Carolina Trujillo Davila

Bogota

Actores

Personaje

 


Carolina Trujillo Dávila
Carolina Sara de Jesús Trujillo Dávila

actriz, diseñadora vestuarista

 
 

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Bogotá
 
Actriz - filmografía
(1990s) (1980s)
  1. La primera dama (2011) ... la abuela Mirta
  2. Amor por accidente (2008) ... Etelvina
  3. "El inútil" (2001)
  4. "¿Por qué diablos?" (1999) TV Series .... Lia de Falla
  5. Tabú (1999) 
  6. Deuda, La (1997)
    ... aka Dette, La (France)
    ... aka Deuda... o la insólita muerte y no menos asombrosa resurrección y segunda muerte de Alí Ibrahim María de los Altos Pozos y Resuello, llamado El Turco, La (Colombia: complete title)
    ... aka The Debt
  7. "Cartas de amor" (1997) (mini) TV Series .... Berta
  8. "Eternamente Manuela" (1995) TV Series
  9. "Mascarada" (1995) TV Series
  10. Dulce ave negra (1993) 
  11. Inseparables (1992)   
  12. "Casa de las dos palmas, La" (1991) TV Series .... Francisca García Muriel, la mujer desquiciada - Premio Simón Bolívar
  13. "LP loca pasión" (1989) TV Series
  14. "Caballo viejo"
  15. "La posada"
  16. "Inseparables"
  17. "Cartas de amor"
  18. Flor de invierno (1989)   
  19. Maten al León (1989)-
  20. Los pecados de Inés de Hinojosa (1988)  
  21. El círculo (1987)
  22. Vanessa (1987)
  23. El Divino- (1987)
  24.  Los dueños del poder (1986)
  25. Camino cerrado (1985)  
  26. Casa brava (1984)  
  27. Federico Barba Azul (1984) 
  28. El Bazar de los idiotas (1983)
  29. Sur verde (1981) 
  30. Querido Andrés (1980)
  31. Rasputín (1980)
  32. Líneas del destino (1979)

Participaciones - filmografía

  1. Especiales del  TPB durante los años 70s
  2. En 1962 participó Allen Duggett  
 
 
Información parcial cortesía The Internet Movie Database. Con permiso

 
 



Actriz de cine y teatro, con estudios en la Escuela Nacional de Arte Dramático y de Escenografía, Vestuario y Utilería en el Mountview Theatre Club, Londres.  

Diseña indumentaria para teatro y ópera obteniendo por ello diversas distinciones. Su trabajo trata sobre el desarrollo histórico del traje en el mundo, incluye uniformes civiles, militares y trajes de órdenes religiosas. 

Específicamente en Colombia, la obra de la artista se remonta a las prendas indígenas hasta el vestuario contemporáneo. Los maniquíes están ubicados en los entornos propios de cada época.

Figuras hechas a mano en cerámica de 37 a 40 cms de alto

Tomado del plegable de la exposición El Museo se Viste, Museo de Arte Contemporaneo, MAC, marzo del 2000.


 


La historia de Colombia en vestidos y pelucas

Carolina tenía 8 años cuando se topó con el primer vestido. Lo descubrió cierta vez que su padre le mostró un lienzo del pintor español don Diego de Velázquez mientras delineaba con sus dedos de pintor el recamado suntuoso de una marquesa rococó. El impacto fue tal que terminó por devorarse todos los libros de pintura de su biblioteca. Y de paso los de anatomía también. Así fue como supo que había trajes, maquillajes y pelucas de acuerdo con los patrones de las distintas épocas y como aprendió a recitar sin enredarse todos los huesos y músculos del cuerpo humano. Así fue como supo también, desde pequeña, que a eso, a vestir figuras y personajes, se dedicaría cuando fuese grande.

