Marco Ospina

Bogota

Pintores

Abstracto, Paisaje

Marco Ospina

pintor

Recuento
 
A Marco Ospina no se le puede considerar de otra manera que no sea como representante de todo aquello que es artísticamente respetable. Además de que debe ser reconocido como el verdadero introductor hacia el año de 1940 ó 41, del arte abstracto en Colombia y su mayor propulsor por medio de la palabra escrita o hablada.
Esta labor de evangelista, su devoción total y de entrega absoluta a la pintura, su sencillez y calidad humana, su labor docente y su trabajo como teórico y crítico de arte, hace un grato deber el tratar de sacarlo de debajo de los escombros que le han echado encima las falsas vanguardias para traerlo de nuevo a la luz pública. Empezaré por decir que la obra de Marco es una obra que tiene la discreción de ser la obra de un maestro, sin parecerlo. Su virtud mayor está
hecha de virtudes pequeñas: delicadeza, transparencia y limpieza de las formas, casi pudor de la mirada, sabor y gusto del detalle. Pero encanta sobre todo, por un sentido muy intenso del color, una sensibilidad especial para el color, enormemente lírica, por la cual nos conduce casi sin que lo advirtamos al mismo sentimiento y melancolía de nuestros paisajes caracterizados por un toque de languidez criolla.
Si a Marco no se le ha hecho la justicia que se le debe como pintor y no se le conoce como el innovador que es, esto se debe sin duda, a que su sentido de la forma es interior, y no dramático.

Mario Rivero
Tomado de la Revista Diners

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El pintor bogotano (1912-1983) tuvo una notable influencia en sus alumnos de diferentes centros de educación superior del país y entre sus propios colegas. Y aunque tanto críticos como historiadores están de acuerdo en reconocerlo como el primer pintor abstracto colombiano también es importante resaltar que Ospina no solo dejó una huella imborrable en el las artes plásticas colombianas, sino que actuó en muchos otros terrenos. Fue caricaturista, diseñador de carteles y escenografías teatrales, muralista, escritor para publicaciones de corte político, profesor y crítico de arte. La exposición redescubre entonces a quien fuera uno de los más activos dinamizadores del campo artístico en las décadas del cuarenta, cincuenta y sesenta en nuestro país. La muestra antológica que ahora presenta la Fundación Gilberto Alzate Avendaño logra agrupar parte importante de la obra pictórica de este personaje crucial de nuestra historia plástica que se encontraba repartida en colecciones públicas y privadas de Colombia y México.

“El desarrollo plástico de Marco Ospina permite determinar los orígenes del arte abstracto en Colombia al establecer semejanzas y diferencias con los procesos de otros artistas que le son contemporáneos”, explica el curador de esta exposición, el artista John Castles.

Por su lado, la historiadora del arte Carmen María Jaramillo escribe que, “además de haber sido arriesgado en sus posiciones teóricas y de liderar procesos académicos, Ospina se destaca también por haberse atrevido a asumir un lenguaje plástico poco explorado en el país en el siglo XX”. Esas palabras pertenecen a “Marco Ospina y la abstracción”, uno de los textos que integran el libro Marco Ospina: pintura y realidad que se publica como parte de este proyecto. Allí varios académicos destacados del país analizan, desde una perspectiva histórica y con la distancia que otorga el tiempo, las diversas facetas del artista. Sylvia Juliana Suárez, Nadia Moreno y Nicolás Gómez son otros autores que completan el volumen junto a una colección de textos escritos por Marco Ospina, y de otros autores contemporáneos a la producción de su obra y publicados en la prensa y revistas periódicas.  

Zoraida Gutiérrez Ospina, arquitecta, nieta del maestro y actualmente vinculada con el museo Casa Luis Barragán en Ciudad de México, quien actúa como comisaria en la exposición, afirma que “son calificadas como obras maestras aquellas que enseñan la posibilidad, la hondura, la fértil trascendencia de un ejercicio artístico que con la gravitación de su presencia contribuye permanentemente a cambiar, a mejorar la vida. La obra de Marco Ospina, en su conjunto, cumple con creces esta función; nos conduce a la búsqueda constante de la belleza del hombre a través del tiempo, lo que la hace atemporal, y nos permite palpar su intangible pensar de libre creador”. 

