Armando Villegas

Pomabamba, Peru

Pintores

Abstracto, Figura Humana, Figura

Armando Villegas

http://www.armandovillegas.com/

pintor

 
 


Abstraccionismo con claroscuros

La galería de arte "El Callejón" exhibe en estos días cincuenta y seis cuadros de Armando Villegas. Es este el resultado de un año de investigaciones que él define como "una búsqueda de valores permanentes dentro del ámbito pictórico", en el que se ha interesado particularmente por la técnica de la pintura flamenca que ha influido en el tratamiento de la luz y en una cierta serenidad que el pintor ha querido trasponer en sus cuadros; en el aspecto formal, se ha impuesto el estudio de diversas texturas. El artista, situado desde hace varios años dentro del expresionismo abstracto ha hecho exposiciones en Bogotá, Medellín, Caracas, Lima y Washington, figura entre los seleccionados para asistir a la bienal de octubre de este año a Sao Paulo, y participará con seis óleos en el próximo Salón de Artistas Colombianos. El pintor Armando Villegas piensa que la muestra actual "no es espectacular", pero la considera como una etapa fundamental en la realización de su obra.

Tomado de la Revista Cromos No.2290, 29 de mayo de 1961

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Guerrero de su obra
Pinta el laberinto de los sueños

Por Olga de Villegas

El mejor reconocimiento que se le podría hacer a Armando Villegas en sus 46 años de vida artística en Colombia sería distinguirlo con el pincel de oro al guerrero combatiente de las artes plásticas de Latinoamérica.

Este concepto lo expresa la emoción que produce el ver la majestuosidad de sus obras, simbolizadas en la aferrada influencia que él siente por sus raíces andinas, representadas en seres mitológicos, en la flora y fauna, en esa lujuriante vegetación, en sus mundos surreales, visiones fantásticas de otros mundos que se anticipan al año dos mil, pero por encima de todo, ese personaje que constituye su impronta pictórica: El Guerrero.

Sin embargo, la historia del arte colombiano que a muchos les tocó vivir en los 5Os, cuando Villegas llegó a Bogotá con el título de profesor de dibujo y pintura de la escuela Nacional de Bellas Artes del Perú, su país natal, reconocerá siempre a Villegas como representante de todo lo artísticamente respetable.

Armando Villegas ha llevado durante este lustro su carrera hasta la cima. "En la cultura Inca-cuenta él-, han existido los de arriba y los de abajo. Nunca me ha gustado estar uram, que en mi idioma quechua significa abajo. Siempre me ha gustado estar janaq, que significa arriba, por lo alto..."

Obsesionado por construir su profesión de pintor por lo alto, también le ha gustado buscar su hábitat en las alturas. Quizá por haber nacido en Pomabamba Ancash, en la sierra peruana, ubicado a unos 3.500 metros de altura a nivel del mar, lo más parecido que encontró en Bogotá para construir su casa-museo lo visualizó al noroeste de la ciudad y casi llegando a la montaña. Allí es frío. Parecido al frío andino. Pero, al abrirse el gran portón, todo es cálido, y hay un bosque artísticamente sembrado por el maestro Villegas.

Ingresar al umbral constituye una sensación de impacto contemplativo. De entrada se divisa como un templo pictórico. Es el taller-estudio del artista. El recibe con Sonia, su esposa, y también como anfitriones aunque inertes pero que van cobrando importancia ante la curiosidad del visitante, están la escultura de su hijo Ricardo Villegas Tafur, los TOTEMS esculturas de deidades mitológicas del peruano Benito Rosas, una escultura en piedra del español Orti, las obras de sus amigos Alejandro Obregón, Fernando Botero y Eduardo Ramírez Villamizar, de la plástica colombiana. Así mismo están las firmas de los peruanos Shinky, Sizlo, de Páez Vilaro, del Paraguay, y del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. En su galería también sobresalen las colecciones de Art Nouveu, las tallas y óleos coloniales, sus madonas, desnudos, santos, damas, caballeros, guerreros y un retrato de su hija titulado "Doña Andrea del Pilar", que parecen mirarlo desde sus marcos con gesto de agradecimiento por formar parte de su colección particular y de su mágica inspiración.

Allí, en su estudio, adornado con los bonsai que él cultiva, ambientado en desorden armónico con sus pinturas, algunas terminadas y otras en proceso, teniendo como marco central frente a su caballete los retratos de Sonia, el de Andrea y el de su hijo Daniel como si fueran sus "iconos" y en compañía de sus gatos persas, Vladimir, Ramona, Chepa y Alicia, "mis compañeros", Armando Villegas escucha música clásica, lee historia, filosofía, literatura en general, sociología, y pinta. Recibe llamadas, resuelve asuntos y pinta. Habla serio, sencillo, a veces distante, de lo divino, de lo humano y de pintura, sin dejar de pintar.

La crítica que lo admira, ha dicho que usted ya escapó a toda influencia. Que está en su propia senda, y marcha seguro, por sí mismo, al encuentro de sus propios mitos, de sus propias revelaciones.

¿Cuál es su criterio?

-Mi obra actual es y seguirá siendo fruto y consecuencia de recrear una serie de experiencias vividas en mi infancia. Heredadas de mis antepasados, de lo cual me ufano ser de origen quechua. La cultura pre-inca es el mejor legado recibido de mi madre. Esas vivencias, que se van registrando en imágenes y colores, crearon en mi imaginación personajes que he ido encuadrando en el contexto cultural que se ha formado. El resultado de mi pintura es el producto de mi formación y los estudios realizados a través de toda mi trayectoria, para lograr lo que estoy logrando.

