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EL TEATRO LA CANDELARIA 

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40 AÑOS DE RESISTENCIA 

por Nohra Parra

En momentos de crisis busca el reto. Crisis y retos lo llevan al triunfo. Así es la vida del Teatro La Candelaria desde hace cuarenta años cuando nació en 1966 con motivo de la salida de Santiago García del Teatro Estudio de la Universidad Nacional. Un texto contra Oppenheimer y la bomba atómica incluido en el programa de la obra Galileo Galilei de Bertoft Brecht, en temporada en el Teatro Colón, provocó la queja de la Embajada de Estados Unidos y condicionó un préstamo de una agencia para programas de la alma mater a la salida definitiva de García.

Fue la primera crisis y el primer reto de Santiago García: fundar la Casa de la Cultura en un local pobre y desapacible de la Carrera 13 con Calle 20 de Bogotá. Lo acompañaron Patricia Ariza, Peggy Kielland, Eddy Armando, Miguel Torres, Carlos Parada, Mónica Silva, Carlos José Reyes, Fernando Laverde, Fernando Mendoza, Jaime Guillén, Pacho Martínez, Celmira Yepes, Fernando Corredor, Vicky Hernández, Consuelo Luzardo, Gustavo Angarita, Roberto Álvarez, María del Rosario Ortiz, María Arango, Marina Zárate, Jacques Mosseri, Eduardo Gómez a Isabel Sánchez.

En ese espacio convergía la cultura que se desarrollaba en la época en la capital: Abraham Zalzman y su proyecto de cinemateca; Hernando Salcedo Silva con la historia del cine; Aseneth Velásquez fundando su Galería y presentando a Luis Caballero; Enrique Grau, Fernando Botero, Pedro Alcántara, David Manzur y Juan Manuel Lugo, que pintaban los afiches y telones y donaban obras para reunir fondos; Raúl García, Frank Preuss y Mario Posada con la naciente Orquesta Filarmónica de Bogotá daban recitales y conciertos; Peggy Dromgold ofrecía conciertos de jazz y Carlos José Reyes estrenaba la primera obra, Soldados, con textos de La Casa Grande de Alvaro Cepeda que recuerda la matanza de las Bananeras de 1928. Hoy, cuarenta años después, con Antígona de Sófocles la directora Patricia Ariza recuerda la rebeldía y el clamor de las mujeres para que se entierren sus muertos de la guerra, en un canto por la vida y la paz.

En la Casa de la Cultura el dinero no alcanzaba a pesar de las peñas y las donaciones: Luis Antonio Escobar regalaba funciones en el Colón de su ópera Los hampones con textos de Jorge Gaitán Durán. Hizo historia el Desfile de Modas Año 2000 (sic) que presentaron Gloria Valencia de Castaño y Pacheco en el Salón Rojo del Hotel Tequendama: artistas de la plástica diseñaron y pintaron los trajes de sus modelos en un derroche de arte y creación jamás visto. Alejandro Obregón creó para Estrella Nieto, Enrique Grau para Lina Uribe, Marlene Hofmann para Hilda Strauss. Marta Traba desfiló con Santiago García a ritmo de tango, Ligia Herrera trabajó su traje con cobres y Norman Mejía sorprendió con su pintura violenta. Y Martha Urrea de Botero desde la Galería Colseguros auspició el Primer Festival de Teatro de Cámara.

Mientras tanto, noche tras noche los éxitos de temporada no paraban con Marat-Sade de Peter Weiss, Macbeth de Shakes peare, La metamorfosis de Kafka y obras de Pirandello, Chejov, Gombrowicz, Albee, Jarry, Arrabal y Maiakovski hasta que vino el desahucio por retraso en los arriendos del local. Se supo que uno de los dos propietarios era Julio Mano Santodomingo, y Marta Traba consiguió que les condonaran la deuda, con la obligación de salir al final de la temporada. Era 1968, y el Concejo de Bogotá aprobó una partida para comprar una casona en el barrio histórico de La Candelaria donde están instalados desde entonces con el nombre de Teatro La Candelaria.

De lo individual a lo colectivo

Hasta 1971 el grupo presentó ocho obras del repertorio universal. Pero el acercamiento a sectores populares, su compenetración con Enrique Buenaventura y la creación colectiva que hacían Francia con Ariane Mouskine y su Teatro del Sol a Inglaterra con Margareth Little to llevaron a navegar en la creación colectiva, que hasta hoy es su sello de marca.

