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Personaje


Teatro Nacional 

http://www.teatronacional.com.co/

Fanny Mikey y Kepa Amuchastegui en ¿Quién le teme a Virginia Wolf?  
 

 

   
   

Obra de teatro Cabaret

Una ovación de 30 años

Daniel Alvarez Mikey,  Especial para El Espectador

Para hablar del Teatro Nacional deberíamos hacer un complejo tratado sobre el teatro en Colombia. Puede sonar exagerado, pero con este nombre, "nacional", la responsabilidad es mayor. Es inevitable pensar por un segundo lo que ocurrió en la cabeza de Fanny Mikey cuando lo concibió. Para ese entonces, Fanny era una actriz de nacionalidad argentina que ya tenía su trayectoria local marcada por el éxito en proyectos especiales y de gran envergadura como el Teatro Escuela de Cali, luego llamado Teatro Experimental de Cali, o quizás como el Teatro Popular de Bogotá, al lado de Jorge Alí Triana y Jaime Santos. Esa experiencia serviría como soporte del sueño que tenía en su cabeza. Sin embargo, llamarlo "nacional" podía sonar muy pretencioso. Se necesita más que convencimiento para lograrlo. Considero que se necesita un gran amor por lo que se hace, ya que, como la locura, hace lo imposible posible. Así que fue bautizado como Teatro Nacional: un espacio para acoger a aquellos grupos que estaban en el albor de su confrontación artística para proveerlos de una sala profesional.

Ahora, es inevitable recordar el comentario de un colega que se refirió al Teatro Nacional como el lugar que le daba la posibilidad de no hacer teatro en un garaje. Fanny, atrevida extranjera, pero con un corazón más colombiano que muchos de nosotros, decidió emprender la lucha, pero no en pro de un ideal político, sino más bien para poner resistencia a la locura diaria o a la indiferencia de la maldita guerra, como muchas veces la llamó. Ella tenía una idea y fue bien acogida: generar la nueva era del espectáculo en Colombia. Y aquí, una vez más, la corajuda Fanny llevó esa raya limítrofe imaginaria varios metros más allá.

El 5 de diciembre de 1981, el reconocido barrio de la Porciúncula vio a unas 350 personas que colmaron sus calles, vestidas en trajes de luces, para celebrar el nacimiento de una pequeña sala reformada y de una promesa: la de llevar el arte del teatro a rincones remotos de la capital. Fanny, junto al gran director argentino David Stivel, decidió inaugurar el templo con una obra llamada El Rehén, escrita por Brendan Behan, irlandés, ex-Ira y muy reconocido gracias a un teatro bastante arriesgado. Ella siempre mencionó que había actores, pero no tantas salas de teatro, y esa idea hizo que para esta primera gran prueba lograra una mezcla interesante con los actores del mo-mento. Se encontraban, por ejemplo, la experiencia de actores como Manuel Pachón, Pepe Sánchez, Carlos Muñoz o Carlos Barbosa con el sorpresivo talento de los jóvenes: Luis Eduardo Arango, María Cecilia Botero o los hermanos María Angélica y Víctor Mallarino, todos en medio de ropas y escenografía del maestro David Manzur. La ovación duró por cerca de 10 meses, efecto que hizo pensar que las temporadas teatrales de la ciudad empezaban a tener matices, sabores y olores variados. Esto reforzaba la idea de que sí era posible tener una sala que presentara obras universales sin tener una compañía estable, que incluso se podía correr el riesgo de invitar a grandes directores y gestores de otras salas a que participaran en este evento. Tal fue su efecto que el segundo montaje del Teatro Nacional fue la obra Panorama desde el puente, dirigida por el maestro Ricardo Camacho.

Durante ese idilio de Fanny con la escena bogotana ocurrió un inesperado episodio que marcó mi vida y me hizo entender hasta dónde estaba dispuesta esta mujer a darlo todo por Colombia. Después de varios meses en cartelera, la obra ¿Quién le teme a Virginia Woolf? disfrutaba del éxito capitalino. Fanny interpretaba el papel que Elizabeth Taylor representó tan elocuente y severamente en la versión para cine de la obra de Edward Albee, y aquí lo compartía en la escena con Kepa Amuchastegui, Luis Eduardo Arango y la gran Consuelo Luzardo. Noche tras noche debía matar a su hijo para después del aplauso salir a cenar o irse de rumba con sus colegas y así terminar de sacar todo lo que la cargaba emocionalmente en la hora y media de espectáculo.

Una tarde, sentada en su casa, reflexionaba sobre aquello en lo que se estaba trasformando su proyecto personal: en algo que debía por derecho ser de los colombianos, y de repente cayó vencida por un preinfarto que la dejó en cama un mes, repensando qué había hecho mal. Creo que Fanny era de esas personas a las que aquello que nos las mata las hace fuertes. Fanny era lo que era, la mujer abierta, franca y nunca serena. Si no hubiera sido así dudo mucho que pudiéramos haber sido testigos de su incansable fuente de amor por este país.

