Edgar Negret

Popayan, Cauca

Escultores (Abstraccion geometrica)

Abstracto

Edgar Negret

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CRITICA 3

NEGRET: NUEVO ESPACIO ESCULTORICO

por Juan Acha

Desde Brancusi o, si se prefiere, desde Medardo Rosso o bien desde el Rodin de "Los Ciudadanos de Calais", muchos escultores vienen pictorizando su obra y en consecuencia, la llevan del monumento al objeto: esto es, de la masa a lo espacial. Entre las orientaciones pictóricas de la escultura de los últimos 15 años, destaca la de Edgar Negret. No sólo porque este artista colombiano alcanza hoy un alto nivel estético y muestra un extraordinario y muy personal mundo de formas escultóricas, sino porque desde muy temprano sus esfuerzos obedecen a un espíritu atento a las exigencias de nuestro tiempo y, por ende, las cuestiones más vitales que éste impone a la sensibilidad y al arte de los espacios y volúmenes. A Negret, nacido en 1920, le toca enfrentar los problemas de la escultura de los años 40 y 50, los detecta, comprende y sopesa de un modo tal, que en los comienzos de los años 60 acierta en soluciones que son paralelas, en actualidad y calidad, espíritu y letra, a las que por esos mismos años presenta David Smith y Anthony Caro, dos pioneros de la escultura moderna cuya valía todos reconocemos. Si bien comparar no es igualar, máxime en arte, donde las diferencias constituyen lo decisivo, aquí estoy muy lejos de cotejar artistas. Simplemente, indico un paralelismo; para ser más exacto, señalo el sitio que creo le corresponde ocupar a este artista latinoamericano en la escultura de nuestros días, gracias a sus afanes de pictorizar los volúmenes, desmaterializar el metal y dejar al descubierto las técnicas industriales que emplea: gracias, sobre todo, a sus logros.

Señalo esto, porque la obra de Negret es poco conocida en América Latina y aún espera el reconocimiento cabal de sus méritos en el panorama internacional del arte; méritos que de facto existen y pertenecen a la escultura moderna. Y señalo, no obstante, que su obra ha venido ganando prestigio en los últimos años. A1 penetrar con mirada analítica en sus esculturas recientes (1970/74), pronto nos percatamos de que en lo más profundo de ellas se mueve una concepción artística que es digna de ser descendiente directa del cubismo analítico, de Juan Gris. Nada especial habría en ello, desde luego, puesto que en esa forma u otra, todos los artistas actuales se han bañado en el agua del cubismo. Sólo que muy pocos han bebido directamente en él y lo han transformado.

Si los síntomas no nos engañan, podemos afirmar que Negret parte de las formas elementales, de volúmenes primarios, tanto curvos como rectangulares y los altera y contrapone por necesidad artístico-visual, resultando así unos cuerpos metálicos plenos de dualidad que nos desafían y cuya identidad es consecuentemente difícil de establecer. Es decir, repite a su manera el procedimiento sintético de Juan Gris, que - como sabemos - va a contrapelo de lo que habitualmente hace la gran mayoría de los artistas: tomar una imagen de la realidad para deformarla, geometrizarla o transfigurarla.

En Negret la concatenación de formas se convierte en cuerpo escultórico, y no al revés. Se trata de construcciones metálicas que nuestra retina sitúa cerca del limbo de la imaginación, porque viven aferradas a una transitoriedad óptica: no quieren terminar su metamorfosis y constituyen realidades que es menester aprehender parte por parte. Si fuesen volúmenes geométricos o figuras de una realidad, entonces encontrarían un espejo en nuestra memoria visual, pues aquí existen ya como ideas, ideaciones, imágenes o gestalts. La dificultad de identificación, se agrava desde el momento en que Negret ni siquiera presenta volúmenes propiamente dichos. En verdad, nos ofrece alusiones volumétricas, proto-volúmenes: envolturas a medio cerrar que se suceden anatómicamente con pequeños intervalos independizadores y descubren sus líneas, pernos y tuercas de acoplamiento. Se resisten a fundirse en un todo, porque lo importante para ellas es permanecer como sucesión de formas. Por eso ocultan el material y descubren el procedimiento; esconden el volumen y exaltan la concatenación. No todas las obras de Negret tienen que ver, por supuesto, con el volumen; existen también las construidas por sucesión de planos y oquedades. (Para comprender el punto de vista, desde el cual analizo a Negret, habrá que recordar, la sucesión abierta y en un mismo plano de volúmenes rectangulares de David Smith y los planos en concatenación lineal de Anthony Cano.) Propiamente, Negret se coloca a mitad de camino entre lo externo y lo interno del volumen; entre el aligeramiento por medios ópticos, como el que logra Brancusi con el brillo metálico ("Pájaro en el espacio" de 1919), y la desocupación total del volumen que en nuestros días encontramos en los cubos transparentes y en tenues coloraciones de Larry Bell. Pero Negret tampoco se detiene en los ahucamientos a lo Henry Moore: él alterna la ocupación con la desocupación de espacios. Sus envolturas no son ni aerodinámicas de que tanto abusa la tecnología en sus máquinas, vía diseño industrial, ni geométricas, como las que cubren los vacíos de muchas esculturas modernas. Negret las abre para dejar ver sus procedimienentos y sus componentes que se suceden como vértebras.