Marco Ospina: pintura y realidad es un nuevo hito en desarrollo del programa de investigación del arte moderno colombiano en el que de años atrás viene empeñada la Fundación Gilberto Alzate Avendaño con importantes investigaciones como “Lucy Tejada: años cincuenta”, “Feliza Bursztyn” /Bernardo Salcedo: Demostraciones”, “Judith Márquez: en un lugar de la Plástica”, “Beatriz Daza: hace mucho tiempo 1956-1968”, “Cecilia Porras: Cartagena y yo” y “El Café El Automático”. En este gran marco se busca revisar, exaltar y ubicar en el contexto del arte de Colombia los valiosos aportes realizados por los artistas nacionales que como Marco Ospina resultan protagonistas f undamentales en la evolución del arte en nuestro país.

Texto gentilmente suministrado por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, 2011

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En busca del artista perdido: Marco Ospina

Una exposición en la Álzate Avendaño permite descubrir al primer artista abstracto del país.

por Dominique Rodríguez Dalvard

Se abre un capítulo en la historia del arte colombiano. Si bien el nombre de Marco Ospina (1912-1983) no es una revelación, sí lo es para las nuevas generaciones que no han tenido la oportunidad de ver su obra sino en catálogos o solo alguna de ellas en una exposición conmemorativa. La muestra Marco Ospina, pintura y realidad, en la Fundación Gilberto Álzate Avendaño, exhibe 43 pinturas y bocetos en acuarela que permiten conocer al que ha sido considerado el primer artista abstracto de Colombia, pues la más antigua obra de esta naturaleza fue fechada en 1943. Y era suya.

Ospina fue una figura compleja. Comunista a mucho honor, detractor de Marta Traba, afín al grupo Bachué -que reivindicaba el regreso al origen, a lo nacional-, discípulo de pintores reconocidos como Coroliano Leudo o Miguel Díaz Vargas, diseñador de afiches, admirador de los muralistas mexicanos Orozco y Siqueiros, profesor, crítico de arte y autor de Pintura y realidad (1949), libro de referencia sobre el modernismo y que aborda el problema de la figura y el arte abstracto.

Para él, no tenían por qué ser dos lenguajes contradictorios. Es más, no tuvo una época figurativa y su consiguiente evolución hacia la abstracción. Usaba los estilos según lo quisiera. Justamente la exposición muestra algo que le fue fundamental demostrar: que su abstracción nacía de las formas de la naturaleza. "Lo que hacía era una evocación del paisaje, no una representación ni una descripción.

Sacaba lo esencial a través de la luz, el ritmo y la composición. Y los titulaba refiriéndose a algún lugar en particular", explica el curador de la muestra, John Castles.

Entre dos tiempos

Justamente, Marco Ospina representa la transición del arte nacional al modernismo. Y las peleas que ello significó. Mientras el muralismo mexicano, cargado de mensaje social, había mandado la parada por años, los artistas modernos querían despojarse del sello político y darle al arte un significado puramente formal. Él caminaba por la dos aguas. Comprometido con la causa, nunca renegó de su interés por la política; sin embargo, su obra no se enmarcó en ese proyecto de sociedad por el que luchaban los muralistas. Su búsqueda fue más formal y en eso coincidía con los que más tarde elogiaría -e impulsaría- la crítica de arte argentina Marta Traba (Obregón, Ramírez Villamizar, Negret, Botero...). Pero a ella Ospina no lo convenció. No lo consideró lo suficientemente contundente.

Aunque otros opinaban distinto, la pluma de Traba lo mantuvo en la sombra durante años. El crítico Walter Engel, que desde los cuarenta dio cuenta de lo anticipado del estilo de Ospina, anotó sobre su pintura Rosa (1946) "qué fino juego de líneas, de curvas y de ritmos, de colores y transiciones, qué palpitante secreto que nos obliga a pensar en vocablos ajenos a las artes plásticas como aroma, perfume, melodía". Es la oportunidad dorada para mirar su obra, sin apasionamientos, y descubrir su importancia y belleza.

De pelea con la crítica de arte Marta Traba

En 1956, a raíz de una exposición en la Biblioteca Nacional, se hacen públicas las diferencias entre el artista y la crítica de arte argentina."[...] si admitimos que la abstracción se limita a un ejercicio de la mano, en cambio de exigir una construcción entrañable, ese pueblo que en tan alta y justa estima tiene Marco Ospina, se hará del artista una idea falsa: la de un hombre frívolo que deja errar libremente su mano por pereza o por incapacidad de darle a su trabajo un íntegro significado estético", escribió Traba en Intermedio el 22 de julio de 1956.

