Carolina Ramirez

Cali, Valle

Actores

Personaje

 


Carolina Ramírez 

http://www.carolinaramirez.net/ 

actriz

   
 

Vea otras imágenes de Carolina Ramírez en Colarte 

En Gabriel Blanco, TV, Mexico

   
 

Cali, 1983

Actriz - filmografía
  1. No sé si cortarme las venas o dejarmelas largas (2013 - teatro)
  2. Palabras encadenadas (2012 - teatro)
  3. El Capo 2 (2012 - TV)
  4. "Toc-Toc" (2011 - teatro)
  5. "La Pola" (2010) ... Policarpa Zalabarrieta
  6. "Hija del mariachi, La" (2006) TV series .... Rosario Lucero de Mexico Guerrero (2006)
  7. Soñar no cuesta nada (2006) .... Herlinda
    ... aka A Ton of Luck (USA) )
  8. "Septima puerta, La" (2004) TV Series .... Jenny
  9. "Lectora, La" (2002) TV Series .... Remedios Cherry Carranza
  10. "Jack el despertador" (2002) TV Series .... Lila
  11. "Punto de giro"
  12. "La fiesta del Chivo" (teatro)
  13. "Crónica de una muerte anunciada" (teatro)
  14. "Unidad investigativa" (episodios)
  15. "Así es la vida"
     
 
 
Información cortesía The Internet Movie Database. Con permiso

 
 
Cali, 20 de junio de 1983

Es un tornado, un maremoto, una descarga eléctrica. Dispara palabras a la velocidad de la luz. No se detiene. Recuerda la mala impresión que le causó Bogotá cuando llegó por primera vez en bus, con toda su familia, dejando atrás Cali. "¿Aquí vamos a vivir? ¡Esto es horrible!", gritó. No se entendía con esta ciudad. Se caían gordas. Un día, a sus 15 años, se perdió en el centro buscando la dirección para llegar a una audición, y se puso a llorar. "Yo ahí, sin saber qué hacer, en uniforme de colegio".

Pero esas épocas son prehistoria. Bogotá y Carolina llegaron a un acuerdo, ahora viven su love story. Aquí ha podido de mostrar su gran talento. Ella, que estudió casi todos sus años escolares en Incolballet (en la capital del Va lle), y que estaba empeñada en ser bailarina, descubrió en esta sabana su rumbo artístico. "Y yo que decía que no quería actuar". Comenzó en el programa infantil Jack, el despertador, "me tocaba hasta pararme de cabeza", recuerda.

Pero las mejores críticas llegaron con su papel de `Cherry, en La lectora. El libretista Mauricio Navas dijo que ella mostraba "esa característica que tienen los buenos actores: que huelen a actores". Un comentario que eriza a Carolina, "¡Guau! Tengo cada vez una responsabilidad más grande". También ha demostrado su oficio en las obras teatrales La fiesta del Chivo y Crónica de una muerte anunciada. Por ahora seguirá metida de cabeza en la Séptima puerta, planea en serio su ansiado viaje a Inglaterra, y, cuando puede, monta su bicicleta a través de la ciudad que más le gusta en el mundo: Bogotá.

Tomado de la Revista ALO No.422, 21 de enero de 2005


 
   

Los biceps, femorales, los cuádriceps y los gemelos pare esculpidos sobre esa piel firme y muy suave. Carolina está sostenida sobre su pierna izquierda en un zapato amarillo de 10 cms de tacón, mientras la derecha le toca la oreja en una perfecta abertura de 180 grados. Con todo y esa tensión, en los labios largos y delgados se le dibuja una relajada sonrisa capaz de rendir a cualquiera.

La del mariachi no canta (la voz de las canciones en la novela es de Adriana Bottina), pero sí baila como los ángeles. Incluso lleva poco actuando, solo seis años (tiene 23), desde que decidió abandonar el ballet porque entendió que -aunque tenía una extrema disciplina- sus condiciones físicas no le daban para ser una especie de Silvie Guillen (la primera figura del Ballet de la ópera de París).

Y en una función de Cascanueces, en el Teatro Colón, de Bogotá, se despidió de la danza en el 2000. "Pero entendí que no quería irme de los escenarios y que, aunque me encanta el ballet clásico, lo que más me gusta es la interpretación". Por eso se moría al ver videos de Rudolf Nureyev o Mikhail Baryshnikov

Ya daba clases de danza para entonces, tenía 17 años y ganas de estudiar diseño gráfico. Pero sus papás, Nhora y Hernando, no podían pagarle una universidad privada: "No pasé en la Nacional y la actuación, donde podía seguir en los escenarios a interpretar, fue mi salvación. Allí, mis limitaciones no existían; al contrario".

