Ethel Gilmour de Uribe

Cleveland, USA

Pintores

Abstracto, Objetos

 

ETHEL GILMOUR

pintora


Cheveland, Ohio 1940 - 2009

ESTUDIOS

1962 - BFA Agnes Scott College, Atlanta.

1967 - MFA Pratt Instituto, New York.

EXPOSICIONES INDIVIDUALES

1985 - Pinturas, El Planetario, Medellín.

1987 - Pinturas, Arte Autopista, Medellín.

1988 - New Southern Paintings, Savannah, Georgia,

1989 - Pinturas, Arte Autopista, Medellín.

1990 - 30 Cartas a Dios, Colombo Americano, Medellín,.

EXPOSICIONES COLECTIVAS

1989 - Made in Medellín, Travelling Show In.

1990 - XXXIII Salón Nacional de Artistas, Corferias, Santafé de Bogotá.

1990 - Las 30 de los 90, Biblioteca Pública Piloto, Medellín.

1991 - Bodegones, Galería de la Oficina, Medellín.

1991 - Trece Artistas Colombianas, Museo Tertulia, Cali.

1994 - XXXV Salón Nacional de Artistas, Corferias, Santafé de Bogotá.

DISTINCIONES

1975 - Primer Premio, Salón de Arte Joven, Museo de Zea, Medellín.

1980 – Mención, III Salón Regional de Arte, Biblioteca Pública Piloto, Medellín.

Tomado del Libro:
XXXV Salón Nacional de Artistas
Camilo Umaña Caro
Litografía Arco

Foto de Ethel por Oscar Monsalve, Galería Cromos


Ethel Gilmour nació en el hospital de Cleveland, Ohio, el 29 de febrero de 1940. Su padre, Monroe Gilmour, estaba estudiando para ser médico en el internado del hospital de esa ciudad. De lo contrario, ella hubiera nacido en Charlotte, Carolina del Norte, en esa casa grande construida en 1925 que era de su familia. Y así, desde más temprano, hubiera tenido al lado las montañas, los animales y los bosques que terminaron por acompañarla en su vida, en sus sueños y en su obra.

La tierra del sur de Estados Unidos, provincial, atada al pasado, creyente, le dio pistas tempranas a Ethel de lo que siempre sería. No era religiosa, pero creía en la fuerza de la comunidad y en la bondad como forma de vida. No se ancló en su procedencia, pero usó todo lo que pudo de ella: los conflictos, el paisaje, la vida cerca de los animales y las historias contadas. No fue la fuente principal de sus pinturas, pero utilizó las voces de William Faulkner, Carson McCullers, Flannery O’Connor y Thomas Wolfe para entender el clima sureño y llevarlo siempre consigo.

Cuando tenía 24 años, luego de haber estudiado en el Agnes Scott College y pasar una temporada en Boston, decidió ir a Nueva York y matricularse en el Instituto Pratt para “aprender a ver”. Pasaba los días y las noches en talleres de grabado, pintura y escultura, y cuando podía se internaba en galerías, conciertos y pequeños teatros. Su meta era clara: darle formalismo a su trabajo artístico. Después de graduarse viajó a París con el propósito de caminar lo más que pudiera la capital del arte moderno y aprender francés. Allí trabajó en un taller de litografía e hizo pinturas para vender. También tomó cursos de civilización francesa en La Sorbona.

La oficina de turismo de La Sorbona organizó una excursión a Rusia y entre los inscritos estaban Ethel Gilmour y Jorge Uribe, un arquitecto colombiano que estudiaba urbanismo en la Universidad de París. La excursión salió el jueves 21 de diciembre de 1967 de la Gare du Nord. Ethel y Jorge se conocieron y siguieron el viaje juntos. Visitaron el Mausoleo de Lenin, fueron al teatro y al ballet, vieron obras de Chagall y de Matisse y estuvieron en los museos de la Revolución. Cuando regresaron de Rusia hicieron otros viajes a Ronchamp, Lyon y Marsella. Tal vez fue ahí cuando se dieron cuenta de que su pasión por el arte los haría vivir, de alguna manera, una misma vida.

 Luego de múltiples viajes a ciudades como Boston, Madrid y Cochabamba, en Bolivia, Ethel llegó a Medellín en 1973 a casarse con Jorge en la iglesia de Santa Lucía, la única que no les pedía curso prematrimonial. A partir de ese momento tuvo una necesidad esencial de hacerse a un lenguaje pictórico que hablara de Medellín; consumió todas las imágenes que pudo para entender el lugar donde iba a vivir hasta su muerte. Al fin y al cabo, su preocupación artística estuvo puesta en encontrar formas para que la vida cotidiana ingresara al arte.

La primera casa donde vivieron quedaba en el centro de Medellín. Se apropiaron de cada espacio con el color y una decoración particular. El patio lo convirtieron en un jardín lleno de flores. Tenían dos mascotas, una tortuga llamada Roquita Azul y un conejo al que llamaron Navidad. Tanto para Jorge como para Ethel la casa era el símbolo de unión entre la vida y la pintura. Para ella, era el único refugio y la imagen más constante mientras reconocía lo que pasaba afuera. En nombre de su particular realismo, los objetos de su casa están también ampliamente retratados en su obra.

Las montañas fueron una imagen constante en su vida. De niña, los montes del sur de Estados Unidos formaron parte de su paisaje. Cuando llegó a Medellín, se convirtieron en un símbolo de apropiación de la iconografía antioqueña y una figura recurrente en su obra. Pintó a menudo picos altos verdes que rodeaban pueblos pequeños, otros servían de fondo para retratos de mujeres o simulaban altares donde ponía iglesias. Las montañas fueron siempre un indicador constante para sentirse en casa.

El tiempo que no vivía en su casa lo pasaba en la Universidad Nacional de Colombia enseñando a estudiantes su visión del arte. Al principio dictaba clases en la Facultad de Arquitectura, luego ayudó a formar la carrera de Artes, hoy Escuela de Artes. En sus cátedras, sobre todo, intentaba quitarles a los alumnos el miedo a interesarse por las cosas sencillas que los conmovieran; decía que esos fragmentos de cotidianidad pertenecían a la verdad de cada uno y que valía más pintar “gente de verdad” que eran testimonio de cómo experimentaba cada uno el mundo.

Figuras de armas, recreaciones de actos violentos y campos ardiendo son imágenes recurrentes en la obra de Ethel Gilmour. Pero no era la violencia por la violencia lo que quería retratar: ella buscaba que su público notara que era algo que estaba siendo parte de nuestro día a día: “No deseo pintar la violencia, pero ella está aquí a las puertas de mi casa y se arrastra hasta mis pinturas”.

Para inaugurar la exposición ‘El guayacán y el pueblo’ (2006), en el Museo de Antioquia, Ethel Gilmour usó un vestido negro con chal y zapatos amarillos. Frente al cuadro Guayacán había una banca amarilla y allí puso su chal y sus zapatos para que quienes se sentaran a verlo sintieran que ella estaba con ellos. Dos años después de ese momento, Ethel murió. Pero quedó para siempre ahí, dibujada pequeñita al lado del guayacán, en los zapatos, la banca, el chal y en cada uno de sus cuadros en los que siempre pintó lo que vio, lo que le pertenecía.

 Tomado de http://www.eltiempo.com/lecturas-dominicales/articulo-sobre-la-obra-de-la-artista-ethel-gilmour-181172 , 2018