Con los años su vocación se refinó. Aprendió a distinguir rasos y tafetanes de sedas y terciopelos. Decidió avanzar con rigurosidad en su investigación alrededor del vestido. Quería tener unos modelos de los que pudiera echar mano para el diseño de sus vestidos de época y no había suficiente tela de dónde cortar. Eso hacía muy difícil su labor de diseñadora de vestuario, ahora que estaba dedicada de tiempo completo a eso. Entonces no tuvo más remedio que hacerlo ella misma. Creó sus `monos. Unas diminutas figuras elaboradas en barro y caolín, que Carolina Trujíllo viste a la usanza de las distintas épocas desde la edad de piedra hasta nuestros días.

Entre hombres de la Edad Media y del siglo XX, entre personajes del Renacimiento y del siglo XIX. Entre militares, clérigos, próceres, damas aristocráticas y hombres de poca alcurnia, Carolina posee ya una colección de más de cien piezas únicas, que compendia toda la historia del vestido a escala de 1:05.

En treinta años de trabajo esta actriz, escenógrafa y vestuarista ha logrado reunir en un solo "ambiente" hombres y mujeres de todos los tiempos y ha sacado a relucir muchas de nuestras costumbres sociales con sus personajes de época.

Carolina Trujillo descubrió, por ejemplo, la historia de los serenos al estudiar la Colonia. Una época en que los bogotanos caminaban a tientas por la falta de fluido eléctrico y en donde sólo los más intrépidos se arriesgaban a salir de casa a toparse con la oscuridad. Así fue como Carolina supo de `los serenos. Porque eran los habitantes de la noche de ese entonces. Iban siempre de alpargatas, con ruanas lisas, sombreros de paja y un farol, pregonando el estado del tiempo y anunciando el paso de las horas guiándose por el tañido de las campanas de las iglesias y que ellos canturreaban hasta las dos, tres, cuatro de la mañana.

Pero esta manera sencilla de andar no fue distintivo de otras épocas. De la incomodidad y tiranía de las modas, desde la Edad Media hasta el siglo XVIII, no se han salvado ni los hombres, que en algún momento de su vida también usaron el famoso corsé. Fue en 1580. La moda les duró solamente cuatro años, un dato que Carolina se saca de entre la manga y que descubrió en sus acechanzas de hechos históricos curiosos relacionados con la evolución del vestido.

Hubo, durante el siglo XIX, un personaje reconocido entre todos por la manera de vestir y por la leyenda que descubrió Carolina alrededor de su vida. Era un misterioso personaje capitalino, el doctor José Rairnundo Russi. La historia ocurre durante 1850, en el mandato del presidente José Hilario López. Este abogado era partidario de las llamadas `Sociedades Democráticas que habían surgido en ese momento como protesta de los artesanos por la política librecambista del mandatario, que ponía en desventaja la producción manufacturera nacional frente a las importaciones y el mercado extranjero.

Este hombre, con su habitual capa de paño con cuello de piel de perro, fue acusado de ser el homicida de un hombre que se sospechaba hacía parte de una banda de maleantes y que muchos pensaban, era liderada por el propio doctor Russi. Cuando la víctima, antes de morir, confesó haber sido apuñalado por traidor por uno de sus mismos camaradas, las autoridades volvieron sus indicios contra el abogado Russi. Así fue como en julio de 1851, el doctor José Raimundo Russi junto a otros cinco hombres más inculpados de pertenecer a una cuadrilla de malhechores, fueron fusilados en una esquina de la Plaza de Bolívar, ante miles de ojos aterrados a incrédulos que miraban cómo se los acribillaba sin pruebas contundentes y para acallar, quizá, al portavoz de tanto `artesano resentido.

