Andres De SantaMaria

Bogota

Pintores

Bodegón, Figura Humana, Paisaje

Andrés de Santa María

pintor

Vea:

Recuento  - 
La personalidad de Andrés de Santa María, por Luis Alberto Acuńa  - 
Santa María y su Ciudad, por Eduardo Mendoza Varela  - 
Obras, En la Playa de Macuto, por Carmen Ortega Ricaurte 
Andrés de Santa María en el Museo Marmottan, por Eduardo Serrano

CRITICA

SANTA MARIA Y SU CIUDAD

por Eduardo Mendoza Varela

Andrés de Santa María fue un artista heterodoxo que no podía ser, por lo mismo, la resultante de su ciudad o de su medio. De ahí que cualquier definición sobre el ambiente de Bogotá en relación con su obra, resulte no sólo paradójica sino obviamente contradictoria. Sus pocos ańos, casi podría decirse sus pocos días bogotanos, no dejaron huella en Santa María, ningún signo que en la temática, el color o la intención, refracten así sea transitoriamente la fisonomía de una ciudad o de un pueblo que espiritualmente no era el suyo.

Tal vez el único vínculo de Santa María con aquella Bogotá "fin de siglo", se afianza apenas en el prestigio que su larga ausencia y sus entronques sociales le acrecentaron ante una ciudad sin vocación definida, ansiosa de una cultura que apenas le llegaba en dosis homeopáticas. Ciertamente, en una capital como la nuestra que, por la raya del 900, apenas sobrepasaba los 100.000 habitantes, la pintura de Santa María resultaba hermética e inaccesible para un conglomerado que escasamente se informaba a través de reproducciones en negro grabados, con todo, de una validez sorprendente, estancada en los límites de la corriente romántica y, en lo local, de un academismo "sanforizado", con sus manidos retratos de época y sus pinturas de género.

Cuando Santa María llega a Bogotá, en su primer viaje después de treinta ańos de formación europea, se encuentra, sin duda, con una ciudad amable, pero opaca. El pintor había vivido en lo mejor de su juventud -tenía entonces 33 ańos- el excepcional momento en que la "bella época" parisina cedía sus prerrogativas a una ciudad ya francamente proustiana. Justamente, entre sus condiscípulos de la Escuela de Bellas Artes de París, se cuentan nombres como el de Jacques Emile Blanche.

Y seguramente tuvo contacto con figuras como la de Madelaine Lemaire, pintores ambos de cabecera en la obra de Proust y testigos minuciosos de aqueIlos ańos, profundos y comunes a la vez, que se quiebran con la primera guerra.

La transición entre la Europa de su formación y una ciudad andina como la nuestra, hubiera sido benéfica en cierto modo para la obra de Santa María, si el maestro no hubiese penetrado tan hondamente y con tanta curiosidad en la revolución de la pintura francesa. Sin embargo, puede aseverarse, grosso modo, que la pintura de Andrés de Santa María en su última estancia en Bogotá, (19041911) no sigue ya las más recientes innovaciones de París. Se aferra a un impresionismo sui generis, si así puede decirse. El trópico, a 2.500 metros sobre el mar, fraccionaba violentamente el paisaje a que estaban habituados los ojos de Santa María. No le inquietó esa naturaleza que, si bien llevaba en sus pigmentos ancestrales, le resultaba ajena y refractaria. El urbanismo de aquella Bogotá, que veía agonizar el siglo en un inconformismo tal vez silencioso, turbado por las habituales querellas políticas que desembocarían en la contienda civil de los Mil Días, nada podía con la sensibilidad de un artista aferrado a una modalidad y un medio muy distantes en el espacio y en el tiempo. Bogotá era en aquel momento profundamente francesa. Pero francesa a su manera, dentro de una modestia y unos equívocos que no pocas veces rayaban con la ramplonería. Era elegante hablar francés, citar a los autores franceses, mostrar una información sobre el arte, la política, las corrientes literarias francesas. Lo que resultaba difícil para sociedad desubicada de su medio, casi desdeńosa de su destino, era pensar en frances. Porque se trataba apenas de un barnis, de una pariencia, que encubría la verdadera vocación de este pueblo criollo que no quería conformarse con ser lo que era.

