General Cine, Teatro, Television

Actores (Cine, teatro, television, titulos, actores, directores, libretistas)

Personaje

ColArte - Biblioteca pública virtual de Arte en Colombia

 TEATRO LIBRE


   
 

 

   
 


Hace doscientos años fue construida una amplia casona en el barrio La Candelaria, que por entonces era no sólo el sector residencial sino el alma de la ciudad. Los Matiz Umaña, sus propietarios, que la habitaron por muchos años, no imaginaban que bajo aquellas tejas coloniales transcurrirían destinos tan contradictorios como la cotidianidad de una familia cachaca, las hambres de los indigentes y los desdoblamientos dramáticos de centenares de actores. No imaginaban que esa joya arquitectónica viviría su propia agonía antes de resucitar para el arte -como sede del Teatro Libre- y convertirse en escenario de otra agonía, La agonía del difunto, y decenas de obras más.

El crecimiento de la ciudad, que fue desplazando los sectores residenciales cada vez más hacia la periferia, causó el abandono de la casona.  Años después funcionó allí una escuela pública y luego un inquilinato de dudosa reputación, donde los indigentes se acomodaron a sus anchas. También habitó allí un fotógrafo.

En 1975 el Teatro Libre puso en ese lote y en esas ruinas una parte de sus sueños, al adquirirlo para la construcción de su sede propia, gracias a contribuciones de algunos parlamentarios del Distrito y a la colaboración de varios artistas. Los arquitectos Alberto Martínez y Simón Vélez donaron su trabajo como diseñadores de la restauración y de la sala.

Pero habrían de pasar cinco años antes de que el sueño quedará construido. Al principio, los actores, directores y colaboradores del Libre se hicieron cargo, por sí mismos, de la dura faena.  Reemplazaron los libretos y los ensayos por gorros de papel periódico, vistieron overoles y empuñaron picas, palas y palustres. Pero después de un año comprendieron que su voluntad y su es fuerzo no eran suficientes. Los improvisados albañiles se dieron cuenta de que la obra se les salia de sus manos y que algo de cierto tenía el refrán de «zapatero a tus zapatos». Entonces contrataron los albañiles necesarios para la obra, que continuó, aunque con recesos por falta de materiales o de dinero para el pago de los salarios.

EL FINAL DEL PRINCIPIO

A finales de 1980 la nueva edificación quedó lista. Su estructura original se había conservado, pero en su interior se había convertido en una sala para teatro de cámara, con 204 sillas. La inauguración tuvo lugar los días 18 y 19 de octubre del mi mo año. El maestro Rafael Puyana dio los primeros toques gloriosos de la proeza: las siete partitas de Johann Sebastian Bach.

Desde entonces los asistentes al teatro han tenido la oportunidad de disfrutar obras como El rey Lear de William Shakespeare, Las brujas de Salem de Artur Miller, La agonía del difunto de Esteban Navajas o Farsa y licencia de la reina castiza de Don Ramón del Valle-Inclán. Por el escenario también han pasado diferentes tipos de espectáculos nacionales e internacionales y figuras como Brian Bames, los integrantes del Watermill Theatre y un elenco de la Royal Shakespeare Company, así como otras compañías francesas y belgas.

La sala -reconocida como la de mejor acústica de cámara en Bogotá- ha acogido espectáculos musicales de la calidad de Deller Consort, el Cuarteto Alberni y los principales intérpretes colombianos en los festivales de música barroca.

LA VERSION CHAPINERO

Culminaban los años cuarenta, las piquetas oficiales cavaban incansables entre las paredes del viejo edificio del Teatro Municipal, escenario que había albergado memorables jornadas teatrales de la mano de uno de los pioneros del movimiento teatral del país y miembro de la Fundación Teatro Libre, Luis Enrique Osorio. Entonces, el dramaturgo compró en quinientos pesos ese lote, que actualmente es la Sede Chapinero del Teatro Libre.

Allí, sobre un diseño de Jorge Gaitán y cálculos del ingeniero Guillermo González, se inició la construcción del Teatro La Comedia, inaugurado el 11 de diciembre de 1953, aún sin estar totalmente finalizado, pues la insuficiencia de dinero había causado interrupciones en la obra. Desde entonces se presentaron diversas obras, tanto del repertorio de Luis Enrique Osorio como de otros autores y compañías.

Pero llegó la dictadura militar, que forzó el exilio de Osorio. El teatro fue alquilado a las distribuidoras de cine y eventualmente se realizaron funciones de sainetes comerciales, espectáculos de rock o sesiones solemnes de los colegios bogotanos. La sala se mantuvo activa bajo la administración de la Fundación Arte de la Música, que le dio nombre al local. Pero los motivos de su creación habían quedado sepultados bajo muchas capas de pintura y olvido, en una placa que anunciaba: «Para la defensa del Arte Escénico Nacional».

LIBRE POR EL ARTE

Lo que los colombianos conocen como Teatro Libre es en realidad una organización conformada por un grupo permanente de asesores, creadores, técnicos y administradores que buscan la integración de los aspectos objetivos del teatro con la subjetividad íntima a individual del actor a través del estudio, la investigación y el entretenimiento.

Es una fundación sin ánimo de lucro, creada en 1973. Pero sus raíces parten del teatro estudio de la Universidad de los Andes, conformado por los estudiantes de filosofía y letras de 1967. Actualmente su sostenimiento depende de los propios esfuerzos, de una ayuda estatal y privada y del respaldo de los amantes del arte escénico.

