Mauricio Gomez Escobar

Bogota

Pintores, Presentadores

Abstracto, Figura

Mauricio Gómez Escobar

pintor, escultor, periodista

GomMrd01.jpg (22926 bytes) Recuento

 
CRITICA

Mauricio en el espejo

por María Margarita GarcÍa

En una sociedad de modas, simulaciones, espejismos, máquinas y computadores que parecen estar insertados sobre el propio cerebro, el arte vive sus espejismos. En medio de esas incertidumbres, entre la creación y la sensibilidad, parece situarse Mauricio Gómez, con su autorretrato. Con él logra estremecer al espectador y lo conduce al descubrimiento de su autor.

En cada brochazo, no sólo hace recordar la exaltación del carácter que los artistas expresaban durante el barroco, sino que también permite el análisis sicológico y la sensibilidad tan perseguidos en el clasicismo. Mauricio Gómez, ante el espejo, trasciende su intimidad con la honda inquietud de la mirada mientras su trazo nervioso, atormentado y casi febril permite recordar al artista de la escuela francesa Antoine Watteau. Y aunque se aleja del impresionismo, su obra se une, en dramatismo, con el autorretrato que Van Gogh pintó cuando rompió con Gauguin.

Con Mauricio Gómez ante el espejo, no se advierte al agresivo director de noticiero, sino al personaje desgarrador y angustiado que hace una década salió de la Colombia violenta, de sociedad cerrada, extremadamente tradicionalista y absurdamente religiosa, para asentarse en los Estados Unidos y encontrar su libertad en Francia.

Por medio del pincel da cuenta de su transformación interior. Porque su vida cambió radicalmente en una década. Todo empezó cuando el briIlante periodista, que con su mente amplia había manejado el Noticiero 24 Horas - sin sectarismos, con responsabilidad y frescura -, se fue a trabajar con la CNN en Atlanta, Estados Unidos. Allí se dio cuenta del "abismo que existía entre nuestro periodismo todavía rudimentario y el que se hacía allá, con recursos humanos, económicos y técnicos".

Y ante los ojos atónitos de sus allegados y de la opinión pública, el destacado periodista tiró su carrera por la borda. "Mi vida como periodista terminó por convertirse en una rutina de computador y teléfono de diez horas diarias. Me di cuenta de que no podía seguir enchufado a lo que, los americanos llaman the system, o sea, el computador. Mi historia de amor con la CNN y el periodismo había muerto. Ese mismo día me compré una caja de crayolas. Fui a casa, dibujé unos platos. Entonces apareció un nuevo horizonte en mi vida".

Alumno a los cincuenta

A las pocas semanas ya estaba tomando clases de dibujo con modelo. No era raro que cambiara el computador por el pincel, pues su padre, Alvaro Gómez Hurtado, además de político era excelente conversador y las historias que contaba a sus hijos estaban siempre cargadas de dibujos y de mapas. "La pintura fue el hilo conductor de sus conversaciones. Aun en las últimas clases que dictó en la Universidad Sergio Arboleda, antes de ser asesinado, el tablero quedó lleno de ilustraciones y mapas".

En esos años vinieron a su memoria sus primeros encuentros con la pintura. Recordó sus tiempos infantiles cuando cada mañana abría los ojos y veía colgada en la pared de su habitación, una reproducción de El Martirio de San Mauricio, la obra que el Greco hizo a petición de Felipe II para el monasterio de El Escorial, un cuadro representativo de la influencia bizantina del artista e impregnado del manierismo italiano y cuyas figuras parecen flotar de una manera rítmica mientras las tonalidades cristalinas le imprimen un sentido particular. "Siempre me ha deslumbrado por el colorido". Se acordó de los paisajes y las naturalezas muertas que Blanca Sinisterra lograba con la espátula. Vino a su memoria su primo Diego Mazuera, su contemporáneo, que empezó a pintar hace treinta años y a quien siempre admiró.

Con sus recuerdos, su entusiasmo y sus incipientes bases llegó hace nueve años a París, donde asiste a clases de dibujo, pintura y grabado. Y aunque llegó tarde a la pintura, se ha dedicado a asistir a cursos exclusivos para adultos, sin diplomas ni distinciones. "A pesar de tener cincuenta años soy uno de los alumnos más jóvenes. La edad no tiene nada que ver. Todos tenemos la capacidad de aprender algo nuevo cada día. Por eso sigo tomando clases".

