ETNIAS ETNIAS

Colombia

Etnias (Indigenas, inmigraciones)

Figura Humana

Etnias: Wayúu

Recuento

Wayuus 
Motilones 
Ingas 
Koguis 
NukakMakú 
Waunanas

 


Cultura Wayuu colombiana
Historias de arena y rocas; del viento y el agua

El gran desierto de la Guajira, en donde el viento es el rey, es un espacio brillante como el oro y el sol, un lugar de meditación y retiro en donde se guardan muchas historias, cuyo único testigo es la tierra, que ha ido cambiando con el paso del tiempo. Éste es el lugar en donde habita el grupo de indígenas colombianos Wuayúu, quienes nunca lo llaman desierto. Dicen que es una tierra abandonada o solitaria, pero que es la mama, la madre de todos los seres, el centro de la existencia, en quien viven y para quien viven. A ella le piden consejos, sueños y ayuda para escoger mujer, entre otras cosas.

De leyes y ritos

Como toda comunidad, los indígenas también necesitan regirse y cumplir con algunas leyes. En el caso de los wuayúu, éstas son muy estrictas; desde su esclavitud, las heridas, la herencia, el robo y hasta la muerte, son reglamentadas y exigidas por toda su sociedad. Hay casos extremos como la ley de parentesco, que consiste en que solamente los hermanos de las madres pueden considerarse tíos; o la ley por un mal consejo que se da cuando se consulta sobre una decisión a alguien y ocurre algo malo, en ese caso el consejero tiene que pagar por el daño y lo hace en ocasiones con la muerte.

La muerte para esta comunidad es uno de los hechos más importantes; ellos creen firmemente en la muerte de la materia, del cuerpo, mas no del alma, por ello la asumen simplemente como una ausencia física terrenal, pero no de total desaparición. El velorio es para los Wuayúu una de las ocasiones más importantes de la vida del hombre, allí la religión se manifiesta en una de sus mejores formas y los ritos son la mejor manera de darle al difunto una honorable y bella despedida. En algunos casos éste consiste en que al muerto se le hace caminar, dándole toques con una hierba medicinal llamada pringamosa. Todo ello para que el asesino, de haberlo, se sienta impaciente, sea invadido por los malos pensamientos y como consecuencia de ello encuentre la muerte. Después de esto el cuerpo del fallecido debe ser enterrado.

La manifestación cultural que más destacan es el baile de la cabrita, una fiesta nocturna que se hace en un lugar amplio en donde pueden correr a sus anchas, esta celebración es muy parecida a un carnaval: Los hombres y las mujeres se visten de tal forma que imitan animales y objetos. Sin ponerse caretas las mujeres comienzan un juego de forcejeo que es el propósito del baile. Otra característica de esta festividad es que todos los integrantes de la tribu intercambian regalos con tal sentimiento que algunas veces lloran. Esta celebración se hace para pedir la lluvia y para agradecer por la misma.

Los Wuayúu son una cultura, unida y organizada, pero que a pesar de todo no ha podido consolidarse o conseguir algunas soluciones claves a sus problemas. Una de sus dificultades más grandes era la carencia de vivienda y asistencia técnica agropecuaria, también la falta de agua por lo que ocupan un territorio desértico. En el año 1993 se emprendieron varios proyectos que ayudaron a la construcción de lo que es hoy en día una hermosa aldea rodeada de pequeños tanques de agua y viviendas que evidencian cada vez más el progreso. Con sus resultados han logrado hacer alianzas y formar pequeñas empresas para la elaboración de cotizas, franjas, chinchorros, vasijas artesanales y otras asociaciones que se han encargado de la producción agrícola.