Sin lugar a dudas bulle aquí una voluntad de aligerar los volúmenes, de pictorizarlos. Lo característico de Negret, reside pues en la sucesión contrapuntística de envolturas obstinadas en permanecer en la transitoriedad, como si fueran crisálidas mecánicas que se detienen fugazmente y cuyas ambigüedades las tornan en máquinas de generan significaciones.

Las generan porque son y no son máquinas reales; son y no son geométricas; tampoco biomórficas. Abundan las dualidades: lo curvo y lo rectangular; el constructivismo y la sensualidad del art nouveau; lo clásico y lo barroco; el plano y el intersticio; el anverso y el reverso; el interior y el exterior; el color y las tuercas.

A1 detenernos en la transitoriedad de las obras de Negret, saltará a la vista la contraposición de lo natural y lo maquinista, lo mental y lo sensual, como constantes principales de su escultura. Estas constantes, revelan el deseo de conciliar la tecnología y la naturaleza; conciliación que también preocupó a artistas como Léger y Picabia, y que actualmente es revivida por las artes visuales al apelar a los elementos de art nouveau, como una necesidad de contrapesar décadas de riguroso ortogonismo. Por otra parte, el hecho de dejar al descubierto la hechura mecánica de sus obras, que acentúa la transitoriedad, nos autoriza a ver en sus obras una "escultura-acción". No me refiero, por cierto, a que las formas de Negret sean huellas de unos gestos subitáneos. Quiero decir que en sus esculturas veo las señales que deja el acto de ensamblar con pernos y tuercas, veo la acción de organizar cuerpos escultóricos por acoplamiento, tales señales se convierten en elementos artísticos, en tanto nos hacen tomar conciencia de que estamos ante obras desarmables que asemejan "mecanos". Como es de esperar, todo esto confiere dinamismo, acentúa la transitoriedad y subraya el carácter de sucesión de las formas. Por último, las obras de Negret, en su gran mayoría, están inclinadas y la oblicuidad contribuye poderosamente al aligeramiento y a la transitoriedad. No se rigen perpendicularmente ni yacen; se disparan. No necesitamos recurrir a la psicología de las formas, para insistir en la importancia que tiene la orientación espacial de una escultura en nuestra percepción, al despertarnos determinadas reacciones para denotar movilidad, dar vida a la obra, unificar sus formas, impregnarla de expresividad, de subjetividad. (Mayor carga expresiva advertimos en la contorsión helicoidal de Escalera, una obra de 1973/74.)

La oblicuidad, habría que agregar el color mate y único que cubre cada obra (rojo, azul, negro o blanco), unificando también sus partes constitutivas. El color, durante mucho tiempo el elemento pictórico por esencia y excelencia, resulta aquí siendo uno de los más escultóricos.

En realidad anula las diferencias establecidas entre la escultura y la pintura. Atraída por la superficie mate y tersa del pigmento, así como por su calidad cromática, nuestra vista se desliza sobre la obra como totalidad. E1 color evita las irregularidades de las planchas metálicas, las dota de un acabado industrial y, por lo tanto, impersonal. El color en suma, hace más visual la escultura. Si se tratase de planchas de hierro, sería correcto hablar de un aligeramiento de la obra por medio del color. Pero como, por lo regular, son de aluminio, resultará apropiado aludir a una solidificación o aumento de pesantez, en la medida que el color cubre el brillo connatural y aligerante del aluminio. Como quiera que sea, Negret utiliza el color con intenciones de acentuar el aspecto maquinista e industrial de sus obras. Esto de que la escultura de Negret muestra hoy actualidad, esté colmada de misterio a causa de su libre organización de envolturas y camine por senderos que abren nuevas posibilidades a la sensibilidad de nuestro tiempo, no significa otra cosa que madurez; vale decir, que detrás de ellas hay toda una evolución y unas búsquedas que la respaldan y la impulsan, y que transcurren con las constantes y variantes con que se topa todo artista latinoamericano de sensibilidad en permanente vigilia y de aguda penetración. La sensibilidad de Negret crece impregnándose de las formas coloniales y las piedras de orfebrería prehispánicas que se cruzan en Popayán, su pequeña ciudad natal situada al sur de Colombia. A1 contrario de lo que se creyó un tiempo, el mero hecho de nacer y crecer donde se cruzan dos culturas, como les sucede a muchos artistas latinoamericanos, no constituye un factor determinante de las obras de éstos. La gracia del barroco colonial y la fuerza del arte prehispánico, se encarnan en el artista creador sólo a condición de que sean miradas a la luz del arte universal y asimiladas con un espíritu compenetrado y comprometido con nuestra actualidad. Todo esto acontece con Negret durante sus estadías en el extranjero (Europa: 1951-1955, Nueva York: 1955- 1963), durante las cuales nunca perdió contacto con su país. Como relatan sus biógrafos, en Barcelona admira la obra de Gaudí y redescubre la sensualidad del barroco latinoamericano y del art nouveau, mientras que en el Museo del Hombre en París y en una exposición de arte mexicano que por esos años visitaba la capital francesa, aprehende en toda su dimensión la grandiosidad del arte prehispánico, que irá acentuándose en su conciencia a medida de que presencie el ante europeo y las rupturas artísticas de Nueva York. Pero descubrir lo esencial de las manifestaciones artísticas de nuestro pasado y justipreciarlas, significa para Negret transustancializarlas para que siga viviendo en espíritu en su escultura metálica y abstraccionista. Una vez fuera de la Escuela de Bellas Artes de Cali (1938-1943), Negret incursiona por algún tiempo en una escultura figurativa muy esquemática y ahuecada, con evidentes influencias de Henry Moore (ejemplo: "Cabeza de Bautista", en 1947). Si desde muy temprano actualiza su obra, es porque conoce en 1944 a Jorge Oteiza, escultor español que viene a Popayán a dedicarse a la enseñanza artística y es conocido internacionalmente por sus insistentes y penetrantes preocupaciones espaciales, su aguda imaginación y su inquieto espíritu. Este escultor abre los ojos de Negret para el mundo moderno de la escultura. Pero también desde muy temprano sufre la incomprensión del medio. Una de sus obras suscita fuertes polémicas en 1944, que años más tarde (1958) se repiten más crudamente, cuando presenta su escultura abstraccionista y metálica como Monumento al estudiante de Cali. Se le reprocha entonces "burla al estudiantado" y ser "un seudoescultor aficionado a la cerrajería". Entre sus contados defensores, estaba Marta Traba. Era la época anterior al admirable despertar artístico de Colombia de los años 60. Dicho sea de paso, pocos años más tarde, la estela homenaje a César Vallejo de su amigo Jorge Oteiza, sufre un rechazo similar en la capital peruana. En 1950 encontramos a Negret dentro del abstraccionismo en el que utiliza el metal de formas simples y aladas, cuyo tenor es fuertemente lírico. Algunas piezas son todavía referenciales y recurren a los símbolos, tal como "Rostro de Cristo", una estructura de hierro forjado y alambre. El impacto que le producen las esculturas para habitar de Gaudí deja sus huellas en "Señal para un Acuario", hierro policromado de 1953 (Colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York). Esta sensualidad del art nouveau seguirá interviniendo en su evolución y en algunas piezas se dará aislada y a manera de sucesión de formas ornamentales; ejemplo "El Puente" de 1972, obra yacente y cubierta de rojo. De 1951 a 1961, Negret desarrolla sus Aparatos Mágicos: esculturas policromadas y metálicas, en cuyo ensamblaje utiliza pernos y tuercas. Se trata de una suerte de señales de tránsito, aparatos extraños o utensilios misteriosos de pronunciado acento maquinista; curvas y rectas se combinan y predomina