Respuesta a una ironía de fuego

Y mientras avanza en su carrera como artista, a Mauricio Gómez le siguen impactando los expresionistas alemanes de principios de siglo. Admira a Franz Marc, Karl Schmidt-Rosttluff, Alexi Javvleskv, Emilde Nolde, Vassily Kandinsky y su amante Gabrielle Munter. "Ellos produjeron entre 1907 y la primera guerra mundial -1914- una explosión de forma y color, que para mí no ha sido superada todavía. Marc y Kandinsky, a quienes él desconocía hace diez años, fueron los creadores del grupo El Jinete Azul, que lanzó obras no figurativas y generó un tipo de abstracción particular.

Sin embargo, Mauricio Gómez se ha detenido en los rostros. Hace siete años vio en Florencia los cuadros de los condes de Urbino, pintados por Piero Della Francesca -el mismo que influyó en Botero cuando llegó a Italia- y sin saber por qué vio a sus padres ahí. No dudó en copiar los cuadros y retratar a su mama y a su papá con los vestidos de la época.

Ya había trabajado en pequeño formato y se había deleitado en el detalle. Su padre lo había visto dibujar con dedicación y "con su ironía de fuego" le había dicho: "Tal vez algún día llegues a ser un buen miniaturista". Mauricio Gómez no dejó pasar con indiferencia el comentario, saltó al formato grande y trabajó con brochas de 30 centímetros, la espátula y los dedos.

Ahora se enfrenta a la tela y al grabado con más libertad, se mira al espejo para pintarse internamente, maneja el tiempo a través de una obra en la que el hombre se descongela lentamente, y ensaya los elementos del arte interactivo "para crear una relación diferente entre el espectador y la pintura".

Así, Mauricio Gómez, en el cierre del milenio, momento de reflexiones, de dejar que se cuelen por la mente las inquietudes, de permitir que la vida cotidiana toque fondo en cada uno de los seres humanos, no se arrepiente de haber dejado el periodismo.

Tomado de la Revista Diners, Agosto de 1999

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El Coraje de la Mano izquierda

Espero poder decir cosas más duraderas pintando, que trabajando como periodista. El periodismo es muy efímero. No hay nada más viejo que un periódico de ayer", dice con vehemencia Mauricio Gómez.

Evidentemente, 12 años después de entregarse a la pintura, ha perdido el entusiasmo por el periodismo. Sin embargo, de sus años como director y presentador del prestigioso noticiero de televisión 24 Horas guarda la dicción y la buena entonación en cada palabra, en una voz que han hecho más grave los cigarrillos que fuma permanentemente.

Del ganador de siete premios nacionales de periodismo y del reportero consumado que persiguió Pablo Escobar hasta hacerlo huir de nuestro país, solo queda eso: una voz bien proyectada. El Mauricio Gómez de hoy es el artista, el ser sensible, el hombre empeñado en la exploración de su propio talento y en la búsqueda de su expresión a través de la pintura. El mismo que, luego de siete años de estudio y dedicación a la pintura, sintió morirse cuando le diagnosticaron una tendinitis en su brazo derecho que, aparentemente, lo alejaba del arte.

Por eso, la muestra que exhibe por estos días en la Galería Diners de Bogotá se titula Con la mano izquierda, porque frente al dolor emocional y muscular, tuvo que atreverse a pintar con la otra mano, con la que se le abrieron nuevas posibilidades creativas. "Todo esto me obligó a buscar materiales distintos de la pintura tradicional-recuerda-. Encontré unas tierras húmedas con las que empecé a trabajar. Luego, busqué materiales y todo me ser vía: canutillo, piedras, pedazos de metal, madera... Entonces, no necesité la mano derecha y con la otra comencé a trabajar".

La primera exposición de Mauricio Gómez en Colombia fue hace cuatro años, también en la Galería Diners. De aquella, dice que tenía una buena dosis de "exorcismo" de las circunstancias adversas que lo hicieron salir de Colombia. No obstante, en cierta medida, todo aquello lo que hizo fue conducirlo a la pintura.

"Con Fernando Cano, de El Espectador, creíamos que íbamos a acabar con Pablo Escobar. Nada más ingenuo. Cuando comenzaron a amenazarme de muerte, me fui a trabajar con la CNN, en Atlanta -re cuerda-. Allí me la pasaba todo el día frente al computador y con dos teléfonos encima. Esa rutina me ahogó. Yo, definitivamente, no me veía así el resto de mi vida y tomé la decisión de irme a París a estudiar pintura".

iPinte grande!

