Jorge Valencia Rey

Quibdó, Chocó

Pintores

Figura

Jorge Valencia

pintor

Recuento
 

La pintura fantástica de Jorge Valencia

Los primeros dioses fueron monstruos. De sus garras caudimanas y sus fauces llameantes surgió la vida como un milagro tenebroso. Y el misterio infundió a las criaturas zoomórficas y antropomórficas que se aglutinaron en torno al devenir inmenso, una esotérica noción fraterna, La de impotencia ante el ciclo vital. La de estupor ante las magnas tempestades, las auroras y los crepúsculos. La de asombro ante el follaje y el capullo, ante el trigal en mies y el cerondo fruto. La de temor al cósmico poder. Así, la imagen irracional y racional de bestia y hombre se descubrieron mutuamente, estableciendo un diálogo silente entre ambos desconciertos. El animal encarnó la fuerza oculta, eminencial o domeñable,. siempre extraña. Y el ser humano la inteligencia y la maestría. El destino fue entonces halcón dinástico, toro majestuoso o serpiente fálica; multiforme faz del culto totémico. Mito que simbolizó entre las civilizaciones primitivas esa liberación del tiempo profano hacia el tiempo sacro, conciencia de lo eterno. Y el arte fue la huella de esa eternidad arcaica. Latente en la leyenda americana, patente en la inspiración fantástica del pintor colombiano Jorge Valencia. 

De ocho quimeras zoolátricas cuatro describen el violento color del trópico y cuatro evocan mágicas leyendas en una monocromia que cristaliza el sobrio artesanato del diseño. Hay un derroche, una angustia y una sabia disciplina en la pintura de Jorge Valencia. Desde su ancestro costanero y su peregrina vitalidad, su pueril divagacion alucinada y su nítida ingenuidad, hasta la tesonera labor creadora de texturas, matices, asperezas, brillos, filigranas, se vislumbra un horizonte de rebasamiento interior que anuncia la superación. El pasado ha sido una larda peregrinación y un hallarse a si mismo en patriarcas artísticos y literarios. En Puerto Rico, Zenobia de Jiménez patrocina su homenaje a Chagall. En Paris, Arturo Laguado le introduce a la obra de Borges. En Roma, Jean Cocteau aprecia en sus temas bíblicos una originalidad ya escarolada de la inicial influencia de Clavé y de Tamayo. Venturi le otorga, luego, el Primer Premio en el Palazzo Venezia. México es el hallazgo de la escuela interiorista de Corzas, Cuevas, Góngora; el deslumbra miento ante la técnica textil de Lena Gordon, quien le enseña a usufructuar, además de óleos y tintas, la riqueza meliflua vegetal. De regreso a Colombia ha de resumir
el intenso aprendizaje en un año de trabajo, preparación para la travesía hacia nuevos continentes pictóricos. 

Además de Borges, Hesse y Kafka obsesionan a Valencia. En el abismal dramatismo del uno y la idealista diafanidad del otro, halla respuesta a su inquietud, logrando depurar la de todo desvarío, encauzarla, hacerla dúctil, positiva, fecunda. Tal actitud mental obedece, además de la lectura, al estudio de los grandes sistemas filosóficos. El formalismo kantiano, el, existencialismo de Sartre y de Marcel, esclarecen una devoción por Spinoza, cuya ética racionalista parece ser la fuente misma de su creación artística. Sus aves milenarias, sus reptiles fantasmales y sus quirópteros rituales, develan una cotidiana jornada de paciencia y elaboración. La fantasía adquiere, así, armonía y linea, orden y luminosidad.

Los símbolos ,primíticos trascienden el mero cacho. Hay una dinámica cromática y un equilibrado estatismo en el plumaje otoñal del Huachino, en la deslumbrante presencia dei Simurg y en el espiral blanco y negro -frustrada ansiedad liberadora- del animal soñado por Kafka. Doré, Blake, Durero, el pintoresco talento de Vesperone son una germinal evocación. 

Y de ese grabado que es pintura, de esa fábula que engendra toda una teogonia demoniaca, surge la terce ra dimensión, la real, la indefinible, la sublime dimensión del arte verdadero.-

 Helena Araujo de Albrecht
Tomado de la Revista Cromos No.2466, noviembre 30 de 1964