Enrique Grau Araujo

Cartagena, Bolivar

Pintores

Bodegón, Figura Humana, Figura

ENRIQUE GRAU

http://www.enriquegrau.com/index2.htm

pintor, escultor

 

Enrique Grau: Serie Las Galápagos
Apartes del texto

Por Bélgica Rodríguez

Estamos en presencia de una exposición particular. La serie de dibujos que el maestro Enrique Grau presenta hoy al público, puede considerarse como el producto de la conjunción de una experiencia existencial y una trayectoria artística. No se trata aquí de un manifiesto ecológico, como tampoco se ha tratado de un pretexto temático, el tomar el paisaje en general de las Islas Galápagos (Ecuador). Es más bien un momento culminante en la vida creadora de este artista colombiano. En términos de contemporaneidad, existe la constante tendencia de Grau hacia la imagen visionaria, que resulta del tratamiento de sus ya conocidos recursos formales, especialmente la desmesura de las formas. Estas imágenes provienen de una realidad, de un modelo, de un paisaje conocido, pero que el poder evocativo del artista ha convertido en una poética de ellas mismas. Las imágenes de Las Galápagos tienen detrás un récord científico, pero aquí se presentan ante el espectador como una forma que juega con el espíritu. Ellas son una ilusión análoga entre la realidad real y percibida por el ojo creador del artista.

Las referencias iconográficas de Grau en esta serie, están en consonancia con ciertas constataciones biológicas y poéticas. Ellas son, por lo tanto, el centro temático de la obra (tema tratado casi como mito científico), donde el acto de crear se lleva al incidente de la línea y del color, así como de una forma que llena toda la superficie del papel. Es importante la fuerza física expresada en la condición volumétrica virtual (casi escultórica.) de la forma, perfectamente perfilada por el lápiz, las sombras y el color. Cada dibujo de esta serie es en sí mismo una metáfora de la naturaleza. Para Grau la práctica del dibujo ha sido esencial en su trabajo. Si algo lo caracteriza es la fuerza de la línea y la configuración de la imagen a la que la línea valorizada carga de significado. Es precisamente el énfasis en esta línea valorizada, en la claridad en los detalles, y en el uso del color como complemento, lo que dota de cierta

Uno de los puntos plásticos a destacar es la claridad de la atmósfera que invade al dibujo. Esto se debe a la relación de las escalas. La imagen más importante está siempre en el primer plano. Ella es una gigantesca forma figurativa (iguana, cactus, tortuga, roca), recostada a un paisaje atmosférico lejano que está en el segundo plano, es lo más lejano al espectador. Este paisaje sirve de marco arquitectónico para destacar, aún más, las formas del primer plano. Entre ambos planos existe un espacio claro vacío que llena al dibujo de gran luminosidad. Un plano le sirve de marco al otro. La presencia de volúmenes casi escultóricos de las formas en primer plano, contrastan con la delicadeza del segundo. La luz que existe entre ambos hace más tranquila la transición entre uno y otro. Sin embargo hay algo de agresivo en el contraste entre la atmósfera sutil y lejana que sirve de marco y el realismo enfático de la forma figurativa que se centra en el primer plano. Estas son, a su vez, masas con atmósferas. Relaciones y contrastes tienen un carácter absolutamente plástico. El riguroso estilo naturalista, escultórico, desmesurado, demuestra cómo el artista trata la aparente volumetría en la forma bidimensional.

La permanencia de este sentimiento fue lo que condujo a Grau a la concepción de la Serie Las Galápagos. Un hermoso mar azul y cielo despejado, unas rocas volcánicas con inmensos cráteres, iguanas y tortugas gigantes, acacias y cactus de rara apariencia, ofrecen una escena ciclópea, como la llamó Darwin en su visita a este archipiélago al borde de El Beagle. Un universo que no parece pertenecer sino en la imaginación de un escritor de ciencia ficción. Grau, fuertemente impresionado, crea imágenes visuales a partir de él. Son su tema, pero también una excelente excusa para continuar con la exploración de sus propios recursos plásticos. Al extraer su inspiración y tema de este paisaje, el artista expresa la vitalidad de la naturaleza con interés científico.

Por Bélgica Rodríguez 
Curadora invitada  
T
omado del Folleto: Enrique Grau

horizontal rule

 

Grau, su historia artística

por María Cristina Pignalosa
Redactora de EL TIEMPO

El mundo de Enrique Grau, del cual participan los símbolos populares, es el centro de la exposición que inaugura hoy (4 de julio de 2002) el Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mam Bo). La crítica e historiadora de arte Ana María Lozano reunió 150 obras del gran artista cartagenero. El propósito es presentar la enorme riqueza de su trabajo, las diferentes técnicas que desarrolló a lo largo de su vida artística, así como sus dibujos de los años 50, sus esculturas y la obra gráfica.

El trabajo de Grau puede definirse como un diálogo permanente entre la visión del artista y la realidad del trópico. Por eso, esta retrospectiva tiene el nombre de Ilusión de lo real. Según Camilo Calderón, autor de un texto sobre el artista, un recurso característico de Grau es exagerar o trocar el paisaje urbano real con el objeto de darle coherencia visual al conjunto.