De su padre, el recordado político conservador Álvaro Gómez Hurtado, recuerda que le dijo: "Si se va a meter con la pintura, tiene que hacerlo con el mismo entusiasmo que con el periodismo. Si no, no sale al otro lado".

"En mis comienzos, cuando pintaba en pequeño formato, mi padre me vio y me dijo: `si sigue así, va a ser un buen miniaturista ¡pinte grande!. Seguí su consejo y comprobé que tenía la razón, porque la liberación que sentí fue impresionante", cuenta. Aunque a veces extraña el periodismo, dice que hay algo que le ha quitado el entusiasmo por este oficio: la falta de pasión.

"La prensa no sirve para nada. Antes tenía poder, influencia, ya no. Ahora, en Colombia es más importante un reinado de belleza o las carreras de Montoya. El periodismo ha perdido fuerza", afirma. Por eso, prefiere la tranquilidad de su estudio de París, en donde lo único que lo puede perturbar son los esporádicos timbrazos del teléfono.

Con la mano izquierda resume los cuatro últimos años de trabajo de Gómez y está compuesta por 76 piezas. Durante este tiempo, también se ha sometido a varias terapias y a una cirugía que no dio muy buenos resultados.

Ahora está probando con acupuntura, que lo ha logrado recuperar un poco. De momento, su única preocupación es qué va a pasar con su arte el día en que sane totalmente de su brazo derecho.

Tomado del periódico El Tiempo, 30 de noviembre de 2003

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Zurdo a la fuerza

Como decía en  alguna de sus canciones Elvis Costello, "los accidentes ocurren". Y a veces estos suceden para bien. Al me nos eso piensa el pintor Mauricio Gómez, quien por ponerse a raspar durante días y días la áspera superficie de un cuadro suyo desarrolló una tendinitis que le ha impedido utilizar desde 2001 su mano derecha. "Me operaron, me hicieron una terapia pero hasta ahora eso no ha funcionado mucho. Voy a ver cómo me va con la acupuntura".

Este accidente, que habría acabado con la carrera de más de un artista, lo impulsó a replantear su obra. Al principio fue muy duro, pero poco a poco aprendió a utilizar la mano izquierda y también a dejarse guiar por ella, a darle espacio a la intuición, la sorpresa y a aceptar los resultados inesperados.

En la Galería Diners, de Bogotá, es posible ver el resultado de esta transformación. Gómez dejó atrás técnicas tradicionales como el óleo o acrílico sobre lienzo que le permitían un control total sobre sus cuadros. Ahora se ha transformado en una especie de alquimista que todo el tiempo combina un sinnúmero de texturas. La lista es larga. Arenas de colores, cementos y otros materiales de construcción y acabados arquitectónicos, retazos de hierro oxidado que ha conseguido en los mercados de las pulgas del sur de Francia, canastos, plastilinas y cables de colores muy vivos que venden en almacenes para niños, chaquiras, plumas teñidas, bustos y maniquíes viejos y rotos que él repara con papier maché, bon brill, metales limados que esparce al soplar por un pitillo, espray, piedras de río y playa, accesorios de colorinches que sólo se consiguen en almacenes de acuarios, desechos metálicos de maquinaria industrial, recortes de revistas, papel de holograma que obtiene a partir de calcomanías para niños, lentejuelas que él mismo procesa y machaca en una licuadora... la suya ha sido una incesante búsqueda de nuevos materiales aunque, eso sí, se apega al lienzo como soporte de su obra, pues este es muy fuerte y resiste el peso de piedras y metales sin deteriorarse.

Mauricio Gómez entró en el mundo del arte a los 40 años. Abogado y periodista, fue director del Noticiero 24 Horas y en 1989 se instaló en Atlanta, donde comenzó a tomar clases de dibujo. En 1992 decidió abandonar por completo el periodismo y dedicarse de tiempo completo al arte y se radicó en París donde, así lo señala su colaborador Bernard Blot, "Mauricio se ha dedicado a crear un arte del exilio. La suya es una manera de estar presente así no toque temas relacionados con la política. Sus obras son bellas en París pero aquí en Colombia se ven más interesantes. Aquí es donde uno descubre que son suramericanas".

