Los Tolimenses, Emeterio y Felipe Los Tolimenses

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Los Tolimenses, Emeterio y Felipe

Interpretes, humoristas

 

 

   

Cuarenta años mamando Gallo

En 1951, cuando todavía la radio era ese intruso misterioso que llegaba a cada hogar, se empezó a escuchar la voz de dos jóvenes que con tiple y guitarra ponían humor a todas esas situaciones que llenaban la vida cotidiana de los colombianos. Se trataba de Lizardo Díaz y Jorge Ezequiel Ramírez:

Sus picarescas representaciones del típico campesino tolimense, su forma de hablar y de vestir y su estilo al interpretar la música folclórica del interior, les fueron abriendo el paso a los micrófonos de las emisoras del país.

En 1953 el público les dio el primer reconocimiento a su labor artística, al otorgarles el primer premio en el Concurso Nacional la Tierra Mía, transmitido por Caracol.

Luego de un recorrido por las principales regiones del país, abandonaron el medio sonoro para mostrar su imagen en el programa inaugural de la Televisora Nacional. Fue allí donde precisamente, Alvaro Monroy Guzmán los bautizó como Emeterio y Felipe, un par de campesinos del Tolima Grande, que combinan música y humor.

A partir de ese momento se convirtieron en el primer dueto cómico musical de Colombia. Sus apariciones en programas como La tienda de Los`Tolimenses, Estampas colombianas, Embajadores de la música colombiana, entre otros, se fueron haciendo comunes en la pantalla chica.

UNA VIDA LLENA DE GALARDONES

Han grabado más de 40 discos entre larga duración y 78 revoluciones para diferentes casas disqueras. La música y el humor de Los Tolimeases ha trascendido las fronteras nacionales, hasta lugares como la Unión Soviética, Estados Unidos; y Suramérica:

Espumas fue la canción que los llevó a obtener la Palma de Oro en el Sexto Festival de la Canción Latinoamericana, realizado en Hollywood y San Francisco. Posteriormente; obtuvieron la medalla de oro en el Primer Festival de la Canción de Rio de Janeiro.

Hoy, Emeterio y Felipe todavía recuerdan con nostalgia el homenaje que les rindieron los ibaguereños al cumplir 30 años de vida artística. "El agasajo que nos brindó Ibagué es la más grande manifestación de admiración y cariño que haya recibido un artista colombiano", comenta con inocultable orgullo Jorge Ramírez (Emeterio).

Este año, Lizardo Díaz (Felipe) hace su balance: "Nuestro humor no ha pasado de moda, prueba de ello es que todavía continuamos llenando recintos y haciendo reír. Hace cuatro generaciones estamos contando chistes y seguimos ampliando nuestro repertorio. De la misma forma como el mundo ha ido cambiando, nosotros hemos adaptado los chistes a cada época".

Aunque sus apariciones en televisión ahora son esporádicas, en su historial se encuentra el haber protagonizado dos películas: Y la novia dijo y Amenaza nuclear, además de una película en video para celebrar sus 40 años. En este momento, las giras y las presentaciones en clubes nocturnos colman su tiempo: Ahora, cuando ya la premura no hace mella, Emeterio le roba un poco de tiempo al tiempo para jugar golf y hacer producciones de televisión y cine, mientras que, por su parte, Felipe hace ajustes al espectáculo en una finca lejos de Bogotá.

Tomado de la Revista TV y Novelas No. 025, 30 de septiembre de 1991

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El drama detrás del humor

La televisión no había llegado a Colombia, por eso grandes y chicos se juntaban a descubrir el mundo a través de la radio. Canciones, radionovelas, noticieros, poemas... una lista larga y variada de expresiones deleitaban los oídos de los radioescuchas empezando los años 50.

Con tiple y guitarra, dos jóvenes se unieron en aquella época para ser los encargados de ofrecer la cuota de humor en la cotidianidad de los colombianos. Jorge Ezequiel Ramírez y Lizardo Díaz encarnaron entonces a los típicos campesinos tolimenses y conquistaron el mundo del entretenimiento criollo. El público de inmediato los acogió.

