Arte Precolombino

Colombia

Precolombino (Culturas tairona, sinu, quimbaya, guane, muisca,tolima, calima, malagana, tierradentro, San Agustin,)

Varios, Visual

PRECOLOMBINO

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Escultura - El arte de los indios colombianos

Por Luis Alberto Acuna

Modeladores de la arcilla y entalladores de la piedra fueron muchos de los indios colombianos de las remotas épocas prehispánicas. Que el barro tradujo fielmente sus extrañas concepciones lo atestigua la gran cantidad de objetos cerámicos conservados en colecciones particulares y museos, en los cuales se advierte una gran habilidad manual y una rica y variada imaginación. En este arte tan espontáneo y humano que consiste en tomar el barro maleable y producir con el formas agradables por su sentido y armonía, fueron las culturas chibcha y quimbaya las que podemos citar, hasta el actual momento, como las más representativas.

Mas como sus productos en barro son casi exclusivamente cerámicos las referencias que ellos merecen se hallan consignadas en un próximo capitulo, a este arte dedicado.

 También del arte de esculpir la madera existen algunos muy escasos y toscos ejemplares chibchas y ninguno quimbaya no obstante que las horrendas imágenes que, según es fama, tenían colocadas a las puertas de sus casas debieron estar esculpidas en esa materia. Un cierto genero de escultura, muy semejante a la gliptica, practicaron nuestros indios, especialmente los chibchas, como un auxiliar indispensable en el arte de repujar el oro: nos referimos a las finas piedras abrillantadas en las cuales se hallan esculpidas en relieve y con una factura cuidadosa en extremo, las mismas figuras estereotipadas de cabezas tocadas con gorros, de serpientes y ranas sagradas que aparecen reproducidas en los pectorales y algotras piezas repujadas.

Empero, los verdaderos escultores de la piedra, con un sentido de monumentalidad y calidad plástica digno de arte tan varonil y perenne, con todas las condiciones de fuerza y reciedumbre indispensable en su práctica, fueron los agustinianos, así llamados por haber ocupado, en época remotísima, el valle huilense de San Agustín, del cual desaparecieron mucho antes de la Conquista española dejándole poblado de numerosos y extraños monumentos.

La primera información que sobre el centro de aquella remota civilización nos fuera transmitida, nos la da Francisco José de Caldas en su Geografía del Virreynato de Santa Fe de Bogota y dice así: "San Agustin esta habitado por pocas familias de indios y en sus cercanías se hallan vestigios de una nación artística y laboriosa que ya no existe. Estatuas, columnas, adoratorios, mesas, animales y una imagen del sol desmesurada, todo de piedra, en numero prodigioso, nos indican el carácter y las fuerzas del gran pueblo que habitó las cabeceras del Magdalena. En 1817 visité estos lugares y vi con admiración los productos de las artes de esta nación sedentaria de que nuestros historiadores no nos han trasmitido la menor noticia".

Era aquel un pueblo de una intensa vida religiosa y de un carácter místico mas activo y tremendo que el chibcha. Resulta curioso observar que mientras del pueblo agustiniano conocemos las imágenes de sus dioses aunque ignoramos sus nombres, de los chibchas, muy al contrario, sabemos las denominaciones y atributos de sus divinidades en tanto que desconocemos aun las representaciones plásticas de los mismos. Porque acontece que no existe una cabal concordancia entre los bien definidos elementos que integran el panteón de los chibchas y las figuras antropomorfas que modelaron. No aparece entre ellas la representación del anciano Bochica, de traje talar y luengas barbas, ni de Chibchacun en su actitud característica de sostener la tierra sobre sus hombros, ni de ninguna otra de sus divinidades tutelares; en tanto que con regular frecuencia aparecen barros cocidos en los que fácilmente se reconoce a los jeques, o sacerdotes y a los caciques o principales señores. Y como es seguro, porque así nos lo afirman los cronistas, que hicieron en oro representaciones de sus dioses, se nos ocurre pensar que los chibchas harían con carácter religioso, una selección rigurosa de los materiales al modelar a los humanos en barro, y a los dioses en oro, y siempre dentro de tipos en extremo convencionales.

También en piedra hicieron algunas representaciones de sus divinidades, pues el padre Simón al referirse a los viajes de Bochica informa que los indios guanes esculpieron su retrato "aunque muy a lo tosco, en unas piedras que todavía hoy se ven".

Cualquier canon de proporción, indicación anatómica o intención naturalista esta proscrito en estas esculturas chibchas, que frecuentemente pecan contra toda lógica concepción de la figura humana. Y sin embargo la estilización de los rostros de estas imágenes es tan apreciable y singular que revela en aquellos artífices primarios un muy alto acierto en el uso de los recursos figurativos mas simples. Por medio de grandes planos, incisiones horizontales y un fino relieve que indica la nariz, lograron dar a los rostros que modelaron una perfecta expresión de serenidad y hasta de placidez interior. Y parece que con ello quedaban colmados los ideales de aquellos escultores en quienes jamás advertimos mayor ansia de perfección ni indicio alguno de evolución hacia otras mas avanzadas y diferentes modalidades.

