en contró el mundo en el que se siente cómoda. Cosa extraña, se trata de un mundo árido, de colores ocres, que parece estar desarmándose, en el que la figura humana es una disculpa para generar esa sensación de vacío y soledad que, asegura ella, es una realidad palpable en el mundo real. Ese que ve todas las mañanas en su recorrido desde su casa. El de las canteras que le han arrancado la piel a la tierra y poco a poco van transformando el paisaje de los cerros al nororiente de Bogotá.

Meira comenzó a buscar ese mundo hace varios años, cuando esta colombiana -de origen argentino y nacida en Londres- terminó sus estudios de Artes plásticas en la Universidad de los Andes. Asegura que tuvo la suerte de tener entre sus maestros no sólo a algunos de los que se convertirían en los más destacados pintores colombianos (Roda, Caballero, Carlos Rojas, Humberto Giangrandi, Santiago Cárdenas y quien se convertiría en su marido, Juan Cárdenas), sino también representantes de la primera generación que logró posicionar el arte como una profesión. "Hasta entonces había mucho artista de fin de semana... y ellos demostraron que ser artista era algo serio".

En aquellos años en que ser pintor, y más si se era mujer, no generaba muchas manifestaciones de aprobación, Mónica Meira se convirtió en artista. Era una época de cambios, donde las corrientes contemporáneas se sucedían una a otra, del expresionismo abstracto al minimalismo, pasando por el pop art, el op art y el arte conceptual.

Meira lo tenía claro, lo suyo era lo figurativo y el ejercicio realista de la pintura, se tratara de una figura humana, un bodegón o un bolso colgado de la pared. Sin embargo, había un mundo más allá que en su época de estudiante, cuando la ciudad apenas se despertaba y los museos eran un lujo desconocido, ella no había podido ver. "Yo quería ir a mirar el arte norteamericano en su fuente para entender las tendencias de finales del siglo XX".

En el 93, después de una temporada en París, viajó a los Estados Unidos para estudiar un posgrado en Pintura en la Universidad de Nueva York. Allí se encontró con un arte discursivo, teórico, lleno de conceptos, todo lo contrario a las figuras que llenaban sus cuadros. "Me encontré con obras que requerían un discurso que las sustentara cuando mis pinturas nunca habían necesitado ninguna explicación. Sin embargo, ese mundo lleno de imágenes e ideas me dio más seguridad en mis convicciones".

De esa confrontación y esa reafirmación comenzaron a surgir sus paisajes, paisajes mentales, coloridos en un principio y luego cada vez más áridos, a medida que veía cambiar su entorno.  "Quería encontrar una imagen que definiera mi mundo, pero también decir cosas interesantes y que la gente entendiera mi mensaje, que mi obra pudiera conmover al espectador". Soledad, aislamiento, sensaciones que puede generar el vacío de una sociedad cada vez más desconectada o la realidad diaria del desplazamiento generado por la violencia que cambia para siempre el paisaje de quien sale de su tierra. "Me interesa trabajar esos conceptos que tienen qué ver con la realidad del país, del mundo, las migraciones y ese llegar a un ambiente nuevo".

A pesar de su preocupación por decir cosas, asegura que no es una artista de masas, y tampoco le interesa. A diferencia de los personajes de sus pinturas, ha encontrado un espacio fértil donde se siente cómoda, un universo personal para iniciar nuevas búsquedas.

Trabaja en su taller todos los días, de nueve a cinco, en la consolidación de ese universo entre lo figurativo y lo abstracto, expuesto en la Galería El Museo, de Bogotá, y que a comienzos del próximo año llevará a una muestra individual a Nueva York, la ciudad donde hace más de lo años comenzó a construir ese planeta árido de rocas flotantes. Su mundo único.

Tomado de la Revista Cromos No.4570, 26 de septiembre de 2005

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Discordias del hombre y su entorno

por María Cristina Pignalosa, redactora de El Tiempo

En la obra de la artista Mónica Meira, el paisaje absorbe por completo el espacio; un espacio descomunal y desafiante con las pequeñas figuras que ella pinta en lugares insólitos.

Estos diminutos personajes realizan verdaderas proezas para escalar las enormes rocas, pasearse en desiertos extensos o gigantescas montañas.

Pero el escenario es ante todo un pretexto para el oficio de la pintura, que Meira descubre con colores superpuestos de tonos arbitrarios, que no son propiamente reflejo de lo natural.

¿A dónde van?