Encanto mágico

La búsqueda de Grau lo ha llevado por múltiples caminos y rutas que van desde la ironía al humor. El colorido y las escenas que recrea muestran un artista interesado por extender hacia el público sus percepciones y su sensibilidad.

Esta muestra viene preparándose desde hace un año. Para la curadora, el reto más grande fue ubicar las obras más importantes de Grau, en colecciones privadas y públicas, y traerlas en préstamo desde ciudades como Cartagena y Cali.

Lozano asegura que todo este trabajo se hizo en con junto con el artista. Eso le permitió conocer de cerca la forma de pensar y de crear de Grau. Los aportes del artista a la exposición se extienden al montaje de la tienda y al ciclo de cuatro películas realizadas por él, que se proyectarán en la Sala de cine Los Acevedo del museo.

Para Lozano: "Grau,  junto con Alejandro Obregón, Fernando Botero, Édgar Negret, Guillermo Wiedemann y Eduardo Ramírez Villamizar, introdujo nuevos paradigmas en la manera de hacer y de pensar el arte en Colombia. Es un artista versátil y experimentado, que no se queda con hallazgos, ni encuentros exitosos que tengan buena recepción. Todo lo contrario, siempre emprende nuevas experiencias plásticas, que son de un valor incalculable para el arte nacional".

Tomado del periódico El Tiempo, 4 de julio de 2002

horizontal rule

 

La Ilusión de lo real
Yo era totalmente virgen

Por Francisco González

Vestido de colores como para el verano y con su característica pañoleta "rouge" aparece Enrique Grau. Su respiración a veces se ahoga, pero sus palabras en un tono "granve" inmediatamente se transportan a los años 50. Quizá para evitar decir el qué pena acostumbrado, usted lleva hora y media esperándome... No da lugar a ninguna pregunta, sino que comienza a hablar.

"Yo fui de El Espectador, en los años 50, comencé allá dibujando para las páginas literarias que tenían en esa época. Yo pasaba por la sede de la avenida Jiménez, recogía las galeras, las llevaba al café Automático, dibujaba un poco, las leía y después las terminaba en mi casa. Llegaba el sábado, me pagaban un cheque, lo cobraba enseguida y pagaba las deudas de El Automático".

Automáticamente pagaba sus deudas, le atino a decir. Desparrama una carcajada y dice:" Fueron otros tiempos. Me acuerdo de Guillermo Cano que tenía más o menos mi edad, era muy joven. Y también estaban los viejos, pero todos se desenvolvían en una atmósfera tan informal, tan simpática y con un delicioso y bien logrado humor".

¿El humor por qué es tan importante en su obra?, le pregunto. "Yo creo que por lo costeño. Soy poco trascendental, aparentemente, uno goza la vida... El humor es importante en la plástica y el que sabe manejar el humor bien en el arte atrae. Pero fíjese que, por ejemplo, Botero tiene un humor antioqueño... que es distinto".

Por aquella época, Grau ilustró algunos cuentos de García Márquez. "Me acuerdo que ilustré uno de Gabo que me llamó muchísimo la atención. Creo que fue "Tubal-Caín, forja una estrella", era un personaje más bien como de la literatura babilónica, una especie de Vulcano. Por esos tiempos se le dedicaba buen espacio a la cultura. Ahora, yo me siento como perdido, añoro un poco la vieja forma de los periódicos. Ahora abusan mucho de la media página, todos vendiendo zapatos, muebles y cosas... a mí me da una pereza, yo ya ni los veo y añoro los periódicos de antes, yo los leía cuidadosamente".

El sueño como medio de expresión

Las palabras de Grau llenarían no pocas páginas. Están preñadas de anécdotas y recuerdos. Podrían viajar hasta 1920, año en que nació "por equivocación en Panamá, porque me siento muy cartagenero", y aterrizar ahora en 2002, cuando cumplirá en diciembre 82 años. Ya lleva 62 de vida artística. En el transcurso de estos ha pasado por varias etapas en su formación. Podríamos hablar de un periodo formativo, luego figurativo y por último el de síntesis.

"En el período que yo llamo formativo y donde obviamente están mis primeras obras, como La mulata cartagenera. (Forma parte de la colección del Museo Nacional). Es un cuadro al que le debo todo, mi vida artística entera. Estando todavía en el bachillerato me lanzó en Bogotá, tan centralista en ese momento, no se acogía lo que fuera de provincia. Recuerdo que uno de los artistas de esa época me decía que era muy joven. 

Yo mandé mi cuadro y no sabía que me iban a admitir, la humildad que da la ignorancia, ¿no? Entonces, cuando recibí la noticia de que estaba admitido, me puse feliz, ya eso era el premio para mí. Eso fue para mí la locura de un muchacho, más allá de sus ambiciones, de sus sueños y fuera de eso viene encima más: la Presidencia de la República crea una beca y me voy yo para Nueva York. Yo era completamente, totalmente virgen en todo sentido".