Casi por la misma época, 1852, tiene lugar la historia de Trinidad Forero, de quien se dice era bruja y contrahecha, comenta Carolina. Esta mujer sometió a las más crueles vejaciones a su criada, Custodia, por haber puesto los ojos en el hombre que era objeto de su amor. Al ver que la joven era correspondida, Trinidad puso en juego toda su sevicia para el mal: amarró a su criada de pies y manos; la amordazó, le arrancó el pelo y los dientes y luego le escaldó diferentes partes del cuerpo con una plancha caliente. No contenta con eso, Trinidad Forero le tasajeó las comisuras de la boca hasta las orejas y en seguida la emparedó, dejándole un pequeño hueco por donde cada día le pasaba mendrugos de pan y agua que la mantenían exangüe pero viva.

Meses después un soldado, Pedro Siachoque, liberó a Custodia de su asfixia y encierro, cuando su cuerpo estaba ya deshilachado y casi en estado de putrefacción. Quién lo creyera, Custodia sobrevivió y arrastró durante largo tiempo el pavor de sus recuerdos de desgracia y de tortura.

Pero a pesar de que Carolina Trujillo se exalte con todas estas historias y pasiones escondidas tras los pliegues de nuestra indumentaria nacional, ella prefiere a la diminuta Lucrecia Borgia del siglo XVII por sobre todas las demás figuras de su colección (lograr un cuello con esa actitud tan natural es muy difícil). 

Y reconoce que en toda la historia del vestido no hay otra época más espléndida que la del Renacimiento italiano: la época que rebasa los oscurantismos de otros tiempos. La época de la exaltación del ser humano y del esplendor de las formas. La época de la proliferación de telas, joyas y peinados y del reinado de tantos pintores motivo de su inspiración, cuando ella era (lo recuerda) una jovencita distraída entre las callejuelas de Londres.

Porque había ganado una beca a Inglaterra para continuar sus estudios de actriz y ella sacaba el tiempo necesario para tomar algunos cursos de vestuario. Y para ir a los museos, su felicidad. Allí pasaba la mayor parte del tiempo mirando cuadros, embebida en los recamados de los trajes, en las comisuras de los rostros, en los tocados y accesorios de todos esos personajes quietos, que ella soñaba con dar les alguna vez un soplo de vida y con vestirlos y acicalarlos como cuando era niña y peinaba a sus muñecas.

Y así lo hizo a su regreso a Colombia. Ingresó al TPB dirigido en ese entonces por Jorge Alí Triana y durante seis años consecutivos mientras actuaba, diseñó vestuarios y escenografías, al tiempo que supervisaba las utilerías de las obras. Vivía entregada a las tablas. Asistía a los ensayos y estudiaba el carácter y la fisonomía de los personajes, repasaba los libretos, indagaba a los actores y entonces sí se lanzaba a realizar sus diseños, pues la inspiración y el rigor de su oficio se basan, piensa ella, en el conocimiento de los roles y la fisonomía de los protagonistas. Carolina encarnó muchos papeles a lo largo de esos seis años. En el repertorio de sus obras memorables y queridas están Ricardo III, La ópera de tres centavos, El Tío Vania y Romance de Lobos. Con éstas y con muchas obras más, el TPB realizó giras a lo largo y ancho del país, deteniéndose en pueblitos y veredas, realizando tres y hasta cinco funciones diarias y transportándose, todos apeñuscados y felices, en unos camiones que soportaban al elenco y a toda la parafernalia teatral. Ah, eran los años 70 y era otro el país, dice Carolina Trujillo.

Cuando después entró a ser vestuarista de las temporadas de ópera, en los años 80, Carolina Trujillo se desconcertó. Trabajaba sola, sin conocer de antemano a los cantantes, ni al director y mucho menos al escenógrafo. Era rarísimo, confiesa. Así, a ciegas, confeccionó muchos vestuarios, el de Tosca, La Fuerza del Destino, Payaso y el de muchas óperas más. Siempre con la urgencia del tiempo y con los imprevistos que implicaba el trabajar sin los modelos reales y ateniéndose a su sola intuición. Entonces realizaba vestuarios para lánguidos y agónicos personajes que resultaban ser, la mayoría de las veces, mujeres y hombres gordos y rozagantes de vitalidad. Porque en la ópera no hay casting ni rasgos actorales que valgan. En la ópera lo único que cuenta es la voz. 