Algunas de las obras exhibidas en el Museo La tertulia, de Cali, hacen parte de la serie Inmigrantes. También se incluyen sus cuadros de montañas y los más recientes, con rocas, piedras y cascadas.

El critico de arte Germán Rubiano Caballero, experto en la obra de Meira, dice: "Desde los años 70, su trabajo se ha caracterizado por la pulcritud y la invención. En su marcado interés por el dibujo y el grabado; por el empleo del acrílico y el uso del color en términos escasamente naturalistas".

Tomado del periódico El Tiempo, 19 de junio de 2007

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Paisajes inventados

por María Cristina Pignalosa
Cultura y entretenimiento, El Tiempo

Como continuación del particular interés por el paisaje como escenario de la vida, la artista Mónica Meira, nacida en Londres, de origen argentino y nacionalidad colombiana, se enfoca en el ser humano y su entorno natural.

Ella captura un paisaje montañoso, escarpado y en pendientes forzadas, que se dirige hacia ríos, piedras, cascadas y quebradas. Lo recorren personas que construyen relatos y relaciones que el espectador puede completar con su mirada y modificar para establecer con ellas sus propios recorridos.

"Naturaleza, situaciones domésticas y extremas, interpretadas con humor y agresividad, nos confrontan con la realidad diaria, en la que la condición humana es expuesta a situaciones inesperadas y desconocidas", dice la artista, conforman su obra.

Asimismo, a través de su trabajo, reflexiona sobre la soledad, el aislamiento y simples actos humanos.

Sus imágenes son tomadas del diario vivir, de la prensa y de fotos que la artista toma del natural y transforma. "Es un paisaje inventado, interpretado con manchas, transparencias, texturas y pinceladas, que cuestionan los significados incongruentes entre la figura y su entorno", dice Meira.

Veinte obras, entre pintura y dibujo, constituyen la muestra de los tres últimos años de trabajo de esta pintora, exhibido en la galería El Museo de Bogotá.

Meira estudió Artes Plásticas en la Universidad de los Andes y en la Universidad N.Y.U., en Nueva York. Ha participado en exposiciones colectivas a individuales en Nueva York, Medellín, Pereira, Barranquilla y Costa Rica

Sus obras se encuentran en importantes colecciones públicas de Colombia, Taiwán y Chile.

Tomado del periódico El Tiempo, 21 de abril de 2008

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Una constante exploración

En los últimos 10 años, Mónica Meira ha enfocado su trabajo creativo alrededor de los paisajes como entorno de situaciones absurdas y el análisis de la condición humana en situaciones extremas. En esta continuación de paisajes, las piedras y las fuentes de agua como cascadas y chorros cobran importancia junto a la figura humana en su condición de inmigrante.

"La condición de una persona que cambia de sitio y su nueva ubicación, el conocimiento del entorno, el conocimiento de la cultura y del lenguaje produce en el ser humano ciertas dificultades, tema que ha estado presente en mis investigaciones. Tal vez porque yo vengo de una familia de inmigrantes, mi padre fue diplomático y siempre estuvimos cambiando de entorno", explica la artista nacida en Londres y con nacionalidad colombiana.

Su inicial inquietud hacia los inmigrantes ahora se conecta con la situación de desplazamiento que vive Colombia, sin la intención de hacer una obra política. Su interés es buscar un medio de comunicación a investigar en el arte para lograr caminos y especificaciones nuevas dentro del arte.

EXPLORACIÓN

La constante exploración de materiales y técnicas hace parte de la cotidianidad artística de Meira. En los últimos tres años se ha dedicado a investigar el acetato como superficie para la pintura. Con acrílico y la técnica del grabado dibuja sobre el acetato obteniendo como resultado interesantes texturas y tonalidades que se podrán apreciar en la exposición que inaugura el próximo 16 de abril en la Galería El Museo, de Bogotá.

"La idea de mi trabajo es desarrollar una pintura que contraste entre una forma abstracta y una forma figurativa donde la mente se sitúe en ese paisaje y las figuras son las que le dan el sentido, las que ubican dentro de ese paisaje que es totalmente abstracto".

Esta exploración también hace parte de su rutina de trabajo. En su estudio, instalado en una casona del norte de Bogotá, realiza los bocetos en dibujo y luego instala los lienzos o los acetatos en las paredes para trabajar varios cuadros en simultánea, luego los cambia de lugar para continuar con su auscultación.