Ospina replicó advirtiendo que el papel del crítico es "servir de puente entre el gran público y los artistas sin interferir los terrenos y el espíritu propios del artista". Y le reclama que si menosprecia la pintura que se apoya en la "forma, color y líneas ordenadas por el ritmo, la culpa no es del artista sino del crítico, que no ve ni comprende la íntima voluntad de estilo y los medios pictóricos escogidos por el artista para expresarse", publica, también en Intermedio, el 6 de agosto de ese año en su texto Crítica a la crítica.

Tomado del periódico El Tiempo, 27 de junio de 2011

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Preciosos legado

Herederas de Ospina crean una Fundación

A diferencia de tantas familias que se han desprendido del legado de los suyos, la familia Ospina Gutiérrez lo conserva como un tesoro. Y, dice, no piensa venderlo. Para ello, le dieron vida a la Fundación Marco Ospina Pro-arte, AC. Lina, su hija y Zoraida, su nieta, son sus directoras. Zoraida catalogó 500 obras de Ospina entre óleos, acuarelas, caricaturas, dibujos en tinta, aguatintas, lápiz, crayola y temple. Y algo así como 170 artículos periodísticos sobre su obra o sus críticas de arte o presentaciones para catálogos. "Luego de este trabajo de dos años dejó de ser el abuelo, para convertirse en el artista Marco Ospina y en nuestra responsabilidad por hacer conocer su trabajo", dijo.

Las dos herederas han conservado las obras del pintor en su casa de Mexico

Tomado del periódico El Tiempo, 27 de junio de 2011

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El Kandinsky colombiano

por Isabella Portilla

"Debe ser usted familiar de Mariano Ospina Pérez", le dijeron. Por pereza no contrarió esa aseveración, pero advirtió que en caso de ser eso cierto él debía ser la oveja negra de la familia.

No se consideraba brillante, sino opaco, por eso se autoproclamaba un "pintor mate". No usaba amarillo de cromo, sino ocre. Su rojo no era de bermellón, era de tierra. Y el azul era humilde: de cobalto.

La timidez y la pereza, decía, explicaban por qué era un pintor sin gloria.

Porque para ser un artista famoso —con talento o no—, en cualquier arte, se valida hacerse amigo de un poderoso, adular al mejor en su especie o limosnear favores a quienes tienen esa potestad. Pero él no era de esos.

Amaba la pintura y era lo único que le interesaba, el motor que lo despertaba y lo acostaba, el que lo trasnochaba. "Cada artista debe seguir su propio impulso y hacer de la suya una pintura sincera", solía repetir en las conversaciones con sus amigos.

Dedicado y pasional. Así era Marco Ospina, el pintor que nació en Bogotá en 1912, a principios de un siglo políticamente turbulento y artísticamente afectado por la academia francesa y el muralismo mexicano.

Su primera gran pintura fue hecha cuando tenía 25 años, edad precoz biológicamente, pero madura para alguien que ama y se ha consagrado desde la infancia a conocer y profundizar su arte.

No había en el cuadro un trébol ni un sauce triste que contrastara con alguna astromelia. Y con todo y ausencia de follaje lo llamó Capricho vegetal. La idea de pintarlo se le ocurrió un día, cuando se encontró un tronco de eucalipto caído albor-de del camino. Entonces vio las manchas rojas, los ocres y los blancos que de él sobresalían. Esa fue su manera de acercarse a la naturaleza: desde el enfoque abstracto tan estudiado en las revistas europeas que llegaban a sus manos.

A mediados del siglo XX, en Colombia, el pintor tuvo que librar luchas ideológicas para optar por una doctrina estética. Empezaba a ser notoria la influencia del expresionismo alemán entre los artistas nacionales y para ese entonces Ospina era consciente de la variación de las formas y la precipitación de los valores pictóricos sobre lo abstracto, así que optó por lo indeterminado y se consagró como precursor de este tipo de expresión.

Fue ensayista, crítico e historiador de arte. Divulgó el modernismo y elaboró la presentación en el catálogo de la primera exposición colectiva de pintura abstracta en el país. Publicó el ensayo Pintura y realidad, un registro concienzudo de esta estética desde tiempos primitivos, hasta la edad moderna.

