Erika Diettes

Cali, Valle

Fotografos, Artistas Visuales (Ertistica)

Figura Humana, Desnudo

Erika Diettes, fotografa; fotografía por Olga Lucía Jordán

Erika Diettes

fotógrafa

 


EXPOSICIÓN EN EL TEATRO FAENZA

Sobrevivientes del miedo v el horror

por ANDRÉS ZAMBRANO D.

La fotógrafa Érika Diettes, con el apoyo del Museo Art Déco, reunió una serie de fotografías y testimonios de judíos que sobrevivieron al Holocausto y llegaron a Colombia. Un documento de un hecho que no es tan lejano de nuestra historia.

Max Wistnizer, sobreviviente judío de la Segunda Guerra Mundial, prefirió la elocuencia del silencio para expresar lo que le evocaba el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial. La hoja en blanco que la artista Érika Diettes le había entregado para expresar lo que ese tiempo le evocaba la devolvió intacta, ni siquiera la firmó.

Diettes entendió rápidamente que su gesto decía tanto como las dos páginas que escribió Inge Chaskel, también sobreviviente de ese cruel y horroroso momento de la historia mundial reciente. Por eso mantuvo intacto su testimonio y le tomó una foto, como lo hizo con los otros 30 que obtuvo de judíos que lograron salir con vida de esta tragedia y luego llegaron a un país para muchos desconocido, del que apenas habían oído hablar.

Marca histórica

"El Holocausto es para nosotros los colombianos una imagen cinematográfica", dice para explicar porqué decidió organizar la exposición Silencios, que se lanza simultáneamente con un libro del mismo título este miércoles, en el Teatro Faenza, de Bogotá.

La idea le llegó por casualidad, pero a tiempo para la conmemoración de los sesenta años del final de la Segunda Guerra Mundial. "Mi esposo es judío y un día, cuando falleció su abuela, encontré una foto de ella subiendo al barco que la traía a Colombia. La fecha era julio de 1938, apenas unos tres meses antes de la noche de los cristales rotos (9 al 10 de noviembre de 1938, el episodio que marca la oficialización por parte de los nazis de su política de discriminación y más tarde de exterminio de los judíos). Fue algo impactante porque nunca me había planteado que la Segunda Guerra Mundial tuviera que ver con Colombia. No pensé que una señora que hace mercado en Carulla era sobreviviente de Auschwitz o Buchenwald".

Comenzó una búsqueda que poco a poco se fue tran formando en una exposición. "El primero que encontré fue Max Kirschderg, con él tuve mi primer enfrentamiento al número tatuado. Era algo casi burdo, como escrito a la carrera con marcador. Fue muy duro porque él era periodista y simplemente me dijo, no hay nada que yo le pueda decir sobre la guerra".

Un testimonio la fue llevan do a otro y así el proyecto se fue creciendo. "Me reuní con los rabinos de las tres comunidades de Bogotá y ellos me dieron los datos de los que faltaban. Encontré sobrevivientes en Medellín, Cali y Barranquilla".

Diettes es una artista de la imagen que ha trabajado a lo largo de su carrera el tema de la humanidad. Por eso, centró todo en los rostros de estos hombres y mujeres, casi todos entre los 70 y 90 años. "Quería penetrar de alguna manera una intimidad negada". Las arrugas y el pelo cano no son muy diferentes de las de cualquier ser humano, pero sus ojos sí dejan ver las cicatrices de un episodio que marcó a fuego la historia reciente de la humanidad.

Para algunos, su testimonio del Holocausto se resume en dos nombres, los de sus padres, que murieron en un campo de concentración, para otros el de un hermano, para la mayoría es el milagro de estar vivos y la urgencia de que esto no se repita nunca más. Algunos optaron por el agradecimiento como Rubén Vodovoz, quien, a pesar de haber nacido en 1914, dice que tiene 58 años, porque decidió comenzar un nuevo conteo a partir de su llegada a Colombia.

Recordar no es fácil, no por que olviden, sino por todo lo contrario. Sus historias son dramáticas, como la de Ramón Blass, un judío francés al que un sacerdote católico ayudó a esconder pero luego le sugirió que se convirtiera para facilitar las cosas. El y su familia se fueron más al sur y allí los escondió otro sacerdote, un día no volvió y duraron casi dos años escondidos. Cuando salieron se enteraron de que su salvador había sido ahorcado y le habían colgado un cartel: "Por ayudar a los judíos". O la historia del que estaba a punto de subir a un tren que lo llevaría directo a la cámara de gas y en ese momento los aviones aliados descargaron un montón de bombas y en medio de la confusión salvó su vida. 0 la de Inge Chaskel, que a los 16 años formó parte del grupo encargado de llevar a los niños Judíos al barco que los llevaría a Inglaterra en lo que se conoció como kinder transport. Años después, tres de ellos se convertirían en premios Nobel. Ella conserva hoy el lazo y el cartón con el número con el que identificaban a los pequeños.