"Yo diría que mi pintura es un dibujo coloreado. En estos años de exploración de técnicas no he desvinculado el dibujo de mi obra. Es totalmente una unión con la pintura, pues para mí también es indispensable el brochazo, la mancha, la materia. Son técnicas que están totalmente ligadas", explica Meira, quien se formó en bellas artes en Bogotá y Nueva York.

La técnica del grabado también tiene un lugar importante en la obra de Mónica Meira. Durante cinco años trabajó esta técnica en Nueva York y hoy la aplica en sus creaciones pues le aporta más elementos a su constante investigación. Según explica, lo interesante de la técnica es el aprovechamiento del accidente para la creación.

Tomado del periódico El Espectador, 6 de abril de 2008

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  La carrera artística de Mónica Meira se remonta a finales de los años sesenta. Desde el primer momento su trabajo se ha caracterizado por la pulcritud y la invención. Igualmente por su marcado interés por el dibujo y el grabado; por el empleo del acrílico y el uso del color en términos escasamente naturalistas, en años recientes aplicado con pinceladas pastosas y en varias direcciones. 

Sin ninguna proclividad narrativa, los cuadros de Mónica Meira, en pequeños y grandes formatos, tienen que ver con los temas del paisaje y la figura humana. Paisajes de invención. de lugares desconocidos, en los que hay especialmente campos abruptos, a veces casi abismales, en los que aparecen unos personajes anónimos, en diversas actividades, generalmente ambiguas, entre laboriosas y lúdicas, que portan o que están acompañados de diferentes objetos fragmentados y con referencias geométricas.

Los motivos que dominan el trabajo de los últimos años de Mónica Meira comenzaron a verse hacia mediados de los noventa. Eran figuras de emigrantes, expectantes o desorientados, que no sabían que camino seguir.

Poco después dichos personajes ingresaron en el paisaje y pronto comenzaron a observarse solitarios o en grupos en variadas ocupaciones. El escenario pictórico - de brochazos visibles, de colores muchas veces arbitrarios resulta atractivo pero, al mismo tiempo, nada fácil o plácido para sus visitantes. Cabe pensar que no hay una relación amigable entre el hombre y su entorno. Puede colegirse que no hay razón válida para que esas figuras estén allí, en un lugar que no parece adecuado. 

Desde mediados del siglo XIX se han hecho más comunes las obras abiertas, aquellas que se preparan como estímulo para una libre interpretación orientada solo en sus rasgos esenciales. Como escribiría Umberto Eco: "La sugestión simbolista trata de favorecer no tanto la recepción de un significado concreto cuanto un esquema general de significado, una estela de significados posibles todos igualmente imprecisos a igualmente válidos, según el grado de agudeza, de hipersensibilidad y de disposición del lector - u observador -". Las excelentes obras de Mónica Meira, una de las mejores artistas colombianas de los últimos años, acusan esta inclinación. Sus representaciones permiten muchas reflexiones a partir de una premisa inequívoca: el divorcio entre el ser humano y el mundo físico.

Germán Rubiano Caballero, 2007
Folleto exposición Museo de Arte de Pereira

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Comentarios sobre su obra: 

"La ilusión de un momento se vuelve real al ser identificado por el espectador. Mi obra es una relación entre dos maneras de interpretar la forma, una figurativa y otra abstracta. Las figuras humanas interpretadas como siluetas y colocadas en un fondo de manchas abstractas, se visualizan en un paisaje donde su propia acción le da significado e interpretación al conjunto. En mi trabajo la ilusión de espacio se vuelve un momento real y absurdo. La gente, figuras pequeñas, en contraposición a un inmenso paisaje, se convierte en una metáfora de universo y existencia". 

En su obra la artista trabaja realmente unos paisajes de invención en los que plasma una hermosa alegoría del ser humano actual y sus circunstancias. En éstos paisajes no hay nada de paradisíaco, sólo hay sitios para estar. En ellos llama la atención la falta de horizonte, la vista de un espacio natural - a veces incluso realista - en el que las figuras humanas están inmersas en un campo indefinido, en ocasiones con referencias a grandes declives, pero sobre todo a terrenos abruptos observados desde arriba. Paisajes sin panorama que excluyen el cielo." 

Germán Rubiano Caballero,
Tomado del Calendario ProCalculo, PROSIS, 2009

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Esculturas, dibujos y pinturas

Las piedras de Meira

La galería El Nogal presenta la obra más reciente de la artista Mónica Meira. 2009

Monica Meira, artista que expone en la Galería El Museo, 2011Las piedras se salieron por primera vez de la pintura de Mónica Meira para formar un caminito.