En los últimos tiempos Carolina ha sido vestuarista y actriz de muchas series de televisión. Pero su gran preocupación siguen siendo sus monos. Tiene montones de brazos, piernas y torsos desperdigados por su apartamento, esperando a que ella los convierta en figuras de su colección. Pero ella duda, se impacienta. La labor se le ha vuelto complicada ahora que su madre murió, pues era ella quien le preparaba el barro y le dejaba listos sus maniquíes antes de ser lanzados a las brasas del horno.

Ahora Carolina debe contentarse con la utilización del caolín, que no tiene la maleabilidad ni textura del barro para ser lijado ni tallado. En ese proceso puede durar hasta un año, hasta que consigue reunir muchas piezas para ser horneadas. De manera que es después de sacar los moldes del horno cuando las cosas empiezan a tener figura. Entonces empata los brazos al tórax mediante alambres, mientras que las piernas las pega al cuerpo con tela y colbón. Es un proceso muy arduo, que exige limar las protuberancias y asperezas de la figura empatada y encontrarles la media naranja a brazos y piernas. Cuando esto se logra, Carolina Trujillo respira hondo y se da a la tarea de perfeccionar los rasgos de la cara, de maquillar, de peinar y de vestir a sus liliputienses.

En seguida cosa los vestidos a mano, los adorna con los aditamentos adecuados, trenza pelucas, cose cofias, encajes y bordados y finalmente coloca los nuevos maniquíes, ya vestidos y maquillados, junto a los otros personajes de la colección, Muñecos y muñecas que resumen la historia de Colombia, sus costumbres, sus gustos y sus arandelas.

Confía en no tallar un mono más. Por lo menos no un hombre del siglo XXI: con esas solapas tan difíciles de moldear y con esa moda uniforme y sin gracia. Porque ahora lo único que le preocupa a Carolina es encontrar el espacio adecuado en donde sus maniquíes puedan estar. Un espacio en donde ellos puedan ser contemplados en toda su belleza. Un espacio que al contacto con esos diminutos personajes de barro y caolín, nos de vuelvan la memoria de todos esos hombres y mujeres que hemos sido.

Mientras tanto ellos, los testigos imperturbables de todos los tiempos, continuán viviendo en silenciosa armonía: mirando quietos y pacíficos el devenir de los años, sin que les importen para nada las costuras y filigranas de los siglos.
 
Tomado de La Revista de El Espectador, No.07, 3 de septiembre de 2000

 

 
Carolina Trujillo, reconocida actriz de teatro y televisión, adelantó estudios de actuación, escenografía y vestuario en la ciudad de Londres y a su regreso a nuestro país en el año de 1966, comenzó a investigar la evolución del traje en la historia del mundo y particularmente en el medio colombiano; trabajo arduo que ha incluido otros temas como el peinado, el maquillaje, las joyas y demás accesorios junto con la concepción ideal de la figura humana y el entorno arquitectónico, el mobiliario, las costumbres en que se ha desarrollado en el curso de la historia.

Dicha investigación le demostró cómo en realidad, los estudios sobre el traje generalmente le dan un tratamiento frío y completamente aislado del contexto, por lo que ha venido plasmando visualmente esta recopilación, mediante la elaboración de pequeños maniquíes en cerámica, que adecuadamente vestidos según el rigor de cada moda, ha colocado en pequeños escenarios a escala 1:05 que recrean la vida cotidiana con todo detalle, desde los tiempos de la hoja de parra hasta nuestros días.

En la actualidad Carolina cuenta con un verdadero Museo en miniatura al cual lamentablemente el público no tiene acceso, que recoge el devenir de la vida del hombre, sus descubrimientos e inventos a través de la historia, trabajo prolijo y serio, donde sorprende el amor y la dedicación.