La minuciosidad de Diettes y la creatividad de Carlos Alberto González, su galerista, los llevó a escoger el Teatro Faenza como el espacio ideal para esta muestra. González tuvo la idea porque la arquitectura del teatro tiene que ver con la época en que sucedieron los hechos que evoca Diettes. Además, González encontró en su sugerencia el as bajo la manga para lanzar el primer evento de su proyectado museo Art Déco, que ya tiene casi listo y espera inaugurar el año entrante.

"El teatro es perfecto, está en obra es cierto, pero también tiene algo de ruina. Es un poco como en los tiempos de la guerra. Evoca esa destrucción y deterioro del ser humano", dice Diettes, observando cómo sus fotografías se alternan con las polvorientas sillas de uno de los escenarios más emblemáticos de Bogotá.

Para este trabajo esta artista caleña logró el apoyo de la comunidad judía, entre ellos el escritor Marco Schwartz, reciente ganador del Premio Norma de novela. Este barranquillero colaboró con un texto en el que habla del trabajo de Diettes y lo que él, como descendiente de judíos, recuerda de lo que le contaban sus familiares.

"Mucho se ha contado sobre el genocidio en el que murieron las dos terceras partes del pueblo judío. Bastante menos se sabe sobre la vida que llevaron después los supervivientes en sus países de destino. En ese sentido, el trabajo de Diettes posee un valor testimonial que va mucho más allá de cualquier consideración sobre la calidad de su hacer fotográfico, que en todo caso es excelente. No apela Diettes a sensiblerías fáciles o a imágenes escabrosas para cumplir su cometido, sino que lo hace con una fórmula  sencilla y cargada de fuerza: una foto en primerísimo plano del superviviente y otra foto del brazo del personaje exhibiendo algún objeto simbólico, incluido, en algunos casos, el número tatuado de Auschwitz. Todos los hombres y mujeres que accedieron a posar tienen algo en común: esa mirada de serena tristeza que siempre observé en mis tías Etka y Anya, incluso cuando reían. Son miradas que parecen decirnos: `Yo conocí un horror que ninguno de ustedes ha vivido y no podrá comprender jamás"—.

El trabajo de Diettes de muestra que la Segunda Guerra también pertenece a la historia local, que no es algo que se inventaron, como en la película Cortina de humo, los estudios de Hollywood, pues, sesenta años después, testigos de ese horror caminan por las calles de Bogotá, Barranquilla o Medellín.

Tomado del periódico El Tiempo, 23 de octubre de 2005

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Sudarios de testigos de la violencia

por Melissa Serrato Ramírez
Cultura y entretenimiento

Cada vez que la fógrafa Érika Diettes presenta una serie de imágenes, logra un nuevo modo de estremecimiento en quienes se enfrentan a ellas. Esta vez lo hace con Sudarios, una contundente muestra de 20 fotografías de mujeres colombianas que fueron víctimas de la violencia en una de "sus formas más crueles -dice Diettes-, presenciando cómo herían, violaban, mutilaban o asesinaban a uno de sus seres queridos".

Sudario, de Erika DiettesEn el proceso de elaboración de Río abajo, su anterior obra, que también abordaba el tema de la violencia a partir de los desaparecidos, se dio cuenta de que en los relatos de las personas había una constante: los victimarios creaban un público para sus violencias, como si se tratara de un espectáculo teatral, para que presenciaran las más atroces acciones. Entonces, mientras llegaba el fin de quienes morían, los que quedaban se veían obligados a vivir con imágenes cargadas de dolor en sus mentes.

Diettes comprendió que el dolor de todas era tan intenso que siempre había un instante en el que cerraban los ojos. "Era un gesto en el que demostraban que todavía, y tal vez por siempre, quedarían encerradas en el mundo de su dolor".

Ese momento de íntimo recogimiento y con un carácter casi ritual es el que articula Sudarios, un término con el que alude también a su deseo, imposible de cumplir, de cubrir y enjugar el dolor del rostro de todas esas mujeres.

"Aunque a veces pienso que tal vez ya ni lo necesiten -dice-. Después de tanto verlas, descubrí que en medio del dolor parecen haberse resignado".

El montaje

Diettes también estuvo al frente del montaje de esta muestra y decidió que las imágenes no se imprimirían en papel, sino en una tela delicada de seda-algodón; en blanco y negro, en gran formato (1,34 por 2,28 metros) y en el Museo Iglesia de Santa Clara de Bogotá, un espacio que solía ser un convento de mujeres y en el que, bajo la custodia de un dorado imponente, reposan numerosas imágenes de santas y mártires de los tiempos coloniales.

Solo le faltaba un hilo por anudar y que ella quiso dejar suelto, pues hizo que las fotografías quedaran pendiendo de hilos casi invisibles y libres en su base, lo que les da un carácter etéreo.

