Jose Rodriguez Acevedo

Tunja, Boyaca

Pintores

Bodegón, Figura Humana

José Rodríguez Acevedo

pintor

recuento

 


El Poeta de la Piel

por Hollmann Morales

Acaba de ser publicado un libro, impreso por la Litografía Arco, sobre la obra de este pintor tunjano (1907-1981, quien vivió por y para su oficio, pese a que expuso muy poco y se mantuvo siempre al margen de eventos sociales. El impreso lo han titulado "Poeta de la piel", contrariando al propio Rodríguez: Yo soy pintor y no literato, ni filósofo, como algunos otros pintores contemporáneos, a quienes admiro tales capacidades. Yo soy un simple pintor.

Hace cincuenta años escribió Abelardo Forero Benavides acerca de José Rodríguez Acevedo: Pinta sencillamente, con los ojos bien despiertos y con las manos disciplinadamente amaestradas. Eso de las manos amaestradas fue poco elegante por parte del viejo Abelardo, pero ya es tarde para cuestionar la imagen, tan Iejos de su contexto original.

Lo cierto es que el pintor dio bastante de qué hablar, cosa rara tratándose de una persona que estuvo ausente del país durante catorce años, que nació en la hacienda cercana a Tunja, cuyos potreros fueron escenario de la Batalla de Boyacá y que, cuando estuvo residiendo en Bogotá, a duras penas se dejaba ver de la gente, no por huraño o por tímido, sino porque prefería huír de las aglomeraciones y de las palabras vanas. Hijo de Aristides Rodríguez y de Helena Acevedo, era nieto de José de Acevedo y Gómez, tribuno de los acontecimientos del 20 de julio.

SOLEDAD, DIVINO TESORO

Con León de Greiff recitaba aquello de

Yo deseo estar solo 
n
on curo de compaña
y quiero catar silencio
mi sola golosina

y su admiración por el poeta llegó al borde de que lo pintó en un momento poco retenido en la memoria: El de un León altivo y maduro, dueño aún de sus arrestos poéticos que lo hacían despreciar los lugares comunes.

Como altivo y pedante y orgulloso y elitista y selectivo fue Rodríguez Acevedo, hombre de soberbia elegancia, alto, gallardo, con peinado a lo Gardell, bufandas de seda, sibarita de tiempo completo, con refinados gustos gastronómicos, culto, gentleman, quien jamás creó una pintura por encargo ni le hizo antesala a nadie: En su vida (74 años) expuso en cuatro colectivas y tan sólo tres individuales, pues vivía de las rentas heredada y nunca tuvo necesidades ecomicas.

Eso explica muchas cosas. El aislamiento, las amistades liberales que tenía con Alfonso López Pumarejo, Enrique Olaya Herrera, Darío Samper, Armando Solano, Plinio Mendoza Neira, Jorge Eliécer Gaitán, Juan Lozano y Lozano, Forero Bcnavides, etcétera, sus viajes a Europa y su pasión por mantener en su casa y en su estudio máscaras, artesanía y cosas hechas a mano con elementos naturales.

Eduardo Carranza, tal vez su único amigo derechista, escribió de su pintura: E.s, ante todo, veracidad del sueño, clarividente honestidad y juego limpidísimo. El entonces arzobispo de Bogotá, Crisanto Luque, más tarde cardenal, no estuvo de acuerdo con su copartidario Carranza. En 1951 Rodríguez expuso -por última vez una serie de desnudos en el Museo Nacional, con el visto bueno del Ministerio de Educación y todo. El arzobispo Luque, enterado de tamaño pecado en el seno de las católicas calles de Santa Fe de Bogotá, solicitó al Ministerio el cierre de esa muestra, por inconveniente desde el punto de vista moral. La orden de la Iglesia fue acatada en el acto por el Estado. Juan Lozano salió en su defensa catalogando la medida de grotesca exhibición de pudibundería, un espectador advirtió que las mujeres de Rodríguez son divinas. El problema es que .son demasiado vivas.

EROTISMO OCULTO

A Rodríguez pareció no importarle mucho el episodio. Más bien como que lo divirtió, además de que el buen sacerdote Luque, con su actitud, le dio más nombre y prestigio: Cables intemacionales se interesaron en el incidente: En Colombia la Iglesia dirige asuntos de Estado, toda vez que el Museo Nacional es una institución gubernamental.

