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LOS JUDÍOS

 
A ColArte
 


Pese a las adversidades con las que llegaron, a su paso han transformado y modernizado los lugares en los que se asentaron.
Son influyentes en la industria y el comercio del país. 

Por AZRIEL BIBLIOWICZ
Profesor, Universidad Nacional de Colombia

Se sabe que los judíos de las Antillas, especialmente de Curazao, apoyaron económicamente la gesta libertadora de Simón Bolívar y entre ellos se destacan Abraham de Meza y Mordechai Ricardo. Por ello, en 1819, el gobierno les entregó a "los miembros de la nación hebrea" el derecho de radicarse en el país, así como la garantía de su libertad religiosa y los mismos derechos políticos del resto de los ciudadanos. Sin embargo, estos derechos se confirieron con restricciones y básicamente a estos judíos sefardíes  se les permitiría residir únicamente en la costa del Caribe.

Es importante señalar que el desarrollo y la importancia de Barranquilla en el ámbito nacional está directamente ligado y se debe a las inmigraciones que recibió durante el siglo XIX.

El importante libro de Adelaida SourdÍs Nájera titulado El Registro Oculto: los sefardies del Caribe en la formación de la nación colombiana 1813-1886, documenta el papel que vino a desempeñar la comunidad judía sefardí en el desarrollo de esta ciudad caribeña.

El estudio Árabes y judíos en el de sarrollo del Caribe colombiano, 1850-1950, realizado por Louise Fawcett y Eduardo Posada Carbó analiza cómo la llegada de diferentes grupos de inmigrantes transformó la ciudad y la convirtió en la urbe más cosmopolita de Colombia.

Entre el grupo de familias sefardíes se destacan los apellidos Sénior, Salas, Álvarez Correa, Cortissoz, De Sola, López-Penha, Sourdís, Juliao, Salzedo y Heilbron, por mencionar algunos.

A pesar del desarrollo y el impacto que generó esta comunidad judía en Barranquilla. no ayudó a que la actitud del gobierno colombiano fuera más tolerante y benévola hacia la nueva ola inmigratoria que vendría de Europa oriental huyendo de la depresión y del holocausto.

Durante las décadas de los 30 y 40, los judíos de Europa Oriental que intentaron venir a Colombia huyendo de la Segunda Guerra Mundial se toparon con una serie de dificultades legales Los que arribaron provenían ante todo de Polonia, Rusia y Rumania; otros, de Siria, Egipto y Turquía.

En la preguerra surgió un tráfico de visas, resultado de las prohibiciones que se establecieron en torno a la inmigración. Los que llegaron a Colombia durante la década de los 20 y 30, ante el peligro que corrían sus familiares en Europa, hicieron lo imposible por traerlos legalmente. Pero el gobierno colombiano los obligaba a depositar en el Banco de la República la elevada suma de 1.000 pesos sólo para empezar las diligencias legales (en otras palabras, unos 11.000 dólares de hoy día), lo que hacía difícil y onerosa la traída de cualquier pariente al país.

El ministro de Relaciones Exteriores del presidente Eduardo Santos, Luis López de Mesa, quien gozaba de una curiosa fama de `sabio, fue el artífice de esta visión discriminatoria. Era claro que el gobierno de Santos consideraba inconveniente la inmigración de judíos. Las absurdas teorías racistas de López de Mesa lo llevaron a emitir una circular prohibiendo a las embajadas de Colombia que visaran judíos para venir al país.

Aun cuando existió un antisemitismo oficial que dificultó su entrada y por más que los decretos prohibieran la entrada de judíos o que llegaran con papeles falsos, no se registraron denuncias, devoluciones o extradiciones de quienes consiguieron ingresar al territorio nacional.

Ahora bien, estos judíos, a pesar de las condiciones precarias en las que llegaron, dejaron una gran huella sobre la realidad colombiana. Ayudaron a transformar y a modernizar aquellas ciudades en las que se asentaron en Colombia. Fabricaron lo que el presidente Alberto Lleras Camargo calificó en un artículo que escribió, a propósito del libro de crónicas de la época Yo vi crecer un país de Simón Guberek, como: "Una humilde revolución ". En palabras de Alberto Lleras Camargo:

"Inventaron el crédito a personas que siempre se juzgaron insolventes.. Después de colocarlos artículo.; establecían una tabla mínima de pagos semanales, 50 centavos, un peso, y volvían cada domingo (jamás el sábado sagrado, a pesar de ser día de pagos) a recaudar su crédito de confianza a esos millares de personas humildes, artesanos, empleados domésticos, obreros no calificados, por todos los barrios pobres. Y no sólo en ellos sino buscando en la capa más pobre de la burguesía su clientela. Y vistiéndola, y cambiando poco a poco la faz de una nación de campesinos en algo mejor, menos pintoresco, más uniforme, pero también más igualitario".