-Habiendo recorrido todas las etapas, desde la que "bautizó" Casimiro Eigger en los años cincuenta como la no impresionista, pasando al expresionismo abstracto, al surrealismo, automatismo, realismo mágico, expresionismo mágico, ¿en cuál se ubica ahora?

-Me ubican en el realismo fantástico. Yo creo que sí, porque mis personajes salen de la imaginación. De un mundo de ensueños... Mis retratos, mis faunas, floras, surgen de un momento para otro.

-Sus seguidores también lo catalogan como el coloso del color...

-Los observadores entienden que he creado una visión exótica dentro del contexto de los artistas colombianos. Es un modo diferente de ver la pintura, a través de una óptica muy personal, rica en recursos de imágenes. Una cosmovisión muy propia de flora y fauna. Además he adoptado una técnica que consiste en trabajar por sustracción, con recursos instrumentales muy especiales que le dan un toque muy singular a mi pintura.

-Por todo esto, lo catalogan como uno de los más grandes pintores latinoamericanos. ¿Qué opina?

-Yo soy un punto más dentro de los artistas profesionales que hay en América Latina. Considero que por encima de uno hay gente superior.

-Sonia Guerrero, su segunda y actual esposa, también su administradora, su agente y su gran crítica, opina: "La obra de Armando es profundamente latinoamericana. En ella están plasmados mensajes misteriosos, mágicos, que se remontan a las culturas precolombinas. Es muy versátil".

Y como agente, ¿con qué enfoque ve sus cuadros?

-Son sus compradores quienes valoran su obra cada vez más. Por eso le di una orientación diferente, retirándola de las galerías y vendiéndola en casa. Sin embargo, pocos saben que Armando es de una gran mística. El no sólo trabaja por vender, ya que es su trabajo. Como ser humano es muy generoso. A través de sus obras son muchas las instituciones que se han beneficiado.

-Maestro, en su temática también se vislumbra su admiración por lo esotérico. ¿Es aficionado a esta doctrina?

-Soy aficionado al mundo mágico. A todo lo que encierre misterio. Nada más humano y esotérico que lo que irradian una faz humana y su mirada. Indudablemente, "los ojos son el espejo del alma".

-Qué elementos figurarían en su autorretrato para mostrar en alma

-Lo haría dotado de una serie de elementos propios de la magia y el mito que envuelven al ser andino. Involucrando, por ejemplo, una fauna y una flora entre lo fantástico y lo verdadero.

Sus conceptos son los instantes de su vida que más se parecen a su arte. Armando Villegas sopesa y analiza cada vivencia, escogiendo analíticamente las respuestas y a la vez seleccionando y preparando minuciosamente las  telas, que transforma con el color a través de tintas y óleo que luego depura con su original y virtual técnica del raspado.

-Su obra es enigmática mente fabulosa, su color es único. ¿Cómo se define usted?

-Mi carácter, aunque parece huraño o tímido, tiene una gran particularidad, es muy singular, como es el hombre andino: filósofo, analítico, meditativo.

¿Usted medita?

-Mi meditación es mi trabajo. No me gustan las vacaciones. Eso lo inventó la cultura occidental.

La cultura andina siempre ha tenido actividad cíclica. No conoce descanso, se descansa trabajando.

-Cuando no está pintando, ¿a qué otra actividad se dedica?

-Investigo todo lo inherente al oficio, leyendo sobre todo lo que sucede en el mundo artístico. Me interesa leer las noticias sobre los sucesos actuales, que comparto en familia, y con ella realizo actividades de organización del hogar con sentido empresarial, y hablamos de arte porque todos somos muy sensibles para apreciarlo.

En efecto, a sus seis hijos les corre arte por sus venas. Alexandra, de 38 años, es decoradora. Jovanna, 36, pianista. Ricardo, 33, escultor. Y Diego, 34, también es escultor y diseñador de joyas. Ellos son hijos de la primera esposa del pintor, la escultora Alicia Tafur. De su matrimonio con la abogada Sonia Guerrero, Andrea, de 22 años, se inclinó por la arquitectura y Daniel, de 17, que estudia bachillerato, se inclina por el arte musical.

Mientras habla de su familia y depone la distancia para hablar de su semblanza, dice que perdió la confianza en la gente a raíz de un atraco que le hicieron en su casa, cuando organizaba "tenidas sabatinas". Pero cree en la amistad. "Lo ideal es que en el i contacto humano pretendamos hacer trueque de ideas y de conceptos, para aportar al amigo riqueza interior". Cree y es fanático de Dios y de San Juan Bautista, patrono de su pueblo. Profesa un gran respeto por su madre, María Timotea. "Mi madre es la única verdad que he tenido. El centro que maneja el hombre andino es a través de la madre".

De Sonia, su esposa hace 23 años, asegura: "Ha sido mi consolidación y proyección".

Ella lo reconfirma: "Hemos compartido todo, es un gran padre y compañero. Lo conocí un mes de mayo del 72. Se emociona contándolo, como debió gozarlo. Somos afines en el arte, en el baile y en todo". Y es que Armando Villegas no sólo pinta de 8 a 10 horas, a sus 68 años baila de todo. Especialmente vallenato. Le encanta ver fútbol. Le gusta preparar ají, planta que forma parte de su cultura andina. Es permisivo y comunicativo con sus hijos. "Soy consecuente con el tiempo que vivimos y soy adaptable a la problemática actual de la juventud". Como abuelo, no juega con sus nietos, pero siente un gozo interno al verse proyectado en ellos.