El aluminio pintado, dibujado, rayado, en forma plana o tratado como papel arrugado, se transforma en esculturas de pequeño y mediano formato montadas sobre una bases recogidas en mercados de pulgas y anticuarios. Algunas de esas piedras son planas, pero por medio de las sutilezas del color, de las tonalidades de la luz y de sus diferentes capas, toman forma. "Sentí la necesidad de sacarlas de los cuadros para lograr que el espectador se meta en un ambiente sacado de la imaginación y que al mismo tiempo lo remita a un lugar ya conocido, y así tratar de producir una emoción", sentencia la artista. Eso también pasa con sus cuadros, con esos paisajes pedregosos, de acantilados y abismos que están al mismo tiempo en el pasado y en el futuro, en un lugar conocido o imaginario y donde el hombre le da sentido a esos parajes naturales. Meira asegura que esas figuras son como una metáfora de la existencia humana. La vida misma se debate en esa imágenes donde se cuestiona al ser humano, su quehacer, sus acciones y su lugar en el mundo.

El paisaje siempre ha reflejado un momento de la historia del arte y Meira lo toma como una referencia, tratando de ir mas allá y creando un paisaje nuevo, diferente dentro de una tradición pictórica.

Las pinceladas, los brochazos, el dibujo, el carboncillo y las técnicas de sustracción, con borrador y rayados con buril, siguen estando presentes en sus creaciones cargadas de rocas, obras que nacen, en parte, de la carga de significado que tiene la piedra en el nivel histórico, cotidiano y doméstico.

Tomado del periódico El Espectador, 23 de mayo de 2011

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La mano del hombre en el orden cósmico

En un intento por darles un orden a las piedras sueltas, como una metáfora de la consecuencia de la mano humana en la organización natural del cosmos, los paisajes abstractos de la artista Mónica Meira, que ya habían sido conquistados por unos pequeños seres, comenzaron, también, a poblarse de piedras geométricas. De esta manera, fueron cobrando vida las 23 nuevas obras que la artista exhibe en la galería del Club El Nogal, que incluyen una instalación.

Monica MeiraEn las obras se aprecia a pequeños seres ejerciendo una tensión con las piedras y su entorno, y en ello el espectador entra, como un tercer actor, a jugar un papel clave, como lo explica la pintora: "De eso se trata, de que cada uno pase por entre las piedras, que vea el cosmos y el Universo en cada una".

En ese intento por descifrar el conflicto del hombre con su derredor, para bien o para mal, Meira convierte al espectador en una especie de Dios omnipresente, como lo anota Ana María Lozano, curadora de la muestra. "Nosotros, observadores, poseemos la ventaja de tener el mapeo del territorio, el control visual sobre el espacio, desde nuestra mirada, suerte de mirada divinizada, omnipotente, divisamos la totalidad. Podemos, así mismo, prever recorridos, desenlaces", dice. Poco a poco, las piedras van dejando su formato bidimensional para convertirse en objetos tridimensionales. "A medida que las dibujaba, me pareció interesante recortarlas y armar mi propio paisaje -comenta Meira-. Entonces, las pegué y las organicé en la pared. Luego, sentí que necesitaban el espacio circundante y las puse en pedestales".

Paralelo al concepto del desorden universal, la artista desarrolla la metáfora de la existencia personal en lo que ha denominado caminito. "Es la organización de mi paisaje, que encierra la idea del camino que uno va haciendo en la vida", concluye.

Tomado del periódico El Tiempo, 23 de mayo de 2011

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Para los primeros años setenta, comienza a aparecer en el ámbito del arte nacional la obra de Mónica Meira, una joven artista apenas egresada de la universidad. Se trataba a veces de dibujos en lápiz o pastel, a veces de tintas, carboncillos o grabados, a veces de acrílicos, otras muchas de óleos. Sin duda era una artista diferente, su trabajo no pasaba desapercibido.

A partir de ese momento su obra se va enriqueciendo y acentuando. Estudiosa como pocas, sus ensayos e incursiones la llevan a renovar el lenguaje y a perfeccionar la técnica.

Luego de algunos trabajos evidentemente emparentados con el arte Pop, aparece esa magnífica serie de objetos —como bolsos, zapatos, botas, guantes, talegos con divertidas adiciones de manos o cabezas— y telas, donde sin duda la artista se siente a gusto desentrañando texturas y colores. Son obras todas de gran oficio, delicioso humor y plácida belleza, a las que siguen los numerosos retratos y autorretratos, fechados en los ochenta. Viene luego la extensa serie de los bañistas, a partir de los cuales la figura humana se va transformando y desprendiendo para insertarse finalmente en paisajes peculiares y enigmáticos, no exentos de connotaciones sociales y ecológicas que se instalan en su obra hasta hoy.

