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Cuatro Siglos de Pasion

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Desde 1556, sobre los hombros de los payaneses
descansa una tradición que hoy en día
conserva todo su esplendor.

Por Andrés Perez V.

Un círculo de plata macíza se posa sobre los cerros orientales que fueron testigos de la infancia de Caldas, Torres, Obando, Mosquera y Valencia, de las gestas de Bolívar, del comienzo de todas las guerras del siglo XIX y de la formación de varios  presidentes de la República.

En la mitad exacta del espacio comprendido entre la torre del santuario de Belén, y el campanario de la capilla de La Ermita, una de las más  antiguas de la que fuera nombrada por Felipe II en 1556, como la "muy noble y muy leal ciudad de Popayán", las matracas anuncian, como lo vienen haciendo desde hace 445 años, la muerte del Señor.

En las calles, sólo el sonido de los tambores de las bandas de guerra que se mezclan y se confunden con el de los grupos de música religiosa que acompañan las 5 procesiones de la Semana Santa payanesa, rompen el silencio que opaca el crujir de las "andas" de madera que se posan sobre los hombros de los "cargueros" .

Por los andenes, una corona de fuego formada por "alumbrantes" que con cirios encendidos iluminan las calles de la ciudad, hacen recordar que su fe sirvió para salvarla de la destrucción.

Relatan los cronistas que miles de nativos de los pueblos paeces, pijaos, tunibíos, yalcones y de otros provenientes del desplazamiento que causó la cruenta conquista del Perú, aguardaban que las sombras de la noche cayeran sobre los hombres que habían "llegado a sojuzgarlos, a romper sus culturas incipientes, a perseguirlos, a explotarlos, y exterminarlos, a someterlos al vasallaje físico y espiritual de un rey extraño, cuya autoridad invocaban en una lengua incomprensible, y a un Dios desconocido" , para acabar con ellos.

Sin embargo, el ataque que prometía ser fatal se frustró ante la aparición de dos gusanos de fuego que con paso lento, desde lo le jos, se iban acercando a los indígenas. Éstos ante esa visión terrible, huyeron despavoridos, sin saber que sólo escapaban de las filas de creyentes que con una vela en la mano acompañaban la procesión del jueves santo, por la única calle del naciente pueblito que entonces era Popayán.

Las cédulas reales, suscritas por Felipe II  que autorizaron las procesiones en Popayán datan de 1558. En esos años, según señala la Junta Permanente Pro Semana Santa, entidad gestada por el Maestro Guillermo Valencia, para preservar esta tradición, "los conquistadores" y los frailes misioneros atendían las exigencias del culto y los indígenas con las instrucciones de éstos cargaban los "pasos", alumbraban y hacían oficios menores. Posteriormente, los "cargueros" fueron los hombres del "estado llano".

Desde aquel entonces, los "cargueros" de Popayán han hecho respetar sus barrotes. Quizá la historia que mejor refleja lo que las procesiones significan para los hombres de la ciudad es una que data de 1840 y que tiene como protagonistas a los generales José María Obando, Tomás Cipriano de Mosquera, Juan Gregorio Sarria y al entonces gobernador Manuel José Castrillón.

La rivalidad entre Mosquera y Obando venía de tiempo atrás, y había llegado a su punto más alto con la acusación que el primero hiciera al segundo sobre su participación como autor intelectual en el asesinato del Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, ocurrldo en el paso de Berruecos en junio de 1830.

Estas acusaciones, sumadas a varios años de contiendas y divisiones, habían abonado el terreno para que en la joven república estallara en 1840, la que más tarde sería conocida como "la guerra de los supremos", en la que cada uno de los generales payaneses había jurado la muerte del otro. En la semana mayor de abril de ese año, los generales Sarria y Obando llegaron a las goteras de Popayán, aguardando la llegada de la procesión del martes santo, para "cargar" en la Virgen de los Dolores, que al igual que hoy, en aquel entonces salía de la iglesia de San Agustín, consagrada a su culto.

Vestidos al estilo sevillano, con la cara cubierta a la usanza de aquel entonces, Obando y Sarria se dirigie ron a la iglesia y exigieron a quienes los estaban reemplazando que les devolvie ran sus "barrotes". Ante la presencia de los generales, no les quedó más remedio a quienes pretendían tomar sus puestos que hacerse a un lado. La noticia se regó como pólvora. La ciudadanía, partidaria en su mayoría de Obando, temiendo que fuera apresado por el gobernador

Castrillón que ya había dado la orden de capturarlo en compañía de Sarria cuando terminara la procesión (no se atrevió a perturbar la marcha de los pasos), acordó que al santo y seña de: "Pichón, Pichón", los "alumbrantes" apagaran las velas y se metieran debajo de las "andas" para reemplazar a los militares.

