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/recuentos/T/TrujilloSergio/remembranza.htm Sergio Trujillo Magnenat, Pintores| ColArte | Colombia

Sergio Trujillo Magnenat

Manzanares, Caldas

Pintores

Figura Humana, Paisaje

INEDITO

Del 27/08/2015 al 23/09/2015

Ver la exposición en la Cartelera ColArte

SERGIO TRUJILLO

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Por ALFREDO IRIARTE  

En el año de 1941 la Litografía Colombia, de  Bogotá, publicó una estupenda edición de

Nueve artistas colombianos, un libro genuinamente profético de Jorge Zalamea, admirable conjunto de piezas maestras de crítica de arte que vio la luz en un momento singularmente oportuno, ya que eran aquellos los años en que un grupo notable de artistas de avanzada trabajaban febrilmente y con el mejor suceso en la primera empresa grande, ambiciosa y enérgica de renovación estética que conocieron las artes plásticas en Colombia. Este movimiento comenzó a gestarse en los años veinte y llegó al máximo de fuerza y plenitud en los treinta y cuarenta como bien pudimos apreciarlo quienes visitamos la extraordinaria exposición que, con el titulo de Colombia en el umbral de la modernidad; presentó hace poco el Museo de Arte Moderno de Bogotá.  

Valga la oportunidad para destacar el hecho de cómo estos jóvenes pintores y escultores colombianos, sobre quienes gravitaba de manera tan vigorosa como saludable la influencia de los grandes maestros europeos de entonces, ejercieron su labor renovadora frente a los más sobresalientes artistas del llamado academicismo sin asumir posturas estridentes de iconoclastas furibundos, sin pretensiones de arrasar y demoler todo lo que les había precedido y llevando a cabo, en suma, un relevo que ya se hacía imperioso, pero dentro de un esquema de cortesía y respeto por sus predecesores, de quienes algo heredaron, particularmente en materia técnica.  

Nueve Artistas Colombianos está dedicado a analizar con agudo ojo crítico, no por ello menos equitativo y justiciero, el trabajo realizado hasta entonces por los artistas más destacados de este grupo, a saber, Ignacio Gómez Jaramillo, el extraordinario escultor hispanocolombiano Ramón Barba, Sergio Trujillo Magnenat, Pedro Nel Gómez, Gonzalo Ariza, Carlos Reyes, Josefina Albarracín, José Domingo Rodríguez y Luis Alberto Acuña. ?ste libro, lúcido y esclarecedor como ninguno en su tiempo, fue, y por supuesto no ha dejado de ser una insuperable carta de navegación para los estudiosos de esa época fundamental en la evolución del arte colombiano. En el caso específico de Sergio Trujillo, por aquella época este notable pintor bogotano era muy joven (apenas alcanzaba los treinta años) y aún le faltaba algún trayecto para llegar a la culminación de su madurez creadora. Esto lo vio Zalamea sin la mínima sombra de duda, y el transcurso del tiempo, junto con la segura, firme y espléndida evolución del trabajo creativo de Sergio como artista plástico, confirmó de manera contundente sus premoniciones.

Pasó el tiempo y surgieron otros creadores que llevaron las artes plásticas colombianas a unos niveles de originalidad y reciedumbre tales, que hoy sus más altos exponentes ocupan lugares de privilegio en el concierto mundial de la pintura y la escultura. Ellos son, entre otros, Alejandro Obregón, Fernando Botero, Enrique Grau, Eduardo Ramírez Villamizar, ?dgar Negret, Luis Caballero, los dos Cárdenas y otros, hoy admirados y respetados en el mundo entero. Y aquí llegamos a un punto en el cual quien esto escribe ha insistido con vehemencia en numerosas ocasiones. Se trata de que para estimular y promover a estos grandes creadores no era necesario armar y poner a funcionar una ciega e impecable aplanadora crítica ferozmente dirigida contra quienes los antecedieron. Tan injusta y ajena a toda objetividad fue esta labor de arrasamiento, que, una vez apagado su aparatoso estruendo bélico, los ojos de los críticos y de los colombianos comunes comenzaron a volverse con objetividad y con respeto hacia estos notables artistas cuya obra fue un puente entre los ya mencionados académicos y los grandes creadores de los últimos años. Un puente que muchos, a través de una época insidiosa, vieron destruido sin remedio, pero que a la hora de la verdad mostró estar incólume y vigoroso como nunca.

Ignacio Gómez Jaramillo lamentablemente no vivió para disfrutar la justa reivindicación de su obra que se inició con una magnífica retrospectiva que organizó el MAM. De más propicia fortuna gozaron Pedro Nel Gómez, Gonzalo Ariza y Trujillo Magnenat.  Recuerdo la soberbia exposición retrospectiva de la obra de Sergio que organizó el MAM hace pocos años y que fue la apoteosis de la reivindicación que en justicia se esperaba de tiempo atrás. Con timidez y discreción, Trujillo recibió en la noche inaugural las congratulaciones de quienes asistimos con el doble objetivo de admirar la magnifica muestra y unirnos a aquella imperiosa reparación. Hoy Sergio Trujillo nos ha dejado para siempre. Pero no es poca consolación en estos momentos dolorosos saber que se llevó consigo la honda satisfacción de haber vivido bastante para ver plenamente reivindicada su obra luego de tan ásperos e injustos embates.  