Nosotros los Comunes, inspirada en el levantamiento de los Comuneros de 1981, fue la primera pieza de creación colectiva. En esa etapa sobresalió como obra maestra Guadalupe años sin cuenta, estrenada en 1975 y con 1.500 representaciones en el país y el exterior. Coincidió con la vigencia del Estatuto de Seguridad, y La Candelaria fue allanada por las fuerzas del orden que buscaban armas. Decomisaron fusiles y escopetas de palo, los que en escena utilizaron los bandoleros de los Llanos Orientates en Guadalupe. Es inolvidable también el experimento músico literario de La historia del soldado de Stravinsky, dirigida por Santiago García y con la Orquesta de Cámara de la Filarmónica de Bogotá bajo la dirección de Carlos Villa. En ella se encontraron armónicamente teatro, danza, pantomima, música y narración. Con la experiencia del colectivo surgieron dramaturgos y directores como Fernando Peñuela. Patrícia Ariza y Nohora Ayala. En esas etapas el Teatro siguió acompañado por gente de las artes como Gloria Zea, Jorge Pinto, Juan Antonio Roda, Ana Mercedes Hoyos, Maria de la Paz Jaramillo y Carlos Duque.

La conmemoración

De las 39 obras puestas en escena en estos cuarenta años, La Candelaria tiene ocho en repertorio que se presentan en este año de conmemoración: El paso, La raya, Bella Star, Manda patibularia, El Quijote, Caos y cacaos, Naira y Antígona. El Quijote, estrenada en las postrimerías del siglo XX, es la más genuina recreación de Santiago García al poner en acción relatos, cuentos y pequeñas novelas de la gran obra de Cervantes. Los más grandes festivales de España, México Ecuador y Colombia la aclamaron

Santiago García

Nació en Bogotá y se crió en Puente Nacional, Santander, de donde era su mamá, Paulinita Pinzón Pinzón. Su papá fue el capitán del ejército Gabriel García Samudio, de Boyacá. De ellos heredó el carácter recio del santandereano y la mesura y coraje del boyacense. Estudiante del Colegio Salesiano de Bogotá y bachiller del Instituto Hispanoamericano en 1948, su vida quedó marcada con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Estudioso y teórico del marxismo, nunca ha militado en ningún partido político porque no soporta ni disciplinas ni encasillamientos. Cuatro años de arquitectura en la Universidad Nacional y tres en París, Londres y Venecia no fueron suficientes para obtener el título de arquitecto, que finalmente le otorgó la Universidad de los Andes sin saber que por el teatro iba a dejar la profesión, que sólo ejerce cuando hay que construir teatros. Hoy, en la cumbre de la vida y gracias a una disciplina mental y fisica con práctica diaria del Tai Chi Shuan, el joven García no parece haber nacido el 20 de diciembre de 1928.

Patricia Ariza

Nació en Vélez, Santander, al igual que sus padres Lucrecia Flórez y Marco Aurelio Ariza, ebanista y tallador de madera que cantaba y tocaba el tiple. Llegaron a Bogotá huyendo de la violencia de 1948. AI finalizar el bachillerato en Nuestra Señora de la Consolación le descubrieron su diario novelado, primera creación artística, inspirado en un cuartel del ejército que quedaba enfrente del plantel. Los castigos que recibió del colegio y de su casa por causa del diario la llevaron a volarse del hogar. Se refugió en el nadaísmo en Medellín con Gonzalo Arango y cómplices inolvidables como Dina Merlini, Helena Restrepo, Jota Mario y Eduardo Escobar. El hipismo también la acogió. Su vida trashumante y frenética se acabó cuando un hermano la rescató de Isla Nada en el Pacífico, frente a Tumaco. Llegó a la Universidad Nacional a estudiar filosofía, que cambió por artes y tuvo por compañeros a Augusto Rendón, Darío Morales y Juan Manuel Lugo y de maestra a Marta Traba. La Juco la atrapó y también Santiago García con quien estuvo unida sentimentalmente durante 21 años. Santiago y Patricia son padres de Catalina y abuelos de Simón Urbe García y los sigue uniendo el trabajo profesional de cuarenta años. Inde pendientemente de La Candelaria, Patricia desarrolla un proyecto cultural polifónico al conjugar en escena, música, teatro y literatura con niños abandonados, ancianas, mujeres jóvenes y raperos, que realiza con su compañero Carlos Satizábal]

Tomado de la Revista Diners No. 436, julio de 2006


 
   

LA CANDELARIA 

por Olga Sanmartín e Iván Beltrán, 1999

La orden que el Congreso confirió el pasado 15 de diciembre a Santiago García, en el grado de Caballero, no es sino una de las muchas expresiones de agradecimiento al grupo teatral de La Candelaria, que este viejo lobo del quehacer escénico comanda, y cuya labor ha sido incesante y siempre fecunda. Nacido del fragor y la inquietud del teatro estudiantil de los años sesenta, el grupo ha trasegado las más diversas corrientes teatrales, desde el teatro del absurdo hasta la creación colectiva, desde el teatro épico brechtiano hasta las adaptaciones de cuentos y novelas, desde la recreación histórica hasta la comedia bufa o el retablo neorrealista.

