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Podría asegurarse que cada uno de los 25.978 km2 de Bolívar son de maravillosos parajes naturales y sus atardeceres se multiplican en los 44 municipios caracterizados por costas, regiones montañosas y por la depresión momposina de amplias ciénagas y pantanos que alimentan los cauces de los ríos Magdalena, Cauca y San Jorge. Dos ciudades evidencian la grandeza de Bolívar: Cartagena y Mompox, ambas declaradas patrimonio de la humanidad.

Lugares para visitar

Islas del Rosario. Compuestas por 27 cayos a islotes, ideales para pasar un día de descanso bajo la suave brisa marina y la tibia arena.

Isla Tierrabomba. Ubicada al frente de Cartagena. Se destacan Bocachica y el fuerte de San Fernando.

Isla Barú. Posee hermosas playas blancas y un espectacular mar de tonos verdes y azules ideales para caretear y bucear.

Acuario San Martín. Reúne los principales exponentes de la vida marina de las islas del Rosario.

La Boquilla. Playa popular y muy famosa por la venta de diferentes platos cuya especialidad son los frutos marinos. Puede dar una vuelta en canoa.

Parque Nacional Natural Corales del Rosario. Precioso eco sistema de humedales, litorales, manglares y los más lindos arrecifes de coral, de suma importancia para el equilibrio ambiental de esta región marina.

Volcán del Totumo. Sus arcillas y el lodo que se encuentra en el cráter, hacen que los turistas permanezcan inmersos durante largo rato aprovechando los beneficios para el cuerpo y la piel. Muy cerca de Cartagena, por la vía que conduce a Barranquilla, próximo a Arroyo Hondo.

San Jacinto. Se encuentra a 120 km de Cartagena. Célebre por sus artesanías elaboradas por varias cooperativas, la población reúne atractivos como el Museo Arqueológico, Museo de la Gaita y la Casa de la Cultura. Los productos más conocidos son las famosas hamacas, bolsos, mochilas y productos en madera. Cuna de los famosos Gaiteros de San Jacinto, quienes han recorrido el mundo llevando los ritmos autóctonos de la región.

Carmen de BoIívar. Al caminar por las calles del casco urbano, quedará grabada en su memoria la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, declarada Patrimonio Histórico, Arquitectónico y Cultural en 1997. Se destacan el Palacio Municipal y los extensos cultivos de tabaco, principal sustento económico de la zona. Si puede, presencie las festividades populares como las Fiestas del Dios Momo.

Santuario de Flora y Fauna Los Colorados. Su nombre proviene de los monos colorados que habitan en esta reserva natural situada a 70 km de Cartagena, sobre las estribaciones de la serranía de San Jacinto. Habitan guacamayas, anfibios y mamíferos como el cerdo de monte. El área estuvo habitada por tribus de los caribes y se han encontrado vestigios arqueológicos que coinciden con la presencia de dicha tribu. Sobresalen los parajes naturales de Las Tinas, La Cueva del Tigre, El Salto, La Pintura y La Piedra del Toro. La reserva cuenta con servicios de ecoturismo y camping. 

Mompox. Declarada Patrimonio de la Humanidad por su belleza arquitectónica y ubicada a 250 km de Cartagena, es una de las joyas del departamento de Bolívar y de Colombia.

San Basilio de Palenque. Uno de los pueblos más autóctonos de Colombia pues allí se conserva la tradición africana que prevaleció en este territorio. Posee su propia lengua, sus rituales fúnebres y sus costumbres Estas y otras características de la cultura palenquera hicieron que la Unesco lo declarara el 25 de noviembre de 2005 como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Ubicado a 70 km de Cartagena por la vía a San jacinto.

Turbaco. Alegre municipio situado al sur de Cartagena, donde las delicias costeñas como las arepas de huevo, carimañolas y butifarras, son el mejor atractivo para los turistas. Visite el jardín Botánico en la vereda Matute, con una espectacular muestra de flora típica y vegetación rebosante de vida. A 21 km de la capital de Bolívar, por la Carretera Troncal de Occidente.