Santa María, en cambio, era un legítimo francés de extracción colombiana. Llegaba a su ciudad, que nunca había visto, como un embajador del arte más nuevo, de las costumbres francesas. Y aprestigiado, -circunstancia que contaba como lo primero en los medios burgueses del momento- por sus relaciones con destacados nombres de la sociedad europea. Casi podría decirse que su arte fue tomado solamente como un pretexto. Que lo dominante era su calidad social. El aura que traía consigo, como condiscípulo y amigo del príncipe Eugenio de Suecia y de otros nombres que conformaban un seńuelo para la suspirante burguesía de la capital colombiana.

Varios hechos que registra nuestra historia en aquel momento definen, mejor que nada, el clima espiritual de la ciudad andina. Entre 1893 y 1911 -lapso que cubre las dos visitas de Santa María a Bogotá- no sólo se sucede la guerra civil que estimula una dura discontinuidad ambiental, sino una serie de hechos en la cultura, sintomáticos de la vida bogotana fin de siglo. En 1895, José Asunción Silva, con un balazo en el corazón, acaba con una vida que, justamente, no podía ubicarse tampoco en aquel ambiente opaco y limitado para sus fantasías. Poco después, aparece "El Moro" de Marroquín, bautizado por la editorial neoyorquina Apleton & Co. La Filarmónica, dirigida por el maestro Price, llena el Teatro Colón, aunque la ópera, que con mayor frecuencia nos visitaba, monopolizara el favoritismo de las gentes cultas y elegantes. Don Jorge Roa abre las puertas de su librería, y comienza a editar su Biblioteca Popular con textos que escriben y que traducen los jóvenes del momento: Marco Fidel Suárez, Max Grillo, Julio H. Palacio, Baldomero Sanín Cano, Ricardo Hinestrosa Daza, Miguel Abadía Méndez... Aparecen, en una mínima edición, los versos de Guillermo Valencia que, poco después, se publicarían en Londres bajo su prestigioso nombre de "Ritos". El General Reyes -quien invita en 1904 a Santa María para que dirija nuestra Escuela de Bellas Artes- pone mano fuerte sobre el país y suscita el encono y la oposición de los jóvenes políticos, entre los cuales descuella Enrique Olaya Herrera. Julio Flórez, Alvarez Henao y otros más, reparten versos y recitales. Y Sanín Cano funda la "Revista Contemporánea", que abre sus páginas a las nuevas inquietudes y encamina la obra de Andrés de Santa María. Se acercaban las festividades del Centenario de la Independencia. El primer cinematógrafo en el Bosque. Y el tranvía de mulas.

El esfuerzo que debieron hacer los bogotanos de aquellos días para aceptar el sentido de los lienzos que Santa María les trajo desde su estudio de París, es algo que no se puede comprender fácilmente. Sanín Cano, Ricardo Hinestrosa Daza y Max Grillo, se cuentan entre los pocos que aceptaron los valores de esta pintura tan remota para nuestras creencias y nuestro criterio de aquellos ańos. Los demás, porque era menester capitalizar socialmente al pintor, lo aceptaron y elogiaron sin saber exactamente lo que decía. Andrés de Santa María, de neta extracción burguesa, fue desde ese momento -de modo efímero, sin embargo- un pintor de sociedad. Pero ese arraigo fue tan falso, tan poco sinsero en el sentimiento de los salones bogotanos, que después de 1911, cuando el maestro regresó a Europa porque nó coincidía con todos sus compatriotas, ni en la escuela de Bellas Artes disponía del eco indispensable para sus empeńos, ese fervor desapareció y sepultó en una niebla bastante espesa, su nombre y su trabajo.

Las estancias bogotanas de Andrés de Santa María fueron paradójicas, por lo mismo. Una ciudad que miraba por encima del hombro y de las fronteras, que se desvelaba por cambiar su fisonomía y desdeńarse a sí misma, era precisamente la que con mayor eficacia mostraba un carácter de inmutabilidad, de difícil asimilación, frente al aire fresco que Santa María le propuso para el arte. Sus pinturas ocasionales, los retratos y encargos que realizó en esos ańos, no cambiaron su línea inmodificable, estática en sus conquistas, raramente sensible para lo nuestro.