la verticalidad. El color sirve aquí para jerarquizar las formas. De 1962 a Kachina, con su volumen vertical coronado por unos planos a manera de copa de árbol Pero al año siguiente aparecen las planchas a medio envolver, la orientación oblicua y el monocromismo. Su mundo personal de formas se consolida en las obras que presenta en la Bienal de Sáo Paulo de 1957, así como aparece la madurez en las que envía a la Bienal de Venecia de 1968. De ahora en adelante, presenciaremos la gran cantidad de variantes a que Negret somete su estilo personal. Su mundo continúa moviéndose en la madurez. Y es que Negret sigue inventando máquinas de generar significaciones y abriendo nuevas posibilidades a la sensibilidad de nuestro tiempo.

(Negret: "Nuevo espacio escultórico ".

Revista Plural vol. 3 No.9 México, D.F de junio de 1974, pp. 43 a 46)

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Recorriendo los pasos

por María Obando

Como el hombre que llegó a Comala en busca de su padre, un tal Pedro Páramo. Como el protagonista de la novela de Juan Rulfo que sólo se encontró con sombras: así le sucedió al escultor Edgar Negret en octubre del año pasado, cuando volvió a Popayán. Acababa de cumplir 81 años y un sueño interrumpido le hizo creer que debía dejar su casa del barrio Santa Ana, en Bogotá, y salir hacia la ciudad donde nació, y donde creció acompañado de sus nueve hermanos mayores -ya todos muertos-, y de sus padres, el general Rafael Negret y María Dueñas, muertos también. Sus asistentes, sus muchachos, las personas que lo han acompañado durante la mitad de su vida, pensaron que aquel viaje sería apenas de un par de días. No se imaginaban lo que Negret planeaba en su cabeza: encontrarse con sus recuerdos, revivirlos, tal vez cambiarlos.

Llevaba por lo menos dos años sin salir de su casa cuando tomó la decisión de regresar a Popayán. Sus amigos, sus vecinos, los admiradores de su obra, se preguntaban qué había pasado con Negret. Qué se había hecho desde 1999. Mientras se tejían toda clase de especulaciones, el artista permanecía recluido en su casa. Sin querer ver a nadie. Sin recibir visitas, sin asomarse a la ventana. Guardado en esa inmensa casa de más de mil metros cuadrados que tantas veces ha dicho que quiere convertir en museo, y que para quienes la conocieron años atrás era eso precisamente: un maravilloso museo. Hoy es otra cosa. Sentado en un sofá de cuero desgastado por el tiempo, al maestro Negret, padre indiscutido de la escultura moderna en Colombia, se le pierden las palabras, se le refunde la memoria. No recuerda con precisión todas las obras que lo hicieron famoso en el país y en el mundo. Tampoco las exposiciones que se han paseado por los mejores museos y galerías cie ciudades como Nueva York y París, y que lo consolidaron, en palabras escritas por la crítica Marta Traba, "no sólo como el mejor escultor de Colombia sino de Latinoamérica, y una de las grandes figuras de la escultura mundial".

Negret no recuerda qué pasó con el exuberante jardín que había a la entrada de su casa y que obligaba a los visitantes a entrar prácticamente agachados. No recuerda su jardín. No se acuerda de los faisanes y los paujiles y los patos que muchas veces visitaban su piscina. No se acuerda de la piscina. Los nombres de algunos de sus más cercanos amigos le son indiferentes. Quizás al verlos los recuerde, sí, quizás.