-Su proyección en la docencia durante 35 años en la Universidad de los Andes, la Javeriana y en la Nacional, "qué satisfacciones le dejó?

-Muchas. Porque inicié junto con otros profesores y maestros, como Luis Caballero, Beatriz González y figuras prometedoras, como Jorge Rocha y John Castell, fueron tocadas con mis consejos.

-¿Sintió nostalgia cuando se retiró?

-Bastante. "La enseñanza del arte no debería admitir la jubilación".

-¿Qué le aconseja a un pintor amateur?

-Que debe concientizarse para saber si tiene facultades para ingresar al apostolado del arte, que es una serie de sacrificios, presiones interiores y exteriores.

-¿Encuentra alguna diferencia entre el movimiento artístico del 53 y el de hoy?

-Creo que pese a que hay una densidad de intelectuales, Colombia ha sufrido una involución, especialmente en las artes plásticas. Parece que los centros que forman los artistas no tienen argumentos suficientes para dar una formación integral.

-¿Se siente realizado?

-No me siento realizado, porque creo que hay que seguir explorando. He sentido muchas alegrías, como cuando recibí la nacionalidad colombiana, en el gobierno de Gaviria, y el premio la Gran Cruz de la Orden del Sol, del Perú.

Sus méritos también están avalados con otras menciones, entre ellas la que lo distingue actualmente como Ministro Cultural ad-honorem del gobierno de Colombia. Sus triunfos también han quedado registrados en más de un centenar de exposiciones que han engalanado galerías europeas, orienta les, norteamericanas y latino americanas.

Como su pincel no para de pintar, actualmente expone en Medellín, en la galería de Arte Autopista, 35 obras en las que figuran viejos guerreros, vírgenes, mitologías y bodegones.

Ahora también está pintando un libro, titulado "El laberinto de los sueños", cuyo prólogo es del poeta Julio Fajardo. La edición consta de 50 ejemplares. Cada libro contiene 10 originales en miniatura, sobre tela, que se refieren a temas característicos. Este volumen está compendiado en 500 miniaturas.

Armando Villegas -maestro de maestros-, quien cree no sentirse realizado como pintor, está convencido que como hombre sí ha cumplido: "he tenido seis hijos, he sembrado bosques y como no sé escribir, estoy pintando un libro".

Tomado de la Revista Fama, No.19, junio 15 de 1996

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VISION DE DOS MUNDOS

Peruano de nacimiento, radicado en Colombia, Armando Villegas es un artista en permanente evolución que pasó de los paisajes al retrato y de ahí al arte abstracto, hasta hallar lo verdaderamente suyo: un reencuentro con sus raíces, su cultura y sus primeras vivencias.

POR MARIA TERESA DEL CASTILLO

Simbolismo v fantasía: estos elementos de la obra de Armando Villegas están plasmados en ese exótico universo de yelmos alados, rostros camuflados, armaduras ocultas en multicolores plumajes y una fauna casi mitológica, elementos con los cuales ha jugado a lo largo de casi toda su carrera de pintor.

Otros trabajos menos conocidos, y en apariencia antítesis de los anteriores, se reflejan en sus aventuras v divagaciones abstractas que, precisamente en este mes de noviembre, expone en la galería Belarca de Bogotá (1992), muestra que abarca lo último de su producción.

El mundo mágico que se desprende de la obra más conocida de Villegas proviene de su natal Pomabamba, pueblo peruano en el departamento de Ancash. Un lugar cargado de leyendas v tradiciones donde se asentó la cultura quechua, de la cual proviene su familia, y se constituyo en fuente de inspiración plástica siendo aún niño.

Por aquellas épocas Armando Villegas apenas hacía trazos indefinidos que presagiaban su futuro, pero observaba atento el trabajo artesanal de sus familiares, dedicados unos a la carpintería, otros a la ebanistería, algunos a la platería; y el mundo del color fue descubierto en el taller de una tía, dueña de una tintorería.

NUEVOS RUMBOS EN COLOMBIA

Tras obtener un título en bellas artes en Lima y ante las pocas perspectivas que ofrecía el medio artístico de la capital peruana de aquel entonces, el deseo de progresar lo llevó a buscar nuevos rumbos, y la posibilidad de obtener una beca en la Universidad Nacional de Colombia para adelantar estudios en posgrado, lo trajo a estas tierras.

Extranjero y sin padrinos, comenzó a labrar no sin dificultades el ingreso al medio, pintando paisajes en las horas libres que le dejaba el estudio; dichos trabajos se los entregaba a un buen amigo y visitador médico, Guillermo Becerra, quien semana tras semana los empacaba en su maletín y a los ocho días regresaba con el producto de las ventas.