Ahora: ¿qué significan 30 años de labores ininterrumpidas en torno a la cultura? Pues un reto el doble de grande; así de sencillo. Fanny partió de un proyecto personal para regalarlo al público y lograr que se transformara en algo de lo que sólo ella conocía el alcance, ya que su visión además de magnética era impredecible. El Teatro Nacional existe gracias a la capacidad de trasformación de Fanny y esto es algo que aprendimos muy bien los que caminamos junto a ella. Todo tiempo pasado fue mejor, pero el futuro es brillante y lo mejor está por venir. Gracias a Fanny por hacernos creer que podemos ser mejores gracias al arte.

2011: Los 30 años del Teatro Nacional

16.845 funciones se han realizado en las tres salas del Teatro Nacional y a ellas han asistido 8.100.00 espectadores

Tomado del periódico El Espectador, 5 de diciembre de 2011 


 
   

Lo que Fanny nos dejó

Hace 30 años una pelirroja argentina, extrovertida, experta en artes escénicas y con un talento excepcional compró un terreno en la calle 71 (cerca a la novena) por 2.500.000 mil pesos para convertir un edificio (que antes funcionaba como un lugar en el que se proyectaban películas) en una casa para grandes artistas.

Fanny Mickey estrenó en 1981 ‘El Rehén’ en el lugar que desde entonces se convirtió en el Teatro Nacional de Colombia. Con esta misma obra, quienes mantienen vivo el legado de Fanny en el país celebran en esta temporada los 30 años del Teatro.

"La familia completa estuvo vinculada con la construcción del área técnica, de luces y sonido, mi padre lo hizo. Ellos decían que había ruidos extraños y misteriosos. Mientras ellos trabajaban, yo jugaba en la sala y me daba pánico. Desde entonces mi madre decía que el lugar estaba lleno de magia", recuerda Daniel, el hijo de Fanny, de esa época en la que cuadraban todo para la gran apertura.

El 2 de diciembre de 1981 la inauguración oficial del Teatro fue transmitida por Jorge Barón en ‘El show de las estrellas’. Desde entonces Fanny fue el faro del Nacional por27 años, hasta su muerte, en agosto de 2008.

Dirigió cinco obras y protagonizó 15. La segunda sede, La Castellana, se inauguró en 1990, mientras que la Casa del Teatro se abrió en 1994. Ahora las cifras del Teatro Nacional son otras: tres salas propias, 102 producciones, 16.845 funciones, 334 giras nacionales, 74 internacionales, 92 conciertos, 10 promociones de su propia Escuela de Teatro, 290 cursos y talleres, 461.680 estudiantes, más de 8’IOO.OOO espectadores, la incansable labor de sus 80 empleados y el sueño de aportar desde las artes escénicas a la construcción de nuestro país.

Tomado del periódico ADN, 6 de diciembre de 2011


 
 


UN ACTO DE FE

por Olga Sanmartín e Iván Beltrán

El 5 de diciembre de 1981, bajo la dirección de David Stivel, y con la obra irlandesa El rehén, de Brendan Beham, un grupo de reputados actores colombianos empezó a escribir una historia en la que, cosa que por entonces parecía un milagro, el teatro sería el protagonista, no ya insular sino tan productivo como cualquier negocio comercial.

Era la génesis del Teatro Nacional, comandado por la incansable actriz y empresaria Fanny Mikey, cuyos anhelos, como lo ha demostrado el paso del tiempo, iban mucho más allá de la simple fundación de una nueva sala para representaciones. Se trataba de poner patas arriba todas las concepciones y decálogos hasta entonces existentes, sobre la forma de hacer y de ver teatro. No sería una hipérbole decir que Fanny Mikey es la primera persona de nuestra historia capaz de encarnar un sueño difícil: elevar las artes escénicas al rango de próspera industria.

Desde aquella noche inaugural, muchas cosas han pasado, pero como ocurre en muy contadas historias, casi todas ellas han sido tinturadas con el color del triunfo. Cinco versiones del Festival Iberoamericano de Teatro, encuentro cosmopolita de las expresiones más importantes en todas las lenguas, la fundación del teatro nacional La Castellana y de La Casa del Teatro, hermanas de la sala original de la calle 71, y el montaje de más de 54 obras teatrales, entre las que se destacan por su resonancia Taxi, Doña Flor y sus dos maridos, La mojiganga y Un día cual quiera, La cándida Eréndira y su abuela desalmada, entre otras. Para el año presente, además de empezar a mover los intrincados cables de la nueva versión del Festival Iberoamericano que se llevará a cabo en el año 2000, la tenaz Fanny anuncia dos llamativos estrenos: Hombres, una sátira acerca del sexo masculino y su inenarrable capacidad para la ridiculez, la soberbia y el equívoco, dirigida por Wilson García, y La Celestina, de Fernando de Rojas, bajo la dirección de Jorge Alí Triana.

Tomado de la Revista Diners No.346, enero de 1999