![]() |
Libretista
|
||
|
Vea iconografía de Mónica Agudelo en ColArte |
Bogotá, 1960-2012
|
||||
|
Información parcial cortesía The Internet Movie Database. Con permiso |
|
Mónica Agudelo Tenorio jamás tuvo afán de protagonismo. Tal vez le bastaba con el reconocimiento de sus personajes y, al mismo tiempo, con aportar sus ideas para crear algunas de las más importantes novelas de la televisión nacional durante las últimas dos décadas. Siempre defendió su rol de libretista y desde sus páginas se encargó de dar los matices necesarios para hacer que cada creación superara la realidad, pero al mismo tiempo estaba tan pendiente de la cotidianidad que se esmeraba por volver creíble la más ficticia de las situaciones. Su formación en la escritura comenzó en las aulas de la Universidad de Los Andes, en donde estudió Filosofía y Letras, y luego complementó su saber con las clases de periodismo y comunicación en el Inpahu. Desde muy temprano se inclinó por la construcción de escenarios alternos al de la realidad y encontró en Bernardo Romero Pereiro a un maestro que sin rivalidades ni celos profesionales la ayudó a encontrar su propio estilo y le colaboró en la difícil labor de hacerse a un nombre en el competido ámbito de la televisión colombiana. Durante los primeros años de los noventa comenzó a figurar de manera constante en los créditos de las producciones locales. La desaparecida Producciones JES fue su casa profesional durante varios meses y desde ahí, con la complicidad de Romero Pereiro, gestó las ideas originales para novelas como Sangre de lobos, La maldición del paraíso y Sueños y espejos, arriesgadas para su tiempo y que dejaban a un lado la urgencia de retratar historias rurales en un país cuyo población empezaba a concentrarse en las grandes ciudades.Mónica Agudelo hizo un trabajo significativo en la desmitificación de personajes buenos o malos. Intentó (siempre insistió en que lo hizo con el espaldarazo de Bernardo Romero Pereiro) darles matices a los roles y hacer el máximo esfuerzo por crear un contexto sólido para sus circunstancias. Al poco tiempo trabajó en Señora Isabel, un seriado en el que abordó la temática del amor en la madurez y se consolidó dentro del grupo de libretistas reconocidos en el país. Luego hizo los guiones para Eternamente Manuela, una exitosa producción de RCN Televisión, canal para el que diseñó creaciones tan importantes como Hombres, Brujeres, La madre y La costeña y el cachaco y, más recientemente, La hija del mariachi, la cual inventó a partir de una frase de José Alfredo Jiménez, y Amor sincero, basada en la historia de la cantante Marbelle. Mónica Agudelo murió ayer en Bogotá a causa de un cáncer y dejó inconclusa La ley del corazón, novela que escribía a cuatro manos con su hermano Felipe y que gira en torno a un exitoso bufete de abogados expertos en derecho de familia, dedicados a casos de separaciones, divorcios y asesinatos de pareja. Hoy, sus familiares y amigos más cercanos le brindarán el último adiós a esta reconocida creadora de mundos alternos. Tomado de http://www.elespectador.com/impreso/cultura/gente/articulo-323650-creadora-de-mundos-alternos , 2012 |
|
La creadora de mundos alternos Mónica Agudelo Tenorio jamás tuvo afán de protagonismo. Tal vez le bastaba con el reconocimiento de sus personajes y, al mismo tiempo, con aportar sus ideas para crear algunas de las más importantes novelas de la televisión nacional durante las últimas dos décadas. Siempre defendió su rol de libretista y desde sus páginas se encargó de dar los matices necesarios para hacer que cada creación superara la realidad, pero al mismo tiempo estaba tan pendiente de la cotidianidad que se esmeraba por volver creíble la más ficticia de las situaciones. Su formación en la escritura comenzó en las aulas de la Universidad