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Por Fabio de la Pe�a

"... La ni�a iba creciendo. Cuando estuvo grandecita fue con la mam� a la finca. Una vez que lleg� a la chagra se sent� sobre un palo, se sacudi� la cabeza y dej� caer unos cabellos. Sembr� as� la coca porque ella sab�a que eso le faltaba a su padre... Fue de esta forma como naci� la coca, por eso nosotros la cuidamos como cuidar a una hija; si maltratamos la planta nos enfermamos".

"Relato de un habitante Huitoto" en Amazonla, naturaleza y cultura

Huitoto, uitoto o mejor witoto. Las tres maneras de escribir el nombre tienen un significado peyorativo, utilizado por el hombre blanco para identificar a esta poblaci�n ind�gena del sur del departamento del Amazonas que, por imposici�n, se acostumbr� a ser llamada y reconocida de esta forma y no por su verdadero nombre: Murui Muinane. Y fueron los hombres blancos, en especial los ingleses, quienes protagonizaron a finales del siglo XIX, el boom del caucho, una de las tragedias m�s grandes para estos pueblos despu�s de la colonizaci�n europea, con las mayores consecuencias nefastas y cuyos efectos a�n se perciben en algunos grupos sobrevivientes, pues fueron los Murui Minane la principal mano de obra para explotar la planta de caucho, materia prima para la fabricaci�n de los neum�ticos de los autom�viles.

El peruano Julio C�sar Arana cre� la empresa explotadora de caucho m�s grande de ese tiempo en nuestro pa�s, conocida como la Casa Arana, que m�s adelante se llamar�a Peruvian Amazon Company, luego que el due�o lograra millonarios contratos de venta y beneficiosos acuerdos comerciales con los ingleses. �l era el poseedor de todos los cultivos de caucho y quien manten�a el control y dominio sobre toda la poblaci�n ind�gena de la regi�n. No existe explotaci�n de planta alguna que haya alterado la vida humana tan dr�sticamente y en tan corto tiempo.

Estos ind�genas viv�an en la m�s deplorable e infrahumana condici�n, en selvas infestadas de malaria y lejos de las aldeas. La situaci�n laboral era de esclavitud, sometidos a una alimentaci�n deficiente, expuestos a enfermedades tropicales, a la tortura, a mutilaciones y a veces a la muerte, como castigo cuando no lograban extraer la suficiente cantidad de l�tex que exig�an a cada uno, 40 arrobas al mes. Algunas familias intentaban huir, pero en su mayor�a eran recapturadas y torturadas como escarmiento para los dem�s. Esta infame industria diezm� y extermin� a tribus enteras de una maravillosa raza aborigen. Se calcula que en la primera d�cada del siglo XX murieron alrededor de 40.000 ind�genas de los 50.000 existentes en ese momento. Por si fuera poco, a�os despu�s, en 1932, el conflicto militar entre Colombia y Per� cobrar�a muchas m�s vidas de habitantes Murui Minane que se utilizaron como carne de ca��n por parte de los dos pa�ses.

Los Murui Muinane

Con una poblaci�n aproximada de 6.000 personas, los Murui Muinae habitan el sur de la amazon�a colombiana, entre los r�os Putumayo, Igar� Paran�, Caraparan� y Caquet�; los diferentes dialectos, Mika, Minika, B�e y Nipoode, dependen de la zona donde est�n ubicados.

Su organizaci�n social se basa en casas multifamiliares o malocas, que est�n habitadas por los padres y sus hijos varones con sus respectivas familias, cada cu�l con unas funciones: cantor, cham�n, preparador de coca y aprendiz de la tradici�n, hijas c�libes y otros conjuntos c�e parientes.