Tiempo después se vinculó con la galería El Callejón como asistente de Casimiro Eiger, y un mundo de posibilidades se abrió ante sus ojos. Fue la ocasión de conocer a algunos de los grandes de la plástica colombiana, y lo aprendido en otras épocas le sirvió para realizar trabajos extras como enmarcador de obras que le entregaban sus colegas. Poco a poco se hacía realidad el sueño, abrigado durante años, de encontrar un ambiente de paz para pintar, tener acceso al medio artístico y poder empezar a mostrar su obra. Su acercamiento al realismo mágico tuvo, como es apenas natural, una etapa de experimentación e investigación. De los paisajes pasó al retrato y de ahí al arte abstracto, hasta hallar lo verdaderamente suyo: un reencuentro con sus raíces, su cultura y sus primeras vivencias. En esa incursión surgen cuerpos vestidos de guerreros, una variada y extraña fauna, cabezas con ornamentos barrocos v una flora exótica de vivos colores. No olvida el pintor que el indio quechua asistía a las reuniones ataviado con creaciones que simbolizan la unión de dos culturas: la indígena y la española, y tales atuendos vivos en el tiempo, inclusive hoy, son utilizados por algunas comunidades tanto de su país como de Bolivia para asistir a festividades patronales.

EN BUSCA DE NUEVOS ELEMENTOS

Pero así como Villegas nunca ha desechado sus trabajos "mágicos", tampoco ha olvidado el arte abstracto en el cual incursionó al comienzo de su carrera cuando luchaba por sobrevivir. Es que en esa época, esta manifestación pictórica no era del interés general, y la compensación al trabajo sólo se veía en la participación en eventos y exposiciones, lo que lo obligó a postergar tales investigaciones y dedicarse más a la búsqueda de nuevos elementos.

Recordando esa etapa, Villegas dice: "En ese momento pensé: si tengo un interior muy rico y una herencia muy valiosa ¿por qué no indagar otras posibilidades?". Nació entonces el realismo mágico, y agrega: "Todo ha sido parte de un desarrollo normal aunque no trascendental; pues soy humilde y no aspiro a grandezas. Lo único que siempre he deseado es mí propia realización como persona y artista".

La obra más conocida de Villegas proviene de su trabajo como retratista, de ahí que su interés esté primordialmente en la expresión del rostro, de pronto en el movimiento de una mano o en la indumentaria que pueda tener de manera anecdótica la figura. Como muchos otros pintores, tuvo la tentación de esculpir por el placer de plasmar en volumen la ideas, pero lo de Villegas en definitiva es la pintura que trabaja, según su expresión, por gusto y diversión.

SUEÑOS REALIZADOS

Hoy, después de cuarenta y dos años de residencia en Colombia, Armando Villegas confiesa haber cristalizado sus sueños, y tiene la certeza de no haber equivocado el rumbo. "Colombia --dice- ha sido generosa conmigo y nunca me he visto pintando en otro lugar. Viajo y observo mucho pero siempre regreso a plasmar aquí las ideas. En este país he tenido la fortuna de que mi obra trascienda el interés colectivo; aquí me han dado la oportunidad de trabajar, de realizarme, y si además sin buscarlo he podido dar a conocer mis trabajos en el extranjero, me siento satisfecho".

En efecto, la obra de Armando Villegas ha viajado por muchos países de Europa, y América, ha ido al Japón y otros países de Oriente. Y mientras la galería Belarca en Bogotá expone su más reciente producción de arte abstracto, otra parte de su obra recorre galerías de Suiza, de Corea y se exhibe en la Vorpal Gallery de Nueva York, donde fue contratado como artista exclusivo.

Tomado de la Revista Alo, La Casa, Vol.3, noviembre de 1992

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La Fantasía de Armando Villegas

por Carlos Jiménez

Armando Villegas expone mas de medio centenar de cuadros recientes en los que queda claro que en los últimos años, que son para él los de la madurez definitiva, su constante interés por las tradiciones andinas se ha desplazado al terreno de las fantasías infantiles. El viaje en redondo en el que finalmente se resuelve la vida lo ha situado a él ahora cerca de lo que fue, de su comienzo, de la etapa en la que comenzó a hacerse adulto asumiendo que era un niño.

La imaginación es una facultad adulta que genera, asocia, sustituye o suplanta imágenes aceptando en todas esas permutaciones las exigencias de la realidad. Realidad del mundo, de los otros y de nosotros mismos; realidad consciente o inconsciente; realidad de lo que es y de la voluntad y de la imaginación que se oponen o se pliegan sobre lo que es. La fantasía infantil es otra cosa. Es la secreción que se produce en ese momento tan difícilmente aislable y registrable en el que la sexualidad polimorfa de la primera infancia se eclipsa y da paso al soñar despierto, al juego de inventar el mundo extendiendo y poblando la distancia insalvable que ya separa al niño de la madre. La psiquis del niño emprende entonces esta tarea inaudita secretando un material fabuloso. De fágulo o de Leyenda, que es como se titula precisamente uno de los óleos pintados y ahora expuestos por Villegas. Si con algún pintor tiene vínculo conceptual Villegas es Dadds, el pintor inglés de un solo cuadro que mereció un espléndido ejercicio de interpretación de Octavio Paz.

La pintura de Villegas que ahora nos ocupa tiene que ver también con Archimboldo, el pintor italiano del settecento en el que los surrealistas creyeron encontrar un antecedente. Archimboldo componía cabezas, rostros, figuras humanas sustituyendo la representación de sus órganos por las frutas naturales. Villegas no utiliza frutas y si las incluye en su cuadro no lo hace siguiendo la lógica desaforada del italiano. Pero hay en su intención el mismo deseo de saturar el espacio del cuadro con formas y figuras que se agregan, se solapan se entrelazan. Pero todavía hay un punto de relación con Archimboldo que vale la pena advertir y retener. Villegas como en su día lo hiciese Archimboldo reitera su opción por la pintura literaria, la de temas, figuras y argumentos que él resuelve en cada caso, en cada cuadro con la virtuosa suficiencia de un orfebre. Otra cosa es que simultáneamente continúe practicando la abstracción que tan decisivo papel ha cumplido en su larga y fecunda trayectoria artística. El viejo maestro se resiste a la unilateralidad y la simplificación. Por el contrario, en la plenitud de su madurez, mantiene vivas en sus manos todas las vertientes de su arte, ahora ilumidado por su pasión por las fantasías infantiles.