A lo largo de sus quince años de existencia el teatro se ha preocupado por la educación y formación de sus integrantes. Parte esencial de su actividad ha sido la organización de seminarios y talleres sobre diversos aspectos del arte teatral. Además, a menudo se ha estimulado a diferentes integrantes para que se especialicen, dentro y fuera del país.

La exigencia con la que se prepara a los estudiantes es la misma de cualquier entidad universitaria seria. La escuela forja a los nuevos artistas del teatro colombiano de una manera crítica, que enjuicia el vedettismo promulgado por los medios de comunicación y reafirma los que considera valores reales de la profesión de actor.

Tomado de la Revista TV y Novelas No.068, 24 de mayo de 1993·


 
 

TEATRO LIBRE DE BOGOTA:
25 TENTATIVAS

por Olga Sanmartín e Iván Beltrán, 1999

Eran los tiempos del estruendo ideológico, y las palabras que decían los estudiantes en los campus universitarios estaban minadas de pólvora; Mao Tsé-tung sonreía desde grandes pancartas y la sombra serena de Trotsky, el adversario inclemente, convocaba al proletariado mundial desde su venerada tumba mexicana. Todos hacían el amor oyendo a Bob Dylan y muchos se suicidaban recitando a Rimbaud. Chile era el centro de todas las miradas, y el general Pinochet empezaba a cosechar los fantasmas que, un cuarto de siglo más tarde, habrían de aparecérsele para finiquitar una tragedia histórica; los Beatles y los Stones, Mayacovsky y Marcuse, Joan Báez y Serrat volvían a fundar la leyenda del paraíso a Ingmar Bergman nos devolvía desde la gran pantalla todas nuestras pesadillas. Por entonces el teatro era la trinchera de todas las polémicas y pasaba por un instante estelar, nacido de la angustia metafísica de Eugenio Ionesco, Harold Pinter o Samuel Beckett, o de la danza dialéctica que delineó Bertolt Brecht, o de los esperpentos pánicos dé Fernando Arrabal, o de las asfixiantes piezas de Edward Albee y Arthur Miller.

Colombia también se había convertido en un gigantesco escenario. No resulta extraño que un grupo de entusiastas juveniles de la Universidad de los Andes y la Universidad Nacional, encabezados por un tipo de aspecto nirvánico llamado Ricardo Camacho, se le midiera a una empresa quimérica: la fundación, en marzo de 1973, del Teatro Libre de Bogotá.

Todos habían sido cegados por la ideología maoísta, y militaban en uno de los movimientos que en Colombia decía portar las semillas y representar el sendero del gran guerrero y estadista chino, de manera que, a tiempo que estudiaban los secretos de la dramaturgia en las páginas de Stanislavsky y Grotovski, analizaban concienzudamente los pormenores del foro de Yenan y la verdad histórica de la revolución cultural. Por entonces ensayaban, como ellos mismos afirman, donde los cogiera la noche. Los fundadores de aquella ambiciosa y alocada quimera fueron, además de Ricardo Camacho, Jorge Plata, Germán Jaramillo, Beatriz Rosas, Hemán Pico, Héctor Bayona, Libia Esther Jiménez y Germán Moure.

Eran el brazo imaginario de la revolución, de manera que muy pronto iniciaron un periplo por toda Colombia, que en la actualidad constituye una nostálgica y añorada leyenda: cargando sus bártulos y escenografías, sus tambores y vestuarios magros, recorrieron todas las arterias y venas de Colombia, penetrando con mayor regocijo en aquellas zonas manchadas por la violencia. Estuvieron muchas veces en Barrancabermeja, Fundación, la antigua región bananera, el Tolima y los Llanos.

Camacho y Moure, los fundadores que dirigían el grupo, notaron, gracias a esas vertiginosas travesías, que en Colombia no había una dramaturgia propia, que carecíamos casi completamente de obras criollas capaces de retratar y develar las intrincadas realidades de nuestra identidad, de manera que muy pronto, trabajando en equipo con creadores talentosos como Jairo Aníbal Niño, Esteban Navajas o Jorge Plata, iniciaron el montaje de obras de auto capaces de servirnos de implacable espejo: nacieron así títulos memorables como El sol subterráneo, La madriguera, Los inquilinos de la ira y, sobre todo, debido a su éxito casi sin precedentes, La agonía del difunto.

Una de las características del Teatro Libre es su constante asociación con grandes decoradores y artistas de la plástica nacional, que han prestado su colaboración para las escenografías: Enrique Grau, Ramírez Villamizar, Lorenzo Jaramillo, Carlos Rojas, Juan Antonio Roda, Simón Vélez y Gustavo Zalamea, entre otros.

Este año, cuando cumple 25 años, el Teatro Libre se reafirmará en su intención de hacer un teatro con todos los ribetes de un camino espiritual, y para el efecto estrenarán La Orestiada, primera tragedia griega en la que los hombres, trascendiendo a los dioses, se enfrentan al rigor implacable de su propia justicia. La obra será protagonizada por Laura García y Germán Jaramillo, bajo la dirección de Ricardo Camacho.

Al mismo tiempo, la Fundación Teatro Libre de Bogotá, que mantiene dos salas y una academia donde pueden formarse los actores que en realidad quieren seguir una carrera seria en las tablas, promociona y patrocina cada año un festival de jazz, otro de blues, varios conciertos sinfónicos y la presentación en su sede de reputados grupos internacionales. Parece ser la historia de un drama con un final feliz.

Tomado de la Revista Diners No.346, enero de 1999