Francisco Vergara

Cali, Valle

Cantantes

Personaje

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Francisco Vergara

Cantante barítono bajo

 

 

 
Cali

Se residencio en Colonia (Alemania).  Sus brillantes actuaciones en diferentes ciudades europeas como Viena, Roma, Salzburgo, Dusseldorf, Colonia y de otros países, como los Estados Unidos, Ira, etc. confirman ampliamente la altísima calidad artística de su repertorio.

Actuó con gran éxito en varias temporadas de opera en Bogotá

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Nació en Cali, realizó estudios en el Conservatorio Antonio María Valencia de su ciudad natal y posteriormente viajó a Viena donde se graduó en ópera y arte dramático en la escuela Superior de Música. Desde 1970 es miembro estable de la Opera de Colonia, Alemania. Ha sido artista invitado a diferentes casas de Opera en Europa, tales como las de Berlín, Düseldorf y Ginebra.

Ha tomado parte activa de la Opera de Colombia, de la cual fue Director entre 1983 y 1986 y ha desarrollado una importante labor de divulgación de nuestra Opera en Alemania, estableciendo contactos de suma importancia con técnicos, directores escénicos y cantantes que han venido a prestar su valiosa colaboración a Colombia. Trabajó con cargo diplomático durante algunos años como Segundo Secretario de la Embajada de Colombia en Bonn.

En su repertorio cuenta con óperas de Mozart, Verdi, Puccim, Rossini y Donizetti, entre otros. Sus interpretaciones de Colime en La Bohéme y el Doctor Dulcamara en Elixir de Amor, durante la temporada de Opera de 1994, evidenciaron, una vez más su gran dominio de la escena. Igualmente, su participación en El Barbero de Sevilla le valió el reconocimiento y los mejores comentarios de la crítica y el público.

En 1995 interpretó con gran acierto los personajes de Taddeo en La Italiana en Argel y Sparafucile en Rigoletto en 1996 su gran desempeño en las óperas Lucía de Lammermoor de Donizetti, como Raimundo Bidebent y en Fausto "de Gounod como Wagner, así como también en Viva la Opera le valieron valiosos elogios y comentarios de la crítica y el público. En la Temporada de Opera 1997, interpretó el personaje del Sacristán en Tosca de Puccini e intervino en el espectáculo musical Viva la Opera.

Tomado del folleto Opera 1998, El Elixir de Amor, Fundación El Camarín del Carmen

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2005:  Homenaje a Francisco Vergara 

por Gloria Zea, directora

Francisco Vergara, cantante bajoComo un hermoso preámbulo al aniversario que celebraremos el próximo año, cuando la Opera de Colombia cumplirá 30 años de su fundación, la Temporada de Opera 2005 se presenta como un homenaje de amor y profundo reconocimiento a uno de los más grandes cantantes de nuestro país, el bajo Francisco Vergara. Tal como lo relata el Dr. Alberto Upegui Acevedo en su nota publicada en el programa de mano de la Temporada, Francisco se vinculó a la Opera de Colombia al segundo año de su creación, en 1977, y a partir de ese momento se consagró con pasión a nuestra tarea, aportándole no sólo su talento y su magnífica voz sino todo su empeño, para ser el puente que nos permitió traer a Colombia los mejores cantantes, directores y técnicos de la Opera de Colonia, Alemania, su lugar de trabajo.

Al retirarme de la dirección de Colcultura en 1982, y por lo tanto de la dirección de la Opera, Francisco asumió su liderazgo hasta su clausura en 1986. Cuando en 1991 volvimos a crearla, nuevamente, de la nada, lo primero que hice fue llamarlo para que se vinculara una vez más a nuestro esfuerzo. A lo largo de los años, Francisco Vergara ha sido, además, determinante en su generoso apoyo a los jóvenes cantantes y técnicos de nuestro país, a los cuales, con su generosidad habitual y su inmenso señorío abrió las puertas de su casa y les ofreció su valiosa ayuda para permitirles buscar su ingreso a los grandes teatros europeos.

por Alberto Upegui Acevedo

El cantante es muy conocido, muy admirado. Su carrera profesional amplia, brillante, coronada de triunfos y satisfacciones en estas tierras y sobre todo en Europa en donde, con base en Colonia Alemania, se hizo respetar como un cantante Colombiano triunfador durante tres décadas de profesionalismo Artista de buen decir, de buen cantar y de buen interpretar. Guardemos entonces espacio para señalar otras facetas humanas y profesionales de quien es parte fundamental de la historia de esa aventura nacida en 1976 y que hoy se llama La Opera de Colombia.