Gómez ya ha expuesto en Colombia en 1999, también en Diners, y en estos cuatro años el cambio ha sido muy grande. La exposición, que también le dio pie a un libro de Villegas Editores, se llama Con la mano izquierda. A Gómez la mano derecha a duras penas le sirve de apoyo o para realizar movimientos muy sencillos. Por ese motivo dejó un poco que el azar lo guiara por un nuevo mundo. Para comenzar, el hecho de que utilice materiales como cemento y arena lo obligan a trabajar en el piso, y esperar varios días para que sequen los materiales para ver el resultado de su trabajo.

Es de alguna manera un regreso a la infancia (a los niños les encanta echar se en el piso cuando pintan y juegan) y también una especie de aventura, pues en muchos casos el resultado final no nace de una idea previa. "Yo no puedo manejar la mano izquierda como quisiera. Hasta algo tan sencillo como lavarse los dientes se vuelve muy complicado. Eso me da una libertad que antes no conocía. Como la izquierda no se deja controlar he comenzado a hacer regueros, a improvisar. Ya ni siquiera hago bocetos de los cuadros". Sin embargo la mayor parte le ha exigido un trabajo largo y dispendioso.

Como señala Blot, es ta exposición es coherente no a partir de la unidad sino de la diversidad. "Es una obra que no requiere de cultura para ser apreciada, agrega. Es accesible desde su primera aproximación. No es como buena parte del arte contemporáneo que se olvida del espectador, que exige una lectura previa y conocer claves del concepto para en tender lo que quiere expresar el autor". Casi todas las obras son rostros, pero cada una ofrece un tratamiento muy especial. En esta nueva etapa en la que archivó los óleos y descubrió los pigmentos se ha dado cuenta de que los colores son muy relativos. "El negro puede ser opaco, brillante, transparente, liso, corrugado... el óleo se puede aplicar de muchas maneras pero con él no se logra una enorme diferencia de texturas"... Muchos colores imposibles de lograr con óleos o acrílicos los consigue con piedras, hologramas y plumas de colores.

Su obra no refleja para nada estados de ánimo determinados. Cuando más dolor sentía a causa de la tendinitis y lo preocupaban diversos problemas de índole familiar hizo Siva, una de sus obras más alegres y coloridas. Para Mauricio Gómez la búsqueda constante es algo que jamás negocia y considera que el peor error es copiarse a sí mismo, encontrar una fórmula y comenzar a repetir se. "El día que uno crea que un cuadro le salió bueno está muerto porque se parquea, se estanca. De pronto el próximo sí queda bien".

Tomado de la Revista Semana No. 1126, 1 de diciembre de 2003

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El universo de hierro de de Mauricio Gómez

por Wilmar Cabrera Pinzón, redactor de El Tiempo

La última noticia que cubrió Mauricio Gómez, en su época del Noticiero 24 horas, fue la inauguración de la exposición de las esculturas de Fernando Botero en los Campos Elíseos.

Entonces, en 1992, el periodista y exdirector del informativo ya llevaba viviendo dos años en Francia y se abría paso, estudiando en la capital francesa, hacia su nuevo oficio de pintor y escultor.

Catorce años después de haber visto bajar los gigantescos gordos y cerrado su etapa como periodista con el maestro Botero, Gómez está al otro lado de la noticia. Ahora se mueve, con pasos cortos, por entre los salones de la Galería La Cometa. Ante sus ojos tiene 55 obras que, como resultado de los últimos cuatro años de trabajo, conforman la exposición Esculturas.

"Comencé a recoger o comprar materiales como pedazos de hachas - cuenta Gómez -, azadones, horquetas, tijeras, llaves y embudos, en un sitio rural que se llama Lot (sur de Francia). Poco a poco los fui consiguiendo para ver si podría hacer unos ensamblajes, pero nunca pensé esto va a ser la cabeza o las piernas".