Alfredo Iriarte  

Tomado de Lecturas Dominicales de El Tiempo
6 de febrero de 2000

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Vida y obra de Sergio Trujillo Magnenat
Un prohombre del arte nacional

por  Lucy Nieto de Samper, El Tiempo, mayo 29 de 1994

Uno de sus autorretratos se conserva en la Galeria degli Uffici, en Florencia. Y en Colombia hay frescos suyos en edificios
privados y públicos. Sus óleos, sus pasteles, sus plumillas, están expuetos en salas y salones colombianos. O están arrumados en su taller. Porque Sergio Trujillo pertenece a una generacion que hacia arte por afición, no por negocio. 

En el Museo de Arte Moderno, las obras de Trujillo ocuparon tres salones. Es la retrospectiva más completa y significativa que ha visto, en su vida, de su obra. El, sin embargo, no se inmuta. Confiesa que se sorprendió cuando la directora del MAM, Gloria Zea, lo invitó a exhibir seis décadas de producción artística en un museo que no había visitado nunca.
-¿Le emocionó ver su obra en el templo colombiano del arte moderno? 

-Me pareció interesante- dice, al iniciar una charla que resultó muy entretenida, pero que me costó Dios y ayuda. Porque Sergio se precia de ser mal conservador, y lo practica, y es todavía más hermético si el tema de conversación es él mismo. Por su madre, es mitad francés. Creció hablando con ella en francés. Costumbre que continuó con los seis hijos que tuvo con Sara Dávila, artista como él. Fue un mal estudiante del San Bartolomé donde recibió más de un castigo por pintar monos en vez de hacer las tareas. "Yo sabía que ibas a ser artista", le dijo un jesuita, hace unos años, al devolverle uno de los monos que le quitó del pupitre y por el cual Ie impuso un matineé; así llamaban los estudiantes el castigo de permanecer en el colegio los sabados, de 2 a 6 de la tarde. 

La pereza de estudiar lo venció en IV bachillerato, cuando decidió entrar a la Escuela de Bellas Artes. En cambio de los jesuitas, sus profesores fueron Roberto Pizano, Ricardo Moreno Otero, Pedro A. Quijano, Francisco Cano, Coriolano Leudo. Dice, no obstante: "no era mucho lo que uno aprendía; tal vez mejoraba lo que sabía". Recuerda que había pocos museos; y no había galerías, ni exposiciones. Ni el gobierno ni la empresa privada apoyaban el arte. Era un desarrollo y un empeño puramente individuales. La crítica de arte no existía". A veces escribía comentarios Miguel Angel Gaitán, llamado el cucaracho. Era henmano de Jorge Eliécer". 

Testimonio de una época 

La trayectoria artística de Sergio Trujillo comienza en 1928 cuando, con dibujos al temple, ilustra el manuscrito Romancero del Virrey Solís. Y así, ilustrando libros, haciendo afiches y pintando en diversas superficies con muy variados materiaIes, han transcurrido 66 años, a lo largo de los cuales ha producido mucho y ha expuesto poco en proporción al
tamaño y a la calidad de su obra. En 1936 soporta las críticas de Laureano Gómez quien lo califica de "corruptor de juventudes" por su cuadro Mujer sobre tréboles que representa una figura tendida a la orilla de un lago, con los muslos al aire; la Iglesia compartió esa crítica. En 1941 obtiene medalla de oro en el II Salón de Artistas, y en 1942 participó en el III Salón Nacional. A partir de entonces no volvió a tomar parte en concursos. En 1959 dijo que despreciaba la crítica y la actitud semicolonial que trata de imponer a nuestros pintores la imitacion de la pintura francesa. 

Enclaustrado en sus propios recuerdos, y encerrado en su casa, donde vive desde hace casi .medio siglo, si e pintando, por placer, por costumbre. Pero en sus cuadros ya no se ven las montañas al oriente de la ciudad, ni los potreros, al occidente. No hay arroyos cristalinos, ni bosques de eucaliptus, en sus paisajes. Y ya no pinta callecitas bordeadas de casas con jardines. "Ahora no se ve nada de eso, sino ladrillo y deterioro", dice el artista, quien desde esa casa estupenda -una de las pocas que quedan diseñadas por Schmid, el famoso arquitecto suizo- ha visto crecer la ciudad y ha dejado de ver la sabana, y las montañas, porque una cor tina de edificios le ha cegado el paisaje por todos los costados. 