De tal modo, si Santa María vrvió entre nosotros un lapso lo bastante breve de su vida, lo fue mínimo, insignificante para su espíritu. Más que el artista de los pinceles, lo fue de la sociedad que se disputaba su trato. Revolucionario y heterodoxo, cayó transitoriamente en ese ambiente de pequeńa burguesía. Caminatas por el Bosque, en cuyas calzadas y umbrías las damas lucían sus anchos faldellines, sus sombrerotes adornados con la gracia y el primor de un jardín diminuto, o el pequeńo canotié de las modistillas parisienses. No podía durar mucho esa comedia. Rafael Reyes había caído y, silenciosamente, se había fugado para Europa. Santa María, ahora más que nunca, tropezaba con un medio falso, que le halagaba con sus sonrisas y sus fiestas, pero que tras las bambalinas esgrimía la hostilidad, y , a veces, el mal gusto. De otra parte, la nostalgia de su vida europea, tan suya, le acicateaba cada día más. Como toda virtud es, a la par, una limitación, Andrés de santa María experimentaba un cinturón cada vez más estrecho en torno suyo. Y se decidió a partir, en 1911, entonces para siempre. Debió salir una mańana en coche de caballos o en el ferrocarril de Girardot, camino de occidente. Atrás quedaba una ciudad que era y no era la suya. Con sus tejados enrojecidos por el primer sol y sus iglesias que sobrevivían a una Colonia aún no desperezada del todo. Con una sociedad gentil, pero un tanto despistada, justamente por sus ambiciones de vivir "a la manera de..." Pero, también es cierto, Andrés de Santa María es un pintor colombiano, y un pintor bogotano. Que ahora regresa satisfactóriamente al estrado de una vanguardia que nuestros compatriotas no entendieron a su hora.

Eduardo Mendoza Varela 
Tomado del Folleto: Museo de Arte Moderno de Bogotá - 1971

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Andrés de Santa María en el Museo Marmottan, París, 1985

por Eduardo Serrano

La próxima exposición de la obra de Andrés de Santa María (1860-1945) en el Museo Marmottan de París marca finalmente el reconocimiento y la consagración internacional del maestro bogotano como una de las figuras más singulares y destacadas en la historia del arte moderno. El amplio prestigio de que goza la entidad parisina por su rica colección y por el excelso nivel de las obras que presenta, son la mejor corroboración de los valores pictóricos de Santa María, de su originalidad y de su aguda percepción de los argumentos creativos que motivaron el desarrollo del arte de su época.

El hecho de que la exposición de Santa María tenga lugar en el Museo Marmottan resulta significativo además, por el paralelismo que puede encontrarse entre la trayectoria del destacado pintor y la de la ilustre institución que albergará su obra. Ambos representan inapelables logros en sus correspondientes áreas, ambos fueron menospreciados durante largos ańos, y los dos han llegado a constituir una especie de símbolo en cuanto a la contribución de sus respectivos países al arte moderno.

El Museo Marmottan, una mansión de dos pisos a la cual se le ańadió más tarde una galería subterránea, fue inaugurado en 1934 para alojar una colección compuesta en su mayor parte por porcelanas, cristales y muebles napoleónicos. En la colección figuraba también el famoso cuadro Impresión: Amanecer de Claude Monet, el cual dio pie para que en 1874 el crítico Louis Leroy bautizara peyorativamente como Impresionismo, al énfasis en la luz y en los reflejos y a la libre interpretación de formas y contornos que se patentizaba, tanto en la mencionada obra, como en los trabajos de Renoir, Sisley, Pissarro, Cezanne, Degas, Guillomin, Boudin y Morisot, que la acompańaban en una exposición en el estudio del fotógrafo Nadar. Pero a pesar de la importancia de esta pintura y de otras meritorias piezas en su colección, el Museo Marmottan no alcanzó a atraer muchos visitantes en los primeros treinta ańos de su funcionamiento, llegando inclusive a ser omitido de las guías turísticas de la ciudad.

A mediados de los ańos sesenta, sin embargo, el Museo Marmottan se convirtió súbitamente en uno de los más sobresalientes centros de atención artística, rivalizando desde entonces con el venerable Museo del Louvre como templo del Impresionismo. Por esos ańos murió Michael Monet, hijo y único heredero de Claude Monet, quien, cumpliendo la voluntad de su padre, dejó toda la colección particular del pintor al Marmottan. Claude Monet se había peleado con el Louvre ?como es tradicional entre artistas y museos? y había dado instrucciones para que su legado no pasara a esa entidad, favoreciéndose con la decisión el Museo Marmottan que recibió 130 valiosas piezas, entre ellas, pinturas de buen número de impresionistas, de Delacroix, y sobre todo, 65 óleos y cuatro pasteles del propio Monet, cuya sola presencia hace de esta institución un lugar obligado de visita para quienes quieren apreciar y comprender a plenitud el nacimiento del Impresionismo y por ende del Modernismo en la historia del arte.

