Andres De SantaMaria

Bogota

Pintores

Bodegón, Figura Humana, Paisaje

Andrés de Santa María

pintor

Vea:

Recuento  - 
La personalidad de Andrés de Santa María, por Luis Alberto Acuña  - 
Santa María y su Ciudad, por Eduardo Mendoza Varela  - 
Obras, En la Playa de Macuto, por Carmen Ortega Ricaurte 
Andrés de Santa María en el Museo Marmottan, por Eduardo Serrano
Un pintor Moderno, por Cristina Esguerra, 2017
 

La Personalidad de Andrés Santa María

Por  Luis Alberto Acuña

Cuando en enero de 1936 el Palacio de Bellas Antes de Bruselas presentó una selección de los lienzos del pintor colombiano Andrés Santamaría, supo Europa, y supo el mundo culto, que este rincón del trópico aportaba a la historia universal de la pintura un nombre más a la ya larga lista de sus felices cultivadores. Andaría entonces el pintor muy cerca de los ochenta años, hermosa edad para hacer el balance del camino recorrido, del cual Bélgica, tierra a la que profesó filial dilección, constituyó la más dilatada e importante etapa. Parodiando el epitafio del Greco con quien Santamaría posee más de un punto de contacto de quien dijo Cean que "Creta le dio la vida y los pinceles Toledo", de nuestro pintor bien podríamos afirmar que Bogotá fue su cuna y Bruselas fue su escuela. Lo que no quiere precisamente decir que antes de fijar su residencia en la capital belga no hubiese ya pintado mucho y variadamente, sino que fue allí donde definió los rasgos característicos de su personalidad. Se forma, pues, se vigoriza y fructifica su extraordinario talento sobre el suelo mismo que vio nacer y crecer a Rubens y a los hermanos Van Eyck,el mismo de las góticas agujas y los vitrales primorosos, donde el arte nunca fue sólo un lujo sino un producto silvestre y natural y donde mucho antes que en la Italia del Renacimiento habíanse producido frutos de insuperada perfección. Y es allí donde Santa María se instala, se ambienta, se ubica definitivamente. Cerca de treinta años de su vida pasa en intensa labor, en reclusión casi artesanal, ingnorado de la crítica altisonante y de la admiración popular. Su existencia se trueca en un constante inquirir, en un diario dialogar con su profesión, con la técnica, con los problemas de su oficio. Por eso cuando en la fecha precitada hace su aparición, para muchos resulta una revelación la presencia de aquel hombre, tan maduro en años como en conocimientos.