El jefe o due�o de la maloca constituye la m�xima autoridad de la misma. Esa autoridad est� basada en el saber tradicional y en los tipos de rituales que promueve. �l es el responsable de la seguridad c�smica y pr�ctica de grupo; debe prevenir las enfermedades, propiciar buenas cosechas y garantizar suficientes animales para la caza. Es la figura principal de los rituales de la siembra, de la recolecci�n del man�, de la cacer�a, del 20 de julio, del d�a de San Rafael, patrono de la tribu, de la resurrecci�n y de la navidad. Toda actividad social tiene su rafue (palabra), que constituye la condici�n para que se d� su correcta ejecuci�n; como la ceremonia del mambeadero, que se realiza en la parte central de la maloca, en la cual diariamente se ingieren en forma ritual las plantas sagradas de coca y tabaco.

El sistema econ�mico de los huitotos se fundamenta en la agricultura, la recolecci�n de ciertos alimentos y la pesca, en la que participan los ni�os y las mujeres, y en donde se emplean arpones, anzuelos, machetes o trampas; en determinadas �pocas del a�o se organizan pescas colectivas que consisten en envenenar el agua con una planta especial y as� capturar decenas de peces. La caza es otra forma de conseguir alimento y es llevada a cabo por los hombres de la tribu. Antiguamente se utilizaba la cerbatana, la lanza y otras armas blancas para cazar, pero en la actualidad se usa cada vez m�s la escopeta. El cazador es apoyado generalmente por perros y durante la noche utiliza linternas; las presas preferidas son los puercos, los venados y peque�os mam�feros como el borugo y la guara. Entre las aves se obtienen loros, tucanes y guacamayas.

En los alrededores de las casas se cultivan �rboles frutales y yuca brava y dulce, que se transforma en "casabe" y se consume en forma de bebida ritual o dom�stica. Tambi�n se siembra aj�, aguacate, man�, caimo, umar� y en ocasiones ma�z, que se utiliza para alimentar a las gallinas y otros animales dom�sticos; con algunas fibras de los �rboles se fabrican hamacas y se tejen canastos. La mujer se encarga de la siembra y la cosecha de los productos, con excepci�n de la coca (jibiy�), el tabaco y otras plantas psicotr�picas, que son sembradas y recogidas por los varones.

La hoja que hace hablar

"En la noche, cuando la sombra borra las distancias, cuando todos los mundos se hacen presentes, los abuelos Huitotos recorren los caminos de los sue�os despiertos usando las plantas de poder".
Fernando Urbina Rangel, Amazon�a, naturaleza y cultura.

La coca se pila y se tuesta en ollas de barro o canecas de metal; el polvo cernido se mezcla con ceniza de yarumo u hoja de uva de monte, el resultado se mambea y se disuelve paulatinamente, formando abultadas pelotas en las dos mejillas. Todo hombre posee su recipiente de coca y lo intercambia con sus interlocutores en el momento del ritual; por su parte, el tabaco se consume en forma semil�quida (ambil); los adultos acostumbran a llevar ambil en un peque�o frasquito que se ofrece en las reuniones.

Vender y comprar coca o tabaco es profanar un rito sagrado para los huitotos. Talar �rboles y cazar animales indiscriminadamente, tomar m�s de lo necesario o hacerlo sin tener en cuenta que se debe preservar, es afectar a la madre naturaleza, aquella que nos da la vida y nos brinda lo necesario para vivir. Un Murui Muinane no desperdicia, trabaja, utiliza y agradece todo lo que tiene.

"La coca y el tabaco constituyen para los huitotos el soporte material del ritual, actividad que fundamenta y da sentido a su comportamiento tanto extraordinario como cotidiano. La necesidad de utilizar elementos intermediarios entre el hombre y los poderes que lo trascienden se llena con la coca y el tabaco. Las plantas rituales le abren un mundo en el cual casi todo es posible". Fernando Urbina Rangel.