No sería justo terminar estas líneas, sin resaltar la colaboración  del mininiaturista Oscar Bonilla en la elaboración del mobiliario y escenarios.

Tomado del libro Trajes, historias y leyendas de Dantafé, Fondo Cultural Cafetero, 1995 


 


Clama para salvar su gran tesoro

Se consagró como Francisca García Muriel en La casa de las dos palmas.  Hoy busca apoyo para evitar que cierren el lugar que convirtió en su rincón cultural.

El rostro de Carolina Trujillo refleja angustia. Se lleva las manos a la cara y exclama: "¡No quiero quedarme sin mis ‘monos’!, ellos son parte de mi vida, no los puedo arrumar en una bodega porque se perderían años y años de trabajo, de sacrificio, de sueños".

El drama de la actriz, que pronto veremos encarnando a la odiosa abuela Mirta en La primera dama, serie del Canal Caracol, comenzó hace pocos meses cuando la administración de Torres del Parque, en pleno centro internacional de Bogotá, le anunció que debía desocupar el local en donde funciona el Barcarola. Allí exhibe pequeñas figuras de militares, clérigos, próceres, damas de la aristocracia, plebeyos de la Edad Media, del Renacimiento y representaciones que van del siglo XVII al XX.

Esa colección en miniaturas, de figuras cuya altura se halla entre los 40 y 70 centímetros, elaboradas en barro y talladas en caolín, rigurosamente vestidas con ropas de época, es lo que la artista llama con familiaridad sus ‘monos’.

Por favor, un plazo

Aunque ha sido infructuosa la lucha por obtener el apoyo de entidades culturales que le otorguen un espacio para concretar su deseo de crear un auténtico museo, Carolina hace fuerza porque aparezca un mecenas. "Trabajar con mis monos es una terapia", dice la ganadora del Premio Simón Bolívar por su interpretación de la curandera Francisca García Muriel en la serie La casa de las dos palmas.

Ella es consciente de que hay una millonaria deuda por pagar, pero aboga para que le brinden un plazo y así evitar el desalojo. Samuel Zuluaga, administrador del conjunto residencial Torres del Parque, nos respondió que "este es un tema que acostumbramos a manejar con la persona interesada porque somos respetuosos de la privacidad, y bajo esas circunstancias no puedo suministrar ningún tipo de información".

Voces amigas

Pilar Muñoz, directora del Museo de Trajes Regionales de Colombia, que funciona en la Casa de Manuelita Sáenz en el sector histórico de La Candelaria, coincide en afirmar que el problema es de carácter económico. La funcionaría sugiere realizar una subasta en la que artistas (pintores, escultores, etc.) donen una obra para recoger fondos que permitan subsanar las deudas y preservar el patrimonio histórico y sentimental que significan para Carolina sus creaciones.

Tras destacar que la exposición de figuras ataviadas con los más representativos trajes de época es una auténtica reliquia cultural, Consuelo Luzardo asegura que la situación que vive su amiga y colega es preocupante. "Es un trabajo que merece ser expuesto y admirado por las generaciones venideras. Son obras elaboradas con mucho amor y podrían salvarse si una institución dona un espacio adecuado para exponerlas. De otro modo tendría que recogerlas y guardarlas en un lugar en el que con seguridad se desaparecerán", sentencia; mientras que Gustavo Angarita confía en que aparezca una empresa del sector privado que no piense en el lucro y se incline por el interés cultural.

En noviembre del año pasado, una funcionaría de Misión Bogotá insinuó que a Carolina se le podría ayudar con la presencia de pasantes (practicantes) en su establecimiento, que por cierto abre esporádicamente, pero debido a que se vende licor, esto no fue posible.

Algunas organizaciones culturales han querido solidarizarse, pero como el asunto es de dinero, nadie logra concretar la ayuda. De ahí que alimente su única esperanza: que surja un mecenas.

Tomado de la Revista 15 Minutos, No.34, noviembre de 2011