Orlando Rivera

Barranquilla, Atlantico

Pintores

Figura Humana

 

Orlando Rivera, "Figurita"

pintor

 
 
Barranquilla, 1920 ??

Orlando "Figurita" Rivera, compositor, bailarín, diseñador de carrozas de carnaval, caricaturista, decorador de "inopinadas cantinas", "arrebatado" y "criatura de nuestro trópico" al decir de Alfonso Fuenmayor. Autor de la única caricatura que se conoce del Gru po de Barranquilla, en la que se distingue entre otros a Ramón Vinyes, Álvaro Cepeda Samudio y Germán Vargas,

"Figurita" pintó cuadros de anécdota clara y sabor costumbrista. Su lenguaje era expresionista y la paleta colorida. "Figurita" fue en el fondo un ingenuo, pero su ingenuismo estaba basado en el gusto por lo evidente, que tanta atracción ha ejercido en Enrique Grau.

Muerto en un accidente en 1960, la imaginativa pintura mural que en los años cincuenta realizó en un bar de la plaza del Boliche en Barranquilla revelaba, desde adentro, la sordidez de los bajos fondos, tema que lo conectaba a José Clemente Orozco y nos recuerda la influencia que ejercieron los mexicanos en Colombia.

En contraste, un cuadro de caballete como Gaitero es una exaltación del talento musical de la Costa. "Figurita" pintó baharequeras bajo la influencia de Pedro Nel Gómez o sea que su obra se inscribió en la tendencia artística que en 1934 se manifestó con fuerza en el país, eco de lo que ocurría en otros países de América Latina. 

Tomado del libro El Arte del Caribe Colombiano, Alvaro Medina, 2000

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El `figurita de La Cueva 

Por Fina Milena Polo

El libro de Heriberto Fiorillo empieza por el final de su personaje, el pintor Orlando Figurita Rivera. Arranca por la noticia de la muerte del artista, que fue desplegada en la primera página de los diarios de Barranquilla, tras caerse de la carroza diseñada y terminada de construir aquel sábado de carnaval, por él mismo, para una reina de Bolivia que nunca se presentó.

Guiado por los cronistas de entonces, el lector no sabe si el conocido pintor del Grupo de Barranquílla se suicidó, se cayó por accidente o fue empujado por un tercero. Tampoco lo averiguará el inspector de nombre Henry Brusse Salas, al frente de una investigación infructuosa que durará varios días.

Lo que si queda claro es que Figurita Rivera no se disfrazó en esa última ocasión de reina, ni de mujer ni de tigre cubano, como se rumoró tanto, antes de caer al vacío.

Lo que sabemos es que Miss Bolivia no había llegado a la ciudad y mucho menos a su carroza ese sábado por la tarde y que, al darse cuenta de ello, Figurita quiso apersonarse, de modo más festivo que triste, de aquel contra tiempo y, untado de negro como estaba, vestido con una camiseta azul oscura y una pantaloneta negra apretada de ciclista, se espolvoreó el cuerpo con unas serpentinas de colores brillantes, se subió al sitio más alto de la carroza y desde ahí empezó a arrojar besos, como cualquier candidata, hasta que en una curva fatídica de la carretera que lo llevaba a su pueblo, voló por los aires y cayó sobre el pavimento, sin que el conductor y su acompañante se dieran cuenta.

Desde el punto de vista informativo, el libro muestra uno de los bocetos del diseño de la fatídica carroza, bautizada El Tulipán Verde y al mismo Rivera ultimando detalles sobre el carromato.

Como artista, Rivera fue autodidacta, creció junto a Alejandro Obregón, Alfonso Melo, Gabriel García Márquez y otros grandes en la calle de San Blas y maduró en Medellín, en la compañía de Sol Santamaría (quien le dio cuatro hijos) y de entrañables amigos: los poetas Gonzalo Arango y Carlos Castro Saavedra, así como los escritores Alberto Aguirre, Oscar Hernández y Manuel Mejía Vallejo. De su padre, Rivera había heredado su debilidad por el alcohol y de su madre, un gusto exigente por la buena ropa.

Famoso por sus dibujos y caricaturas, adquirió en Barranquilla el remoquete de Figurita por que Figuras se llamó la primera revista que publicó sus monicongos ilustradores. Pero su fuerte eran óleos y acuarelas, que firmaba, a secas, Orlando Rivera.

Después de un Salón Regional de Artistas, organizado en Barranquilla por Alejandro Obregón, Álvaro Cepeda Samudio y compañía, en el que obtuvo los tres primeros premios, Rivera viajó a Bogotá y expuso en El Automático, el café que inauguró, de modo accidental, sus exposiciones con ese trabajo. Resulta que Rivera se presentó con un grupo de obras suyas, sin inscribirse ni nada, en el Salón Nacional de Artistas, que rechazó con firmeza su participación. Decepcionado, cargó con su obra hasta la avenida Caracas, donde empezó a colgarlos como frutos de árbol.

Entonces comenzó a llover y Jaramillo, dueño de El Automático le gritó: "Oiga, costeño, traiga esos cuadros acá para que no se le mojen".

Orlando Rivera accedió, pero en lugar de apilar sus pinturas una sobre otra contra la pared, las colocó sobre mesas y sillas, de tal manera que los parroquianos las-veían al entrar. Y en efecto la muestra despertó la curiosidad de tanta gente que el administrador colgó en propiedad todas las obras de Rivera durante varias semanas.

