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Cumbre en el corazón del mundo

Hace pocos meses un grupo de mamos o líderes espirituales de los pueblos kogui de la parte más alta de la Sierra Nevada de Santa Marta discutieron la posibilidad de acabar con el mundo. La desesperada reflexión se dio cuando empezaron a recibir los embates de una guerra desconocida para ellos.

Para koguis, wiwas, arhuacos y kankuamos, las cuatro etnias que viven en la Sierra Nevada, su territorio es el corazón del mundo. Desde allí se podría dar paso a una nueva creación donde se recuperaría el orden de todas las cosas. Sin la guerra que los asedia.

Estos pueblos milenarios,en especial los kogui, que lograron sobrevivir hace 500 años a la sangrienta conquista, que evadieron con éxito la evangelización que puso en riesgo sus tradiciones y creencias, que se perpetuaron a pesar de los cientos de colonos que ocuparon sus tierras y que han logrado mantenerse auténticos pese a las tentaciones del capitalismo, habían llegado quizás a una de sus más grandes encrucijadas.

En sus lenguas el mensaje que quieren que se transmita es el mismo. En ikn, el dialecto de los arhuacos: yuga seimaque chounan achucua. En dmana, el de los wiwas: dugan yinu nabinyi kangama wama knananca. En kogian: jeñi nañi znkabeta. Lo que en castellano traduce como: "Hermanitos menores. respeten nuestro territorio ". ¿Quiénes son los hermanitos menores? Aquellos a los que no les dieron la sabiduría, que no les enseñaron más allá de lo material. En otras palabras, los que no son de sus pueblos. Y más los que utiliza Nuanase, el jefe de lo negativo, para oprimirlos.

La reunión fue convocada por la Organización Indígena GonawinduaTayrona que es la que mayor cobertura administrativa tiene sobre los más de 50.000 indígenas que viven en esta zona. La cita fue en Pueblo Nuevo, un caserío perdido a 1.100 metros sobre el nivel del mar, en uno de los cientos de imponentes valles de la agreste topografía de la Sierra, que pertenece a la cuenca de los ríos San Miguel y Garavito, donde habita la mayor población kogui.

Luego comienza el ascenso a pie. El murmullo, a veces, y el estruendo, en otras, de cientos de quebradas y ríos acompañan todo el trayecto. Los caminos empedrados que en algunos tramos han construido los indígenas parecen ríos secos que se abren paso entre la manigua. La exuberante vegetación, la variedad de sonidos y la presencia de la majestuosa cadena de montañas de la Sierra hacen difícil imaginar que en tan inhóspita región vivan tantas personas.

En medio de tres de estos cerros, Nanú, Mamalúa y Goltué, están los poblados koguis de Buncanane Yaca (que es el nombre indígena de Pueblo Viejo) y con una cerca como lindero, Nuviyaca, donde un centenar de casas circulares con techo en pasto seco y paredes en bahareque yacen adormecidas allí donde ni siquiera la vanidad ha llegado.

La mayor parte del tiempo permanecen cerradas y sólo las usan cuando se convoca a todo el pueblo, pues los indígenas tienen otras casas en el campo. De sus oscuros interiores salen los kogui, con vestidos tejidos que alguna vez fueron blancos, y su cabello enmarañado.

Sus mujeres lucen frondosos collares rojos y se dedican al cuidado de la decena de niños que por tradición deben parir, a la preparación de los alimentos en los fogones que están en el centro de sus casas, a tejer y a recoger la coca que sus esposos mascan todo el día, revuelta con la cal que extraen de conchas del mar.

Esta última es quizás a simple vista la característica que une a estos cuatro pueblos indígenas. Se les conoce también como la comunidad del poporo, pues todos ellos utilizan este singular recipiente para preparar la mezcla que dicen, les da más energía. Este recipiente simboliza la relación sexual y se les entrega a los hombres en la pubertad, cuando conocen mujer.

En el centro del poblado esta el nujue, que es el lugar donde los hombres se reúnen cada noche. Con un diámetro de 15 metros, una altura similar y sus paredes en un cuidadoso trenzado de fibras vegetales, allí será el sitio de la Cumbre.

En medio de una decena de asentamientos, Pueblo Nuevo es el más importante no sólo por su tamaño, sino porque simboliza la estrategia de los indígenas de consolidar su territorio.

Hace poco más de una década el lugar lo habitaban colonos de Dibullá, el municipio guajiro al que pertenece esta región. Sus construcciones eran tradicionales, en ladrillo y cemento. Tenía calles y plazas, pero los in ígenas fueron comprando las propiedades hasta quedarse con todo el pueblo. Lo destruyeron a hicieron uno de acuerdo con sus costumbres.  De esa época hoy sólo quedan en pie el puesto de salud, la antigua cooperativa, y el internado de las religiosas católicas de la congregación de las Hermanas Laura, que les dan educación básica a 250 niños de la zona respetando sus tradiciones.

La consolidación territorial es el más importante proyecto por el que luchan los pueblos de la Sierra. El propósito de ellos es recuperar su territorio tal cual era su realidad ancestral. Y aunque suena descabellado, han tenido importantes resultados No sólo han comprado miles de hectáreas a colonos y campesinos, sino que además han conseguido que el gobierno les amplíe los límites de sus resguardos tanto, que sus tierras ya llegan hasta el mar, con lo que han dejado de ser una comunidad marginal y pequeña en to alto de una montaña.

Apartes tomados de la Revista Semana No.1231,2005