Santa María, por su parte, también fue ignorado durante largos ańos por el público de su país. El artista había presenciado en Europa el surgimiento del Impresionismo, había seguido con pasión los acalorados argumentos originados por su aparición, y había tomado partido a su favor. Es decir, había escogido la luz como elemento central de su pintura y la espontaneidad como medio de expresión creativa; hecho que le acarrearía la más cerrada incomprensión a su regreso a Colombia en 1893. No obstante haber participado repetidamente y con éxito en el acreditado Salón de Artistas Franceses por ejemplo, pasan once ańos de entusiasta labor como pintor y profesor en el país, antes que su obra sea destacada en las exposiciones. Y sólo hasta 1904 tiene lugar la conocida polémica entre Maximiliano Grillo, Ricardo Hinestroza Daza y Baldomero Sanín Cano, en la cual los tres escritores coinciden ?aunque por razones diferentes e inclusive opuestas? sobre la excelencia del pintor bogotano.

Pero tampoco habría de perdurar por mucho tiempo este incipiente reconocimiento de su obra. En 1908 arrecia la diatriba contra el gobierno del general Rafael Reyes, y por extensión, contra el director de la Escuela Nacional de Bellas Artes, cargo que ocupaba Andrés de Santa María. Y son tan violentos los ataques contra su trabajo y tan insultantes las acusaciones que se le dirigen, que el artista resuelve regresar definitivamente a Europa en 1911.

Radicado en Bruselas, Santa María continuaría el mismo rumbo pictórico que había tomado su obra durante los últimos ańos de residencia en Colombia, haciendo cada vez más frecuente uso de la espátula a cambio del pincel, y empastando con fruición las superficies hasta llegar a un estilo muy particular que puede clasificarse como Post-Impresionismo por su exaltada libertad e individualidad, y en el cual fue objeto principal e inspiración fecunda, el pigmento, la materia, el jugoso óleo, y el placer de prepararlo y aplicarlo espesa y generosamente sobre el lienzo.

En Colombia sólo vuelve a mencionarse su nombre de manera esporádica y por lo general para criticar su inclinación modernista. Ni su consagratoria exposición de 1936 en el Museo Real de Bellas Artes de Bruselas, ni el elogioso libro que sobre su trabajo publicó en la misma ciudad el crítico André Ridder, logran alterar la indiferencia del público hacia el artista o reducir los prejuicios en la valoración de su pintura, la cual se borra por completo de la memoria nacional, hasta el punto de que ningún periódico del país vuelve a mencionarla o se interesa siquiera en registrar la muerte del artista. Finalmente, cuando se organiza en Bogotá la primera retrospectiva de su producción, ésta no puede inaugurarse ante los hechos ocurridos en el país en esa fecha. La muestra se abría al público en el Museo Nacional el 9 de abril de 1948.

Ahora bien, aunque es cierto que el prestigio de Santa María ha ido en ascenso en el país desde la exposición de su trabajo en el Museo de Arte Moderno en 1970, también es verdad que poco progreso se ha llevado a cabo en cuanto a la comprensión de su pintura y a la identificación de sus aportes en el medio colombiano. Recientemente, por ejemplo, se realizó una exposición en Bogotá que equiparaba su trabajo con el del pintor venezolano Armando Reverón (quien hubiera podido ser su nieto) y con el del uruguayo Pedro Figari, sin reparar que la contribución de Santa María al arte latinoamericano se produjo con cuatro décadas de anterioridad a la de los otros dos pioneros del modernismo en este continente.

La coincidencia en el tardío reconocimiento tanto de la obra de Santa María como del Museo Marmottan, hacen pues especialmente apropiado que la próxima gran exposición del artista bogotano tenga lugar en la institución parisina. Además, el trabajo de Santa María y el Museo Marmottan se complementarán mutuamente. Las pinturas de Santa María ampliarán los alcances de la actividad del Museo hasta llegar a Colombia, y el Marmottan corresponderá ubicando la obra del pintor colombiano en su contexto y en su época. No sería extrańo que (como en los Sueńos con Marcel Duchamp de Alvaro Barrios) al entrar el Autorretrato de Santa María al Marmottan, éste fuera saludado, haciendo alusión a la similitud de las pipas, por su viejo amigo el Retrato de Monet por Renoir, o que ante la aparición de Lavanderas del Sena, El té, y Los fusileros en las salas del Museo, Camine Monet y su prima en la playa de Trouville, El sauce y El Parlamento de Londres, después de hacer memoria sobre la última vez que compartieron honores con las obras de Santa María, se acerquen solícitas a preguntarles dónde diablos habían estado metidas durante todo este tiempo