Los Wuayúu son una de las pocas comunidades indígenas que han podido sobrevivir a muchas de las calamidades que afectan a las etnias de nuestro país actualmente. En este momento luchan por seguir con sus proyectos de agricultura y comercialización de tejidos y día tras día buscan la forma de seguir creciendo y conservando su cultura. -

Tomado de la Revista Agenda Cultural No.148, junio de 2003

horizontal rule


 

EL SUDOR WAYUU

Por Fernando Cárdenas

Todos los días, unos hombres sacan bultos de sal en las piscinas naturales de Manaure, Una tradición guajira que perdura en el tiempo y que se niega a morir,

Rostros cobrizos tapados por mantas, árboles espinosos (trupillos) en el horizonte y un suelo áspero y seco simulan una fotografía de la sabana africana. No más salir en colectivo desde Riohacha, la capital guajira con todos los ingredientes de una ciudad colombiana, esa carretera muestra un paisaje muy alejado de la espesura selvática de Chocó, de Caquetá o de Amazonas. Ni hablar de las discrepancias con las altas zonas andinas, incluidas Bogotá y Pasto, o de las regiones templadas, donde Medellín es el caso a relucir.

Todo es diferente. Luego de una hora de vallenato a todo volumen y la confesión de un conductor acordeonero, se llega a un cruce en medio del desierto, apodado Tres Esquinas. A la derecha se va a Uribia, el epicentro urbano de los wayúu, con una calle repleta de tiendas callejeras estilo mercado árabe, y donde queda el afamado internado femenino de esta etnia. Al centro, se visualiza una carretera destapada que conduce a las profundidades de esta península, hacia Nazareth o el Cabo de la Vela.

Pero a la izquierda, hacia el mar Caribe, ese camino africano y amarillo acompañado de rancherías conduce a Manaure, una ciudad con 40.000 habitantes -la cifra toma en cuenta a los que viven en los alrededores- dedicados a la pesca de la sierra, la langosta o el pargo; de repente, al comercio, aunque, siempre, a picar los terrones de sal.

Afirman los libros oficiales que cerca de 4.200 familias sudan trabajando en las 4.200 hectáreas del mineral. Desde antes del arribo de las carabelas de Colón, cuando los wayúu cambiaban la sal de sus piscinas o las ostras del océano por el oro de la Sierra Nevada de Santa Marta. Lo hacían y lo hacen en un idioma extraño (wayuunaiki), aunque ahora el español también sirve para comunicarse y realizar el trueque con los turistas o alijunas.

De esta forma, se puede alquilar en plena ciudad una camioneta 4X4 Grand Cherokee (de propiedad de un wayúu citadino) para conocer en menos de un día la zona donde comienzan las charcas de sal de Manaure, allá por el resguardo indígena de Musichi. El lugar es propiedad del cacique Néstor Rosado, quien vive tranquilo con varias mujeres y que, en estos momentos, está acostado en su chinchorro o hamaca. Los chivos retozan con sus niños en pleno desierto, y las mujeres tienen pintada la cara con una pasta hecha de hongos y frutos de árboles. Algunas trabajan con telas y otras revuelven una olla al fuego con olor a mazamorra. Todas llevan vestidos largos de colores y adornos dorados.

El conductor se tiene que bajar primero y saludar para que el cacique reciba con amabilidad a unos extraños. Y cuenta un secreto: si en un rancho salen a recibir al foráneo los niños del lugar o la mujer, no el patrón, es sinónimo de que no eres bienvenido. Esta vez ocurre lo contrario y el patrón del clan Rosado ofrece una taza de tinto indígena, calentado a leña. No hay problema con el agua, pues el rancho goza de un lujo escaso: una planta de agua potable, levantada al lado de su ramada, en compensación por el uso de las primeras charcas para la explotación del mineral. En cierto momento, apunta hacia el cielo y dice que a esa hora, ya avanzada la tarde, en la orilla del Caribe se pueden divisar garzas, patos, flamencos y pelícanos, muy cerca de la orilla, justo donde otros wayúus se dedican a la pesca.

Además de esta postal de manglar costero, la camioneta pasa por las primeras hectáreas de las salinas. Aquí no hay wayúus con palas y picas, como se ve en las charcas a un costado de Manaure. Hay retroexcavadoras privadas que se demoran en limpiar una piscina dos meses menos de lo que puede hacer una familia completa. Pero eso no importa, pues por ley el mineral les pertenece a los wayúus, y el Estado (representado por la Concesión Salinas), tiene la obligación de comprar los montones de sal que se agolpan a las orillas de las piletas blancas. Al mediodía, cuando los trabajadores descansan o almuerzan, llegan los camiones y se llevan la sal al costado norte de la ciudad, donde queda la refinadora. A lo lejos, y con el mar de fondo, se ve un monte blanco desde donde salen otros camiones a surtir el mercado nacional, y a veces el venezolano: una sal oscura para animales, y otra brillante y refinada para aliñar las mesas de todo el país.