Una y otra vez, La Candelaria logró lo que parecía un imposible: que la gente acudiera masivamente a su sala, que los aplaudieran vigorosamente, y que salieran del teatro con la conciencia más despierta que antes. Es histórica la temporada ininterrumpida de más de tres años que propició la creación colectiva Guadalupe años sin cuenta, reconstrucción del itinerario de uno de los más míticos guerrilleros de nuestra historia. Se recuerdan también títulos extraídos de distintos años, Soldados, de Carlos José Reyes; Marat Sade, de Peter Weiss; El padre, de Alvaro Cepeda Samudio; El diálogo del rebusque, recreación deliciosa de la novela picaresca de don Francisco de Quevedo y Villegas; La ciudad dorada, La trans-escena, Manda patibularia, y muchas otras. Para este año La Candelaria anuncia un montaje que desde ahora suena tentador: una adaptación de El Quijote.

Tomado de la Revista Diners No.346, enero de 1999


 
 


La Candelaria y sus 45 años

Obra de teatroDe caos y de cacaosEl próximo 6 de junio de 2011, el Teatro La Candelaria cumple 45 años de vida artística, y para celebrarlos, presenta una temporada de repertorio que comenzó con la obra De caos y de cacaos.

La producción, dirigida por Santiago García, quien también es el fundador del grupo, está compuesta por diez escenas, independientes una de la otra.  Cada cuadro tiene su propio argumento y personajes, que reflejan la vida íntima de los individuos de la clase dirigente latinoamericana.

El ciclo continuará, desde el 27 de abril, con El Quijote, también dirigida por García, que se estrenó en el 1999 y lleva más de mil presentaciones. "Aunque es una obra del siglo XVII, hace referencia a nuestro presente, a la Colombia de hoy, porque estos países de América Latina necesitan esa figura del loco que lucha por cosas que están por encima de sus posibilidades y de sus fuerzas", resaltó el director.

Tomado del periódico El Tiempo, 8 de abril de 2011


   

La Candelaria llega a los 45

El legendario grupo de teatro fundado por Santiago Garcia cumple un año más

por Catalina Oquendo B. y Yhonatan Loaiza Grisales

Patio de ropas, 6 de junio de 1966, 6 de la tarde.  En una casa colonial de un zapatero de apellido Cozarelli, y cuya escritura data de 1630, nace el Teatro La Candelaria.

Santiago García, su fundador, junta esos datos como cabalas. Sentado en medio de los actores de este grupo que cumple 45 años, en la misma casona, dispara otro de sus juegos numéricos:

"El trece en la cabala puede ser de mala o de buena suerte. Funciona en el grupo de una manera extraña, porque somos trece miembros y tenemos una mata en la entrada del patio que todos los semestres florece y da trece rosas", explica mientras mira a sus actores.

Lo rodean Patricia Ariza, Nohora González, Fernando Mendoza, Francisco Martínez, Alvaro Rodríguez, César Badillo, Adelaida Otálora, Luis Hernando Forero, Inés Prieto, Rafael Giraldo, Alexandra Escobar y Luis Libardo Flórez. El combo, como los llama García, o los trece del rosal, que preparan una de las 103 obras que ha hecho el Teatro La Candelaria en menos de medio siglo.

García, bromista, los define en una palabra: "Coco, Coco Chanel" le dice a Badillo; "Ella es recatada, pero habla. El recato la está matando", le dice a Otálora.

Sin embargo, no se atreve a definirse él mismo. "La imagen que uno tiene de sí es al revés porque, frente al espejo, lo que está a la izquierda uno lo ve a la derecha", dijo García, en un homenaje.

Un espejo que sí ha enfrentado al país, porque el Teatro la Candelaria ha puesto la realidad de Colombia a verse desde su revés. La prueba es Guadalupe años sin cuenta, estrenada en 1975, la obra más presentada en el siglo XX en el país, con 2.000 funciones.