La leyenda de la elegancia

Camina lento por los espacios en donde sueña con crear su museo. Con obra suya y con piezas precolombinas que se han convertido en su obsesión. Piezas que hoy andan arrumadas en el piso o guardadas en los baños. Unas bien puestas y otras llenas de polvo. Los retratos de sus antepasados, que han ocupado siempre en su memoria y en su hogar un sitio especial, están recostados en las paredes, algunos sin colgar, con sus papeles amarillentos expuestos a los brochazos del abandono. Camina por los pisos de madera levantados y aclara que "eso hay que mandarlo cambiar". Camina por el que fue su taller, lleno de movimiento en el pasado y hoy silencioso. Desde hace por lo menos dos años no crea una nueva escultura y por estos días ya no tiene interés de hacerlo. Camina por la que es ahora su habitación, con una mecedora arrugada y unos cuadros a medio colgar. Un baño cercano sin agua caliente, que lo obliga a buscar otro más lejano. Un comedor en el que se sienta ante el mismo plato, pechugas de pollo, día tras día, mes tras mes.

AI toparse con unas ventanas, dice que pronto las va a clausurar. Quiere privacidad. Quiere reducir el interés de los vecinos. Un poco de oscuridad. Quiere que el tinto que pidió le llegue a tiempo y bien acompañado, para que después no digan que quién sabe qué es lo que Negret anda ofreciendo... Mantiene su elegancia, que se volvió leyenda, aunque se le vea algo desaliñado. No importa que el dobladillo esté suelto, nada de eso, la elegancia es un don del espíritu y no de las telas que se llevan puestas.

"Se murió María Félix, ¿no?". Esta es la única noticia que registra con claridad de las decenas de periódicos apilados que tiene encima de una mesa. Ahí quedan, prácticamente sin ser leídos. "Sabíamos que era chiquita por la canción -dice entre risas-: `María bonita María chiquita, María del alma.... Chiquita, como yo".

Pero él es inmenso. Maestro. Aunque no quiera saber de fama. Es demasiado, para él, eso de que siempre lo estén mirando, pendientes de a dónde va y qué va a hacer. Por eso, el reciente viaje a Popayán se le convirtió en pesadilla. Porque ya estaba acostumbrado a guardarse en su casa, encerrado en su mundo sin aparecer en ningún sitio público. "¿Qué se hizo Negret?", preguntaba la gente. Pero eso a él lo tenía sin cuidado. Meses en su casa, durmiendo poco, levantándose por lo menos cinco veces en la noche, viviendo con una pregunta fija en su cabeza: ¿Qué había antes de la historia? "La fábula, sí, la historia inventada", se respondió finalmente.

Los días se le pasaban cambiando una pieza precolombina de un lugar a otro, o escapando de las sombras que lo vigilaban por las ventanas. "Tal vez lo afectaba una fuerte depresión", se explica hoy Germán Alvarado, una de las tres personas que se convirtieron en su familia más cercana y que eran, y son aún, casi las únicas que tienen acceso a Edgar Negret.

Memorias en la sangre

Una tarde hizo una excepción y recibió la visita de una amiga que lo había conocido cuarenta años atrás en Palma de Mallorca. En medio de la conversación, Negret le preguntó por algunos amigos en común. Todos habían fallecido. Empezó ella un relato de tragedia y muerte que terminó por angustiarlo tanto, que tuvo que pedirle a uno de sus asistentes que se la llevara de la casa. "Me estaba volviendo loco", se excusa el artista. Lo envolvió en recuerdos de gente que ya no está, como le pasó al hombre que llegó a Comala a buscar a Pedro Páramo en el libro de Rulfo, como le pasó a él en Popayán.

Después de su cumpleaños, el 11 de octubre del año pasado, Edgar Negret decidió acabar con su encierro y salir rumbo a su ciudad. Fue algo sorpresivo. Quería saber de la casa donde nació, quería ver cómo andaba el museo que allí creó, quería encontrarse con la antigua Popayán. Viajó sólo y sin mucho equipaje: sería un viaje de un fin de semana. AI poco tiempo de estar allí, la gente se enteró de que "su maestro" había llegado de visita. Pero las cosas no salieron como él pensaba. Primero, porque el viaje de dos días se convirtió en una larga estadía de casi siete meses.

Las semanas iniciales las pasó en el hotel Monasterio, luego quiso más privacidad y, por gestión de sus asistentes, se trasladó a una pequeña casa en un conjunto cerrado que al final también terminó por desesperarlo. Nada era como su espacio solitario de Bogotá. Por otro lado, el museo lo encontró cerrado y en otras condiciones a las que había soñado.

¿Dónde está la casa de la profesora Pepa Mosquera? ¿Qué se hizo Anita Salas? ¿Y los Dueñas? ¿Y los Simmonds? ¿Y el edificio que quedaba aquí? AI recorrer las calles, se le vinieron encima, en desorden, sin avisar, todos los recuerdos. Su gente, por la que preguntaba con insistencia, ya había muerto; los sitios que quería visitar ya no existían. Negret se inquietó, pues a él le parecía haber visto cuadras atrás esos rostros del pasado que tanto buscaba. A esta angustia se le sumó la soledad. En dos ocasiones se cayó y sus pantalones alcanzaron a mancharse con su sangre. Tuvieron que llevarlo al médico, los vecinos que lo reconocieron y decidieron servirle de acompañantes y algunos familiares que llegaron al hotel sin que él los hubiera contactado. Por fortuna sus huesos, fuertes como sus obras, resistieron los golpes.