"Allá me encontré con el momento más crucial de la cultura occidental. La invasión y la emigración en masa de la intelectualidad europea con motivo de la guerra. Comienzan a llegar Bertolt Brecht, Dalí, Chagal, Tamayo, entre otros. Fue la primera etapa de mi carrera, el período formativo".

"Después viene el otro que es cuando regreso a Colombia. Siempre he sido figurativo. Aquí tuve muchas transformaciones. La tendencia era al expresionismo alemán, la cuestión exagerada, los colores chillones, la fuerza de los movimientos".

"Después viene otro período. Comienzo como a desligarme de esas influencias y acá descubro la dulzura, entonces viene una influencia de la vida diaria, las fiestas, la mujer vistiéndose, los desnudos y llega la influencia onírica, que era una influencia de los cuentos. Entonces, es cuando entran las sonámbulas, comienza a haber una influencia del sueño como medio de expresión".

"Después me voy a Italia en un momento muy crucial para mí. Allí descubro el Prerrenacimiento. Esto hizo que me fijara en la estructura interna de los cuadros, el esqueleto. Fui eliminando cosas e iba para el abstraccionismo y llegó un momento, buscando la estructura interna de los cuadros. Después llega lo que yo llamaría la síntesis, donde utilizo los elementos plásticos más mi figuración como medio de comunicación. Porque yo tengo muchas cosas qué decir, de comunicarme con el vecino, con el espectador, yo necesito ese puente. En la técnica, vendría después otra etapa representada en los bronces, entonces, se me abre más el campo plástico".

¿Por qué ese nombre la Ilusión de lo Real?

"Lo mismo me pregunto yo. Ese fue un nombre escogido allá en el museo. Pero lo respeto mucho. Lo escogió Ana María Lozano. La curaduría de esta mujer tan joven es refrescante. Pero me gustó el nombre: La Ilusión de lo Real. Porque lo real, ¿qué es lo real ?", concluye y reitera con otra carcajada que, "Grau era completamente virgen".

Tomado del periódico El Espectador, junio 30 de 2002

horizontal rule

 

 

Grau, entre el gozo y el dolor

por Maria Cristina Pignalosa
redactora de El Tiempo

Aunque Enrique Grau Araújo nació en Panamá, en 1920, se considera colombiano.  Su estilo, considerado por la crítica especializada como único en el arte latinoamericano, continua vigente a sus 83 años. Está marcado por el temperamento franco y abierto de los cartageneros y su espíritu festivo. Con tanta alegría y pasión, Enrique Grau sólo puede mirar la vida con buenos ojos, a pesar de todo.

Las transformaciones de su obra tienen como trasfondo los cambios del país. El artista es consciente de que la vida de un profesional del arte no puede mantenerse alejada de la realidad.

Dolor de guerra

Su nueva serie muestra una sociedad en conflicto y expresa una denuncia contra la violencia, que alude más a las víctimas que a los verdugos. La cuestión es, dice el artista: "La vida humana es sagrada. Mi nueva serie Gozosos y Dolorosos no puede aislarse de los hechos que a diario acontecen en el país, a los extremos que tiene la vida diaria en Colombia y a una reacción para que no pase desapercibida mi postura frente a los hechos violentos".

Esta serie ha venido evolucionando desde hace un año y medio y "es ante todo dramática", dice Grau. Las circunstancias lo han obligado a mostrar el drama en 22 obras, entre óleos, dibujos a lápiz y carboncillo y cuatro piezas tridimensionales, que aluden al `país del Sagrado Corazón.

Es un nuevo trabajo que no se separa de la figuración, pero siempre incluye innovaciones con imágenes propias, centradas en lo local. Es una mirada a la violencia, a los desaparecidos, a cuerpos empaquetados y a la muerte exorcizada.

Son Danzas de garabato distintas, Ritas colosales que evidencian el secuestro, la sangre y torsos mutilados. Son obras fuertes, terribles, pero también conmovedoras, llenas de poesía, que salen de su corazón abierto. Es una reacción al desastre de Bojayá, a lo sacrosanto del ser humano, donde las víctimas aparecen, pero los verdugos están en todas partes.

Su vida, su libro

El próximo 4 de diciembre (2003), en el Club El Nogal, Villegas Editores presentará el nuevo libro Enrique Grau, Homenaje, con textos de la crítica de arte venezolana Bélgica Rodríguez. Al respecto, dice el artista: "El texto me gusta, porque más que un recuento con datos cronológicos, es un texto apasionado que va y viene dentro de mi obra y amplia las formas y la concepción de mi trabajo".

La publicación contiene registros fotográficos realizadas por Julio César Flórez. La dirección, diseño y edición corrió por cuenta de Benjamín Villegas, quien editará el año próximo una versión en inglés para Rizzoli.

Paralela a esta muestra, en la galería El Museo, la Universidad Nacional de Colombia sede Manizales, exhibe Grau, Pequeña retrospectiva con dibujos, serigrafías, litografias y grabados en metal. De acuerdo al crítico e historiador de arte colombiano Germán Rubiano Caballero, es ta exposición, que conmemora los 55 años de la institución, demuestra como Grau no solo puso en marcha su obra gráfica en todos los procedimientos, sino que "fue el pionero de la serigrafía artística en Colombia".