de Los Andes, en donde estudió Filosofía y Letras, y luego complementó su saber con las clases de periodismo y comunicación en el Inpahu. Desde muy temprano se inclinó por la construcción de escenarios alternos al de la realidad y encontró en Bernardo Romero Pereiro a un maestro que sin rivalidades ni celos profesionales la ayudó a encontrar su propio estilo y le colaboró en la difícil labor de hacerse a un nombre en el competido ámbito de la televisión colombiana. Durante los primeros años de los noventa comenzó a figurar de manera constante en los créditos de las producciones locales. La desaparecida Producciones JES fue su casa profesional durante varios meses y desde ahí, con la complicidad de Romero Pereiro, gestó las ideas originales para novelas como Sangre de lobos, La maldición del paraíso y Sueños y espejos, arriesgadas para su tiempo y que dejaban a un lado la urgencia de retratar historias rurales en un país cuyo población empezaba a concentrarse en las grandes ciudades. Mónica Agudelo hizo un trabajo significativo en la desmitificación de personajes buenos o malos. Intentó (siempre insistió en que lo hizo con el espaldarazo de Bernardo Romero Pereiro) darles matices a los roles y hacer el máximo esfuerzo por crear un contexto sólido para sus circunstancias. Al poco tiempo trabajó en Señora Isabel, un seriado en el que abordó la temática del amor en la madurez y se consolidó dentro del grupo de libretistas reconocidos en el país. Luego hizo los guiones para Eternamente Manuela, una exitosa producción de RCN Televisión, canal para el que diseñó creaciones tan importantes como Hombres, Brujeres, La madre y La costeña y el cachaco y, más recientemente, La hija del mariachi, la cual inventó a partir de una frase de José Alfredo Jiménez, y Amor sincero, basada en la historia de la cantante Marbelle. Mónica Agudelo murió ayer en Bogotá a causa de un cáncer y dejó inconclusa La ley del corazón, novela que escribía a cuatro manos con su hermano Felipe y que gira en torno a un exitoso bufete de abogados expertos en derecho de familia, dedicados a casos de separaciones, divorcios y asesinatos de pareja. Hoy, sus familiares y amigos más cercanos le brindarán el último adiós a esta reconocida creadora de mundos alternos. Tomado del periódico El Espectador, 30 de enero de 2012 |
||
|
• A los 50 años, víctima de un cáncer, falleció la libretista Mónica Agudelo, creadora de exitosas y recordadas novelas para televisión como La hija del mariachi, Amor sincero, La costeña y el cachaco. Hombres y La madre. Sus amigos la recuerdan como una mujer de bajo perfil pero que imprimía en su labor una incomparable pasión y sentido de humanidad. El actor Nicolás Montero, quien actuó en varias de sus creaciones, dijo: "ella nunca permitió que su ambición como escritora estuviera por debajo de sus maravillosos personajes e historias, de su forma de ver el mundo. Ella enriqueció la televisión". Uno de los referentes más cercanos de su trabajo es La Hija del Mariachi, una novela que batió record de sintonía y que además cautivó a los colombianos. Precisamente Agudelo escribió esta historia de amor junto con su hermano, Felipe. Ambos hicieron también La Ley del corazón, que aún no se ha grabado. Por su parte, Pepe Sánchez, director y actor, resaltó el trabajo de la escritora. "Trabajé con ella en la versión original de La madre como director y nunca había tenido en mis manos un guión tan lleno de humanidad, de sentimientos, de personajes muy bien estructurados y con un hondo sentido. Sin que se ofendan mis amigos libretistas, ella fue de lo mejor que ha pasado por la televisión y nos va a hacer mucha falta". Gracias a su creatividad se hizo merecedora de varios premios nacionales como los TV y Novelas, India Catalina y Simón Bolívar; además de un amplio reconocimiento internacionales. Incluso algunas de sus novelas se hicieron en México, como es el caso de Señora Isabel. Entre el legado de Agudelo se encuentran Todo por Amor, Tentaciones, Mirada de Mujer, Eternamente Manuela y Sueños y Espejos, entre otras. Tomado del periódico ADN, 30 de enero de 2012 |