Así empezó el trabajo, sin bocetos ni dibujos. La única línea que siguió Gómez durante este tiempo fue el peso de los pedazos de hierro desgastados por el tiempo. Si se tenían por sí solos, si calzaban entre ellos sin tener que soldarlos, le gustaban. Al final reunió por lo menos 350 piezas. "En la exposición hay más o menos 250. Trabajarlas fue como armar un rompecabezas en el aire y no plano, pero no toqué ni corté ninguna pieza, ni le di color o la oxidé, ni le quise dar un brillo, preferí respetar el estado en el que las encontré", agrega mientras sus tenis lo llevan de una bailarina, que tiene como tutú un viejo molde de panadería y como brazos abiertos una pica carcomida por el óxido, a unos músicos que no son otra cosa sino botellas de lata con sombreros de piñones de bicicletas. Así hay insectos, aves, búfalos, guerreros, pelícanos y hasta palenqueras de Cartagena, con platón y frutas. Todas tiene en común, además del hierro, el óxido de años a la in temperie. "Seguramente hay muchas piezas que son más viejas que nosotros juntos", recalca Gómez.

El trabajo de ensamblar las 55 obras fue una labor simultánea. Entre tres y cuatro meses le tomó cada escultura.

"Yo estaba haciendo una serie de pinturas con tierras y fue cuando me encontré con estos elementos, entonces la serie de los toros se quedó en un principio, por ahí hay uno o dos", asevera el artista, que regresó a Colombia para que darse, tras 16 años de vivir por fuera. -

"Quiero estar cerca de mi madre, mis hermanos y mis amigos de antes", termina diciendo Mauricio Gómez con su universo de hierro y óxido alrededor.

Tomado del periódico El Tiempo, 5 de octubre de 2006

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EL REGRESO DE MAURICIO GOMEZ

Mauricío Gómez vuel ve a casa después de casi 15 años de vivir en Europa. Detrás de él viene un barco con más de 50 esculturas de hierro, resultado de cuatro años de recoger "cachivaches" en los pequeños mercados de artículos usados del segundo departamento menos poblado de Francia. Estas obras harán parte de su primera exposición en Colombia desde el 2003, la cual se inaugura -si las esculturas logran cruzar el océano a tiempo- este 4 de octubre en la galería La Cometa, en Bogotá.

Casi sin pelo, un aire tímido y su voz gruesa pero sin estridencias, muchos no lo reconocerían sí lo vieran en la calle.

Quienes lo identifiquen seguramente sabrán que fue periodista y presentador de televisión, los menos recordarán que es hijo del asesinado dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado.

Hoy, en medio de un apartamento casi vacío, que fuera de sus padres, en el norte de la capital del país, Mauricío Gómez se reconoce como artista y como "periodista sin empleo". Ya no se muestra tan receloso de volver a la profesión que lo hizo conocido, una verdadera figura que recibió siete premios nacionales de periodismo y compartía el set con Marga rita Rosa de Francisco.

Gómez quería ser actor "pero no tuve la berraquera", así que estudió Derecho, no sabe muy bien por qué, y terminó la carrera, porque no acostumbra dejar las cosas empezadas. Tras una corta temporada como administrador de una imprenta propiedad de la familia, que quebró, aunque él no acepta la  responsabilidad, decidió comenzar una carrera como periodista en El Siglo y en el Noticiero 24 Horas.

Fue el periodismo su gran pasión durante mucho tiempo, hasta que en plena lucha contra el narcotráfico descubrió que el llamado cuarto poder no era tal y que quizás no valía la pena morir por ser periodista.

"Todo el mundo tiene derecho a cuidar de sí mismo", asegura como tratando de explicar lo que no requiere explicación. "Muchos periodistas se quedaron, yo decidí irme", recuerda. La decisión no fue toda suya. "Se va mañana del país", le dijo su padre, ya enterado de los riesgos que corrían los dos. Al otro día Mauricio estaba en un avión rumbo a Atlanta, donde le habían ofrecido un trabajo como editor en CNN.

La admiración que le despertó en un inicio el despliegue tecnológico del canal de noticias más importante del mundo, comparado con los limitados recursos con los que trabajaba la televisión colombiana, fue dando paso a la desilusión de quien se siente una parte mínima de un gran mecanismo. "Era como una tuerca en un 747". La libertad de decisión que disfrutaba en Colombia se convirtió en largas jornadas pegado a un computador o con un teléfono en cada mano. "Me convertí en un intermediario que repetía órdenes sin ninguna posibilidad de sugerir nada".

Se inscribió en clases de dibujo y de grabado y cuando sintió que se divertía más allí que en su trabajo, renunció. Viajó a París, donde su padre era embajador, descubrió Francia, se convirtió de nuevo en estudiante y comenzó una carrera como artista que siete años más tarde vio amenazada por una tendinitis en el brazo derecho.