Fiestas y eventos

Cartagena Enero Festival Internacional de Jazz, Nuestra Señora de La Candelaria. Marzo, Festival de Música del Caribe, Festival Internacional de Cine, Septiembre Fiesta de San Pedro Claver Noviembre Reinado Nacional de la Belleza, Gimani Cultural Diciembre Miss Tanga

Carmen de Bolívar Junio Festival Bolivarense del Acordeón Diciembre Fiestas de la Inmaculada Concepción

Magangué Enero Encuentro de Compositores Costeños Enero 28 a febrero 2 Encuentro del Retorno Agosto Encuentro de Compositores Aficionados (Coyongal) A partir de octubre 31 Feria Agropecuaria, Artesanal a Industrial Noviembre Fiesta del 11 de noviembre

María La Baja Diciembre 8 Fiestas de la inmaculada Concepción

Mompox Febrero o marzo Carnavales Marzo o abril Patrimonio de la Humanidad por la Unesco Mayo o junio Corpus Christi Julio 16 Virgen del Carmen Agosto Fiestas de Corralejas, Feria Ganade ra Septiembre 14 Fiestas del Santísimo Cristo Octubre Virgen del Rosario Noviembre 2 Día de los Difuntos Diciembre 8 Fiestas de la inmaculada Concepción

San Jacinto Festival del Recuerdo Musical del Acordeón, Reinado de la Hamaca Grande

Turbaco Marzo o abril Semana Santa Junio Festival folclórico de Cartagena de Indias Julio 16 Fiestas de la Virgen del Carmen

Artesanías

Están representadas en muestras artesanales como las famosas hamacas de San Jacinto y sus productos en lana como mochilas, bolsos, sombreros a instrumentos musicales como tambores y gaitas. Objetos elaborados en madera de carreto o totumo se pueden adquirir en las playas de las Islas del Rosario y Cartagena, al igual que blusas, faldas tejidas y cuadros artísticos, en almacenes de La Heroica. Mompox aglutina réplicas de sus iglesias en cerámica, pintadas magistralmente y las muestras de filigrana momposina y otras artesanías en oro. En el Carmen de Bolívar, máscaras y figuras alusivas a la cultura Caribe, le confieren identidad a esta actividad artesanal. La mayoría de estas muestras se encuentran en casi todo el departamento.


Gastronomía de Bolívar

Hay que probar la cazuela de mariscos o el arroz con coco. El sancocho de pescado entrega una sazón única gracias a sus componentes y a la preparación tradicional en horno de leña, así como el pargo, el bocachico, el bagre, la mojarra y la sierra, los pescados más apetecidos. Las delicias costeñas comprenden las famosas arepas de huevo, que puede probar en cual quiera de los municipios, o los patacones con suero y hogao, así como la arepa de anís, la butifarra, el bollo limpio, las carimañolas y las diversas variaciones que hacen con la yuca y el queso costeño. Como sobremesa los dulces de piña, coco, papaya, guayaba y ajonjolí. Las célebres cocadas y los postres de limón son de obligatoria degustación.

Tomado del libro Guía de Rutas por Colombia, Puntos Suspensivos Editores, 2007



 


Sopla viento, sopla

por Carlos Sánchez

El canal del Dique baja parpadeando por un costado de Soplaviento, menudeando en las orillas ese rumor de cosas muertas y adioses que siempre va en los ríos. Su masa de agua limosa, de casi una cuadra de ancha, discurre frente a las casas con cercas de lajas de palma y grandes solares con árboles frutales. Pasa frente a la gente, pero la gente ya no espera nada de él. Para muchos es un estorbo, un padre ya viejo al que hay que aguantar al lado y sólo esperan que los deje pasar al otro lado, en el ferry o en botes. Al otro lado es Arenal y ahí empieza la carretera que los lleva a Cartagena o a Barranquilla donde trabajan y se proveen de mercancías.

