Como
un hermoso preámbulo al aniversario que celebraremos el próximo año, cuando
la Opera de Colombia cumplirá 30 años de su fundación, la Temporada de Opera
2005 se presenta como un homenaje de amor y profundo reconocimiento a uno de
los más grandes cantantes de nuestro país, el bajo Francisco Vergara. Tal
como lo relata el Dr. Alberto Upegui Acevedo en su nota publicada en el
programa de mano de la Temporada, Francisco se vinculó a la Opera de
Colombia al segundo año de su creación, en 1977, y a partir de ese momento
se consagró con pasión a nuestra tarea, aportándole no sólo su talento y su
magnífica voz sino todo su empeño, para ser el puente que nos permitió traer
a Colombia los mejores cantantes, directores y técnicos de la Opera de
Colonia, Alemania, su lugar de trabajo.
Al retirarme de la dirección de Colcultura en 1982, y por lo tanto de la
dirección de la Opera, Francisco asumió su liderazgo hasta su clausura en
1986. Cuando en 1991 volvimos a crearla, nuevamente, de la nada, lo primero
que hice fue llamarlo para que se vinculara una vez más a nuestro esfuerzo.
A lo largo de los años, Francisco Vergara ha sido, además, determinante en
su generoso apoyo a los jóvenes cantantes y técnicos de nuestro país, a los
cuales, con su generosidad habitual y su inmenso señorío abrió las puertas
de su casa y les ofreció su valiosa ayuda para permitirles buscar su ingreso
a los grandes teatros europeos.
por Alberto Upegui Acevedo
Terminada la primera Temporada, semilla dolorosa, increíble,
pero fértil, cuando Colcultura, bajo la dirección de Gloria Zea, encontró la
manera de romper un medio hostil a la lírica recibí una llamada de reclamo
de Alfonso Ocampo Londoño por la ausencia de un bajo Colombiano que
triunfaba en Europa y que injustamente no había sido tenido en cuenta por
Carmina y por mi, en el elenco del primer esfuerzo. No sabía Ocampo de la
penuria y las circunstancias de entonces y de la imposibilidad siquiera de
pagar el valor del pasaje.
Para la segunda Temporada llamamos a Pacho a quien no
conocía personalmente y se inició una relación que dura hasta hoy y que me
dio la oportunidad de conocer, mucho más allá de lo cantable, a un ser
humano de unas características que hace mucho tiempo se fueron de vacaciones
en nuestro medio.
Dejemos de lado una vez más su Sparafucile, su Basilio, su
Don Juan, su Dulcamara y tantos otros personajes que dejaron huellas
imborrables en nuestro público y volvamos a aquel personaje que a los 3 o 4
días de su llegada, una vez conocida la lucha y el propósito de nuestra
incipiente organización, ya se había enamorado de ella, de la idea de abrir
espacios físicos, artísticos, culturales y económicos a nuestros cantantes y
la oportunidad a nuestro público de disfrutar del Teatro Lírico, ausente de
nuestros escenarios por muchas décadas.
Desde esa fecha la Opera de Colombia contó con un gran
cantante pero, mucho más que ello, con un alma generosa, con un consejero
inigualable, con un organizador formidable, con un eje sobre el cual giró la
Opera y que evitó que pereciera dentro de los tantos avatares que le
correspondió vivir.
Desde esa fecha, además, Carmina y yo cantamos con un amigo
del alma, sincero y leal.
Toda la actividad de Pacho la realizó y la realiza con la
misma sonrisa noble y sincera que abona su rostro.
No es fácil el inventario de su aporte a la Opera de
Colombia.
El deshacedor de enredos y entuertos en circunstancias bien
difíciles.
El Consejero oportuno y acertado; el amigo presente no solo
en las dificultades sino en el anticipo de las mismas y de las buenas
iniciativas.
Ministro que encontraba la cooperación de entidades y
personas de altos quilates para que nos acompañaran anualmente.
Hizo uso de sus amistades en Europa para que tuviéramos la
oportunidad de escuchar grandes cantantes y disponer de buenos directores.
Abrió becas, muchas veces sufragadas por su propio esfuerzo,
para que no pocos jóvenes talentos vocales y técnicos nuestros tuvieran la
oportunidad de estudiar y de aprender del viejo mundo.
Su casa alemana se convirtió en Consulado, en hotel para
todo menester que sirviera a los intereses de la Ópera de Colombia.
La Ópera bajo su dirección alcanzó altos niveles de calidad
en todos los sentidos.
Continuó y amplió el campo geográfico de las presentaciones
a otras ciudades Colombianas.
Cuánto tiene que agradecerle su ciudad natal para que
tuviera la oportunidad de contar con un espectáculo musical digno y
constante, teatro en el verdadero sentido de la palabra, estudios musicales
serios, la oportunidad de engendrar su propia actividad cultural.
Sería hostigosa la enumeración detallada y nominal de su
tarea.
La carrera y la labor de Pacho, simplemente Pacho, como
siempre lo llamamos y como pasará a la historia podría ser, simplemente, el
cumplimiento del deber que todos tenemos en nuestro transcurrir. Lo que pasa
es que Pacho lo hizo todo tan distinto, tan extraño hoy en día, lo hizo con
tanto amor, con tanto desinterés, con tanto contagiante entusiasmo, con
tanta ilusión, con tanta actividad, con tanta fe, de la misma manera como se
construyeron las Catedrales Medioevales y merece este homenaje y cientos más
y sobre todo la gratitud sincera e inmensa que nunca será correspondiente.
Dios te pague Pacho
Alberto Upegui Acevedo, 2005