Bélgica Rodríguez dice en el texto: "A lo largo de su extensa trayectoria, la dinámica creadora de Enrique Grau -en una elaboración sensual y técnica que parecería ubicarlo entre el Renacimiento y el barroco- ha logrado consolidar un estilo tan personal y clásico que resulta único en el panorama del arte colombiano y latinoamericano en general. Este pintor cartagenero es ya inseparable de la historia del arte en Colombia. No importa en qué momento de su evolución se mire o se analice, su obra dará siempre de qué hablar".

Tomado del periódico El Tiempo, 2 de diciembre de 2003

horizontal rule

 

 

Música de Líneas por Enrique Grau

Un conocido experto de su obra recuerda
la importancia del artista cartagenero

Por Antonio Montaña

"Decían que este era el país de los poetas. Pues más bien resulta que es el país de los pintores". La frase es de Enrique Grau cuando se inauguró en el Museo Nacional "El Salón de los 26". Y quizá tenía razón. Corrían los años de la década del cincuenta. En el Salón estaban reunidos 26 expositores jóvenes. No los unificaba estilo alguno pero sí una actitud: Los veintiséis intentaban romper con la academia imperante; abrirse paso en el arte escogiendo la libertad.

Allí estuvieron, por ejemplo Alejandro Obregón, Hernando y Lucy Tejada, Édgar Negret, Eduardo Ramírez Villamizar. Y claro está, Enrique Grau. Los maestros.

Los 26 insistían en la urgencia y necesidad de una "renovación". Su intento era, en un buen sentido, revolucionarlo: romper con la manera y oponerse al gusto mayoritario que la afirmaban. Bogotá era una provincia a la que apenas llegaba, apagado el eco del tropel expresivo de la modernidad europea. Porque aún los poetas "modernos" escuchaban más las voces de Darío o Huidobro que las de Baudelaire o Rimbaud. A la mentalidad, republicana y pequeño burguesa le sucedían con las referencias a la aventura picasiana a la colorida de Matisse y a la abjuración de una realidad transformada por el casi anagrama del cubismo sintético, lo que, en su momento ocurrió a la francesa con la bicicleta y el tocado de perejil de Tristán Tzara: repugnancia.

De los expositores en el Salón de los 26 solo uno, Enrique Grau, había logrado acceder al Salón consagratorio: el tercer piso del Museo Nacional con una obra suya pintada durante su trabajo en la Escuela de Bellas Artes. Mulata colgaba al lado de obras de Andrés de Santamaría, Santiago Páramo, Ricardo Acevedo Bernal, Epifanio Garay su toque de modernidad era apenas el encendido amarillo del traje. Y un aire pícaro que escapaba del solemne y habitual gesto pétreo del retrato académico.

Tal vez eso explique por qué entre todos, el abandono de la línea tradicional fuera el más difícil para Enrique. Esa obra, aún hoy en exhibición, se sustenta sino en la riqueza del dibujo; en la gracia interna. Y en lo que parecía insolencia: conceder dignidad y belleza a una muchacha colorida. Pero Enrique Grau era cartagenero y en la Costa la belleza no tiene límites raciales.

El hecho es que con lo 26 comenzaba el tránsito de la pintura moderna colombiana. La semilla se había sembrado y pronto un árbol pleno echaría ramas y frutos. La pintura colombiana sería durante el siglo XX quizá la más importante del mundo latino americano.

Grau no rompió con el pasado inmediato. La obra que expuso en el Salón de los 26 se insertaba dentro de un modificado realismo. El dibujante maestro desnaturalizaba las figuras sin abstraerlas; las trasladaba a un espacio simbólico convirtiéndolas en alegoría, En lo que el mismo llamaba lirismo pictórico: formas significativas, no explicitas; arquitecturas de signos. Rostros estilizados y enlazando todo esto, alguna actividad no dicha. Es la época de jaulas, de bodegones en donde asomaban tímidos el surrealismo y el simbolismo: trabajos de dibujante en donde líneas y formas constituían el tono y el timbre del color pasaba a un segundo plano; orquestaciones en gris y medios tonos: trazos de carbón y zonas de plomo contando historias melancólicas "eran mis cuadros nocturnos" dijo alguna vez-. Pintura intima, personal; arte en voz baja. "Yo quiero pintar algo que murmulle ". Es el tiempo donde imperan además de lo gatos, las curvas de una luna en fase de eclipse; trompos y las cometas rotas: juegos abstractos construidos con sabio realismo pictórico. Pero Enrique Grau no era únicamente (Corrían los años sesenta) pintor de caballete y profesor en las Escuela de Bellas Artes: cumplía con otras obligaciones muy personales: ideaba afiches; construía escenografías  de teatro y diseñaba sus vestuarios. Dibujó sus programas, diseñó sus anuncios. Y como si fuera poco, hacía cine. Y cuando no era camarógrafo y director, cumplía tareas de guionista. 0 de simple y admirado espectador del cine clásico o del nuevo y de vanguardia. Vivía los polos opuestos: estaba a la vez con Harold Lloyd y con Bergman y sus dramas metafísicos. Atento a la forma. Asimilándose a la tarea del fotógrafo decía con frecuencia: "yo soy cazador de líneas y volúmenes".