De la radio saltaron a la televisión. Se les vio ataviados con el traje típico de los tolimenses: muleras, mochilas de fique, sombreros, alpargatas y rabo egallos rojos fueron sus distintivos en la Televisora Nacional, lugar en donde Alvaro Monroy Guzmán los bautizó Emeterio y Felipe.

Solían recomendarse el uno al otro visitar el acuario, porque según decían, allí podrían encontrar muchas "sardinas". Abiertamente ventilaban sus citas de cama, como cuando Emeterio le confesó a Felipe que su novia le dijo: "Lo que hicimos anoche no tiene nombre" y él ni corto ni perezoso le respondió que tampoco tenía apellido porque desde ese momento "se le volaba".

Gracias a su picardía se convirtieron en el primer dueto musical colombiano. Entonces empezaron a llegar premios, invitaciones, fiestas y, como un incendio, la fama se esparció desde el Tolima hasta lugares insospechados.

En 1968 alcanzaron reconocimiento internacional; llegaron a oírse en Suramérica, Estados Unidos y en la Unión Soviética, enviados por el entonces presidente Carlos Lleras Restrepo. Nadie creería que ucranianos o estonios encontraron gracia en los chistes de doble sentido de Los Tolimenses, pero lo cierto es que hasta los rusos llegaron a cantar sus estribillos.

El dúo alcanzó la gloria, pero una rara simbiosis los cobijaba. Sus vidas privadas eran disímiles; Felipe era el yang: extrovertido, alegre por naturaleza, conversador y familiar. Emeterio, en cambio, era el negro yin solitario y melancólico que terminó en el cementerio tras un trágico desenlace con olor a alcohol, en medio de ribetes judiciales.

Y entonces llegó el amor

Alto, de blanca tez, ojos azules y dueño de un humor relumbrante. Así era Felipe cuando conoció a la Sofía Loren colombiana. Ella, 15 años: el más provocativo de los sueños nacionales, cautivaba corazones con su actuar, con su andar. La vida, cómplice e inesperada, los ubicó a los dos en un mismo lugar a una misma hora. El Reinado Internacional del Café, en Manizales, fue el punto de encuentro para que Lizardo Díaz viera a la entonces bailarina del grupo de Kyril Pikieris. Entonces supo que se había enamorado.

Esa noche, cuenta Raquel Ercole, no le dijo nada. "No me echó ningún piropo, ni siquiera me dijo negros tienes tus ojos". Más adelante, en Bogotá, Lizardo se dedicó a buscarla. Cuando la halló le dijo que le iba a proponer un negocio. Sólo después de un año de amistad la actriz supo que aquel negocio era llevarla al altar.

Se casaron en 1957 y con el tiempo tuvieron tres hijos. En los primeros años de matrimonio compartían el placer de verlos crecer mientras la bohemia colombiana se reunía en la sala de su casa. Julio César Luna, Bernardo Romero Lozano, Frank Ramírez... cineastas, actores, músicos y amigos entrañables tertuliaban durante largas noches de vino y risas.

La vida de los tres artistas resplandecía año tras año. Los Tolimenses obtuvieron la Palma de Oro en el sexto Festival de la Canción Latinoamericana y más adelante ganaron la medalla de oro en el Primer Festival de la Canción de Río de Janeiro. Ercole, por su parte, fue la protagonista de la telenovela En nombre del amor en 1958, papel que la catapultó como una de las mejores actrices de la época. Desde ese momento comenzó una fecunda carrera actoral.