Es evidente que los cambios que generaron no pasaron inadvertidos entre la burguesía bogotana y no dejaron de existir personas que vieron esta inmigración como amenaza y provocación a las buenas costumbres y la tradición cristiana.

En 1946, se vivieron instantes preocupantes: el Partido Conservador colombiano, encabezado por Laureano Gómez y Gilberto Alzate Avendaño, quienes simpatizaron con el nazismo y con el fascismo español, incitaron a sus seguidores a que apedrearan el comercio judío, localizado sobre la carrera séptima. A pesar de los sustos y las dificultades, el incidente no pasó a mayores.

El mundo de estos inmigrantes, los miedos que tuvieron que vivir en los primeros años y la realidad que encontraron están retratados en la obra literaria de uno de los judíos de esta inmigración, Salomón Brainski, quien escribió uno de los primeros libros de literatura urbana de Colombia Gente de la noria:: cuentos bogotanos, de 1945.

Entre 1945 y 1950 sólo 350 judíos entraron a Colombia. Durante las décadas del 50 y el 60 la inmigración a Colombia de judíos se redujo aun más y estuvo compuesta básicamente por personas que se salvaron del holocausto.

Es difícil establecer cuál es el tamaño actual de la comunidad judía, pero se puede afirmar sin duda que es diminuta frente al impacto social y económico que han tenido en la vida nacional. Se calcula aproximadamente que hay unos 7.000 ciudadanos judíos colombianos en todo el territorio nacional.

Resulta indiscutible que, en cuanto a comunidad, la judería ha aportado al desarrollo nacional en múltiples campos y que han ayudado a impulsar el comercio, la industria, las artes, la medicina y la ciencia en el país.

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LOS JUDÍOS EN LA INQUISICIÓN

Fue evidente la presencia judía durante el siglo XVII, como lo demuestran las actas de la Inquisición de Cartagena; pues hubo una pequeña comunidad de cripto-judíos o portugueses y se considera que tuvieron un rabino, don Blas de Paz Pinto, quien murió torturado por la inquisición acusado de ser "capataz de los judíos". Todo parece indicar que su casa funcionó como sinagoga y que fue el sitio donde se reunía y rezaba esta pequeñísima comunidad. Evidentemente fue perseguida y debió ser económicamente próspera según las expropiaciones que padecieron, según las actas de la Inquisición.

Dicha comunidad desapareció ante los padecimientos y acosos, pero dejó sentado un precedente claro: la presencia judía no sería oficialmente bienvenida en Colombia.

Su presencia en los siglos XVII y XVIII fue esporádica y mínima, sin embargo, dejaron testimonio de su paso por ciertas regiones, como lo asevera Daniel Mesa Bernal en su libro De los judíos en la historia de Colombia. Este autor también analiza la hipótesis del origen judío de los antioqueños, y sostiene que hay fundamento para dicha aseveración.

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RETRATOS DE LA GUERRA

El hallazgo de una fotografía fechada en 1938, que documentaba la salida de Alemania de Ruth y Heinz Rosenberg, los abuelos políticos de la artista Erika Diettes, hizo que ella pensara en acercarse con su cámara a las víctimas del régimen nazi. Antes de ese día, Diettes nunca había contemplado la idea de que en Colombia se habían refugiado sobrevivientes. Dos semanas después, ya tenía enfrente eI primero de una lista de 30 que llegaron a nuestro país huyendo del exterminio.

En el meteórico período de ocho meses, Diettes fotografió a estos supervientes, que habían estado en campos de trabajo, de concentración, de exterminio (incluido Auschwitz) o que habían sufrido la guerra al ser separados de sus familias, que se habían escondido durante meses para no ser asesinadas o trabajado duramente sólo para recibir la paga de un pan al día. El resultado de este esfuerzo es la exposición Silencios, de la que también fue publicado un libro, que se exhibe en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Las fotos, algunas de las cuales ilustran estas páginas, son retratos que dejan ver las cicatrices del dolor, imágenes de los objetos que cada víctima pudo salvar de la guerra (la mayoría, fotografías de sus seres queridos), mensajes en los que se lee: "(...) que no vengan guerras, futuras, para evitar, todas, esas horribles matanzas (...)" sic.