Si algo nos demuestra este libro —que recorre la obra de Mónica Meira desde el inicio hasta su producción actual— es su terco poder de reinvención, su rotunda negativa a conformarse con lo que logra en cada etapa de su admirable proceso plástico. Proceso que se da ligado a un innegable dominio de los cánones clásicos.

Germán Rubiano Caballero
Tomado del libro Mónica Meira, Seguros Bolívar, Villegas Editores, 2010 

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  Monica Meira
EL DIBUJO DE MONICA MEIRA

Desde sus primeros tiempos de existencia, el hombre emplea el dibujo como expresión
y manifestación estética y semántica, en este caso particular, invocando con ello sus
deseos y necesidades más apremiantes frente a la sustentación de la vida. Las paredes
de las cavernas fueron el soporte del dibujo, allí los animales dibujados: bisontes,
caballos, entre otros se muestran claramente como objetivo de caza, medio de supervivencia, en contraste con la figura humana representada de manera esquemática, en signos. No aplicaban la volumetría. El protagonismo del animal se constituye entonces en un mensaje premonitorio en su querer y necesitar.
Sistema narrativo y de memoria onírica que cumplen a su vez los dibujos de Mónica
Meira. Paisajes aparentemente absurdos, de montañas rocosas, sin caminos definidos,
evocan situaciones difíciles, realidades en medio de esos territorios confusos: escabrosos.
A manera pequeñísima aparece el protagonista: el hombre. Un ser en medio de una
cotidianidad migrante, trasegando de un lugar a otro expatriados; traspasando fronteras
entre países.
Esta obra invita el dolor de la pérdida, de la huida, de la expulsión, la ansiedad que implica
la búsqueda de un nuevo lugar para la vida, un nuevo territorio. Una cruenta expedición
que incluye un intento por salvar las propias posesiones: neveras, sillas, enseres, bultos,
deambulando con ello a cuestas dentro del inmenso paisaje agobiante y tormentoso,
acompañados del perro, signo de la fidelidad aun en medio del destierro.
Detrás de estas escenas, el duelo infinito frente al despojo del territorio. Dejar la tierra, los
lugares familiares, de existencia, iniciando la búsqueda de otro lugar, uno incierto.
El duelo, es la nueva situación que afrontan estos protagonistas. El reto: encontrar una
nueva compañía, un nuevo espacio y asumir el olvido como medio infalible de apoyo y consuelo. Ahora, ellos, deben respaldarse en la fe, y la esperanza que les ofrece el nuevo
camino. Dejar atrás todo para salvarse, es el nuevo destino a sus vidas.
Con las habilidades que siempre ha poseído Mónica, su interés y búsqueda en la pintura,
el dibujo y el grabado, presentes en su obra; logra en esta propuesta mediante variaciones
en las tonalidades de grises con los que logra presentarnos un nuevo mundo. Testimonio
de su nuevo lenguaje, alejados de toda atadura a reglas estéticas y compositivas.
Desde hace más de tres años, Mónica Meira viene adelantando un acompañamiento
al dolor y la pérdida que sucede en el mundo. Las emigración forzada por guerras, persecución
religiosa o política; llevan a muchos a divagar por el mundo en búsqueda de
mejores oportunidades de vida.
Y así, del mismo modo como en las épocas primitivas, el dibujo del animal anticipa la
caza, en la obra de Mónica Meira, vemos reflejados los anuncios de un desplazamiento
territorial, del peregrinar a través de territorios fronterizos, invitándonos a meditar en
compasión frente al duelo de la pérdida.
Son dibujos que cuentan historias, ilustran la realidad, las injusticias y dramas del hombre
actual. Dibujos con una inmensa soledad por parte del protagonista agobiado por
el dolor y el abandono. Espacios que captan la iniquidad, el desconsuelo y la aflicción en
medio de una naturaleza inventada, convirtiéndola en realidad.
El dolor y el duelo hacen su aparición, aquí dejando al espectador atónito e invadido por
el desconsuelo al reconocer lo que se ha convertido en realidad.

Maria teresa Guerrero
Curadora


Tomado del folletoEl Dibujo de Monica Meira, Galeria Espacio Alterno, 2015

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