Tomado de Magazin Dominical No.136, 3 de noviembre de 1985

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Andres de Santa Maía: Bailarinas, 1936

 

 

 

Andrés de Santa María es el artista que inicia el arte moderno en Colombia. Se forma en Europa, reside en el país sólo durante breves periodos en los que se dedica a la cátedra de la pintura. Su mirada coincide e influye sobre la nueva visión que se plantea desde la Escuela de la Sabana sobre el paisaje colombiano. "Bailarinas" es cronológicamente la obra motora de esta exposición, su solución pictórica es revolucionaria para el medio local. Más que representar. aquí se estudia el color a través del pigmento y el contraste de luz. Santa María representaba el contacto del medio artístico nacional con Europa. Su obra se ha equiparado con la de Reverón y Figari.

por Julián Posada, Alberto Sierra
Tomado del folleto Arte Colombiano, Cuatro Decadas de la Colección Suramericana, 2013

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2014:  ANDRES DE SANTA MARÍA EN EL MAMBO 

Con su pintura marcó la dirección del arte en Colombia. 

Andres de SantaMariaPara saber cómo eran los paisajes y los rostros de los colombianos a principios del Siglo XIX, basta acercarse a la obra de Andrés de Santa María, pintor colombiano (1860 -1945), quien con su pintura registró a la Colombia de hace un siglo, y marcó un antes y un después en la historia del arte en nuestro país. En pocas palabras, con su lenguaje  post impresionista introdujo la pintura moderna en Colombia. 

Sin duda, Santa María cambió el rumbo artístico de la época e influyó de manera notable en la obra de artistas posteriores, siendo director de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, en la que impulsó la cátedra de paisaje. Es por eso que el MAMBO ? Museo de Arte Moderno de Bogotá, reconoce el gran aporte de este maestro e  invita a los colombianos a disfrutar de la exposición  que se llevará del 18 de septiembre hasta el domingo 19 de octubre, donde podrán ver de cerca varias de las obras más emblemáticas del maestro. 

Halim Badawi, curador de la exposición, describe el estilo de sus pinturas: ?La pincelada pastosa, la rapidez en la ejecución, el color puro, el reflejo de la luz en diferentes momentos del día, la pintura al aire libre, el aspecto inacabado y la preocupación por la vida íntima?. Recursos usados ya por los impresionistas  franceses tales como Claude Monet  y Auguste Renoir, entre otros. 

En Francia, Santa María conoció de cerca las corrientes modernistas, aunque nació en Bogotá, a muy temprana edad partió a Bélgica con sus padres y posteriormente se trasladó a Francia y estudió en la Escuela de Bellas Artes de París: con todo el bagaje europeo regresó a Colombia e introdujo los avances del Impresionismo y del post impresionismo, algo novedoso que incomodó a los artistas de la escuela académica y realista, enfocados en trazos serios y detallados. 

Esta exposición es producto de la Convocatoria de Proyectos de Curaduría  del MAMBO 2012. 

El MAMBO con esta  exposición demuestra una vez más su compromiso con el desarrollo de las artes en Colombia y brinda al público, la posibilidad de hacer un viaje en el tiempo de la mano de Andrés de Santa María y conocer cómo era el país de esa época.

Texto gentilmente suministrado por Maria Alejandra Santamaría, Cuadrilátero, 2014 

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El retorno de Andrés de Santa María

 

El artista colombiano, fallecido en Bruselas, fue una figura fundamental del arte moderno colombiano en el siglo XIX y parte del XX. El curador de la muestra cuenta su historia.

 

Por: Halim Badawi

Andrés de Santa María fue el primer artista colombiano que trabajó empleando los lenguajes propios del arte moderno europeo y, posiblemente, el pintor más enigmático, incomprendido y mitificado del siglo XX en el país. Aunque algunos historiadores han afirmado que su presencia fue efímera, que su obra nada tuvo que ver con Colombia y que no dejó seguidores, lo cierto es que sus estudiantes de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá recordarían largamente sus enseñanzas, allanando el camino para la construcción de una nueva sensibilidad y la instalación de una modernidad plena.