||
| La filósofa que escribía telenovelas El libretista Fernando Gaitán recuerda a su amiga y colega Mónica Agudelo, Especial para EL TIEMPO Mónica Agudelo y yo fuimos atrapados en la telaraña que nos confeccionó finamente una libretista. Y no podíamos conocernos de otra manera porque nuestras vidas, desde que nos conocimos, siempre estuvieron atravesadas por una línea dramática que nos llevó desde la comedia hasta la tragedia. La primera vez que escuché su nombre fue en 1992, cuando el país seguía noche a noche la historia de un cura enamorado al parecer de su propia hermana, en la telenovela Sangre de lobos, un original de Bernardo Romero. En los créditos de los libretistas estaba su nombre. Ya había escuchado el rumor de que Bernardo había descubierto en un taller de aspirantes a libretistas a una filósofa, que venía del mundo financiero, y la había puesto a escribir de inmediato con él. Por aquella época Bernardo se había ido a vivir con su familia a Italia. Desde entonces, tuve deseos de conocerla, pues me inquietaba ver ese extraño ensamblaje de finanzas y filosofía. Ese año, Bernardo me pidió que escribiera los capítulos de una serie. La quinta hoja del trébol. Venía esporádicamente a Colombia, pero había dejado la coordinación de sus escritores en manos de Bárbara,una libretista de su confianza, que llevaba créditos en todas sus producciones y que manejaba el látigo que nos obligaba a los libretistas a entregar a tiempo nuestros capítulos.
Pero su afán por apartamos le duró poco. Dos meses más tarde, recibí una llamada de la secretaria de Bernardo y me dijo que él había llegado a Colombia y que iban a aprovechar la ocasión para celebrarle los cumpleaños con sus más cercanos colaboradores. Acepté de inmediato y desde luego pregunté si Mónica Agudelo asistiría. Esa noche la vi por primera vez. Era el centro de atracción de varias mujeres que estaban allí, escuchando sus disertaciones sobre la vida, los hombres y el amor. No era una disertación pedante ni académica, sino que envolvía sus palabras en un manto de encanto en el que se manifestaban la gran narradora y, a la vez, la mujer deliciosamente culta, que tenía el don de enseñarnos que no sirve leer tanto si esas lecturas no se aterrizan en la vida cotidiana. Esa combinación explosiva y seductora serviría para entender, tiempo después, las razones de uno de los éxitos televisivos más arrolladores en la historia de la televisión. Todos los martes en la noche, millones de mujeres y muchísimos hombres veían alucinados las disquisiciones de la Señora Isabel y sus amigas, en una serie en la que no había grandes escenas de acción, porque todo estaba en el corazón de los personajes. Mónica estaba sentada aUí, vestida de negro, manteniendo entre sus dedos a su verdugo, el cigarrillo, dejando fluir ese humor negro y mortal al que tanto aprendimos a temer y a amar. Todo brillaba a su alrededor, tenía una aureola cautivadora en la cual no se percibía ningún sentimiento negativo, pues jamás hubo en ella maldad ni resentimiento. Por su afinidad y su solidaridad con las mujeres, y por ser los hombres sus víctimas predilectas, podría pensarse que era una feminista. Pero jamás despotricó del género masculino de una manera que no fuera analizando la tragedia, las taras y las obsesiones del hombre a través de su humor contundente. Se había robado lo mejor del feminismo. "Yo no odio a los hombres; al contrario, los amo. Trato de entenderlos y lo único que busco es que ellos amen mejor a las mujeres", me dijo, tiempo