Tomado de la Revista Agenda Cultural No149, julio de 2003

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Encuentro con los hijos de la coca

KA+ MAK+ f+go omo+ biya be n o m o ka+ rafue onoit+omo+", no es un jerogl�fico ni un error de imprenta. La inscripci�n corresponde a la bienvenida que los Uitotos hijos de la coca, el tabaco y la yuca dulce dan en su lengua a quienes los visitan. Quiere decir: "bien venido a este lugar en donde conocer� las manifestaciones culturales de la etnia Uitoto": Esta comunidad, descendiente de los ind�genas que padecieron los abusos de la bonanza cauchera en 1930, es una de las pioneras del etnoturismo en Colombia. En 2000, el conflicto armado oblig� a que muchos de ellos se desplazaran desde el Amazonas y se ubicaran en Villavicencio. Uno de ellos, Santiago Clodualdo Kuetgaje, se ingeni� en octubre de 2005 el Centro etnotur�stico Maguar�.

Desde entonces 17.758 adultos, estudiantes de primaria, bachillerato y de universidades del pa�s han visitado el centro etnotur�stico, adem�s de 175 extranjeros. Maguar� era el medio de comunicaci�n milenario que los Uitotos utilizaban para dar a conocer las novedades en su tribu. "Maguor� es un sue�o que naci� en la memoria de nuestros antepasados, para asegurar la conservaci�n de la cultura, del medio ambiente y garantizar la econom�a de las familias emprendedoras", dijo Kuetgaje.

Ubicado a 5 kil�metros de Villavicencio y 86 de Bogot�, en la vereda La Potaya, este centro etnotur�stico permite que sus visitantes interact�en con las costumbres de una etnia que tiene 6.700 nativos distribuidos en el sur del pa�s. All�, los ind�genas narran sus mitos, danzan, comparten su gastronom�a y exponen las vestimentas y herramientas aut�ctonas. En la noche, despu�s de un ritual de fortalecimiento espiritual, los turistas pueden hospedarse en el Maloca, una casa comunitaria ancestral construida por los ind�genas con capacidad para albergar 50 personas.

En el caso de Maguar�, etno y ecoturismo se integran en un recorrido ecol�gico en el que gu�as ind�genas exponen algunos de los conocimientos sobre la naturaleza heredados de sus ancestros. Pero para aquellos que quieren conocer a fondo la cosmovisi�n Uitoto el plan Vena Verde, Vena Vida, les permite internarse selva adentro. Desde la Chorrera, Amazonas, los turistas viajan en bote hasta la Comunidad ind�gena Santa Rosa, interact�an con la fauna nocturna, conocen las calzadas de piedra, rituales ind�genas y paisajes ex�ticos.

Seg�n Santiago Kuetgaje, el Centro etnotur�stico Maguar�, adem�s de promover autosostenimiento para 28 familias uitotas, pretende "rescatar, fortalecer y preservar la cultura y tradiciones de la poblaci�n ind�gena como riqueza del patrimonio cultural colombiano".

Tomado de la Revista Semana No.1346, 18 de febrero de 2008

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Los Hijos del tabaco y las hijas de la yuca dulce

por Sandra Preciado

Cada domingo, el plan es agolparse en lo que llaman, eufem�sticamente la pista del aeropuerto, para recibir las noticias y las provisiones que trae el avi�n de Satena. El bimotor es lo �nico que conecta al corregimiento de La Chorrera, en medio de la selva amaz�nica, con el mundo exterior. All�, a 15 d�as en lancha desde Leticia y a cuatro horas en avi�n desde Bogot�, habitan unas 3.300 personas, casi todas ind�genas.

Ocho d�as de selva y cambiar el TransMilenio por un peque-peque (lancha de madera con un motor que anda a 14 km por hora) no son f�ciles. Es el reino de la fari�a (harina de yuca brava), el casabe (una arepa tambi�n de yuca), la malanga (casi una papa), la danta y el jugo de canangucho, que es una bebida de almid�n de yuca que consumen los 56 pueblos ind�genas de la regi�n.

"La Chorrera se llama as� en honor al chorro donde aparece el dios Juma. Ah� est�n nuestros antepasados. Aqu� se re�nen los pueblos uitoto, okaina, bora y m�inane, cada uno con su propia lengua y costumbres", cuenta Luis Beltr�n, vicefiscal del corregimiento y nuestro gu�a.