Terminada la primera Temporada, semilla dolorosa, increíble, pero fértil, cuando Colcultura, bajo la dirección de Gloria Zea, encontró la manera de romper un medio hostil a la lírica recibí una llamada de reclamo de Alfonso Ocampo Londoño por la ausencia de un bajo Colombiano que triunfaba en Europa y que injustamente no había sido tenido en cuenta por Carmina y por mi, en el elenco del primer esfuerzo. No sabía Ocampo de la penuria y las circunstancias de entonces y de la imposibilidad siquiera de pagar el valor del pasaje.

Para la segunda Temporada llamamos a Pacho a quien no conocía personalmente y se inició una relación que dura hasta hoy y que me dio la oportunidad de conocer, mucho más allá de lo cantable, a un ser humano de unas características que hace mucho tiempo se fueron de vacaciones en nuestro medio.

Dejemos de lado una vez más su Sparafucile, su Basilio, su Don Juan, su Dulcamara y tantos otros personajes que dejaron huellas imborrables en nuestro público y volvamos a aquel personaje que a los 3 o 4 días de su llegada, una vez conocida la lucha y el propósito de nuestra incipiente organización, ya se había enamorado de ella, de la idea de abrir espacios físicos, artísticos, culturales y económicos a nuestros cantantes y la oportunidad a nuestro público de disfrutar del Teatro Lírico, ausente de nuestros escenarios por muchas décadas.

Desde esa fecha la Opera de Colombia contó con un gran cantante pero, mucho más que ello, con un alma generosa, con un consejero inigualable, con un organizador formidable, con un eje sobre el cual giró la Opera y que evitó que pereciera dentro de los tantos avatares que le correspondió vivir.

Desde esa fecha, además, Carmina y yo cantamos con un amigo del alma, sincero y leal.

Toda la actividad de Pacho la realizó y la realiza con la misma sonrisa noble y sincera que abona su rostro.

No es fácil el inventario de su aporte a la Opera de Colombia.

El deshacedor de enredos y entuertos en circunstancias bien difíciles.

El Consejero oportuno y acertado; el amigo presente no solo en las dificultades sino en el anticipo de las mismas y de las buenas iniciativas.

Ministro que encontraba la cooperación de entidades y personas de altos quilates para que nos acompañaran anualmente.

Hizo uso de sus amistades en Europa para que tuviéramos la oportunidad de escuchar grandes cantantes y disponer de buenos directores.

Abrió becas, muchas veces sufragadas por su propio esfuerzo, para que no pocos jóvenes talentos vocales y técnicos nuestros tuvieran la oportunidad de estudiar y de aprender del viejo mundo.

Su casa alemana se convirtió en Consulado, en hotel para todo menester que sirviera a los intereses de la ?pera de Colombia.

La ?pera bajo su dirección alcanzó altos niveles de calidad en todos los sentidos.

Continuó y amplió el campo geográfico de las presentaciones a otras ciudades Colombianas.

Cuánto tiene que agradecerle su ciudad natal para que tuviera la oportunidad de contar con un espectáculo musical digno y constante, teatro en el verdadero sentido de la palabra, estudios musicales serios, la oportunidad de engendrar su propia actividad cultural.

Sería hostigosa la enumeración detallada y nominal de su tarea.

La carrera y la labor de Pacho, simplemente Pacho, como siempre lo llamamos y como pasará a la historia podría ser, simplemente, el cumplimiento del deber que todos tenemos en nuestro transcurrir. Lo que pasa es que Pacho lo hizo todo tan distinto, tan extraño hoy en día, lo hizo con tanto amor, con tanto desinterés, con tanto contagiante entusiasmo, con tanta ilusión, con tanta actividad, con tanta fe, de la misma manera como se construyeron las Catedrales Medioevales y merece este homenaje y cientos más y sobre todo la gratitud sincera e inmensa que nunca será correspondiente.

Dios te pague Pacho

Alberto Upegui Acevedo, 2005

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