después, cuando empezaba a esbozar su exitosa serie Hombres. Ese halo de tranquilidad y de armonía que nos contagiaba a todos vine a entenderlo días antes de su muerte, cuando alguien llegó de un monasterio del Tíbet y con tan solo verla me dijo: "Ella es un ser de luz". Esa noche, yo quise ser el mejor amigo de aquel ser de luz. Cuando nos presentaron sabíamos que estábamos viviendo el primer capítulo de una historia de amor, porque tuvimos una química inmediata: teníamos ganas desde ya de aislarnos del mundo y hablarnos, tal como lo hicimos, y supimos desde entonces que nos íbamos a necesitar y amar por el resto de nuestros días, sin que mediara un beso ni ima caricia, porque nunca existieron, y porque en poco tiempo pasamos del terreno de la fascinación a ocupar el espacio de hermanos, para libramos de las tentaciones y salvaguardar del veneno del amor a nuestra amistad, lo más sagrado. Muchas veces nuestros amigos más cercanos insinuaron que debíamos casamos, pero teníamos claro nuestros sentimientos y ella dijo: "El día que me aburra de Gaitán, y quiera matarlo, me caso con él". Y no podíamos ser amantes porque nos condenábamos a desconocer la verdad de nuestras almas. Esa verdad nos unió por siempre. No solo fuimos los mejores hermanos: yo fui hermano de sus hermanos (Pilar y Felipe), padre de su única sobrina, Galatea, y fui tan feliz como ella cuando llegó Sofía, la hija de Galatea, que desde entonces se le convirtió en su motor de vida, y que la mantuvo atada al mundo hasta sus últimos días. Y ella fue madre de mis hijas, abuela de mis nietos. Amaba a los niños, pero jamás quiso tener uno. No quería tener esa ligazón, no se creía madre, pero fue la mejor madre y abuela. Tuvo dos maridos y muchos amores; muchos hombres que la amaron y que tuvieron la suerte de vivir al lado de una mujer que tenía un privilegio único: no sufría de celos. Jamás celó a un hombre, aunque eso no la libró de los desastres del amor. * No ser amantes nos permitió entonces convertirnos en confidentes necesarios y salvadores. Vivíamos en carne propia las relaciones del otro, y fuimos paños de lágrimas mutuos cuando el amor nos apuñalaba. Cuando se fue a vivir a Santa Marta, porque su exigente soledad le reclamó el mar, lo que le sirvió de inspiración para La costeña y el cachaco, yo me iba de terapia a pasar días y noches junto a ella, para contarnos nuestros males, disertar sobre la vida, y, por supuesto, para hablar de literatura, de cine, de guiones, y del aislamiento de esa rutina militar de ser escritor de telenovela. Paquete tras paquete de cigarrillos, nos contábamos los argumentos y las angustias de nuestras historias venideras para la televisión. Mónica siempre fue la primera persona en conocer mis argumentos y yo la primera persona en conocer los suyos, y nos teníamos el suficiente amor para cuidamos el pellejo y decimos la verdad de nuestros desaciertos. Mónica siempre tuvo una claridad providencial sobre las historias, y como conocía mis genes y mis patologías, sabía decirme con certeza en dónde mis obsesiones perjudicaban mi relato. Nos cedimos, sin el egoísmo de los escritores, las ideas más sagradas (el patrimonio de cualquier escritor) si ello contribuía a salvar la historia del otro, y jamás nos exigimos un crédito a cambio de ello; nunca nadie sabrá, creo que yo tampoco, qué parte de mis historias le pertenecen a Mónica ni cuál de las suyas a mí. Allí le escuché hablar de la idea de hacer una historia sobre la madre, como figura central de la existencia humana. De allí surgió esa gran historia de La madre. Como todas sus historias arrancaban de sus entrañas, nunca dejó de hacerle un homenaje a su madre (que ya se lo había hecho en Señora Isabel), y en la realidad terminó sacrificando gran parte de su vida por ella. Cuando le informaron que