En La Chorrera uno se contagia de la magia del r�o Igara Paran�, con sus rocas gigantes y su hermosa playa de arena blanca en el medio. Seg�n el mito, la playa es una maloca al rev�s que en estas noches de verano le hace el amor a la luna. Ella se entrega roja y redonda hasta el amanecer y se convierte en la �nica fuente de luz.

"En este r�o viven los salados y los bufeos, que son delfines rosados y negros, estos �ltimos de muy mal genio", cuenta Beltr�n.

Jos� Eustasio Rivera, en La vor�gine, narr� las crueldades cometidas con los ind�genas por los explotadores del caucho. El lugar de la ignominia fue la Casa Arana, declarada este a�o patrimonio cultural de la Naci�n.

Las comunidades m�s lejanas est�n a varios d�as del corregimiento. En ellas se vive de la caza, la pesca y de la yuca, el pl�tano, el arroz, las hierbas y la coca, que cultivan las mujeres en la chagra.

"Dentro de los pueblos hay clanes, nombrados seg�n su alianza espiritual. As�, el pueblo bora tiene alianza con la garza y el m�inane, con el murci�lago. Por eso, cada uno tiene lengua y creencias diferentes", explica Bertr�n, mientras me ofrece ambil, una mezcla de coca y tabaco conjurado por los caciques.

"Los hombres somos hijos del tabaco y de la coca, y las mujeres, de la yuca dulce. Los hombres mambeamos (masticar coca macerada) para asimilar conocimiento, orientar y pedir protecci�n para nuestras mujeres", dice Jimmy Adolfo, del clan Amanecer del Venado, a donde llegamos tras 14 horas por el r�o, con un sol inclemente.

En las comunidades se mezclan: las boras se casan con uitotos; los m�inanes con okai-nas; por eso, se van perdiendo la lengua y sus costumbres,  Para entenderse, hablan espa�ol o alguna de sus otras lenguas. "Para m�, la cultura uito no tiene diferencia con la bora o la okaina. Los mitos y  el origen son iguales. De pronto, el casabe es m�s seco para  los uitoto que para los bora", explica Matilde, una uitota casada con un bora, que nos bri� su casa para descansar, comer caimo (fruta) y ba�arnos en su chorro de agua del r�o. Matilde tiene ocho hijos, se levanta todos los d�as a hacer casabe. Piensa que la mujer debe apoyar al hombre y mantener la unidad familiar. Mientras m�s hijos tenga una mujer, es m�s importante.

Maloca, el centro del universo

A estas alturas, el ba�o y el papel higi�nico ya eran un lujo; dorm�amos en chinchorro o en el piso, en casas que est�n alrededor de la maloca, que es el centro del saber y el punto de encuentro de los hombres con la naturaleza y con las fuerzas que mueven ) su mundo. "Es nuestra madre, donde se cura, se cocina, se mambea y se medita para entender a la comunidad", dice Marfilio.

All�, a pesar de los esfuerzos de los sabedores por mantener su cultura, los ind�genas bailan sus danzas tradicionales con botas, tenis e incluso con la camiseta del reggaetonero Daddy Yankee. Descubrimos que los ni�os no hablan ninguna lengua ni entienden los bailes. "A mis nietos les da risa cuando uno habla el idioma. Ya se perdi� la lengua, ya no existe. Me da tristeza ver c�mo desaparece el idioma de mis papas", dice Margarita, uitota de 60 a�os, que aprendi� de ni�a cinco lenguas, incluido el espa�ol.

Los ni�os quieren llegar a ser profesor, m�dico, abogado, monja, cura y piloto, pero ninguno quiere ser cacique.

Sin embargo, trabajan para conservar su cultura. Como observa la uitota Gloria Rem�: "Para que en 20 a�os no existan edificios aqu� debemos ser fuertes y valorar lo que es de nosotros: la selva".

Tomado del peri�dico El Tiempo, 23 de septiembre de 2009