Atrás quedaron los óleos y las pinturas en caballete. Sólo podía utilizar su mano izquierda, así que comenzó a experimentar con otros materiales que pudiera derramar sobre un lienzo en el piso: tierras húmedas, cementos, plastilina, cables, plumas teñidas, piedras, chaquiras y hasta pedazos de metal que recogía en la calle o en los pequeños mercados de pueblo. Así surgió la exposición "Con la mano izquierda", que se vio en la Galería Diners en 2003, y un libro de Villegas Editores.

Regresó a Francia, a su estudio en París y su refugio en Lot y a su infructuosa lucha por ser reconocido allí. "No tenía edad para comenzar como artista joven y tampoco los contactos para hacerme un espacio en el circuito del arte francés". Esta dificultad, los largos inviernos y la nostalgia que le produce estar lejos de su familia y sus amigos lo con vencieron de regresar a Colombia. No tiene claro dónde va a vivir ni le preocupa empezar de nuevo para ser reconocido como artista plástico en su país.

Viene con sus esculturas: trozos de maquinaria agrícola que fue recolectando en los "ventas de garaje" de una región al sur de Francia sin industria ni carreteras principales, sin líneas de trenes rápidos; sin polución ni aeropuertos y sin turismo masivo.

Lentamente fue convirtiendo esas piezas creadas para el trabajo del campo en esculturas tratando de no forzar las formas. El resultado: una nueva etapa alejada de la pintura y más cerca de su patria.
 
Tomado de la Revista Cromos No. 4622, 2 de octubre de 2006

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VOLVIO MAURICIO GOMEZ

por Maria Margarita García

Vino de París para quedarse en Colombia y continuar su actividad como artista, decisión tomada hace poco más de una década. Trae una actitud más cercana a la plástica que al periodismo. Aparentemente se resiste a las tentativas de retornar a los medios de comunicación, que dejó abruptamente cuando su vida estuvo amenazada y se vio obligado a abandonar el país precisamente en el momento cumbre de su carrera. Sin embargo su pasión por la televisión aún sigue inquietándolo. Ahora todos los sentidos de Mauricio Gómez están puestos en las esculturas elaboradas con chatarra, objetos obsoletos comprados en los minúsculos mercados de pulgas de la comarca francesa de Lot donde tiene una pequeña propiedad y disfruta del silencio en un territorio en el cual apenas 25 personas se ven en las calles en los días de ventas.

De ahí surgieron insectos, bailarinas, palenqueras, caballos, trineos, milpiés y docenas de esculturas evocadoras de su infancia o relacionadas con el encuentro de culturas. Son trabajos más maduros, alejados del efectismo de sus obras mostradas en Colombia a comienzos de este milenio. Tienen un carácter íntimo, distante de aquellas cabezas y autorretratos creados en su taller donde él era protagonista. Se trata de esculturas silenciosas en las cuales ha buscado algo de minimalismo. De ellas están ausentes el color y las lentejuelas que acompañaban sus obras anteriores pero tienen un hilo conductor en el use de elementos no tradicionales como la chatarra actual y la arena y el cemento utilizados a comienzos de esta década. Sin embargo en esos años -hace cuatro- ya había empezado su nueva etapa. "Mientras pintaba y usaba cementos y arenas húmedas, inicié una serie sobre toros cuyo destino quedó a mitad de camino porque el trabajo con chatarra me impidió continuar con lo anterior. Pasé mucho tiempo en el taller tratando de ensamblar formas con sentido de la estética y buscando los puntos de gravedad para lograr el equilibrio".

Empezó a experimentar el peso y el equilibrio cuando creó Mil pies, obra surgida por casualidad. "Compré unas llaves de hierro de diferentes tamaños y cuando completé treinta pensé hacer un móvil, algo así como una lluvia de llaves. Las uní con nylon para crear el efecto, pero el peso les hacía tomar diferentes posiciones y se desvanecía la estructura. Conseguí una red y la recargué contra la pared, pero al separarla del muro se desbarataba. La idea de la lluvia de llaves fue un fracaso en la práctica hasta el día en que decidí ordenarlas y guardarlas. Tomé un alambre delgado y en el momento de ensartarlas vi cómo se abrían al tocar el piso y con su propio peso lograban sostenerse entre ellas. Me llamó la atención, fui al mercado y conseguí más y las ensarté en un alambre recubierto y dúctil hasta hallar la forma deseada. La guía fue la gravedad. No sol dé casi nada porque esto insinuaba una pelea con el material. No quería ir en contra de la forma original del elemento".