Los dientes de la historia

Sin un peso en el bolsillo, las facturas de los médicos se las pagaron sus muchachos desde Bogotá, así como las cuentas de los hoteles... Sus muchachos, que tuvieron que aguantar las críticas porque "habían dejado abandonado a Edgar Negret en Popayán". Rodolfo Buitrago, Leonardo Guevara y Germán Alvarado llegaron a la casa del escultor hace casi tres décadas como trabajadores de su taller y hoy son, con sus respectivas esposas e hijos, la familia del artista, no la de sangre, pero sí la que él escogió. A ellos, Negret les ha dado todo. Trabajo, vivienda, salud, estudio para sus hijos, autorización para reproducir algunas de sus obras y venderlas. Ellos aceptan que, por él, sus hijos han estudiado en los mejores colegios y han tenido las mejores atenciones. "Hemos subsistido gracias a su arte. Se vive cómodo, no lo negamos", afirma Rodolfo, el papá de quien es para Negret su "nieto consentido": Edgar David, de 14 años.

¿Y el maestro? Los esperaba en Popayán con alegría. Varias veces Fueron a visitarlo, pero por asuntos personales no podían quedarse con él... y a él se le aguaban los ojos cuando tenía que despedirse y quedarse nuevamente solo. Sus Familiares en Popayán aprovecharon para llevarlo al odontólogo. "Estaba preocupado porque había descuidado unos dientes, los de atrás, y pensé que ya los iba a perder. Pero el dentista resultó un genio", afirma. La idea de que Negret se encontraba mal cuidado empezó a crecer e incluso llegaron a recomendar que lo internaran en una clínica para que pudiera contar con una mejor atención. "Llamaron parientes de todas partes a decir que estaba loco, pero yo había ido a reconstruir mi historia y eso no lo entendieron", se defiende.

Un día decidió volver, tan repentinamente como se marchó. AI llegar a Bogotá no sólo se sorprendió con una ciudad que había cambiado durante sus meses de encierro y su medio año en Popayán. También se molestó con los familiares que habían estado averiguando por él y les prohibió a sus muchachos, su familia, volver a contactarse con ellos. Esto, después de que una tarde, en la galería Casa Negret , que el maestro creó en los años setenta y que hace tres años cedió a Germán Alvarado) estuvieron reunidos Rodolfo y Germán con algunos sobrinos del escultor. El propósito era aclarar rumores. "Les respondimos, entre otras cosas, que primero muertos nosotros antes de que el maestro se internara en una clínica. Para eso tiene su casa y quién lo cuide", explica Alvarado, quien está con Negret desde 1972.

Muchos años llevan ellos a su lado, aunque no exentos de problemas. En estos momentos, por ejemplo, el maestro Negret acaba de pedirle a Leonardo Guevara que abandone el apartamento que ocupa, anexo a su casa en Santa Ana. "Se cree el dueño del barrio, del mundo. Aparece cada día con carro nuevo y yo no tengo un peso en el bolsillo. Ah, eso no me importa", dice. También se queja de que Germán Alvarado se hubiera llevado "para la galería mi colección de precolombinos". Tan pronto el maestro la reclamó, Alvarado la devolvió a su sitio. "Me la había dado tres años atrás para mi hija mayor, pero sí quiere tenerla de nuevo a su lado, allá está", afirma el asistente. Con Rodolfo mantiene ahora una etapa de "luna de miel" que él mismo no está seguro de cuánto va a durar. Precisamente Rodolfo es quien se ha encargado de la exposición de dibujos inéditos que actualmente se muestra en Bogotá: dibujos que Negret tenía olvidados desde sus años de academia en Cali. "Estos jóvenes se inventan mil cosas, descubren un filón y se alegran, porque se reparten lo ganado y me pagan todas mis deudas", señala el maestro.

¿Y su familia de sangre? "Toda está muerta", responde él. Y vuelve a envolverse en sus recuerdos, en los retratos de sus antepasados -que llegan hasta Sebastián de Belalcázar-, en los tantos viajes que hizo y que se desvanecen en su memoria, en las exposiciones por el mundo que también están en medio del olvido, en las medallas, en las obras que hizo y en las que ya se quedaron sin hacer...

Negret se pierde en su propio pasado, mientras suelta una frase inquietante, adobada con una pizca de humor:

-Es como un sueño todo, ¿no? -dice-. A ver si estas no son mis últimas palabras.