Los misterios guajiros

Para los mineros, el día comienza a las cinco de la mañana. El sol todavía no se aparece. Pero el cielo está despejado y es un buen augurio. Mientras más duro pegue en el suelo, más rápido se evaporará el agua y más grandes serán los terrones que se puedan sacar.

Por las calles de Manaure desfilan familias completas camino a los pozos que han arrendado por unos meses. La idea es ganar algo de dinero por cada bulto de sal que regale la tierra. Los días lluviosos son fatales, pues las rocas se esconden entre el lodazal. "El agua se come la sal", advierte uno de los obreros. Pero hoy es un día despejado. Buen síntoma. Antes de empezar la faena, antes de que el termómetro marque más de 35 grados, los trabajadores (mujeres y niños incluidos), pasan por el mercado de la ciudad y desayunan chivo, pescado frito o un guiso de tortuga. Una buena dosis de proteína para aguantar una jornada que dura hasta las cinco o seis de la tarde. "Mientras la bola de fuego dé candela", asegura otro de los trabajadores.

Los grupos de trabajo se toman su pedazo de las charcas (un cuadro) y sacan la sal por varios días. Si se divide una piscina de sal, propiedad de varios clanes wayúu, cada cuadro mide 10 metros por 10 metros y alcanza a dar alrededor de 500 sacos de sal, que les permiten a los obreros ganar unos 10.000 pesos diarios. Por algo, en las calles principales de Manaure proliferan los billares y casas de citas. Es una costumbre mundial que se repite en los pueblos cercanos a los minerales.

Ya pasado el mediodía, retornan a Manaure, arriba, y almuerzan en sus casas o rancherías. Se recuperan del sol, pues en la tarde toca cargar los montículos en los camiones que van directo a la fábrica a cielo abierto. Jorge Meza, operador de la mina, explica que todo este proceso se inicia mucho antes, en la temporada de lluvias, cuando las motobombas trasladan el agua marina a las primeras piscinas y esperan a que el sol y la brisa hagan su trabajo. Los obreros que están cansados se transportan en triciclos por 200 pesos para trabajar en la tarde en las minas.

Suena una radio a pila y un trabajador wayúu corea un vallenato: "No sé por qué la Guajira se mete hacia el mar así; como si pelear quisiera, como engreída, como altanera...".

Mientras esto ocurre, la rectora de la escuela de la ciudad explica por qué las costumbres de la cultura wayúu se han mantenido intactas, incluso después de que los misioneros capuchi nos fundaran San Agustín de Manaure en 1723. 0 desde antes, cuando el cronista español Juan de Castellanos reseñó, en 1559, que los nativos que vivían en los alrededores del Cabo de la Vela eran "dados al desafío, diestros y animosos en la pelea".

"Los wayúu siempre han sido negociantes y luchadores; primero compraron armas a los ingleses, luego trataron con la Iglesia y la evangelización; y ahora lo hacen con la sal. Este espíritu es lo que los mantiene vivos", explica sin necesidad de dar su nombre.

Por eso, aclara que en su escuela se intenta fomentar tradiciones propias como el encierro, cuando las jovencitas wayúu pasan a edad adulta y se les enseñan sus labores cotidianas y conyugales antes de que un hombre las compre a manera de trueque. "Eso ayuda a mantener la cultura", agrega.

Los ritos continúan. Lo bueno de esta historia es que Manaure y sus minas de sal son tan sólo el principio de un viaje por esta península desconocida. Hacia el norte guajiro, por un camino destapado, que no sirve en las temporadas de lluvias, siguen otros misterios de una región que se niega a morir o a acomodarse a las costumbres más citadinas del mundo.

Tomado de la Revista Verus No. 02, 2005