La decadencia del dueto humorístico empezó cuando Emeterio dejó de asistir a entrevistas por culpa del alcohol. La soledad y su vicio lo llevaron a abandonar las presentaciones, entrevistas y hasta las giras en el exterior. Le mezclaba aguardiente al café, ron a la sopa, cerveza a la gaseosa. Tenía alcoholizada su vida. Sus allegados dicen que no pudo superar la perdida de Griselda, su mamá. Por eso naufragó en la embriaguez y dejó abandonada su carrera artística para guarecerse en su apartamento de la avenida Pepe Sierra de Bogotá, en su Mercedes Benz y en la casa rodante que compró en Estados Unidos.

Cansado de esa situación, después de 42 años de vida artística junto a su colega, Felipe hizo camino solo. Lizardo Díaz encontró en el cine una pasión desencadenada. Actuó y dirigió numerosos cortos y largometrajes y además creó la productora Díaz Ercole, con la que llegó a realizar más de 20 documentales.

Hoy esta pareja de consagrados artistas vive un drama familiar. A Lizardo Díaz, hace más de tres años, le diagnosticaron hidrocefalia de manera tardía. Su cerebro no funciona bien. Un párkinson está debilitando al hombre que contagiaba de risa a grandes auditorios con un humor inusitado -arriesgado para la Colombia pacata de los años 50- al mismo que su esposa espera, se le recuerde como el hombre que siempre tenía puesta una sonrisa.»

Tomado del periódico El Espectador, 21 de marzo de 2011,

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Homenaje a Lízardo Díaz

Campesino a todo humor

La parte más reposada del dúo Los Tolimenses, que mezclaba la música con el humor, murió el jueves pasado en Bogotá.

por Juan Carlos Piedrahíta B.

Emeterio y Felipe eran todo lo contrario a lo que exhibían durante sus largas jornadas de música y humor. Mientras que el primero, interpretado por Jorge Ezequiel Ramírez, demostraba no tener límites en su lenguaje y se expresaba siempre bajo la guía del doble sentido, el segundo, personificado por Lizardo Díaz, reflejaba la autoridad y la sapiencia para tenerlo todo bajo control.  Sin embargo, los personajes tenían las esencias invertidas porque el más agudo en sus comentaríos, el más desparpajado y el más alegre siempre fue Díaz, mientras que Ramírez, por su misma condición de hombre solitario, tenía en su trato cotidiano cierto grado de inconformidad con lo que había hecho a lo largo de su vida.

Lo de Emeterio y Felipe, Los Tolimenses, era un montaje bien logrado, porque se veía genuino, auténtico y especial. El público, que los siguió en radio en aquella época en la que había espacios dedicados en exclusiva para los chascarrillos, y luego en televisión, medio en el que multiplicaron sus seguidores, se sentía asistiendo aun homenaje semanal a la población rural de Colombia, que durante las décadas de los 70 y los 80 representaba más de la mitad del censo nacional.

No era una burla, como pasa con algunas expresiones actuales, de la condición humilde del colombiano promedio. Era, más bien, una forma de resaltar las características especiales del campesino, sobre todo de la región del Tolima Grande. El secreto estaba en la utilización del folclor andino para contar anécdotas, para echar historias, una más exagerada que la anterior, y para hablar sobre lo divino y lo humano.

Tanto Felipe como Emeterio siempre estuvieron orgullosos de sus orígenes y por eso jamás se sintieron disfrazados cuando portaban sus atuendos blancos, sus ruanas coloridas o sus alpargatas. Esa era la manera de completar el homenaje y de verse más creíbles, más auténticos, más campesinos. Abordaban el folclor de forma especial y nunca necesitaron mucho más que una guitarra y un tiple para conectarse con el auditorio.

Jorge Ezequiel Ramírez se fue primero. Dejó encargado a Lizardo Díaz el proceso de inmortalizar la idea de Los Tolimenses. Y él lo consiguió. Lo hizo, con esfuerzo, con más bondad que imposición, y aunque desde hacía más de siete años estaba alejado de los medios debido a una hidrocefalia que se fue complicando, mantuvo vigente el recuerdo del dúo. Hoy, Emeterio y Felipe son mucho más que dos campesinos colombianos.

Tomado del periódico El Espectador, 10 de noviembre de 2012  

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