Tomado de la Revista Credencial, No.186, mayo de 2002

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Homenaje a Negret

por María Margarita García

Cuando entrevisté por primera vez a Édgar Negret, estaba asustada a pesar de haber leído un libro sobre sus trabajos que tanto me impactaban, de observar sus obras y enfrascarme en las controversias suscitadas por su famosa obra de homenaje a Bolívar cuando los académicos, entre ellos Germán Arciniegas, protestaban. También lo había visto con su cabeza rapada, su habitual sombrero y bufanda. Pensaba encontrar a alguien prepotente, pero conocí a un hombre cálido y atento a resolver mis inquietudes. Entre preguntas y respuestas tomamos el té y recorrimos toda su residencia, desde la sala hasta la terraza donde estaban desperdigadas sus esculturas. Luego se sentó en su mecedora donde ha reflexionado, investigado, enseñado a sus colaboradores y disfrutado con sus amigos. En su casa los espacios geométricos recuerdan sus obras, se aprecia el interés por las creaciones precolombinas y se advierte cómo el arte prehispánico y el contemporáneo se tocan. De allí han surgido sus trabajos vistos en galerías y museos del mundo. En sus 85 años de vida y 63 de actividad profesional ha expuesto individualmente en 147 ocasiones en veinte países de América, Asia y Europa. Sus creaciones forman parte de colecciones públicas de doce países y privadas de casi treinta. También ha nutrido ocho retrospectivas en América y Europa. Y para el próximo 16 de marzo se prepara una exposición antológica de cincuenta piezas seleccionadas por Eduardo Serrano para el Museo Nacional de Colombia con una innovación curatorial apoyada por María Victoria de Robayo, en la cual se pondrá a dialogar su obra con la historia y con la de sus contemporáneos. El grueso de la muestra estará en las salas temporales, y el resto en los distintos espacios del museo. Para este homenaje no lo entrevisté y aunque me comentaron sobre la mejoría de su salud, por primera vez no ha podido atenderme ni mostrarme sus creaciones ni contarme sus historias. Añoro esos momentos compartidos con el maestro, siempre listo a resolver mis dudas sobre sus obras y la plástica.

En la muestra se advertirá el proceso de un artista que desde muy joven causó controversias como la de su Homenaje a Valencia en la cual se veía la presencia de un bloque escultórico y el interés por destacar al personaje usando los signos violentos de sus facciones. En medio del escándalo apareció el escultor vasco Jorge Oteiza quien orientaba los programas gubernamentales de cerámica en Popayán. Fue el defensor y también el hombre admirado por Negret.

Han pasado 62 años desde su primera exposición en el Palacio de Bellas Artes de Cali y 79 desde que aún sin leer ni escribir cogió un lápiz a hizo un pictograma para enviarlo a su padre a Cali donde trabajaba temporalmente y quien aseguró mandarlo a estudiar arte en París. Allá montó el artista un taller después de la muerte del general Rafael Negret y de su esposa María Dueñas, primeros en descubrir la destreza de su hijo menor al tomar el papel y dibujar con las tijeras. Esa habilidad lo llevó primero a la Escuela de Bellas Artes de Cali sin la resistencia familiar.

Igual que otros artistas de su generación, creó obras figurativas como su Autorretrato (acuarela, 1939) realizado cuando estaba en cuarto semestre -obra incluida en esta muestra del Museo-, lo mismo que algunos desnudos de los años cuarenta, dibujos indicadores de su dominio de la anatomía.

En ese tiempo tenía Negret su estudio en el antiguo claustro del monasterio franciscano donde organizaba charlas con Oteiza. Fue una época premonitoria de su éxito y trabajó algunas obras religiosas como la Virgen, relacionada por Oteiza con las esculturas monolíticas de San Agustín y con la cual participó en el IV Salón Nacional de Artistas. "Ésta no estará en la exposición, como muchas otras, por falta de espacio", dice Eduardo Serrano. También hizo Pubén (1944), cemento asociado por Serrano con el movimiento Bachué. Pieza contrastante con Cabeza del Bautista, yeso exhibido en su primera exposición en Bogotá en 1945.

En la década de 1940 expresó Negret algunas bases de su lenguaje posterior, con obras vinculadas con las láminas metálicas utilizadas veinte años después en Navegante, que presenta el concepto de torsión, movimiento y configuración. En los años cincuenta halló en Nueva York materiales nuevos en la historia de la escultura. En el Clay Club Sculpture Center se sumergió en ensamblajes y técnicas industriales aplicadas al arte. En algunos casos, interesado en soluciones plásticas retomó temas religiosos como Rostro de Cristo en la que usó una placa de metal sobre lámina de madera a introdujo el alambre. Así mismo se adentró en la naturaleza con Faso con flor, para la cual usó la varilla de acero y dio la idea de suavidad. Desarrolló conceptos contemporáneos que mostró durante su corta temporada en Bogotá antes de ir a Francia y España, período en que logró la simetría y los efectos de luz y sombra. Surgió Simétricos, cuya textura resultó del use de la lima para raspar el yeso. Así mismo, Ia noción de módulo. Pero fue en 1953 en Barcelona cuando lo impactó la obra de Gaudí y su sistema modular. Luego pasó a Madrid y creó su Homenaje a Nueva York, expresada por una columna de cilindro vertical e integrada por diversos materiales. Después, en Mallorca halló el color, maduró el formato vertical apoyándolo en una base cilíndrica y diseñó tubos y carretes con los cuales creó la ilusión de movimiento. Y aunque no montó un estudio, trabajó durante un año en los bocetos que Ilevó a Nueva York. "De ese período no se mostrarán obras. La mayoría son maquetas, pero es importante porque introdujo la geometría", dice Serrano.

En Nueva York completó experiencias para expresarse sin límite. Usó la lámina de aluminio por ser delgada, dúctil y fácil para hacer los dobleces, con los cuales armaba la estructura de la escultura pintada. Surgieron sus Aparatos mágicos, de remaches que luego reemplazó por tornillos y tuercas (único artista en utilizarlos). "Ahí descubrió el aluminio, asociado con su idea de contemporaneidad. Se aproximó a la máquina e hizo los Navegantes con láminas planas. Trabajó las Kachinas (tótems) como resultado de la beca de la Unesco por la cual fue al oeste norteamericano para investigar a los indios navajos y pueblas. Así pudo unir la máquina y la espiritualidad. También creó los Eclipses con láminas de plexiglass (única vez que usó material traslúcido). Estas obras son importantes porque demuestran su interés en la naturaleza y en la mirada del espectador", anota Serrano. Hizo sus primeras máscaras, en las que estaba implícito un lenguaje ritual y a la vez arquitectónico. Luego aparecieron sus Vigilantes a los cuales dio un apoyo imaginativo.