Andres de Santa MaríaSanta María, nacido en Bogotá en 1860 y perteneciente a una rica y cosmopolita familia local, partió a Inglaterra a la edad de dos años con sus padres y hermanos. Luego de estudiar en la Escuela de Bellas Artes de París y con el bagaje europeo a cuestas, regresó a Colombia en 1893 en compañía de su esposa, su prima hermana Amalia Bidwell Hurtado, con la intención de construir un hogar, criar sus hijos, arreglar negocios familiares y dedicarse a la enseñanza de pintura en la recién creada Cátedra de Paisaje de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá.

Durante esta primera etapa en Colombia (1893-1901), Santa María introdujo los avances de la pintura impresionista: pincelada pastosa, rapidez en la ejecución, colores puros, pintura al aire libre, bordes inacabados, aspecto abocetado, el reflejo de la luz en diferentes momentos del día y la preocupación pictórica por la vida íntima, tematizando su propio entorno doméstico, algo sin precedentes en la pintura local. Este influjo ayuda a explicar que haya representado repetidamente a su esposa, hijos, sobrinos, primos y amigos más cercanos.

Santa María pasó unas largas vacaciones en Europa (1901-1904) y regresó para ser nombrado director de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, cargo que desempeñó hasta 1911. Durante sus vacaciones en el Viejo Mundo, su pintura se contagió del simbolismo, el fauvismo, el postimpresionismo y el expresionismo de París, Londres y Bruselas. Sin embargo, a su regreso a Colombia, estas influencias no fueron transportadas literalmente, sino transformadas por el universo local, una altiplanicie fría y solitaria de ambientes domésticos oscuros, cortinajes pesados, abolengos extintos, cacicazgos conservadores y referencias hispánicas. Santa María partió de Colombia en 1911, país al que nunca más regresó, y se estableció con su familia en Bruselas (Bélgica) hasta su fallecimiento en 1945.

La exposición Andrés de Santa María: los años colombianos (1893-1911), realizada en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, revisa los años de permanencia del pintor en el país: cómo Colombia marcó su obra (durante y después de su estadía) y cómo el artista marcó indeleblemente el arte colombiano de su época, razón por la que se presentan varias pinturas ejecutadas por discípulos y amigos. La exposición, un proyecto transversal, no pretende ser una retrospectiva y mucho menos una exposición convencional de corte cronológico. Por el contrario, pretende mostrar una visión pausada, construida a partir de ciertas obras claves, no siempre las más “bonitas”, visibles o recordadas, recalcando en todo momento la preocupación del artista por la naturaleza y la vida íntima, y estableciendo conexiones no siempre evidentes entre diversos objetos, dibujos y pinturas.

En su mayoría, las obras proceden de colecciones privadas cerradas al público: sólo 10 de las 73 piezas exhibidas provienen de museos y las 63 obras restantes provienen de 20 coleccionistas que amablemente decidieron prestarlas. Asimismo se presentan las intervenciones de cuatro artistas contemporáneos, con el ánimo de poner en diálogo las preocupaciones del arte de nuestro tiempo con las inquietudes de Santa María y su época: José Luis Bongore (cuatro videos), Nicolás Gómez Echeverri (una instalación de cinco piezas), Andrés Orjuela (dos collages) y Andrés Matías Pinilla (una escultura de gran formato).

En 1989, cuando se habían escrito y publicado casi todos los libros relativos a Santa María, el crítico de arte José Hernán Aguilar publicó el artículo “Santa María sin biografía”. Aunque Aguilar no desarrolló las preguntas que el título de su artículo ponía sobre el tapete, planteó tácitamente un interrogante mayúsculo: si Santa María no tiene biografía, ¿qué ocurre con los ensayos que sobre el artista han escrito André de Ridder, Francisco Gil Tovar, Eugenio Barney Cabrera, Germán Rubiano Caballero, Marta Traba y Eduardo Serrano, este último autor de dos voluminosos libros en 1978 y 1988? Aunque nadie ha contestado la pregunta abierta por Aguilar, esperamos que la exposición y el libro sobre Santa María que publicará próximamente Proyecto Bachué ayuden a solventar esta pregunta y a develar los misterios que, a pesar del tiempo y la distancia, siguen envolviendo la enigmática figura de Andrés de Santa María.

Tomado del periódico El espectador, 18 de octubre de 2014

 

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