Enrique estuvo siempre más atento a lo formal y menos a sus contenidos y significados. Como buen artista plástico era más sensual que intelectual. Pero invitaba a su trabajo la alegría y el color y la rotundidad de los volúmenes sin explicar su necesidad o causa. "Uno pinta como quisiera estar viendo ". No pinta lo que ve sino lo que in venta. Pero para inventar hay que ver y tocar y sentir.

Desde Mulata, en sus inicios pictóricos, la mujer fue invitada como tema de su trabajo: Pero no era una; se transformaba al transportarse por instancias diversas, más que carne femenina a muchas las resolvió asexuadas o las convirtió en disculpa para pintar un pañuelo, un encaje, un sombrero construido para mostrar texturas: lanas col gantes, flores en el cintón, velos: inventos, mujeres maniquíes que sirvieron para burlarse del uso de los corsés de ballena o de las ligas y medias caladas, disculpas para darle oficio al lápiz, y color con el pincel a las cintas colgantes. Pintura con mujer adentro.

Dibujo con tema femenino. Grau se divertía haciéndola. Plasticidad pura, gracia con imaginación.

A finales de los setenta las mujeres bajaron del lienzo pusieron el pie en la tierra convertidas en escultura.

Como Degas a su bailarina con el tutu, Grau vistió las suyas antes de trasladarlas al bronce con encajes, collares y coquetería de velo y camafeo y luego coloreó sus uñas y le dio creyón a sus labios. Burlándose decía, para que tengan aire de putas y no de niñas muertas.

En la escultura, las mujeres de Grau ya no son diseño sino situaciones; mundos llevados a un espacio que es el de su creador. Oyen victrolas, echan cartas. Dejan de ser objetos y se convierten en sujetos de la comedia grauiana. Tienen el espíritu de un feliz carnaval; su estrépito y su inventiva sinrazón: no son retratos sino volúmenes disfrazados. Y el carnaval continúa mientras las mujeres de bronce esperan que la hora del reloj que llevan en la muñeca cumpla su mágico rito y comience la reencarnación en los lienzos, en los telones. El carnaval avanza. Allí vienen en desorden retratos que son homenajes amistosos a rostros conocidos, murales; aguatintas, telones de boca, gente dibujada, ofrendas, manos, ofreciendo bouquets, tempestades de telas en papeles u óleos: animales simbólicos, o vecinos y diarios como las mariamulatas. Y siguen en el desfile: las adivinadoras de tarot, los muros de Cartagena o el paisaje neoyorquino de King Kong. Los mundos múltiples y queridos del pintor se almacenan un día en cajas donde residen cintarajos y caracolas- Y se extienden en papeles como comparsas, niños y sueños; marineros de traje azul, icacos, frutas de níspero, papayas transformadas sobre el pincelado mantel: Los mundos vividos y entregados a todos nosotros, apresados en lienzos, condensados en bronces, transformados en color, en trazo, en música de líneas por Enrique Grau.

Tomado del Suplemento Dominical de El Tiempo, 11 de abril de 2004

horizontal rule

 

Las violencias de Grau

por Germán Santamaría

En una tregua de su destino de festejar la vida con mulatas, mariposas y palomas, el maestro Enrique Grau aborda el horror de la violencia en Colombia. En exclusiva, la Revista Diners publica esta obra tan profunda como desgarradora.

Entonces se encontró en la mitad de los incendios, ese 9 de abril en que acababan de matar al caudillo Jorge Eliécer Gaitán, y el joven pintor cartagenero caminó sobre los escombros humeantes, junto a la ceniza de los tranvías, por entre los destrozos de los comercios saqueados. En la mañana siguiente, bajo la lluvia, llegó hasta el Cementerio Central y vio las filas de cadáveres "que parecían muros de salchichas", las mujeres con la cabeza hacia arriba v los hombres con los pies desnudos hacia abajo.

Ese día Enrique Grau tenía veintisiete años, se había ganado ya, con su obra La mulata cartagenera, el Primer Salón de Artistas Nacionales, había vivido varios años en Nueva York y ahora trabajaba como dibujante en el diario El Espectador v hacía poco había ilustrado el cuento "Tubalcain forjo una estrella", del también joven costeño Gabriel García Márquez. Ese 9 de abril fue la primera vez que Enrique Grau vio de cerca la cara de la muerte y que sintió muy próximo el fragor sordo, primero entre las llamas que consumían Bogotá v después en el aire pestilente de la putrefacción humana, de ese monstruo sin forma que se llama Violencia. De esos días de muerte salieron dos cuadros memorables: El tranvía incendiado y Maternidad que muestra a esa mujer desgarrada y con el feto muerto en sus entrañas.