Al llegar a Colombia, influido por las montañas y el paisaje arqueó el aluminio con el cual expresó la liviandad, hecho fundamental según Serrano, porque creó "una escultura capaz de ser apreciada en sus áreas internas y externas". Así mismo recuperó el barroco atemperado, influido por la arquitectura de Popayán.

Volvió a trabajar los Acoplamientos, creados por dos módulos; los Navegantes y los Cohetes llenos de movimiento. Y como dice Serrano: "En Negret no existe una cronología. Con sus obras de evocación cósmica y de aparente levedad conviven trabajos relacionados con la arquitectura como Puentes, Edificios, Templos, Escaleras, Fortalezas, dirigidos a establecer contacto con el piso. Sobre éste ha extendido algunos como Torre, situada en el Cerro Nutibara de Mede Ilín". En los años ochenta volvió su mirada a la naturaleza con sus árboles, flores, cordilleras y cascadas, considerados por Serrano "figurativos, como es Maíz".

Cuando murió la última de sus hermanas, Negret resolvió investigar su pasado y conoció, además de su ascendencia italiana y española, la de Wayna Capac. "Se trataba de Francisca Coya, a quien le tocaba ser madre del último inca pero dejó su hogar por un español y se instaló en Popayán. Era mi tatarabuela", me dijo una vez Negret. Fue entonces a Machu Picchu donde lo impactó la majestuosidad del imperio y su cultura. "En el templo estaba todo lo que ellos amaban y nosotros hemos despreciado. Ahora se ha perdido la unidad de los seres. Eso ha devastado al mundo. Estamos acabando con todo lo que las culturas pasadas respetaban", decía Negret.

En su última etapa ha aumentado el tono del color y el detalle y continuado con la geometría como generadora de formas y pensamientos. También se advierte la poesía, como to afirma Roberto Guevara: "Está marcado por la exactitud y la poesía, la precisión y el misterio, la matemática y la libre fantasía"2. Y al recorrer su obra se confirma por qué Édgar Negret ha representado al país en bienales tan importantes como las de Sáo Paulo y Venecia y por qué es un destacado escultor de talla internacional.

Tomado de la Revista Diners No.431, febrero de 2006

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Negret vive 

La última vez que Edgar Negret apareció en público fue en el lanzamiento del libro Negret: Escultor, de Villegas, en 2004. Desde finales de los 90 se había hecho a una fama de ermitaño. Se decía que no salía de su casa, en el barrio Santana de Bogotá, y su última obra, una serie de serigrafías, fue realizada en 1999. Sólo unos pocos habían tenido la oportunidad de verlo en la retrospectiva del Colegio Reyes Católicos meses antes del lanzamiento, pues durante las palabras de inauguración el maestro le había dado una vuelta a la exposición y, sin pronunciar palabra, se había ido. En el lanzamiento de Villegas, sin embargo, el mal de Alzheimer era evidente. Tanto, que en las fotografías, Gloria Zea aparece sosteniéndolo de un lado y, del otro, Jaime Carrasquilla, su sobrino.

Pocos saben que Negret sigue vivo. El silencio rodea la figura del artista, de quien Marta Traba dijo que "no sólo es el mejor escultor de Colombia, sino de Latinoamérica, y una de las grandes figuras de la escultura mundial", que más que por ser "un pionero de la plástica conceptuar, se conoce por sus coloridas esculturas metálicas (La oruga en la Plazoleta de la Procuraduría General de la Nación, y La Mariposa en San Victorino) y cuya obra está dispersa por todo el mundo: desde el MoMA de Nueva York, pasando por Amsterdam, Seúl, Valencia, y hasta Punta del Este, en Uruguay.

El pasado 28 de mayo, la Galería Mundo inauguró Poéticas del Silencio, un homenaje en vida a Edgar Negret. Una muestra comprensiva y exhaustiva -aunque pequeña, si se compara con la magnitud de la obra del payanes-, que deja ver el desarrollo artístico del maestro, sus distintas etapas y el diálogo entre unas y otras: 14 afiches de sus exposiciones en Colombia y fuera del país; 10 esculturas en yeso de su etapa de formación (en la que vale destacar La cabeza de negro, de 1948, que nunca ha sido expuesta); 22 dibujos y bocetos, en su mayoría inéditos; cinco esculturas exteriores, ocho piezas únicas y tres bidimensionales. En pocas palabras: una exposición que muestra aspectos formativos nunca antes vistos de la obra de Negret y los pone en contexto con su última producción.

El escultor español Jorge Oteiza (amigo y maestro de Negret), alguna vez dijo que "la indagación de la naturaleza o la naturaleza del silencio", la pregunta o la contradicción que se resuelve en una forma, era lo que resumía la obra del colombiano. "Una silenciosa, habitable, claridad espiritual", dijo el español en una carta de 1966, una estética en la que las formas mudas lo dicen todo sin figurar. De ahí el título de la exposición: Poéticas del silencio, porque aunque para Negret siempre fue muy importante la palabra -se sabe que dedicaba sus noches a leer los románticos, Rilke,Beckett, Mann, y la poesía de Walt Whitman y de Porfirio Barba Jacob-, según Jaime Carrasquilla, su familiar vivo más cercano, la pregunta por los problemas del hombre, la necesidad de trascendencia, una silenciosa búsqueda, subyace toda su obra: desde los yesos de la década del 40 (vale citar La Anunciación), su posterior serie de Aparatos Mágicos, que cuestiona la posibilidad del hombre de vivir en un mundo industrializado, hasta su exploración en la cosmogonía de las culturas pre-hispánicas en las últimas series de Fiesta Andina.