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HERIDAS DE GUERRA

Rosi Liffmann le tiene pánico al sonido de las botas cuando los militares corren. Creció en Angermünde, Alemania Democrática, cerca a Berlín, y cree haber nacido en 1929. Desde pequeña estuvo obligada a usar el brazalete amarillo que distinguía a los judíos en el país de Hitler Vivió la terrible Noche de los Cristales Rotos, donde los Nazis secuestraron a unos 20.000 judíos y acabaron con sus sinagogas, sus tiendas y almacenes. Su familia lo perdió todo y fue llevada a uno de los primeros campos de concentración en la frontera con Polonia. Allí murió su abuela. Gracias a que su mamá vendió unas joyas pudo huir a Francia en compañía de sus hermanos. De París pasaron a Marsella, donde se embarcaron a Panamá. Luego pisaron suelo colombiano. Su familia se radicó en La Habana, un corregimiento en las montañas de Buga, Valle. Allí malvivieron en una choza, donde la picaban los alacranes y comía muy poco. Asistió a una escuela rural de la zona, pero no entendía el español. La maestra del lugar se encariño con ella y le regaló sus primeros zapatos. A los 15 años reunió dos pesos y se fue, sin permiso, para Cali. Llegó al hospital infantil y se ofreció como aseadora. Luego se presentó a la primera convocatoria para la carrera de enfermería en Univalle. Pasó los exámenes y se tituló con honores un par de años después. Liffmann trabajó como enfermera jefe del Hospital universitario del Valle y fundó los primeros puestos de salud en Juanchito y Siloé. Su familia regresó a Alemania después de la guerra, ella perdió contacto. A pesar de su pasado es una mujer feliz, capaz de tomarse el pelo a sí misma, por eso cuenta esta anécdota: "Una vez un médico me preguntó muy serio, ¿de qué ha sufrido su familia? Yo le contesté, de campo de concentración".

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Las huellas de los judíos en Colombia

Una estrella de David, estampada sobre el tricolor nacional, es la portada del libro Los judíos en Colombia, que hace un recorrido por la historia de este pueblo en el país.

La idea de la publicación fue de la Casa Sefarad Israel, de España. La obra, realizada por un equipo de 11 investigadores, es editada por Alfonso Velasco Rojas, filósofo y uno de los colombianos con más experiencia en la edición de libros académicos. Aunque no es judío, Velasco Rojas vivió e hizo una maestría en Israel, sus hijos estudiaron en el Colegio Colombo-Hebreo de Bogotá y siempre ha estado en contacto con esta comunidad.

Los primeros judíos que arribaron a Colombia vinieron embarcados en las carabelas de Cristóbal Colón. Con este dato arranca el libro, que cuenta cómo ellos fueron expulsados de España por los Reyes Católicos, por razones político-religiosas. Más adelante fueron perseguidos por el Tribunal de la Santa Inquisición y algunos tuvieron que camuflar su fe para protegerse.

"El gran mensaje de esta obra tiene que ver con los valores de unidad, familia y solidaridad, que existe entre el pueblo judío", afirma Velasco Rojas, al explicar que la persecución y el dolor que han sufrido en diferentes capítulos de la historia han creado en ellos lazos indestructibles.

La migración judía más grande llegó a Colombia a partir de 1920, a propósito de los conflictos en Europa y de las guerras mundiales; sobre todo, huyendo del holocausto nazi de Adolfo Hitler.

Los judíos llegaron sin nada en sus bolsillos y empezaron a forjar sus economías con la venta, puerta a puerta, de prendas de vestir a crédito. De hecho, a ellos se los reconoce como los pioneros del sistema de  créditos en Colombia, en una época en la que todo se vendía en efectivo. Esto les generó roces con los comerciantes formales, que veían esa actividad como una "práctica indeseable". Luego, empezaron a fabricarla y a montar sus propios negocios en Bogotá, siempre contando con el respaldo económico de la comunidad judía internacional.

Su credo también los ha mantenido siempre de la mano. Muestra de ello son los colegios, las sinagogas y los cementerios judíos que existen en Bogotá, donde practican su religión. Hoy, esa comunidad está conformada por unas 5.000 personas en todo el país.

Empresas como Bavaria, Lafayette, Grasco y la cadena de hoteles Dann, entre otras, fueron creadas por judíos.

El libro también reconoce la labor de judíos que dejaron sendas huellas en Colombia. Uno de ellos es Leopoldo Koop, quien además de fundar a Bavaria, dio pie para que se gestara la industria inmobiliaria, al igual que los proyectos de vivienda de interés social.

"No sólo han ayudado a consolidar la economía del país", añade Velasco al recordar a personajes como Jorge Isaacs (autor de La María) y Juan Friede Alter (investigador histórico), que se dedicaron a promover las raíces colombianas. En este capítulo aparecen también la fallecida Fanny Mickey y figuras como Ernesto Cortizoss, quien trajo la aviación comercial a Colombia, Scadta, que dio origen a lo que es hoy Avianca, también liderada por un judío: Germán Efromovich.

Tomado del periódico El Tiempo, 19 de marzo de 2011

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