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Tolima, La Chamba

Centro de Alfareria artesanal

Recuento
 

En Negro y Rojo vivo

por Ruth Antolinez Vargas

En La Chamba, pequeño corregimiento del municipio del Guamo, se descubre la infinita riqueza artesanal alfarera del departamento del Tolima: moyos, cacerolas, vasijas, platos, pocillos, bandejas, ollas y vajillas completas constituyen sólo algunos de los elementos que conforman su rica expresión en los colores negro y rojo vivo.

Alrededor de la alfarería gira la vida cotidiana de los pobladores de La Chamba, donde se recoge la historia de sus ascendientes indígenas. En este cálido y pequeño retazo de mundo, la unidad familiar ha sido el motor de empuje que ha dado paso al importante desarrollo artesanal alcanzado. Cada uno, con su grano de arena, aporta al trabajo colectivo su tenacidad y esperanza: los niños se encargan de recoger el barro. los viejos apilan la leña, las mujeres con su ingenio y  creatividad dan la forma, y los hombres dedicados a las labores de la ganadería y la agricultura- son los encargados de prender el fuego y mantener viva la llama que cocina la satisfacción de una labor de equipo. De esta manera, adquiere vida, color y forma su tradición.

Las mujeres y los niños recurren a los elementos más simples de su entorno y los convierten en valiosos instrumentos de trabajo: para alisar la arcilla utilizan la tusa de la mazorca húmeda; pulen y cortan con trozos de totuma; acuden a las piedras de río o a las semipreciosas para brillar el barniz o engobe, y recogen el estiércol de burro para ahumar y lograr el efecto mágico del negro profundo en sus objetos.

En diferentes lugares, los alfareros recogen tres tipos de arcilla: gruesa o grasosa; arenosa o desengrasante, con la que construyen las piezas; y la fina y roja, que posee un alto contenido de óxido de hierro, se utiliza especialmente para dar el baño final y brillar. La arcilla se coloca en un costal y al secarse los niños se encargan de pulverizarla golpeándola con palos. El paso siguiente consiste en elaborar la masa, que se obtiene de mezclar esas diminutas partículas con agua hasta alcanzar el punto ideal de consistencia, y se procede a moldear. Las piezas terminadas se pintan con un engobe hecho con arcilla roja. Este barniz se aplica de manera pareja, logrando sellar la superficie y darle ese particular brillo, rojizo en oxidación, que posibilita que las piezas se negreen completamente, marcando la diferencia con la cerámica rústica. Después de treinta días de secado comienza el proceso de cocción y luego la labor de brillado, donde los artesanos realizan el juego de recorrer con piedras los utensilios en una y otra dirección.

El proceso de acabado obedece a las técnicas utilizadas por las comunidades indígenas tahona y calima. La cerámica de color rojo vivo, o rojo indio, resulta del óxido de hierro presente en la arcilla; la negra, de someter las piezas en caliente al contacto con el ácido clorhídrico que se encuentra en el estiércol. La quema que se lleva a cabo en hornos "cúpula", de origen árabe y de uso común en la alfarería de La Chamba, fue introducida por los españoles al momento de la conquista.

Uniendo el pasado y el presente en la elaboración de utensilios de uso cotidiano, el mayor valor de esta tradición tiene sus secretos en el trabajo de familia, donde se fusionan esfuerzos y puñados de arcilla para darles matices de vida y tonalidades de color a sus cálidas creaciones.

El paisaje de La Chamba está adornado por las caudalosas aguas del río Magdalena, que se mezclan y con funden con las de los ríos Luisa y Saldaña en la isla de arena clara, fina y rica en minerales, alcanzable con sólo cruzar el río. La cotidianidad en La Chamba transcurre lejana a la prisa, mas el viernes tiene un encanto especial: es el día del mercado y desde tempranas horas se observa el ir y venir de las lanchas, donde se apilan las cerámicas que son llevadas a los diferentes mercados regionales. Pero más allá del intercambio comercial, este espacio se convierte en el mejor escenario para descubrir los rostros de su gente: alegres, apacibles, cor diales y llenos de vida.

Ruth Antolinez Vargas
Tomado de la Revista Buen Vivir, No. 58, 1999