Orlando Rivera fue un autodidacta que se ganó una beca para estudiar en Bellas Artes de Bogotá, pero se aburrió a los primeros seis meses, sobre todo de sus profesores de dibujo. Como no era sólo hábil con las manos sino con los pies, bailó conga y guaracha en la compañía cubana de Carlos Pons, virtudes que sus amigos del grupo de Barranquilla pudieron constatar en largas e interminables noches de actuación en el Teatro Colombia, frente a la Librería Mundo y el Café Colombia, donde, rodeado por todos ellos, el sabio catalán, Ramón Vinyes, hablaba de política y de cultura, mientras bebía leche o Cocacola.

Además de pintor excelente y buen amigo, Orlando Rivera era loco.

Hay que estar loco para orinarse la alfombra del alcalde que le niega a uno el total de los premios ganados. Hay que estar loco para tomarle cariño a los manicomios, volverse amigo del burgo maestre que lo encerró y pedirle de vez en cuando que lo interne de nuevo, para seguir pintando en un ámbito tranquilo. Hay que estar loco para alimentar a su perro con maíz y, sobre todo, para quitarse todos los dientes superiores y personificar en unos carnavales a Mohadma Ghandi.

En todo caso, a comienzos de los cincuenta, Orlando Rivera viaja a Medellín y hace contacto con un poeta que ha conocido en las calles bogotanas: el nadaísta Gonzalo Arango, quien lo lleva con seguridad a los cafés de Junín, donde beben tinto y arreglan el mundo colegas de renombre, como Alberto Aguirre, Manuel Mejía Vallejo, Oscar Hernández, Guillermo Gaviria, Eddy Torres y Carlos Castro Saavedra, quienes lo acogen como uno más de la cofradía, valoran su obra, organizan para él su primera exhibición, le ayudan a conseguir apartamento y le facilitan, por aquí y por allá, los tres golpes alimenticios de rigor.

En el lugar donde desayuna y almuerza, una cafetería administrada por su amigo el poeta Oscar Hernández, conoce Rivera un mediodía a Sol Santamaría, una joven antioqueña que ha sido monja en Barranquilla, pero que ha abandonado los hábitos al final de su camera.

La época de Medellín es la más reveladora en su historia, narrada con soltura y buena pluma en este nuevo libro de Ediciones La Cueva. Rivera se vuelve mano derecha de Luis Lalinde Botero, como director del área del dibujo en su agencia de publicidad y aprovecha sus ratos de ocio para encerrarse a pintar en el pequeño estudio que su esposa le ha ayudado a montar en un nuevo departamento de la capital antioqueña.

A este llegará alguna vez su viejo amigo, el periodista y escritor, Gabriel García Márquez, en misión reporteril, pero, sobre todo, con el ánimo de verse, así sea desde lejos, con su amada, el cocodrilo sagrado, Mercedes Barcha, que estudia interna con las monjas de la Presentación en Medellín. Algo habrá de consolar se aquel enviado especial de lujo con el pescado en leche que le prepara la ex monja y las canciones vallenatas que el Figurita de siempre accede a acompañarle con la voz de su nostalgia.

Entre los mejores capítulos, deben contarse esos dos en que habla Rivera: en uno -preparado por Álvaro Cepeda discute sobre luz y movimiento con el fotógrafo Nereo López. El otro es su larga entrevista con Oscar Hernández, que ayuda a estructurar todo el libro-reportaje, según comentario del autor.

Si en su Barran quilla natal encontró este hombre su vocación de artista, fue en Medellín donde alcanzó su madurez como pintor.

Aquellos cinco años en la montaña consolidaron una obra espléndida que fue recibida a su regreso como la de un maestro, no sólo por sus amigos, intelectuales como Aífonso Fuenmayor y Germán Vargas o colegas como Alejandro Obregón; sino por quien dominara entonces el delicado universo de la crítica en el país, la famosa argentina Marta Traba, quien aplaudió con admiración y llamó a emular " las acertadas innovaciones de Orlando Rivera".

Fue también en Medellín donde se dijeron las cosas más interesantes sobre la obra de Rivera. El libro incluye lo que encomiaron en su momento Elkin Mesa y Gonzalo Arango, entre otros. Las numerosas reproducciones de óleos, acuarelas y dibujos incluidos conforman un vasto magma que permitirá evaluar con mayor justicia -como apunta el prólogo el trabajo de un hombre simpático, creativo y loco, cuya vida en plena efervescencia trocó la brisa de la imprudencia, cuando apenas entraba a sus 42 años.

Hoy nada queda de los murales que Orlando Rivera pintó junto a Alejandro Obregón en los burdeles más famosos de Barran quilla por los años cincuenta, ni nada de las caricaturas que inauguraron Figuras, aquella primera revista.

Pero hay dos frescos que La Arenosa, sus autoridades y ciudadanos deben intentar salvar para la historia: uno llamado `La resurrección de Colombia, que ocupa la sala de la casita de Baranoa, habitada por Fabián, un hijo de Figurita; el otro: Jesús arrojando a los mercaderes del templo, hoy escondido pero intacto tras una tapia de cemento en el viejo edificio de esquina donde funcionó el periódico El Nacional, de Julián Devis.

Si ello se logra, algo sustancial habrá sido capaz de recuperar, con este libro de Orlando Rivera, el Caribe colombiano. Además de su contenido, los cuadros, las fotos y las historias, algunos trazos definitivos para el perfil de una gran generación nacional, quizás la más floreciente de todas.

Y para el retrato múltiple de una nación que jamás podrá conocerse y valorarse a sí misma, si ignora su pasado.

Tomado del periódico El Tiempo, 21 de enero de 2006