El canal fue abierto desde 1640, entre Calamar y Pasacaballo, a pura fuerza de indio y de capataz español, para que Cartagena tuviera comunicación directa con el río Magdalena. Pasó por Soplaviento que probablemente se llamaba San Juan de Rocha y que era un grupito de chozas, agarrado a tierra entre las ciénagas del Guájaro y de Capote. Desde entonces la aldea quedó casi convertida en una isla.

Fue tal la cantidad de tierras que aquí se removieron y el agua que alcanzaron a encauzar, que para ese tiempo el canal llegó a ser una de las 10 obras de ingeniería más grandes de la humanidad.

En la actualidad Soplaviento tiene calles anchas y arenosas y de piso firme en el verano, moteadas de almendros, laureles, totumos, payandeses y garbancillos. He caminado el pueblo a distintas horas y siempre he visto familias enteras, recogidas afuera, en las mecedoras bajo los árboles. Muchas calles reciben desagües de las cocinas que por lo plano del terreno forman charcos de agua semiestancada. Niños, cerdos y gallinas juegan en esos charcos. Todos abundan por igual. A lado y lado se ven casas de bahareque y techo de palma, colindando con otras de "material" que tienen fachadas elegantes y antejardines desbordantes de plantas, cercados con rejas metálicas que en ningún caso rematan en puntas lanceoladas. 

Hablando de casas, es rico ser forastero en Soplaviento y caminar por sus calles. De repente, entre la rutina de las construcciones ya descritas, se encuentra uno alguna hermosa casa árabe de corredores con barandas balaustradas y columnas talladas en espiral, rematadas en cabezas con forma de mora. Los dinteles de puertas y ventanas rebordeados con arabescos de colores. Todas son señal de la prosperidad turca en estas tierras. Por el canal, la gente de aquí ha visto pasar, primero barcos y después trenes y ahora uno que otro remolcador. De aquellos tiempos de barcos y de trenes, el canal conserva bajos sus aguas terrosas, frente al rostro mismo del pueblo, los restos todavía aturdidos del buque Zaragoza y en las orillas 2 cabezas de puente firmes e inútiles.

El puente era una armazón curvilínea de hierro, apoyado en el centro sobre una gruesa columna que caía al otro lado sobre las tierras de Arenal o San Estanislao. El tren cubría Calamar-Cartagena. Cruzaba todos los días haciendo traquetear las toneladas de hierro del puente. Los barcos pasaban silenciosos como un espejismo y medio iluminados por bombillos de colores si era en la noche. Mucho antes de llegar al puente, los barcos hacían roncar sus sirenas y entonces el puente giraba lentamente por su centro, desprendiéndose de las orillas para darles paso. El mecanismo giratorio era accionado por un solo hombre, pero un día no lo hizo. El Zaragoza llegó hasta las barandas del puente sin poder frenar y chocó. Luego se hundió como un gigantesco animal, escorado contra el pueblo.

Después, en 1954 pasó el último tren por Soplaviento y más tarde el puente fue desarmado. Tantos adioses de barcos y de trenes. Uno piensa que todos aquí debieran ser viajeros, pero no lo son sino muy  pocos. La mayoría prefieren el apego tutelar que todo costeño tiene por su tierra y no se van, envejecen aquí, entramados en un tejido de generaciones que no tiene límites de edad. En cualquier mesa de cantina se emborrachan compartiendo como compinches, viejos, jóvenes y adultos. Si un hombre insulta a un niño, le puede proferir las mismas palabras soeces que escupiría contra otro hombre de su edad. A las casetas de baile llegan niños de 5 o 6 años, apenas vestidos con una pantaloneta para ver a las parejas bailar. Entre los muchachos existe una forma de "hacerse hombres". Un sábado en la tarde, como en un verdadero ritual, se presentan a una de las cantinas y se beben una caja de Costeñita, 42 botellas, y salen a la madrugada bien borrachos y tocados de hombría.