Caleña a hiperactiva, Carolina habla con desparpajo y sin tapujos. Estudió sus primeros años en el Stella Maris, un colegio de monjas de donde salen señoritas muy bien puestas. Desde los 6 años hizo gimnasia y a los 9 la matricularon en Incolballet, la escuela que dirige Gloria Castro: "Yo era muy pinchada. Tenía mucha flexibilidad y era como la niña rica del salón, pues venía de un colegio privado a uno público. No tenía amigos".

Y en ese colegio sui géneris, que queda en una finca en las afueras de Cali, con mucho verde, lago y riachuelo, aprendió de disciplina en clases de 7 a.m. a 6 de la tarde; amó el ballet creciendo con las primeras figuras de la compañía y hasta se enamoró platónicamente de Juan Pablo: "Era hermoso. Yo tenía 10 años y cuando lo veía salía corriendo".

Hoy ese primer enamoramiento sigue bailando en una compañía de Estados Unidos: "Vino el mes pasado, hablamos de eso y nos reímos mucho. Incluso me dijo: `Mire de lo que me perdí". Luego se trastearon a Bogotá.

Tomado de la Revista ALO, edición No.465, 29 de septiembre de 2006


 
 


No queda otro camino que adorarla

por Julian Isaza

Como dice la famosa canción de Vicente Fernández, a mujeres tan divinas, como a Carolina Ramírez, no queda otro camino que adorarla. La primera vez que la vi no fue en televisión, fue en mi barrio, cuando aún no era famosa, cuando todavía permanecía en el líquido amniótico del anonimato y esperaba su alumbramiento frente a Las cámaras. De Carolina, me acuerdo, que era la chica-Linda-del-barrio, que cuando salía a comprar pan y leche, la población masculina (la que apenas había aprobado la adolescencia) se quedaba con expresión de recién lobotomizado, que usaba pantalones de colores que solo le podían quedar bien a ella y, que sí, que tenía ese efecto de Mary (de la de Loco por Mary) que podía dejarnos reducidos a la ensoñación frente a su belleza y simpatía. Era tan bonita que nadie le hablaba.

Hoy, probablemente unos siete a ocho años más tarde, me la encuentro en la pantalla a diario, encarnando a Rosario Guerrero en La hija del mariachi, convertida en una celebridad de labios gruesos, con ese rostro más acorde a un pin-up de Los cincuenta que a una portada del nuevo milenio. Carolina tenía algo desde el principio, estaba diseñada para otras cosas y ahora es claro para qué. Carolina, sentada mientras se depila las piernas, con esa actitud de vecina de toda la vida, cuenta de dónde salió.

Nació en Cali hace 23 años en un hogar clase media. Fue una nómada desde niña, pues dice que nunca duró en una misma casa más de tres años, porque su familia fue otra de Las víctimas del Upac, por lo que con sus padres y hermano (dos años menor) la migración a lo largo y ancho de la Sultana del Valle fue una constante y tuvieron que depender del movimiento de los precios de los alquileres. Entonces vivían en arriendo y aunque no había abundancia, sus papás siempre se preocuparon porque no les faltara nada a sus hijos. Lo que definitivamente lograron.

Desde niña se interesó por el arte, especialmente por el baile, por lo que sus papás decidieron apoyarla y meterla en una escuela de ballet. Carolina fue una dotada y desde entonces también fue becada año tras año, descubriendo, lo que parecía en ese momento, su futuro. Pero una cosa es lo que parece y otra es lo que es, y de eso se daría cuenta años más tarde.

A Bogotá llegó con su familia, a abrirse paso y a buscar mejores oportunidades. A los 16 años se instaló en el páramo y de inmediato se matriculó en otra academia de ballet, en donde su talento también fue reconocido, pues no solo tuvo las becas indispensables para seguir adelante, sino que también se le abrieron puertas. Bailando fue a Cuba tres veces, la primera fue financiada con un chance que su padre se ganó días antes del viaje, la segunda fue gracias a las monjas de su colegio que le regalaron los pasajes y, en la tercera ocasión, fue la academia de ballet la que cubrió sus gastos. Pero no solo fueron los viajes, sino que también tuvo nuevas oportunidades, pues por el ballet hizo un casting para una propaganda de danzas y allí conoció al director John Bolívar, quien le propuso que se presentara para un papel en la telenovela El Inútil, a la que no entró, pero Bolívar le volvió a proponer que se presentara para un nuevo proyecto que se llamaría Los otros y nosotros, que si bien nunca salió al aire, sí fue " la primera escuela de actuación que tuve y además fue pagada", dice Carolina. La naciente actriz grabó durante tres meses y conoció de primera mano el oficio al que se dedicaría desde entonces.