Reconoce que "le ha jalado a todo". Ha pintado frescos, ha hecho esculturas, diseñado muebles baldosas ha pintado al óleo, al pastel, con plumilla. Ha sido un pionero del desarrollo de las artes gráficas. Carmen María Jaramillo, analista de la obra de Trujillo, destaca "su aire renovador, su sentido claro y consecuente de que el arte es un bien común y una manera de elevar la vida cotidiana de las gentes. Aunque reniega de la validez de las vanguardias, su trabajo ha sido completamente modernista -dice Jaramillo-. Quiere romper con la tradición y proponer alternativas a la estética que caracterizó el arte académico. Su obra es ecléctica, no puede inscribirse dentro de ningún  ismo. Trujillo se afirma en la singularidad de su trabajo que, sin encasíllarse, tampoco intenta prescindir de lo que se ve, se vive y se siente en su tiempo". 

Hablar con Sergio Trujillo, un poco a la fuerza, es evocar una ciudad que fue, un ambiente que cambió, una sociedad que se transformó, unas costumbres que se perdieron. "Todo ha cambiado para peor", dice el artista, reclinado en una silla art decó diseñada por él para ese salón de muros blancos, adornados con obras suyas en las que sobresalen las figuras familiares de su esposa Sara, fallecida hace 5 años, y de sus hijos Cristina, diseñadora de telas; Carolina, actriz; María Clara, acuárelista; Alberto, escritor; Jaime, músico, y Sergio, fotógrafo. 

El pintor no es sociable, pero tampoco es huraño. Es introvertido, vive inmerso en su mundo interior y no quiere saber nada de los horrores que nos circundan. La política no le interesa y muchos menos la economía. Si pone radio es para escuchar música clásica. Y a la hora de leer prefiere lo que se refiera a la pintura; o literatura latinoamericana. Está al día en los autores del boom. 

Las artes plásticas son su mundo y su vida. Son su manera de expresarse. Con sus figuras de rasgos fuertes, de mirada penetrante, de cuello largo, tipo Modigliani, de miembros musculosos, con sus paisajes donde ha registrado cuanto ve, en torno suyo, el artista ha dicho lo que tenía que decir y ha expresado los sentimientos que oculta ahora, cuidadosamente. Sus hijos me cuentan que ha sido un padre cariñoso pero enérgico, de quien aprendido mucho, porque sabe de
todo; y han recibido apoyo al trabajo intelectual o artístico que desarrolla cada uno. Su matrimonio con Sara Ortiz Dávila fue feliz, vivieron unidos hasta en el arte, porque ella, más que todo artesana, traba muchos materiales con los cuales hizo esculturas, joyas, y objetos decorativos, muchos de los cuales también están en las paredes o sobre las mesas art decó deI salón en donde conversamos ante un ventanal a través del cual se ven las ramas de los árboles que, afortunadamente, ocultan las paredes de los edificios vecinos. 

Bien común

A Trujillo, a la hora de hacer arte, le gusta todo. Le entusiasma lo mismo pintar al óleo, hacer murales, retratos al pastel,
dibujos a plumilla. Pero a la hora de dar el toque final, es tan riguroso que varias veces ha hecho pedazos sus cuadros, o los puso para que sus hijos practicaran tiro al blanco. 

Antes de esta gran retrospectiva en el MAM, exhibió sus obras, por allá en 1970, en el museo de la Universidad Nacional. Cree que nadie fue a verlas, dice: "la gente tenía miedo de ir a la universidad por temor a las piedras que entonces, con frecuencia, tiraban los estudiantes". 

En 1938, cuando Bogotá conmemoró el IV Centenario de su fundación, Sergio Trujillo, funcionario del Ministerio de Educación, pintó de regalo los afiches que promocionaron los juegos Deportivos Bolivarianos que formaron parte de esa celebracion. "La estilización y esquematización de las figuras, el interés en la geometría de la-línea y el estricto manejo de los volúmenes, acusan un marcado sentido de la abstracción que es una virtud de la cual carecieron no pocos de sus contemporáneos", escribe a propósito Carmen Jaramillo, quien agrega: "los magníficos carteles de los boIivarianos y las carátulas realizadas Y para el suplemento literario de EL TIEMPO, profesionalizaron el diseño gráfico en el medio y se convirtieron en Parámetro de calidad para la generación venidera de diseñadores". 

Mientras el pintor sigue aislado de su entorno para refugiarse en sus recuerdos, evoca a sus amigos de juventud, hoy casi todos muertos; la ciudad pudo admirar con emoción y nostalgia sus óleos, sus acuarelas, sus pastes, sus plumillas, sus afiches; y los libros, suplementos y revistas que ilustró con habilidad y buen gusto. Y mientras él se empeña en permanecer silencioso y aislado, encerrado en su mundo, pero siempre enfrentado a su caballete, su nombre ha vuelto a sonar con insistencia, porque no en vano ha sido uno de los grandes en nuestro mundo artístico y no en vano han pasado 66 años. Y él siempre con el pincel a la mano.

Tomado del Suplemento Dominical de El Tiempo, 29 de mayo de 1994