Estos desnudos fueron el producto de ardua labor de laboratorio, surgidos ya en su madurez de pintor. Son mujeres, según la concepción de la época, gorditas, meditabundas, tímidas, azoradas, que no saben qué hacer con su erotismo oculto. De cabellos largos y pieles blanquísimas, de cabellos cortos y poses distraídas, los brazos en alto tomándose el pelo, con la boca un tanto entreabierta y la mirada perdida, hay tres que escapan a la actitud plana: La que está de espaldas a la realidad (la portada), la que mira al espectador con altanería y senos firmes y la de las medias de seda puestas y ojos en reposo. Pero ninguna tiene el más leve asomo de sexo, provocación, lujuria y demás exquisiteces, lo cual da una idea del conservadurismo tan bestial de la época. Si el padre Luque hubiera visto uno de los pecados capitales pintados hoy día por Diego Pombo, tal vez habría excomulgado al Estado y lapidado a Pombo.

Dentro de esa serie hay una bailarina, vestida con su tradicional trajecito, que es una calamidad. Postiza, fría, rígida, acartonada, no sé... Me parece que el maestro Rodríguez no la terminó y es un abuso que incluyan tamaño adefesio en el libro. Carece completamente de movimiento y es un fracaso absoluto.

Por lo demás, sus naturalezas muertas no escapan de lo cotidiano, salvo por sus telas y sus sombras y siluetas insinuadas en objetos de resplandor. La anécdota del fin de sus años es muy interesante por humana y locombiana: Siendo Lleras Restrepo presidente de la República, se le ocurrió construir un ciclorama en el Puente de Boyacá, con motivo del sesquicentenario de la Campaña Libertadora, y pensó en Rodríguez. Se trataba de un gran mural de 125 por 6 metros, que recordara la batalla de Santander y Bolívar sobre Morillo.

Rodríguez aportó que sería mejor hacer diecinueve cuadros, en el enorme lienzo, que dieran cuenta de la jornada, desde el Llano hasta Nueva Granada, con fauna, flora y topografía de la época. Lleras aceptó. Se hicieron números y cálculos: ocho millones de pesos y cinco años de trabajo. Rodríguez se entregó a la tarea de llenar papeles y hablar con funcionarios ineptos para legalizar el contrato con el Estado. Recorrió la Ruta Libertadora, atravesó en helicóptero el Páramo de Pisba, estudió hombres y caballos llaneros, tomó fotos, hizo dibujos, captó la arquitectura rural, los campesinos, etcétera.

TARDE, COMO LA MUERTE

Viajó a Europa, recorrió España, Francia, Inglaterra y Bélgica, donde estudió fisonomías humanas de protagonistas directos, uniformes, armas, aparejos, banderas y demás. Ordenó pinturas y pinceles de Londres. En Bruselas le dijeron que no podían fabricar lienzos de las dimensiones que pedía y optó por trabajar sobre el muro. I Pensaba en lo que sería la más extensa obra  pictórica de América Latina, cuando llegó a Madrid un télex: Que regrese Rodríguez. No hay más plata. Regresó y estaba ya en la Presidencia Misael Pastrana. Se cancela el contrato y se abre uno nuevo. Sigue pintando, estudiando, calculando. Pasa Pastrana y llega López Michelsen, el hijo de su amigo. Nada. Deja de pintar y de creer. Entonces toma una determinación: Han pasado diez años. Demandará al Estado, de seguro ganará, recibirá dinero, hará el mural y lo donará a la nación.

Emprende la acción. Muere en 1981. Cuatro años después, el 6 de noviembre de 1985, en la tarde, el orden del día consigna la asistencia de Carlos Lleras Restrepo al Consejo de Estado, para concluir la demanda de José Rodríguez Acevedo. Pero esa mañana es asaltado el Palacio de Justicia, sede del Consejo, el cual es incendiado y destruido. Los papeles sobre la demanda fueron barridos por las llamas para siempre. Y así no hubiera sido, qué podría hacer la ley humana sobre la de la Parca?

Tomado de la Revista Cromos, No.3690, 11 de octubre de 1988