"Aunque de un modo muy distinto, todos hemos experimentado momentos de dolor tan fuertes que la sensación es de tal fragilidad que pareciera como si el cuerpo se elevara y solo quedara el peso de lo irremediable", comenta.

Diettes optó por dejarlas así porque quería mostrar cómo este país está habitado por fantasmas o almas en pena, pues "la violencia deja a las personas en un estado intermedio, sin posibilidad de volver a confiar en nada".

Tomado del periódico El Tiempo, 16 de mayo de 2011

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Imágenes que sanan

por Ana Mercedes Vivas

Las imágenes de Erika Diettes nacen de las experiencias vitales y de sus encuentros con la violencia en su núcleo familiar. Pero además, es la consecuencia de estar inmersa en el universo de las representaciones de dolor que la rodean, no sólo en medios como la televisión y la prensa, sino también en el arte, el cine y hasta en las conversaciones cotidianas. La fotógrafa -que estudió artes visuales y comunicación, y luego cursó una maestría en antropología- ha dirigido su interés a representar el ser humano, y más en particular sus encuentros con la injusticia, el dolor y la muerte. Y lo ha hecho indagando en las consecuencias que ha dejado la guerra en sus vidas tras sus procesos de duelo, resiliencia y superación.

Sin embargo, el proceso de construcción de sus obras no surge exclusivamente de la contemplación de dichas imágenes sino que, por el contrario, está ligado a trabajos de campo en los cuales comparte de cerca con la comunidad. Ha viajado a municipios de Colombia fuertemente golpeados por la violencia como Granada, Cocorná y Argelia (Antioquia), Montería o Barrancabermeja, en los que ha visitado los hogares de la gente, ha asistido a los encuentros de víctimas y ha sido testigo de algunos de los procesos de memoria que se han ido produciendo. A partir de allí, de estar en los lugares de los hechos, de compartir con las personas que han padecido de cerca la guerra, encuentra sus historias y produce las fotografías que hacen parte de su trabajo.

En el proceso de estos recorridos ha sido testigo no sólo de las consecuencias físicas sino también de las gravísimas secuelas emocionales que la guerra deja a su paso. Ha conocido familias en las que no sólo hay varios hijos desaparecidos sino también mujeres que han sido víctimas de abuso sexual, grupos familiares en que tres o cuatro familiares han sido asesinados y a los que Diettes escucha mientras sus testimonios van dejando traslucir una inmensa culpa por no haber podido hacer nada para que los hechos no ocurrieran. En la construcción de obras como Río abajo (compuesta de prendas que descienden por el agua), la verdadera labor no se limita a la fotografía sino que implica, además, un proceso de establecimiento de lazos de confianza con la comunidad para que le permitan ser la interlocutora de historias que, en algunos casos, hasta ahora se están revelando. En últimas, ser la confidente de muchos sentimientos de duelo que han sido represados durante años, y que se han mantenido en la esfera privada y que por medio de obras como Río abajo, A punta de sangre o su más reciente serie, Sudarios (veinte fotografías impresas sobre seda de mujeres testigos de masacres, en el momento de cerrar sus ojos ante el dolor de recordar), encuentran un medio para ser puestas en la escena pública.

Llevar de vuelta el resultado de su trabajo a la comunidad resulta parte fundamental de este proceso. Diettes es consciente del poder que tiene el arte para prestar un espacio de alivio y por ello ha recorrido más de dieciocho municipios colombianos con sus exposiciones, que van más allá de mostrar exclusivamente un trabajo artístico y sirven como un espacio ritual en el que las imágenes cobran carácter sagrado.

La violencia no acaba con el ser de las víctimas. Ellas deben seguir viviendo y haciendo las tareas más cotidianas que exige la vida. La diferencia es que son personas que han tenido que aprender a sobrevivir en medio de situaciones de desplazamiento, hambre, pobreza y con el dolor que produce la desaparición o la muerte injusta de un ser querido. Cuando se es testigo o víctima directa de tantos horrores, cuando se han perdido las certezas mínimas necesarias para convivir en sociedad y cuando los procesos de duelo quedan suspendidos, es difícil recobrar el sentido de normalidad y devolverle sentido a la existencia.

Es allí donde Diettes, que decidió ser fotógrafa a los 15 años, considera que la tarea de la sociedad, desde cualquier lugar que se elija -en su caso, como artista-, es volcar la mirada, la atención y los esfuerzos a evidenciar e intentar terminar con las causas de la violencia. "Ver el dolor de las víctimas como un asunto de ellos en un país como Colombia, donde la mayoría hemos sido tocados por la violencia es, de una u otra forma, uno de nuestros mayores actos de violencia y, al mismo tiempo, un desconocimiento de que ese fácilmente podría ser nuestro propio dolor".

Tomado de la Revista Diners No. 496, julio de 2011 

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