Pasaron los años y después de mucho "festejar la vida" en innurnerables cuadros de sensuales mulatas con pechos enormes y apetitosos melones entre sus manos carnosas, de Ritas de corsé y ligueros, de Lolitas de nalgas como manzanas rosadas, de Duquesas de moños rojos, de tantas mujeres que soplan pájaros y rosas, de madamas de burdeles memorables, de novias soñadoras o plantadas, de mujeres que fuman o ríen, de gatos y palomas, toda así la vida feliz, de pronto ahora, en este 2003 del tercer milenio, Enrique Grau dejó saltar la liebre y se despachó diez cuadros que exhibe a partir de este 28 de noviembre en la Galería El Museo de Bogotá y que retratan de cuerpo entero el rostro y el fantasma aterradores de la nueva Violencia que ha devastado a Colombia durante los últimos veinte años. Y también en este diciembre, Davivienda y Villegas Editores recogen toda la vida y toda la obra de Grau en un libro de gran formato y mayor aliento.

Uniendo en su mente creadora y en su corazón apasionado todas las violencias que ha conocido, aquí y en el mundo ajeno, desde la que crece en la urbe vegetal del Amazonas hasta aquella de la selva de cemento en Nueva York, pero sobre todo la Violencia contemporánea colombiana que él ha seguido con ojo avizor paso a paso y con estupor y asombro, Enrique Grau, al filo de los 80 años, se desgarró a sí mismo y produjo estas diez obras, entre óleos, dibujos y esculturas, que develan no sólo la real dimensión de la Violencia en Colombia sino las vísceras mismas de lo más sórdido de la condición humana.

En un tríptico de proporciones colosales, en una orilla, no un pie sino algo así como una pezuña humana aplasta una multitud; en el centro, desde una cachucha y una cara guerrera se disparan las balas del odio y se perfila el rostro de los muertos sin nombre; y en el margen derecho, de una gran estructura de carne en canal, de ese cuerpo animal des tasado con rabia, se desgajan los incontables cadáveres que brotan desde las entrañas del mal. Son miles y miles de muertos, innominados, pero cada uno con personalidad e identidad propia, que emergen desde más allá del horizonte del martirio y desde donde no existe la piedad. Y más acá de la multitud sacrificada está la identidad de la víctima, ya sea en el machete que asesta la muerte, en el cuerpo fetal del secuestrado, en la mano feroz que empuña la cabeza defenestrada como trofeo, o en la muchacha decapitada que toca en su mandolina la tonada triste pero pasional de la música de carrilera.

En estos volcanes de muerte, o en estas soledades de la depredación, no hay asesinos, no hay villanos. Sólo víctimas. No fluye un discurso político, una palabra demagógica, no hay una anécdota, jamás una descripción de la muerte, nada más que el viaje sin fondo a la crueldad del hombre hacia el hombre. La Violencia.

Frente a la inmensa mayoría de su obra anterior que es un infinito festejo a la vida, ahora, aquí, en la tragedia, en la crueldad, los colores y las formas se expresan en la misma impronta inequívoca de Grau. "Esto no es un cambio brusco, abusivo, porque corresponde a mi permanente obsesión por el país, afirma, y precisa que `yo siempre he seguido de cerca la historia de Colombia, porque no he vivido en una torre de marfil, y aunque no soy político, tengo mi posición política.

Mira hacia atrás, a casi setenta años de trabajo creador, hacia un sendero que se bifurca por territorios lúdicos y oníricos, que van desde las mariposas multicolores hasta la zoología vegetal que descubrió cuando viajó por el mismo destino de Humboldt en Colombia, y señala que si bien toda su obra lúdica es la más popular, conocida y aceptada por la gente, su viaje a la Colombia profunda, herida pero vital, es igualmente una constante en su trabajo de toda una vida de pintura. Y ahora la crisis del país, la nueva y aciaga noche de la Violencia en los últimos años en Colombia, lo fue atrapando, obsesionando, precipitando hacia esa fuerza atávica y terrible del hombre colombiano. El resultado son treinta obras de su próxima exposición donde aun aquellos cuadros que reflejan su personalidad más conocida, como el torero, la niña gata, o la madama, tienen otro rictus, otra aura en la mirada. Es el sino o marca de una nación. Es la mirada de Grau. Es la Violencia.

Tomado de la Revista Diners No.404, noviembre de 2003

horizontal rule

 

Enrique Grau: un enamorado de la vida

por Ana María Lozano

En días pasados murió, en Bogotá, el maestro Enrique Grau. Todas las personas que lo quisimos y tuvimos el honor de conocerlo sentiremos siempre su gran ausencia. Sin embargo, tendremos el consuelo de pensar que el maestro amó intensamente la vida y la disfrutó a plenitud. Fue amante del cine, el teatro, la buena cocina, la música, disfrutaba mares con los disfraces y los carnavales. Amable y gentil, poseía grandes valores humanos, lo que lo hizo una persona profundamente amada. Incansable trabajador; aun ahora, a sus ochenta y tres años, se encontraba perfeccionando su página web, restaurando dos obras y dando vida a su proyecto del Centro Cultural Enrique Grau para Cartagena, la ciudad que tanto amó y a la que dejó numerosos legados.