La producción nació gracias a Arturo Alape y a su investigación sobre las organizaciones colombianas de izquierda. "Nos ganamos amenazas. Llamaban a decirnos que nos iban a matar y cualquier ruido en el escenario nos asustaba", dice Ayala.

Otro momento complicado fue el que vivieron en un allanamiento, en 1987, cuando les quitaron fusiles de palo, pistolas de plástico y cascos de utilería de Guadalupe..., y algunos actores como Patricia Ariza y Francisco Pacho Martínez tuvieron que irse del país. 

Segundo acto

Escenario del teatro. 10 de la mañana. Ahora Pacho, quien también es fundador, está en Colombia, listo para mostrar el culo en el ensayo de la obra El diálogo del rebusque. "Aunque sea se lo maquillamos o se lo ponemos de plástico, dibujado", dice, muerto de la risa, Alvaro Rodríguez en plena creación colectiva, un término que ha definido el estilo de La Candelaria.

"En la época en la que fundamos el grupo estaba a la orden del día el concepto de creación colectiva, que eran obras hechas por colectivos retomando la forma de trabajo artístico de la Edad Media. Resolvimos tomar esa forma de creación y consolidamos el grupo", dice García.

La primera obra que realizaron con ese método fue Nosotros los comunes, en 1971, basada en la revolución de Los Comuneros. Bajo ese modelo también crearon montajes como El paso, que ha estado más de 20 años en cartelera y que surgió después del allanamiento. Esta producción aborda otro momento social complicado del país: la llegada del narcotráfico y del para-militarismo.

En sus giras por el mundo, La Candelaria formó lazos afectivos con otras agrupaciones que también utilizan la creación colectiva, como el mítico grupo danés Odin Teatret.

Su hermano de tablas, Eugenio Barba, director del Odin, uno de los más importantes del mundo, describe a García como el hombre del teatro andante, comparándolo con el Quijote, pero también con Bertolt Brecht, base intelectual de su teatro.

Es tal el amor entre estos dos que en 1982 Barba llevó un ponqué con el que simularon un matrimonio en la mesa en la que hoy habla García. Por esta también han pasado el escritor Gabriel García Márquez, el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal y los pintores Fernando Botero y Alejandro Obregon, quienes ayudaron a pintar algunas de sus escenografías.

Y hasta la vaca que se utiliza en Guadalupe... la hizo el equipo técnico del reconocido grupo alemán Berliner Ensemble, por orden del maestro Edward Fischer.

"También con Enrique Buenaventura (dramaturgo caleño) éramos muy unidos, incluso nos copiábamos los sistemas de trabajo", dice García.

Tercer acto

Mesa central del patio de ropas. Medio día. Café, pan y galletas. Actores de La Candelaria cuentan las vicisitudes que han pasado. "Lo que ganamos aquí apenas alcanza para los desayunos", dice Ayala.

El mecanismo de trabajo del grupo se divide en tres etapas: por la mañana, ensayan cuatro o cinco horas para sus montajes. En la tarde, hacen lo que ellos llaman el rebusque, dirigiendo talleres, actuando en películas o en televisión. Ya en la noche, se dedican exclusivamente a las presentaciones de las obras.

"A este proyecto del alma uno le dedica el 90 por ciento de la existencia, y el otro 10 es para pagar los servicios", afirma César Badillo, que empezó como portero en el teatro.

Desde el comienzo, La Candelaria ha sido independiente y evita conexiones con empresas. Así buscan que su creación artística sea libre. Es por ello que de este grupo pocas veces se ve un comercial o una cuña en la radio. Su sustento principal es el público.

Cuarto acto

Mediodía. Posible sitio de una guaca en el Teatro La Candelaria. Los artistas recuerdan anécdotas como cuando llegaron a la casona colonial y los vecinos del barrio les aseguraron que en algún lugar había un tesoro enterrado. "Abrimos huecos y huecos por toda la casa. Y nunca encontramos nada", dice Ariza.

Tal vez sí encontraron. Hallaron un grupo de más de diez actores valiosos y un recorrido que les da el título de uno de los teatros más importantes de Colombia.

Medio acto

Escenario: el futuro. Santiago García prefiere no decir lo que viene. Para él, sentado en esa casona con trece rosas, trece actores y 45 años, hablar de las obras que hará en el futuro "sobreviene las tragedias" y trae el mal agüero; y a su teatro, hasta ahora, lo han acompañado las buenas cabalas.