Fue primero alumno y luego profesor de la escuela de bellas artes de la Universidad Nacional. Desarrolló su plástica en la detenida observación de la naturaleza, como se hacía evidente en sus pinturas de paisajes que lo llevarían a pintar paisajes de la sabana de Bogotá y atardeceres desde Barrocolorado, hoy Chapinero Alto.

En varios salones de artistas nacionales fue notoria su presencia y la de sus obras, que lograron críticas como las de Walter Engel, quien refiriéndose aElPaisaje, elaborada en 1945, dijo: "Es de un colorido fresco y sabroso bien logrado en la disposición de las masas y en el trazado de las curvas, una pintura francamente meritoria".

Homenaje póstumo

"Se buscan familiares de Marco Ospina", decía un aviso de periódico. El anuncio lo había puesto John Castles, artista plástico e investigador. El objetivo era encontrar material para montar una exposición que reivindicara la obra del pintor.

Por runruneos, el mensaje llegó a oídos de Lina Ospina, única hija del artista, quien desempolvó un baúl en el que guardaba los textos escritos por su padre: ensayos, críticas y reflexiones.

Desde México, su lugar de residencia, trajo consigo un arsenal de cuadros que tenía colgados en su casa y dejó todo el material en manos de su hija, Zoraida Gutiérrez. Ella, arquitecta y nieta del artista y vinculada al museo Casa Luis Barragán en México, fue la comisaria de la exposición.

Desde el 17 de junio y hasta el 15 de agosto los visitantes a la Fundación Gilberto Álzate Avendaño pueden apreciar la obra del primer pintor abstraccioncita de Colombia, de quien su obra se dijo en un principio que era "la más alta nota de locura modernista", pero también de quien hoy se aprecia su innovación y calidad como aporte al arte nacional.

Esta exposición y un libro: Marco Ospina y la abstracción, que incluye textos del artista y de académicos estudiosos de su obra: Sylvia Suárez, Nadia Moreno, Carmen Jaramillo y Nicolás Gómez dotan de perdurabilidad la obra que estuvo durante más de medio siglo relegada de la historia del arte de Colombia, pero que hoy revive para reivindicar la figura de un hombre que llegó a propiciar otro rumbo en la orientación de la pintura colombiana.

Tomado del periódico El espectador, 3 de julio de 2011

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El primer abstraccionista colombiano

por John Castles

Marco Ospina ha sido considerado por críticos e historiadores, el primer pintor abstracto en el arte de Colombia, proceso que inició en 1943. Este desarrollo plástico lo fundamentó en la observación de la naturaleza, como es evidente en las pinturas de paisajes y estudios de vegetación realizados en el curso de los años cuarenta. La presente exposición se concentra y hace énfasis en ese proceso y por lo tanto permite trazar y analizar el origen de la abstracción en Colombia.

En la muy reconocida ‘Flor’ de 1946, Marco Ospina contempló una rosa desde un plano superior y que al representarla sobre la tela, la simplificó, reduciendo sus componentes, es decir los pétalos, a unas superficies de apariencia ondulada por efectos de la luz y estructuradas libremente sobre los ejes ortogonales y diagonales de un cuadrado contenido en la flor. El cáliz envolvente en semicírculos y elipses en tomo a un centro carnoso, que se presenta sugerente, misterioso y de implicaciones eróticas. Mediante estas operaciones, en las que combinó su particular mirada con el análisis sensible, es que reduce el sujeto pictórico a su noción esencial, abstrayendo así la realidad.

Unos años antes, en 1943, Marco Ospina pintó ‘Capricho vegetal’, obra que participó en la exposición Pintores colombianos jóvenes, de la Biblioteca Nacional, en 1947. En esta pintura, una vista típica no es reconocible, o podría ser una combinación de distintos puntos de vista, pues los planos superiores sugieren montañas lejanas, mientras que el círculo central evoca una depresión como un lago, o el corte transversal del tronco de un árbol visto desde arriba. A diferencia de ‘Flor’, los elementos componentes del paisaje natural aparecen simplificados en sus ritmos y luminosidad por medio de superficies en las que predominan los colores planos, que se sobreponen y entrelazan resultando una composición libre y orgánica, evidentemente inspirada en la naturaleza mas no reconocible como tal.