Desde ese momento comenzó a aparecer esporádicamente en capítulos unitarios de series como Unidad in vestigativa o Así es la vida. En la actuación se sentía cada vez más cómoda, pues de alguna manera se había preparado para ella con el baile, que le dio no solo confianza sino también una preparación física excepcional. Pero fue con su papel en La lectora, donde tuvo su primer gran reconocimiento y su rostro comenzó a ser habitual en la pantalla. En esta serie tuvo la oportunidad de estar en el set con grandes actores como Fabio Rubiano, Lorena Meritano y Luis Mesa; además, su experiencia en la danza le sirvió una vez más, pues encarnaba a una bailarina de burdel, que con el paso de los capítulos adquirió una importancia central en la trama.

De ahí en adelante se comenzó a afianzar en la actuación y decidió dejar el ballet, pues "luego de 10 años bailando sentí que ya tenía que dirigirme a otro arte", dice Carolina, que luego de La lectora entró a Séptima puerta. En esta nueva serie interpretó a Jenny Candela, una especie de superheroína colombiana que luchaba contra fantasmas y otros seres de ultratumba. En esta producción tenía que grabar hasta 40 escenas diarias y para ella fue uno de los proyectos más importantes de su camera, pues aunque el ritmo de trabajo era frené tico, la serie terminó por darle un reconocimiento del público aún mayor, al punto de que hoy todavía muchos la recuerdan por ese papel.

Después de renunciar a Séptima puerta, por puro y físico agotamiento, Carolina se tomó un tiempo fuera de las cámaras y solo hizo algunos capítulos para Decisiones, de Telemundo. Eso hasta que le pidieron que hiciera un nuevo casting para una telenovela de RCN, que se llamaría La hija del mariachi y en donde ella se quedó con el protagónico, que hoy pone a cantar rancheras a más de uno.

Carolina ahora es una celebridad, pero al verla ahí sentada, con esa sonrisa amplia y fácil y esa capacidad para hacer sentir al extraño como un amigo, es fácil verla como la vecina que un día fue. Ella dice que ahora va a comprar un apartamento para ella y su familia, con la que todavía vive, pues eso de vivir sola no ha sido lo suyo. También dice que al finalizar la novela quiere irse a Argentina de paseo, porque ahora es cuándo, pues no está caro y hay que aprovechar. Carolina es un contraste, es famosa pero en su carácter no hay rezago de fatua vanidad, parece más anónima que celebridad. Es la misma que siempre fue: la-chica-Linda-del-barrio.

Tomado de la Revista Carrusel No.1438, 19 de octubre de 2007


La danza emprendedora

Por estos días, Carolina Ramírez anda enamorada de un hombre que la dobla en edad, pero no en dignidad ni en gobierno. Reconoce que pisó las trampas del amor y sin embargo abandona el set de grabación de los estudios de RCN sin una lágrima en los ojos. Su hermoso y definido rostro, que parece tallado en un camafeo, luce más bien despreocupado y alegre, como si ella hubiese dejado su corazón en remojo para dirigirse, aliviada de las penas de la pasión, al nuevo reino que ocupa su ilusión: el Hotel Casanovas.

Mientras interpreta a Mariana, abogada de 28 años, protagonista de la telenovela Las trampas del amor -que se estrena a finales de este mes-, su ambición es amar a una persona que podría ser su padre: una fragosa lucha que causará desasosiego en la sintonía adulta femenina, y mucha envidia en la masculina. Pero en la vida real, Carolina se convierte en una joven emprendedora que puede ser el símbolo de esa Colombia que no se arredra ante ninguna tormenta financiera. La actriz ha consagrado todo sus sueños a un pintoresco hostal del barrio bogotano La Soledad, que en menos de tres meses funcionará en una casa construida en 1935, libre de fantasmas y edificada con el resistente cemento del amor familiar.