CARLOS JIMENEZ Semanario Tiempo - Madrid Agosto 1993
Diarte, Volumen 3 No. 16, septiembre 1993

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Un guerrero al óleo

por Luz Martinez Avila

Su casa es como lo que pinta. Y no podía ser de otro modo. Todo lo que refleja en su pintura también lo muestra en donde vive. Armando Villegas, el pintor colombo-peruano conocido por sus famosos guerreros y caballeros de armadura, dice que no le gustan los espacios vacíos. Por eso en los cuadros el color está por todas partes y los personajes se visten de muchos elementos. En su casa también hay pocos espacios libres y cada rincón tiene una historia, porque en todo objeto hay un recuerdo.

Recorrer este lugar es como entrar a un museo. A primera vista es dificil apreciar verdaderamente el mundo de cosas que aparecen a cada paso. Es preciso detenerse un momento, observar cuidadosamente y deleitarse.

Villegas vive en esta casa de tres niveles hace 22 años con su esposa, sus dos hijos, cuatro gatos y cuatro perros. Hace 50 que está en Colombia y desde entonces lleva un guerrero adentro.

Llegó con una maleta, sin nada más. Había estudiado artes en Lima y vino a hacer un posgrado en la Universidad Nacional. La docencia luego vendría a acompañarlo durante 20 años, lapso en el que luchó por crearse un espacio. Estuvo casado durante 14 años y de ese primer matrimonio quedaron cuatro hijos. Volvió a salir con una maleta para empezar de nuevo. Sus hombres de casco y mirada noble comenzaron a ser famosos.

Se casó de nuevo, con una mujer que nació como de sus cuadros y destinada por su nombre, Sonia Guerrero, una samaria que le devolvió la tradición de una familia. A ella se le debe gran parte de la decoración de este hogareño museo. "Nunca pido asesoría a nadie, porque me parece que las casas deben ser absolutamente personales y deben llevar el sello de quien las vive". Ella, al igual que el maestro Villegas, se ha gozado y sufrido este lugar, que en principio fue diseño de Pedro Lizcano Puyana, un amigo cercano, pero que después fue creciendo por gusto de sus dueños. "Creo que Pedro intuyó que queríamos una casa para rellenarla".

A lo largo de estos 22 años, la casa Villegas Guerrero ha tenido un lugar para cada objeto que llega a quedarse con ellos. Él es un amante del arte religioso y precolombino y ella de las porcelanas y los cristales.

En esta casa se respira historia, algo de misterio y fascinación (como cuando se entra a una iglesia) y muy buena energía. El artista dice que esto es cierto, porque por allí pasa permanentemente gente con carga positiva, artistas principiantes que le piden su opinión y los buenos amigos.

Personalidad gatuna

Villegas comienza su día a las siete de la mañana, se pone una sudadera y sale a hacer sus pini tos de deportista: caminata, algo de estiramiento y pare de contar. Luego desayuna con su comida más tradicional en 75 años de vida: papaya, queso fresco y una buena taza de avena.

Hacia las diez se dispone a trabajar. Tiene un taller, que cualquier artista envidiaría. Huele a óleo y es diáfano en cada rincón. La luz de la mañana entra imponente por una claraboya que se levanta como la cúpula de una iglesia. Él trabaja en el centro de ese estudio, rodeado de sus pinturas y un mural sobre la conquista que lo mira desde arriba. Se pone su delantal y empieza a pintar con toda la parsimonia que le imprime a cada cuadro. Tal vez por eso, ninguno de los que han copiado su obra ha logrado la perfección. Las autoridades dicen que Villegas es el artista más plagiado en Colombia. En cierto modo un privilegio, pero también un inmenso perjuicio.

Generalmente pinta uno solo hasta terminarlo. De vez en cuando lo acompañan sus cuatros gatos, que se camuflan entre todas las obras acumuladas a lado y lado de su taller.

Villegas se confiesa gatuno, al punto que Pablo Picasso, Martin, Vladimir y Chepa, sus gatos cundiboyacenses, duermen con él y su esposa. "Ellos tienen una personalidad extraordinaria, son grandes compañeros, de una delicadeza y una finura asombrosas

Los gatos permanecen dentro de la casa y los perros en el jardín. A veces lo asaltan en otro de sus lugares preferidos: la pequeña sala de televisión. Allí es donde le gusta perder el tiempo mirando fútbol europeo y argentino. Se declara un hincha acérrimo del Santafé porque el primer domingo, luego de su llegada a Colombia, se fue al estadio y el equipo que salió al campo fue uno que tenía los colores rojo y blanco, los de la bandera del Perú.

Dice que es un artista de dos sensibilidades: barroca y sabanera. Tal cual como lo es su casa, donde estos dos afectos sobreviven en toda parte.