Marco Ospina concretó su obra abstracta más rigurosa, estructurándola sobre una geometría curvilínea, libre de instrumentos; de colores planos y saturados, que en ocasiones el artista encontró en lugares determinados. De ahí que los títulos de algunas obras refieran a situaciones geográficas, como ‘La aurora, en Barro- colorado’ de 1950. Esta pintura presenta, como en ‘Capricho vegetal’, planos de color que se traslapan y sobreponen mediante transparencias y contornos curvos más sobrios, mejor definidos y de borde duro. El fondo aparece recorrido por una silueta oscura como el perfil de los cerros bogotanos.

Marco Ospina: Construccion dinamicaEste proceso de representación, simplificación y abstracción, permite trazar los orígenes del arte abstracto en Colombia, estableciendo así semejanzas y diferencias con los desarrollos de otros artistas que le son contemporáneos. Es así como la producción artística de Eduardo Ramírez Villamizar (1923-2004) entre los años 52 y 54, discierne en tomo a la abstracción geométrica, pero, a diferencia de Marco Ospina, lo hace a partir de la configuración y observación de bodegones compuestos por copas y fruteros, a través de una mirada también esencialista que estructura sobre la geometría compuesta por círculos y líneas tangentes implícitos en esos bodegones. Édgar Negret (1920), en el campo de la escultura, llega a la abstracción a través de la simplificación orgánica de la figura humana, evidente en los yesos realizados en Popayán entre los años 45 y 48. Estas piezas, que derivan de retratos y otros fragmentos del cuerpo, no solo implican el espacio circundante sino que lo contienen y definen mediante cavidades y perforaciones, que a su vez generan volúmenes modelados, que lejanamente evocan la figuración. Guillermo Wiedemann (1903-1966) en algunas obras pintadas entre los años 46 y 52, analiza la luminosidad de escenas domésticas y vernáculas, valiéndose de manchas de color, pero que las hace explícitas por medio de la línea raspada, sin pigmento, siendo así reconocibles los elementos que componen esas obras. A partir de 1952 esas manchas amorfas e indefinidas, fusionadas entre sí, constituyen la esencia de esa abstracción de corte informalista.

Marco Ospina se basa en la visión de las tradiciones culturales e identidades locales, para hacer una transición entre los preceptos nacionalistas de los artistas que le son contemporáneos, pertenecientes a la generación ‘americanista’, y el internacionalismo ‘universalista’ de las vanguardias, cuyas expresiones en América Latina han sido ampliamente destacadas y que en Colombia manifestaron su consolidación a partir de la segunda mitad de los años cincuenta. "El arte abstracto puede ser local, puede ser universal, o puede ser a la vez local y universal" (Ospina, 1971).

El concepto de abstracción elaborado por Marco Ospina difiere de los planteamientos surgidos simultáneamente de los artistas que integraron el Grupo Madí en Argentina, hacia finales de los años cuarenta, y los grupos Frente y Neoconcreto en Brasil, iniciando los años cincuenta.

La obra de la mayoría de estos artistas está más cerca del arte concreto que se fundamenta en la articulación de formas y colores, estructurados a partir de la geometría, producto del intelecto y que por tanto no se encuentran en la naturaleza, que es precisamente el punto de partida de Marco Ospina.

Sin embargo, en algunas obras de comienzos de los años sesenta, la composición de Ospina surge del análisis del paisaje urbano, resultando una combinación de planos horizontales, verticales y diagonales, de matices ocres y naranjas, que recuerdan las construcciones de barro bajo una luz intensa, evocando así vistas de los pueblos en zonas cálidas. No los describe, los recrea, extrayendo los rítmos y formas esenciales de esa arquitectura popular, para organizarlos sobre la superficie pictórica, logrando una gran armonía entre las formas pintadas y el formato rectangular del soporte.

A partir de 1970 retorna a la mirada de carácter naturalista, incorporando de paisajes la experiencia abstracta y sintética de los años anteriores. Obtuvo como resultado una obra en la que enfatiza la esquematización como instrumento para la representación del espacio. Pero también en sus últimas obras la simplificación a la acuarela es el medio para estudiar la naturaleza, no para representarla como en los paisajes anteriores sino para analizarla y expresarla en sus trazos esenciales. Si bien es cierto que la abstracción propuesta por Marco Ospina deriva de lo natural, una de sus innovaciones fue la ruptura con la representación de la realidad, un planteamiento moderno y que discierne con lucidez a través de la historia del arte en el texto ‘Pintura y realidad’, publicado por la Universidad Nacional en noviembre de 1947.

Tomado de la Revista Lecturas, suplemento del periódico El Tiempo, agosto de 2011