Lleva casi un año en esa doble vida de artista y de pequeña empresaria, pero da la impresión de que esa dualidad la tiene sin cuidado. A los 25 años parece una mujer madura, que ya ha planeado hasta lo que hará para celebrar el segundo centenario de la Independencia nacional el 7 de agosto de 2019, pero adentro hay una chiquilla con la piel suave, la boca grande y sonriente y muchas ganas de salir adelante. Nació en esa Cali mecida por el viento de las cinco de la tarde, y siempre vivió sacudida por vaivenes de gitanos. Nunca pasó más de tres años en una misma casa, porque la crisis del sistema Upac provocó que su familia -compuesta por padre, madre y hermano menor- tuviera que migrar de barrio en barrio para ponerle una trampa a cualquier rebaja en los precios de los alquileres. Por eso sus estudios sólo pueden comprobarse en los archivos del Stella Maris, colegio de monjas que manufactura señoritas del siglo pasado. Ella salió de allí con defectos de fábrica, en virtud de que desde los seis años se refugió en la gimnasia y en la danza. A los nueve ya estaba matriculada en Incolballet, la escuela de baile más famosa del occidente colombiano. Su única amiga era la soledad. "Como era la niña rica del salón, pues venía de un colegio privado a uno público y no tenía amigos", recuerda.

Creció en medio de la paradoja de una adolescencia de gitana tropical gobernada por la disciplina del ballet. "Se volvió para siempre una niña muy pila", recuerda hoy Hernando Ramírez, su padre, ingeniero industrial que jugó al fútbol en el Deportivo Cali y terminó -casi con elegantes llantas de ejecutivo- en la Good Year.

La crisis generada en la penosa era del narcotráfico acabó por sacar de la ciudad a toda la familia. Vinieron a buscar fortuna en Bogotá, donde descubrieron que habían cambiado una sucursal del cielo por la capital del infierno. "Me acuerdo de la mala impresión que me causó Bogotá -dice la actriz- cuando llegamos por primera vez en bus: ¿Aquí vamos a vivir? ¡Esto es horrible!-grité-".

Tenía quince años y lo único que sabía hacer era bailar. "Me presenté para estudiar en la Universidad Nacional, y no pasé", recuerda. Y como no había dinero para otras universidades, entró a la academia de Ana Pavlova en busca de una vocación en las pistas de baile. Entre tanto se rebuscaba la vida a golpes de cadera. "Mi primer trabajo fue la presentación del Renault Symbol, en Cartagena -recuerda-. Me v tocó bailar hasta en el capó".

Creía que la danza iba a ser su futuro, porque hasta el azar estaba de acuerdo en llevarla hacia allí. Con la plata de un "chance" que se ganó su papá, viajó a Cuba, la meca criolla de ese arte. Al regreso, casi sin que ella se diera cuenta, la televisión empezó a cortejarla. Un día la contrataron para que formara parte del grupo de bailarinas que adornaba el programa ¿Quiere Cacao?, animado por ese loro genial que era Pacheco. Y en otro la invitaron a realizar una audición para una publicidad de cerveza Club Colombia. No fue seleccionada, pero su cuerpo de Chica Águila y esa energía que cruje, chisporrotea y estalla alrededor suyo lograron perturbar a John Bolívar, cazatalentos de la programadora Coestrellas, que la llamó para un proyecto de jóvenes actores, que nunca salió al aire. "Grabamos quince capítulos durante tres meses -dice Carolina-. Pero lo bueno fue que nos pagaron muy bien". Era el año del fin del milenio y también de su alicaída profesión de danzarina. "El 31 de diciembre de 2000 colgué literalmente los guayos, después de protagonizar Cascanueces en el Teatro Colón, con la Sinfónica y todo", se lamenta. "Pero también descubrí que lo que más me gustaba del ballet era la posibilidad de interpretar personajes, y eso me gustaba de la televisión", se consuela.

Empezó con pequeños papeles en series como Así es la vida y Jack el despertador, en los que acumuló sus iniciales horas de vuelo. El primer reconocimiento le llegó por su papel de Cherry en la serie La lectora. En ese entonces el libretista Mauricio Navas declaró: "Carolina muestra esa característica que tienen los buenos actores: que huelen a actores".