Objetos del destino

Su pasión por el arte religioso no es sólo profesional, es un creyente de la fe católica y gran coleccionista de toda suerte de estatuillas de cristos, monjes, santos y vírgenes. Su herencia andina y de sabana se plasma en su afición por lo precolombino y artesanal. Él, que proviene de una casta de agricultores, vive en una casa que también recuerda el campo: escaleras de piedra, techos en madera, un jardín con árboles y flores y un lugar al que llaman barbecue, cerca de la cocina y donde se suelen hacer los asados de domingo. Este la do de la casa rompe un poco con el estilo barroco de otros rincones del interior, pues el ambiente es de finca y llegar ahí es como pasar a otra dimensión.

Todos los objetos que tiene la casa Villegas Guerrero guardan una historia, pues son resultado de trueques que el pintor ha hecho con amigos y conocidos. "Mi casa es un anecdotario. Todo lo que hay, sé en qué momento lo adquirí y cómo. Generalmente yo no compro, no tengo liquidez, lo que tengo es obra, y hago cambalaches".

El comedor, por ejemplo, fue un trueque que hizo hace 21 años con Humberto Gómez, quien le pro puso que le diera una obra suya y él a cambio le entregaba una mesa brasileña trabajada con piedras semipreciosas. Sonia después fue quien se encargó de la base y las sillas para completar un comedor de lujo.

Pero si esta casa parece un museo, Villegas parece un guía. Suele hacerles a sus visitantes un tour con charla incluida.

Pese a que cada rincón es un lugar colmado de elementos, jamás se ve desorden. Villegas y su esposa saben exactamente en dónde está cada cosa y nunca nada se les ha extraviado.

Tomado de la Revista Alo No. 358, junio 28 de 2002

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LA OTRA METAMORFOSIS 

"Un buen cuadro, fiel y semejante al sueño que lo engendró, debe ser producido como un mundo": estas palabras, escritas por Baudelaire en 1859, bien pueden servir de epígrafe a esta nueva exposición del maestro Armando Villegas. 

Misteriosas, hieráticas, sobre las paredes descascaradas por el tiempo, sobre colores hechos de tierra -que bien pueden ser los auténticos colores del sueño- el perfil de estas mujeres navega impulsado por una pregunta incesante: por qué alguien decide poner toda su voluntad, toda su lucidez y todo su esfuerzo, al servicio de una realidad imaginaria; por qué el trabajo de Villegas, siempre tan fiel a los matices de la materia, a su densidad y a su peso, a su presencia física, se libera ahora, de golpe, de esa aparente sujeción y se lanza a evocar lo no visto, a recordar lo que apenas ha intuído ? 

Los viejos muros, donde lo incaico de colores elocuentes y sordos se aunaba, mágicamente, a un abstraccionismo grave, no declamatorio sino intenso: hacia dentro, -son ahora apenas un fondo para que el azar riguroso engendre criaturas insomnes. Recubiertos por velos que están hechos de piedra, de encaje mineral, o por un aura que las circunda con sus bestiarios de fábula, esos ojos abiertos hacia un espacio inasible, son ojos de estatuas ciegas, que hacen de cualquier elucubración en torno a ellas algo, por lo menos, impertinente. Prefieren comunicarse entre sí, a lo largo de esa vasta galería fantástica en donde las imágenes de "Alicia en 1941 ", de Max Ernst habla con Archimboldo, en un lenguaje mucho más preciso, y exacto: el del silencio. 

Si todo retrato es una biografía dramatizada -para citar de nuevo a Baudelaire- la historia que ellas nos narran es como a partir de unas manchas, de unos trazos, del desorden fecundo de una nebulosa en expansión, el poder creativo va ordenando esas formas, les impone un estilo el cual, lejos de anularlas, las libera, enfrentándolas solo a su capacidad de seguir siendo ellas mismas. Nuestras miradas las recorren, se detienen en un pliegue se bifurcar] en multitud de ondulaciones, y prosiguen su indagación comunicándoles algo de perplejidad y asornbro para concluir, finalmente, comprendiendo que todo eso es vano: el secreto de la auténtica pintura no reside en palabras que la aluden, y el sonido del viento que sopla a través de estas telas, desplegando un horizonte de libertad, no es el que estamos acostumbrados a descifrar. 

La rotunda presencia de un acto plástico, de una escritura pictórica en la cual cada frase -cada cuadro- habla por sí solo pero a la vez sugiere un universo más vasto. Como si todo cuanto toca con su capacidad de metamorfosis, quedase imbuído de repentina poesía: el prócer que se concreta a través de la niebla del tiempo no es más que el vibrante color del ave que está a su lado. Todo hecho, todo incidente, todo motivo, toda anécdota, pasa a ser parte de otro orden, más riguroso.  Malraux, en "Las voces del silencio", al hablar de Vermeer nos dice que en su obra el mundo ha quedado convertido en pintura. Convertir el mundo en pintura, lograr de la pintura un mundo: en relación con Armando Villegas, estas ideas son recíprocas, pero no son ellas, sino sus obras, las que certifican su vasta capacidad de estar atento al más sugerente y evasivo de los latidos, el latido de la verdadera pintura. 

J. G. Cobo Borda, 1975
Tomado del folleto, exposición Galería El Callejón, 1975

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Villegas y el Arte Popular

Los íconos, los retratos, las imágenes de los próceres, las figuras de las barajas, los escudos, corresponden a la categoría del arte popular. Todo ser humano reconoce enseguida estos elementos, ha poseído en alguna ocasión una copia de una imagen religiosa, o en América, ha visto alguna vez la figura del libertador y de sus capitanes. El éxito al que ha arribado la obra de Armando Villegas consiste precisamente en la identificación de aquellos elementos populares, reconocibles en cualquier nivel de cultura. Villegas no necesita correr tras la moda, no necesita posar de intelectual, ni presentar la angustia, ni rebuscar una técnica impactante para beneplácito de algunas personas que posan y pasan de sofisticadas. El trabajo de Villegas, quien ha completado ya más de veinticinco años de residencia
en Colombia, es un trabajo de claridad meridiana como corresponde a un arte verdaderamente popular.