El mismo André de Ridder, el más autorizado de sus críticos, confiesa entonces su extrañeza por haber podido vivir tan largo tiempo bajo el mismo cielo, entre los muros de la misma ciudad ignorando la obra y la persona de un pintor de tan alta calidad. Así que cuando Santamaría muestra su obra en el Palacio de Bruselas no hace otra cosa que enseñar los frutos opimos de su paciente búsqueda, de su redomada maestría, de sus felices asimilaciones. Por los caminos de la búsqueda penetró hasta las reconditeces del oficio al preparar él mismo sus telas, mezclar los pigmentos, depurar los aceites, rectificar fórmulas, desentrañar secretos. En el dominio técnico su toque se hace cada vez más expedito, su pincelada cada día más briosa, pastosa y abundante, su contorno más fundido y somero, su colorido más esmaltado y rutilante, su forma más mórbida, su concepto espacial más profundo. Y por cuanto a asimilaciones se refiere, tuvo el valor de dejarse influir por todo aquello que mejor convenía a sus íntimas convicciones y a su depurada sensibilidad; por eso se funden en su obra las magnificencias policromas de las vidrieras ojivales y las exuberancias barrocas de su tradicional herencia hispanoamericana, el sentido decorativo del bizantinismo y los alardes técnicos impresionistas. Si fuese posible condensar en una fórmula la personalidad de Andrés Santamaría yo me atrevería a establecerla así: dos cuartas partes de vitrales góticos y de esmaltes bizantinos; una cuarta parte de influencias de sus contemporáneos: el francés Monticelli, el español Anglada Camarasa; y una postrera del misticismo exaltado del Greco. Al expresarme de esta manera quiero dejar bien establecido que mi creciente admiración no excluye ciertas reservas, y es por ello por lo que yo distingo entre este Santamaría aquilatado y maduro que nos brinda estas figuras plasmadas en su específica manera pastosa, suntuosa y abundante, que emergen iluminadas por una luz blonda y cálida, trémula y fulgurante, llevadas al lienzo por una mano tan segura como emocionada, y aquel otro Santamiaría bastante menos afortunado, autor del tríptico que representa la batalla de Boyacá que produce en quien lo contempla una extraña sensación de desconcierto, o aquel otro de su manera primitiva. "Las lavanderas del Sena", muy parisiense y muy impersonal, con su flagrante error de perspectiva apreciable aun para los menos iniciados. Pero en desquite de estos dos lienzos, posee nuestro Museo Nacional un extenso muro ¡ojalá fuera toda una sala! consagrada a Andrés Santamaría, cuyos cuadros constituyen una auténtica selección, pertenecientes todos a la mejor época suya, cifi~a de la mejor pintura hasta ahora salida de manos colombianas. Incluye Ridder en su monografía de este pintor una fórmula lapidaria en la cual él condensó su credo estético, su doctrina pictórica: Viday Color. En efecto, para Santamaría la esencia de la pintura es el color, y bien puede verse a medida que avanza en el encuentro de sí mismo cómo el dibujo, ese límite y frontera que circunscribe las formas y parcela las tonalidades, se va deshaciendo y tornando más desvaído e impreciso, hasta desaparecer casi por entero; es entonces cuando el color campea exultante y gozoso, libertado de las disciplinas opresoras del contorno ceñido; es entonces cuando el libre juego de la cromática adquiere en la paleta su prestigio total: cuando modela con el color, compone con el color, vivifica gracias a la magia suprema de las yuxtaposiciones y matices. El poder expresivo del color adquiere en Santamaría momentos realmente álgidos, tan sólo sobrepasados por Rembrandt o por el Tintoretto; no es extraño encontrar en él acordes audaces, entonaciones raras, gamas conducidas de insospechada manera, irizaciones de singular efectismo.

Cómo se adivina frente a sus lienzos la alegría incomparable de pintar por pintar; de colocar un rojo fulgurante sobre una parda entonación opalina, por el mero gusto de sentirlo vibrar más aún; de hacer cantar los tonos áureos sobre la asordinada monodía de los verdes; de contrastar las aguamarinas de unos cándidos ojos sobre las pieles nacaradas y los flavos cabellos de las gentes del norte. Y cómo se adivina, igualmente, la complacencia del pintor en manejar esa dúctil materia, abundante, obediente y sabrosa cuyos pigmentos molieron sus propias manos y dosificó su experiencia y con cuya pasta va plasmando sobre la sombría entonación de los fondos, esos cuerpos exangües y casi deshechos, esos amplios ropajes, aquellas cabezas alargadas, estáticas y visionarias. Porque, además, sobre el Santamaría pintor de psicológicos retratos de donosa apostura, de idílicos paisajes y bodegones opíparos está el Santamaría de las escenas sagradas, el pintor religioso que ha sabido encontrar en la iconografía cristiana la temática que mejor convino a su deleitación profesional. De todo ello nos brindan ahora las Galerías de Arte S. A. unos cuantos especímenes recientemente traídos a Colombia por una hija del maestro, doña Isabel Santamaría de Baupré, quien deseosa de conocer la patria de su padre, no quiso venir a ella sin traer consigo lo que para nosotros debía resultarnos grato sobre todo encarecimiento: una colección de obras de un máximo artista colombiano, cuya adquisición significaría parte inestimable a nuestro patrimonio espiritual y material.

El Tiempo, marzo 27 de 1949.

Tomado del Libro: Acuña Pintor Colombiano
Impreso: Universidad Incca -Unidad Editorial - 1988