Y si el silencio marca su obra, éste también marca su vida. "Negret siempre fue muy parco, muy austero en su vida", continúa Carrasquilla. Aunque se sabe que en una época en su casa tuvo un sofá de diseño, un Julio Le Pare, y una vasta colección de precolombinos, era desprendido con su propia obra, nunca fue un excéntrico ni llamó la atención exagerada de la prensa. Que se sepa, nunca fumó, nunca tomó y mantenía su vida sexual en estricta reserva: "más que reservado, mantenía una distancia", asegura Carrasquilla. Y aunque sabía el lugar que ocupaba entre los artistas latinoamericanos, simplemente "llevaba la fama". Cuando la prestigiosa casa de subastas Sothebys en Londres ofreció comprarle cinco obras, él rechazó la oferta con un sencillo "No me interesa", de la misma manera que rechazó una oferta de la Marlborough Gallery de Nueva York y de otras en España.

Quizá por eso -por eso, y porque en 1963 regresó a Colombia (a pesar de que sus amigos le habían advertido que se quedara en Nueva York)- su obra no tiene mayor reconocimiento internacional, el reconocimiento de, por decir algo, Fernando Botero. Pero fue a su regreso cuando Negret se abrió al color, a la voluptuosidad de las formas, a los temas de la naturaleza y a las cosmogonías precolombinas que marcaron su madurez artística. De esta etapa, en la Galería Mundo están exhibidas dos piezas de su serie Escaleras, de 1983, la segunda, una portentosa escultura exterior que, ubicada en la parte posterior de la Galería frente a la plazoleta de la Torre B, establece un sutil diálogo con la obra de Salmona; una Cascada, la versión pequeña de la escultura del Parque el Virrey; un Eclipse, de 1998; un Maíz y, de la misma serie, La Fiesta Andina, además de tres piezas bidimensionales.

A la entrada de la Galería Mundo se lee, a modo de introducción a Poéticas del silencio, un poema de Kostaudinos Kavafis, que es según dicen, uno de los favoritos de Negret: "Cuando partas hacia Itaca pide / que tu camino sea largo/en aventuras y conocimiento. /.../ Ten siempre a Itaca en tu pensamiento. / Tu llegada ahí es tu destino. / Mas no apresures nunca el viaje. /.../ Sin ella no habrías emprendido el camino". Es la Itaca de Kavafis, la vida, un viaje hacia el mismo punto de partida. El Popayán de Negret - les gusta pensar a sus amigos y conocidos -, a donde él regresó en 2001, en busca de sus raíces, sabiendo las consecuencias de su enfermedad, y del que no sacó mucho. Sus familiares habían muerto, la Casa Museo Negret, que había inaugurado a mediados de los 80 con una donación de cientos de piezas, estaba en ruinas. "Un viaje-dice el sobrino-muy triste, terrible, que no vale la pena recordar". Poco después, su colección de arte se empezó a repartir y de su vida se sabe cada vez menos. Puede ser que Negret no haya encontrado sus raíces, que "no sea posible volver a haca, pues ya te lo ha dado todo", como dice Carrasquilla. Es posible trazar el viaje, sin embargo, conocer un legado. Eso se entiende después de visitar Poéticas del silencio.

Tomado de la Revista Semana, 8 de junio de 2009

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... la gente que rodea a Negret

¡Y LO VOLVIMOS AVER!

Ante los rumores y comentarios de prensa sobre el abandono del maestro Edgar Negret y de su obra, golpeamos en su casa y hablamos con su gente más cercana, Recorrimos sus salones, vimos sus esculturas, encontramos al artista y pudimos mirarlo a los ojos, Nostalgia,

POR JAIRO DUEÑAS VILLAMIL

Maestro Edgar Negret en 2012Ya han pasado 21 años desde la última vez que entré en su casa. En ese entonces mi anfitrión cumplía 70 años y me recibía en la entrada muy elegante y complacido en sus dominios sembrados de templos, plantas y animales metálicos y mágicos.

Con 91 años no sé en qué estado lo voy a encontrar, al fin y al cabo hace ya una década que desapareció del mundo visible y, ante las recientes opiniones sobre su abandono, vengo a su casa en el bogotano barrio de Santa Ana, precisamente, a saber de él.

Por fuera todo parece igual, una pared blanca y una reja metálica negra, pero del otro lado ya no es el maestro Negret el que abre la puerta en persona. Ahora son sus colaboradores los que me esperan.

No tengo que golpear para que la puerta se abra y todos aparezcan por arte de magia. No es una visita sorpresa. Se siente cierta tensión en el ambiente y un exceso de amabilidad. Me figuro que esto es lo que siente un agente de la DIAN. Lo primero es saber quiénes son los que conforman mi comité de bienvenida, el círculo más cercano y cerrado en torno al artista. Sus ayudantes, de los que alguna vez me dijo Negret en tono confidencial que habían sido "el mejor negocio porque con ellos había conseguido una nueva familia", después de la muerte de su última hermana, de 10 hermanos que eran, en 1975.

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Tomado de la Revista Cromos No. 4831, 10 de febrero de 2012 

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