Tomado del periódico El Tiempo, 6 de junio de 2011


 

  Festejarán con obras en todo Bogotá

Con la sala siempre llena

El repertorio, la metodología, la creación colectiva y un público fiel. Gracias a eso, a sus 45 años, La Candelaria es el primer teatro independiente de Colombia.

por Isabella Portilla

Eran buenos tiempos. Marta Traba, la siempre exiliada, empezaba desde la pedagogía y la crítica a avivar los estados adormecidos del arte. De su mano, Gloria Zea y su sana locura le apostaba sus esperanzas a un local ubicado en la carrera séptima desde donde se construiría el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Teatro La Candelaria en 1979En esa época, a mediados de los 60, el feto del teatro universitario comenzaba a crecer. Varios actores, como Carlos Benjumea, Mario Sastre y Franky Linero, se tomaron la Televisora Nacional. Otro sector, el más independiente y experimental, tuvo su lugar en la recién inaugurada casa de la cultura que unos crédulos de la expansión del arte en Colombia abrieron.

Santiago García, Carlos José Reyes y Frank Preuss fueron esos soñadores, a los que ahora se les podría llamar los precursores del teatro popular en Colombia.

La casa funcionaba en un galpón de la calle 20 con carrera 13 que los hombres compraron el 6 de junio de 1966. Desde aquel apocalíptico día, era común oír por los vetustos pasillos apellidos como Obregón, Rayo y Manzur.

El lugar fue centro de acopio de músicos, literatos y artistas. Numerosas personas, entre intelectuales y estudiantes, encontraban en el solar del galpón el mejor lugar para acercarse al teatro. Allí se presentaron obras de Peter Weiss, Jack Gelber y Arnold Wesker.

En esos días, como un buque en un río, el hipismo se hundía en las almas juveniles que leían a Gonzalo Arango y a sus amigos nadaístas, los mismos que invadían la ciudad como la peste: de los bares saxofónicos al silencio de los libros, no sin antes pasar por la casa cultural. Por eso tampoco era raro encontrar allí montajes mixtos, productos de amalgamas de amor y paz entre teatreros y artistas plásticos; "experimentos mágicos", se hacían llamar.

Con el tiempo, los actores apropiaron obras nacionales y numerosas novelas colombianas fueron adaptadas a las tablas, de esta manera el público creció y paulatinamente se hizo fiel a la casa-galpón.

Ya finalizando los sesenta, el centro cultural se trasladó a la sede colonial en la calle 12 con segunda donde actualmente funciona. Desde ese momento se llamó Teatro La Candelaria, allí se fortaleció el método de creación colectiva, así como la participación en la formación y técnica actoral.

El movimiento del teatro colombiano se agitó. Proliferaron los festivales y las invitaciones a teatreros colombianos al exterior. El sueño de expansión se estaba cumpliendo. Actores provenientes de escuelas de Europa y Latinoamérica y otros, cuya formación se la había dado la casa, construyeron nuevas sedes en Cali y Bogotá. Hernando Forero, Alvaro Rodríguez, César Badillo, Carmina Martínez y Alexandra Escobar, actores que se formaron en las tablas de La Candelaria, fueron a parar a la televisión y al cine.

A pesar de ser un teatro sin apoyo estatal, los logros no han sido pocos. A principios de la década de los ochenta sus integrantes escribían y montaban sus propias obras. Un ejemplo de esto son El diálogo del rebusque y La trifulca, piezas escritas y dirigidas por Santiago García, directo general del teatro desde 1966, en las que la búsqueda de los nuevos lenguajes expresivos y la producción de imágenes fueron vitales para enriquecer el género en el país.

Además, la creación de la Corporación Colombiana de Teatro, presidida por Patricia Ariza, uno de los pilares más importantes de la idea de tener una dramaturgia nacional y cofundadora de La Candelaria, constituyó otra forma de independencia. Bajo su liderazgo, año tras año, el festival de teatro alternativo ha cobrado vida, convirtiéndose en la más importante vitrina para los teatreros colombianos.

Igual de trascendentales han sido los libros escritos por Santiago García, en los que habla sobre la teoría y práctica del teatro. Eso, sumado a los seminarios y talleres impartidos en Colombia y en el exterior acerca de una metodología propia, constituyen un aporte significativo a la formación y consolidación del teatro emergente.

Es por eso que muchos investigadores y algunos de los más prestigiosos centros actorales del mundo se han sentido atraídos por la práctica teatral, los procesos de trabajo y la técnica de las obras de este teatro que cumple cuatro décadas y media al servicio de las artes en Colombia y que ni en épocas de pantalones bota campana ni ahora ha dejado la sala a medio llenar.

Tomado del periódico El espectador, 7 de junio de 2011