Teatridanza - Teatro de la Montaña Teatro

Teatro

Personaje

teatridanza


Teatridanza - Teatro de la Montaña

teatro
 

 
A ColArte

 

 


El teatro más alto de Bogotá queda a 3.052 metros sobre el nivel del mar, en la vereda de San Isidro. Para llegar a él hay que desviarse de la vía a La Calera y serpentear varios metros por una carretera destapada.

Desde la entrada ya se siente una extraña combinación de ambientes. Se siente el frío de la montaña, ese que es tan profundo que puede paralizar el cuerpo. Se siente el olor a campo, al aire puro tan esquivo en la ciudad. Pero también está la adrenalina de la función, el vértigo tras bambalinas.

Delante del telón aparecen Ligia Cortés y Roberto Nieto, los fundadores del Centro Integral de Artes Teatridanza (CIAT). Ellos no son solo los directores, dramaturgos y protagonistas. También son los contadores, los transportadores e incluso los albañiles del teatro, que está estrenando nueva cara gracias a la Ley de Espectáculos, que le otorgó, el año pasado, 300 millones de pesos para dotaciones.

De hecho, antes de salir al escenario Cortés y Nieto no hacen precalentamiento de voz ni repiten una y otra vez sus parlamentos. Sus labores son más operarias.

“Esta mañana estábamos levantando los muros en la parte de arriba. En la tarde nos bajamos e hicimos los títeres, luego nos cambiamos, nos ponemos el overol y seguimos camellando”, asegura Nieto, quien minutos antes de que empiece la función ayuda a descargar los bultos de cemento con los que construirán un salón de ensayos.

La transformación

Pareciera que el CIAT vive una eterna transformación. Hace 20 años, cuando la pareja de titiriteros adquirió el predio, este espacio no era más que un potrero en el que practicaban sus obras.

Ahora, Cortés y Nieto ostentan el nuevo ‘vestuario’ de su teatro. Con los recursos obtenidos, reformaron el sistema de luces, que antes consistía en unos tarros con unas precarias bombillas adentro. También tienen un sistema de sonido con una consola de 38 canales, una máquina de humo, un telón de boca automático, un sistema de seguridad con cámaras de video y construyeron un muro que cubre la entrada a la sala.

Nada mal para un teatro que hace unos años no tenía silletería o en el que el escenario se podía convertir en un barrizal si la lluvia era muy intensa. “El día que inauguramos, cuando pusimos todos los equipos, había gente llorando de la emoción de ver el teatro vestido”, recuerda Cortés.

El CIAT se ha convertido en una especie de ‘casa internacional’, dicen con orgullo sus fundadores. Por la sala han pasado artistas chilenos, argentinos, belgas y cubanos, entre otros, que se quedan a dormir en una pequeña cabaña acondicionada para las visitas. Además, aseguran los artistas, nunca han cancelado una función, sin importar las condiciones climáticas.

“Hace un tiempo, se iban a presentar unos chilenos y cayó un diluvio. Todavía no teníamos la cubierta y esto era una piscina”, recuerda Cortés con sus manos alborotadas, enfatizando más el drama de la anécdota.

“La gente llegaba en pleno aguacero y nosotros sacamos toallas y pusimos hacer aguapanela. Se fue la luz en esa tempestad tan berraca y, sin embargo, se hizo la función”, completa Nieto con su emoción desbordada.

Día de función

Cada viernes, un bus blanco sale a una de las escuelas de la zona para recoger a los niños antes de las presentaciones, que suelen ser a las 3 de la tarde. Por las noches, un jeep azul sube más allá de los 3.052 metros para traer a espectadores de otras generaciones.

“Roberto agarra el jeep y se va a La Esperanza, que es un barrio que queda arriba. Entonces, sale la abuelita con su ruanita, con su bastón, y Roberto la sube al carro... Pelean porque no llegamos temprano, pero es que se quieren venir a las 5 de la tarde y la función es a las 7”, dice Cortés.

Aunque no es su público objetivo, el CIAT ha intentado que los adultos mayores de la zona también los visiten no solo para ver teatro o títeres, sino para recitales de música o simplemente para ver películas.

Así pasó con don Marquitos, miembro de una de las familias más tradicionales de la vereda, que aceptó la invitación, pero con una condición.

“Él nos dijo: ‘yo quiero ir, pero me quiero ver es una mexicana’. Lo trajimos, parqueó la vaca aquí al frente y se sentó con su ruana y con su esposa a ver una cinta de Vicente Fernández... Se murió como a los dos meses”, dice Cortés, con un gesto triste que refleja su ánimo de luto.

Con los recursos que obtuvieron, Cortés y Nieto adquirieron un proyector y un sistema de reproducción para películas en formato Blu-Ray, con el que organizan presentaciones especiales para niños, en las que las meriendas son crispetas con aguapanela.

“Tenemos una pantalla que baja, tenemos unos parlantes debajo de esto –dice Nieto mientras señala las sillas–. Entonces uno se sienta aquí y eso hace así”, complementa el artista que se agita con fuerza para dar la sensación de que la silletería tiembla mientras se proyectan las películas.

La vaquita de las monedas

Nieto y Cortés enfatizan en varias ocasiones que no hacen este trabajo por el dinero. “Es un escalón, no es la meta”, parece ser su lema de combate. Su meta es el desarrollo cultural de la comunidad. Por eso no cobran entradas.

Afuera de la sala hay una vaquita de papel naranja que sirve como alcancía para los que quieren dejar alguna moneda. “Un día, un niño me dijo: ‘Roberto, le eché mil pesos, ¡Mil! Para ellos eso es una fortuna”, apunta Nieto.

Claro que, en ocasiones, les piden a los asistentes que lleven, si pueden, elementos como un jabón o un rollo de papel higiénico. “Es muy gracioso porque nos traen el jabón usado de la casa”, bromea Cortés.

No importa si vienen con monedas o jabones usados, lo importante es que lleguen, resalta la pareja.

Tomado de http://www.eltiempo.com/entretenimiento/arte-y-teatro/renovacion-del-centro-integral-de-artes-teatridanza-/14143882