Pues las formas que creó el arte chibcha, así en la escultura como en orfebrería o la cerámica, son limitadas, en absoluto convencionales y se repiten con una desesperante frecuencia. Muy otra en un todo es la plástica agustiniana cuyos escultores por muchos motivos bien supieron mostrarse dignos de ese nombre. Desde la escogencia del material, de eterna duración, hasta las dimensiones heroicas por lo regular, de las estatuas esculpidas, este pueblo poseyó el sentido de la estatuaria monumental. Ya en otra parte dijimos que lo grotesco era propio del arte amerindio; pero ningún pueblo lo revela con mayor fuerza y monstruosidad que nuestros agustinianos. Allí los cuerpos rechonchos, la cortedad de las piernas, el desmesurado volumen de las cabezas de expresión demoníaca, nos ponen frente a un extraño mundo de extravagancias que solo un pueblo a un tiempo mismo muy rudo y visionario pudo imaginar. Hijas de una estética harto revesada resultan estas imágenes, estética que se nos antoja a la vez que primitiva muy moderna. De esta ultima condición, son prueba palparia ciertas creaciones de la plástica vanguardista contemporánea entre las cuales cabe señalar el "Ecce-Homo" del escultor americano Epstein, que diríase inspirado directamente sobre las labras de nuestro valle de San Agustin.

Se tenia por cierto hasta época muy reciente que esta nuestra escultura monumental primitiva considerada por cosa de arte apenas si tenia un muy escaso valor, radicando todo su interés como documentos arqueológicos. Aquí conviene enderezar el concepto, no sólo porque las mas avanzadas modalidades del arte actual, al crear nuevos gustos, permiten su exaltación a la categoría de lo admirable, sino porque un valor intrínseco claramente demostrado en su manera plástica y no por pequeño menos digno de cuenta, acredita estas obras de arte como autenticas.

Dos épocas con toda claridad definidas se advierten en la escultura agustiniana: aquella en que el menhir esculpido en formas lácnicas, inexpresivas y faltas en un todo de inflexiones y detalles, tuvo para el cantero un valor de mero plano frontal, es la primera; la otra caracterízase por el avanzado sentido decorativo, rico en motivos ornamentales, de dibujo muy pulcro y en veces magistral, si bien jamás prodigados ni prolijos. Aunque contadísimos, no faltan ejemplares de estatuas pertenecientes a esta segunda época en las cuales el escultor tallara su bloque con un claro sentido de la cubicación, de donde resulta que no sólo de frente sino por la espalda y ambos flancos las figuras presentan un sostenido interés de labra cuidadosa. Pero de muy especial manera se caracteriza esta época por la extraordinaria estilización de todos los elementos representativos de semejantes imágenes: grandes ojos desorbitados en forma de semicírculos o círculos concéntricos unas veces, cerrados otras; narices monstruosas, de amplia base; y jetas reganadas, inmensas y feroces como fauces, que campean en medio de rostros demoníacos que enseñan la plenitud de una dentadura en la cual los caninos se traban puntiagudos y prietos. Dioses de la tribu deben representar las estatuas así caracterizadas, tocadas con gorras escalonadas, con bandas o coronas y que aprietan entre sus manos los instrumentos que indican el arte que presidieron o el gremio que ampararon. Por ello podemos reconocer al dios de la agricultura, al de la música, al de la guerra, etc. Entre estas estatuas merece toda nuestra atención la que reconstruimos en dibujo a pluma, hallada en la orilla occidental del río Lavapatas, uno de los primeros afluentes del Magdalena. Esta estatua es la representación de una de esas divinidades terribles, y lleva acaballada sobre su cabeza otra figura. Esta segunda, superpuesta, por estar formada de un cuerpo humano y cabeza de elefante o jabalí, es en un todo igual a ciertas representaciones de Siva, divinidad brahamánica cuya identidad constituye un buen motivo de estudio para historiadores y arqueólogos, quienes podrán sacar lindo partido de este indicio que mucho dirá sobre el origen religioso de aquel pueblo.

Otras estatuas agustinas, que aunque representan guerreros son bastante menos terríficas, deben de ser imágenes de algunos de sus defensores o paladines. En ellos evitó el escultor los rasgos espantables, intentando, en cambio, individualizar un tanto las facciones. Fácil de reconocer entre la época primera, que bien pudiéramos llamar primitiva, y la segunda o arcaica, es una intermedia o de transición, que, como es lógico, participa de la rudeza de la una, y, en germen, de algunas de las buenas condiciones de la otra.

Todas estas estatuas, por lo general talladas en piedras muy duras y compactas, como el basalto feldespático, la dacita micásea y la andesita horblendica, estarían originariamente policromadas con viveza y serian realizadas con instrumental seguramente de guijarros cortantes o de bronce de baja ley, conseguido a base de cobre y empleado en la fabricación de cinceles, almádenas y buzardas, cuyas huellas de corte y percusión aun se adivinan en la rusticidad de la factura.

Si en otras naciones de gran cultura en la época precolombina, como México y Perú, las representaciones de la figura humana fueron hechas con mayor perfección en el barro, materia a la cual supieron ellos sacarle todo el partido de su ductil condición -hasta el punto que los llamados vasos retratos de los chimus peruanos por el acierto en el modelado y la individualización que maravilla, solo pueden compararse con los mejores retratos egipcios de la época saita- entre nuestros artífices colombianos de la prehistoria no sucedió lo mismo, y fue porque para los nuestros tuvo la mayor importancia la calidad de la materia trabajada; por eso, en punto de cualidades, resultan ser nuestros artífices mejores entalladores que ceramistas y mucho mejores orfebres que escultores, tejedores o alcalleres.

Tomado del libro Acuña, Pintor Colombiano, Biblioteca Santandereana
Fundación Sanrandereana para el Arte Regional, 1988