Ella todavía no siente ese olor. "Fui bailarina; aún no soy actriz", dice. Pero aquella actuación le roció algunas gotas de perfume actoral. Participó en las obras de teatro La fiesta del Chivo y Blancanieves, y luego se hizo más célebre en la serie Francisco, el matemático. Y una tarde conoció el realismo mágico: la llamaron para que reemplazara a una colega en la obra Crónica de una muerte anunciada, en el papel de Angela Vicario. . Luego le llegó el turno estelar: durante dos años tuvo que vestir un traje de mariachi para vivir el ensueño del amor al ritmo de las rancheras en La hija del mariachi, y luego encarnó la felicidad instantánea de una novia afortunada en la película Soñar no cuesta nada. No obstante, su sueño de la realidad era costoso: abrir un pequeño y pintoresco hotel. "Es la empresa de mi vida", dice mientras que sus amigos de la farándula se preguntan las razones por las cuales no se decidió por un bar, un restaurante o ese tipo de negocios recurrentes entre personajes del jet set. La respuesta es sencilla: odia trasnochar. Y eso que este proyecto todavía demanda crueles insomnios. El presupuesto previsto aumentó casi el doble, y la compra de la casa se demoró dos meses porque estaba en proceso de sucesión. Sólo la semana pasada la oficina de Patrimonio Arquitectónico expidió  la licencia de construcción, y desde que  se supo la noticia, un piquete de obreros se dedica a transformar la vieja casona en un cálido hostal. Carolina lo inscribió en Cotelco (Asociación Hotelera de Colombia), y después de los estudios de factibilidad que hizo con su mamá -que estudia Hotelería y Turismo- escogió un mercado que se abre en el país: el turismo de salud, objetivo de los hoteles boutique del mundo. El Ministerio de Turismo también le da la razón: el país demanda la construcción de por lo menos 12.000 habitaciones. Y en abril próximo, Carolina Ramírez le aportará a Colombia por lo menos diez. Es su granito de optimismo para la Colombia de las oportunidades.

Tomado de la Revista Diners No.467, febrero de 2009


 
Su acento despista, pero la verdad ella es de Cali. Llegó a Bogotá cuando tenía 15 años y aquí no solo terminó su bachillerato, sino que también siguió practicando lo que más le gusta: el ballet. Muy pronto la llamaron para castings de comerciales y su paso a la televisión era algo inevitable. Como actriz también ha hecho teatro y ha estado en obras como La fiesta del Chivo, Crónica de una muerte anunciada, Carta a una desconocida y Blanca Nieves y los siete enanitos. Este año protagonizó La hija del mariachi, una de las telenovelas de mayor rating, y de allí que sus seguidores no se cansaran de votar por ella en el sondeo de nuestra página de internet. Finalmente, Carolina Ramírez está aquí con estas espectaculares fotos de Mauricio Vélez tomadas en el Complejo Acuático de Bogotá. Un escenario inmejorable para una mujer simplemente hermosa.

Tomado de la Revista Soho No. 92, 2007


   

Estudió ballet clásico desde los 10 años en Incolballet y en la Academia Ana Pavlova, de su ciudad natal Cali. Participó en varios concursos internacionales de ballet en La Habana y se ha presentado en temporadas en el Teatro Colón con obras como "Don Quijote, "La bella durmiente" y "Cascanueces". Con la Fundación Camarín del Carmen ha participado en la opereta "Una noche en Venecia" y en la temporada de "pera 2001 con "Aída". Estudió actuación en la Academia Charlot. En televisión se le conoce por sus papeles en "Así es la vida", "Unidad investigativa", "Jack el despertador", "Francisco el matemático", "Punto de giro", "La lectora", "La séptima puerta", "La hija del mariachi" y más recientemente, en "La Pola". Con el Teatro Nacional ha trabajado en las obras "Crónica de una muerte anunciada", "La fiesta del Chivo", "Blancanieves y los siete enanitos" y "Closer". También hizo parte del elenco de la obra de teatro a domicilio, "Carta de una desconocida", de Manolo Orjuela.

Oficina de Prensa - Teatro Nacional, 2011


   

Estudió ballet clásico desde los 10 años en Incolballet y en la Academia Ana Pavlova, de su ciudad natal Cali. Participó  en varios concursos internacionales de ballet en La Habana y se ha presentado en temporadas en el Teatro Colón con obras como "Don Quijote, "La bella durmiente" y "Cascanueces". Con la Fundación Camarín del Carmen ha participado en la opereta "Una noche en Venecia" y en la temporada de "pera 2001 con "Aída". Estudió actuación en la Academia Charlott. En televisión se le conoce por sus papeles en "Así es la vida", "Unidad investigativa", "Jack el despertador", "Francisco el matemático", "Punto de giro", "La lectora", "La séptima puerta", "La hija del mariachi" y "La Pola". Con el Teatro Nacional ha trabajado en las obras "Crónica de una muerte anunciada", "La fiesta del Chivo" y "Closer". Ahora regresa a las tablas con "Palabras encadenadas".

Texto gentilmente suministrado por el Teatro Nacional, 2012

 


   
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