su madre había entrado en el túnel del alzhéimer, no dudó un segundo en abandonar Santa Marta y encerrarse con ella en un apartamento de Bogotá, y convertirse en su enfermera, como si le pagara una vieja deuda; un extraño exorcismo que la marginó del mundo por más de 7 años. Al morir la madre, sentimos que Mónica se había liberado de las cadenas que la ataban a aquel amor filial y que saldría de nuevo al mundo. Yo mismo me senté en su apartamento y le armé los planes que debía seguir, pero no había pasado ni siquiera un mes cuando llegó la noticia: su vida ya no le pertenecía, un cáncer agresivo la había invadido y ahora quedaba en manos de Dios y de la ciencia establecer cuánta vida le restaba. A pesar de que muchas veces hablamos de la muerte como la gran antagonista, nunca la sentimos cerca, aunque la temíamos. Cuando asumí la adaptación de Grey’s Anatomy -la serie norteamericana sobre la vida de los médicos en un hospital y que terminó siendo A corazón abierto- me acompañó a ver devorarme más de 20 capítulos en una semana, porque yo quería que me iluminara sobre la forma de abordar la adaptación. La vimos fascinados por la trama, pero aterrorizados por los temas médicos, por lo fácil que resulta morirse, y vimos, con un humor que se parecía mucho al miedo, que podíamos tener cada una de las enfermedades de los pacientes de la serie. Fue allí cuando me confesó que no iba al médico hacía años porque temía que le salieran con la mala noticia de un cáncer. Sin embargo, tuvo que ir al médico el día que sintió que le faltaba el aire, más de lo habitual, y allí estaba esperándola la noticia a la que tanto le rehuía. El cáncer ya se había llevado a la esposa de Felipe, su hermano. Años después, también se llevó a su padre, el gran John Agudelo Ríos, el primer comisionado de paz que hubo en Colombia. Esa fue la mujer que conocí en el cumpleaños de Bernardo. A pesar de la química que sentimos, no tenía la confianza suficiente para preguntarle por los capítulos de Sangre de lobos; ella fue la que puso el tema: "Yo había querido conocerte antes, pero Bárbara me contó de los problemas por los que estás pasando con La quinta hoja del trébol. Pero tranquilo, que le dije a ella que te diera prioridad a ti, que siga dedicada a escribir los libretos de la serie contigo, que yo sola sigo sacando la novela adelante". Yo me quedé perplejo: "Tengo entendido que la del problema eres tú, que tú eres un desastre", le dije. Nos reímos de la trampa que nos habían puesto. Quizá no fui el mejor amigo de ella en sus últimos días. Me destrozaba ver cómo el cáncer se iba devorando esa vida maravillosa. Ella nunca perdió el ánimo, siempre tuvo la ilusión de convivir con el cáncer y que le permitiera terminar de escribir su última serie, y darnos la oportunidad de coescribir una obra de teatro que íbamos a hacer a cuatro manos. Miento cuando digo que entre los dos jamás hubo una caricia. Sí la hubo, el día anterior a su partida. Yo estaba en Miami y nuestra abogada común y gran amiga, Gloria de la Pava, me avisó que Mónica quería despedirse de mí, pues los médicos y su cuerpo le decían que su tiempo ya se terminaba. Tomé el siguiente vuelo a Bogotá, y llegué a visitarla a la clínica. Ya no podía hablar, y yo me encargué de hacerlo por los dos. Hubo un silencio, y vi su mano muy cerca de la mía, y por primera vez me arrancó un deseo y una necesidad descomunal de tomársela, y lo hice, y tuve su mano entre la mía por el tiempo que me quedó de visita. Al día siguiente se nos fue, y sentí que había hecho bien: eso me confirmó que a lo largo de estos 20 años de amistad y de amor, su piel ya era parte de mi piel y que la vida que dejaba aquí, también se quedaba dentro de mí, porque su vida hace parte de mi naturaleza. Tomado del periódico El Tiempo, 7 de febrero de 2012
|
||
|
|