Coleccionista sagaz, contaba con una bella colección de precolombinos, donada a la ciudad de Cartagena, junto a una colección amplia de su obra y otra de arte popular, expresión, esta última, que siempre le interesó.

El Maestro Grau, como él contaba, nació por un elemento totalmente circunstancial, en Panamá. Pero ciertamente, era cartagenero como el que más. De familia distinguida, creció entre libros y vegetación, entre cine e historia. Trabajos tempranos representan el palacio de Cleopatra en Egipto. Muchos fueron los retratos que realizara de las grandes divas del cine durante su adolescencia. Cuando contaba apenas veinte años participó en el Primer Salón Nacional de Artistas (1920), con dos pinturas. Una de ellas, "Mulata cartagenera", recibió mención de honor. Este triunfo antecedió su viaje de estudiosa Nueva York apoyado por una beca. Ingresó al Art Students League, donde permaneció por dos años y se familiarizó con las expresiones más vanguardistas.

De regreso a Colombia, fue constante su participación en los Salones de Arte y numerosas sus exhibiciones individuales y colectivas. Un segundo viaje, esta vez a Europa, determinó la gran admiración que sintió por los artistas del Renacimiento y del Barroco, lo que influyó su período de finales de la década del cincuenta y primeros años del sesenta.

A partir de 1964, estuvo presente en su trabajo la mirada cinematográfica, produciendo obras en las que enfatizó el volumen de la figura, el espacio y la profundidad de campo. Aquí, sus dotes de extraordinario dibujante y de pintor, se entrelazaron eficazmente. De la década del ochenta son sus famosas Ritas, pinturas y grabados en los que se evidencia el virtuosismo de su oficio. Para estas fechas, se dedicó a la escultura en bronce y se convirtió en un experto en el uso de los materiales más , contemporáneos utilizados para ese fin. En sus últimas épocas, el maestro Grau, enteramente preocupado por la realidad nacional, llevó a cabo una serie de dibujos, en los que retrató la violencia en Colombia.

Tomado del folleto El Nogal Express, mayo de 2004

horizontal rule

 

   

Colección de Grau 

Por Henry Laguado

Como buen cartagenero, Grau nace en Panamá a donde solían ir las madres a tener sus hijos en el hospital norteamericano. Es el 18 de diciembre de 1920. Su infancia transcurre en el barrio Manga donde su padre lidera el mundo de la aristocrática sociedad cartagenera. Desde pequeño Grau tiene prendida la imaginación gracias a su abuela Concepción Jiménez de Araújo, matrona de la ciudad, inquieta en las artes, pintora. Hace maquetas de sus películas favoritas, retratos de artistas de cine. Acompaña todas las noches a su padre a ver cine, aun de adultos.

Autodidacta, en 1940, Gómez Campuzano ve su obra y lo insta a participar en el 1 Salón de Artistas. Su `Mulata Cartagenera obtiene mención de honor y es carátula de Cromos. Una beca lo lleva al Nueva York de los 40 y estudia en el Arts Students League.

La guerra lo devuelve a Cartagena desde donde inicia una etapa de consolidación de su pintura, entra al mundo de los intelectuales bogotanos a incursiona en el cine con `La Langosta Azul que abre el camino de la modernidad del cine colombiano.

México y sus muralistas y Florencia y los renacentistas acaban por definir una actitud y un estilo. Cuadros llenos de objetos cotidianos representados a través de líneas geométricas reflejan sus estados de ánimo y cuentan la historia del momento. De regreso obtiene el premio del Salón de Artistas, rueda películas en 8 milímetros y define sus figuras como prototipos de la trietnia, donde utiliza un cierto tono burlesco para retratar el mundo que lo rodea ampliando las figuras, solidificándolas, vistiéndolas con adornos anacrónicos con una fina ironía.

De vuelta a Nueva York vive en Washington Square Park, en el Village, recrea la ciudad agregándole imágenes de sus películas de infancia, recordando a Cartagena que pinta repetidamente y haciendo un autorretrato que resume el momento pictórico.

Su obra deriva hacia la contemplación ecológica gracias a un viaje a la Galápagos de donde emerge una excelente serie y regresa a Cartagena para estudiar las mariamulatas, pájaros de plumaje negro azulado que conviven con sus habitantes, descubriéndolos ante ellos mismos. El telón y el plafond del Teatro Heredia lo regresan a su ciudad a la que rinde homenajes pintándola y ofreciéndole ramos de flores nativas.

En el 2003, la situación del país lo lleva a presentar una exposición sobrecoledora donde sienta su punto de vista sobre las atrocidades de la guerra no declarada. Con este punto de vista contundente a impactante, en uno de sus mejores momentos, Grau se va. Es el 1 de abril del 2004.