Como en las ciudades aquí se consigue marihuana y basuco y hasta una banda de pandilleros y peliones: "Los Pantera". Una que otra "putica del pueblo", como en el poema de Mario Rivero, existe y ejerce entre los matorrales vecinos.

Son 25.000 habitantes y la primera palabra es bailar. La Piragua, El Arlequín, El Isleño, La Pastora, El Punto Cubano, El Oasis, El Sapito, La Piedra, son lugares exclusivos para bailar, se llaman casetas y lo escriben así: K-Z. Son caneyes con pisos de cemento, en medio de solares cercados con lajas de palma, palos y matarratón. Venden cerveza y ron, y como están dispersos por todo el pueblo, casi no hay lugar  donde no se oiga el rugido de los equipos de sonido apabullándolo todo. Por otro lado, a menos de 3 cuadras siempre hay una cantina. En ellas se bebe y los hombres, a veces, se levantan y bailan solos. Hoy es sábado y el bullicio empezó desde muy temprano a las 8 o 9 de la mañana. Ios fines de semana el pueblo es pequeño para tanta parranda que resulta. Ahora son las 9 de la noche, las casetas, La Piragua y El Arlequín están repletas de bailarines y afuera, copando toda la calle, hay montones de ellos esperando para entrar. Están perfumados con aromas dulces y en la oscuridad de la calle, la cara negra les brilla con la semiluz de las casetas. Ríen y hablan exaltados. Toda la conversación la retiñen con ademanes y gestos y hasta doblando el cuerpo. Son negros y negras todos espigados y vibrantes igual que la música tronante que se alcanza a oír, lo menos a unas 5 cuadras. He pasado muy cerca, frente al gigantesco parlante de un pie kup, como llaman en toda la costa a los equipos de sonido, y he tenido la sensación de temblar estrujado por el ruido.

Señoras encorvadas sobre cajitas de madera iluminadas con velas, venden dulces y cigarrillos, otras venden fritos. En este ambiente nacieron y se criaron Catalino Parra y Clímaco Sarmiento, que reciclando bulla, parranda y alegría lograron para Colombia y el mundo creaciones musicales como Josefa Matía y Pie Pelúo. Desde las mesas de las cantinas los hombres saludan con energía y podría decirse con esmero, a los que llegan al café o pasan por la calle. Uno oye que dicen: "Ajoo, ño pello", "Ajooo Alex". Muchos acostumbran saludar con onomatopeyas cantadas que recuerdan cantos de vaquería o restos de antiguos saludos. "Güeyyy...", "I-jiii", "Güepa...". Entre los hombres, la vida de la calle está llena de juegos burlones que se llaman "changunguerías", como agarrarse el pene o pellizcarse el ano por encima de los pantalones. Los charlatanes suelen ser hombretones musculosos que siempre rematan la osadía con carcajadas. Todo el mundo en Soplaviento está bautizado 2 veces. Una en la iglesia, el nombre civil, que desaparece muy pronto en la infancia y otra en la calle, el apodo o nombre social que es definitivo y rotundamente biográfico. Todo el pueblo vigila que no haya nadie sin sobrenombre. Es tal la costumbre de apodar, que tienen apodo para nombrar al padre del tatarabuelo. Lo llaman "el brincacercos". Ni siquiera imaginaba que existiera en .español una palabra para nombrar a ese pariente tan remoto en el tiempo.

La tradición de llamar por apodos ha remontado los años y la gramática divirtiendo a propios y a extraños. He aquí una muestra: "Cosabella", "Copajorra", "Monocasacayendo", "Carecandao", "Caretierra", "Mazoehierba", "Jopodehilo", "Niñomío", "Lunga", "Juantabaco", "Cabezacorría", Tindá", "Manuelitapaticoparao", "Arrozsinliga", "Mistrabajos", "Purgante".