Un arte que puede ser mirado y admirado tanto por un analfabeta como por un hombre de letras. Guerreros, vírgenes, conquistadores, próceres, retratos imaginarios, extraña fauna a insólita flora, cascos deslumbrantes y ricas cimeras, elegante vestuario y lujosa joyería, rostros serenos raptados a la historia, fantasmas venidos de otra realidad, son presentados por Villegas con verdadero derroche de maestría y sensibilidad de artista, con profundo conocimiento de la técnica pictórica, del color, de la figuración, de los elementos orgánicos que componen su pintura. 

Cuando pensamos que estas pinturas tienen suficientes méritos y calidad para habitar en cualquiera de los grandes Museos del mundo al pie de los clásicos renacentistas o junto al mejor Arte
de la actualidad, ya sólo queda campo para la admiración:

Admiración que resulta lógica y natural en quien por primera vez posa sus ojos sobre esta pintura, pero profunda y decidida en quienes hemos visto su sudor de veinticinco años: es decir, su trabajo.
La pintura colombiana por medio de sus jóvenes alumnos y de un público que cada vez comprende mejor el esfuerzo creativo de los buenos artistas, está en deuda con este artista que llegó del Perú apenas con los rudimentos de la Escuela de Bellas Artes, hace muchos años, y que, por lo tanto, se ha hecho en Colombia. 

Con esta exposición, Armando Villegas se ha ganado el derecho a ser reconocido como uno de los grandes de América y como artista de talla internacional.

WILSON ARCILA, Bogotá, Junio de 1978
Tomado del folleto exposición Galería Meindl, 1978

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El regreso de Armando Villegas

El mundo iberoamericano que seduce y deslumbra en sus mitologías. Así es la obra de Armando Villegas, el artista colombo-peruano que por estos días expone en el Centro Cultural y Educativo Español Reyes Católicos su lconografiá Fantástica (2003)

Se trata de una muestra de setenta obras de técnica mixta, algunas de las cuales ya han sido presentadas al público en otras ocasiones. Treinta de ellas, en pequeño formato sobre liencillo reciclado, son mostradas por primera vez, aportando más valor a una muestra ya de por sí interesante.

Como es habitual, Villegas demuestra una v~ez más por qué es considerado uno los creadores más emblemáticos en el mundo de la plástica colombiana. "De aquellos que han marcado un antes y un después, que han creado escuela y trascendido el ámbito de las fronteras de este país para alcanzar. reconocimiento universal", según Juan Ignacio Pujol, vicedirector del Centro Reyes Católicos.

En Iconografía Fantástica, el artista sigue reivindicando con orgullo su origen incaico. "Su original mestizaje define perfectamente la cultura iberoamericana. Si bien más allá de las influencias y las raíces que recupera, ha creado un estilo propio, noble a la vez que sal vaje, creando incluso su propia mitología y su propia fauna y flora", señala Juan Villar Escudero, consejero cultural de la Embajada de España.

Hoy, a sus 75 años de edad, después de haber luchado por estar en ese sitial de privilegio, Villegas muestra en su obra que nunca ha podido dejar los recuerdos, mitos, leyendas, paisajes, magia y hasta pólvora de las fiestas patronales de su pueblo natal, Pomabamba, en el Perú, a donde regresó hace unos años para recordar esa inmensa soledad que le abrazó siendo apenas un niño.

En ese entonces se refugió en los juguetes que él mismo fabricaba, la naturaleza, las vestimentas, el cielo, donde su marcado sentimiento estético siempre descubría figuras humanas, animales e imaginarias.

Con los años, fue nombrado en Colombia primer director de la Escuela Nacional de Bellas Artes, posteriormente agregado cultural y ministro cultural ad honorem de la Embajada del Perú en Bogotá, logrando un espacio privilegia do dentro de la sociedad y el arte colombianos. El presidente César Gaviria Trujillo, en su gobierno, le entregó la nacionalidad colombiana sin que él la hubiera solicitado.

Hace poco le preguntaron: Luego dé todo lo que ha vivido, todavía se siente solo como en su infancia? Y él respondió con el corazón en la mano: "No, en Colombia me realicé, me casé, tuve mis hijos, mis nietos, mi obra, mis amigos. Luego de tantos años he vencido la soledad".

El maestro regresa con sus guerreros y conquistadores, vírgenes y próceres imaginarios.

Tomado del periódico El Espectador, 12 de octubre de 2003

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Recordamos al maestro Armando Villegas (Pomabamba, Perú, 1926 - Bogotá, 2013), quien falleció el pasado domingo 29 de diciembre. Como una importante figura del arte nacional y latinoamericano, su mayor legado consiste en la prolífica obra que deja hoy y en la fuerte sacudida que dio al arte nacional poco después de su llegada a la crispada Bogotá de los años 50 —junto a otros grandes como Ramírez Villamizar, Botero, Obregón y Wiedemann—, para constituirse desde entonces en maestro y mentor de generaciones de destacados artistas. Fue una figura insigne del arte nacional que abrió el camino de la abstracción en Colombia, apreció el legado de las culturas precolombinas, pintó y esculpió con materiales inusitados y colmó de magia y mito su obra, ahondando incansablemente en el sentido de la libertad.