Tomado del Suplemento del periódico El Tiempo, 11 de noviembre de 2006

horizontal rule

   

Enrique Grau: Cazadora de mariposasLa obra de Enrique Grau se ha desarrollado partiendo de la búsqueda de un lenguaje que, asimilando diferentes procedimientos y gustos de diversas tendencias del arte contemporáneo, le permite conformar un universo personal. rico en forma, símbolos y objetos insólitamente distribuidos dentro del cuadro, conformando así un "mundo de ensueño y juego" según la afirmación de Marta Traba. En el libro Cien años de Arte Colombiano, Eduardo Serrano describe así los rasgos característicos de su obra: "Extraños personajes de cabezas angulares y túnicas a rayas, perfectamente estáticos como sorprendidos in fraganti por una luz frontal, empiezan a poblar sus lienzos junto con objetos como huevos, velas, mascaras y jaulas de inequívoca intención simbólica.

A comienzos de los años sesenta estas figuras van perdiendo angulosidad y transformándose en seres rollizos, carnosos, voluptuosos ricamente ataviados con encajes, plumas, sombreros y abanicos, como personajes extraídos de piezas teatrales o de las populares tarjetas postales de comienzos de siglo. Sus escenarios van llenándose a la vez de múltiples objetos (alacenas, caballetes, cajas, máscaras y flores entre otros) con los cuales organiza los ambientes recargados que determinan en gran parte el carácter anecdótico de sus representaciones. Pero si las figuras manifiestan cierto ánimo idealista en su obesidad y candidez, los detalles patentizan claras miras de realismo, particularmente en la interpretación de texturas y consistencias".

Esta obra es un buen ejemplo de la pintura de Grau. Ella contiene gran parte de los elementos que la conforman. El personaje se muestra en actitud teatral, con atuendos que contribuyen a afirmar la intención artificial. La muchacha que sostiene en su mano izquierda un instrumento tomado de un gabinete de dentista, aparece rodeada de mariposas que contrastan en una forma extraña con las que aparecen en el cuadrito en que se apoya la figura. Todo esto como elementos de un mundo que toma sus datos de la realidad y se constituye en una presencia autónoma, significativa por si misma.

Jesús Gaviria Catálogo El Arte en Suramericana 1994 
Tomado del folleto Arte Colombiano, Cuatro decadas de la Coleccion de Suramericana, 2013 

horizontal rule

 

 

 

"La obsesiva mirada de Grau"

La obra de Grau pasa de las inquietantes calles de la Nueva York de los años cuarenta, a los impactos de la pintura italiana expresados en remansos de paz que llevan a acercarse a los niños en la oscuridad; a la fuerza abstracta que no deja la figuración para retornar a la figura irónica cuya sonrisa parece festejar imágenes de una clase burguesa, a abandonarse a los prodigios de la naturaleza en Galápagos y a entregarse a descubrirle a Cartagena el ave que ningún habitante veía a pesar de inundar sus jardines, hasta terminar con un estremecedor grito de violencia.

Todo siempre enmarcado en el dibujo.

Trazos seguros, líneas concretas, conocimiento real de la anatomía, reinterpretación de la realidad, son conceptos y hechos que reflejan atmósferas que, en el caso de "La Obsesiva Mirada de Grau", producen una extraña sensación surreal donde el hombre lucha entre la atormentada expresión de sus manos y la omnipresencia del ojo que mira, que escruta, que no quiere verse atrapado por las propias manos del pintor.

El gran dibujante que Grau ha sido puede verse en estas obras de pequeño formato donde el entorno de sus manos ase, con maestría, con desespero, contundente, ojos avizores que no quieren dejar escapar un solo momento de la vida y cuyo resultado es inquietante.

Lo anterior puede apreciarse en el universo que proyecta su intrincado libro "Tobías y el Ángel" donde el artista se deja llevar no solo por su exhaustivo conocimiento del tema (siempre lo hacía en todas sus series) religioso, sino en su discurso sobre el mirar o el no hacerlo, el ver sin ver, el observar con el tacto, con el escozor de darle a las manos el mismo poder de los ojos.

La huella de un maestro

La lucha obsesiva del creador que sabe que debe obtener a través de sus manos el poder de reflejar una imagen, un concepto o una abstracción.

El Maestro Grau fue pionero en la enseñanza del dibujo y pintura en la entonces naciente Escuela de Bellas Artes de la Universidad de los Andes (1.955-1.974).

Marcó con su huella indeleble y transmitió a sus alumnos su espíritu lúdico, su profesional oficio en las artes y el compromiso con la profesión desde su clase titulada: Taller III. En esos tiempos lo acompañaron en su misión figuras como: Fernando Botero, Antonio Roda, Luciano Jaramillo, David Manzur, Nirma Zárate, Armando Villegas, y Carlos Rojas, entre otros; quienes creyeron profundamente en este proyecto, configurando lo que hoy es el Departamento de Artes de nuestra Alma Mater.

Enrique Grau dejó en sus alumnos una huella imperecedera que se ha visto crecer a través del tiempo, aumentando así la memoria inmortal de la obra de este Maestro cartagenero.

Liliana Abaúnza Chagin, Galería Espacio Alterno, Asociación de Egresados de la Universidad de los Andes, 2013

horizontal rule