Aquí todo se puede volver una broma. Una noche, un grupo político escribió en una pared: "Tu amigo y servidor: Gabriel Narváez", pero más tarde un habitante de la casa pintada, raspó algunas letras y el aviso quedó así: Tu mico ervido: Gabriel Narváez. Para estirar el gozo, algunos siguen llamando al habitante reparador de avisos: Tu mico ervido".

Enfermedades corrientes y familiares como la gripa, cambian de nombre según los sucesos noticiosos del momento. Por estos días la llaman "La Tutela". "Estoy entutelao", dicen. Los últimos años la han llamado "Coletazo del Johan", "Abrazo de Tayson" o "Raspa-raspa". Me cuenta un habitante que hasta con las inundaciones gozaban. Hace cinco años tuvieron la última. Muchas casas muestran todavía la señal del agua; una línea terrosa y descascarada a media pared. En las inundaciones el desastre empujaba las familias hasta apretarlas en el escaso espacio de la Loma, una levísima ondulación del terreno, en el centro mismo del pueblo y allí los revolvía por dos o tres meses. Allí mismo se formaban comidillas por las que siempre rondaba la broma y la pelea. Las crecientes llegaban desde las ciénagas, por noviembre, y hacían mudar a todo el pueblo. Todos llegaban a la Loma con sus "chócoros" y hasta con los mismos caneyes que eran desenclavados de los solares y transportados como santos en medio de tragos de ron y de chanzas.

Para defender su religión, los Sopla-vienteros cruzaban extensos puentes de tablas hasta la iglesia. En cortejos de canoas eran llevados los muertos al cementerio. Los pescadores entraban remando por las puertas de las casas inundadas y pescaban en las aguas de más de un metro de alto de salas y cocinas. Alguna vez la creciente fue tan fuerte que se  vieron ataúdes desorientados sobre el lomo de las aguas, rascando las paredes de las casas. El peligroso asomo de las aguas, fue controlado con terraplenes hechos al borde de las ciénagas y desde entonces noviembre dejó de ser un mes de "ahogados". 

Este año ya han empezado a pintar algunas casas para la navidad y casi todas las familias están esperando algún pariente que regresa de Venezuela con plata, regalos y con las interminables historias del barrio Petare, donde viven todos en Caracas. Cultivan un aprecio ancestral por la educación. En la costa, el pueblo es conocido como "el pueblo de los maestros" y de hecho la educación es una de las principales fuentes de empleo.

En los colectivos y en las canoas siempre escuché conversaciones entre maestros. El índice de analfabetismo dicen que es bajísimo y es creíble por la cantidad de escuelas que hay. Cosas así, han hecho que los soplavienteros brillen en la costa con la fama de ser muy inteligentes.

De su bautizo hace casi 200 años, Soplaviento conserva un testigo aún saludable. Vive en el muelle, haciendo de esquina a un solar. Es la ceiba bonga, donde descansó Simón Bolívar en 1812, cuando aquí sólo había unas cuantas casitas de palma. La leyenda dice que el Libertador, acosado por el tedio y el bochorno de la tarde costeña, hizo parar el barco en que descendía por el canal, desde Cartagena y guindó su hamaca de la ceiba, que entonces era joven y que ahí meciéndose, agradecido con el don del viento, dijo: Sopla viento, sopla.

Desde esa tarde este lugar se llama Soplaviento. Ahora tiene 25.000 habitantes. Algún mapa lo muestra en el departamento del Atlántico y otros en Bolívar como si fuera un municipio errante, pero en verdad queda en Bolívar, apretado al límite de los dos departamentos, a 53 kilómetros de Cartagena.

Tomado del Magazin Dominical No. 567, 13 de marzo de 1994