Nacimiento de un meteoro
Armando Villegas, 1965.
Pintura, encáustica sobre madera, 138 x 178 cm.
Colección de Arte del Banco de la República.
 
 

“Una de esas noches, a principios de 1954, y en una reunión de amigos, conocí a Armando Villegas. (…) La pintura en Colombia se estaba restableciendo entonces de los estragos del muralismo mexicano y parecía a punto de naufragar en el pantano de la novedad abstracta, pero ya todos los grandes nombres de hoy estaban disputándose la primera fila. Armando Villegas era quien les enmarcaba los cuadros en la trastienda de una galería, con serrucho y martillo, y se defendía muy bien con su oficio de carpintero anónimo, mientras dedicaba sus pocas horas libres a pintar como lo ha hecho siempre: con la fuerza y la tenacidad de un galeote.

Por eso recuerdo con tanta admiración, y con tanta gratitud, que hubiera tenido la modestia de pedirme que le inaugurara su primera exposición importante en Bogotá. Delante de todos los pontífices de la ciudad tuve esa vez los riñones de decir: ‘Tengo la satisfactoria impresión de estar asistiendo al principio de una obra pictórica asombrosa’. Hice bien en decirlo, y ahora estoy disfrutando de la satisfactoria impresión de no haberme equivocado.”

Gabriel García Marqués.
Tomado del prólogo del libro “Armando Villegas” de la Editorial Graphos, 1979.

Gran área verde - azul
Armando Villegas,1971.
Pintura, óleo sobre tela, 160 x 160 cm.
Colección de Arte del Banco de la República.

“En su proceso creativo, Villegas ha pasado de un mundo figurativo de connotaciones obvias a uno abstracto de connotaciones tácitas. Utilizando telas estampadas, cintas de colores y parches, recurriendo a la transparencia, el óleo espeso y el pegote, el pintor inventa señales que va yuxtaponiendo con la lógica de los glifos en la escritura maya. Cada señal tiene un centro visual o al menos está organizada simétricamente en el sentido vertical, horizontal u oblicuo. Las excepciones a esta regla conforman las pausas o puntos de reposo de conjuntos que vibran sin cesar, pidiendo que el ojo cumpla la fatigante tarea de reconocer cada uno de los detalles.

(…)Pero si el Perú natal ha nutrido su arte, es Colombia la que le ha dado el amargo contexto para desarrollar a plenitud su extensa obra. En 1982 Edgar Negret visitó Machu Picchu y su obra experimentó inmediatamente un giro temático importante, que influyó en el que dos años después emprendió con suerte Eduardo Ramírez Villamizar. Estos dos grandes escultores nos han legado obras fundamentales en la historia del arte colombiano, que también hunden sus raíces en las antiguas culturas del Perú. Alguna vez, hace ya varios siglos, nosotros también hicimos parte del Perú, y Lima fue nuestra capital. Lo traigo a colación para sugerirle al lector una conclusión ineludible: a través de las obras de Villegas, Negret y Ramírez Villamizar, la fuerza cultural del Perú se transmite a cada uno de nosotros, lo que sin duda es un acontecimiento que debemos celebrar.”

Álvaro Medina, historiador y crítico de arte.
Tomado de “El tocapu en la pintura de Armando Villegas”. Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional de Colombia.




Sin título.
Armando Villegas, 1954.
Pintura, óleo sobre madera, 43.5 x 52.5 cm.
Colección de Arte del Banco de la República.

“La obra de Armando Villegas, además de haber sido ejecutada con una técnica propia e impecable adquirida a lo largo de más de medio siglo de búsquedas y de docencia, constituye un claro ejemplo de los logros artísticos alcanzados a través de los valores impulsados por la modernidad. Su trabajo es claramente de su época, por su estilo, por su problemática, por sus alusiones y contenidos.”

Eduardo Serrano, crítico de arte.
Tomado del catálogo de la exposición “Armando Villegas: Abstracto”. Museo de Arte Moderno de Bogotá, 2007.

“La pintura de Armando Villegas ha sido siempre una pintura con estilo, es decir con personalidad formal. Después de más de 51 años de obra, al mirar hoy su trabajo, uno ve como todas sus figuras se van sumando, hasta constituir una sola presencia o rostro; y sus elementos creativos, de igual manera, una estética totalizadora. Un mosaico global de símbolos. Metáforas en donde se desarrolla el misterio de este reino antiguo, que va a transformarse en el Nuevo Mundo, Mundo Indoamericano que seduce y deslumbra en sus mitologías.”

Fausto Panesso
Tomado de “El regreso de Armando Villegas”, texto incluido en el catálogo de la exposición Iconografía Fantástica, Centro Cultural Reyes Católicos, 2003.

“’Un buen cuadro, fiel y semejante al sueño que lo engendró, debe ser producido como un mundo”: estas palabras, escritas por Baudelaire en 1859, bien pueden servir de epígrafe a la obra del maestro Armando Villegas. (…) El trabajo de Villegas, siempre tan fiel a los matices de la materia, a su densidad y a su peso, a su presencia física, se lanza a evocar lo no visto, a recordar lo que apenas se ha intuido”

Juan Gustavo Cobo Borda. 

Tomado de http://www.banrepcultural.org/blog/noticias-de-la-actividad-cultural-del-banco-de-la-rep-blica/armando-villegas-la-pintura-concebi , 2014 

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