El plan se ejecutó. En la esquina de la capilla de La Ermita, faltando escasas cuadras para ter minar la procesión, Obando y Sarria escaparon hacia el Patía, lugar en el cual se concentraban las fuerzas rebeldes bajo sus órdenes.

A la mañana siguiente, el gobernador Castrillón dio la orden que desde ese momento se cumplió con rigor: "En Popayán se deberá cargar con la cara descubierta, no para ver quién carga, sino para saber quién no está cargando", costumbre que se conserva hasta hoy, al igual que el grito de "Pichón" que los aspirantes a "carguero" utilizan cuando quieren tener una oportunidad para llevar sobre sus hombros los pasos una cuadra a la entrada y una a la salida de cada procesión.

Al recordar esta historia, alguno de los escritores caucanos decía que el mismo era testimonio de que "en Popayán las mujeres a lo largo de la historia no han parido hijos sino cargueros".

En las procesiones el papel de la mujer es fundamental. A lo largo de las 20 cuadras y las tres horas y media que dura cada una de las procesiones delante de los pasos en los que van las imágenes de Jesús y de su Madre, va una joven, que más que hija y nieta de "cargueros", es hija de la ciudad.

Los hombros desnudos color canela o blanco apenas se pueden ver. Y cerca de ellos, en eI cuello, un Cristo de oro solitario pende de una delgada cinta negra, que a su vez hace juego con dos candongas de oro bordado en filigrana tosca, que recuerdan los que usan las gitanas de Andalucía (España).

Ellas son las "sahumadoras" de Popayán, que sólo pueden aparecer una vez en la vida en las procesiones delante del "paso" de su devoción.

En las manos, cada "sahumadora" en vestido de "ñapanga" lleva un sahumerio de barro, que suelta incienso. Estos van adornados con flores del día de la procesión. Como complemento cada joven lleva debajo del sahumerio un "paño" de "carguero".

El colorido del vestido de las "sahumadoras" contrasta con el de los "cargueros". Ellos, vestidos con un sayal de penitente de color azul oscuro, igual que el que el Nazareno llevaba cuando fue presentado ante Caifás. En la cabeza, los "cargueros" llevan un "capirote" que cubre el pelo. En la mano una "alcayata" de hierro forja do empotrado en un palo de "chonta", comple tan el vestuario.

Todos estos ehmentos se conjugan en la procesión. A las 8 de la noche, los "cargueros" se aprestan para tomar los "barrotes" que han he redado de sus padres y éstos de sus abuelos, y éstos otros de sus mayores en una cadena que se pierde en la memoria.

Debajo de los "pasos", todos los "cargueros" son iguales. En Popayán el profesíonal y el obrero, el político y el artesano, en síntesis el hijo de las familias tradicionales de la ciudad con los herederos del "estado llano", son iguales, hacen la misma fuerza, sangran de la misma manera y transmiten la tradición a sus descendien tes con idéntico celo.

Cerca de los pasos van los "moqueros", niños que vestidos de "cargueros" retiran "los mocos" (restos de cera), de las velas que alumbran cada "paso" y que corren a encender las que se apagan. Junto a ellos, "los regidores" vestidos de frac, velan por el orden y el rigor de la pro cesión a la vez que ejercen su autoridad portando una cruz de madera, símbolo de la que fue ra llamada desde 1556 la Jerusalén de América.

Estas imágenes se repiten, durante la semana de pascua, en las "procesiones chíquitas", réplica de las "grandes". "Pasos" a imagen y semejanza de los de verdad son llevados por diminutos "cargueros" que, queriendo imitar a los varones de la ciudad, han encontrado en la familia Paz, organizadora de este evento, su indiscutible cómplice. Sahumadoras, sacerdotes, moqueros, monaguillos y pequeños regidores brotan de todas las casas de Popayán haciendo de los niños los sucesores obvíos de la tradición de sus ancestros.

De la mano de la Semana Santa, desde hace más de 35 años, se celebra el Festival de Música Religiosa, que encontró en Edmundo Mosquera, fallecido el año pasado (2001), un aliado vital. Se utilizan iglesias como San Agustín, con su formidable altar; San José, con su imponente solemnidad; San Francisco, muestra del esplendor de la cíudad; Santo Domingo, rica en imaginería; la catedral, consagrada al culto de Nuestra Señora de la Asunción; la Ermita, el Carmen y la Encarnación que recogen parte de las historias más preciadas de Popayán. No puede olvidarse la riqueza de museos como el de Arte Religioso, la Casa Mosquera, el Museo Negret y la Casa Valencia .

Los payaneses abren las puertas de sus casas para que la ciudad blanca celebre su tradición con la presencia de todo el que la quiera vísitar, porque en últimas, Popayán no cambia. Ella tiene las puertas abiertas. Y en ella el tiempo de Semana Santa, por convicción, se detuvo años ha.

Tomado de La Revista de El Espectador, No. 37, 1 de abril de 2001

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