Creó piezas que oscilan entre la figuración y la abstracción. De una cantimplora, un garfio, una parrilla y un gancho de carnicero, surgió un toro, sin transformar la esencia de las formas. (Nunca ha hecho bocetos, ni siquiera antes de sufrir la aguda tendinitis que lo llevó, a comienzos de esta década, a buscar nuevos materiales para sus pinturas).

AI crear la obra se convirtió en un toro y la tituló Homenaje a Picasso. Pero creó no sólo piezas armónicas, también algunas obras para ser ensambladas por el coleccionista de acuerdo con las instrucciones del artista, y cuyo sentido podría interpretarse como una insinuación a la acción del observador.

Son obras maduras surgidas de su permanencia en Lot y tras su visita a la exposición de Julio González (1876-1942), vanguardista nacido en Barcelona y residenciado en París desde 1900.

Mauricio Gómez ha vuelto a Colombia con el propósito de continuar su camino en el campo de la escultura. Regresó porque lo llamó la tierra. "Llevaba dieciséis años por fuera del país y quería estar cerca de mi familia. Por otro lado, me di cuenta, tal vez un poco tarde, de que los franceses son por lo general duros y cerrados. Una persona como yo, un extranjero originario de Colombia, recibía el comentario simplista de asociar de inmediato mi país con la droga. No niego la existencia del problema. De aquí sale la cocaína para Francia que también es consumidor y parte del problema. Y no todos los franceses son así. Generalizar sobre las características de un pueblo no me parece inteligente. Y también me aburrí de los inviernos".

Pero el regreso al país, donde aún no se ha olvidado su actividad en el periodismo y donde tiene amigos en ese medio y los ciudadanos lo admiran, muchos se preguntan: ¿Volverá a esa actividad? ÉI, con su hablar pausado y su voz de locutor, no duda en reafirmar su propósito de continuar en las artes. "Quisiera seguir haciendo escultura, explorar cuáles son los materiales desechables en Colombia para crear a partir de ellos. También pienso trabajar en video-arte con los archivos del Noticiero 24 Horas, que nadie ha visto. No sé qué hay ahí ni lo que surgirá de ese proyecto".

Tomado de la Revista Diners No.439, octubre de 2006

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Mauricio Gómez (Bogotá 1949) Abogado y Periodista, hijo del Dr. Álvaro Gómez Hurtado, nos trae en ésta oportunidad una serie de esculturas en hierro a manera de ensamblaje con elementos comprados y recogidos en mercados de pulgas o en mercados de un día de los pueblos agricultores franceses o abandonados sobre los prados del campo.

Es aquí en éstos mercados campestres del departamento francés del Lot, que el artista reconoce entre estas formas enredadas, el material necesario para crear sus obras, dentro de los más apetecidos, y por ende los más desdeñados, están los hierros oxidados de todo tipo, los pernos, las tuercas y los tornillos, las herramientas anticuadas y rotas, las cadenas a punto de romperse, los engranajes paralizados, las llaves inútiles y los bidones sin vientre en las que inventa su ensamblaje, un mundo fantástico poblado de bestias metálicas, milpiés de llaves, pelícanos de hierro, aves de serruchos y tijeras, zancudos de tridentes, toros de resortes, búfalos y otros tantos animales improbables y personajes solemnes como peregrinos hechos de horquetas, diosas de palas y de arados, todos unidos por un hilo de hierro blanco.

Como afirma el reconocido escultor francés Jean Claude Athané es ésa la originalidad profunda de éste trabajo y con ella Mauricio Gómez se inscribe dentro de los artistas auténticos para quienes el Arte debe alimentarse necesariamente de humildad y exigencia.

Gómez ha incursionado también en la pintura con arcillas y tintas naturales, expuso en la Galería Diners de Bogotá su obra Con la mano izquierda en 1999, exposición que contó con la curaduría de Miguel González cuando fue expuesta en Proartes en Cali ese mismo año. En París, con la UNESCO y en la Embajada de Colombia, y en 2006 su obra fue expuesta en la galería La Cometa en Bogotá

Tomado de http://www.cali.gov.co/index.php?servicio=Noticias&funcion=ver&id=9659